DIA DEL ENFERMO 2004: Más cerca de los que están m

Creado en Sábado, 25 Mayo 2013 Última actualización en Lunes, 27 Mayo 2013
Campaña del enfermo 2004

Más cerca

de los que están más lejos

 

MATERIALES DE EDUCACIÓN EN LA FE

PRESENTACIÓN

El mundo de la salud y de la enfermedad es un reflejo de la sociedad. De hecho, salud, enfermedad, sufrimiento y muerte ponen frecuentemente al descubierto la verdad del hombre, sus valores y contravalores, sus límites y aspiraciones, sus esperanzas y fracasos, su fe y su falta de fe, su cercanía y su alejamiento.

El Evangelio es también para los que están lejos. Nos planteamos aquí: ¿En qué situación se encuentran? ¿Qué rasgos más importantes presentan? ¿Qué es lo que hizo Jesús? ¿Cómo realizar una evangelización y una catequesis que lleguen no sólo a los de cerca, sino también a los de lejos? ¿Cómo estar más cerca de los que están lejos? ¿En qué medida facilita ese acercamiento la misión de curar que tiene la comunidad cristiana?

Una adecuada evangelización ha de buscar al hombre allí donde está, donde brotan los interrogantes fundamentales de la existencia, las experiencias de indigencia y plenitud, aquellas que ponen de manifiesto la fragilidad de la condición humana y aquellas que remiten a sus aspiraciones más profundas, es decir, su deseo de vida y de salud, de superar la enfermedad y el sufrimiento, su sed de salvación.

El mundo de la salud y de la enfermedad reclama la colaboración activa y solidaria de muchos, creyentes y no creyentes. De hecho, ahí se viven las mayores coincidencias entre personas diferentes: la búsqueda de la salud une, crea una plataforma de entendimiento mutuo y de solidaridad, donde podemos reconocer la experiencia del Evangelio.

Además, la Iglesia, para cumplir su misión, ha de ser comunidad que cura, “casa de salud” que acoge y dignifica, que enseña a vivir sanamente el sufrimiento, que propone modelos saludables de vida, que se acerca a los que están lejos, que ofrece a todos la misma salud de Cristo.

 

Con este material de educación en la fe pretendemos:

·        Conocer mejor la situación de los alejados, compleja y diversa, examinar los problemas que plantea y las oportunidades que ofrece al proceso de evangelización.

·        Iluminar esa situación a la luz del Evangelio y de la tradición viva de la Iglesia. Se trata de hacer lo que hizo Jesús, enseñar y curar.

·        Encontrar pistas y orientaciones que nos ayuden a estar más cerca de los que están lejos. Sensibilizar a toda la Iglesia sobre la importancia del mundo de la salud y de la enfermedad en el encuentro humano y evangelizador con los alejados.

Los destinatarios son los enfermos y sus familias, las comunidades cristianas, los profesionales sanitarios, los voluntarios, las instituciones y personas implicadas, de alguna manera, en el mundo de la salud y de la enfermedad.

1. LOS QUE ESTÁN LEJOS


Cuando Pedro anuncia el mensaje central cristiano, dice que la experiencia de fe (el don del Espíritu) es para vosotros y vuestros hijos y también para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor (Hch 2,34). Ahora bien, ¿quiénes son los que están lejos? ¿En qué situación se encuentran? Es importante hacer un buen diagnóstico para poder aplicar el remedio adecuado. De otro modo, caemos en el viejo error que denunciaron los profetas: Curáis a la ligera las heridas de mi pueblo (Jr 6,14).

Algunas pistas

Por supuesto, se trata de un fenómeno complejo y las posiciones son muy diversas. El concilio Vaticano II da algunas pistas, reconociendo que los propios creyentes pueden velar más que revelar “el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19). Pues bien, están lejos:

o       quienes niegan expresamente a Dios
o       quienes afirman que nada puede decirse acerca de Dios
o       quienes imaginan un Dios por ellos rechazado que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio.
o       quienes ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios
o       quienes no sienten inquietud religiosa alguna

o       quienes rechazan a Dios ante la existencia del mal en el mundo

Sin noticias de Dios

En el mundo moderno se habla del silencio de Dios, de la ausencia de Dios, de la muerte de Dios (F. Nietzsche), del eclipse de Dios: “El eclipse de Dios es el hecho característico de la hora en que vivimos” (M. Buber).

Todo ha de pasar por el tribunal de la razón y de la experiencia: “Con el tiempo no hay nada que pueda oponerse a la razón y a la experiencia, y la oposición de la religión contra las dos es algo demasiado evidente” (S. Freud).

Se renuncia a la cuestión de si el mundo tiene sentido. Precisamente “la pregunta por el sentido no tiene sentido” (J. Monod). La cuestión es transformar el mundo. Ante esta tarea “la religión es el opio del pueblo” (K.Marx).

Muchos rechazan a Dios como protesta contra el sufrimiento, sobre todo, de los inocentes: “Allí donde sufre un niño inocente, no puede haber ningún Dios” (A. Camus).

La experiencia de muchos contemporáneos es la de estar sin noticias de Dios: “Estamos sin noticias / sin noticias de esperanza / estamos sin noticias / sin noticias de amor / estamos sin noticias / sin noticias de Dios” (R. Mogin).

Datos sociológicos

Por lo que se refiere a la sociedad española, el sociólogo Amando de Miguel la ve así desde el punto de vista religioso:

·        El fenómeno religioso, como el político, ya no es tan exclusivo y excluyente como lo fue antaño. Se vive “con autenticidad por una minoría y con desapasionamiento por los demás”.

·        “La sociedad española es mayoritariamente católica”, pero “poco o nada practicante“. Entre 1970 y 1984 se produce un impresionante descenso del número de católicos practicantes: baja del 64 al 31 por ciento para mantenerse durante estos años en torno al 30 por ciento.

·        “Las mujeres son más religiosas que los varones. Ellas están más próximas a los sucesos radicales de la vida humana, como es el nacer y el morir. La salud familiar es un dominio femenino, como lo es mayormente la responsabilidad de educar a los niños”.

·        “Los jóvenes suelen ser menos religiosos que el conjunto de los adultos, pero no que los adultos de menor edad. Más concretamente, el mínimo de religiosidad se da alrededor de los 30-34 años”.

·        Tradicionalmente “las clases altas eran más religiosas que las modestas”. Con los datos de 1993 vuelve a manifestarse esta tendencia (La sociedad española 1994-1995).

Por su parte, la Fundación Santa María ha hecho un estudio sobre los jóvenes españoles. Según dicho estudio, se registra un fuerte descenso de la práctica religiosa en la juventud española: sólo un 12%, en su mayoría chicas, dice ir semanalmente a misa frente al 20% de 1984. Los principales motivos de este alejamiento son:

  • la situación de la propia iglesia.
  • el proceso de secularización intensa y acelerada de la sociedad española
  • los rasgos fundamentales de los propios jóvenes (Jóvenes españoles 1999).
 
Muchos son los bautizados, pocos los evangelizados

Más allá de los datos cuantitativos, referidos a adultos y jóvenes españoles, todavía podemos (y debemos) preguntarnos:

·        ¿Quiénes han llegado a reconocer que Jesús es el Señor?
·        ¿Quiénes viven la justicia del Evangelio?
·        ¿Quiénes confiesan toda la fe de la Iglesia?
·        ¿Quiénes viven comunitariamente su fe?
·        ¿Quiénes están básicamente evangelizados?

A gran escala, a pesar de todos los esfuerzos de renovación, hemos de reconocer que son ciertamente pocos. La desproporción es evidente: muchos son los bautizados y pocos los evangelizados.

Viejo problema

En realidad, el problema no es de ahora, viene de lejos. La misión evangelizadora de Jesús irrumpe en el marco de un judaísmo sociológico, recibido por herencia y apoyado en una falsa confianza, que no da frutos de conversión y, sin embargo, lleva a decir: Somos hijos de Abraham (Mt 3,9). O lo que es lo mismo: Somos católicos de toda la vida. Veamos, por ejemplo, lo que pasaba en el siglo XVI:

“Sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados de su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron en el bautismo, sino, como nacieron en casa de sus padres, así se hallaron nacidos en la Iglesia, a los cuales nunca les pasó por pensamiento saber los artículos de la fe, qué quiere decir el Decálogo, qué cosas son los sacramentos. Hombres cristianos de título y de ceremonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y de ánimo; porque quitando el título y algunas ceremonias de cristianos, de la sustancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las Indias... Ahora hallamos en esta ignorancia, no solamente a los mancebos de quince o veinte años, sino a los hombres de cuarenta y cincuenta” (B. Carranza, Catecismo cristiano,1558).

Asimismo, la vocación de San Francisco nace de una visión crítica de la Iglesia de su tiempo: Anda y repara mi Casa, que amenaza ruina. Estas palabras las escuchó en San Damián, una iglesia en la que había entrado buscando luz, una iglesia que estaba en ruinas. Pronto entendió que eran otras las ruinas que había que reparar. Así lo entendió también el papa Inocencio III: “Había visto en el sueño que la basílica de Letrán estaba a punto de arruinarse y que un religioso pequeño y despreciable, arrimando la espalda, la sostenía para que no cayera”. Inocencio III fue un papa a quien un conjunto de circunstancias (por otra parte, sumamente inestables), le llevaron a ser algo así como el “emperador de Europa”. Sin embargo, la Iglesia amenazaba ruina. Como el profeta Ezequiel (Ez 9,4), Francisco va marcando una señal en la frente de quienes gimen y se duelen por la situación de la Iglesia.

Nuevos aspectos

Ciertamente, la situación actual tiene sus rasgos propios. A este respecto, hay que citar el proceso de secularización, que se inicia ya en la baja edad media y que se manifiesta plenamente en la edad moderna: la sociedad deja de recurrir a la religión para la consecución de sus objetivos. El secularismo es la forma más radical de la secularización, la liberación absoluta de la religión.

El concilio Vaticano II precisa la justa autonomía de la realidad terrena: “Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía”. Sin embargo, “si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras... Por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida” (GS 36).

Interrogantes fundamentales
Si estamos atentos, podemos captar lo que hay detrás de una alusión, de una mirada, de un gesto, de una palabra: las expectativas profundas, las preguntas inquietantes, no expresadas de ordinario, que aparecen también en personas no creyentes. De hecho, como dice el Concilio, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales:
-¿Qué es el hombre?
-¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte?
-¿Qué hay después de esta vida temporal? (GS 10).

 

Los que buscan a Dios

Aunque no lo parezca, son muchos los que buscan a Dios, quizá a tientas (Hch 17,27). La búsqueda de Dios es una honda experiencia, que es preciso acoger, discernir y valorar. Esa búsqueda es sentida y cantada por nuestros poetas:

“Todo mi corazón, ascua de hombre, inútil sin tu amor, sin ti vacío, en la noche te busca. Le siento que te busca como un ciego que extiende al caminar sus manos llenas de anchura y de alegría” (L. Panero).

“Anoche soñé que oía a Dios gritándome: ¡Alerta! Luego era Dios quien dormía y yo gritaba: ¡Despierta!” (A. Machado).

Por lo que se refiere al conocimiento natural de Dios, dijo el concilio Vaticano I: “Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz de la razón humana partiendo de las cosas creadas”. Sin embargo, en las circunstancias históricas en que se encuentra, el hombre necesita ser iluminado por la luz de la revelación de Dios para conocerle “sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error” (DS 3004-3005).

PARA LA REFLEXION PERSONAL Y DE GRUPO
  • La situación de los alejados presenta algunos rasgos más importantes:
  • niegan expresamente a Dios
  • rechazan a Dios ante la experiencia del mal en el mundo
  • no sienten inquietud religiosa alguna
  • tienen una experiencia religiosa negativa
  • han recibido una falsa imagen de Dios
  • están sin noticias de Dios
  • están bautizados, pero no evangelizados
  • se reconoce una justa autonomía de la realidad terrena
  • los interrogantes fundamentales brotan también entre los no creyentes
  • son muchos los que están buscando
  • Dios puede ser conocido por la luz natural de la razón, pero se necesita la luz de la revelación de Dios.
 

2. LA EXPERIENCIA DE FE


Para quienes buscan a Dios, la respuesta no está en las nubes de los razonamientos teóricos. La respuesta es la experiencia de fe. Lo dijo Pablo VI: “En el fondo ¿hay otra forma de comunicar el evangelio que no sea el comunicar a otro la propia experiencia de fe?” (EN 46).

Experiencia de Dios

En realidad, la Biblia no es un tratado sobre Dios, sino una profunda experiencia de Dios. No nos invita a hablar de Dios, sino a escucharle cuando habla, proclamando su gloria y acogiendo su acción. De este modo, tener fe no es meramente admitir la existencia de Dios, sino creer que Dios interviene en la historia humana.

Para quien le busca y le encuentra, es algo que marca la vida. Es la experiencia del filósofo Blas Pascal. Cuando descubre la presencia del Dios vivo, anota el año, el mes, el día y la hora: “Año de gracia de 1654. Lunes 23 de noviembre... Desde las 10’30 de la noche hasta las 12’30. Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”.

La experiencia de fe es fundamental: “El hombre religioso de mañana será un místico, una persona que haya experimentado algo, o no  podrá ser religioso, pues la religiosidad de mañana no será ya compartida por una convicción pública, unánime y obvia” (K. Rahner).

Jesús enseña y cura

La misión de Jesús se realiza no sólo con palabras, sino también con obras. Jesús anuncia una palabra que se cumple, una palabra acompañada de señales y signos: enseña y cura, dice y hace.

Jesús enseña a la muchedumbre por medio de parábolas (Mc 4,2), pero a los discípulos les dedica a solas una enseñanza especial: A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios (4,10-11). Mediante esta enseñanza, Jesús inicia a sus discípulos en los diferentes aspectos del Evangelio:

  • Les enseña a escuchar la palabra viva de Dios, la palabra del reino (Mt 13,19), para que todos lleguen a ser discípulos de Dios (Jn 6,45).
  • Les enseña la justicia nueva del Evangelio, cuyas exigencias aparecen resumidas en la moral de las bienaventuranzas (Mt 5,1-48).
  • En el momento oportuno, cuando los discípulos se lo piden, Jesús les enseña a orar (Lc 11,1-4).
  • Finalmente, con ellos comparte su misión, les inicia en el compromiso misionero (Mc 3,14;Lc 10,1).

Jesús enseña de una forma nueva: La gente queda asombrada, porque les enseña como quien tiene autoridad, y no como sus escribas (Mt 7,29). A la pregunta de los discípulos de Juan el Bautista, responde con el lenguaje de los hechos, remite a lo que están viendo y oyendo: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva (11,5). También hoy la experiencia de fe tiene estas señales. Lo mejor que puede suceder a quien está buscando es encontrarse con una señal que le atraiga a la fe.

Los discípulos han de hacer lo mismo que Jesús: Id proclamando que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios (10,7).

Los discípulos multiplican la acción de Jesús: recorren todas las aldeas, anunciando el Evangelio y curando por doquier (Lc 9,6). De este modo, el anuncio del reino de Dios y el don de la salud llegan a los que están lejos. Se traspasan los límites de Galilea, aunque la acción está todavía restringida a Palestina. La tarea es inmensa: La mies es mucha, pero los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (10,2).

Cuando evangeliza, Jesús no está solo, comparte su misión. Ahí están los doce (Mt 10,1), está el grupo que le sigue (8,22), están los setenta y dos (Lc 10,1), están las mujeres que acompañan a Jesús (8,1-3), está la comunidad. La comunidad es la nueva familia del discípulo (Mc 3,34-35), el lugar donde recibe la enseñanza especial del evangelio, el centro de operaciones desde donde se difunde el evangelio recibido.

Con vosotros está

El mensaje cristiano anuncia no sólo la experiencia de Dios, sino la experiencia de Cristo. Es el test que Pablo aplica a la comunidad de Corinto: Examinaos a vosotros mismos a ver si estáis en la fe. Probaos a vosotros mismos ¿No reconocéis que Jesucristo está entre vosotros? (2 Co 13,5).

La experiencia cristiana de fe tiene unas constantes vitales que hay que cuidar, si queremos transmitir todos el mismo evangelio en la diversidad de tiempos, situaciones y culturas. La experiencia cristiana de fe implica:

·        El reconocimiento de Jesús como Señor. Es lo que anuncia Pedro el día de Pentecostés: Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado (Hch 2,36). Este es ya el gran acontecimiento: Jesús, crucificado por la turbia justicia de este mundo, ha sido constituido Señor de la historia: ¡lo mismo que Dios! El Reino de Dios se manifiesta en la persona de Jesús.

·        Un cambio profundo, radical: Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertios (2,37). ¡Abandonad esa justicia y ese orden que ha condenado a Cristo! Los primeros cristianos se vuelven "locos": ¡lo ponen todo en común! (2,44; 4,32).

·        El perdón, la amnistía, la justificación de parte de Dios. Es parte esencial de la buena nueva del Evangelio: Dios no tiene nada contra ti, Dios te ama. Lo proclama Pedro el día de Pentecostés (2,38). Quien comienza a creer y comienza a cambiar, ya está juzgado favorablemente por Dios. Como dice San Juan: El que cree en El no será juzgado (Jn 3,18). Y San Pablo: Ninguna condena pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús (Rm 8,1).

·        El don del Espíritu. Es una realidad que brota a borbotones de la pascua de Cristo (Jn 7,37-39). Desde entonces, la hora del Espíritu ha llegado. Es la gran promesa de Jesús (Jn 14,16.26;16,7-15), también para el mundo de hoy: La promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro (Hch 2,38). La experiencia de fe se hace posible en la dinámica del Espíritu.

·        El testimonio. La experiencia del Espíritu es un hecho que cualquiera puede percibir: lo que vosotros veis y oís (2,33). Supone el cumplimiento de la promesa de Jesús, cuya causa está siendo reivindicada por el Padre: Dios realiza una obra que no creeréis, aunque os la cuenten (13,41). Si el mensaje parece increíble, es anunciado en medio de un reto: todos nosotros somos testigos (2,32) y, además, cualquiera puede serlo.

·        La comunidad. Quien acoge el anuncio del Evangelio, se incorpora a la comunidad.  El discípulo de Jesús no va por libre, sino que forma grupo, forma comunidad. La comunidad nace y crece como fruto del anuncio del Evangelio: El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar (Hch 2,47).

Evangelizar a los bautizados

La experiencia de fe es algo que va madurando poco a poco, por fases o etapas. Es como una semilla destinada a crecer. Primero se siembra, después crece, finalmente produce fruto. Al principio, sólo un germen de fe. Al final, el fruto. En medio, un proceso de maduración. La fe inicial es fruto de la acción evangelizadora de la comunidad cristiana. Debe  desarrollarse mediante una adecuada catequesis hasta alcanzar el nivel de una fe madura.

En la primera comunidad cristiana, la catequesis es posterior al bautismo (Hch 2,42). Los abandonos de la fe, con motivo de las persecuciones y de otros problemas, irán haciendo comprender la necesidad de probar más seriamente la fe de los que quieren hacerse cristianos.  Así surge en los primeros siglos el catecumenado.

En el contexto social y religioso de nuestro país, en el que muchos son los bautizados (casi toda la población) y pocos los evangelizados (somos también país de misión), el proceso de maduración en la fe es generalmente posterior al bautismo. Por tanto, es un problema fundamental: hay que evangelizar a los bautizados.

Este problema fue asumido en la Iglesia después del Concilio con carácter de urgencia y con tratamiento catecumenal: “Las condiciones actuales hacen cada día más urgente la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado para un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a él” (Pablo VI, EN 44; ver Juan Pablo II, CT 44).

Comunidades vivas

En nuestro contexto actual, en el que muchos son los bautizados y pocos los evangelizados, hay también otro problema que es preciso afrontar: rehacer el tejido comunitario de la Iglesia. En las primeras comunidades había entre 20 y 60 miembros; en la Edad Media, muchas parroquias no sobrepasaban los 300; entonces las grandes ciudades tenían entre 10.000 y 50.000 habitantes. Hoy muchas parroquias tienen 3.000 y más. ¿Es posible hablar de verdadera comunidad?

El Sínodo de la catequesis (1977) fue crítico con la situación actual de la parroquia, necesitada de profunda renovación: "De hecho, no pocas parroquias, por diversas razones, están lejos de constituir una verdadera comunidad cristiana", "la vía ideal para renovar esta dimensión comunitaria de la parroquia podría ser convertirla  en comunidad de comunidades" (Proposición 29).

El Sínodo sobre los laicos (1987) solicitó de nuevo “una decidida renovación de las parroquias”. Lo recoge Juan Pablo II en su exhortación (1988). Para que las parroquias sean verdaderamente comunidades cristianas, hay que favorecer “las pequeñas comunidades eclesiales de base, también llamadas comunidades vivas” (CL 26).

La creación de comunidades vivas es especialmente necesaria en ambientes alejados de la Iglesia: “Sólo mediante la creación de comunidades cristianas vivas que broten de esos mismos ambientes es posible una acción misionera eficaz en ellos” (Catequesis de la comunidad, 53).

PARA LA REVISIÓN PERSONAL O DE GRUPO
  • Nos examinamos a nosotros mismos:
  • Tenemos experiencia de Dios
  • Tenemos experiencia de Cristo
  • Asumimos la justicia del Evangelio
  • La experiencia de fe llega a los de cerca y a los de lejos.
  • Somos testigos, cualquiera puede serlo
  • Estamos integrados en una comunidad viva

 

 

3. MAS CERCA DE LOS QUE ESTAN LEJOS


La mejor manera de acercarnos a los que están lejos es hacer lo que hizo Jesús, enseñar y curar: Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del reino y curando toda enfermedad y dolencia (Mt 4,23). La curación es una señal del Evangelio, que es percibida de cerca y de lejos.

En el mundo de la salud y de la enfermedad se dan los “acontecimientos fundamentales de la existencia humana” (Juan Pablo II, DH 3), es decir, el nacimiento y la muerte, la salud y la enfermedad, el sufrimiento y la curación, la necesidad de ser asistidos y la prestación de asistencia.

Dichos acontecimientos interesan profundamente a la sociedad entera y son un lugar privilegiado para el encuentro de la Iglesia con los que están lejos, sanos y enfermos. Son realidades que compartimos todos los seres humanos, los cristianos, los creyentes de otras religiones, los no creyentes.

El mundo de la salud y de la enfermedad reclama con urgencia una alianza sanadora, es decir, la colaboración activa y solidaria de muchos, creyentes y no creyentes, que buscamos una salud integral. De hecho, ahí se viven las mayores coincidencias entre diferentes: la lucha por la salud une, la solidaridad se palpa, el servicio crea una plataforma de entendimiento mutuo.

La experiencia del Evangelio (de una forma especial, la misión de curar) acerca a los que están lejos. Derriba el muro que separa a unos y otros: judíos y gentiles, practicantes y alejados. De los dos pueblos hace una sola cosa. Reconcilia a los dos pueblos con Dios y entre sí. Cristo es nuestro paz. El trajo la noticia de la paz, paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca (Ef 2,17).

Dios se opone al dolor movilizando los recursos de la sociedad humana y de la comunidad cristiana. Los múltiples desafíos del dolor son una llamada a aunar las fuerzas de todos, porque somos miembros los unos de los otros: Hay muchos miembros, pero un solo cuerpo (1 Co 12,20). Esto se dice de la comunidad cristiana, pero puede extenderse a toda la humanidad. El mundo es la casa de todos, todos somos hermanos, Dios es nuestro Padre.

Sin embargo, suele suceder que el miedo y los prejuicios prevalecen y permiten que se deje al margen, como leprosos de nuestro tiempo (Lc 17,12), a los afectados por el sida, a los moribundos, a los enfermos mentales, a los cancerosos, a los ancianos abandonados y a otros enfermos, porque su presencia recuerda lo provisional y caduco de la condición humana. La cultura occidental, inmersa en el hedonismo, en el afán del dinero y del éxito, en la promoción de valores como la juventud, la belleza y la salud, flaquea ante el reto de vivir sanamente el sufrimiento y afrontar serenamente la presencia de la enfermedad y la muerte.

Raúl Follereau, que abandonó una vida cómoda en Europa para dedicarse completamente a los leprosos de Africa, se hizo portavoz con sus escritos y especialmente con su conducta de la necesidad de liberarse de sí mismo para comprender la angustia de los demás: “Enséñanos, Señor, a no amarnos a nosotros mismos, a no amar sólo a los nuestros, a no amar sólo a los que amamos. Enséñanos a pensar en los demás y a amar en primer lugar a los que nadie ama. Señor, haz que sepamos sufrir por el sufrimiento de los demás”.

El mundo del sufrimiento nos pone en contacto con el mundo de los recursos humanos, de las estructuras sanitarias, de  las casas de acogida, a  las que se ha encomendado la misión de asistir y curar. Forman ese mundo tantos profesionales que, a través de sus diversas competencias, tratan de aliviar el dolor humano. Ese mundo está hoy caracterizado de manera especial por el voluntariado comprometido en el frente de la solidaridad y la gratuidad que trata de humanizar el mundo de la salud y de la enfermedad.

Todos los que formamos la comunidad, humana o cristiana, podemos convertirnos en mediadores de salud y contribuir, con nuestro apoyo, a aliviar a quien se siente probado por la tribulación. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de vivir la parábola del samaritano (Lc 10,29-37), acercándose y ayudando al herido que cayó en manos de los bandidos. La Iglesia ha de ser comunidad que cura, “casa de salud” que acoge y dignifica, que enseña a vivir sanamente el sufrimiento, que propone modelos saludables de vida, que se acerca a los que están lejos, que ofrece a todos la misma salud de Cristo.

TESTIMONIO

Tengo 39 años. Estoy enfermo de SIDA y quiero compartir mi experiencia. El 1 de febrero de 2003 estaba ingresado en el Hospital Ramón y Cajal. Mi situación era terminal. Después de 26 años enganchado a la droga, el SIDA me atenazaba. Estaba síquicamente y físicamente machacado. Mi vida había transcurrido, a merced de la dependencia, entre robos, broncas familiares, engaños, mentiras, huída de la familia, cárceles, parques y pasillos del metro, y múltiples ingresos en hospitales. Me había hecho demasiado daño. La atención médica en el hospital era excelente. Después de algunos días de tratamiento me encontraba algo mejor.

Un día, la Asistenta Social me propone irme al Centro de Acogida de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. En otra ocasión no lejana había dicho un no rotundo. Pero esta vez, no sé por qué, dije que sí. Quizá  porque  me encontraba peor que la vez anterior, o quizá porque el Señor decidió por mí... Es la mejor decisión que he tomado en vida.

El 11 de Febrero, día de la Virgen de Lourdes y día del Enfermo, me presenté en el Centro de Acogida de las Hermanas, en un taxi, solo, apoyado en dos muletas, con una bolsa de ropa, muy débil, acobardado, sin saber a dónde venía, ni qué iba a ser de mi vida. Pero en ese momento se estaba cumpliendo lo que dice el Salmo: El Señor prepara casa al desvalido.

Pronto me di cuenta que este Centro de Acogida no tenía nada que ver con los otros albergues. Aquí noté desde el primer día respeto, cariño, paz, atención, amor, alegría y mucha bondad, tanto en las Hermanas como en el grupo de voluntarios y voluntarias que nos cuidan día y noche. Algo importante empezaba a cambiar en mí. Me sentía a gusto. Pronto abandoné las muletas.

En el día a día, había algo que me llamaba mucho la atención: qué hacían allí aquel grupo de voluntarios y voluntarias, y sobre todo, por qué hacían todo aquello, que a veces era bastante desagradable.

Ahora lo entiendo. Me lo han explicado ellos mismos. Son creyentes que escuchan la palabra de Dios; tienen experiencia de que el Señor ha actuado y actúa en sus vidas; han recibido una llamada del Señor; y por amor a Dios, gratuita y desinteresadamente, nos dedican su tiempo, sus carismas, su cariño, sus atenciones, su paciencia, su alegría, y su experiencia de fe. Se cumple en ellos lo que dice Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la luz.

Gracias a este testimonio he visto yo la Luz. He podido percibir dentro de mí la misericordia del Señor conmigo, la alegría del perdón, la paz interior, las ganas de vivir y curarme, y el deseo generoso de fidelidad al Señor ante esta maravillosa oportunidad que me regala.

En este proceso de cambio, manifesté mi intención de confirmarme. Después de algunas semanas de preparación, el día de Pentecostés, de manos del cardenal Rouco, recibí el Sacramento de la Confirmación. Fue un día inolvidable. Sentí la fuerza del Espíritu que me llamaba a una vida nueva. Me hizo muchísima ilusión que me acompañaran en ese día tan señalado para mí, dos Hermanas del Centro, algunos compañeros míos enfermos, y una veintena de voluntarios y voluntarias que me arroparon con muchísimo cariño. Todo el día fue un regalo.

En estos casi cinco meses que llevo en este Centro he mejorado mucho, he engordado 12 kilos, pero sobre todo, me siento respetado, querido y valorado; y con mucha ilusión de seguir mejorando.

Tengo muy buena relación con mi madre y con mi hermana. Quiero, con el tiempo, recuperar también la relación con mi padre y mis dos hermanos. Hace diez años que murió mi esposa María José, también enferma del SIDA. Tengo un recuerdo bastante malo de su muerte. De nuestra relación sentimental nació nuestra hija Vanesa; nació de milagro, pues nos presionaron fuertemente para que realizáramos el aborto; pero María José siempre defendió la vida de nuestra hija. Ahora Vanesa es una joven de 19 años. Hace diez años que no la veo; pero sé que está sana y cuidada por mis suegros.

Me gustaría recuperar a ambas. A María José quisiera sentirla feliz, resucitada, como un ángel que está con el Señor y se preocupa de mí y de nuestra hija. Y respecto de Vanesa, espero que pronto pueda darla un abrazo y pedirla perdón. Que el Señor me enseñe el camino a seguir y guíe mis pasos.

Juanjo

TESTIMONIO

El Aula Betania, de Pontevedra, ha nacido de un grupo que se reúne para escuchar la palabra de Dios. Es un taller de recuperación para drogadictos. Hubo muchas dificultades para instalarlo. Un vecino les hacía la vida imposible, incluso con denuncias. Un día salieron dos chicas drogadictas, que habían ejercido la prostitución, a limpiar las ventanas, le vieron y  reconocieron. Fue decisivo: el vecino no les volvió a molestar. Como a aquellos que querían apedrear a la mujer adúltera, el Señor le  tapó la boca (Jn 8,9).

Sor Pilar, la superiora de las hermanas de la Caridad, comenta lo mal que lo estaba pasando por el traslado a Pontevedra. Tenía incluso algo de depresión. Sor Dolores la llevó a la reunión y actualmente esta encantada, dirigiendo la casa de acogida, donde viven algunos drogadictos. En el taller trabajan doce.

El 23 de mayo de 2003 tuvimos una catequesis y también la eucaristía. Estaban todos invitados. Los que quisieran, podían ir. Ángela preguntó si podía comulgar, sería la primera comunión: ¡por supuesto que sí!

Comentamos en la catequesis el pasaje de los caminantes de Emaús. Ramón dice que así estaban ellos, despistados, sin sentido. Pero no entiende por qué cuando lo reconocen, desaparece. Ellos necesitan verlo ininterrumpidamente y no es así. También comentamos el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que habla de “la fracción del pan”, es decir, de la eucaristía en las primeras comunidades cristianas (Hch 20). San Pablo alargó la charla hasta la media noche. De suyo, la eucaristía es compartir, conversar. Homilía significa conversación. Los chicos del taller intervienen continuamente. El ambiente es especial.

Seguimos con la eucaristía y leemos la lectura de los Hechos: No imponer cargas a los gentiles (alejados) que se conviertan, solo unos mínimos, abstenerse de lo que hace daño (Hch 15,22-31). Los chicos la comprenden, les llega. Leemos el evangelio del día (Jn 15: Amaos unos a otros, como yo os he amado. Os llamo amigos. No me habéis escogido a mí, os escogí yo a vosotros (Jn 15).  El evangelio suena allí fuerte. Dorita, de 85 años, comenta que ella tiene una vida normal y una familia normal y envidia a los chicos por lo que ve que Dios esta haciendo en ellos. A Ángela se le entrega la Biblia, que la recibe emocionada.  El Señor da su espíritu a los que estaban lejos igual que a nosotros y además los escoge: impresionante. Se comenta el amor que se da entre todos. Sin amor aquello no seria posible. Todos viven como un regalo la comunidad de Betania. Cantamos la canción: Levantaré la tienda (Hch 15), porque eso es lo que está pasando. Está naciendo una comunidad, se levanta una tienda. La situación esta transfigurada.

Todos estamos invitados a compartir la Eucaristía. Increíble lo que se da allí. Todos dan gracias. Celsa comenta que se sintió como en la última cena. Sor Dolores pide vocaciones de laicos. Pili comenta lo que es el amor y habla del cuadro del hijo prodigo. Cada uno con sus miserias, descalzos, somos acogidos por el Padre. Conchita hace una oración por el amor de unos con otros. Ha sido una experiencia maravillosa y la hemos podido vivir gracias a que Pili y Conchita, un día escucharon la palabra de los Hechos que les decía: Anunciad el nuevo mensaje de vida. Ellas se lo creyeron  y se sintieron llamadas a esta misión.

Aula Betania

TESTIMONIO

Nace Federico en 1985. En 1992 muere su padre con una gran preocupación: al niño le pasa algo. Pasan los años en un largo peregrinar de médicos, psiquiatras, psicólogos, educadores, hasta que por fin da la cara el diagnóstico: epilepsia en una forma muy problemática. Me pongo a estudiar el tema y me hablan de una clínica en Alemania.

La medicación no le hace efecto y el deterioro es progresivo. Los consejos de profesionales y amigos empiezan a ser: tienes que aceptarlo, llevar a tu hijo a una institución y que viva allí su vida, ya has hecho todo lo que podías hacer. Termina el año con crisis convulsivas generalizadas y en Urgencias.

Nada más empezar el año 2002, en el contexto de la Epifanía y en medio de la incertidumbre sobre el camino a seguir, me dice Paz: Sigue la estrella. Como los magos, de señal en señal. Y hago una primera toma de contacto con Alemania, con el miedo de poder  estar utilizando mi último cartucho.

Federico está tan mal que le tengo que sacar del colegio. Me encuentro con un pasaje de Ezequiel: Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros...Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis: os estableceré en vuestro suelo. Y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago (Ez 37,11-14). Se me ponen los pelos de punta y me lo vuelvo a creer. El de Alemania puede ser un buen camino. La neuróloga del 12 de Octubre nos envía a la neuróloga del Niño Jesús que “casualmente” está preparando en esos días un Symposium sobre este tema y decide incluir el nuestro, dadas sus especiales características, como caso clínico en el Symposium, al que asisten las máximas autoridades médicas internacionales en la materia, entre ellas la neuróloga alemana con la que rápidamente tomo contacto.

Envío la documentación a Alemania y deciden que le ven en Junio. El niño está cada vez peor. Viajamos a Alemania, con la opinión en contra de cuatro neurólogos que poco menos que piensan que estoy loca. El hotel en el que nos alojamos se llama Nazaret  en la calle del mismo nombre, lo cual me parece un destello muy bonito de lo que puede ser un segundo nacimiento para Federico.

El 19 de junio, cumpleaños de su padre, nos dicen en la Clínica que es un caso muy difícil pero que sí, que le van a operar. Salimos dando saltos de alegría al parque que rodea a la Clínica y felicitamos el cumpleaños a su padre a voces. Sus amigos y compañeros se movilizan y consiguen que el seguro médico cubra los gastos.

El 1 de Agosto de 2002 es la primera operación. Me encuentro nuevamente con el pasaje de Ezequiel. Aquí está llegando el espíritu, de los cuatro vientos, se cumple su palabra: yo, el Señor, lo digo y lo hago.  El 8 de Agosto es la segunda operación para extirpar la lesión. El 5 de Septiembre es la evaluación post-cirugía en Madrid: sin secuelas y clara mejoría.

El 2 de Septiembre empieza el curso en su antiguo colegio. Dicen: “Si los alemanes le han dado un voto de confianza, nosotros no vamos a ser menos”. ¡ Bien! El 9 de Octubre empieza la rehabilitación en la Unidad de Daño Cerebral.

El 15 de Abril de 2003 tenemos la Revisión en Alemania. Resultado: excelente. Hoy 8 de Julio de 2003 lleva 11 meses sin crisis, juega al fútbol y ha conseguido sacar su Graduado en Educación Secundaria.

Carmen

TESTIMONIO

Nuestro grupo es pequeño y sencillo, con situaciones familiares que nos superan. Son demasiadas las veces que nos quedamos sin palabras para dar aliento, como aquel lunes 28 de abril de 2003. Nos reunimos, como siempre, en casa de Juanjo y Nieves. Estábamos cansados, pero dispuestos a escuchar la palabra del Señor. Estrella estaba abatida, como nunca, porque los problemas de su casa estaban acabando con ella. Ya no podía más.

Yo no pensé que aquél día fuera a ser especial, tanto que cambiara su vida y la de su marido, como de la noche al día. Él, que no viene a nuestras reuniones y que es una persona alejada, reconoce el milagro y la felicidad que está viviendo gracias a la ayuda de su mujer y de la comunidad. Ella nos cuenta lo que estamos viviendo.

Soy Estrella, mujer de Sabino. Llego al grupo de la comunidad desesperada, porque no encuentro salida a mi problema: mi marido es alcohólico desde que tenía 15 años (tiene 42) y la cosa cada vez iba a peor. Ha intentado, sin éxito, desintoxicarse tres veces pero nunca ha reconocido que es alcohólico. Rezando con la Biblia nos encontramos una lectura en la que escuchamos que siguiendo el camino del Señor todo se soluciona. A María, nuestra catequista, se le ocurre llamar a su cuñada, que conoce un centro de desintoxicación de Cruz Roja en Córdoba. Nos da el teléfono y yo, por la mañana, me pongo en contacto con ellos. Y cual es mi sorpresa cuando me dan cita para dentro de tres días. El problema es: ¿cómo se lo digo a mi marido? Me encuentro con mi cuñado y entre los dos se lo decimos. A regañadientes, Sabino acepta ir.

El día anterior al viaje quedamos con María para ultimar los preparativos y cuando nos despedimos llega, por casualidad, Pedro, un alcohólico desintoxicado hace 18 años, amigo de María. Ella le pide que salude a Sabino y le anime ante el tratamiento que va a empezar. Él le estrecha la mano y le cuenta su experiencia, le comunica la necesidad de cambiar por el daño que hace a los que están cerca y, sobre todo, a sí mismo. Y sin soltarle la mano le dice: Soy Pedro, alcohólico. Y tú Sabino ¿qué eres? Dilo: Soy alcohólico. Y Sabino, con trabajo, lo reconoció por primera vez en su vida.

Al día siguiente nos vamos a Córdoba. En la situación tan angustiada en la que me encontraba (Sabino en el centro de Cruz Roja en Córdoba y mi hijo ingresado en Madrid para una operación) cogí la Biblia y me encontré un salmo, que decía: Pon tu suerte en el Señor, confía en Él que Él obrará (Sal 37).

A día de hoy, 6 de julio de 2003, Sabino lleva dos meses y medio sin probar el alcohol y se ha dado cuenta de que se puede vivir sin ello perfectamente. Y da gracias por su mujer y el grupo que le han ayudado. Celebrando esto nos encontramos con una lectura que lleva por título “la salvación para los débiles” y que dice: Yo le curaré y le guiaré y le daré ánimos a él y a los que con él lloraban, poniendo alabanza en los labios. ¡Paz, paz al de lejos y al de cerca! (Is 57,18-19). La promesa del Señor se ha hecho realidad.

María y Estrella

 

CUESTIONARIO

¿Cómo estar más cerca de los que están lejos?

  • conocemos su situación, compleja y diversa.
  • reconocemos que los creyentes podemos velar más que revelar el verdadero rostro de Dios.
  • acogemos los interrogantes fundamentales de la existencia que brotan también en personas no creyentes.
  • acogemos la situación de quienes están buscando.
  • nos examinamos a nosotros mismos: ¿tenemos experiencia de fe?
  • anunciamos la propia experiencia de fe.
  • faltan comunidades vivas, comunidades que curan.
  • participamos en la misión de curar que tiene la comunidad cristiana.
  • participamos en un voluntariado
  • promovemos la colaboración activa de creyentes y no creyentes en la búsqueda de la salud.

ORACIÓN

En el Señor puse toda mi esperanza,
Él se inclinó hacia mí
Y escuchó mi clamor.
Me sacó de la fosa fatal,
Del fango cenagoso.
Asentó mis pies sobre la roca,
Consolidó mis pasos.
Puso en mi boca un canto nuevo,
Una alabanza a nuestro Dios.
Muchos lo verán y temerán,
Y en el Señor tendrán confianza.

Salmo 40

 

BIBLIOGRAFÍA

-COMISION EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, La catequesis de la comunidad, Edice, Madrid, 1983. El catequista y su formación, Edice, Madrid, 1985.

-DE MIGUEL A., La sociedad española 1994-1995, Ed. Complutense, Madrid, 1995.

-DIOCESIS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, Vivir la experiencia de la Fe. Carta conjunta de Cuaresma y Pascua 2003. También: Creer en tiempos de increencia. Cuaresma-Pascua de Resurrección, 1988.

-FUNDACION SANTA MARIA, Jóvenes españoles 1999. Madrid.

-LOPEZ J., Catecumenado e inspiración catecumenal, en Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo, Madrid, 1999.

-PANGRAZZI A., ¿Por qué a mí?, San Pablo, Madrid, 1994.

-PEREZ DE MENDIGUREN B., Temas de formación, Departamento de Pastoral de la Salud, Madrid, 2003.

 

CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Departamento de Pastoral de la Salud
Añastro, 1 - 28033 Madrid