55. NUEVO NACIMIENTO. Del agua y del viento

Creado en Jueves, 20 Diciembre 2012 Última actualización en Jueves, 23 Marzo 2017

 

 

55. NUEVO NACIMIENTO
Del agua y del viento

vuelo
1. En el marco social y religioso en el que vive Jesús de nada sirve decir: "Tenemos por padre a Abraham". En nuestra sociedad bautizada, pero insuficientemente evangelizada, tampoco sirve decir: "Somos católicos de toda la vida". Es preciso llegar a vivir lo que significa el bautismo. Hay que nacer de nuevo (Jn 3), dice Jesús a Nicodemo. En la catequesis de los primeros siglos, el bautismo supone un cambio radical, un paso de la sed al agua de la vida (Jn 4), de la ceguera a la luz (Jn 9), de la muerte a la vida (Jn 11). "Bautizarse no es tomar un baño, la eucaristía no es hartar el cuerpo. El bautizado se lava ya en un mundo nuevo, y es en un mundo nuevo donde come la comunidad" (NCA).
2. Nicodemo, magistrado judío, ocupa un puesto importante en el gobierno. Va donde Jesús de noche y le dice: "Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él". El magistrado aprecia las señales, pero pertenece a un mundo distinto, desde donde no se entiende lo que dice Jesús: "El que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios". Se requiere un cambio radical, un nuevo nacimiento. El magistrado pregunta: "¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?". Responde Jesús: "El que no nazca del agua y el espíritu no puede entrar en el reino de Dios". Es preciso nacer del agua, que simboliza la conversión anunciada por Juan (Jn 1,31) y es preciso nacer del viento, nacer del espíritu: "El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del espíritu" (3, 3-8).
3. Nicodemo es maestro en Israel, pero no lo entiende. Es el hombre de la ley. Atado a un código que excluye toda novedad, se cierra a la acción de Dios. Como fariseo, piensa que Dios ha terminado su obra, que el hombre está en su estado definitivo, que no hay ningún umbral que atravesar. Jesús dice otra cosa: la creación no ha terminado, Dios sigue trabajando (Jn 5,17), el hombre ha de nacer de nuevo. El diálogo refleja una tensión entre la sinagoga y la comunidad de discípulos: "Nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio".
4. En la Biblia espíritu significa el aliento de Dios (Gn 2,7), la realidad de Dios (Jn 4,24), sus dones (Is 11,2), el don del espíritu: "Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi espíritu sobre toda carne" (Jl 3,1). El espíritu de Dios aparece de muchas maneras en la vida de Jesús: en su concepción (Lc 1,35), en su bautismo (3,21-22), en el desierto (4,1), en su misión (4,14-22), en su oración (10,21), en la última cena (Jn 14,16-17), en su resurrección (20,22), en la primera comunidad cristiana (Hch 2). En la última cena, Jesús anuncia el don del espíritu: "Yo rogaré al padre y os dará otro defensor, para que esté con vosotros para siempre, el espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi padre y vosotros en mí y yo en vosotros" (Jn 14,16-20; ver14,23-26; 15, 26-27; 16,7-15).
5. El bautismo de Juan prepara el camino de aquel que bautizará con agua y con espíritu (Jn 3,5), con espíritu santo y fuego: "En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga" (Mt 3,11-12). Juan se dirige a todos: pecadores, paganos, fariseos, saduceos (Mt 3,7-10;Lc 3,12-14). No exige prácticas ascéticas especiales. Denuncia la falsa ilusión de tener por padre a Abraham sin practicar la justicia (Mt 3,8). Invita a compartir: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo" (Lc 3,10-14). Juan anuncia un "bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Mc 1,4). Da testimonio del Cristo, que significa Ungido: "Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con espíritu santo. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el elegido de Dios" (Jn 1,33-34).
6. En el momento en que Juan es arrestado, Jesús comienza a predicar en Galilea, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles: "Convertios, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 4,17; ver Is 52,7). Jesús anuncia la acción de Dios y llama a la conversión. Ahora bien, su mensaje incide en un mundo donde reina la experiencia contraria. El mundo prescinde de Dios y no cree posible la conversión. El Evangelio irrumpe en una tierra encadenada, oscurecida, necesitada de liberación: "El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz" (Mt 4,16), "el espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos" (Lc 4,18). El Evangelio trae las señales esperadas: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la buena nueva" (7,22).
7. Con su llamada a la conversión, Jesús nos pone delante del Dios vivo: No sólo no tendrás otros dioses (Dt 5,7), sino que buscarás por encima de todo el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33). No sólo no jurarás en falso (Dt 5,11), sino que no jurarás en modo alguno (Mt 5,33-34). No sólo santificarás el sábado (Dt 5,12-15), sino que el sábado se hizo para el hombre (Mc 2,27) y serás alimentado con el pan de vida (Jn 6,35-51). No sólo honrarás a tu padre y tu madre (Dt 5,16), sino que aquellos que escuchan la Palabra de Dios serán tu familia (Mc 3,31-35). No sólo no matarás (Dt 5,17), sino que amarás a tu enemigo (Mt 5,43-46). No sólo no cometerás adulterio (Dt 5,18), sino que serás fiel con todo el corazón (Mt 5,27-30). No sólo no robarás (Dt 5,19), sino que compartirás tus bienes (Lc 19,8-10). No sólo no darás falso testimonio contra tu prójimo (Dt 5,20), sino que disculparás, perdonarás (Mt 18,21-22). Del amor a Dios y del amor al prójimo penden toda la Ley y los profetas (Mt 22,40).
8. El bautismo de Jesús, modelo de todo bautismo, se realiza en el espíritu de Dios. Bautizado por Juan en el Jordán, se abren los cielos, desciende el espíritu, se escucha una palabra que dice: "Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,16-17). El espíritu de Dios viene sobre Jesús y reposa sobre él (Is 11,2;Mt 3,16). Con la querencia de una paloma sobre el nido donde están los polluelos. Como el espíritu de Dios revolotea sobre las aguas primordiales (Gn 1, 2), ahora el espíritu de Dios crea un hombre nuevo y un mundo nuevo. En cierto modo, para Jesús es un nuevo nacimiento. Se cumple el salmo 2: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy".
9. Se cumple también el canto primero del siervo (Is 42): "He aquí mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido a quien prefiero". Dios mismo presenta a su siervo. El siervo tiene el espíritu de Dios y una misión que cumplir: "He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho y su instrucción atenderán las islas". La misión del siervo no tiene fronteras, da a conocer la voluntad de Dios, hace justicia. No se impone por la fuerza ni avasalla, pero tampoco se calla ni desmaya. El siervo es obra de Dios, responde a su llamada, cumple un destino recibido de Dios: "Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas". En los Hechos de los Apóstoles se dice que "en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilatos... contra tu santo siervo Jesús" (Hch 4,27).
10. El segundo canto del siervo (Is 49) es semejante: "¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! El Señor desde el seno materno me llamó, desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre. Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; me hizo como saeta aguda, en su carcaj me guardó. Me dijo: Tú eres mi siervo (Israel) de quien estoy orgulloso. Pues yo decía: Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que el Señor se ocupa de mi causa y mi Dios de mi trabajo? Mas yo era glorificado a los ojos del Señor, mi Dios era mi fuerza". La llamada del Señor arraiga en las raíces de la propia existencia. La boca del siervo, que proclama la palabra de Dios, es espada afilada y saeta aguda, un arma para cerca y un arma para lejos, un arma que utiliza el Señor en el momento oportuno. Por un tiempo, la espada está escondida en la sombra de su mano y la saeta guardada en su aljaba. Pero no es tiempo perdido ni el trabajo es inútil. El fracaso del siervo es sólo aparente. La misión permanece y alcanza los confines de la tierra: "Poco es que seas mi siervo en orden a reunir las tribus de Jacob, y de hacer volver a los rescatados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra". No se trata sólo de reunir a las tribus de Jacob, de superar cismas y destierros (ahora, la división de las Iglesias). No, lo que Dios prepara en el escenario de la historia es un acontecimiento universal, visible para todas las naciones.
11. El don del espíritu es una realidad que brota a raudales de la pascua de Cristo. Lo proclama Pedro el día de Pentecostés: "A Jesús Nazareno, hombre a quien Dios acreditó entre vosotros con milagros, prodigios y señales...A este Jesús Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del padre el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" (Hch 2,22-33). En la Iglesia se repiten las señales de Jesús: los cojos andan (Hch 3,1-10), los muertos resucitan (9,40;20,10), se dan cambios radicales (10,44-48), la palabra de Dios es anunciada con valentía (4,13), se comparten los bienes (2,44;4,32), las amenazas y persecuciones son afrontadas con paz y alegría (5,41), el espíritu produce sus frutos (1 Co 12,8-10), se confiesa que Jesús es el Señor (1 Co 12,5). Se cumple el salmo 110: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies".
12. Los Hechos de los Apóstoles muestran el lugar central que ocupa el bautismo en la primera comunidad cristiana. Quienes acogen el Evangelio, reciben el bautismo. Las palabras de Pedro les llegan al corazón y preguntan: ¿Qué tenemos que hacer? Pedro les dice: "Convertios y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del espíritu santo" (Hch 2, 38). Las primeras comunidades bautizan "en el nombre de Jesucristo" (Hch 2,38), "en Cristo" (Gal 3,27;Rm 6,3), "en el nombre del Señor Jesús" (Hch 19,5) o bien en "espíritu santo" (19,3).
13. Pablo lo sabe por experiencia. Quien se encuentra con Cristo es como si volviera a nacer, un "hombre nuevo" (2 Co 5,17). La profundidad de esa relación la expresa así: "¡Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi!" (Ga 2,20). El reconocimiento de Cristo saca a Pablo fuera de sí, derriba sus viejos centros de interés, invierte su jerarquía de valores, cambia los cimientos de su mundo: "Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía – la de la ley – sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe" (Flp 3,7-9).
14. Tal y como nos llega, la celebración del bautismo presenta una acumulación de ritos, recogidos en la tradición. Si vamos a las fuentes, nos encontramos con una simplificación. Todo es más sencillo. Veamos el pasaje del eunuco etíope, ministro del tesoro, que vuelve de Jerusalén, de una peregrinación, sentado en su carro, leyendo un pasaje del profeta Isaías, el tercer canto del siervo (Hch 8,27-28). El contexto es este: "Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la buena nueva de la palabra" (8,4). La persecución cae especialmente sobre el sector griego de la comunidad de Jerusalén, que hacían (como Jesús) la denuncia del templo.
15. El ángel del Señor, mensajero de Dios, le dijo a Felipe: Levántate y marcha hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza. Se levantó y partió. El espíritu le dice a Felipe: Acércate y ponte junto a ese carro. Felipe corre hasta él y oye leer al profeta Isaías. Le dice al etíope: ¿Entiendes lo que vas leyendo?. Responde el etíope: ¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?. El pasaje era éste: "Fue llevado como oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca. En su humillación le fue negada la justicia; ¿quién podrá contar su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra" (Is 53,7-8).
16. El etíope pregunta a Felipe: ¿De quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo o de otro? (Hch 8,34). Felipe entonces, partiendo de este texto de la Escritura, le anuncia la buena nueva de Jesús, crucificado precisamente en ese lugar de donde vuelve el peregrino, un matadero. Siguiendo el camino, llegaron a un sitio donde había agua. El etíope le dice: Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Y mandó detener el carro. Bajaron juntos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Y, en saliendo del agua, el espíritu del Señor arrebató a Felipe, y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino.
17. El bautismo cristiano es un baño en el espíritu: "Juan bautizó con agua, vosotros seréis bautizados en espíritu santo" (Hch 1,5). El espíritu es don de Dios, comunicación de Dios que se da a sí mismo. Todo lo que acontece desde Dios, acontece en el espíritu. El espíritu es don de Dios que se da a quien es bautizado (Hch 2,38;Rm 5,5), es signo de la presencia de Cristo en el creyente. Lo dijo Jesús: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado" (Jn 7,37-39). El espíritu es el caudal que derrama Jesús en quienes creen en El: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos" (Ef 4,5-6;ver 1 Co 6,11).
18. El Símbolo de la fe lo formula así: "Creo en espíritu santo". En el texto original griego aparece con minúscula y sin artículo. Por el don del espíritu el Señor resucitado sigue presente entre nosotros, lo mismo que el padre: "Si alguno me ama, dice Jesús, guardará mi palabra, y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23).
19. El bautismo supone purificación (1 Co 6,11;Ef 5,25-26), baño (Jn 9,7),  nuevo nacimiento (Jn 3,3-5;Gal 4,29), regeneración (Tt 3,5-8), iluminación (Ef 5,8-14). Dice San Pedro: "Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación" (1 P 2,2). El bautismo supone crecimiento y, también, una conducta ejemplar (2,12), una vida nueva (Rm 6,4). En el bautismo queda anulada la pretensión original del hombre pecador: ser como Dios, prescindiendo de Dios (Gn 3, 5).
20. En los primeros siglos, “el bautismo de adultos es la práctica más común”, “el catecumenado (preparación para el bautismo) ocupa entonces un lugar importante” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1247). Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado prepara para recibir el don de Dios en el bautismo. En la tradición catecumenal, las entregas del Símbolo de la fe y del Padrenuestro son elementos importantes en la celebración del bautismo. La Iglesia entrega a quienes se bautizan el compendio de su fe y de su oración. El bautismo es el signo eficaz de que se ha recibido la fe y la vida nueva que entraña: "por medio de Cristo tenemos acceso al padre en un mismo espíritu" (Ef 2,18). O lo que es lo mismo, ponemos nuestra confianza en Dios, porque somos hijos. La prueba de ello es que "Dios ha enviado a nuestros corazones el espíritu de su hijo que clama: abba, padre" (Ga 4, 6).
21. En las circunstancias actuales la maduración en la fe de los bautizados requiere una catequesis de inspiración catecumenal. Así lo propuso Pablo VI: “Sin necesidad de descuidar de ninguna manera la formación de los niños, se viene observando que las condiciones actuales hacen cada día más urgente  la enseñanza catequética bajo la modalidad de un catecumenado para un gran número de jóvenes y adultos que, tocados por la gracia, descubren poco a poco la figura de Cristo y sienten la necesidad de entregarse a él” (EN 44). De hecho, muchos bautizados son “verdaderos catecúmenos” (Juan Pablo II, CT 44).
22. Los niños no son bautizados en una fe personal, sino en la fe de la comunidad cristiana. Después poco a poco han de ir personalizando su fe, si realmente quieren que el bautismo  signifique algo en su propia vida. Por supuesto, se ha de respetar su libertad: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis" (Mt 19, 14), dijo Jesús. En determinados medios, habría que añadir: No se lo impongáis. Los testimonios más antiguos de la práctica del bautismo de niños son del siglo III. El bautismo de niños no debe ser un acto rutinario. Por ello se plantea la cuestión: ¿qué garantías hay de que el niño va a ser educado en la fe?
23. ¿Y los niños que mueren sin bautizar? En el pasado se les aplicó (de mala manera) lo que dice Jesús al adulto Nicodemo: "El que no nazca de agua y de espíritu no puede entrar en el reino de Dios". Hoy día esa aplicación resulta insostenible: "Dios quiere que todos los hombres se salven" (1 Tm 2, 4), los niños no tienen pecados personales, son objeto de la predilección divina (Mt 18,10), son también "hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20, 36).
* Diálogo: ¿Vivimos lo que significa el bautismo?