59. CURAD ENFERMOS. Fuente de salud

Creado en Viernes, 26 Abril 2013 Última actualización en Jueves, 23 Marzo 2017
59. CURAD ENFERMOS
Fuente de salud
 
biblia-dedo11. La palabra de Dios es fuente de vida: "en ella estaba la vida" (Jn 1,4), es "fuente de aguas vivas" (Ap 7,17), fuente de salud, palabra que cura. Anunciando la palabra, Jesús cura al paralítico (Mc 2,1-12). El enseña y cura (Mt 4,23). Las curaciones ordinarias o extraordinarias que Jesús realiza son señales del reino de Dios (Mt 11,5). Los discípulos son enviados a hacer lo mismo: "Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios" (Mt 10,7-8). Ahora bien, en una sociedad que reclama para sí la atención y el cuidado de los enfermos surgen interrogantes: ¿Qué relación se da entre Evangelio y salud?, ¿qué entendemos por salud?, ¿qué relación se da entre palabra de Dios y curación?, ¿cómo entendemos la palabra de Jesús que dice: Curad enfermos?, ¿cómo afrontamos la enfermedad?
2. La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia, según la Organización Mundial de la Salud. En la cultura occidental, la salud consiste fundamentalmente en "estar bien" (buen funcionamiento del cuerpo, vigor, prestancia, exuberancia, rendimiento) y también en "sentirse bien". Sin embargo, vivimos en una "sociedad medicalizada", que nos lleva a buscar en la medicación la solución de todos los problemas. Al propio tiempo, existe una "corriente humanizadora", que incorpora la noción de salud a todas las dimensiones de la persona. Entonces hablamos de salud física, psíquica, mental, social, relacional, moral, espiritual.
3. En otros tiempos, al hablar de la acción de la Iglesia en el campo de la salud y de la enfermedad, se hacía una distinción neta entre la actividad asistencial y la actividad religiosa. La primera era desarrollada por médicos y agentes sanitarios. La segunda era fundamentalmente de tipo sacramental. En cierto modo, el rito de la unción se yuxtaponía a la acción de curar. Sin embargo, la salud que ofrece el Evangelio no se reduce a un rito, afecta a todas las dimensiones de la persona. Jesús actúa allí donde la vida aparece amenazada, disminuida e, incluso, malograda. Viene "para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Veamos.
4. En primer lugar, la enfermedad hay que afrontarla médicamente. Es de sentido común: "Vete al médico, pues de él has menester" (Eclo 38,12). La enfermedad es un mal, es malo estar malo; por eso, Jesús pasa curando (Hch 10,38). No es necesariamente un castigo de Dios, como piensan los amigos de Job (Jb 5,17-18). Es algo inherente a la condición humana. Nos pone delante nuestra fragilidad: "Los años de nuestra vida son setenta u ochenta, si hay vigor" (Sal 90). Jesús deshace el prejuicio que vincula de forma ineludible enfermedad y pecado (Jn 9,3).
5. Entrar en el mundo del enfermo no es fácil. Es preciso detenerse un poco. Como el levita y el sacerdote, ante el herido encontrado en el camino, podemos dar un rodeo, dirigir la vista hacia otra parte, llevar prisa. Pero podemos hacer lo que el samaritano. Se detiene, descubre lo que realmente necesita, venda sus heridas, echa en ellas aceite y vino, le carga sobre su propia cabalgadura, le lleva a una posada, cuida de él. La parábola del samaritano (Lc 10,29-37) muestra que alguien sin carné religioso puede cumplir realmente el Evangelio.
6. Los datos sobre la enfermedad pertenecen a la privacidad del enfermo. Si él nos lo permite, en el diálogo todo puede aparecer: primeros síntomas, análisis, diagnóstico, tratamiento, mejoría experimentada, agravación de su estado, también la preocupación personal, familiar y profesional, la angustia por el futuro. Todo puede situarse en el contexto de oración que acompaña a la lucha contra la enfermedad. La oración envuelve la acción. Lo espiritual acompaña a lo material.
7. La enfermedad es una situación dura y angustiosa. El enfermo palpa la fragilidad de su ser, que hasta ahora creía firme y seguro. La enfermedad amenaza destruir todo lo que se tiene y todo lo que se es. El enfermo es un hombre atacado en lo más hondo de su ser. No es fácil ponerse en su lugar. La enfermedad puede provocar reacciones diversas: ¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Por qué esta enfermedad? ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? En medio del desconcierto, puede surgir la rebeldía frente a Dios, la reacción que cuestiona el sentido de la vida (Job 3,11). Las reacciones del enfermo son un desahogo. Se requiere una actitud de acogida y comprensión.
8. La enfermedad puede llevar al enfermo a prestarse una atención exclusiva. Su horizonte se estrecha. Le son posibles quizá sólo unos movimientos, unos gestos. Está en una situación de dependencia. Cambia su relación con los demás. Sufre quizá por percibirse como una carga. O por no poder compartir lo que le pasa: "Quien viene a verme habla de cosas fútiles" (Sal 41). La duración de la enfermedad puede originar el espaciamiento de las visitas. Jesús se identifica con el hermano enfermo: "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt 25, 36). En la enfermedad todo queda al descubierto: pueden aparecer viejos problemas de relación, puede darse una reconciliación.
9. La enfermedad provoca en el seno de la familia una crisis, que puede dividirla o unirla más. El enfermo no puede ser bien entendido ni atendido prescindiendo de la familia. Es preciso valorar el papel propio de la familia y promover la ayuda adecuada para que la familia pueda superar la crisis que supone la enfermedad. El poder hablar abiertamente de los problemas y dificultades causadas por la enfermedad aligera el sufrimiento tanto del enfermo como de la familia.
10. El Evangelio ofrece una relación con Dios sana y purificada, una relación de confianza: "en todas las cosas interviene Dios para bien" (Rm 8,28). La experiencia de su presencia es saludable. El enfermo puede preguntarse: ¿Qué dice Dios de mi enfermedad? ¿Qué está haciendo con ella? En realidad, no existen respuestas fáciles. Por ello, es preciso orar. La relación sana con Dios, especialmente ante la enfermedad y la muerte, requiere una purificación constante. Fácilmente proyectamos nuestros temores, deseos, pensamientos. Y no nos relacionamos con El tal cual es (Jb 42,7.13-17). Más vale no saber que aventurar respuestas falsas.
11. En las circunstancias precarias de su tiempo, los discípulos aplican una curación elemental: "ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,13). Se dice en la carta de Santiago: "¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen sobre él, después de ungirlo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará", "la oración ferviente del justo tiene mucho poder" (St 5, 14-16). La oración hecha con fe excluye la magia. Supone una relación viva con el Señor.
12. Como dice el Concilio, "con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda al Señor paciente y glorioso, para que los alivie y los salve" (LG 11; ver SC 73), "el hombre, al enfermar gravemente, necesita de una especial gracia de Dios, para que, dominado por la angustia, no desfallezca su ánimo, y sometido a la prueba, no se debilite su fe" (RU 5). De este modo, el dolor ante la enfermedad y la muerte se vuelve humano, es decir, con paz, con esperanza. Viviéndolo así, el enfermo evangeliza desde su enfermedad.
13. El evangelio de Juan presenta diversas curaciones. Son "señales", es decir, "acciones que significan o simbolizan verdades profundas" (Dodd, 182). La curación del hijo del funcionario real en Caná de Galilea es la segunda señal que realiza Jesús. Un hombre, cuyo hijo está enfermo en Cafarnaúm, se enteró de que Jesús estaba en Galilea. Fue donde él y le rogó que bajase a curar a su hijo. Jesús le dijo: "Si no veis señales y prodigios, no creéis". El hombre insistió: "Señor, baja antes de que se muera mi hijo". Le dijo Jesús: "Vete, que tu hijo vive". Creyó el hombre en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. Ellos contestaron: "Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre". El hombre comprobó que era la hora en que le dijo Jesús: "Tu hijo vive", y creyó él y toda su familia (Jn 4, 46-54).
14. Veamos la curación del paralítico en la piscina de Betesda. Se celebraba "una fiesta de los judíos" y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la Probática (puerta de los rebaños) hay una piscina que se llama en hebreo Betesda, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía "una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua", "el ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera" (Jn 5,1-4). Excavaciones realizadas en la zona han revelado la existencia de una piscina con restos que se interpretan como "los cimientos de unos pórticos que rodeaban la piscina y atravesaban por la mitad, dividiéndola en una piscina superior y otra inferior" (Dodd, 188). Había también otras piscinas más pequeñas vinculadas a un "santuario pagano de curación" (nota BJ). Los cinco pórticos son "un símbolo de los cinco libros de la Ley", los pórticos del templo son "el lugar de la enseñanza oficial de la Ley", que oprime al pueblo (Mateos-Barreto, 267). Con el Evangelio, la palabra de Dios es una piscina con cinco pórticos (los cinco primeros libros de la Biblia) donde muchos enfermos esperan que alguien los meta y quedar curados.
15. Pues bien, "había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: ¿Quieres curarte? Le responde el enfermo: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo. Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y anda. Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y echó a andar. Pero era sábado aquél día. Los judíos le decían al que había sido curado: Es sábado y no te está permitido llevar la camilla. El les respondió: El que me ha curado me ha dicho: Toma tu camilla y anda. Ellos le preguntaron: ¿Quién es ese hombre?. Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido" (5,5-13).
16. Es cuestión de inmersión. En el evangelio de Marcos, superando dificultades, el paralítico es metido por cuatro en aquella casa llena de discípulos, donde Jesús anuncia la palabra. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: "Tus pecados están perdonados". Jesús perdona la culpa que paraliza. Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: "¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?". Les dice Jesús: "¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda? Pues para que sepáis que el hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados, dice al paralítico: A ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". Se levantó y tomando la camilla salió a la vista de todos. Todos asombrados decían: "Jamás vimos cosa parecida" (Mc 2,1-11).
17. Al ciego de nacimiento le dice Jesús que se meta en la piscina de Siloé: "Vete, lávate en la piscina de Siloé, que quiere decir Enviado. El fue, se lavó y volvió ya viendo" (Jn 9). En tiempos de Jesús "el baño de los prosélitos en la piscina de Siloé...no parece haber sido un acontecimiento raro" (J.Jeremías, 332). La tradición viva de la Iglesia encuentra en la piscina un simbolismo bautismal. El bautismo es el "baño de regeneración" (Tt 3,5), realizado en la "santa piscina" (S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis XX, 4). El bautismo por inmersión de los primeros siglos lo expresa claramente. En la cripta de la catedral de Milán está la piscina en la que pudo bautizarse San Agustín (año 387). La piscina es la comunidad donde el hombre es curado de su ceguera original.
18. Volvemos al paralítico de Betesda: "Más tarde, Jesús le encuentra en el templo y le dice: Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor. El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado. Pero Jesús les replicó: Mi padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo. Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque "no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio padre, haciéndose a si mismo igual a Dios" (Jn 5,14-18). Le acusan de que se endiosa. 19. Responde Jesús: "En verdad, en verdad os digo, el hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el hijo. Porque el padre quiere al hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores para que os asombréis"(5,18-20). La relación de Jesús con Dios es la máxima posible: "El padre y yo somos una sola cosa" (10,30), "el padre es más que yo" (14,28). Sin embargo, según el concilio de Nicea (325), "el padre no es mayor que el hijo", se utilizan fórmulas nuevas: "Dios verdadero de Dios verdadero", "consustancial con el padre", se piensa que "las respuestas de la Escritura no eran ya adecuadas" (Brown, 64 y 78). ¿Seguro que no? "No puede fallar la Escritura", dice Jesús (Jn 10,35).
20. Obras aún mayores. ¿Cuáles? La palabra de Dios no sólo crea y cura, también resucita y juzga: "Como el padre resucita a los muertos y les da vida, así también el hijo da la vida a los que quiere. Porque el padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado al hijo", "en verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (5,21-24), "el que cree en él, no es juzgado" (3,18). Esto es olvidado en medio de una vieja tradición que mete el miedo a la muerte y el miedo al juicio.
21. Hay que poner el reloj en hora. La resurrección y el juicio son obras de Dios que Jesús realiza ya en el presente: "En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios y los que la oigan vivirán. Porque, como el padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es el hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal para una resurrección de juicio"(5,25-29). Las señales que Jesús realiza dan testimonio de él, también la Escritura: "Las obras que el padre me ha encomendado llevar a cabo...dan testimonio de mi", "vosotros investigáis las Escrituras, creyendo encontrar en ellas vida eterna, ellas son las que dan testimonio de mi" (5,36-39).

* Diálogo: La palabra de Dios ¿es fuente de salud?.¿Cómo entendemos la palabra de Jesús que dice: Curad enfermos? ¿Cómo afrontamos la enfermedad?
El capítulo 5 de Juan es un test que revela dónde estamos:
- en la fiesta oficial de una religión muerta.
- en el pórtico de la piscina, entre la multitud de enfermos que esperan ser curados.
- con parálisis, sin poder dar un paso; sin tener a nadie que nos meta en la piscina.
- esperando que se ponga en marcha la fuente de la salud.
- en diálogo con Cristo, escuchando su palabra.
- con iniciativa propia, llevando la camilla, dando pasos, caminando.
- metiendo enfermos en la piscina.