60.RESUCITAD MUERTOS. El que cree no es juzgado

Creado en Viernes, 07 Junio 2013 Última actualización en Jueves, 23 Marzo 2017

60.RESUCITAD MUERTOS
El que cree  no es juzgado


san clemente de tahull1. Los llamados "novísimos" son viejísimos. En realidad, son una mala noticia, meten el miedo en el cuerpo de la gente: muerte, juicio, infierno y gloria. Además, el purgatorio se presenta frecuentemente como un infierno en pequeño. Es verdad que, hablando de alguien que ha muerto, se formula este deseo: "que en gloria esté", pero no se va más allá. Se puede uno pasar la vida entera yendo a misa y morir con el miedo a la muerte y el miedo al juicio. Sin embargo, la resurrección ya (¡sin desplazamientos, en el último día de la vida!) es parte de la buena noticia del Evangelio: "Los muertos resucitan" (Mt 11,5). Jesús dice a los doce: "Resucitad muertos" (10,8). La resurrección y el juicio son las "obras aún mayores" (Jn 5,20) que realiza Jesús ya en el presente. Ahora bien, "el que cree en él, no es juzgado" (3,18). Es preciso revisar la tradición a la luz de la Escritura. "No puede fallar la Escritura" (Jn 10,35), dice Jesús.

2. En tiempo de Jesús, encontramos posiciones diversas. Los saduceos “dicen que no hay resurrección, ni ángel ni espíritu, mientras que los fariseos profesan todo eso” (Hch 23,8). Los saduceos son partidarios del pacto con el imperio, piensan que Dios abandona al mundo a su destino y que la resurrección es una novedad sin fundamento. Marta, la hermana de Lázaro, dice lo que le han enseñado y, de hecho, de poco le sirve: "Ya sé que resucitará en la resurrección el último día" (Jn 11,24). Jesús le anuncia la novedad del Evangelio: "Yo soy la resurrección. El que cree en mi, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mi, no morirá jamás ¿crees esto?" (11,25-26). A los saduceos les dice Jesús que los que mueren "son como ángeles", "son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección". Que los muertos resucitan lo indicó ya Moisés en el episodio de la zarza. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob "no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven" (Lc 20,36-38). Tanto entonces como ahora, está muy difundido el error de Marta, el desplazamiento de la resurrección al último día de la historia. Entonces ¿cómo resucitan los muertos? Dice San Pablo: "Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual" (1 Co 15,44). Ver otros aspectos en la catequesis 7, Los muertos resucitan.
3. La palabra de Dios crea y cura, también resucita y juzga. La resurrección y el juicio son obras de Dios, las "obras aún mayores" que Jesús realiza ya en el presente, obras que sólo Dios puede hacer: "Como el padre resucita a los muertos y les da vida, así también el hijo da la vida a los que quiere. Porque el padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado al hijo", "en verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5,21-24), "el que cree en él, no es juzgado" (3,18). Esto es olvidado en medio de una vieja tradición que mete el miedo a la muerte y el miedo al juicio. Hay que poner el reloj en hora. "En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios y los que la oigan vivirán. Porque, como el padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es el hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal para una resurrección de juicio"(5,25-29).
4. Los profetas anuncian el juicio de Dios como "el día de la ira" (Sof 1,18), como "fuego", el fuego de la indignación, que puede ser inminente. "El Señor en fuego viene" (Is 66,15). Es "como fuego de fundidor y como lejía de lavandero", "se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata" (Ml 3,2-3), juzgará a las naciones en el valle de Josafat (Dios juzga, Jl 4,12), "viene el día, abrasador como un horno; todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja", "pero para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3,19-20). Se utilizan las imágenes de Sodoma y Gomorra (Gn 19,24-25), de Tofet, en el valle de la gehena, lugar de placer que se convirtió en lugar de horror: "Y al salir, verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mi; su gusano no muere, su fuego no se apaga" (Is 66,24).
5. Juan el Bautista increpa así a fariseos y saduceos: "Raza de víboras ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?, "ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para conversión, pero aquel que viene detrás de mí...os bautizará con viento y con fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga" (Mt 3,7-12). Jesús utiliza también otras expresiones: perder la vida (Mc 8,35), no ser conocido (Mt 7,23), ser echado a las tinieblas de fuera: allí será el llanto y el rechinar de dientes (22,13)."La Escritura expresa esto con palabras horribles: tinieblas, rechinar de dientes, llanto, fuego. Pero no es necesario entender estas imágenes como una descripción material. Sin embargo, sirven muy bien para expresar el horror de haber perdido la finalidad de la propia existencia" (NCA,460).
6. En el éxodo Dios salva al oprimido y juzga al opresor. El creyente, que vive el Evangelio, no tiene por qué temer el día del Señor como si fuera para él un día de ira, pues "como es él, así somos nosotros en este mundo" (1 Jn 4,17). En la oración de los primeros cristianos, "Maranatha" (Ap 22,20) triunfa el deseo de que Cristo venga. Sin embargo, en el "Dies irae" medieval domina el miedo al juicio. En los salmos los oprimidos aguardan el juicio con esperanza: "Que se conozca entre las gentes" (Sal 79). Un juicio riguroso aguarda a escribas y fariseos (Mt 12,38-42), a las ciudades que no se han convertido (11,20-24), a la generación que no escucha la palabra de Jesús (11,16-19). Las naciones serán juzgadas por la actitud asumida "ante uno de estos mis humildes hermanos" (25,45). "A partir de ahora, dice Jesús a Caifás, veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del poder y venir sobre las nubes del cielo" (26,64). Y a los doce: "Os sentaréis también sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (19,28).
7.. El juicio de Dios no constituye al hombre en inocente o culpable. El juicio de Dios descubre esa situación: "Dios no mandó su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado porque no ha creído en el nombre del hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas" (Jn 3,17-19). En realidad, “es fácil al Señor, el día de la muerte, juzgar a cada uno según su proceder” (Eclo 11,26).
8. Jesús anuncia el fin de este mundo que pasa y la irrupción del reino de Dios, que crea "los cielos nuevos y la tierra nueva" (Is 66,22). Esta generación, dice Jesús, se parece a la de Noé (Mt 24,37-39) y a la de Lot (Lc 17,28-29): vive de espaldas a su propio fin. Las palabras de Jesús valen para cada generación. El fin es personal e intransferible: "Entonces estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado" (Mt 24,40). Por tanto, no tiene sentido preguntar por el cuándo (Mt 24,3) o el dónde del fin: "Donde esté el cuerpo, allí se reunirán los buitres" (Lc 17,37). El fin es una dimensión del mundo presente. Tiene sus señales que podemos discernir, como podemos discernir que el verano está cerca, mirando las ramas tiernas de la higuera (Mt 24,32-33).
9. En medio de las señales que en cada época anuncian al mundo su propio fin (guerra, hambre, peste, muerte), resuena la buena noticia de que, pase lo que pase, nace un mundo nuevo: "Todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento" (24,6-14). Como dice San Pablo: "La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto" (Rm 8,22). Es el último éxodo: "Cuando empiece a suceder todo eso, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación" (Lc 21,28). Al final, no está la nada, está el Señor: "Cuando veáis todo esto, caed en la cuenta de que él esta cerca, a las puertas" (Mt 24,33). No sabemos el día ni la hora (24,36). Lo que importa es una cosa: estar vigilantes (24,42).
10. Jesús libera del miedo a la muerte, anunciando la resurrección en el último día de la vida: "Esta es la voluntad de mi padre: que todo el que vea al hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo le resucite el último día" (Jn 6,40), "el que cree en mi, aunque muera vivirá" (11,26). En efecto, Jesús aniquila el poder de la muerte y libera "a cuantos, por miedo a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2,15). Jesús comparte su misión: Resucitad muertos (Mt 11,5). Es un mandato. Es para hoy. Podemos colaborar con él, "quitar la piedra", escuchar la palabra que dice: "Sal fuera", "desatadlo y dejadle andar" (Jn 11,39-44).
11. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, "resucitaremos en el último día" (n.1016), "al fin del mundo" (n. 1001; LG 48); resucita "un cuerpo espiritual" (n.1017), "cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular... bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en el cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre" (n. 1022). La resurrección de los muertos "precederá al Juicio final. Esta será 'la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz'.... Entonces, Cristo vendrá 'en su gloria acompañado de todos sus ángeles'.... (n. 1038). El infierno es un "estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados" (n. 1033). "Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno" (n. 1035).
12. El dogma de la purificación es definido en los concilios de Lyón (1274) y de Florencia (1439): "Si, verdaderamente penitentes, mueren en el amor de Dios, antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purificadas después de la muerte por las penas del purgatorio. Para que sean aliviadas de estas penas, les son útiles los sufragios de los fieles vivos". Jesús ora ante la tumba de Lázaro (Jn 11,41-42), pero no insiste en la oración por los muertos (2 Mc 12,40-46), más bien denuncia a los escribas, que "devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones" (Lc 20,47). La muerte puede ser una purificación.
* Diálogo: ¿Es preciso revisar la tradición a la luz de la Escritura?