20. ENSEÑANOS A ORAR. En el espíritu del Evangelio

Creado en Jueves, 12 Junio 2014 Última actualización en Sábado, 05 Marzo 2016

20. ENSEÑANOS A ORAR
En el espíritu del Evangelio

 

   1.Iniciar en la oración es parte del proceso de evangelización: "Enséñanos a orar", le dicen a Jesús sus discípulos. No es cuestión de fórmulas aprendidas de memoria. He aquí algunos interrogantes: ¿Qué es orar?, ¿cómo ora la gente?, ¿cómo ora Jesús?, ¿cómo oramos?, ¿sabemos orar como conviene?, ¿es eficaz la oración?, ¿buscamos conocer y cumplir la voluntad de Dios o queremos que Dios cumpla la nuestra? Es preciso revisar. Podemos orar con los salmos, como las primeras comunidades, en el espíritu del Evangelio.
    2. En primer lugar, veamos algunas claves. Orar es hablar con Dios, con un Dios que habla con nosotros. Si tiene sentido hablar con Dios es porque Dios habla con nosotros. Escuchar y orar son como el anverso y el reverso de la misma medalla. En realidad, Jesús primero siembra la palabra de Dios; después inicia en la oración a aquellos que comienzan a escucharla: "Estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos" (Lc 11,1). La oración es diálogo con Dios, conversación con él. Dice Santa Teresa: "Podemos tener conversación no menos que con Dios" (1 Moradas 1,6), "¿pensáis que está callando?, aunque no le oímos bien, habla al corazón" (Cuentas de conciencia 24,5), con "palabras y obras", "sus palabras son obras" (Vida 25,4), "habla sin hablar" (27,6), "conforme a la Sagrada Escritura" (25,13).
    3. Como en toda comunicación, se habla y se escucha. De poco sirven las recetas o los esquemas fijos. Sirve más la conciencia de no saber orar como conviene. Lo dice San Pablo: "El espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos orar como conviene" (Rm 8,26). Si se trata de hablar con Dios, orar es algo que trasciende todo método. Se realiza en el espíritu de Dios. Es fundamental pedir el don del espíritu. Entonces, la oración es eficaz: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el padre del cielo dará el espíritu santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 13).
    4. La oración parte de la experiencia, de aquello que estamos viviendo: "Entre los pucheros anda Dios", dice Santa Teresa (Fundaciones 5,8). La oración nos lleva a lo más profundo de nuestra vida; por ello, requiere un clima de silencio, un silencio fecundo, que no es síntoma de bloqueo ni genera angustia, sino que conduce al corazón de la propia historia; un silencio en el que se puede escuchar nuestra palabra y la palabra de Dios; un silencio que nos lleva a contemplar la acción de Dios en la historia: "Venid a contemplar los prodigios del Señor" (Sal 46,9).    
    5. Si conectamos con el fondo de nuestra experiencia, lo de menos son las palabras. No hacen falta muchas. Jesús aconseja evitar la exhibición y la palabrería: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas”, que “oran para ser vistos por los hombres” (Mt 6,5), “al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados” (6,7). Es importante la humildad. Jesús rechaza la oración del fariseo, que se tiene por justo y desprecia a los demás: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres”. En cambio, Jesús alaba la oración del publicano: "¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!", “el que se ensalce será humillado; y el que se humille, será ensalzado”  (Lc 18,9-14). Jesús denuncia el fraude de los escribas, que “devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones (Mc 12, 40).
    6. Podemos orar "a solas" (14,23), "en lo secreto" (6,6), en comunidad (Hch 1,14). Los salmos son la oración de Israel. Jesús ora con los salmos, las primeras comunidades también. Dice San Pablo: "Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lenguas, una interpretación" (1 Co 14,26). El Concilio Vaticano II lo ha recordado: "En los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos" (DV 21). De una forma especial, del libro de los salmos (Lc 20,42; Hch 1,20; Lc 24,44) toman su lenguaje los cantos y oraciones de la primera comunidad cristiana. Dice San Pablo: “Cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3,16).
    7. Cuando los discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar, le están pidiendo algo  original del Evangelio. Cada grupo, entonces como ahora, se distingue por su forma de orar. La oración da unidad e identidad al grupo, crea comunidad. La oración de Jesús manifiesta lo esencial de su misión, el corazón del evangelio. En la tradición catecumenal de los primeros siglos, la oración del Señor es un secreto que se comunica al final del proceso, en el contexto de una catequesis sobre la misma.
    8. La oración del Señor no es sólo una forma común de orar, sino también una enseñanza, una catequesis según la cual podemos orar como Jesús, en el espíritu del Evangelio. Nos dirigimos al padre con confianza; queremos que su nombre no sea profanado sino santificado; buscamos por encima de todo el reino de Dios y su justicia, el cumplimiento de su voluntad; pedimos lo necesario para vivir, el pan, confiando en su providencia; pedimos lo necesario para convivir, el perdón, como hijos que necesitan ser perdonados, como hermanos que necesitan perdonar; vigilamos y oramos ante la tentación, ante el mal que nos acecha. La oración de Jesús es un esquema para nuestras oraciones (Tertuliano), incluye todas nuestras peticiones y plegarias (Cipriano), es la oración modelo: “Vosotros, pues, orad así” (Mt 6,9).
    9. La oración de Jesús se dirige a Dios a quien llama "padre" (Lc 11,2). Jesús llama así a Dios. Hasta ciento setenta veces aparece la palabra en boca de Jesús. La confianza en el padre y el diálogo con él son el verdadero corazón del evangelio. Quien escucha su palabra, se hace "hijo de Dios" (Jn 1,12). Entonces puede decir: "Tú, mi padre, mi Dios y roca de mi salvación" (Sal 89,27), "mi suerte está en tu mano" (16,5). Jesús invita a sus discípulos a hacerse “como niños” (Mt 18,3). El reconocimiento de Dios como padre nos lleva a vivir con confianza, como hijos que en el espíritu claman: ¡Abba, padre! (Rm 8,15; Ga 4,6). Este el fundamento más profundo de la fraternidad universal: todos somos hermanos, Dios es nuestro padre. En la oración de Jesús el creyente no está solo, está en medio de una comunidad. Se ora en plural: padre nuestro, danos hoy nuestro pan, perdona nuestras ofensas, líbranos del mal.
    10. En la oración de Jesús, lo primero que pide al padre es esto: "santificado sea tu nombre" (Lc 11,3). En la Biblia el nombre expresa la realidad de las cosas y de las personas. Indica también la dimensión social de la persona, es decir, su renombre: "Como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega hasta el confín de la tierra" (Sal 48,11). Santificar significa alabar, bendecir, glorificar. Se dice en el salmo 113: "Alabad, servidores del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, desde ahora y por siempre. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor". Ante su muerte, dice Jesús: "Padre, glorifica tu nombre" (Jn 12,28). Dios lo hará manifestando su acción y su gloria en favor de Jesús. Los discípulos han de alabar el nombre de Dios y procurar que su conducta lleve a otros a lo mismo: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro padre que está en los cielos" (Mt 5,16). De este modo, el nombre de Dios no es profanado y blasfemado, sino bendecido y glorificado (Rm 2,24).
    11. Tras la glorificación del nombre de Dios, la oración de Jesús se centra en su misión: el anuncio del reino de Dios, la llamada a la conversión. Jesús le pide al padre: "Venga tu reino" (Lc 11,2), "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mt 6,10). Dios reina sobre el mundo, pero de una forma especial quiere reinar sobre su pueblo: "Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos" (Ez 36,27). En los salmos se canta el reino de Dios en medio de la historia: "¡Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo!" (Sal 47,2), "¡el Señor es rey!" (96,10). Se cantan sus juicios: "Exultan las hijas de Judá a causa de tus juicios" (97,8). Se cantan sus obras: "Ha hecho maravillas" (98,1). Se canta su amor: "Se ha acordado de su amor y su lealtad" (98,3). Se canta su majestad: "El Señor reina, vestido de majestad" (93,1). En este espíritu, podemos orar: "Renueva las señales, repite tus maravillas" (Eclo 36,5), extiende tu mano “para realizar curaciones, señales y prodigios” (Hch 4,30), "heme aquí que vengo para hacer tu voluntad" (Sal 40,8-9), "envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen" (43,3), "enséñame a cumplir tu voluntad" (143,10).
    12. En su primera parte, la oración de Jesús se centra en la realidad de Dios: su nombre, su reino, su voluntad. En la segunda, se centra en la realidad del hombre: el pan, el perdón, la tentación, la liberación del mal. Para quien lo tiene seguro, le puede resultar superfluo pedirle a Dios el pan de cada día. Para quien busca primero el reino de Dios y su justicia, le puede parecer innecesario: se da “por añadidura” (Mt 6,33). Sin embargo, Jesús nos invita a decir: "Danos hoy nuestro pan de cada día" (Lc 11,3). El pan es don de Dios, que alimenta a todo viviente: "Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento" (Sal 104,27). Una situación de carencia puede convertirse en tentación: "Hablaron contra Dios, dijeron: ¿Será Dios capaz de preparar una mesa en el desierto?" (78,19-20). Por ello, se pide en los Proverbios: "No me des pobreza ni riqueza, déjame gustar mi bocado de pan, no sea que llegue a hartarme y reniegue de ti" (Pr 30,8-9). Ahora bien, la seguridad del pan no puede convertirse en un obstáculo que aparta al discípulo del cumplimiento de su misión: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El discípulo no vive aislado, sino en comunidad. No pide sólo su pan, sino nuestro pan.
    13. Siendo el amor el gran mandamiento (amor a Dios y amor al prójimo), la oración de Jesús se ocupa también, con realismo, de la necesidad del perdón: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Lc 11,4). La reconciliación con Dios aparece vinculada a la reconciliación con el hermano: "Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5,23-24). Jesús enseña a sus discípulos que hay que perdonar a los hombres para ser perdonados por Dios (6,14-15). Se dice en los salmos: "Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te acalores, que es peor” (Sal 37,8), “pon tu suerte en el Señor, confía en él, que él obrará" (37, 5). Y en el libro del Eclesiástico: "Perdona a tu prójimo el agravio y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados” (Eclo 28,2). El modelo está en Dios que es amor y perdona la ofensa (Sal 103,11-12). El reconocimiento del pecado obtiene su perdón (32,5).
    14. La oración de Jesús concluye con esta petición: "No nos dejes caer en la tentación" (Lc 11,4), "y líbranos del mal" (Mt 6,13). De una forma especial, la debilidad humana se palpa ante la tentación, ante el mal. En realidad, Dios no tienta a nadie: "Cada uno es tentado por su propio deseo que le arrastra y le seduce" (St 1,14). Por ello, es preciso vigilar los movimientos del propio corazón, de donde salen las intenciones malas (Mc 7,21-22). En el salmo 51 se dice: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Ante el acoso de los enemigos, Jesús encuentra fuerza en la oración del huerto. Es algo que los discípulos necesitan para poder resistir ante la prueba que viene: "Velad y orad, para que no caigáis en tentación" (Mc 14,38). Por ellos ora al padre en la última cena: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del malo" (Jn 17,15). Se dice en los salmos: "En el camino por donde voy me han escondido un lazo" (Sal 142,4), "sácame de la red que han tendido" (31,5), "líbrame, Señor, del hombre malo, del hombre violento guárdame" (140,2). El creyente sabe que sus propias fuerzas no bastan y que el mal le desborda, pero también sabe que hay uno "más fuerte" (Lc 11,22). Vigilando y orando, confía en el Señor: "No le ha de sorprender el enemigo" (Sal 89,23).
    15. Veamos cómo ora Jesús: "Yo te bendigo, padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños" (Mt 11,25). Dice más adelante: "Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas" (11,28-29). Jesús ora con palabras que encontramos en el salmo 34: "Bendeciré al Señor en todo tiempo, sin cesar en mi boca su alabanza; en el Señor mi alma se gloría, que lo oigan los humildes y se alegren". Dice también: "He buscado al Señor y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores". Y finalmente: "El salva a los espíritus hundidos".
    16. Jesús ora así ante la tumba de Lázaro: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado" (Jn 11,42). Jesús da gracias con palabras que podemos reconocer en el salmo 138: "Te doy gracias, Señor, de todo corazón, pues has escuchado las palabras de mi boca", “el día en que grité, tú me escuchaste, aumentaste la fuerza en mi alma”. En la última cena, Jesús ora por los discípulos: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado" (Jn 17,11). Acecha la traición de Judas: "El que come mi pan levanta contra mí su calcañar" (13,17; Sal 41,10).
    17.En la soledad del huerto, Jesús siente tristeza y angustia. Se cumple el salmo 42: "Mi alma está triste hasta el punto de morir" (Sal 42,7). Entonces ora así: "Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú" (Mt 26,39). Se dice en el salmo 40: "Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad". Sobre la cruz proclama el cumplimiento del salmo 22 en todo lo que está pasando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Jn 19,24.28); pide el perdón para aquellos que le crucifican (Lc 23, 34). Finalmente, en el momento de morir, ora con palabras del salmo 31: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).   
18. Entre los manuscritos de Qumrán hay oraciones que se atribuyen al Maestro de Justicia, sumo sacerdote en Jerusalén, destituido de su cargo, refugiado en Siria y fundador de la comunidad de Qumrán (+ 110 a.C.). Tras ser librado de la muerte, ora con palabras tomadas de los salmos (ver Sal 18, 37 y 144): “Te doy gracias, Señor, porque tu ojo vigila sobre mí. Me has librado de los celos de los diseminadores de mentira y de la congregación de los intérpretes de cosas halagüeñas. Has librado la vida del pobre, que ellos pensaban acabar derramando su sangre cuando estaba a tu servicio. Pero ellos no sabían que de ti vienen mis pasos. Me han puesto como burla y reproche en boca de todos los intérpretes de engaño. Pero tú,  Dios mío, has librado el alma del pobre e indigente de la mano de uno más fuerte que él; de la mano de los poderosos has salvado mi alma, y por sus burlas no me has desanimado para que abandone tu servicio por miedo de la destrucción de los malvados” (Himnos X, 31-35).
19. En su oración el Maestro de Justicia se identifica con la figura del siervo (Is 42, 1-7; 50, 4-9): “Te doy gracias, Señor, porque me has sostenido con tu fuerza, has extendido sobre mí tu santo espíritu para que no tropiece, me has fortificado ante las guerras de impiedad, y en todos sus desastres no me has desanimado de tu alianza. Me pusiste como torre potente, como muro elevado, estableciste mi edificio sobre roca, y cimientos eternos como mi fundación, todas mis paredes como muro probado que no temblará. Y tú, Dios mío, tú me has puesto para los abatidos, para tu consejo santo; tú me has establecido en tu alianza y mi lengua como (la de) tus discípulos”, “serán mudos los labios mentirosos. Porque declararás culpables en el juicio a todos los que me atacan, para separar por mí el justo del impío” (Himnos XV, 6-12).
           
    * Diálogo: ¿Qué es orar?, ¿cómo ora la gente?, ¿cómo ora Jesús?, ¿cómo oramos?, ¿sabemos orar como conviene?, ¿es eficaz la oración?, ¿buscamos conocer y cumplir la voluntad de Dios o queremos que Dios cumpla la nuestra?, ¿qué semejanzas y qué diferencias encontramos entre la oración de Jesús y la del Maestro de Justicia?