PUDO AVISAR A JUAN PABLO I. Broten los enigmas del pasado

Creado en Lunes, 14 Septiembre 2015 Última actualización en Domingo, 29 Noviembre 2015

PUDO AVISAR A JUAN PABLO I
Broten los enigmas del pasado

 

Giuseppe Pedullá no quiere llevarse el secreto a la tumba: “Habría podido salvarle la vida al papa Juan Pablo I. No lo hice. Y hoy no consigo perdonármelo. A alguien debo decirlo”. Es un peso enorme que le oprime, que le aplasta, que no le deja dormir desde aquel martes 26 de septiembre de 1978, cuando rehusó llevar una carta que el arzobispo emérito Pacifico Perantoni quería hacer llegar directamente a las manos del Papa Luciani para avisarle de que estaba en peligro. El periodista Stéfano Lorenzetto le hizo una amplia entrevista en “Il giornale” (26-4-2015). Seleccionamos aquellos aspectos que nos parecen más importantes y añadimos algunas cosas.
“Ignoro, dice Giuseppe, cómo Perantoni había llegado al convencimiento de que alguien intentaba matar al Papa. Sé solamente que en el momento en que le dije que no me sentía con fuerzas para hacerme portador de un mensaje tan espantoso, él me lo reprochó enfadado: Te arrepentirás. ¡Vaya que si me he arrepentido! Tres días después el Santo Padre estaba muerto”. La voz se le queda en la garganta hasta convertirse en llanto contenido.
Giuseppe Pedullá tiene 83 años, es natural de Marina Giogiosa (Reggio Calabria). Su padre, Doménico, era inválido de guerra. No fue buen marido ni buen padre. Su madre, Mariana, llevaba un bar-tabacalera. Es el segundo de siete hermanos. Todos hacen carrera, mientras él trabaja con su hermano Rocco para sacar adelante a la familia. Ha hecho de todo: ha llevado su propio bar, ha aprendido el oficio de pastelero, ha sido representante en Calabria de una marca de billares, chófer de un catedrático, también peletero. Vive en Piacenza d’Adige, provincia de Padua. Antes vivió en Badia Polesine, en la región del Véneto, adonde se trasladó por problemas familiares y por estar cerca del arzobispo Perantoni, que en 1974 se jubiló y se retiró a Peschiera del Garda, en la provincia de Verona, junto al santuario de la Virgen del Fresno.
Nacido en 1895 cerca de Verona, Perantoni fue franciscano y general de la Orden (1945-1951). Nombrado en 1952 obispo de Gerace, en la provincia de Reggio Calabria, diez años después fue nombrado arzobispo de Lanciano-Ortona, en la región de los Abruzzos. Murió en 1982, a los 87 años.
En Calabria, dice Giuseppe, formaba parte de un grupo de fieles que seguía al obispo franciscano a todas partes, entre ellos Guido Laganá, exponente de la DC. Desgraciadamente, el arzobispo de Reggio Calabria, Giovanni Ferro, truncó  la carrera de Perantoni en la convicción de que tenía contactos con la ‘ndrangheta. En realidad, era un estudioso, muy lejano de los mafiosos, tenía una cultura muy amplia, conocía varias lenguas, estar junto a él suponía un enriquecimiento continuo. Iba a buscarlo muchas veces al obispado, le hacía de chófer, le llevaba pasteles.
-¿Y por qué lo seguía a todas partes?
-Soy muy religioso. Es un regalo de mi madre que era muy religiosa, realmente una santa.
Perantoni le confió que el patriarca de Venecia le había contado su visita a sor Lucía. Luciani salió turbado del coloquio, que tuvo lugar el 11 de julio de 1977 en el Carmelo de Coimbra. La vidente de Fátima le dijo: “Usted será papa después de Pablo VI, pero por muy poco tiempo”.
-El contenido del diálogo no fue revelado por Luciani ni siquiera a su hermano.
-Se ve que Perantoni era para él más que un hermano: un confesor. Tanto que yo, encontrando un día al patriarca en el santuario de la Virgen del Fresno, solté ingenuamente esta frase: Eminencia, estoy seguro de que un día usted será el próximo papa. Perantoni me fulminó con la mirada. Pero Luciani, afable, alejó de sí el pronóstico con un gesto de la mano: “No, por caridad, recemos para que el Señor conserve a Pablo VI”.
-¿Tuvo otros encuentros con el cardenal?
-Sí, en Peschiera y en Venecia, en el patriarcado. Viendo la relación filial que me unía al arzobispo Perantoni, el cardenal me apreciaba.
-¿Cómo era Luciani?
-Catequista, catequista, catequista. De una fidelidad granítica al magisterio y de una bondad angélica.
-¿Conocía secretos Perantoni?
-El día 30 del pontificado de Juan Pablo I, me telefoneó: “Pepe, ven enseguida aquí”. Me encontraba en Trecenta, en la región del Véneto. Cogí el coche y fui a Peschiera. Paseamos dos horas en la plaza del santuario. Al final, me puso en las manos una carta: “Esta la debes llevar tú en persona a Albino Luciani, al Vaticano. El Papa está en grave peligro”. En el sobre había escrito a mano el nombre de Su Santidad. No quise asumir el encargo.
-¿Por qué?
-Pensé que Perantoni exageraba y yo estaba aterrorizado.
-¿No le preguntó en qué se fundaban sus temores?
-No. Comprendo que le parezca extraño, pero yo soy una persona sencilla. Para mí era inimaginable que alguien pudiera atentar contra la vida del Papa. Y sin embargo…Tres días después fui de nuevo al santuario a llorar, amargamente arrepentido, exactamente como me había dicho Perantoni.
-Ni siquiera entonces  preguntó al arzobispo por el contenido de la carta que no tuvo el coraje de entregar al Papa Luciani?
-No.
-¡Pero va contra toda lógica!
-Irá contra toda lógica, pero yo me comporté así. No todo el mundo está preparado como ustedes los periodistas para hacer preguntas como las que me está haciendo. Cierto, habría podido coger la carta y quedármela. Hoy sería una prueba. Pero no cometí ese sacrilegio.
-Se habrá hecho al menos una idea sobre quién habría tenido interés en eliminar a Juan Pablo I.
-¿Jesucristo no fue crucificado por 30 denarios?
-Sea más explícito.
-Con el tiempo, he recordado una frase que el cardenal Luciani dijo a Perantoni: “Los dineros que tenemos pertenecen a los pobres, porque son los pobres, y no los ricos, quienes mantienen la Iglesia. Y nosotros ¿qué hacemos?”. ¡Se los damos a Calvi! Luciani no olvidaba que la Banca Católica del Véneto había terminado bajo el control del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi.
-¿Perantoni nunca le habló del choque entre Juan Pablo I y Marcinkus?
-No. El único disenso del que me habló fue con el cardenal Sebastiano Baggio, prefecto de la Congregación para los Obispos. El Papa quería nombrar patriarca de Venecia a un hombre de su confianza, que continuase la obra que él dejaba. Por dos veces el cardenal rechazó aceptar la voluntad del Santo Padre. Al tercer intento, Luciani se impacientó: “Si a Venecia no mandas a quien te digo, deberías ir tú”. Baggio salió del estudio papal dando un portazo. El día siguiente Luciani estaba muerto. Un mes después, el cardenal fue confirmado en su cargo. Baggio y Marcinkus, comentamos, estaban en la lista de 121 masones vaticanos que había publicado el periodista Mino Pecorelli en su revista OP (12-9-1978).
-¿No intentó informar a alguna autoridad religiosa de las sospechas del arzobispo Perantoni?
-Escuche. Un día, cenando en Bagnolo di Po, en casa de los hermanos Fantinati, el telediario 1 anunció que el papa Wojtyla quería beatificar al padre Pino Puglisi, asesinado por la mafia en Palermo, en 1993. Espontáneamente di un golpe en la mesa: ¿Y Juan Pablo I no ha sido también víctima de un complot mafioso? Entonces decido hacer una recogida de firmas para que Luciani sea beatificado. Voy a Roma. Entro en la basílica de San Pedro. Veo 30 birretas rojas que, terminada una celebración, se dirigen a una nave lateral. Los alcanzo en la sacristía y en el fondo a la izquierda paro a uno, de color. Descubriré después que era el cardenal Bernardin Gantin, originario de Benim, a quien el Papa Luciani había nombrado presidente del Pontificio Consejo Cor Unum. Intento hablarle. Me acaricia la mejilla y responde: “Espere”. Se quita los ornamentos litúrgicos, despide a los presentes y me dice: “Estoy aquí, ¿qué quiere?”. Le hablo de mi plan de pedir la beatificación de Juan Pablo I. El replica: “Ya es santo”. Entonces me viene espontáneo decir el nombre del arzobispo Perantoni. Al oírlo, el purpurado se sobresalta y deja de mirarme a la cara. Le suplico, incluso le tiro del vestido: “Eminencia, ¿por qué aparta la mirada? Me diga cómo debo comportarme”. Poco después, en su despacho vaticano, hablando de nuevo sobre Juan Pablo I, el cardenal Gantin me dice: “Usted es listo, usted sabe cómo actuar”. Y con aire cómplice, termina la frase con un gesto muy italiano: me da ligeramente con el codo. Comentamos: aquí por prudencia Giuseppe no dice más, se lo recomendó vivamente su madre.
-Me cuesta descifrar la escena.
-Pero, doctor, ¡está claro! En el Vaticano las cosas se saben. Entre ellos las comentan. Giuseppe muestra al periodista una tarjeta autógrafa de felicitación para el 2002 escrita por el cardenal Gantin: “con gran cordialidad”, y enviada a su anterior dirección: Badia Polesine, Riviera Matteotti, 177.
-¿Y no habló con nadie más de la carta de Perantoni?
-Con mi madre. Y con un obispo del centro de Italia. Da el nombre, pero suplica que no se publique, y añade: En 2005 pedí audiencia a Benedicto XVI. Me respondió monseñor Gabriele Caccia, de la Secretaría de Estado: “Usted puede comunicar por escrito cuanto pretende decir al Papa”. No tuve el coraje de hacerlo. Pero ahora el tiempo apremia y he decidido remediarlo. Todos deben saber que Albino Luciani fue víctima de un complot.  
Giuseppe tuvo tres encuentros con Eduardo Luciani, el hermano del papa, y otros tantos con Antonia, la hermana menor, de la que terminó siendo amigo: “Me dio estos objetos pertenecientes a Albino”, dos capelos con bolsa de astracán, seis pares de gafas y dos viejos libros de escuela que tienen el apellido “Luciani” escrito con la pluma del futuro papa sobre el papel de seda que forra las tapas.
-¿Qué piensa del Papa Francisco?
-Le estimo. Me ha impresionado que no haya querido vivir dentro del Palacio Apostólico. Debe ser un milagro del Señor la libertad de la que goza. No me lo explico de otro modo.
Comentamos. Aunque tarde, es muy importante el testimonio de Giuseppe, su confesión y su pesar: “Habría podido salvarle la vida al papa Juan Pablo I. No lo hice”. Quizá mejor, habría podido avisarle, aunque no le hubiera descubierto nada nuevo. De hecho, su muerte había sido anunciada por el periodista Mino Pecorelli en su revista OP los días 12 y 26 de septiembre de 1978. Llama la atención su lucha interior en el momento decisivo: “Pensé que Perantoni exageraba”, pero reconoce también su miedo: “Estaba aterrorizado”. Más o menos lo sabíamos por otras fuentes, pero es muy valiosa la confidencia del arzobispo Perantoni sobre lo que dijo sor Lucía al cardenal Luciani en 1977: “Usted será papa después de Pablo VI, pero por muy poco tiempo”. Es muy valiosa también la recordada denuncia que el cardenal Luciani hizo de los dineros de la Iglesia: “Los dineros que tenemos pertenecen a los pobres, porque son los pobres, y no los ricos, quienes mantienen la Iglesia. Y nosotros ¿qué hacemos?“. La respuesta es obvia: ¡Se los damos a Calvi!. Es un escándalo el estado de cosas en la Iglesia, tal y como aparece en la actitud evasiva, aunque luego fuera cordial, del cardenal Gantin (+2008), que durante muchos años fue prefecto de la Congregación para los Obispos (1984-1998). ¿Y el papa Francisco? No puede participar de la comedia general, no puede callar, debe hacer justicia. Como se dice en el salmo 78: “Abriré mi boca a las sentencias, para que broten los enigmas del pasado”.


Jesús López Sáez