33 DIAS EN EL VATICANO. El biógrafo ruso de Juan Pablo I

Created: Thursday, 01 February 2018 Last Updated: Monday, 12 February 2018

33 DIAS EN EL VATICANO

El biógrafo ruso de Juan Pablo I

 

El libro publicado en Italia con el título 33 GIORNI IN VATICANO (Ed. Segno, 2012) es de Sergei Shkarovskiy, nacido en Lvov (URSS, 1961), profesor de Economía y Comercio en la universidad de Moscú, italianista y vaticanista en algunas universidades italianas. Es el biógrafo ruso de Juan Pablo I.

“Si hubiera vivido más, dice el autor, habría seguramente redimensionado la especulación financiera del Vaticano, pero su pontificado fue muy probablemente cortado, por mano desconocida, en la noche del 28 al 29 de septiembre de 1978”, “hasta hoy,  el Vaticano no ha hecho nada por contar al mundo la verdad del asesinato del último papa italiano. Pero la esperanza permanece y habrá un día en que la verdad saldrá finalmente a la luz”.

El autor recoge “el episodio más dramático” (1962) de su etapa como obispo de Vittorio Véneto: “Dos de sus más estrechos colaboradores, el tesorero y un párroco (que era también consejero del servicio administrativo diocesano), aparecen implicados en un gran fraude que perjudica a los fieles, con el consiguiente escándalo para la Iglesia”. El obispo “estudió atentamente todo el material de la causa, asumiendo –al final de la investigación, toda la responsabilidad de parte del clero, con el consiguiente resarcimiento para las víctimas”, “de hecho, creó una comisión especial para que indagase el caso”, “verificada la culpabilidad, removió inmediatamente a los sacerdotes culpables de sus cargos, facilitando la labor a las autoridades judiciales. Albino Luciani presentó dos veces su dimisión como obispo al Papa Juan XXIII, que en ambos casos la rechazó” (pp. 33-34).

El Concilio tuvo gran importancia para el joven obispo: “Luciani participó activamente en el Concilio Vaticano II”, “se adhirió enérgicamente a las nuevas ideas del Concilio, al que permaneció fiel durante toda su vida”, “el Concilio supuso cambios significativos en la vida de la Iglesia”, “en todas partes de Europa se respiró un aire nuevo en la vida de los fieles”. Por encargo del patriarca de Venecia, Giovanni Urbani, el obispo de Vittorio Véneto “hubo de afrontar el problema teológico-moral de la paternidad y del control de nacimientos”, “dialogó con este fin con muchos matrimonios, comprendiendo que tales problemas eran particularmente delicados” (pp. 35-37).

Como patriarca de Venecia, Luciani se encontró frecuentemente con los trabajadores. Les decía: “Los trabajadores sufren, cuando algunos hermanos católicos, rechazan reconocer que el capitalismo tiene graves culpas”. El patriarca “no toleraba que quien luchara por el reconocimiento de sus propios derechos, fuera marginado al instante, sin querer conocer sus razones y sufrimientos” (p. 40).

En 1972 Pablo VI visitó Venecia. En la plaza de San Marcos, delante de 20.000 personas, “el Papa saludó a todos en compañía del patriarca sonriente. Al final de la ceremonia, Pablo VI se quitó de pronto la estola para ponerla sobre las espaldas de Luciani, cogiendo a todos de sorpresa” (pp. 41-42).

El cardenal Luciani hizo cuatro visitas pastorales fuera de Italia. En 1971 se encontró con los trabajadores inmigrantes italianos en la ciudad suiza de Einsielden. En 1975, en la ciudad alemana de Mainz, celebró el milenario de la catedral y se encontró con los inmigrantes italianos. También en 1975 hizo un viaje a Brasil, donde se le dio el doctorado “honoris causa” en la universidad de Santa María (Rio Grande do Sul) y donde conoció al gran cardenal Aloisio Lorscheider, que le dio su voto en el cónclave de 1978 (pp. 42-43).

En julio de 1977 el cardenal Luciani dirigió una peregrinación a Fátima. El 11 de julio, en Coimbra, se encontró con sor Lucía que pidió hablar con él: “Lo más impactante de este memorable encuentro, dice el autor, fue que sor Lucía saludó a Luciani con el apelativo de ‘Santo Padre’. La vidente, en un estado de trance, dijo al patriarca que le esperaba la corona de Cristo y un breve pontificado” (p. 44). En nuestra opinión, lo del estado de trance es apócrifo, de novela y de película.

El 6 de agosto de 1978 muere Pablo VI. Al nuevo papa, Juan Pablo I, le esperan los más graves problemas: “la organización interna de la Iglesia, la evangelización, el ecumenismo, la colegialidad eclesial, el papel de los obispos, el equilibrio entre modernismo y tradicionalismo, el control de natalidad, el celibato obligatorio del clero, el papel de la mujer en la vida de la Iglesia, la teología, la libertad y la lucha por la paz en el mundo. Particularmente agudo era el problema de saneamiento de las finanzas vaticanas” (p. 49).

El 5 de septiembre el metropolita de Leningrado Nikodim, mientras presentaba a los miembros de la delegación rusa, “cae entre los brazos del Papa”. Según el autor, el metropolita murió de infarto. La revista del patriarcado de Moscú escribió en su nº 11 de 1978. “El Papa leyó las oraciones por el descanso del alma y por la absolución. Acudió el Secretario de Estado cardenal Villot, también él oró delante del Metropolita difunto” (p. 87).

El 12 de septiembre sobre la mesa del Papa aparece un ejemplar de la revista OP (Osservatore Politico) del periodista Mino Pecorelli, con “el elenco de miembros de la logia masónica P2, que incluía 131 nombres de personas religiosas de alto nivel” (sic), “entre los peces gordos estaban los nombres de Villot, Casaroli, Marcinkus, Levy (vice director del diario vaticano Osservatore Romano), Tucci (director de Radio Vaticana)” (p. 91).

El 13 de septiembre recibió el Papa a “dos auditores de la Banca de Italia, y cuatro representantes del FBI y del ministerio de justicia americano, que comunicaron al Papa haber preparado una relación sobre los fraudes financieros de Marcinkus, Sindona y Calvi, y que antes o después todo esto sería hecho público; en consecuencia, la Santa Sede sería golpeada por un gravísimo escándalo” (ibídem).

El 20 de septiembre Juan Pablo I escribió en su diario: “Mis días de pontificado serán tantos cuantos los 33 años de Cristo. Hoy es mi 24º día (sic) de pontificado” (p. 95). Este dato aparece en el libro del portugués Luis Miguel Rocha, “La muerte del Papa” (Suma, 2006, p. 345), una novela que contiene datos reales y datos inventados. Se supone que sor Lucía le dijo esto: “Y en cuanto a usted, Señor Patriarca, la corona de Cristo y los días de Cristo” (ibídem, p. 104). Esto, a su vez, aparece en otra novela, “El diario secreto de Juan Pablo I”, de Ricardo de la Cierva (Planeta, 1990, p. 11; ver El día de la cuenta, p. 169).

El 28 de septiembre “por la tarde tuvo lugar una larga y encendida conversación con Villot. La primera cosa que el Papa le dijo era que quería remover cuanto antes a Marcinkus de la  dirección del Banco Vaticano, para confiárselo a Giovanni Abbo, Secretario de la Prefectura para Asuntos Económicos”, “el cardenal Felici sería vicario de Roma en lugar de Poletti, mientras Villot sería sustituido por el cardenal Benelli como Secretario de Estado”.  El cardenal Villot dijo que “tales cambios anularían toda la estructura querida por el difunto Pablo VI”. A lo que Juan Pablo I respondió: “¿Acaso Pablo VI los había nombrado para siempre? Yo no quería ser Papa. A nadie le he pedido ser elegido, a nadie le he convencido para que me diera su voto. En el Vaticano algunos sugieren que este puesto es como una Bolsa. Sin embargo, mi función es la de no traicionar a nuestro Señor” (pp. 102-103).

El viernes 29 de septiembre, sor Vincenza Taffarel lleva como cada mañana la cafetera al estudio del Papa. Un cuarto de hora después vuelve al estudio y ve que la cafetera está todavía intacta. Entonces entra en la habitación. La escena es terrible: “Albino Luciani muerto sobre el lecho apoyado en el respaldo. Su cabeza estaba inclinada levemente hacia la derecha mientras los ojos estaban abiertos. Parece que Juan Pablo I tenía en la mano unos apuntes con el nuevo organigrama del Vaticano. La luz estaba encendida. Sor Vincenza se acercó al Papa y le tomó el pulso. La mano aún estaba tibia, pero no tenía ninguna señal de vida” (p. 105). Avisa a los secretarios, Diego Lorenzi y John Magee.

Villot da este comunicado: “Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el secretario privado de Papa, no habiendo encontrado, como acostumbraba, al Santo Padre en la capilla de su apartamento privado, lo ha buscado en su habitación y lo ha encontrado muerto en el lecho con la luz encendida, como si estuviera leyendo. El médico, doctor Renato Buzzonetti, que ha acudido a la habitación del Papa, ha confirmado la muerte, acaecida presumiblemente hacia las once de la noche, afirmando que se ha tratado de muerte imprevista, que podría haber sido causada por infarto agudo de miocardio”.

El autor destaca tres discordancias en el comunicado: “En primer lugar, que el Papa ha sido encontrado muerto a las 4:45 y no a las 5:30. En segundo lugar, que es sor Vincenza quien descubre el cadáver del papa y no el secretario. En tercer lugar, que el papa no podía haber muerto a las 23:00 del 28 de septiembre, porque cuando sor Vincenza tomó el pulso del papa, la mano estaba aún tibia”, “más tarde Villot corrige su comunicado. El secretario que habría descubierto el cadáver del papa  habría sido don Magee, otra mentira” (p. 108).

Para el autor la pregunta principal es ésta: ¿Cómo fue asesinado Juan Pablo I. Se han dado diversas hipótesis. Las más conocidas son dos. La primera es la del escritor inglés David Yallop, en su libro “En nombre de Dios” (1984): “El Papa tomaba diariamente un medicamento: Effortil contra la tensión alta (sic)”, “al Papa constantemente se le daba una dosis insípida e inodora de digitalina”, “cuando Villot se dio cuenta de que nada habría podido parar al pontífice Juan Pablo I, hizo suministrarle una dosis mortal de digitalina (sic)” (pp. 111-112), “había seis hombres a quienes les resultaba particularmente cómoda la muerte del nuevo papa: Marcinkus, Villot, Calvi, Sindona, Gelli y Cody” (p. 114).

La segunda hipótesis la formula Luis Miguel Rocha en su novela. Rocha habría encontrado al real asesino de Albino Luciani, que le habría entregado algunos documentos que pueden hacer luz sobre otro misterioso homicidio del siglo XX. El asesino habría vivido hasta 2008. No se sabe de dónde el autor ruso saca este dato. Pues bien, “era un hombre externo al Vaticano, pero conocía los sagrados palacios muy bien”, “este hombre habría conseguido entrar en la habitación del papa, donde habría encontrado al pontífice echado sobre el lecho, apoyado sobre el respaldo, con unos apuntes. Albino Luciani lo habría visto, más aún lo esperaba, tanto que le pidió que cerrara la puerta, diciéndole después que, como Jesús, él no le condenaba sino que lo perdonaba. El homicida no se esperaba estas palabras del Papa. Pero esto no le apartó de la misión que se le había confiado: asfixiar a Juan Pablo I. El asesino habría dejado después el cuerpo sin vida de Albino Luciani en la misma posición en que lo había encontrado”, “no era casual que precisamente aquella noche se había desactivado el sistema de alarma entre el apartamento papal y la guardia suiza” (pp. 114-115).

Escribe Luis Miguel Rocha: “A la hora en que entró, las doce y media de la noche”, “sólo tenían que garantizarle que las rutinas no fuesen alteradas y, por supuesto, debían dejarle las puertas abiertas. Todo se conjuró para que llegara fácilmente al tercer piso del Palacio Apostólico, justo al lado de la puerta de la habitación del Papa”. El intruso ”colocó una almohada sobre el rostro de Albino Luciani y presionó. Aquellos segundos fueron los más largos de su vida. Mató a un hombre a quien la muerte no logró engañar. Aquel asesino sabía que bajo la almohada había un ser que ni pedía clemencia ni trataba de huir. Podía haberlo evitado, retrocediendo un poco en su afán de reformas, pero no lo hizo”, “en un gesto incomprensible, colocó el cadáver en la misma posición en que se encontraba el Papa cuando él entró en la sala, recostado sobre la cabecera de la cama. Incluso sus ojos permanecían abiertos. La cabeza quedó inclinada hacia el lado derecho” (pp. 346-348).

La sobrina del Papa Lina Petri vio el cadáver: “Las mangas de su hábito papal estaban muy arrugadas”. Se preguntó por qué estarían así. “El pontífice, dice al autor ruso, había ya comprendido que le esperaba una muerte inevitable. Por este motivo permaneció sentado en el escritorio hasta tarde, dejando incluso la puerta de su estudio abierta, esperando al asesino. Con toda probabilidad Luciani había notado incluso que el sistema de alarma se había desactivado. Tras haber entrado, el asesino se acercó al Papa, le tomó por las mangas y le llevó al lecho”, “probablemente fue asfixiado con una almohada”. En el video, que reproduce la exposición del cadáver en la Sala Clementina, “se perciben, en el rostro del pontífice difunto, rayas bajo los ojos y sobre las cejas. Estas señales podrían hacer pensar que el asesino puso cualquier cosa sobre el rostro del Papa, asfixiándolo” (pp. 115-116).

“En 1990, añade el autor, la firma de 222 obispos y cuatro cardenales brasileños formalizó la petición de beatificación”, “hay que precisar que ni Wojtyla ni Ratzinger han manifestado jamás suficiente interés por la beatificación de Juan Pablo I, a pesar de que el mismo cardenal Ratzinger, en 2004, se pronunciara sobre la santidad de Albino Luciani”, “todo esto es ulteriormente avalado por el hecho de que, contrariamente a lo acontecido con el papa Albino, Wojtyla fue beatificado solo 5 años después de su muerte” (pp. 125-128).

La forense Luisa García Cohen comenta la hipótesis de una muerte violenta por asfixia: “Habitualmente los agresores se colocan detrás de sus víctimas para apresar el cuello de la víctima con ambas manos, por lo que se ven hematomas en forma de gargantilla y rasguños, producidos por el esfuerzo de la víctima para despegar los dedos del agresor de su cuello. La expresión facial final suele verse con un rictus de horror,  la cara está abotargada, el color de la piel es violáceo, y se encuentra el típico punteado hemorrágico, tanto en ojos como alrededor del cuello, incluyendo las livideces paradójicas. Menos habitual es el sofocamiento en el que se utilizan objetos grandes y blandos que puedan presionarse contra toda la cara, y obstruir la respiración nasal y la bucal, estando la víctima habitualmente echada boca arriba. En estos casos pueden verse hematomas muy típicos en la mucosa interna de la boca, además de un mayor número de lesiones defensivas como fracturas de los dedos, roturas musculares en columna vertebral y hombros”.

La forense añade de forma crítica e irónica: “Luciani está lúcido, deja la puerta abierta, se coloca cómodamente sentado en el escritorio o en su cama y espera con calma su suerte. Aunque no lo sepa el agresor ni la víctima, el cerebro está programado para reaccionar ante la privación brusca de oxígeno con movimientos de lucha incontrolables. Lo más peculiar de la hipótesis es que el agresor es capaz de mantener durante el ataque, al menos diez minutos, la presa simultánea de la almohada y las mangas con sus ‘cuatro brazos’ y con tanto cuidado que impide la aparición del habitual cuadro agónico, mientras  su víctima se queda perfectamente quieta y sin emitir sonido alguno“, “le alisa la cama, le coloca la almohada, los papeles en la mano, las gafas, deja el cuerpo sentado, y todo a pesar de los espasmos musculares que durante la lucha lo dejaron más tieso que una mojama durante al menos tres horas después de la muerte real”, “las hemorragias llamadas petequiales (derrames vasculares cutáneos) y la cianosis (color violáceo), que aparecen en cabeza, cuello y tercio superior de tórax, los labios amoratados, son un hallazgo constante en las muertes violentas asfícticas, hubiera luchado o no, estado lúcido o no, intoxicado o no”, “en muertes por asfixia las livideces suelen tener una extensión mayor que la habitual, su coloración es más oscura y su aparición precoz es evidente y no disimulable”.

Jesús López Sáez