AQUEL DESDICHADO ARTÍCULO. Confesión nacional

Creado en Lunes, 20 Julio 2015 Última actualización en Martes, 21 Julio 2015

AQUEL DESDICHADO ARTÍCULO
Confesión nacional


Amalio Blanco,, entonces decano de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, publicó en El País (16-11-1996) un artículo que llevaba por título El octavo sacramento. Comentaba en él un “desdichado artículo”  publicado ocho años antes, El coche-bomba y el jesuita (ABC, 24-11-1988), “un artículo que fue acogido con inusual alborozo en los despachos, dependencias y medios de comunicación oficiales de El Salvador”.
A Ignacio Martín Baró, jesuita vallisoletano asesinado en la UCA, “su lectura lo llenó de un oscuro estremecimiento. Escribió una amarga y airada réplica que, como era más que previsible, los responsables del mentado periódico no tuvieron a bien publicar. Desde entonces repitió hasta la saciedad que aquel desdichado artículo llevaba impresa la sentencia de muerte de Ignacio Ellacuría, a quien el articulista, que no era otro que J. L. Martín Descalzo, se permitía el lujo de acusar de connivencia terrorista”.

“El dichoso articulito sirvió para que los militares salvadoreños reforzaran la que desde hacía años era una de sus más interesadas convicciones: definitivamente la UCA era un nido de perfidia moral y subversión política”. Lo que quizá no podía imaginar el jesuita vallisoletano es que la sentencia de muerte le alcanzaría también a él. En la foto, recuerdo de Valladolid dedicado a los jesuitas de la UCA Segundo Montes Mozo e Ignacio Martín Baró: “murieron por sus ideales, justicia, libertad y paz en San Salvador, el 16-11-1989”, “recuerdo de su ciudad natal”.
El periodista Txema García en su libro “El Salvador, De la lucha armada a la negociación: la huella vasca” (1993), completa la información: “Ya a finales de 1988, la Fuerza Armada había patrocinado anuncios pagados en los principales medios de comunicación del país, en los cuales se sugería que Ellacuría apoyaba el uso de coches bomba por parte del FMLN y se le calificaba de ‘director intelectual’ de la guerrilla” (p. 153).
Pero los jesuitas de la UCA no ponen bombas, se las ponen. En abril y julio de 1989, “la imprenta de la UCA volvía a sufrir dos nuevos atentados con bombas”. Durante años los edificios de la UCA sufrieron muchos más (ver www.edu.sv/martires/new/caso/pantecedentes.htm). Previamente a los atentados de abril y julio del 89, “el intercambio de cables entre la embajada de Estados Unidos y el Departamento de Estado norteamericano, advirtiendo de la peligrosidad de los análisis críticos de la revista Estudios Centroamericanos (ECA) y de los artículos de Ellacuría, habían aumentado en intensidad” (ib).
Durante los días 11-15 de noviembre, Radio Cuscatlán emite amenazas de muerte con mensajes de este tipo: “Ellacuría es un guerrillero, que le corten la cabeza”. “La última amenaza había partido justo de la emisora gubernamental un día después de iniciada la ofensiva” del FMLN. Ellacuría acababa de volver de Cataluña, donde había recibido el premio Alfonso Comín por su  defensa de los Derechos Humanos y su compromiso en favor de la paz: “Todos sus amigos le habían desaconsejado volver a El Salvador al menos hasta tanto no se aclarase la situación producida por la ofensiva, pero fue en vano, quería estar junto a su pueblo”  (ib).
El día que mataron a Ellacuría, Pedro Miguel Lamet se encontraba en un restaurante, almorzando con los informadores religiosos de Madrid. Presidía la mesa Martín Descalzo, que pocos días antes había escrito su artículo contra Ellacuría. “Me llamaron por teléfono para darme la noticia del asesinato”, dice Lamet”, “lo comuniqué a mis colegas y se quedaron de piedra. Tres días antes había venido a mi casa a verme. Manteníamos relaciones estrechas porque él seguía con interés el semanario Vida Nueva”, “podéis imaginar cómo me quedé al escuchar la noticia. Me impresionó el impacto unánime con que respondieron los medios de comunicación españoles y extranjeros. Sólo Martín Descalzo no se atrevió a escribir sobre el tema por haberlo descalificado semanas antes” (El alegre cansancio, 16-11-2009).
Según informó el periodista Antonio Rubio en El Mundo (15-11-2009), “la CIA sabía que los militares de El Salvador iban a matar a Ellacuría”. Documentos desclasificados de EEUU lo desvelan. El Departamento de Estado norteamericano, la CIA y los servicios de inteligencia españoles, el antiguo Cesid, tenían información de que Ellacuría estaba en peligro y de que el Ejército salvadoreño iba a atentar contra su persona. Los documentos “serán aportados en las próximas fechas en el Juzgado Central de Instrucción n. 6 de la Audiencia Nacional, donde fue admitida una querella contra los responsables de aquella matanza”.
Lo recordamos. Cuatro años antes de aquella masacre, el entonces Secretario de la Conferencia Episcopal Española, Fernando Sebastián, publicó una Carta abierta a Ignacio Ellacuría (Ya, 22-12-1985). En ella el que hoy es cardenal considera la elaboración teórica de algunos teólogos latinoamericanos como “no adecuada, deficiente, equivocada y hasta peligrosa”, son instrumentalizados “en algo que destruye la fe de nuestro pueblo”, “tienen firme voluntad, mucho coraje, pero poca prudencia y floja capacidad teórica”.
Siete días después, Ellacuría  publica su Respuesta no cerrada a monseñor Sebastián (Ya, 29-12-1985). La teología de la liberación es “un espléndido logro teológico, aunque su elaboración no sea perfecta ni esté acabada”, “supera en mucho a otras reelaboraciones más o menos repetitivas, cuya carga de realidad histórica y evangélica son discutibles”, “admite críticas”, “lo que no acepta es que se le hagan críticas calumniosas que le atribuyen cosas contrarias a lo que afirma”, “yo no puedo atribuir esto a mala voluntad, pero sí a una lectura ‘ideologizada’ que, como tal, no es consciente”.
La teología de la liberación ofrece la salvación universal, como Jesús, “desde una clara opción preferencial por los pobres”. Esto no destruye la fe de nuestro pueblo, no daña a la Iglesia, la hace más creíble: “Cuando esto no son palabras doctrinales, sino vida que da más vida – incluso frente a la muerte -, la labor de la Iglesia se hace más creíble. Hombres como Juan XXIII y Oscar Romero hicieron esto de modo excepcional”.
Ignacio Ellacuría termina su respuesta invitando a la Iglesia española a hacer un examen de conciencia y, en cierto modo, una confesión nacional: “Comprendo las dificultades de la Iglesia española para llevar adelante su misión. Tengo mis hipótesis sobre las raíces pasadas y presentes de esas dificultades. Algunas se las han ganado a pulso. Creo que un examen de conciencia histórico con confesión pública evitaría que los otros se ensañaran con lo malo sin reconocer lo bueno realizado”.

Jesús López Sáez