37. MI MADRE Y MIS HERMANOS. La nueva familia de los discípulos

Creado en Martes, 02 Abril 2013 Última actualización en Jueves, 17 Marzo 2016
37. MI MADRE Y MIS HERMANOS.
La nueva familia de los discípulos

1.    Honrar padre y madre es un mandamiento que conduce a la felicidad y a la vida: "Honra a tu padre y a tu madre, así se prolongarán tus días y serás feliz en la tierra que el Señor tu Dios te da" (Dt 5,16). El amor a los padres fundamenta la vida de los hijos: "La bendición del padre afianza la casa de los hijos, y la maldición de la madre destruye los cimientos”, “cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor" (Eclo 3,8-13). Jesús proclama el mandamiento de Dios y anuncia una relación que va más allá de la relación familiar, la nueva familia de los discípulos: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 21).

2.    Jesús denuncia que el mandamiento de Dios está siendo olvidado. Algunos fariseos y escribas, venidos de Jerusalén, acusan a Jesús de que sus discípulos quebrantan la tradición de los antepasados, pues no se lavan las manos antes de comer. El les responde: "Y vosotros ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque dijo Dios: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre sea castigado con la muerte.

Pero vosotros decís: El que diga a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda es ofrenda, ése no tendrá que honrar a su padre y a su madre. Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. ¡Hipócritas!" (Mt 15,1-8). En cuanto al precepto de lavarse las manos antes de comer, dice Jesús, "no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale del corazón" (15,11.18).

3.    Ahora bien, el Evangelio no defiende un paternalismo enfermizo, que sofoca la vida y el crecimiento del hijo, y le impide conquistar poco a poco su mayoría de edad, su libertad e independencia. Cuando Jesús, a los doce años, se desmarca de sus padres para aparecer al cabo de tres días en el templo, sentado entre los doctores, su madre le dice: "¿Por qué nos has hecho esto?”, “tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). Jesús les da una respuesta que ellos no comprenden: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre?" (2,49). Es el despertar de una vocación.
4.    En la historia de la Iglesia se ha utilizado el cuarto mandamiento para apuntalar la sociedad patriarcal y la autoridad, aplicándolo a los superiores y a los maestros, a los señores y a los gobernantes, a los patronos y a los amos. En un catecismo alemán de 1897 se dice de los criados: “Deben considerar a sus señores como superiores y obedecerlos en todo cuanto les ordenen. Y deben hacerlo no por obligación, sino por el convencimiento de que así están cumpliendo la función para la que han nacido, la cual resultará más llevadera si se considera que es más fácil obedecer que mandar y que no son ellos, sino los señores los responsables de sus órdenes”.
5.    Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (1992): “El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres", “se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los abuelos y antepasados. Finalmente, se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a la patria, a los que la administran o la gobiernan” (n.  2199).
6.    El Catecismo elude la tensión que el Evangelio introduce en la familia y en la sociedad (Mt 10, 34-36) y no parece valorar la novedad que entraña la comunidad de discípulos, aunque dice: "Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada", "la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús" (n. 2232), "pertenecer a la familia de Dios" (n. 2233).
7.    Jesús pone la comunidad de discípulos por encima de la familia. Un día llegan su madre y sus hermanos. Le dicen: Tu madre y tus hermanas están fuera y te buscan. Jesús responde: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3,33-35). En otra ocasión, mientras Jesús enseñaba, levantó la voz una mujer y dijo: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él replicó: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 27-28). El Evangelio introduce una tensión y, al propio tiempo, entraña una novedad. Por tanto, no sólo honrarás a tu padre y a tu madre, sino que los que escuchan la palabra de Dios serán tu familia.
8.    En la misión de Jesús, María casi desaparece. Mateo y Lucas suavizan las tensiones entre madre e hijo y, también, con la familia. Al fin y al cabo, perciben que María ha acogido la palabra desde el principio. Marcos es más crítico. Dice que los parientes le van a buscar porque piensan que está “fuera de sí” (Mc 3,21). Añade Juan: "Ni siquiera sus hermanos creían en él" (Jn 7,5). La familia no entiende la misión de Jesús, incluso está cerca de los escribas que dicen: “Está endemoniado” (Mc 3,22). 
9.    La llamada de Jesús sitúa al discípulo ante opciones radicales: por encima de los bienes, por encima de la familia, por encima de uno mismo. La conversión al Evangelio supone una lucha permanente y un continuo ejercicio de libertad: "Si alguno viene junto a mí y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,26; ver Mt 10,37). Dice Pablo a los romanos: “No os ajustéis al esquema de este mundo” (Rm 12, 2).
10.    Jesús es causa de disensión: "No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él" (Mt 10, 34-36). El discípulo de Jesús deja al propio padre (Mc 1, 20), lo deja todo, pero recibe el ciento por uno: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones (Mc 10, 30). Jesús dice a sus discípulos: "Uno solo es nuestro padre",  “todos vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8-9).
11.    Ante la cruz de Jesús, los conocidos (en general) a distancia se quedan (Lc 23,49; ver Sal 38,12 y 31,12). María aparece con el discípulo amado al pie de la cruz (Jn 19,25-26). No aparece en ninguna experiencia de resurrección. Quizá el dolor de la muerte de Jesús le dificulta ver las señales de la resurrección. María está al pie de la cruz con su dolor de madre, tan único (Lam 1,12; Lc 2,35). Jesús invita a María a vivir otra maternidad en la comunidad del discípulo amado, a ser madre de otra forma, en una relación nueva que no es biológica: "Ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26). La madre de Jesús y sus hermanos aparecen en oración con los discípulos (Hch 1,14).
    * Diálogo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?