2. ¡CRISTO VIVE! Huellas de una presencia

Creado en Viernes, 13 Julio 2012 Última actualización en Lunes, 27 Marzo 2017
2. ¡CRISTO VIVE!
Huellas de una presencia
 
1. Es la experiencia cristiana central, que no es sólo experiencia de Dios, sino también experiencia de Cristo: ¡Cristo vive!, con vosotros está, según su promesa (Mt 28, 20). Es preciso que esto sea anunciado, para que sea creído y para que sea vivido, "pues ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les anuncie? Y ¿cómo se les anunciará si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el bien!" (Rm 10,14-15). En la diversidad de circunstancias y situaciones, la experiencia cristiana de la fe incluye unas constantes de la evangelización apostólica, válidas para todo tiempo, también para hoy. Veamos.
 
2. La evangelización de Jesús había comenzado por la periferia del mundo judío, por Galilea, pero su destino final era Judea. Dentro de Judea, Jerusalén. Y dentro de Jerusalén, el templo, centro de poder religioso, político y económico. Un destino arriesgado, comprometido, peligroso. Jerusalén, la ciudad más religiosa de la tierra, es también la ciudad que mata a los profetas (Mt 23,37). Jesús sube a Jerusalén, humildemente, pacíficamente, sin imponerse por la fuerza. Jerusalén no tiene por qué temer (Jn 12,15). La marcha sobre Jerusalén termina en el templo. El templo está manchado: debía ser casa de oración, pero se ha convertido en cueva de bandidos (Mc 11,17). Por tanto, el templo debe ser purificado. Más aún, debe ser sustituido (Jn 2,13.22). El nuevo templo, no importa el lugar (Jn 4,21), se construirá con piedras vivas (1 P 2,5).
 
3. La denuncia del templo determina el proceso que se sigue contra Jesús, condenado como blasfemo (Mt 26,59-66). Le quieren matar, pero los judíos no podían ejecutar a nadie (Jn 18,31). Los romanos controlaban el ejercicio de la pena capital. Y no sólo eso, también el nombramiento y destitución del sumo sacerdote, así como las propiedades de los escribas. Jesús fue conducido al pretorio, para que la autoridad romana pusiera fin al proceso. Causa oficial de la condena: subversión política (Mt 27,37). En adelante, no se podrá evangelizar sin participar del conflicto que ha llevado a Cristo a la cruz: "anunciamos a un Cristo crucificado" (1 Co 1,23).
 
4. Lo que pasó después es proclamado por Pedro el día de Pentecostés, como el centro del mensaje cristiano. Ha ocurrido lo inaudito, lo impensable, lo increíble: "Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2,36). Este es ya el gran acontecimiento: Jesús, crucificado por la turbia justicia de este mundo, ha sido constituido Señor de la historia: ¡lo mismo que Dios! El reino de Dios se manifiesta en la persona de Jesús, constituido Señor y Cristo. Se cumple el salmo 110: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha". La Iglesia naciente tiene experiencia de ello, pues se le ha dado reconocer a Jesús en los múltiples signos que se producen como fruto de su Pascua. Su Pascua, su paso, ha inaugurado para el mundo entero el amanecer de un nuevo día, el día de la resurrección, un día que no acabará jamás.
 
5. El hecho de que Jesús sea reconocido como Señor de la historia supone un cambio profundo, radical: "Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertios" (Hch 2,37). ¡Abandonad esa justicia y ese orden que ha condenado a Cristo! Los primeros cristianos se vuelven "locos": ¡lo ponen todo en común! (2,44; 4,32). Ciertamente, la conversión se realiza siempre dentro de un proceso. Es un seguimiento. Cada paso irá haciendo una historia que será reconocida y celebrada como historia de salvación.
 
6. El perdón, la amnistía, la justificación de parte de Dios es parte esencial de la buena nueva del Evangelio: Dios no tiene nada contra ti, Dios te ama. Lo proclama Pedro el día de Pentecostés (Hch 2,38). Lo proclama Pablo en Antioquía de Pisidia (13,35). Quien comienza a creer y comienza a cambiar, ya está juzgado favorablemente por Dios. En el encuentro personal con Cristo, muerto y resucitado, se manifiesta "la justicia de Dios", no la que condena, sino la que salva (Rm 3,21-22), "ninguna condena pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús" (Rm 8,1). Lo dice San Juan: "El que cree en El no será juzgado" (Jn 3,18).
 
7. La acción del espíritu es una realidad que brota a borbotones de la pascua de Cristo (Jn 7,37-39). Desde entonces, la hora del espíritu ha llegado. El espíritu es la gran promesa de Jesús (Jn 14,16.26;16,7-15), también para el mundo de hoy: "La promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro" (Hch 2,38). La experiencia de fe se hace posible en la dinámica del espíritu.
 
8. Los apóstoles apelan a la experiencia del Espíritu como a un hecho al que cualquiera se puede remitir: "lo que vosotros veis y oís" (2,33). La acción del espíritu supone el cumplimiento de la promesa de Jesús: "No están borrachos" (2,15). Lo que pasa es que la causa de Jesús está siendo reivindicada por Dios. ¡Y de qué forma! Dios realiza "una obra que no creeréis, aunque os la cuenten" (13,41). Ahora bien, si el mensaje parece increíble, lo cierto es que es anunciado en medio de un reto: "de lo cual todos nosotros somos testigos" (2,32). Además, cualquiera puede serlo: "Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" (2,33).
 
9. Quien acoge la evangelización, se incorpora a la comunidad. Evangelizar no es sólo formar cristianos, sino formar comunidad. El discípulo de Jesús no está aislado ni va por libre, sino que forma grupo, forma comunidad. La comunidad nace y crece en virtud del anuncio del Evangelio: "El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar" (Hch 2,47).
 
10. En nuestra sociedad muchos son los bautizados y pocos los evangelizados. Más allá de los datos cuantitativos, todavía podemos (y debemos) preguntarnos: ¿quiénes han llegado a reconocer que Jesús es el Señor? ¿quiénes viven la justicia del Evangelio? ¿quiénes confiesan toda la fe de la Iglesia? ¿quiénes viven comunitariamente su fe? ¿quienes son testigos de la misma? ¿quiénes se dejan llevar por la acción del Espíritu? ¿quiénes participan del conflicto que a Cristo le ha llevado a la cruz? En fin ¿quiénes están básicamente evangelizados? Aun regateando mucho, como Abraham (Gn 18,28-32), hemos de reconocer que son ciertamente pocos, hemos de concluir con una "confesión nacional" (Sal 106): España es, también, país de misión.
 
11. La experiencia cristiana de la fe tiene esta constante de la evangelización apostólica, realmente central: es experiencia de Cristo Resucitado, constituido Señor. Veamos las huellas de su presencia o, dicho de otro modo, algunos rasgos más importantes de esta experiencia, que marca la identidad de la Iglesia naciente y, también, de la Iglesia de hoy.
 

12. En primer lugar, Jesús Resucitado, constituido Señor de la historia, no es reconocido de pronto; más bien, los discípulos tardan en reconocerle. Así los de Emaús, que en un camino de vuelta van compartiendo el fracaso de su esperanza (Lc 24,21), le reconocen al partir el pan: "Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron" (24,31); antes, "sus ojos estaban retenidos" (24,16), han sido "insensatos y tardos" (24,25), aunque sí habían percibido algo especial: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (24,32). Algo parecido sucede a María Magdalena en el huerto (Jn 20,15) y a los discípulos en el lago (Jn 21,4).

13. Los discípulos tardan en reconocerle, entre otros motivos, porque Jesús ha cambiado profundamente: su modo de presencia es distinto. Ya no está entre nosotros a la manera de hombre, sino a la manera de Dios. La resurrección es una divinización (2 Co 5,1). Ahora bien, Jesús no es un resucitado más: es “el Señor”, el rey prometido “sentado a la derecha de Dios” (Mc 14,62; Sal 110). Y así le van identificando y le van reconociendo: los de Emaús, que vuelven a Jerusalén y comparten la buena noticia: "Es verdad. ¡El Señor ha resucitado!" (Lc 24,34); María Magdalena, que le llama "Rabbuní", más solemne que "rabí", que significa "maestro" (Jn 20,16); el discípulo amado, que lo anuncia a sus compañeros de pesca: "Es el Señor" (Jn 21,7.12); Tomás, que pasa de la incredulidad a la fe: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28). Con el reconocimiento, se impone la paz, el asombro, la alegría: "Los discípulos se alegraron de ver al Señor" (Jn 20,20; Lc 24,41).

14. Jesús de Nazaret, constituido Señor, es reconocido en circunstancias ordinarias de la vida, en las que irrumpe la buena noticia de la resurrección. Por ejemplo, el camino de vuelta y la esperanza frustrada de los de Emaús (Lc 24,21), la búsqueda y el llanto de María Magdalena (Jn 20,11-15), la inútil noche de aquellos discípulos que habían ido a pescar (Jn 21,3), la actitud desconfiada y escéptica de Tomás (Jn 20,25).

15. Jesús de Nazaret es reconocido Señor de la historia en medio de acontecimientos que se convierten en signos. Así los de Emaús le reconocen al partir el pan y en todo lo que había ido sucediendo ese día: la palabra encendida del caminante desconocido, el fuego en el corazón, el sentido de las Escrituras como clave de los acontecimientos, la interpelación profunda, el gesto de hospitalidad, la bendición, la mesa compartida, la "increíble" presencia (Lc 24,32; 24,25-31); en el conjunto de acontecimientos que suceden en el huerto (como los demás, sobriamente descritos) María Magdalena reconoce a Jesús en la palabra que se le dirige (Jn 20,16); lo mismo sucede a los discípulos: a orillas del lago (Jn 21,4-13), en el cenáculo (Jn 20,19-21; Mc 16,14-18; Lc 24,36-49), sobre un monte (Mt 28,16), a todos ellos se les manifiesta en su palabra.

16. Jesús Resucitado está presente en la historia a la manera de Dios, como Señor del reino de Dios: ello explica que sólo sea reconocido por creyentes, es decir, por aquellos que reconocen la acción de Dios en la historia. En efecto, Jesús Resucitado no se hace presente "en la debilidad de la carne", sino "en la dinámica del espíritu de Dios": "Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino por influjo del espíritu santo" (1 Co 12,3).

17. La resurrección de Jesús y su constitución como Señor es un acontecimiento trascendente, que - sin embargo - tiene sus señales históricas, realmente "palpables" por los creyentes. Así estos pueden decir que Jesús camina con ellos (Lc 24, 15), come y bebe con ellos (24,30.43), pesca con ellos (Jn 21, 6), se reúne con ellos, se presenta en medio de ellos, aunque las puertas estén cerradas (Jn 21,19). Jesús Resucitado está, como Dios vivo, en el corazón de la historia. Y repite los signos que confirmaron su misión, lo que permite reconocerle. Dichos signos confirman, además, la misión de los discípulos (Mc 16,20).
 
18. El hecho de que Jesús sea reconocido como Señor de la historia supone un cambio profundo, radical (Hch 2,37). Los primeros cristianos quedan "estupefactos y perplejos" (1,12), parecen "borrachos" (1,13), se vuelven "locos", todo lo ponen en común (2,42-44; 4,32-35). Causa especial impacto el cambio espectacular experimentado por Pablo de Tarso: "¿No es éste el que se ensañaba en Jerusalén contra los que invocaban ese nombre" (9,20). En el fondo, la conversión al Evangelio es un cambio radical: "Tenéis que nacer de nuevo", dice Jesús a Nicodemo (Jn 3,37). Este cambio radical es expresado también de otras formas, como un paso de la sed al agua de la vida (Jn 4), de la ceguera a la luz (Jn 9), de la muerte a la vida (Jn 11).
 
* Podemos revisar si nuestra experiencia de Cristo tiene también estos rasgos:
-no es reconocido de pronto
-su modo de presencia es distinto
-en circunstancias ordinarias de la vida
-en medio de acontecimientos que se convierten en signos
-en su palabra
-al partir el pan
-en la dinámica del espíritu de Dios
-sólo por creyentes
-se vuelven "locos".