9. EL AGUA VIVA. De la sed al agua

Creado en Viernes, 13 Julio 2012 Última actualización en Domingo, 20 Octubre 2013
9. EL AGUA VIVA
De la sed al agua

1. La experiencia del Evangelio entraña un cambio radical: un paso de la sed al agua de la vida. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto en el pasaje de la samaritana (Jn 4,1-45) un test que sirve para revisar la experiencia de fe, que irrumpe aquí en una situación concreta: una mujer, en diálogo con Jesús, recupera el sentido de su vida, da un giro radical, pasa de la sed al agua de la vida.
2. Los fariseos se habían enterado de que Jesús hacía más discípulos que Juan. Como medida de precaución, abandona Judea y vuelve a Galilea. Tenía que pasar por Samaría, la región vecina, separada, hostil, colonizada cinco veces (2 R 17,24). Para el profeta Oseas Samaría es la esposa del Señor, prostituta y adúltera (Os 1,2;3,1), tiene un viejo pasado religioso que conjuga con costumbres paganas. Como nuestra propia tierra, con una vieja tradición religiosa, pero al fin y al cabo país de misión.
3. Llega Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar. A unos mil metros, estaba el pozo de Jacob (Jn 4,6), uno de los más profundos de Palestina. Las excavaciones arqueológicas confirman que estuvo en uso hasta el año 500 d.C. El pozo de Jacob remite a los orígenes, a un tiempo en que aún no se había producido la división entre judíos y samaritanos, en que la esposa del Señor aún no se había ido detrás de sus amantes (Os 2,7). El evangelio de Jesús remite también a los orígenes, a un tiempo en que aún no se habían producido las grandes divisiones cristianas, en que la Iglesia aún le era fiel al Señor.
4. Los discípulos habían ido a la ciudad a comprar comida. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta, hacia el mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. La mujer (no se dice su nombre) es símbolo de su tierra. Jesús le dice: "Dame de beber". La situación, junto al pozo, recuerda el encuentro del criado de Abraham con Rebeca, cuando buscaba esposa para Isaac (Gn 24,17); recuerda también el encuentro de Jacob con Raquel (Gn 29,1-14). Jesús le pide de beber, algo insólito entre judíos y samaritanos. Se sitúa por encima de los prejuicios, de la división, de la discriminación. Se dirige a la persona: "La llevaré al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2,16).
5. Ante la perplejidad de la mujer, Jesús lleva la iniciativa del diálogo. Le plantea la cuestión del conocimiento de Dios, es decir, la experiencia de fe. Lo hace en una tierra en la que, se dijo, "no hay fidelidad ni amor ni conocimiento de Dios... sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia" (Os 4,1-2). Jesús anuncia la experiencia de Dios como don, como regalo: El está dentro y fuera, arriba y abajo, a derecha y a izquierda (Sal 139). Además, Jesús plantea la cuestión de su propia identidad: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva".
6. La mujer toma al pie de la letra las palabras de Jesús, piensa en el agua normal y corriente: "Señor, no tienes con qué sacarla y el pozo es hondo; ¿de dónde tienes tú esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?". Jesús habla de otro agua que una corriente profunda renueva sin cesar, un agua que brota del seno de la tierra y llega hasta el cielo: "Todo el que beba de este agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé, se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna".
7. Jesús habla de otro agua y de otra sed. Lo gritará el último día de la fiesta de las Tiendas, el más solemne, en el que se hacían oraciones para pedir la lluvia y se oficiaban ritos conmemorativos del milagro del agua que brota de la roca en medio del desierto (Ex 17,1-7): "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva" (Jn 7,38). Jesús anuncia otro agua, que puede satisfacer la sed más profunda del corazón humano, la sed de Dios. Se dice en el salmo 63: "Dios, mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma".
8. La mujer empieza a comprender y empieza a cambiar: "Señor, dame de esa agua". El le dice: "Vete, llama a tu marido y vuelve acá". Respondió la mujer: "No tengo marido". Le dice Jesús: "Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad". La mujer es símbolo vivo de su tierra, sometida, deportada, colonizada cinco veces, en crisis de identidad. En el encuentro con Jesús acoge la palabra de Dios, que la remite a su marido.
9. La mujer se da cuenta de que está ante un profeta (Jn 4,19) y lleva la conversación al tema religioso: "Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que es en Jerusalén el lugar donde se debe adorar". En el monte Garizim los samaritanos habían construido un templo. Sin embargo, tanto el templo de Jerusalén como el de Samaría, ofrecen un culto que pertenece al pasado. Dice Jesús: "Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y en verdad". Ha llegado la hora en la que no importa el lugar. Por tanto, ni Samaría ni Jerusalén. Ni Roma ni Londres ni Moscú.
10. La mujer espera la llegada del Mesías, el Cristo, el ungido de Dios: "Cuando venga nos lo explicará todo". Ella considera al Mesías como el que dirá la verdad en el tema religioso. Le dice Jesús: "Soy yo, el que está hablando contigo". Esta palabra sigue siendo actual, vale para hoy. Jesús inaugura un tiempo en el que también nosotros podemos escuchar su palabra: El sigue hablando.
11. Llegan los discípulos y se sorprenden de que hable con una mujer, pero nadie le dice qué quieres o qué hablas con ella. La mujer, dejando su cántaro, corre a la ciudad y dice a la gente: "Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?" (ver Gn 24,28-32). Los discípulos están en otro plano, muy elemental: "Rabbí, come". Pero Jesús dice: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra".
12. Es preciso levantar los ojos: "Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador...Yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga". La siega es tiempo de recolección, es también símbolo de juicio, un juicio que se está realizando ya en medio de la historia. Los samaritanos le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Decían a la mujer: "Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo".
 
* Para la reflexión personal o de grupo: ¿Cómo me sitúo yo ante Jesús?
-como samaritana, en diálogo con Jesús, junto al pozo
-acogiendo la palabra de Dios sobre el matrimonio
-recuperando el sentido de la vida,
-dando un giro radical, pasando de la sed al agua de la vida
-anunciando la buena noticia del evangelio
-como discípulo que sembró, como discípulo enviado a segar
-como samaritano que acoge la buena noticia
-confesando que Jesús es el Salvador del mundo