- METE LA ESPADA EN LA VAINA. Renuncia a la violencia

Creado en Lunes, 24 Mayo 2010 Última actualización en Miércoles, 11 Mayo 2016

- METE LA ESPADA EN LA VAINA
Renuncia a la violencia

1. En el momento crítico del arresto, dice Jesús a Simón Pedro: "Mete la espada en la vaina" (Jn 18,10). Puede que sorprenda ver a un discípulo (además, tan significativo) empuñando la espada. Por tanto, al menos alguno la llevaba. Sin embargo, en su opción mesiánica, Jesús no quiere imponerse por la fuerza y renuncia a la violencia, sin condenar el derecho a la legítima defensa. Para comprenderlo mejor, es preciso situar al discípulo de Jesús en su tiempo.
2. En tiempo de Jesús existía un movimiento de resistencia religiosa y política, el de los zelotes (en griego zelos, celo). Celosos de la ley, se caracterizan por la vehemencia y rigidez de su integrismo religioso. Según Josefo,  son “la cuarta filosofía”; los otros son: saduceos, fariseos y esenios Sienten celo por la defensa de la libertad y por la aceptación de la sola soberanía de Dios (AJ XVIII,4-10 y 23-24; GJ II,117-118). Tienen un programa religioso de reforma radical del culto y del sacerdocio y un programa político encaminado a la expulsión de los romanos y al establecimiento del reino de Israel. Quieren provocar el cambio por la fuerza. Esperan el reino de Dios para un futuro próximo. La agitación judía terminó en la guerra contra los romanos y en la toma de Jerusalén (66-70 d.C.). Los miembros de la comunidad de Jerusalén no hicieron la guerra, se refugiaron en Pella al otro lado del Jordán.
3. De Galilea, el distrito (en hebreo, galil) de los gentiles, surgían los movimientos revolucionarios que hostigaban a los romanos. Los galileos habían "combatido siempre cualquier invasión hostil" y estaban "desde la infancia acostumbrados a la guerra" (Josefo, GJ III ,41). Zelotes había por todas partes. El rabino Gamaliel cree que el caso de los discípulos de Jesús puede ser distinto del caso de los jefes zelotes Teudas y Judas el Galileo, cuyo levantamiento fue ahogado en sangre (Hch 5,34-39). El tribuno de Jerusalén descubre que Pablo no es el egipcio que ha amotinado y llevado al desierto a 4.000 sicarios (21,38). Los sicarios iban armados con la “sica”, espada corta oculta en las túnicas.
4. La realidad es compleja. Los evangelios contienen rasgos que acercan y rasgos que separan a Jesús de los zelotes. Quien quiera interpretar seriamente los evangelios, ha de explicar la presencia de unos rasgos y otros, considerando "la posibilidad de que, sin caer en contradicción, la actitud de Jesús respecto a las instituciones de este mundo tuviera que ser compleja" (O. Cullmann).
5. Los rasgos que acercan a Jesús a los zelotes son éstos: su anuncio del reino de Dios (Mc 1,15;ver Hch 1,1-11); su denuncia de la injusticia social (Lc 6,24); su postura crítica frente a Herodes (Lc 13,32) y frente a los reyes de la tierra, que dominan como señores absolutos y se hacen llamar bienhechores (Lc 22,25); algunas frases como éstas: “no penséis que he venido a traer paz a la tierra, no he venido a traer paz sino espada” (Mt 10, 34), “ahora el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada” (Lc 22,36); la vida y la actividad de Jesús, a quien la gente quiere hacer rey (Jn 6,15); entre los doce, hay uno (Simón) llamado "el zelote" (Lc 6,15 y Hch 1,13;en Mc 3,19 y Mt 10,4 se le llama "cananeo", de la raíz hebrea qana, celo); otro, Judas Iscariote, tiene un apodo que parece una deformación de sicariote; y está Simón Pedro, que lleva una espada; el celo del templo, que está manchado y necesita ser purificado (Jn 2,17); el que los romanos condenan a Jesús como agitador zelote, según el letrero de la cruz (Jn 19,19).
6. Los rasgos que separan a Jesús de los zelotes son: su concepción del reino, que viene de Dios, la semilla del reino crece por sí sola (Mc 4,28); sus palabras sobre la no violencia y la invitación a no devolver mal por mal (Mt 5,39ss); el amor a los enemigos (5,44); la bienaventuranza concedida a los pacíficos (5,9); el elogio de la fe del centurión (8,10); el que admitiera entre los suyos a Mateo "el publicano" y comiera con estos representantes del orden establecido (9,9-13); la llamada a la conversión para no perecer como los galileos, cuya sangre mezcló Pilatos con la de sus sacrificios (Lc 13,1-5); la evasiva ante la cuestión del impuesto del César (Mc 12,13-17); el rechazo de una concepción político-militar de su misión, como la gran tentación (Mt 4,9); la entrada en Jerusalén en un asno (Za 9,9), simbolizando su misión pacífica; la consideración de Jesús como leño verde a diferencia del leño seco (Lc 23,28ss); la declaración de que su reino no es de este mundo (Jn 18,36).
7. Los zelotes no encuentran en Jesús palabras de apoyo, sino de crítica: entregan a los suyos a ser degollados por los romanos, como les sucedió a los galileos (Lc 13,3); ven venir al lobo y huyen; son asalariados a quienes no importan las ovejas; no entran por la puerta, escalan por otra parte; son ladrones y salteadores, roban, matan y destruyen (Jn 10,1-21; ver Is 11,6; 65,25; Hch 20,29). Jesús, el profeta galileo (Mt 21,11), no quiere que se le confunda con los que han venido delante de él (Jn 10,8).
8. Ciertamente, la denuncia del templo molesta a los defensores del orden existente, pero no es un acto zelote, sino profético. A la manera de los profetas, Jesús anuncia la destrucción del templo (Mc 13,2) y es centinela de la espada que viene (Ez 33,1-6). Pero los adversarios deforman sus palabras: "Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días...Pero él hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2,19-21; ver Mc 14,58). Por otro lado, Jesús respeta el marco del templo (Mt 5,23), como respeta la tradición (Mt 23,3). Ahora bien, descarta los elementos que impiden cumplir la voluntad de Dios: "Habéis oído que se dijo...pues yo os digo". Del mismo modo, Jesús respeta la misión de Israel (Mt 10,6), pero anuncia la justicia del reino de Dios. Ante los samaritanos y los paganos mantiene una postura abierta: "Vendrán muchos de oriente y occidente" (8,11).
9. Jesús denuncia la injusticia social del orden establecido, una de las preocupaciones de los zelotes: "¡Ay de vosotros los ricos!" (Lc 6,24). Proclama bienaventurados a los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos (6,20). La parábola del rico y del pobre Lázaro (Lc 16,19ss) denuncia las grandes diferencias sociales; igualmente, la parábola del que acumula riquezas (Lc 12,16-21). Pero Jesús no se impone por la fuerza, llama a la conversión. La cuestión social se resuelve, si cada cual se convierte. Tal es el caso de Zaqueo, jefe de publicanos, que da la mitad a los pobres (Lc 19,2-10). Los primeros cristianos comparten los bienes no de forma obligatoria, sino voluntaria (Hch 4,34-36).
10. Los sumos sacerdotes y los fariseos decidieron denunciar a Jesús: "Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación" (Jn 11,48). Para ellos, el movimiento popular en favor de Jesús tomaba dimensiones inquietantes. Pilatos condena a Jesús como rebelde político, como zelote. Sin embargo, suelta a Barrabás, el cual ciertamente lo era (Mc 15,7). Jesús sufrió la pena de muerte romana, la crucifixión, y el letrero de la cruz indicaba el motivo de la condena: el intento zelote de hacerse rey de los judíos. Sin embargo, Jesús evitó la estrategia de la multitud, cuando quería proclamarle rey (Jn 6,15). A pesar de una cierta simpatía por determinados aspectos (Mt 11,12), jamás se adhirió al movimiento zelote.
11. Ante el final, Jesús prepara a los suyos para lo que se avecina: "El que no tenga, que venda su manto y compre una espada". Los discípulos le dicen: "Aquí hay dos espadas", a lo cual responde Jesús, como cortando la conversación: "Basta" (Lc 22, 36-38). En el momento del arresto, llega un "grupo con espadas y palos" (Mc 14,43). Los discípulos le preguntan: "¿Herimos a espada?". Cuando la saca uno de ellos (Pedro) y hiere al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja, le dice Jesús: "Vuelve la espada a su sitio, porque todos los que empuñan la espada a espada perecerán" (Mt 26,52; Jn 18,10). Jesús cura al herido (Lc 22,51) y salva al discípulo (Jn 18,8). Dice también: "La copa que me ha dado el padre ¿no la voy a beber?" (18,11), "¿o piensas que no puedo yo rogar a mi padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26,52), "todos los días me sentaba en el templo para enseñar y no me detuvisteis" (26,55), "pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas" (Lc 22,53). Jesús es detenido de noche. Mientras andaba en público (Jn 11,54), durante el día, le protegía la gente (Mc 12,12). Pero Judas, el traidor, conocía bien los movimientos de Jesús (Jn 18,2).
* Diálogo: Sobre la renuncia a la violencia y el derecho a la legítima defensa.