DIA DEL ENFERMO 2006: ... y caminó con ellos

Creado en Sábado, 25 Mayo 2013 Última actualización en Lunes, 27 Mayo 2013
CAMPAÑA DEL ENFERMO 2006

 

“...y caminó con ellos”

 

El acompañamiento espiritual al enfermo

 

 

Presentación

El mundo de la salud y de la enfermedad está constituido por una serie de relaciones. El servicio a los enfermos y a sus familias comporta siempre una relación de ayuda, que puede ser definida como acompañamiento espiritual. El adjetivo espiritual no se añade para suplir o completar otros adjetivos (humano, profesional, psicológico, religioso), sino para dar la clave de la relación, que asume lo humano en su dimensión más honda y específica.

* En estos Temas de Formación intentamos, en primer lugar, aclarar conceptos básicos: qué significa acompañar, en qué consiste la dimensión espiritual, cuáles son las necesidades espirituales del enfermo.

* En segundo lugar, señalamos algunas claves, que facilitan ese acompañamiento: la presencia acogedora, la escucha que sana, el diálogo, la empatía. Para acompañar con competencia no basta la buena voluntad.

* En tercer lugar, acudimos al evangelio de Jesús, que nos facilita reflexión, escucha de la palabra de Dios, oración y experiencia. Entre los servicios que puede ofrecer la comunidad cristiana, uno fundamental es saber acompañar, saber estar en la fragilidad, generando comunión e infundiendo fortaleza.

 

1. ACOMPAÑAMIENTO ESPECIAL Y NECESARIO

Sentirse acompañado en la enfermedad en el nombre del Señor y de la comunidad cristiana constituye un alivio y una fuente de consuelo y salud global para la persona. Allí donde los hombres y mujeres sufren la enfermedad, la fragilidad y la muerte, son lugares donde las personas humanas viven las experiencias más radicales y determinantes de sus vidas. Dichas experiencias ponen al descubierto a quien las vive, les plantean interrogantes, las introducen en un mundo desconocido y misterioso, las colocan habitualmente en situación de necesidad y de dependencia, de inseguridad e incertidumbre.

 

1.1. Qué significa acompañar

La palabra acompañar expresa bien el significado de la relación de ayuda espiritual al enfermo. Acompañar significa “estar o ir en compañía de otro”, también “participar en los sentimientos de otro”, intercambiar sentimientos, deseos, preocupaciones, esperanzas. Todo ello supone presencia acogedora, escucha, diálogo, empatía. Acompañar en los sentimientos y esperanzas del otro pasa entonces por hacer un camino con el otro, en nuestro caso, con el enfermo, yendo a su ritmo.

 

Algunas tendencias a evitar

Acompañar significa disponerse a entrar en la tierra sagrada del enfermo “descalzos”, libres de algunas tendencias más o menos arraigadas como:

-         la de moralizar sobre lo que el enfermo dice, siente, hace, etc.;

-         la de responder con frases hechas y consuelos baratos: “otros están peor”, “hay que animarse”, “con el tiempo todo se cura”, etc.;

-         la tendencia a investigar o a llenar la visita de preguntas;

-         la tendencia a decir al otro lo que tiene que hacer, sentir o pensar: “no te preocupes”, “no estés triste”, “no te desanimes”, “tienes que…”, etc;

-         la tendencia a decir aquello que uno mismo no cree: “todo irá bien”, etc.

 

Algunas metas a conseguir

Acompañar al enfermo entraña algunas características importantes, que son, también,  metas a conseguir. Supone:

·    asumir, “hacerse cargo” de la experiencia ajena

·    acoger en uno mismo el sufrimiento del prójimo

·    recorrer el incierto camino espiritual de cada persona, con la confianza de que la compañía sana (que significa también “saber no estar”), ayuda a superar la soledad, genera comunión y salud en el sentido global, integral.

Quien sabe acompañar, en efecto, genera salud. Consigue, con su discreta presencia, un mayor bienestar, una mayor estabilidad emocional, una compañía para compartir las preguntas por el sentido, las inquietudes y malos momentos que conlleva la enfermedad. Quien sabe acompañar mata la soledad con su delicada presencia, se pone junto  al prójimo, se acomoda a su perspectiva con todos los sentidos en clave de servicio.

El que acompaña no dirige, sino que camina al lado; no impone, sino que insinúa; no aconseja, sino que discierne en común.

 

1.2. La dimensión espiritual

En nuestra cultura occidental, el espíritu se define como “ser inmaterial y dotado de razón” y también como “alma racional”. En la antigüedad el filósofo Aristóteles lo entendía así: “Aquello por lo que nosotros vivimos, sentimos y ante todo pensamos” (Del alma, 414 a,12).

En la Biblia, al igual que el alma, el espíritu del hombre designa a la persona en su más secreta intimidad o en su totalidad. A diferencia del animal, el hombre es creado “a imagen de Dios” (Gn 1,27); tiene una dimensión material y una dimensión espiritual: “Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y le infundió aliento de vida, y fue así el hombre ser animado” (Gn 2,7).

 

Dimensión específicamente humana

La dimensión espiritual es algo específicamente humano, seamos creyentes o no. En el acompañamiento al enfermo, esta dimensión tiene mucha importancia. La experiencia de la enfermedad hace que surjan preguntas sobre el sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, y que el mundo de los valores sea interpelado.

La OMS dice que la dimensión espiritual “se refiere a aquellos aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que trascienden los fenómenos sensoriales. No es lo mismo que religioso, aunque para muchos la dimensión espiritual incluye un componente religioso; se percibe vinculado con el significado y el propósito y, al final de la vida con la necesidad de perdón, reconciliación o afirmación de los valores”.

 

Algunas pistas

La dimensión espiritual es, pues, más amplia que la religiosa. En el acompañamiento al enfermo, esta dimensión tiene mucha importancia. Veamos algunas pistas para cultivar la dimensión espiritual de la persona enferma:

·        Nos define y nos une por encima de las creencias.

·        Nos hace reconocernos deseosos de trascendencia, buscadores de sentido, buscadores del bien y de la hondura de nuestra condición.

·        La experiencia de la enfermedad hace que surjan preguntas sobre el sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte…Hace que el mundo de los valores sea interpelado.

·        La dimensión espiritual incluye todo el campo del pensamiento que concierne a los valores morales a lo largo de toda la vida: recuerdos, sentimientos de culpa, búsqueda de lo prioritario, apetencia de lo verdadero y valioso, reacción contra lo injusto, sentimiento de vacío.

·        El núcleo de lo espiritual se experimentaría en forma de paz, de bien, de valor, de verdad, de justicia, de plenitud, en la capacidad de trascender lo material, en el mundo de los fines y valores últimos y en el significado existencial que todo ser humano busca.

Se puede encontrar cierta dificultad a la hora de nombrar las necesidades espirituales, cayendo, con cierta frecuencia, en las necesidades que otros calificarían de psicológicas o religiosas. La identificación de las específicamente espirituales refleja un modo de considerar al hombre y comprender a la persona: una visión global, donde se presta atención al cuerpo, a la dimensión intelectual, a la dimensión emotiva, a la dimensión relacional o social y a la dimensión espiritual y religiosa. No todo es reductible al ámbito de la psicología: el misterio de la persona, el mundo de los valores, el sentido último… reclaman una dimensión específica: la espiritual.

 

1.3. Necesidades espirituales en la enfermedad

El fin del acompañamiento consiste en detectar las necesidades espirituales en la enfermedad e intentar favorecer con la persona su satisfacción. Se trata de intentar eliminar el sufrimiento innecesario, luchar contra el sufrimiento injusto y evitable, mitigar en lo posible el sufrimiento inevitable, asumir el sufrimiento que no se puede superar en actitud sana. Es decir, se trata de acompañar a vivir la propia limitación de manera apropiada, es decir, en clave de relación sana consigo mismo, con los demás, con el mundo y -para el creyente- con Dios.

 

Asumir la fragilidad humana

Una de las necesidades espirituales en la enfermedad es manejar la angustia que produce la experiencia de la limitación y de la fragilidad humana. Quien acompaña ha de estar abierto al diálogo y facilitar el drenaje interior.

 

Surgen preguntas

Con frecuencia, con ocasión de la enfermedad, surgen preguntas por el sentido, ante las que se requiere una particular disposición del ayudante que comprenda la naturaleza de las mismas. Acompañar a manejar las preguntas difíciles supone aceptar incondicionalmente el significado concreto de las mismas para quien las plantea. Supone no escaparse con racionalizaciones o abstracciones, sino centrarse en la persona que nos comunica sus sufrimientos; centrarse en el significado único que para ella tiene cuanto le acontece. Esta actitud se despliega en la destreza de personalizar.

 

Descubrir nuevos valores

Otro aspecto importante de la experiencia espiritual del enfermo es el acompañamiento en la identificación o en la vivencia de los nuevos valores descubiertos con ocasión de la enfermedad. Es un dato de la experiencia el hecho de que muchos enfermos descubren el valor de realidades a las que anteriormente no se lo daban, quizás por la prisa con la que vivían. Por ejemplo:

-         ver la vida como un misterio, vivir el sufrimiento como ocasión para madurar, a pesar del mismo, pueden ser puntos de luz que, si bien no solucionan el ansia de sentido, pueden marcar una ruta para vivir la situación de la enfermedad.

-         entre los valores, quizá lo que más se aprecia es el mundo de las relaciones afectivas, es decir, el sentido de comunión, la experiencia de no estar solo en medio de la enfermedad.

 

Vivir sanamente el sufrimiento

Creemos que es posible vivir sanamente el sufrimiento producido por la enfermedad. A ello somos llamados cuando no se puede superar o hacerlo desaparecer. Se trata de un proceso de integración del sufrimiento, de un cambio de planteamiento, de cambiar el sentido de la pregunta: en vez del "¿por qué me tiene que pasar esto?" pasar al "¿cómo vivir sanamente el sufrimiento?".

 

Tomar conciencia del propio pasado

Una de las experiencias espirituales más comunes en la enfermedad es la mirada hacia atrás, que permite tomar conciencia del propio pasado. Parece como si pasara por delante de la pantalla de la persona la "película de la propia vida" y en ella se hace con frecuencia la experiencia del sentimiento de culpa que desencadena una de las formas que adquiere la angustia. El enfermo se convierte así en juez y acusado de su propio pasado. Encontrándose con la verdad de la vida, el enfermo necesita espacio para que los recuerdos hirientes del pasado puedan aflorar, ser traídos a la luz sin miedo y hacer un proceso de pacificación consigo mismo necesario para serenarse consigo mismo, con los demás y con Dios. No se consigue única y necesariamente mediante el sacramento de la reconciliación que tanto bien puede acarrear al enfermo ayudándole a descubrir detrás del sentimiento de culpa una Presencia amorosa que le transciende. Es necesario un tiempo para poner en orden las propias experiencias acumuladas en la vida y poder perdonar interiormente a quien te ha herido y pedir perdón abierta o simbólicamente a quien se ha ofendido.

 

Reconciliación con uno mismo

La superación del sentido de culpa pasa por la reconciliación con uno mismo y por la valoración positiva de las propias opciones de la vida. Incluso, se podría decir, la fidelidad a tales opciones se convierte en una renovación de las mismas, aún a pesar del esfuerzo que supone, dado el complejo haz de sentimientos que se experimentan. En otros casos, incluso, existe aún la posibilidad de cambiar, apostando por aquello que realmente se experimenta como valioso.

El sentido de culpa no es malsano si es el anverso de una adhesión a valores que mantenemos a pesar de que nos juzguen (o nos juzguemos nosotros mismos). El acompañamiento espiritual al enfermo ha de dar la importancia que merece a este hacer la paz con la propia historia, convencidos de que valemos más de lo que hacemos, de que nuestras faltas no nos dejan sin valor ni hacen mentirosa e hipócrita nuestra adhesión al ideal.

 

Elaborar el dolor

La enfermedad es también una etapa dura de la vida, en la que se experimenta el dolor por las pérdidas que la acompañan. El objetivo del acompañamiento espiritual al  enfermo no es evitar las separaciones y los duelos que producen, ni esconderlos sino acompañar a elaborar el dolor: enseñar mediante la misma relación de ayuda (el modo de relacionarse ha de ser modelo para vivir el encuentro y la separación) el arte de separarse y el arte de encontrarse, vivir la dinámica pascual en el mismo acompañamiento: triunfo de la experiencia del amor sobre la del dolor.

 

Sentimiento de comunión y trascendencia

Otra necesidad del enfermo es la de experimentar el sentimiento de comunión y trascendencia. El acompañamiento espiritual podrá consistir entonces en recorrer un camino juntos en el que la experiencia de limitación abra a un más allá de sí mismos, no encierre en la soledad emocional. El mismo ayudante puede convertirse en depositario de la riqueza humana que descubra en la persona enferma.

Por otra parte, para que esta experiencia de trascendencia se produzca, es necesario, de alguna manera, renunciar al dominio sobre todo, ceder, ponerse en manos de los demás con confianza, aceptando que participen en los cuidados, estar en comunión con ellos a un nivel espiritual más profundo: apostar por una fidelidad de los demás a nivel profundo, no  en opiniones, en modos de hacer, sino en el empeño por la salud.

 

Dinámica de la esperanza

La dinámica de la esperanza forma parte importantísima en la enfermedad, y el acompañamiento espiritual habrá de tener en cuenta este dinamismo humano que cualifica al enfermo como “hombre que espera”, habitado por deseos que han de ser sanamente sostenidos –sin falsas ilusiones- por el acompañante.

 

Una sana relación con Dios

Ayudar al enfermo desde el punto de vista espiritual supone, además de promover una sana relación consigo mismo y con los demás y, para el creyente, una relación sana con Dios. El enfermo creyente siente la necesidad de expresar su fe o de experimentarla de alguna manera, si su salud física le da espacio de confort para procesar cuanto le sucede. No siempre la experiencia de fe está purificada suficientemente. Algunas veces se espera el milagro o se "comercia" con Dios. Acompañar con el recurso de la oración habrá de suponer una relación auténtica con el Dios de la presencia. Pedir la salud, el bien, podrá significar expresar la propia indigencia y los sentimientos y deseos a un Dios en quien se confía, y cuya experiencia se hace por encima de los avatares de la vida.

Los enfermos que desean participar de la presencia de Dios mediante la celebración de los sacramentos habrán de ser cuidadosamente acompañados en la celebración de la gracia de Dios que se encuentra con la experiencia concreta del enfermo, su familia y los profesionales de la salud.

 

Para pensar

"Hay preguntas que no se plantean para ser contestadas, sino para que ellas interroguen a la persona que las plantea. Le alertarán sobre incertidumbres, incógnitas y misterios que -acompañantes inseparables y huéspedes familiares de la vida de cada día- alberga oficiosamente en su casa. Versan sobre realidades normales y sabidas, como la salud y la enfermedad, el bienestar y el sufrimiento, la satisfacción y la decepción, la esperanza y la desesperanza, el bien y el mal, la vida y la muerte. El hombre va zigzagueando por la vida entre esas polaridades, intentando encontrar el equilibrio sobre la "y" en que ambas se dan la mano. (...) Las preguntas existenciales, vitales y trascendentes no son para ser contestadas, sino para ser vividas. Una respuesta objetiva, universal, definitiva, nadie puede esperarla: sería pretenciosa y vulgar, vana y deshumanizadora. La duda y la pregunta, la incógnita y el misterio, el temor y la esperanza son ingredientes irrenunciables de la vida humana. (...) Nos interesa su arte de plantearlas, su talante para asumirlas, su sabiduría para vivirlas con temor y respeto. Es quizá el modo mejor de humanizarlas y de que ellas nos humanicen" (Angel González). [1]

 

Cuestionario

-         Las necesidades espirituales del enfermo se pueden expresar de diferente manera. Hacer una lista de necesidades formuladas con frases cortas.

-         Reflexionar sobre cómo experimentan las personas no creyentes las necesidades espirituales en el tiempo de la enfermedad.

-         Identificar las necesidades espirituales más frecuentemente detectadas en la relación con los enfermos y las más difíciles de acompañar, así como algunas posibles claves para mejorar el acompañamiento.

 

2. ALGUNAS CLAVES

La circunstancia del dolor, de la enfermedad, de la incertidumbre respecto al futuro, de la muerte propia o ajena, constituyen experiencias límite, donde irrumpe lo serio, lo fundamental, son momentos donde uno (sea creyente o no) se ve intensamente interpelado y no puede dejar de formularse las preguntas fundamentales, aunque sea bajo la forma de la indignación, el grito o la impotencia.

Para realizar adecuadamente el acompañamiento espiritual al enfermo señalamos algunas claves: la presencia acogedora, la escucha que sana, la capacidad de diálogo y de empatía de la persona que se dispone a llevar a cabo la tarea de acompañar.

 

2.1. La presencia acogedora

La presencia junto al enfermo es fundamental. No se puede acompañar al enfermo a distancia. La distancia es el polo opuesto de la presencia. No se puede huir del enfermo. Para acompañarle, hay que estar presente. Se requiere una presencia acogedora.

La acogida es una actitud que facilita el encuentro, una cualidad del corazón que se puede conquistar por medio de un gradual crecimiento y maduración. Es un modo de ser, de establecer relaciones, de tender puentes. Es abrirse a los demás más allá del provecho propio. Es el preludio de la escucha y forma parte de la misma.

La capacidad de acogida nace de una profunda experiencia de haber sido nosotros acogidos y amados por alguien. Para quien ha conocido un ambiente familiar acogedor es más fácil comprender el mensaje cristiano: Dios es Padre y acoge a todos como hijos suyos.

Algunas características más importantes

La presencia junto al enfermo ha de ser:

·        Serena, ungida por el espíritu de Dios, espíritu de paz.

·        Respetuosa, incondicionalmente respetuosa hacia la persona del enfermo

·        Humana, basada en la condición del ser humano, frágil; atenta a valorar cualquier

gesto por pequeño que sea

·        Comprensiva, capaz de comprender la realidad que el enfermo está viviendo

·        Cercana, que sintoniza con el aquí y el ahora

·        Cálida, que nace del corazón

·        Silenciosa, que deja espacios para el silencio

·        Discreta, que sabe ausentarse en el momento justo.

 

2.2. La escucha que sana

No se puede hacer un verdadero acompañamiento en la enfermedad sin auténtica escucha. La escucha no es sólo una habilidad. Es un modo de ser y de estar en el mundo. Disponerse a escuchar es querer ser fieles a la realidad, a las necesidades del mundo, de las personas que encontramos, de nosotros mismos.

Ninguna escuela enseña tanto al hombre, nada le hace tan humano como captar las expresiones de la vida del otro sin intermediarios, despojándose incluso de las buenas intenciones de consolar con palabras. Los documentos humanos revelan su secreto sólo a quienes escuchan y se ponen delante de ellos en silencio y con modestia.

 

Lo que implica escuchar

Escuchar no es lo mismo que oír. Escuchar implica prestar atención, centrarse en la persona del otro, en los significados que las experiencias que vive tienen para él, sin juzgarlas, sin pretender cambiarlas impulsivamente.

Se escucha con eficacia cuando se hace silencio dentro de sí, interesándose realmente por el otro, intentando comprender el significado de las palabras y del lenguaje no verbal; cuando dejamos de lado nuestra tendencia a responder a todo, queriendo ofrecer soluciones.

Cuando Job está sufriendo y sus amigos le intentan consolar con frases hechas y tópicos, él reacciona pidiendo al menos ser escuchado. Es el hombre sufriente de siempre, que se rebela ante la tendencia a acallar el desahogo con superficiales argumentos.

 

Diferentes modos de escuchar

Se escucha respetando y soportando el silencio, acogiéndolo como un momento precioso de la comunica­ción; leyendo en él el mensaje que encierra.

Se escucha mediante el contacto corporal que, además de ser lenguaje privilegiado para comunicar ternura y fortaleza, expresa acogida e interés por cuanto el otro está viviendo y da intensi­dad a la conversación.

Se escucha con la mirada. Nada tan potente y revelador como la mirada. Es capaz de reconstruir a una persona y es capaz de destruirla. Comunica interés y afecto si es transparente; hiere, ofende y destruye si es violenta, indiferente o forzada.

Escuchar es salir de uno mismo, abrirse a la realidad del mundo, de nuestro prójimo, del corazón de quien tenemos delante.

 

Escuchar y responder

Quien escucha puede tener la sensación de que su aportación es escasa, como si tuviéramos la obligación de “decir algo”, de solucionar los problemas ajenos o indicar al otro lo que tiene que hacer, decir o pensar para estar bien y superar sus dificultades. Es la tentación del no hacer las paces con nuestra impotencia y de no confiar en las potencialidades del otro. El que escucha de verdad, apuesta porque el otro encuentre dentro de sí su médico espiritual mientras “caminan juntos”.

Por eso es tan importante saber responder también. Y responder adecuadamente en un diálogo de acompañamiento espiritual pasa, sobre todo, por saber devolverle lo que comprendemos, humildemente, con nuestras palabras y nuestros gestos. Cuando el otro se siente escuchado, cae en la cuenta de su propia realidad, la ve más clara, con más orden, con más posibilidad de intervenir sanamente sobre ella.

Y escuchar sana. Cura la soledad radicalmente: la anula. Si la escucha es auténtica, cura la soledad interior, libera preocupaciones, conforta y desahoga, genera salud mental, relacional, emocional, espiritual y, por qué no, salud física. En efecto, nuestro cuerpo, nuestra mente –nuestra persona, en definitiva-, reacciona no sólo a los estímulos químicos (fármacos), sino a todo tipo de estímulos. Y la escucha es un estímulo saludable que permite hacer una mayor y más profunda experiencia de salud integral.

No sólo esto; el que escucha, en el fondo, se cura también a sí mismo. Se cura de centrarse en sí; de creerse poseedor de la verdad, de las soluciones para los demás; se cura de creer que los propios problemas son los más grandes o los únicos; se cura del egoísmo o de la insolidaridad.

 

Para pensar

«Estar a la escucha. Escuchar es ante todo una actitud. Es tratar de comprender al otro con sus sufrimientos, sus deseos y su esperanza, sin juzgarle ni condenarle. Escuchar es hacerle ver al otro su valor para darle vida y ayudarle a tener confianza en sí mismo. Escuchar es prestar atención no solamente a las palabras, sino también al cuerpo, al lenguaje no verbal: su cuerpo, sus lágrimas, sus tristezas, su sonrisa y sus caricias, sus gritos de rabia. Hay que estar atento a ese lenguaje sencillo y concreto para captar los sufrimientos y las penas del otro, sus deseos y sus esperanzas, sus límites, sus heridas interiores... Escuchar  es estar abierto y disponible con el otro para acoger lo que quiere dar, a veces todas sus rebeldías y tinieblas, pero también toda la belleza de su corazón.

Pero esta escucha, esta proximidad no siempre son fáciles. Pueden hacer tambalear nuestras seguridades. Escuchar atentamente al otro es captarle en el interior de sí mismo, comprenderle y amarle; es atreverse a mirar la cizaña y el buen trigo de su campo poniendo palabras justas sobre la realidad sin culpabilizarle; es también confiar en la vida que hay en él»(Jean Vanier)

 

2.3. El diálogo

El diálogo es importante en el acompañamiento espiritual del enfermo. El diálogo es un modo de pensar y de progresar en la búsqueda de la verdad. Requiere algunas condiciones:

·        El diálogo es apertura al otro, disposición a escucharle y exige, por consiguiente, la superación de la propia perspectiva.

·        El diálogo, tal y como lo practicamos muchas veces, genera más confusión que claridad. El fin del diálogo es la claridad, el descubrimiento de la verdad de las cosas.

·        El diálogo no puede desarrollarse a título individual, sería un monólogo.

·        El diálogo es necesario, porque el ser humano es limitado y no es capaz de captar todos los aspectos de la realidad.

·        El diálogo requiere serenidad. La serenidad de una persona se pone de manifiesto en su capacidad de dialogar.

·        El diálogo no pretende el convencimiento del otro, sino la búsqueda de la verdad.

·        El diálogo es una forma particular de coloquio. Se distingue de la conversación, por la especial importancia que reviste y porque excluye la trivialidad.

·        El diálogo es una relación entre personas y no entre doctrinas o sistemas.            La intención del diálogo es la mutua comprensión, acercamiento y enriquecimiento de las posiciones y los hombres.

·        El diálogo no se debe confundir con la discusión, la polémica o el proselitismo,  ni puede identificarse con la enseñanza. En el diálogo, cada uno de los interlocutores está llamado tanto a aprender como a enseñar.

·        El diálogo requiere un clima de libertad y de sinceridad.

 

Las pausas del diálogo

El diálogo exige también respetar las pausas de silencio, dejarlas a disposición del que habla para que pueda recogerse, sentirse a sí mismo, revivir lo que narra, rehacerse de la tensión emotiva, traer a la memoria lo que quiere decir, ordenar sus pensamientos, verificar si el comportamiento del que escucha presenta siempre la atención y la empatía necesarias para continuar: “Las pausas de silencio, en un coloquio, tienen una misteriosa solemnidad: confieren a las frases dichas una suerte de depuración y dan a los dos interlocutores la posibilidad de re-escuchar en silencio el eco de esas mismas frases y de profundizar en ellas, tanto si expresan alegría como si expresan dolor" (G.Colombero). [2]

 

2.4. La empatía

Una condición fundamental para un correcto acompañamiento espiritual es la empatía, es decir, la transferencia de emociones.

Como actitud, más que como mera técnica, la empatía lleva al ayudante a intentar comprender el mundo interior del ayudado, de sus emociones y de los significados que las experiencias adquieren para él. Los mensajes percibidos por el ayudante encuentran en su interior un eco o referente que facilita la comprensión, manteniendo la atención centrada en el ayudado.

 

Capacidad de comprender y capacidad de transmitir

Por empatía entendemos, por tanto, la capacidad de comprender los pensamientos,  emociones, significados, del otro. Pero no basta con comprender al otro si uno no es capaz de transmitírselo. Por consiguiente, hay dos momentos inseparables: uno, en el que el acompañante es capaz de interiorizar la situación emocional del paciente; y otro, en el que le da a entender al paciente esta comprensión.

Comprender los puntos de vista de los demás nos permite el acceso a lo que puedan estar pensando, a cómo consideran y definen una situación, al significado que le dan, a lo que planean hacer al respecto. Esta clase de comprensión necesita tiempo para desarrollarse progresivamente y depende del propio nivel de crecimiento cognitivo y de maduración afectiva, así como también ayuda a lograrla el tener una amplia variedad de experiencias vitales.

No es menos importante la capacidad de comunicar la comprensión de las necesidades, significados, sentimientos, de manera verbal y no verbal. Particular relevancia adquiere la reformulación, que, con la dosis de interpretación de la que inevitablemente irá añadida, constituye, junto con la escucha activa, el elemento esencial de la dimensión conductual de la empatía.

 

Empatía, simpatía, intuición

Cada vez más se va matizando el concepto de empatía, subrayando la diferencia con la simpatía, con la que frecuentemente se confunde, y con la intuición. La empatía es la capacidad de entrar en la experiencia de otra persona, comprender conocimientos, significados y emociones, y transmitir comprensión. La simpatía o compasión es la capacidad de compartir los sentimientos de otro y ser afectado por ellos. La intuición es la capacidad de entender un tema entrando en el otro.

En el fondo, la empatía es la actitud que nos indica el grado de implicación emocional con el sufrimiento ajeno. Se trata de regular bien cuánto nos metemos “en la piel” del otro y cómo somos capaces de separarnos para no quemarnos (burn-out) en la relación. Los peligros residen tanto en la escasa implicación emocional como en el exceso de implicación. No implicarse impide la comprensión y no separarse impide la propia salud psicológica.

 

3. LA SEMILLA DEL EVANGELIO

En el primer tema hemos abordado qué significa acompañar espiritualmente al enfermo. En el segundo señalamos algunas claves que nos pueden facilitar la realización de dicho acompañamiento: la presencia acogedora, la escucha que sana, la capacidad de diálogo y de empatía.  Ahora damos un tercer paso: acudimos al recurso de la fe, que nos facilita reflexión, escucha de la palabra de Dios, oración y experiencia. En la tierra humana de la enfermedad, estamos llamados a sembrar la semilla del Evangelio.

 

3.1. ¿Qué es el hombre?

El punto de partida es siempre el misterio del hombre, con sus grandezas y sus limitaciones: ¿Qué es el hombre?   Como dice el Concilio, “muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da a sí mismo. Diversas e incluso contradictorias: exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación” (GS 12). El orante del salmo se hace la pregunta que generación tras generación nos hacemos: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Sal 8,5). Al abrir el corazón al Dios creador y Señor del Universo, ante la pequeñez y fragilidad del ser humano, sólo podemos admirarnos de tan gran separación; pero, a la vez, de la sorpresa que supone que Dios se acuerde de nosotros.

 

Somos de barro, pero creados a imagen de Dios

Para unos el hombre es pura materia: “sólo la materia existe y existe infinitamente”. Para otros, el hombre es espíritu encarcelado en un cuerpo: “está sometido a una esclavitud de la que se tiene que liberar”. Sin embargo, en la Sagrada Escritura el ser humano no es sólo materia ni sólo espíritu.

El autor bíblico afirma la bondad del cuerpo. Es más, en un juego de palabras, dice que el ser humano (adam) proviene de la tierra (adamah). Nuestro origen es la tierra. Somos terrestres. El cuerpo nos posibilita encontrarnos con otros seres, nos posibilita amar, comunicarnos, expresarnos, relacionarnos.

El libro del Génesis nos recuerda con sencillez y profundidad que somos barro en manos de Dios, de ahí nuestra fragilidad; pero que Dios infundió en nosotros, un aliento de vida (Gn 2,7). Estamos creados a imagen de Dios (Gn 1,27). De ninguna otra criatura se afirma nada semejante.

 

El sufrimiento humano

Ahora bien, una de las dificultades más serias para creer es el sufrimiento humano. El libro de Job recoge de forma magistral tanto la opinión tradicional, como la protesta que roza la blasfemia. Job no se contenta con frases hechas, contrarias a la experiencia sufrida en sus propias carnes.

La posición de Job representa una crítica radical a toda la sabiduría anterior: ¿Me queréis consolar con vaciedades? Vuestras respuestas son puro engaño (Job 21,34)

En definitiva, Job pone en crisis la imagen de Dios que tenían los antepasados. Esa crisis sólo tiene una salida posible: encontrar una nueva imagen de Dios que sustituya a la anterior. Al final del libro, Job formula su experiencia de forma magnífica. Hablando con Dios le dice: Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos (Job 42,5) Este nuevo conocimiento de Dios le hace posible reestructurar todas las experiencias negativas.

 

Enviados a predicar y a curar

En un contexto de vocación y de misión, San Lucas recoge la misión de los discípulos de Jesús con estas palabras: En la ciudad en que entréis y os reciban,... curad los enfermos que haya en ella y decid: El Reino de Dios está cerca de vosotros (Lc 10,8-9)

Los evangelios nos presentan a Jesús, dedicando gran parte de su tiempo a los enfermos. Jesús pasa curando. Es la entera persona del enfermo la que es reintegrada a una profunda comunión consigo mismo, con los demás y con Dios. Jesús pregunta a cada hombre y a todo el hombre: ¿Quieres curarte? (Jn 5,6). Para todos hay esperanza de salvación, aun en el caso de Lázaro, que ya huele, es el cuarto día (Jn 11,39).

Con frecuencia queremos afrontar todos los retos de la vida basándonos en nuestras propias fuerzas, cualidades, recursos y posibilidades. De cualquier forma, el ser humano se encuentra con el hecho incontestable de la muerte. El Evangelio nos ofrece la luz de la Pascua.

La fe cristiana no quiere tapar el dolor ni llamar con falsos nombres a las limitaciones inherentes a nuestro ser mortal. Pero es necesario tener la certeza de que caminamos por la vía de la esperanza.. No estamos llamados a desaparecer, sino a vivir con Dios. El Señor camina con nosotros.

 

3.2. La escucha de la palabra de Dios

Es frecuente el caso de quienes encuentran dificultad a la hora de introducir la palabra de Dios en el acompañamiento espiritual del enfermo. A menudo se corre el peligro de hablar de todo, sin que se haga referencia alguna a la palabra de Dios.

Si tiene sentido que el hombre hable con Dios es porque se ha descubierto que Dios habla con el hombre. Jesús de Nazaret primero siembra la palabra de Dios, es decir, el hecho de que Dios habla hoy; después inicia en la oración. Escuchar y orar son como el anverso y el reverso de la misma medalla.

 

Dios habla hoy

Es la experiencia central de toda la Biblia: Dios habla hoy. Se dice en el salmo 95: Ojalá escuchéis hoy su voz. Somos hijos de Dios (Jn 1,12). Nos dirige su palabra. La recibimos como dirigida a nosotros. El Concilio Vaticano II ha recordado la importancia de la Biblia en el diálogo del hombre con Dios: “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21).

La palabra de Dios puede representar para el enfermo el mejor anuncio, la buena noticia del Evangelio, cuando el enfermo comprenda que Dios está con él y le habla a él. Como era en un principio: Iban por todas partes anunciando la buena nueva de la palabra (Hch 8,4).

Si Dios habla, de la forma que sea, el creyente ha de escuchar. Esto supone: un respeto a la iniciativa de Dios: quien habla es Dios, no el hombre; un discernimiento imprescindible, que puede realizarse a diversos niveles: personal, pastoral, comunitario; finalmente, la acogida de algo que, por encima de todo, es don de Dios, no producto del hombre. La palabra de Dios, viva y eficaz, transciende todo método: se cumple en la dinámica del Espíritu. Se requiere, eso sí, una actitud de escucha y un fiel discernimiento, que respete la iniciativa de Dios y acoja, en cada caso, el don de Dios, más allá de todo racionalismo (que considera imposible que Dios hable hoy), más allá de todo iluminismo (falsa iluminación que anuncia una nueva revelación) y más allá de toda magia, juego o manipulación (que pretende falsamente hacerle hablar a Dios).

 

3.3. La oración en la enfermedad

La oración, en cualquiera de sus formas, es siempre relación, diálogo, encuentro, comunicación. Pueden surgir intentos de manipulación de Dios. En este caso, se debe purificar. La oración del enfermo tiene una característica especial.

 

Fuerza en medio de la debilidad

En la enfermedad uno se siente débil, frágil, amenazado: Se consumen de pena mis ojos, mi garganta y mi vientre; mi vida se gasta en la congoja, mis años en los gemidos (Sal 31, 10-11). En esta situación dura puede correr una brisa de confianza y vivir la experiencia de la presencia de Dios: El Señor está cerca de los atribulados (Sal 34,19). El enfermo puede vivir la experiencia de la ternura de Dios: Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá (Sal 27,10), aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 23,4).

 

Repaso de la vida

La larga jornada del enfermo, y su noche, son ocasión para realizar ante Dios una actividad fundamental, rememorar, recordar el pasado: En mi angustia te busco, Señor, de noche rebullen mis manos sin descanso... repaso los tiempos antiguos, recuerdo los años remotos (Sal 77,3-6)... En este repaso de la vida pueden aparecer aspectos muy importantes, ricos, fecundos, llenos de sentido y de plenitud, pero también la cara negativa del fracaso, de la responsabilidad, del pecado, de la culpa. Estos aspectos en la enfermedad pueden agigantarse, desmesurarse y asaltarnos amenazadoramente. La oración que confiesa el pecado y pide perdón y la experiencia del Dios que perdona y abraza es fundamental para asumir con madurez lo negativo de la vida, acogerse y poder cambiar...

 

Diversas formas de oración

La oración de petición es la más espontánea en la boca del dolor humano: Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino (Sal 69,16).

Hay una oración, muy necesaria, de acatamiento de la limitación, de situarse en la realidad, de reconocerse criatura, de reconocer que uno no posee la fuente de la propia existencia: Hazme saber, Señor, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy (Sal 39,5). La enfermedad no sólo te pone en tu lugar, sino que te desvela la fragilidad humana: Los años de nuestra vida son unos setenta u ochenta, si hay vigor; mas la mayor parte son trabajo y vanidad, pues pasan deprisa y vuelan (Sal 90, 10).

En los salmos el enfermo acusa el golpe, pero no se queda pasivo, resignado, sino que saca fuerza para luchar por la salud. Tras el grito inicial comienza una actividad que incluye muchos pasos hasta lograr una nueva experiencia de salud, que desemboca en acción de gracias.

Cuando el mal es irremediable, el creyente se pone en manos de Dios. Es muy importante poder reconocer su presencia misteriosa. Como dijo el poeta Claudio Rodríguez, que sufrió una larga enfermedad antes de morir: "Hoy más que nunca yo le pido al cielo, no que me salve, que me acompañe".

 

Donde están dos o tres

Cuando uno está enfermo, se encuentra con un caudal inmenso de preocupaciones, deseos, intenciones, recuerdos, ánimos y fuerzas que vienen de los demás y que se expresan por medio de la oración: rezamos por ti. Y también: rezamos contigo. Es particularmente eficaz la oración comunitaria, como dice Jesús: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,19).

 

Es preciso orar

La enfermedad puede cumplir diversas funciones. Puede ser prueba y crisol,  ocasión de maduración de la persona y lugar del alumbramiento de una nueva salud. En la enfermedad se viven situaciones en las que se hace aguda la necesidad de la reconciliación. Todo queda al descubierto. Tal es el caso de viejos odios y de problemas no resueltos. Junto al lecho del enfermo se dan las grandes reconciliaciones.

En medio de la enfermedad el creyente se pregunta: ¿Qué dice Dios de mi enfermedad? ¿Qué está haciendo con ella? En realidad, no existen respuestas fáciles ante el problema del mal, del sufrimiento y de la muerte. Es preciso orar. Se dice en la carta de Santiago (5,13-15): ¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo.

La oración hecha con fe excluye toda magia y supone una relación viva con el Señor. Es importante la oración ferviente, es decir, asidua. Se afirma que, si se hace así, tiene mucho poder (5,16). Nos dice Jesús que la oración ha de ser perseverante: Hemos de orar sin desfallecer y en todo tiempo (Mt 18,1). Su eficacia se manifiesta en el don del Espíritu, que el Padre da a quienes se lo piden (Lc 11,13).

 

Para pensar

"Antes de visitar a los enfermos busco un espacio para orar y ponerme en la presencia de Dios. Lo miro. Lo contemplo. Le pido que acompañe y bendiga mi visita porque me ha ungido, me ha enviado a anunciar a los pobres la buena nueva, a proclamar la liberación a los cautivos (Lc 4,18)... Apoyado en esta presencia, me encamino al encuentro de otras presencias. Encuentro a María Fernanda que me dice: ‘Mi padre ha muerto a las cinco de la mañana. Pensé ir a buscar a un sacerdote, pero preferí no apartarme de su lado. Quise permanecer junto a él´. Visito presencias que no hablan: como María, una joven madre de 28 años y tres niños que se encuentra en una situación desesperada... Está muy agitada e inquieta. Me acerco a ella y la saludo: ‘Buenos días, María. Soy el capellán del Hospital. Me llamo Martín’. Asiente con la cabeza. Su mirada se hunde en mi rostro y en mi corazón. Hay una pausa de intenso silencio. La miro atentamente. Luego le tomo la mano, se la aprieto un poquito, pensando en el sacramento de los gestos. Dejo que en este sacramento de las manos unidas se derrame mi afecto y mi comprensión. En sus ojos leo sus palabras: ‘Tengo miedo. Pienso en mis hijos. Qué será de ellos cuando falte yo’. Me siento impresionado. Le aprieto la mano con más intensidad. Le limpio el sudor de la cara. Me quedo a su lado, esperando. Luego, antes de despedirme, le pregunto: ¿Quieres que recemos juntos? Asiente con una señal de la cabeza. Confío al Señor su historia, si dolor, sus preocupaciones. Rezo por ella, por su familia, por sus hijos pequeñitos. En la oscuridad y en la incertidumbre de esos momentos, pido la fuerza y el consuelo de esa Presencia que está siempre entre nosotros” (Martín Puerto) [3]

 

Cuestionario

¿Cómo facilitar la oración en la enfermedad?

·    asumiendo los interrogantes profundos que brotan en la enfermedad

·    recuperando lo que significa orar, conversar con Dios

·    relacionando la oración con la escucha de la palabra de Dios

·    orando a partir de lo que estamos viviendo

·    orando con los salmos, como las primeras comunidades, en el espíritu de Jesús

·    evitando la manipulación de Dios

·    recuperando la oración a solas

·    recuperando la oración en grupo, en comunidad

·    recuperando la oración como parte del proceso de evangelización

 

3.4. La experiencia de fe

Después del Concilio Vaticano II se ha insistido mucho en el valor de la experiencia, de la experiencia humana común y de la experiencia de fe. En diálogo con el hombre de hoy, el proceso de evangelización asume sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias (GS 1), pero no sólo esto: el proceso de evangelización supone una experiencia de la palabra de Dios en la propia historia.

La palabra de Dios no es sólo doctrina, sino también acontecimiento. En realidad, la Biblia no es un tratado sobre Dios, sino la escritura de la más profunda experiencia de Dios. No nos invita a hablar de Dios, sino a escucharle cuando habla, proclamando su gloria y acogiendo su acción. Por tanto, tener fe no es meramente admitir la existencia de Dios, sino creer que Dios interviene en la historia humana.

Una palabra que se cumple

La palabra de Dios es una palabra que se cumple (Ez 12,28), viva y eficaz (Hb 4,12), operante en medio de nosotros (1 Ts 2,13). Para quien busca la luz o busca a Dios, quizá a tientas (Hch 17,27), la respuesta no está en las nubes de los razonamientos teóricos. La respuesta es la experiencia de fe. La semilla del Evangelio se hace experiencia. En su momento lo dijo Pablo VI: “En el fondo ¿hay otra forma de evangelizar que no sea el comunicar a otro la propia experiencia de fe? (EN 46).

De dos en dos

La experiencia de fe madura en comunidad. La Iglesia es comunidad. Siendo comunidad, la Iglesia es “luz de las gentes” (LG 1). Curar a los enfermos es misión de la comunidad. La Iglesia ha de ser en medio de la sociedad comunidad que cura. La misión de curar, tal como procede del envío de Jesús, no es algo que la Iglesia pueda delegar en individuos concretos y desinteresarse después. La comunidad es el cuerpo de Cristo. Si padece un miembro, padecen todos los demás con él (1 Co 12,26-27).  Por ello, no es el individuo aislado, sino el individuo acompañado e integrado en la comunidad quien mejor puede acompañar espiritualmente al enfermo. Al fin y al cabo, el Señor los envío de dos en dos a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir (Lc 10,1).

 

Para pensar

“Hace aproximadamente un mes me diagnosticaron un cáncer de mama. De un día para otro pasé de ser una persona sana a una persona enferma. Mi cuerpo y mi mente sólo giraban alrededor de mi enfermedad que se convirtió en lo más importante para mi; inexplicablemente todo lo demás pasó a tener menos relevancia en mi vida: incluso mi fe parecía escondida. Dos buenas amigas tuvieron que recordarme que El estaba ahí, que Jesús nunca deja de velar por nosotros y que siempre nos acompaña, sea cual sea el camino. Hasta ese momento no pensé que fuera a necesitar que alguien me indicara la prioridad a seguir y desde ese momento, gracias a ellas, mi enfermedad tuvo nuevos matices, incluso de enriquecimiento. Ahora se que la enfermedad nos hace perder la estabilidad y el equilibrio, nos envuelve en una sensación de pérdida... y nos confunde. Y sé que soy afortunada porque en mi andadura por esta enfermedad tendré a Carmen y, sobre todo, a Almudena para recordarme continuamente que en todas las situaciones somos hijos de Dios y que El no nos abandona nunca. Gracias por acompañarme” (Isabel).

 

Cuestionario

¿Qué experiencias podemos aportar nosotros?

 

SEÑOR, HOY TE DOY

Jesús, ¿quieres mis manos para pasar este día

ayudando a pobres y enfermos que lo necesitan?

Señor, hoy te doy mis manos.

Señor, ¿quieres mis pies para pasar este día

visitando a aquellos que tienen necesidad de un amigo

Señor, hoy te doy mis pies.

Señor, ¿quieres mi voz para pasar este día

hablando con aquellos que necesitan palabras de amor?

Señor, hoy te doy mi voz.

Señor, ¿quieres mi corazón para pasar ese día

amando a cada hombre sólo porque es un hombre?

Señor, hoy te doy mi corazón.

Madre Teresa de Calcuta

 

 

BIBLIOGRAFIA

BERMEJO J.C., El acompañamiento espiritual, Departamento de Pastoral de la Salud, Madrid, 2005.

FRAILE P.I., Y caminó con ellos. Fundamentación teológica del acompañamiento espiritual, Departamento de Pastoral de la Salud, Madrid, 2005.

GONZALEZ A., Vivir sanamente el sufrimiento, Edice, Madrid 1999.

LOPEZ J., Catecumenado e inspiración catecumenal, en Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo, Madrid, 1999.

PANGRAZZI A., El mosaico de la misericordia, Sal Terrae, Santander 1990.

TORRALBA F., El acompañamiento espiritual a los no creyentes. Diálogo y empatía, Departamento de Pastoral de la Salud, Madrid, 2005.

 

 

CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

DEPARTAMENTO DE PASTORAL DE LA SALUD

Añastro, 1. 28033 Madrid

[1] GONZALEZ NUÑEZ A., "Antes que el cántaro se rompa. Sobre la salud, la enfermedad, la muerte y la vida", Madrid, San Pablo, 1993, p. 9-11.

[2] Ver "El silencio", en A. PANGRAZZI (ed), El mosaico de la misericordia, Santander, Sal Terrae, 1989, p. 73.

[3] Ver M. PUERTO, "La presencia", en PANGRAZZI A., (ed), El mosaico de la misericordia, Santander, Sal Terrae, 1989, pp. 54-56.