53. EL FUTURO, CON ESPERANZA. Desde la experiencia de fe

Creado en Miércoles, 14 Noviembre 2012 Última actualización en Jueves, 22 Junio 2017
53. EL FUTURO, CON ESPERANZA
Desde la experiencia de fe

 

1. La palabra de Dios ilumina no sólo el pasado, sino también el futuro. Dios es "el primero y el último" (Is 44,6). Desde la experiencia de fe vivimos el pasado como don de Dios y el futuro con esperanza. Esto no es fruto de una especulación ni de una filosofía. En realidad, "ni el ojo vio ni el oído oyó...lo que Dios prepara para los que le aman" (1 Co 2,9), "el que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Co 5,17), en el encuentro con Cristo el mundo y el hombre encuentran su consistencia y esperanza (Col 1,17; Hch 4,12).

2. Ahora bien, los llamados "novísimos" son viejísimos. En realidad, son una mala noticia, meten el miedo en el cuerpo de la gente: "muerte, juicio, infierno y gloria, tenlo siempre en la memoria" y, además, el purgatorio, que se ha presentado de mala manera como un infierno en pequeño. A veces, cuando alguien muere, se llega a formular un deseo: "que en gloria esté", pero no se va más allá. No solamente no se anuncia la resurrección ya, lo que supone un fraude evangélico, sino que además se cobra por ello: misas y más misas. 

3. Esta vieja tradición la recoge Joseph Ratzinger en su Escatología (2007), que ya publicó en 1977 y que considera plenamente actual. El Papa muestra su inquietud, centrada "en el sentido de la enseñanza de Jesús" (p. 16) sobre nuestra vida más allá de la muerte. Sin embargo, ¿es esto así? ¿O, más bien, siguiendo la vieja tradición farisea y eclesiástica, la escatología papal presenta el síndrome de Marta (Jn 11,24), es decir, deja la resurrección para el último día de la historia, cuando Jesús la anuncia en el último día de la vida?

4. Ratzinger comenzó a enseñar Escatología en 1957: “Me atreví a empezar con las tesis -raras todavía por aquel entonces- que han acabado imponiéndose en el campo católico. Cuanto más me ocupaba de las cuestiones, cuanto más penetraba en las fuentes, ....con tanta más claridad se veía la lógica interna de la tradición eclesiástica”. Veinte años después, en 1977, el ilustre teólogo se sitúa así: “Hoy estoy enfrentado a la opinión general, pero en el sentido inverso a como lo estaba con mis primeros intentos" (p.19). 

5. Durante siglos, dice el Papa, la Escatología "ha ocupado el último lugar de los tratados teológicos", "ha estado durmiendo el sueño de los justos". Últimamente, "como consecuencia de la crisis histórica de nuestra época, ha pasado a ocupar el centro del pensamiento teológico". El teólogo suizo Urs von Balthasar calificó este cambio como "frente meteorológico" en la teología de nuestra época (Escatología, p.24). 

6. ¿Cómo se produjo este cambio? Se fue descubriendo que el mensaje de Jesús es escatológico (del griego "ésjaton", que significa "fin"). Jesús anuncia con autoridad el fin de este mundo que pasa y la irrupción del reino de Dios. Durante siglos, la escatología quedó desplazada al final de la historia, cuando es una dimensión del tiempo presente. Esta generación, dice Jesús, se parece a la de Noé (Mt 24,37-39) y a la de Lot (Lc 17,28-29): vive de espaldas a su propio fin. Las palabras de Jesús valen para cada generación. El fin es personal e intransferible: "Entonces estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado" (Mt 24,40). Jesús libera del "miedo a la muerte" (Hb 2,15), anunciando la resurrección en el último día de la vida. 

7. Para Ratzinger ese cambio no es algo positivo, es "consecuencia de la crisis histórica de nuestra época", una borrasca, que se une a la creciente crisis de la civilización europea: “Esta repentina atención que se presta a los tonos y subtonos del Nuevo Testamento va unida a la creciente crisis de la civilización europea. La nueva postura se relaciona con la conciencia de hundimiento que acosa cada vez más a los espíritus desde finales del siglo XIX como pudiera hacerlo el presentimiento de un terremoto inminente de proporciones mundiales. Esta conciencia de hundimiento recibió una primera confirmación trágica con la primera guerra mundial y fue agotando y horadando poco a poco la teología liberal que hasta entonces dominaba”, “entonces la teología se pasó al existencialismo”, después vino "una corriente más fuerte y de un realismo mucho mayor: el marxismo” (pp.25-26). En realidad, lo que el Papa llama (con retintín) repentina atención a los tonos y subtonos del Nuevo Testamento es fruto de la inspiración conciliar que vuelve a las fuentes y que es especialmente necesaria en tiempos de crisis. Sin un adecuado conocimiento de la Biblia, cualquier teólogo desentona. 

8. En el prefacio de la nueva edición, dice el Papa: "La crisis relacionada con la tradición, que se hizo virulenta en la Iglesia católica a continuación del Vaticano II, llevó a que, a partir de entonces, se quisiese construir la fe estrictamente a partir de la misma Biblia y fuera de la tradición”, “se explicaba entonces que la resurrección tenía lugar en la muerte” y “en muchos lugares, la acción litúrgica de petición por un difunto pasó a llamarse celebración de la resurrección" (pp. 14-15).

9. Hoy, dice el Papa, la escatología se podría escribir enteramente como discusión “con la teología del futuro, de la esperanza de la liberación”, “no se habla del cielo ni del infierno, del purgatorio ni del juicio, de la muerte ni de la inmortalidad del alma”, se dice que “en el cristianismo oficial el mensaje escatológico se ha corrompido profundamente”, “la historia de la escatología es una historia de apostasía”, se ha pasado “de una práctica de la esperanza a una doctrina de las postrimerías”, “hace mucho que se llama la atención sobre el contraste existente entre el Maranatha de los comienzos cristianos y el Dies irae de la Edad Media” (pp. 27-28). 

10. La generalización que Ratzinger hace de la escatología posconciliar no es justa. En realidad, se necesitaba una profunda revisión, volviendo a las fuentes. Por lo demás, el contraste es evidente. En la oración de los primeros cristianos, Maranatha (Ap 22,17), aparece el deseo de que Cristo venga. En el "Dies irae" medieval domina el miedo al juicio. El miedo al juicio es un rasgo de la religiosidad medieval y preconciliar. Quien cree en Jesús no tiene miedo al juicio. "El que cree en él, no es juzgado" (Jn 3,18). Además, el futuro no llega por sí solo, hemos de prepararlo con nuestras manos. La esperanza en Dios no elimina nuestra acción por un mundo más justo y más humano. La palabra de Dios abre en la historia un camino de liberación.

11. ¿Cómo estaban las cosas antes del Concilio? El teólogo protestante Oscar Cullmann (1902-1999) escribía en 1962: “Si hoy le preguntamos a un cristiano corriente, sea protestante o católico, intelectual o no, qué dice el Nuevo Testamento sobre la suerte individual del hombre tras la muerte, con pocas excepciones la respuesta será: La inmortalidad del alma. En esta forma, esta opinión representa uno de los mayores equívocos del cristianismo”. 

12. “La idea de que pensar eso, dice Ratzinger, ha sido una equivocación se ha introducido con una rapidez sorprendente hasta en las comunidades creyentes, sin que en su lugar se haya dado una nueva respuesta concreta”, “la idea de que no es bíblico hablar del alma se impuso de tal manera que hasta el nuevo Misal Romano de 1970 suprimió en la liturgia exequial el término alma, desapareciendo igualmente del ritual de sepultura” (pp.124-125).

13. “La crisis, dice el Papa, se puso abiertamente de manifiesto a partir del concilio Vaticano II, en el que, bajo la impresión de una innovación total, la continuidad de la tradición que había regido hasta ese momento terminó convirtiéndose en el ámbito abandonado de lo preconciliar. Se suscitó así la impresión de que había que esbozar de nuevo el cristianismo en todos los campos. De ese modo las preguntas pendientes que también había en el campo de la escatología adquirieron el ímpetu de las fuerzas de los elementos, que casi sin esfuerzo alguno sacaron de en medio el conjunto estructurado de la tradición”, “incluso el misal de Pablo VI sólo se atreve tímidamente aquí y allá a hablar sobre el alma, mientras que elude lo más posible articular la idea”, “un factor que tuvo profunda repercusión fue seguramente la amplia capitulación de los encargados de la reforma litúrgica ante la nueva terminología” (pp.288-289).

14. ¿Qué decir de esto? En primer lugar, las ruinas eclesiales estaban ahí, desde hace siglos. En segundo lugar, vino la sacudida del terremoto, la crisis que el Concilio detectó claramente, los "cambios profundos y acelerados" del mundo contemporáneo (GS 4). Afortunadamente, en esa situación, vino el Concilio: "hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan" (Jn 1,6). Además, había que responder a la caída de las viejas síntesis de fe, lo que era un hecho evidente. Y se han dado nuevas respuestas, nuevas síntesis, que -sin duda- el Papa debe conocer. 

15. "La idea de que la resurrección ocurre en el momento de la muerte, dice Ratzinger,  se ha impuesto hasta tal punto que se recoge también en el Nuevo catecismo para adultos (Catecismo holandés)”, “tales ideas han acabado por imponerse casi completamente a todo lo ancho de la conciencia teológica” (p.128), pero este consenso está “lleno de grietas y fallas lógicas” (p.131). Sin embargo, ¿no es la lógica del Papa, la lógica (tomista) de la tradición eclesiástica, la que se hunde sin remedio?, ¿no se está desplomando con estruendo?, ¿no pertenece esa tradición al mundo que pasa y es juzgado por la irrupción del reino de Dios?, ¿no debe ser juzgada esa tradición a la luz del Evangelio?

16. Con su Escatología (1977) Ratzinger se reconoce "enfrentado a la opinión general", que vuelve a las fuentes y que sitúa la resurrección en el último día de la vida. Ahora, como Papa, seguramente ya no es así. Para muchos su posición, que deja la resurrección para el último día de la historia, supone una piedra de tropiezo, un escándalo, en el anuncio de la buena noticia del Evangelio: "los muertos resucitan", "son como ángeles", Dios "no es un Dios de muertos, sino de vivos", "para él todos viven" (Mc 12,24-27). 

17. Algunos aspectos positivos. El Papa asume la visión dinámica del mundo propia de Teilhard de Chardín, distingue entre lo esencial y lo caduco, lo que pasa y lo que permanece a través de los diversos cambios, incluso a través de la muerte. Además, rechaza decididamente "toda interpretación naturalista" de la resurrección; por tanto, para él la resurrección no es la reanimación del cadáver. Al propio tiempo, reclama el realismo de la misma. 

18. Sin embargo, el Papa cree demasiado en las posibilidades de la filosofía, y de una filosofía "esclava de la teología"; en esto se manifiesta tomista y medieval. Asume sin discernimiento el síndrome de Marta, a pesar de las palabras correctoras de Jesús. En el fondo, parece ignorar la novedad del Evangelio. Queda lastrado por la doctrina de la vieja tradición farisea y eclesiástica. Lo decimos una y otra vez. Tanto entonces como ahora, está muy difundido el síndrome de Marta: "Sé que resucitará el último día" (Jn 11,24), al final de la historia. Marta sabe lo que le han enseñado, la doctrina farisea, que (está claro) no le consuela gran cosa. Pero Jesús le anuncia, en presente, la novedad del Evangelio: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (11,25-26). También para nosotros es la siguiente pregunta: "¿Crees esto?".

19. El Papa pasa por alto un pasaje del evangelio tan significativo como éste: “En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios y los que la oigan vivirán”, “no os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida y los que hayan hecho el mal para una resurrección de juicio” (Jn 5,25.28-29). En este contexto, si ha llegado la hora (ya estamos en ella), el "último día" (6,54) es el último día de la vida, no el último día de la historia. 

20. Ciertamente, dice Jesús, "no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed, más bien, al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna" (Mt 10,28). Sin embargo, para Jesús no hay situación intermedia entre la muerte y la resurrección. Por lo demás, es “santo y piadoso” rezar por los muertos (2 Mc 12,45), Jesús ora ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,42), pero anuncia la resurrección ya, en presente, y denuncia a quienes "devoran la hacienda de las viudas con pretexto de largas oraciones" (Lc 20,47). 

21. En la parábola de Lázaro (Lc 16,19-29), Jesús habla de una situación definitiva: “el seno de Abraham”, “el infierno”. Más aún, el rico y Lázaro están representados en estado corporal, cosa difícil de concebir antes de la resurrección. En el diálogo de Jesús con el buen ladrón, no hay tampoco situación intermedia. Nada del último día de la historia (no hay plazo más largo), ¡hoy mismo!: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). Y Esteban dice al morir: “Veo los cielos abiertos y al hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios” (Hch 7,56). Está viendo la gloria de Dios, ¿qué más se puede pedir?

22. El "texto más difícil", dice Ratzinger, es éste: "Porque sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios, una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos..." (2 Co 5,1-10). “Ninguna de las muchas exégesis del texto, dice el Papa, satisface plenamente” (p.146). En realidad, el texto es muy sencillo. Lo que es muy difícil es darle la vuelta, hacerle decir lo que no dice. Se canta en la liturgia: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Y se ora así por quien acaba de morir: “Concédele que, así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él la gloria de la resurrección” (Plegaria Eucarística II). Según el Concilio Vaticano II, “el rito de las Exequias debe expresar más claramente el sentido pascual de la muerte cristiana” (SC 81). La muerte es un paso, sólo un paso, "de este mundo al Padre" (Jn 13,1). ¿Cómo resucitan los muertos? Lo dice San Pablo: "Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual" (1 Co 15,44).

23. En caso de discrepancia entre la Escritura y la tradición, el Papa se queda con la tradición. Defiende la tradición por encima de la Escritura, a pesar de lo que dice Jesús: "No puede fallar la Escritura" (Jn 10,35). No expresa claramente "el sentido pascual de la muerte cristiana", como pide el Concilio. No parece valorar la inspiración conciliar, que vuelve a las fuentes y que es necesaria precisamente en medio de la crisis que afecta a la Iglesia católica. Por eso, la escatología papal nos parece un retorno más, un retorno preconciliar de la presente odisea eclesial. Revela profunda nostalgia de un mundo que pasó definitivamente. 

24. Es preciso decirlo claramente. Si realmente queremos avanzar por el camino de la renovación y de la unidad, dos grandes objetivos del Concilio, cada confesión cristiana debe revisar la propia tradición a la luz del Evangelio. Nosotros también, "el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio" (DV 10). Obviamente, para realizar al máximo nivel una revisión semejante, estaría indicado un nuevo concilio. Es justo y necesario.

* Diálogo:

- Desde la experiencia de fe vivimos el futuro con esperanza

- Los llamados "novísimos" son viejísimos, una mala noticia

- La tradición farisea y eclesiástica coinciden

- Jesús anuncia la resurrección ya, en el momento de la muerte, y denuncia a quienes devoran los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones

- Es preciso revisar la tradición a la luz de la Escritura