EL CAMINO ESPIRITUAL

Creado en Sábado, 25 Mayo 2013 Última actualización en Lunes, 27 Mayo 2013
EL CAMINO ESPIRITUAL

Jesús López

Con ocasión de un par de artículos sobre mi experiencia comunitaria, publicados en la revista Misión Abierta (sept. y dic.99), se me pidió poco después que desarrollara el presente tema en esta Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, que tiene por lema: recrear nuestra espiritualidad. Entendemos aquí por camino espiritual camino de fe o proceso de evangelización. En los Hechos de los Apóstoles se llama "el camino del Señor". Ciertamente, de Aquel que es "el Camino".

Uno de los frutos del tiempo posconciliar es la toma de conciencia de que la original pedagogía del Evangelio supone un proceso de maduración en la fe. Asimismo, la "inspiración catecumenal", reconocida en el Sínodo de la Catequesis (1977), entraña la toma de conciencia de unas etapas, que pueden ser promovidas, discernidas y celebradas.

Está en los Hechos. Un judío, llamado Apolo, originario de Alejandría, hombre elocuente, que dominaba las Escrituras, había sido instruido en el camino del Señor, pero solamente conocía el bautismo de Juan. Aquila y Priscila, un matrimonio colaborador de Pablo, le oyeron hablar en la sinagoga. Hablaba con valentía pero detectaron en él un déficit de evangelización. Le tomaron consigo y le expusieron más exactamente el camino. Aquila y Priscila no tenían a su disposición la biblioteca de Alejandría, pero habían sido bien evangelizados: tenían conciencia del proceso de evangelización.

Es la experiencia de la primera comunidad cristiana, que (sin protección oficial) promueve un fuerte proceso de evangelización. Esa experiencia comunitaria de los orígenes es el modelo de la renovación eclesial. El mismo Concilio fue convocado para esto: Para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más puros y más simples de su origen.

Se ha dicho certeramente que el texto más importante del Concilio es el capítulo segundo de los Hechos, que recoge la experiencia de la primera comunidad cristiana. Por el siguiente motivo: cuando el Concilio se plantea lo que debe ser la Iglesia, lo que debe ser la vida del sacerdote, lo que debe ser la vida del misionero y lo que debe ser la vida religiosa, en todos estos casos, acude a Hechos 2.

Tenemos presente la doble inspiración conciliar: vuelta a las fuentes y diálogo con el mundo de hoy. ¿En qué medida la experiencia comunitaria de los orígenes, vivida hoy en diálogo evangelizador con el mundo, sirve también para renovar la espiritualidad de la vida religiosa? Esa es la cuestión. Al fin y al cabo, el proceso de evangelización tiene que ver con el ser y con el quehacer, con la vocación y con la misión, de la vida cristiana en general y de la vida religiosa en particular.

    1. PEDAGOGIA

Veamos algunos aspectos pedagógicos del proceso evangelizador. Comencemos por lo más sencillo. Una pregunta que suele hacer quien se acerca a una comunidad (o a un grupo) es ésta: ¿Qué hacéis cuando os reunís? ¿Cómo son vuestras reuniones?

Cuando os reunís

Una cosa importante es ésta. No podemos ignorar las cuestiones o situaciones de los participantes, si no queremos responder a preguntas que no se hacen o a problemas que no existen. Por ejemplo, en el encuentro de Pedro con Cornelio, se asume el interrogante, la cuestión: ¿Por qué motivo me habéis llamado?. Una catequesis que acoge cada interrogante o cada situación tiene su impacto en el grupo. Lejos de ser repetitiva y conservadora, implica una renovación permanente, que permite: una lectura de la vida, experiencia e historia de cada uno, a la luz de la Palabra de Dios, en una comunidad.

Esto supuesto, con la adaptación necesaria en cada caso, podemos utilizar el esquema de reunión que Pablo propone a la comunidad de Corinto: Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una enseñanza, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero que todo sea para edificación... Si no hay quien interprete, guárdese silencio en la asamblea. Hable cada cual consigo mismo y con Dios . Así pues, aparecen, diversos elementos:

-salmo: oración a partir de aquello que más nos llama la atención y que está en relación con los acontecimientos personales, sociales o eclesiales.

-enseñanza: escucha de la palabra de Dios dicha ya, recogida en la Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia.

-revelación: escucha de la palabra de Dios dicha hoy, en una circunstancia concreta. Es la dimensión actual de la Palabra.

-discurso en lengua: comunicación realizada en otros lenguajes que necesitan interpretación, para que puedan ser entendidos.

También podemos utilizar este otro esquema, semejante al de "ver, juzgar, actuar", incluyendo explícitamente la dimensión actual de la Palabra y la oración:

-información: de lo más importante, acontecido desde la última reunión.

-escucha: de la palabra de Dios, dicha ya o dicha hoy.

-oración: desde lo escuchado, desde lo vivido, con un salmo, con propias palabras, con una canción.

-acción: que brota de la palabra de Dios escuchada en una situación concreta. Al fin y al cabo, se trata de escuchar la Palabra y cumplirla.

No todos los elementos se dan en todas las reuniones ni tampoco se dan necesariamente todos desde el comienzo. Así, por ejemplo, en un momento dado (a petición de uno de sus discípulos) Jesús les enseña a orar.

Es fundamental la participación, la comunicación, realizada libremente, al nivel que cada uno quiera expresarse. Recordemos que, originalmente, homilía significa conversación (en la comunidad). No es un monólogo, sino un diálogo.

¿Y si hay silencio? Hay que ver lo que significa. Puede significar bloqueo, tensión, falta de comunicación, pero también reflexión, escucha, contemplación. En muchos casos, en el silencio se gesta la Palabra.

Al servicio de la Palabra

Desde el punto de vista de la enseñanza, sacando del baúl "cosas nuevas y cosas viejas", vamos desarrollando un conjunto de catequesis, que facilitan la iniciación en el misterio de Cristo (Biblia) y la confesión personal de toda la fe de la Iglesia (Credo); facilitan también la iniciación en la justicia del Evangelio, proclamada en el sermón de la montaña, lo que implica un proceso de conversión; además, facilitan la iniciación en la oración cristiana, cuyo modelo es la forma de orar de Jesús; finalmente, facilitan la iniciación en la misión evangelizadora de Jesús, que sigue diciendo: Id y haced discípulos, y sigue mostrando las señales que liberan

Todo ello al servicio de la Palabra de Dios dicha hoy, que ha de tener siempre prioridad y que puede desplazar lo que previamente pudiéramos tener previsto o programado. La palabra de Dios, viva y eficaz, puede llegar de muchas maneras: en acontecimientos personales, sociales y eclesiales, que sean significativos y elocuentes (señales); en las lecturas bíblicas del día (o del domingo), que se hacen palabra viva; en experiencias semejantes a la de San Agustín (Toma y lee), etc.

Poco a poco, dentro de su sencillez, se puede ir comprendiendo la complejidad, la riqueza y la variedad de la pedagogía evangelizadora, catecumenal y comunitaria. He aquí algunas claves más importantes:

Es una pedagogía de la escucha de la Palabra de Dios que se hace acontecimiento (dar la palabra a la Palabra); de la relación, de la comunicación, del grupo (dar la palabra al grupo); de la experiencia (dar la palabra a los acontecimientos); de la experiencia de fe (dar la palabra a los testigos); del proceso de maduración en la fe (dar la palabra a las etapas); de la información y documentación necesaria (dar la palabra a los datos objetivos: doctrinales, científicos, jurídicos, etc.); del discernimiento personal, pastoral, comunitario (dar la palabra a la luz); de la acción: compromiso, testimonio, liberación, superación de situaciones infrahumanas, evangelización (dar la palabra a las obras); de la confesión de fe, recapitulada en el símbolo de la fe (dar la palabra al Credo); de la oración: iniciación en la oración viva y espontánea, conversación con un Dios que habla (dar la palabra a los salmos, en el espíritu del Padre Nuestro); de la celebración: dimensión festiva de la Palabra de Dios cumplida en los acontecimientos (dar la palabra a la fiesta).

Es muy importante el papel de quien lleva el grupo, de quien instruye en la Palabra. Su función es la de ser guía. Cuando Felipe se encuentra con el etíope y le oye leer al profeta Isaías, le dice: ¿Entiendes lo que vas leyendo? El contesta: ¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía. Felipe le guía no sólo en el sentido de las Escrituras, sino también en el sentido de los acontecimientos. Todo lo que ha sucedido ese día tiene una clave: la Buena Nueva de Jesús.

Hacia el año 400, San Agustín orienta al diácono Deogracias, que lleva la catequesis en Cartago y se encuentra muy desalentado. Le envía un escrito sobre el modo de catequizar. El texto sigue la historia de la salvación, cuya presentación (más breve o más larga) debe ser completa. Mas no por eso hay que exponer detenidamente cada uno de los libros de la Biblia: "Ni hay tiempo para ello ni es necesario. Mas bien hay que recorrer por encima las cosas principales y destacar lo más admirable y lo que se oye con más gusto; que esto no conviene mostrarlo para quitarlo enseguida de la vista, sino que hay que detenerse en ello, y darle vueltas para que haga impresión en el ánimo de los oyentes".

En grupo, en comunidad

Un aspecto básico de la pedagogía original del Evangelio es el grupo, la comunidad. ¿Y cómo poner en marcha un grupo? Un grupo puede comenzar de muchas maneras. Es fundamental compartir la propia experiencia de fe. Se puede empezar por un núcleo inicial, que va asimilando lo fundamental, que va siendo comunidad que escucha la palabra de Dios en los acontecimientos, que está abierto a la incorporación de nuevos miembros. Para empezar, no hace falta mucho: donde dos o tres se reúnen en su nombre, allí está el Señor en medio de ellos. Es muy importante la relación personal, la invitación, la llamada. Por ejemplo, en las parroquias puede hacerse una convocatoria general, que incluya estos elementos: información (de lo que se pretende), testimonio (lo que ha supuesto personalmente), invitación (llamada). Los caminos, por los que se llega al encuentro de Cristo, son muy diversos. Las señales del Evangelio, vividas por personas, grupos o comunidades, significan para muchos el comienzo de su proceso de evangelización.

Otro aspecto básico: ¿Qué entendemos por comunidad? ¿Cuáles son sus rasgos más importantes? Las primeras comunidades son grupos de hombres y mujeres que se reúnen, según la tradición más antigua, el día del Señor. Entre todos se establece una relación de fraternidad. De este modo, el misterio de comunión que constituye a la Iglesia se hace visible incluso a los ojos de los no creyentes, que dicen: Mirad cómo se aman. Son como una gran familia. La Iglesia no es ejército (relación de obediencia: superior-inferior) ni tampoco escuela (relación de enseñanza: maestro-discípulo) sino comunidad (relación de fraternidad: hermano-hermano). Lo dice Jesús: Todos vosotros sois hermanos.

El fundamento de esa comunión, lo que verdaderamente aglutina a la nueva familia de los discípulos, es la palabra de Dios. Dice Jesús: Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Quien acoge la Palabra, se vincula a la comunidad.

En las primeras comunidades, la palabra de Dios se hace experiencia de Cristo y experiencia de conversión.La comunidad es lugar de perdón y de don del espíritu. Es lugar de enseñanza, de comunión, de celebración y de oración. En la comunidad se dan señales, que confirman la Palabra anunciada. La comunión de corazones se traduce en una efectiva comunicación de bienes. La comunidad es acogedora y abierta a la incorporación de nuevos miembros.

Las primeras comunidades se encuentran en situación política y religiosa adversa. Dice San Pablo: Atribulados en todo, mas no aplastados. En la Carta a Diogneto, de mediados del siglo II, se dice de los cristianos: A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata...y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio.

Las primeras comunidades son minoría dentro de la sociedad, pero son como una ciudad levantada en lo alto de un monte, como levadura en la masa. En ellas se da un fuerte proceso de evangelización: de adultos, también de niños. La catequesis más antigua se hace por inmersión en la vida de la comunidad. Se reúnen donde pueden, generalmente en las casas.

Siendo comunidad, la Iglesia es luz de las gentes, signo levantado en medio de las naciones, sacramento universal de salvación. No es el individuo sino la comunidad quien puede evangelizar. No es el individuo sino la comunidad quien renueva profundamente a la Iglesia. No es el individuo sino la comunidad quien puede realizar una contestación efectiva de la sociedad presente, tal y como está configurada. No es el individuo sino la comunidad quien puede vivir hoy las señales del Evangelio.

En la medida en que, por aproximaciones sucesivas, volvemos a la comunidad de los Hechos de los Apóstoles, encontramos ahí el lugar originario de la catequesis más antigua. En medio de grandes resistencias por parte de aquellos para quienes todavía no llegó la hora, el Concilio crea la atmósfera que hace posible la aparición, desarrollo y reconocimiento de las pequeñas comunidades, llamadas de talla humana, donde es posible una relación de fraternidad: "La aparición de las pequeñas comunidades es la manifestación más importante de la recepción y realización del Concilio en la Iglesia".

Evitando determinados extremos, son foco de evangelización y esperanza para la iglesia universal (EN 58). En el Sínodo de la catequesis (1977) la comunidad de talla humana es considerada como el lugar principal de catequización. Las pequeñas comunidades, lejos de formar una estructura elitista, son expresión del amor preferente de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ellas se expresa, se valora y purifica su religiosidad y se le da la posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar el mundo.

En nuestro tiempo, es preciso rehacer el tejido comunitario de la Iglesia. En las primeras comunidades había entre 20 y 60 miembros; en la Edad Media, muchas parroquias no sobrepasaban los 300; entonces las grandes ciudades tenían entre 10.000 y 50.000 habitantes. Hoy muchas parroquias son auténticas ciudades medievales. ¿Es posible hablar de verdadera comunidad cristiana? La masificación y el envejecimiento ponen en cuestión la supervivencia misma de la comunidad. Se da también otro síntoma: entre 1970 y 1984 se produce en la sociedad española un impresionante descenso del número de católicos practicantes: baja del 64 al 31 por ciento para mantenerse durante estos años en torno al 30 por ciento. Si además nos preguntamos qué significa realmente esa práctica (ritualista, con déficit de evangelización), tenemos que concluir que (a gran escala, a pesar de todos los esfuerzos de renovación) están en ruinas los cimientos. Sin tejido comunitario, a la Iglesia se le ve el esqueleto y, en vez de atraer, espanta.

El Sínodo de la catequesis fue crítico con la situación actual de la parroquia, necesitada de profunda renovación: De hecho, no pocas parroquias, por diversas razones, están lejos de constituir una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, la vía ideal para renovar esta dimensión comunitaria de la parroquia podría ser convertirla en una comunidad de comunidades. El Sínodo sobre los laicos (1987) solicitó de nuevo una decidida renovación de las parroquias. Lo recoge Juan Pablo II en su exhortación sobre los laicos (1988). Para que las parroquias sean verdaderamente comunidades cristianas, las autoridades locales deben favorecer la adaptación de las estructuras parroquiales, sobre todo promoviendo la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales; y deben favorecer las pequeñas comunidades eclesiales de base, también llamadas comunidades vivas. La creación de comunidades vivas es especialmente necesaria en ambientes alejados de la Iglesia: Sólo mediante la creación de comunidades cristianas vivas que broten de esos mismos ambientes es posible una acción misionera eficaz en ellos.

La comunidad es el lugar o ámbito normal de la catequesis. Es como el seno materno donde se gesta el hombre nuevo por medio de la palabra de Dios viva y permanente. Es el pozo del agua donde bebe la samaritana. Es la piscina de Siloé donde el ciego de nacimiento cura su ceguera original. Es la casa de Betania, donde se celebra la gloria de Dios en la presencia nueva, resucitada, de Lázaro.
 

2. ETAPAS

La evangelización es un desafío permanente. Supone nada menos que participar en la misma misión de Jesús. Y en la misión de la Iglesia, que existe para evangelizar. Es algo que nos desborda. Por ello, viene bien recordar el aviso de Pablo: Inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro evangelizar.

La evangelización se realiza no sólo con palabras, sino también con obras. Jesús anuncia una Palabra que se cumple, una Palabra acompañada de señales y signos: enseña y cura, dice y hace. A la pregunta de los discípulos de Juan el Bautista, responde con el lenguaje de los hechos. Para quien busca la luz o busca a Dios, quizá a tientas, la respuesta no está en las nubes de los razonamientos teóricos. La respuesta es la experiencia de fe. Lo dijo Pablo VI: En el fondo ¿hay otra forma de evangelizar que no sea el comunicar a otro la propia experiencia de fe?.

La evangelización es un proceso vivo y complejo, con elementos diversos que es preciso integrar: Renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. En ese proceso se dan unas constantes vitales que hay que cuidar, si queremos transmitir todos el mismo evangelio en la diversidad de tiempos, situaciones y culturas: la experiencia de la Palabra viva de Dios, el reconocimiento de Jesús como Señor de la historia, la conversión a la justicia del Evangelio, el perdón de parte de Dios, la oración como conversación con Dios, el testimonio, la inmersión en la comunidad, el conflicto asumido por causa del Evangelio.

Estas constantes de la evangelización se dan ya de forma germinal en cualquier experiencia de fe, que es siempre experiencia de la palabra de Dios en una situación concreta. Veamos unos ejemplos, intentando discernir las constantes que aparecen:

* Conocida es la experiencia de la Palabra, que hace posible la conversión de San Agustín. Había pretendido dar pleno sentido a su vida, prescindiendo de Dios. Y, de hecho, se encontraba en el fango profundo, con insatisfacción y vacío, desnudo como el hombre pecador. Había oído contar diversas experiencias de fe, como aquella de San Antonio Abad. Habiendo recibido una inmensa fortuna de sus padres, se le ocurrió entrar en una Iglesia justo en el momento en que se proclamaba el Evangelio, el pasaje del joven rico: Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres. Lo escuchó como una palabra de Dios dirigida a él y así lo hizo.

En el fondo, Agustín quería cambiar y no podía. En esa situación, en el huerto de Milán y con lágrimas en los ojos, hace una oración: ¿Hasta cuándo, Señor...? Y desde una casa vecina, un niño o una niña comienza a decir: Toma y lee, toma y lee. Agustín se pregunta qué podía significar aquello: ¿sería una canción, un refrán o quizá una palabra de Dios dirigida a él? ¿Debería tomar la Biblia y leer? Optó por esto último y, tomando el libro del Apóstol, que tenía allí a mano, abrió y comenzó a leer allí donde se posaron sus ojos. Se encontró lo siguiente: Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias. Se lo comentó a su amigo Alipio, el cual lo recibió como Palabra de Dios y dijo: Lo que viene después es para mí: Acoged bien al que es débil en la fe.

* Veamos la experiencia de Bartolomé de las Casas. Bartolomé llega a América el 15 de abril de 1502, a los nueve años del descubrimiento, y participa con Ovando en la violenta conquista de los indios taínos. Es ordenado sacerdote en 1511. En 1523 se hace dominico. Desde enero de 1513 participa con Pánfilo de Narváez en la conquista de la isla de Cuba, donde la dominación europea de los cristianos se impone "a sangre y fuego".

Por el sistema del repartimiento, Bartolomé recibe un grupo de indios que trabajan para él. Cómplice de la violencia se hace también cómplice de la explotación. El clérigo Bartolomé de las Casas, escribe él mismo, andaba bien ocupado y muy solícito en sus granjerías, como los otros, enviando sus indios de su repartimiento a las minas, a sacar oro y hacer sementeras, y aprovechándose dellos cuanto más podía.

Todo estaba aparentemente en orden, cuando un acontecimiento de lo más normal viene a poner las cosas en cuestión: llega Diego Velázquez y como no había en toda la isla clérigo ni fraile, le pide a Bartolomé que les celebre la misa y les predique el evangelio. La fiesta era Pentecostés, año de 1514. El caso es que Bartolomé comenzó a considerar consigo mesmo sobre algunas autoridades de la Sagrada Escritura. Y encontró aquel pasaje del Eclesiástico que le dejó anonadado: Sacrificios de bienes injustos son impuros, no son aceptadas las ofrendas de los impíos. El Altísimo no acepta las ofrendas de los impíos ni por sus muchos sacrificios les perdona el pecado. Es sacrificar al hijo en presencia de su padre, robar a los pobres para ofrecer sacrificio. El pan es vida del pobre, el que se lo defrauda es homicida. Mata a su prójimo quien le quita su salario, quien no paga el justo salario derrama su sangre.

Bartolomé no pudo celebrar su misa. Aplicando lo uno (el texto bíblico) a lo otro (la miseria y servidumbre que padecían aquellas gentes), determinó en sí mismo, convencido de la misma verdad, ser injusto y tiránico todo cuanto acerca de los indios en esta India se cometía. Por tanto, liberó a sus indios (acordó totalmente dejarlos) y comenzó su predicación profética primero en Cuba, después en Santo Domingo, posteriormente en España y después en todos los reinos de las Indias, quedando todos admirados y aun espantados de lo que les dijo. Aquel pasaje del Eclesiástico tenía una fuerza impresionante.

* Para Santa Teresa, Cristo habla hoy, le habla a ella: ¿Pensáis que está callando? Aunque no le oímos bien, habla al corazón. Teresa llama locuciones a las palabras que recibe de Dios. El Señor, para hablar, repite - en el fondo - su palabra bíblica. Circunstancias de época hicieron imposible el acceso de Teresa a la Biblia. En los Indices de los años 1551, 1554 y 1559 se prohibió la publicación de la Sagrada Escritura en lengua vulgar permitiéndose sólo el uso de citas en libros de contenido religioso. La Palabra le llega tan de presto, a deshora, aun algunas veces estando en conversación, muy en el espíritu, con poderío y señorío, hablando y obrando.

* San Juan de la Cruz habla también de las locuciones de Dios: Y son de tanto momento y precio, que le son al alma vida y virtud y bien incomparable, porque le hace más bien una palabra de estas que cuanto el alma ha hecho en toda su vida. Acerca de estas, no tiene el alma qué hacer (ni qué querer, ni qué no querer, ni qué desechar, ni qué temer)... Dichoso el alma a quien Dios le hablare. Habla, Señor, que tu siervo oye.

Etapas del proceso

El proceso de evangelización tiene unas etapas, que es preciso identificar. Comienza con el anuncio primero del evangelio (siembra de la Palabra) y se cumple de forma básica y fundamental en la catequesis (crecimiento y maduración, que produce fruto). La relación que se da entre evangelización y catequesis es profunda. Son como el grano y la espiga. La catequesis, para bautizados o para quienes se preparan a recibir el bautismo, implica una entrega viva del evangelio y de todo el evangelio a los hombres.

Ahora bien, ¿cuáles son las dimensiones o tareas de la catequesis? ¿cómo actualizar hoy la enseñanza especial de Jesús a sus discípulos? Volviendo a las fuentes, la catequesis asume y desarrolla la siembra de la Palabra en un proceso de crecimiento y maduración, que produce fruto. Como parte vital de la misma, la catequesis participa del desafío propio de la evangelización: pretende hacer madurar la fe inicial y educar al verdadero discípulo. En suma, pretende hacer discípulos, básicamente evangelizados.

La catequesis asume y desarrolla la evangelización primera (primer anuncio, precatecumenado). En esta primera etapa es fundamental la acogida de quien se acerca al evangelio y, en ese contexto, una primera comunicación de la experiencia de fe. Por su parte, el nuevo discípulo tiene conversión inicial: como el paralítico del evangelio, ha oído hablar de las señales que realiza Jesús, se deja llevar por los camilleros, supera las dificultades que salen al paso, entra en el grupo de discípulos que escuchan la Palabra, pasa de lo individual a lo comunitario, comienza a escuchar. No puede dar un paso por el camino del evangelio, pero tiene conversión inicial y, además, un grupo de creyentes que le acompaña. En esta primera etapa, las constantes de la evangelización de Jesús y de los Doce se dan ya de forma germinal.

En sentido restringido, la catequesis es la enseñanza elemental de la fe. En sentido pleno, es la iniciación cristiana integral, es decir, iniciación no sólo en la doctrina, sino también en la vida y culto de la Iglesia, así como en su misión en el mundo. La catequesis renovada, que ahora y siempre necesita la Iglesia, implica la promoción del sentido pleno: La catequesis no consiste únicamente en enseñar la doctrina, sino en iniciar a toda la vida cristiana. Según esto, la catequesis debe tener una inspiración catecumenal, es decir, debe iniciar en todas las dimensiones de la vida cristiana: en el conocimiento del misterio de Cristo, en la vida evangélica, en la oración y celebración de la fe, en el compromiso misionero.

En su sentido pleno, toda catequesis es catecumenal. Ambas palabras proceden del verbo griego katejein, que significa resonar, hacer sonar en los oídos y, por extensión, instruir, instruir en la Palabra. La definición más antigua de catequista es ésta: el que instruye en la Palabra al discípulo o catecúmeno. En los Hechos de los Apóstoles, esta catequesis es posterior al bautismo. Se dirige a aquellos que han acogido el anuncio primero del evangelio y se desarrolla en el ámbito de la comunidad cristiana. La catequesis es, así, iniciación a la vida cristiana total.

En los siglos III y IV florece la institución del catecumenado, que facilita la iniciación cristiana, durante un tiempo previo al bautismo. Quienes así son iniciados se llaman catecúmenos en Oriente y oyentes en Occidente. El catecumenado no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro.

En nuestro tiempo, el Concilio Vaticano II ordena la restauración del catecumenado para no bautizados. Unos años después, se publica el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (1972). Durante el posconcilio, el proceso catecumenal se va aplicando también a la evangelización de los bautizados y, poco a poco, la inspiración catecumenal se va extendiendo a todo tipo de catequesis: El modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal.

La progresiva toma de conciencia de que es preciso evangelizar a los bautizados es nota característica del tiempo posconciliar. El problema fue asumido con carácter de urgencia y con tratamiento catecumenal por Pablo VI, también por Juan Pablo II. El Sínodo extraordinario (1985), en su relación final, dice lo siguiente: "La evangelización de los no creyentes presupone la autoevangelización de los bautizados y también de los mismos diáconos, presbíteros y obispos".

La catequesis inicia en la Palabra viva de Dios, la Palabra del Reino , palabra sembrada en el campo de la historia: el campo es el mundo. Es una Palabra que hace discípulos, discípulos de Dios, una Palabra que manifiesta el misterio del Reino de Dios. Es una enseñanza especial. El discípulo entra dentro del misterio anunciado a la muchedumbre por medio de parábolas: Dios, que habló en otro tiempo, sigue hablando. Más aún y es fundamental: quien escucha la Palabra, se encuentra con Cristo. Toda la Escritura da testimonio de El. Para la Iglesia naciente, evangelizar es anunciar la buena nueva de la Palabra o, lo que es lo mismo, anunciar a Cristo. Por ello, desconocer la Escritura es desconocer a Cristo. En el proceso catecumenal, los catecúmenos reciben el evangelio (Sagrada Escritura) y su expresión eclesial que es el símbolo de la fe (Credo).

La catequesis inicia en la justicia nueva del evangelio, es decir, promueve un proceso de conversión. Para empezar, basta la conversión inicial. Con la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual, por el que pasa del hombre viejo al hombre nuevo: Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse paulatinamente durante el catecumenado .

Si la catequesis inicia en la Palabra (diálogo de Dios con el hombre), inicia también en la oración (diálogo del hombre con Dios). El discípulo ora como Jesús: en secreto, en grupo o comunidad, con pocas palabras, desde situaciones concretas, con palabras tomadas de los salmos, según el modelo que nos enseñó Jesús, es decir, según el espíritu del Padre nuestro. Asimismo, la catequesis inicia en la celebración viva de la fe. La Palabra anunciada y escuchada es también celebrada (sacramentos).

La catequesis inicia en el compromiso misionero: nace de la confesión de fe y conduce a la confesión de fe. Quien ha sido evangelizado, evangeliza a su vez. Jesús, que sigue evangelizando, comparte su misión con los discípulos enviados a hacer discípulos: Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban .

La catequesis hace discípulos integrados en comunidades vivas. La adhesión al evangelio no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado: se revela concretamente por medio de una entrada visible en una comunidad de fieles. En nuestro tiempo, volvemos a recordar la función de la comunidad como origen, lugar y meta de la catequesis. Como era en un principio.

La Palabra sembrada produce sus frutos. Al final es preciso: discernir si se ha cumplido si se ha cumplido el proceso catecumenal; garantizar y celebrar la superación de resistencias; ver si se producen, entre otros, estos frutos importantes: la confesión de fe, la oración cristiana, el testimonio, las señales del evangelio, el amor fraterno.

La catequesis es iniciación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida cristiana. Esto no excluye que razones de método o de pedagogía aconsejen organizar la comunicación del mensaje de un modo más bien que de otro. Por lo demás, la variedad en los métodos es un signo de vida y de riqueza. Los métodos han de ser abiertos y flexibles: "Se trata de acompañar a las mujeres y a los hombres de nuestra generación en su iniciación a la fe en Jesús, teniendo en cuenta su propia situación, prebautismal o posbautismal".

Entre nosotros, se ha recordado justamente la función de iniciación propia de la catequesis. Ahora bien, no podemos olvidar que es preciso profundizar, consolidar, alimentar y hacer cada día más madura la fe, pues, de otro modo, la fe corre el riesgo de morir por asfixia o por inanición. Dice Juan Pablo II: Para que sea eficaz, la catequesis ha de ser permanente. La profunda corriente subterránea del pozo de la Palabra viva de Dios no se agota nunca.

3. PROCESOS

Todo el Evangelio es un test. Sin embargo, de una forma especial, la inspiración catecumenal recupera los pasajes clásicos que sirvieron en los primeros siglos para discernir el proceso de maduración en la fe. De este modo, podemos verificar si el proceso de evangelización realizado concuerda con el original. Veamos más detenidamente el test de la samaritana (de la sed al agua de la vida), el del ciego de nacimiento (de la ceguera a la luz) y el de Lázaro (de la muerte a la vida).

*De la sed al agua de la vida

La conversión al Evangelio entraña un cambio radical: un paso de la sed al agua de la vida. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto en el pasaje de la samaritana un test que sirve para revisar la experiencia de fe, que irrumpe aquí en una situación concreta: la de una mujer en crisis de identidad.

Los fariseos se habían enterado de que Jesús hacía más discípulos que Juan ¡Se lleva a la gente! Como medida de precaución, abandona Judea y vuelve a Galilea, donde se siente seguro. Tenía que pasar por Samaría, la región vecina, separada, hostil, colonizada cinco veces. Para el profeta Oseas Samaría es la esposa del Señor, prostituta y adúltera, con un viejo pasado religioso que conjuga con costumbres paganas. Como nuestra tierra, con una vieja tradición religiosa, pero al fin y al cabo país de misión.

Llega Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar. A unos mil metros, estaba el pozo de Jacob, uno de los más profundos de toda Palestina. Las excavaciones arqueológicas confirman que estuvo en uso desde el año 1000 a.C. hasta el 500 d.C. El pozo de Jacob remite a los orígenes, a un tiempo en que aún no se había producido la división entre judíos y samaritanos, en que la esposa del Señor aún no se había ido detrás de sus amantes. El evangelio de Jesús nos remite también a los orígenes, a un tiempo en que aún no se habían producido las grandes divisiones cristianas.

Los discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Cansado del camino, se sienta Jesús junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta, hacia el mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. La mujer (no se dice su nombre) es símbolo vivo de su tierra. Jesús dice a la samaritana: Dame de beber. La situación, junto al pozo, recuerda el encuentro del criado de Abraham con Rebeca, cuando buscaba esposa para Isaac; recuerda también el encuentro de Jacob con Raquel. Jesús pide un gesto de acogida y de hospitalidad, algo insólito entre judíos y samaritanos; se sitúa por encima de los prejuicios, de la división, de la discriminación; se dirige a la persona: La llevaré al desierto y le hablaré al corazón.

Ante la perplejidad de la samaritana, Jesús sigue con la iniciativa del diálogo. Plantea a la mujer la cuestión del conocimiento de Dios, es decir, la experiencia de fe en una tierra de la que se dijo: No hay fidelidad ni amor ni conocimiento de Dios... sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia. Jesús anuncia la experiencia de Dios como don. El está dentro y fuera, arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Como dice San Pablo: En él vivimos, nos movemos y existimos. Además, Jesús plantea la cuestión de su propia identidad: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.

La mujer toma al pie de la letra las palabras de Jesús y piensa en el agua normal y corriente: Señor, no tienes con qué sacarla y el pozo es hondo; ¿de dónde tienes tú esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús habla de la fuente de la Palabra, que una corriente profunda renueva sin cesar, cuyo agua brota del seno de la tierra y salta hacia el cielo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé, se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.

Jesús habla de otro agua y de otra sed. Lo gritará el último día de la fiesta de las Tiendas, el más solemne, en el que se hacían oraciones para pedir la lluvia y se oficiaban ritos conmemorativos del milagro del agua que brota de la roca en medio del desierto: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba en que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Jesús ofrece otro agua, que puede satisfacer la sed más profunda del corazón humano, la sed de Dios. Se dice en el salmo 63: Dios, mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma.

La mujer empieza a comprender y empieza a cambiar: Señor, dame de esa agua. El le dice: Vete, llama a tu marido y vuelve acá. Respondió la mujer: No tengo marido. Le dice Jesús: Bien, has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad. La samaritana es símbolo de su tierra, deportada, colonizada cinco veces, en crisis de identidad. Sin embargo, en el encuentro con Jesús acoge la palabra de Dios sobre el matrimonio, que la remite a su marido. Por tanto, ni repudio ni anulación ni divorcio. Por cierto, en el sínodo de 1980 sobre el papel de la familia cristiana en el mundo moderno, el cardenal Pericle Felici dio la voz de alarma: dijo que las declaraciones de nulidad habían aumentado en los años setenta en un 5000 por 100.

La mujer está impresionada, se da cuenta que está ante un profeta y deriva la conversación hacia el tema religioso: Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que es en Jerusalén el lugar donde se debe adorar. En el monte Garizim los samaritanos habían construido un templo, rival del templo de Jerusalén, pero ambos ofrecen formas de culto que pertenecen al pasado. Dice Jesús: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Ha llegado la hora en la que no importa el lugar. Por tanto, ni Samaría ni Jerusalén. Ni Roma ni Londres ni Moscú.

La mujer puede atestiguar que Jesús tiene un profundo conocimiento de su propia historia, conocimiento que le revela como profeta. La mujer espera la llegada del Mesías, el Cristo: Cuando venga nos lo explicará todo. Ella considera al Mesías como el que dirá toda la verdad en materia religiosa. Le dice Jesús: Soy yo, el que está hablando contigo. Jesús inaugura una era nueva: sigue hablando.

Llegan los discípulos y se sorprenden de que hable con una mujer, pero nadie le dice nada. La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?. Los discípulos están en otro plano: Rabbí, come. Pero Jesús dice: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.

Es preciso levantar los ojos. Estamos en tiempo de siega. La siega es símbolo del juicio, un juicio que se está realizando ya en medio de la historia: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador...Yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga. Los samaritanos le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.

* Para la reflexión personal o de grupo: ¿Cómo me sitúo yo ante Jesús?

  • como samaritana, con diversos interrogantes
  • reconociendo que el Señor conoce mi historia
  • acogiendo la palabra de Dios sobre el matrimonio
  • dejando el cántaro, anunciando la buena noticia del evangelio
  • como discípulo que sembró, como discípulo enviado a segar
  • como samaritano que acoge la buena noticia
  • confesando que Jesús es el Salvador del mundo.

*De la ceguera a la luz

Sea cual sea la ceguera del ciego de nacimiento (Jn 9), la tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto ahí, en resumen, el proceso de todos aquellos que se encuentran con la luz que se llama Cristo. El pasaje del ciego es también un test que sirve para revisar la experiencia de fe. La experiencia de fe irrumpe aquí en una situación concreta: la de un joven que pasa de la ceguera a la luz.

Cuando se escribe el evangelio de San Juan (hacia el año 90), su comunidad -a semejanza de Jesús- tiene sobre sí una larga historia de rechazo y expulsión. Pero son muchos los que han llegado a ver, sólo por meterse en ella. Los judíos (religiosos como el que más, de vieja tradición, por herencia, de siempre) están ciegos, como el mundo pagano (ateo, agnóstico, indiferente), que prefiere las tinieblas a la luz.

Jesús se encuentra con el ciego -aparentemente- de forma casual, al pasar: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Podemos recordar las circunstancias concretas en que nos encontramos con Cristo, si ha sido así. Es Jesús quien nos ve a nosotros. Nosotros no le vemos a él. No hemos visto nunca. Somos ciegos de nacimiento.

Los discípulos preguntan quién tiene la culpa de esa situación, de esa ceguera: ¿quién pecó, él o sus padres? En el fondo ¿habrá una responsabilidad personal o, quizá, familiar? Dice Jesús: Ni él pecó ni sus padres. Nadie tiene la culpa. Al contrario, por contraste, en esa ceguera se van a manifestar las obras de Dios. Jesús está en la perspectiva de la curación, de lo que Dios puede hacer en este caso. Es preciso colaborar con El, mientras es de día.

Esta es la clave: Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo. Cristo es la luz. Con su presencia, llega el día. Con su ausencia, llega la noche. Quien no se ha encontrado con él, no sabe lo que es la luz. Quien no ve la luz, está ciego, por mucha tradición religiosa que tenga a sus espaldas, por mucha herencia religiosa que tenga en sus genes. Es un ciego de nacimiento y su ceguera original debe ser curada. 2000 años después, siguen valiendo las palabras de Jesús en su última cena: Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis.

Se celebraba la fiesta de las Tiendas. Durante siete días, el pueblo vive en tiendas, como en otro tiempo, y pide la lluvia. Cada mañana, los sacerdotes van en procesión, con ramos, cantando salmos, a la piscina de Siloé para sacar agua y llevarla al templo; el séptimo día la procesión se repite siete veces. Un rito inútil: del coro al caño y del caño al coro. Al atardecer, se ilumina el templo con candelabros y antorchas; toda la ciudad queda iluminada. En ese contexto, el último día de la fiesta, el más solemne, Jesús anuncia otro agua, otra luz. El pueblo necesita otro agua, otro estanque, otra piscina. La ciudad necesita un templo iluminado por otra luz.

Lo primero que hace Jesús con el ciego es echarle barro en los ojos. Hay que ver lo que significa este tratamiento previo que Jesús aplica a nuestro ser de barro. Pero surge una pega, Jesús hace en sábado algo que está prohibido: trabaja (cura), además en un momento en que los judíos le buscan para matarlo.

Jesús le dice al ciego: Lávate en la piscina de Siloé (que significa Enviado). Con sorprendente facilidad, se produce lo increíble: fue, se lavó y volvió ya viendo. La curación manifiesta quién es, realmente, el Enviado y dónde está la verdadera piscina. La tradición viva de la Iglesia ha encontrado aquí un simbolismo bautismal. El bautismo es el baño de regeneración, realizado en la santa piscina (S. Cirilo de Jerusalén). El bautismo por inmersión de los primeros siglos lo expresa claramente. En la cripta de la catedral de Milán puede verse la piscina, en la que pudo bautizarse San Agustín (año 387). La piscina del Enviado es la comunidad de cuyo seno materno nace el hombre nuevo, con luz en los ojos.

Los vecinos perciben el cambio. Para ellos era el mendigo que se sentaba para pedir, sin iniciativa, dependiente de los demás. Algunos dicen que no es el mismo, sino uno que se le parece. Y comienzan las preguntas que se repetirán en diversas instancias: ¿Cómo se te han abierto los ojos? ¿Dónde está ese? El que había sido ciego sabe poco de ese hombre que se llama Jesús. Sin embargo, está viendo ya las maravillas de Dios.

El joven curado termina en el tribunal fariseo: era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. El interrogatorio se centra en la transgresión de la ley, la ley del sábado; por tanto, este hombre no viene de Dios. Otros, sin embargo, perciben la señal y se preguntan: ¿cómo puede un pecador hacer semejantes señales? En medio de la discusión, el hombre curado es urgido a pronunciarse personalmente. Y así lo hace. Da un paso más y dice: Es un profeta.

Los judíos no creen que el joven hubiera sido ciego, no ven el cambio, e interrogan a los padres. Estos confirman la identidad de su hijo y su anterior condición de ciego. Sobre todo lo demás, no saben, no contestan; tienen miedo: los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. De forma más o menos abierta, se percibe una lucha frontal. Está claro: Quien se baña en la piscina, es echado de la sinagoga.

En el fondo, el proceso es contra Jesús. Los judíos desprestigian su persona: Es un pecador, le dicen al hombre que había sido curado. Pero a él nadie le saca del hecho indiscutible: Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo. Los judíos vuelven con sus preguntas, pero él les remite a su declaración. Incluso, ironiza: ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos? En medio de insultos, las posiciones se aclaran: Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde es.

Hay algo extraño en todo esto, dice el joven: que vosotros, responsables del orden religioso, no sepáis de dónde viene el que me ha abierto a mí los ojos. Además, se trata de una de las señales esperadas, una señal mesiánica: Se abrirán los ojos de los ciegos, una señal que se cumple en el Evangelio de Jesús: los ciegos ven. Como era de esperar, le expulsaron. El proceso de evangelización pasa por esta prueba de autenticidad que es el conflicto asumido por causa de Cristo. Como dijo Jesús: ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.

Se enteró Jesús de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le hizo la pregunta que, antes o después, nos hace a todos: ¿Tú crees en el Hijo del hombre? El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? ¿Cómo identificarle? Jesús le dijo: Le has visto. El que está hablando contigo, ése es. El joven da el último paso en el proceso de evangelización: ese hombre, ese profeta, es el Señor. El proceso culmina en la confesión de fe: Creo, Señor. Y se postró ante él.

En el fondo, un juicio está en marcha: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos. Es decir, aquellos que reconocen su ceguera, ven. Y aquellos que, estando ciegos, dicen ver, permanecen en su ceguera.

* Para la reflexión personal y de grupo: ¿Cómo me sitúo yo ante Jesús?

- como ciego de nacimiento

- con barro en los ojos, en tratamiento previo

- enviado a la piscina de Siloé, a una comunidad viva

- lavado en la piscina, curado, con luz en los ojos

- mi cambio lo perciben los vecinos

- mis padres no saben, tienen miedo

- ante el tribunal fariseo, insultado, juzgado

- expulsado de la sinagoga, del templo

- como discípulo que dice: Creo, Señor. Le he visto, me ha hablado.

*De la muerte a la vida

El cambio que anuncia el Evangelio es radical: un paso de la muerte a la vida. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto en el pasaje de Lázaro (Jn 11) un test que sirve para revisar la experiencia de fe, que aparece aquí en una situación concreta: la de un hombre que muere en la plenitud de la vida.

Una enfermedad grave irrumpe de modo desconcertante en el círculo de amigos íntimos de Jesús, en Betania, en casa de Lázaro: ¿Cómo es posible una cosa así? Las hermanas enviaron a decirle: Señor, aquél a quien tú quieres, está enfermo. Al oirlo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Que esta enfermedad no es para tanto? Esa es la interpretación literal, pero aquí todo tiene un significado más profundo: ¿Qué sentido tiene esta enfermedad? ¿Tiene la muerte la última palabra? ¿O la tiene la gloria de Dios?

Jesús amaba a María, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al parecer, se lo tuvo que pensar, orar y discernir. Dos días después, dice a sus discípulos: Volvamos de nuevo a Judea. Volver a Judea era meterse en la boca del lobo. Le dicen los discípulos: Hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí? Pero Jesús lo tiene claro: Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo. Jesús ha recibido una luz especial.

Jesús descubre poco a poco su plan: Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle. Los discípulos lo entienden al pie de la letra, pero no es eso. Necesitan que Jesús se lo diga claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí para que creáis. Para Jesús la muerte es un dormir del que se puede despertar. Ahora bien, ¿cómo se ha enterado Jesús de que Lázaro había muerto? ¿Por qué misteriosa comunión o comunicación? En cualquier caso, se alegra de no haber estado allí: el retraso tiene un sentido. Y la decisión está tomada: Vayamos donde él. Los discípulos no han descubierto todavía la vida que anuncia Jesús, la vida que vence a la muerte. Lo que tienen claro es el riesgo que corren: Vayamos también nosotros a morir con él. El contraste es muy fuerte: Jesús anuncia la resurrección y la vida, corriendo un riesgo de muerte.

Cuando llega Jesús, Lázaro lleva ya cuatro días en el sepulcro. Como medida de prudencia, Jesús no se acerca a la casa. La casa está llena de judíos, que han venido a acompañar a las hermanas. Betania está cerca de Jerusalén, a unos 3 kms. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Marta le lanza una queja, le hace un reproche. Jesús no ha estado allí. De haber estado, no hubiera permitido que Lázaro muriera. Sin embargo, ella sabe que cuanto Jesús pida a Dios, Dios se lo concederá.

Le dice Jesús: Tu hermano resucitará. Ante la muerte que nos deja sin palabras, Jesús anuncia esta palabra: la resurrección y la vida. Responde Marta: Ya sé que resucitará en la resurrección el último día. Marta sabe lo que le han enseñado y, a decir verdad, no le entusiasma mucho: el último día, al final de la historia. No hay plazo más largo. Responde Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Jesús pone en cuestión la concepción popular. Hay una diferencia entre lo que ya sabe Marta y lo que anuncia Jesús. El es (¡en presente!) la resurrección. Quien crea en él, aunque muera, vivirá; más aún, ni siquiera morirá. Es decir, la muerte no existe: es sólo un paso. Esto no sólo se dice por Lázaro, sino por cualquiera de nosotros. También para nosotros va dirigida la pregunta: ¿Crees esto? Marta responde con una confesión de fe: Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

Marta va a llamar a su hermana María y le dice al oído (de nuevo, la medida de prudencia): El Maestro está ahí y te llama. María se levanta rápidamente y le sale al encuentro. Sin embargo, los judíos la siguen (se viene abajo la medida de prudencia) pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Vamos al encuentro del Señor, que es la resurrección, o vamos al sepulcro a llorar allí?

María le suelta a Jesús el reproche familiar. Jesús se echó a llorar. También él está afectado por la muerte de Lázaro. Los judíos decían: Mirad cómo le quería. Pero algunos dijeron: Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera? También hoy podemos escucharlo: Jesús, que sigue haciendo milagros, ¿por qué no hace uno en nuestro caso? Jesús se conmovió de nuevo y fue al sepulcro.

Dice Jesús: Quitad la piedra. ¿Habrá que tomarlo al pie de la letra? Lo de Lázaro sólo aparece en el evangelio de Juan. Jesús tiene presente la parábola del profeta Ezequiel. El pueblo está en el destierro, está muerto; más aún, es un campo de huesos secos. Se quejan ante Dios: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza. Pues bien, se dice a estos huesos: Escuchad la Palabra del Señor... yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. En este caso, volver del destierro, volver a casa, es resucitar. Pero Jesús lo aplica a la muerte, el peor de los destierros. Entonces ¿qué supone resucitar? ¿La reanimación del cadáver? ¿O, más bien, la vida que anuncia Jesús (más allá de la muerte)? La familia lo entiende al pie de la letra: ya huele... Sin embargo, es preciso creer para ver la gloria de Dios.

Los discípulos quitan la piedra, que separa a vivos y muertos. Es todo un símbolo. El hombre es un ser que camina entre dos mundos. Jesús da gracias al Padre por haberle escuchado con palabras del salmo 138: Te doy gracias, Señor, ... pues tú has escuchado las palabras de mi boca. La situación se ha transfigurado. Jesús gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, sal fuera! Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto en un sudario. Jesús les dice: ¡Desatadlo y dejadle andar! Es una Palabra fuerte, poderosa, una Palabra que resucita a los muertos. Los demás hemos de echar una mano, lo contrario de lo que se hace: quitar la piedra, quitarle el traje de muerto, dejarle andar. A su modo, el resucitado también anda, una vez liberado de los lazos de la muerte.

Muchos judíos creyeron en Jesús. Pero algunos, como era de prever, fueron donde los fariseos y les contaron lo sucedido. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo. Obviamente, no creen en las señales que realiza Jesús, pero ven que prenden como pólvora entre la gente: Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. O sea, si sigue adelante, se romperá el pacto político con el imperio, se vendrá abajo la seguridad del Templo y la seguridad del Estado: Desde ese día decidieron darle muerte. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos. Está claro, la acción de Jesús tiene una incidencia política y no está a favor del pacto.

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania: le dieron allí una cena. Lázaro estaba con él a la mesa. A su modo, el resucitado también cena. El duelo se convirtió en fiesta. Realmente, ¡es grande la gloria del Señor!. El reproche se convirtió en derroche: María, tomando una libra de perfume de nardo puro, ungió los pies de Jesús. Pero Judas echa la cuenta: ¡trescientos denarios, trescientos días de jornal!, se podía haber dado a los pobres. Para Jesús la unción remite a su propia muerte: Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Muchos judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro. Pero ¿acaso se puede matar a un resucitado?.

* Para la revisión personal o de grupo: ¿Crees esto? ¿Ves la gloria de Dios?

 

4. CONCLUSION

El proceso