EL ECO DE UMBERTO, Número Cero

Creado en Miércoles, 23 Marzo 2016 Última actualización en Miércoles, 23 Marzo 2016

EL ECO DE UMBERTO
Número Cero


Número Cero es la novela de Umberto Eco que se centra en los misterios no resueltos de Italia, los de su propia época. Situada en 1992, recoge “las memorias de un periodista”, “el relato de un año de trabajo para preparar un periódico que nunca saldrá”. El diario, que se llama Domani (Mañana), está dispuesto a decir la verdad sobre todo.  
El que paga es el Commendatore Vimercate: “De vez en cuando sale en los periódicos: tiene el control de decenas de hoteles en la costa adriática, muchas residencias para jubilados e inválidos, cierta cantidad de negocios varios que van de boca en boca, alguna televisión local que empieza a transmitir a las once de la noche y solo subastas, teletiendas y algún que otro show despechugado”.
El Commendatore quiere entrar en los altos círculos de las finanzas, de los bancos e incluso de los grandes periódicos. Para ello utiliza la promesa de un diario nuevo dispuesto a decir la verdad sobre todo. Doce números cero, digamos cero/uno, cero/dos en adelante, tirados en poquísimas copias reservadas que el Commendatore examinará y luego hará que las vea quien sabe él. Una vez que el Commendatore demuestre que puede poner en apuros a los altos círculos financieros y políticos, es probable que los elegidos le rueguen que desista de semejante idea: él renuncia a Domani y obtiene el pase para las altas esferas.  

1. EXTRAÑA PROPUESTA

El director del periódico, un tal Simei, le hace a Colonna, su asistente de dirección, una extraña propuesta: que escriba un libro de memorias. “El libro, como será un volver al ayer, se titulará Domani: ieri”. Tendrá que mostrar “cómo yo durante todo un año me he empleado a fondo para realizar un modelo de periodismo independiente de toda presión, dejando entender que la aventura acabó mal porque no se podía alumbrar una voz libre”.
-El  libro saldrá firmado por mí. Usted tendrá que desaparecer tras escribirlo.
-¿Y por qué me ha elegido a mí?
-Porque usted tiene dotes de escritor. Que el periódico no vaya a salir, el Commendatore no me lo ha dicho ni siquiera a mí, simplemente me lo huelo, o mejor dicho, estoy seguro. No deben saberlo nuestros colaboradores, deberán trabajar pensando que se están labrando un porvenir. Este tema lo manejamos exclusivamente usted y yo. No use la palabra chantaje. Nosotros publicaremos noticias. Naturalmente, no puedo excluir que al final el editor decida que el periódico tiene que publicarse de veras, pero entonces el asunto será un proyecto de envergadura y me pregunto si seguirá queriendo que me ocupe yo. Si todo se va al traste, publico el libro. Será una bomba y me sacaré un buen pico en términos de derechos de autor. O si no, pero es un suponer, alguien puede no desear que lo publique a cambio de cierta cantidad.
Los redactores son seis. En el primer encuentro, el director traza a grandes líneas las características del periódico.
Por qué Domani? Los periódicos tradicionales cuentan las noticias de la tarde anterior. Ahora nos enteramos de las noticias del día con el telediario de la cena, lo que significa que los periódicos nos cuentan lo que ya sabemos, y por eso venden cada vez menos. A estas alturas, el destino de un periódico es parecerse a un semanario. Hablaremos de lo que podría suceder mañana, con tribunas de reflexión, reportajes de investigación, avances inesperados.
Al día siguiente, se celebra la primera reunión de redacción verdadera.
- Hagamos el periódico, dice el director, el periódico del 18 de febrero de este año.
-¿Por qué el 18 de febrero? , pregunta Cambria, uno de los redactores.
-Porque este invierno, el 17 de febrero, los carabineros entraron en el despacho de Mario Chiesa, presidente del Pío Albergo Trivulzio y personaje de relieve del Partido Socialista milanés. Ya lo sabéis todos. Chiesa le pidió a una empresa de limpieza de Monza la correspondiente mordida para adjudicarle una contrata, y tenía que ser un negocio de ciento cuarenta millones, de los que pretendía el diez por ciento. Como ven también un asilo de ancianitos es una buena vaca a la hora de ordeñarlo.
Recordarán que los días siguientes se intentó restarle importancia al hecho, Craxi diría que Chiesa era solo un mangante y luego le daría la espalda. Ahora bien, lo que el lector del 18 de febrero no podía saber es que los jueces seguirían investigando, y emergería un auténtico sabueso, este juez Di Pietro que ahora todos saben quién es, pero hace dos meses nadie lo había oído mencionar. Di Pietro le apretó las tuercas a Chiesa, le descubrió cuentas en Suiza, le hizo confesar que no era un caso aislado. Poco a poco está sacando a la luz una red de corrupción política que interesa a todos los partidos, y las primeras consecuencias las hemos notado los días pasados; habrán visto que en las elecciones la Democracia Cristiana y el Partido Socialista han perdido un montón de votos.
Llueven arrestos a raudales, los partidos se están desmoronando poco a poco y hay quien dice que, caído el muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, los americanos ya no necesitan esos partidos que podían manipular y los han dejado en manos de los jueces; o quizá, podríamos aventurar, los jueces están representando un guion escrito por los servicios secretos americanos. Esta es la situación hoy, pero el 18 de febrero nadie podía imaginar lo que sucedería. Quien lo imaginará será Domani, que hará una serie de previsiones.

2. LA SOMBRA DE MUSSOLINI

Uno de los redactores es Braggadocio. Su abuelo, un jerarca del infausto régimen, fue fusilado por los partisanos. Su padre estuvo un año en el campo de concentración de Coltano. Salió por los pelos, no encontraron verdaderos cargos contra él. Además, en 1946 Togliatti concedió la amnistía general. Había que volver a la normalidad.
Claro, dice el redactor, la normalidad era que mi padre, con su pasado, y la sombra de su padre, no encontrara trabajo, y que lo mantuviera mi madre, que era costurera. Mi padre me acostumbró a no creerme las noticias a pies juntillas. Los periódicos mienten, los historiadores mienten, la televisión miente. Murió alcoholizado cuando yo tenía trece años. Para liberarme de aquellos recuerdos, ya mayor, intenté abrazar el bando opuesto. En el 68 tenía más de treinta años. Y ahora, si este periódico se pone en marcha, quizá haya encontrado un sitio donde se tomarán en serio algunos descubrimientos míos. Uno de ellos es dinamita, y tiene que ver con Mussolini.
La mañana del fatídico 25 de abril los obreros ocupan las fábricas de Sesto San Giovanni, a las puertas de Milán. Por la tarde, Mussolini junto con algunos de sus hombres, entre ellos el general Graziani, es recibido por el cardenal Schuster en el arzobispado, que le ha organizado un encuentro con el Comité de Liberación. La última vez que alguien que lo conocía vio en público a Mussolini fue aquella tarde en el arzobispado de Milán.
Ten en cuenta, dice Braggadocio a Colonna, que a Mussolini tampoco el coronel Valerio lo conocía personalmente: él había ido a fusilar a un mito, un dictador debería tener un doble, y quién sabe cuántas veces lo usó para algún desfile oficial en el que tenía que pasar erguido en un coche, visto siempre de lejos, para evitar atentados. Ahora imagínate que para permitirle al Duce una fuga sin problemas, desde el momento en que sale del arzobispado, “Mussolini ya no es Mussolini sino su doble”, “el Comité de Liberación necesitaba un cadáver y lo tendría”, “si un día el verdadero Mussolini hubiera aparecido de nuevo, se podría alegar que era el doble”.
Los aliados no quieren que Mussolini sea capturado por los partisanos porque tiene secretos que podrían ponerles en aprietos, pero, sobre todo, con la liberación de Milán empieza la verdadera guerra fría: “No sólo los rusos se están acercando a Berlín y ya han conquistado media Europa, sino que la mayor parte de los partisanos son comunistas”, “por eso los aliados, o por lo menos los americanos, tienen que preparar una posible resistencia frente a una revolución filo-soviética. Para hacerlo tendrán que usar también a los antiguos fascistas”. Por tanto, “en el coche de Mussolini hacen que se suba el doble, mientras Mussolini, en otro coche menos vistoso, va al castillo Sforzesco”.
-¿Por qué al castillo?
-Porque del arzobispado al castillo, un coche llega en cinco minutos. Y el castillo, aún hoy, está lleno de galerías subterráneas. En cuanto se calman las aguas en Milán, un vehículo con matrícula del Vaticano pasa a recogerlo por la noche. Conseguiré demostrar que el cadáver de Piazzale Loreto no era el de Mussolini. Mira estos documentos que he encontrado en un archivo.
Braggadocio le muestra a Colonna el informe de la autopsia realizada por el profesor Mario Cattabeni el 30 de abril de 1945.
-Es la autopsia de quién sabe quién.
-Exacto. Lo ves cómo mi hipótesis era correcta. El cuerpo de Mussolini no era el de Mussolini, y en cualquier caso nadie podía jurar que fuera el suyo.
Los aliados o quienquiera que actuara por ellos, lo querían vivo, para sacárselo de la manga en el momento oportuno en caso de una revolución comunista o un ataque soviético. Durante la Segunda Guerra Mundial los ingleses coordinaron la actividad de los movimientos de resistencia en los países ocupados por el Eje a través de una red dirigida por una rama de los servicios de inteligencia del Reino Unido, el Special Operations Executive, que fue desmantelado tras el final del conflicto, pero volvió a ponerse en marcha a principios de los años cincuenta, como núcleo de una nueva organización que había de contrarrestar, en los distintos países europeos, una invasión del Ejército Rojo o a los comunistas locales que intentaran un golpe de Estado. La coordinación estaba asegurada por el mando supremo de las fuerzas aliadas en Europa; así nace el stay-behind (estar detrás) en Bélgica, Inglaterra, Francia, Alemania Occidental, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega. Una estructura paramilitar secreta.

3. LA RED GLADIO

En Italia hubo un barrunto a partir de 1949, en 1959 los servicios secretos italianos entran a formar parte de un Comité de Planificación y Coordinación, y por fin, en 1964, nace oficialmente la organización Gladio, financiada por la CIA. Gladio: “el nombre debería decirte algo porque el gladio es un arma de los legionarios romanos, y por ello decir gladio era como decir fasces o fachoserías por el estilo”.
La red Gladio fue ultrasecreta desde finales de la guerra en adelante, su existencia la conocían solo los servicios secretos y los altos mandos militares, y se les comunicaba exclusivamente a los presidentes del gobierno, a los ministros de Defensa y a los presidentes de la República. Luego, con la caída del imperio soviético, prácticamente la red perdió su función. Precisamente el presidente Cossiga se dejó escapar algunas revelaciones en el noventa, y ese mismo año Andreotti, presidente del gobierno, dijo oficialmente que sí, que la red Gladio había existido, y no era el caso de poner el grito en el cielo, que era necesario que existiera, que ahora el tema estaba zanjado, y se acabó con los chismes. Nadie montó un drama, prácticamente todos lo olvidaron. Solo Italia, Bélgica y Suiza iniciaron alguna investigación parlamentaria, pero George H.W. Bush se negó a hablar, visto que estaba enzarzado en los preparativos de la guerra del Golfo y no quería que se desprestigiara la Alianza Atlántica.
En Alemania era notorio que la bomba del Oktoberfest de 1980 en Munich se construyó con explosivos que procedían de un escondite del stay-behind alemán; en Grecia fue el ejército stay-behind, la Fuerza de Incursión Helénica, la que dio vida al golpe de Estado de los coroneles; en Portugal una misteriosa Aginter Press asesinaba a Eduardo Mondlane, el jefe del Frente de Liberación de Mozambique. En España, un año después de la muerte de Franco, dos carlistas son asesinados por terroristas de extrema derecha; el año siguiente el stay-behind lleva a cabo una matanza en Madrid, en un despacho de abogados vinculados con el Partido Comunista… En Turquía están vinculados al stay-behind los Lobos Grises, los que luego se verían implicados en el atentado a Juan Pablo II.
 Pero bueno, a mí me interesa lo que hizo la red Gladio en Italia desde los años sesenta hasta 1990. Debe de haberla liado gorda, habrá estado metida hasta las cejas en movimientos terroristas de extrema derecha, desempeñó un papel en el atentado de la piazza Fontana de 1969, y desde entonces (estamos en los tiempos de las revueltas estudiantiles del sesenta y ocho y de los otoños calientes de los obreros) alguien entendió que podía instigar atentados terroristas para poder cargarle su autoría a la izquierda. Y se dice que metió las narices también la tristemente famosa Logia P2 de Licio Gelli.
Junio Valerio Borghese, llamado también “el príncipe negro”, fascista hasta la médula, “consideró que había llegado el momento de dar un golpe de Estado”, “en 1970 todo indicaba que un golpe podría funcionar. Al mando de los servicios estaba el general Miceli, también él en la Logia P2, y algunos años después diputado del Movimiento Social Italiano; pues fíjate, sospechoso e investigado por el affaire Borghese, consiguió salir del trance como si nada y murió serenamente hace dos años. Y he sabido de fuente segura que, dos años después del golpe Borghese, Miceli todavía recibió ochocientos mil dólares de la embajada estadounidense. No se sabe por qué y de qué. Borghese podía contar, por lo tanto, con excelentes apoyos en las altas esferas y con la red Gladio, con los veteranos falangistas de la guerra de España, con los ambientes masónicos; también se dijo que entró en juego la mafia, que como sabes siempre tiene algo que ver. Y en la sombra, el Licio Gelli de siempre hostigaba a los carabineros y a los altos mandos militares, que eran un hervidero de masones”.
Escucha bien la historia de Licio Gelli, porque es fundamental para mi tesis: “participó en la guerra de España, estuvo en la República Social y trabajó como oficial de enlace con las SS; pero al mismo tiempo toma contacto con los partisanos, y en la posguerra se vincula con la CIA”, “un personaje de este calibre por fuerza ha de tener las manos metidas en la red Gladio”.
En julio de 1942, como inspector del Partido Nacional Fascista, se le encargó a Gelli la misión de transportar a Italia el tesoro del rey Pedro II de Yugoslavia, sesenta toneladas de lingotes de oro, dos de monedas antiguas, seis millones de dólares, dos millones de esterlinas que el SIM, el Servicio de Información Militar, había requisado. En 1947 el tesoro por fin es devuelto pero faltan veinte toneladas de lingotes y se dice que Gelli los había transferido a Argentina. Argentina, ¿lo pillas? En Argentina Gelli tiene contactos amistosos con Perón, pero no basta, también con generales como Videla, y de Argentina recibe el pasaporte diplomático. ¿Y quién campa a sus anchas en Argentina? Su brazo derecho Umberto Ortolani, que es, entre otras cosas, el enlace entre Gelli y monseñor Marcinkus.
Emerge de fuentes procesales posteriores que en el plan Borghese “Licio Gelli tenía que ocuparse de la captura del presidente de la República, que entonces era Saragat, y un armador de Civitavecchia puso a disposición sus mercantes para transportar a las islas Lipari a las personas capturadas por los golpistas. ¡Y no te vas a creer quién estaba implicado en la operación! ¡Otto Skorzeny, el que liberó a Mussolini en el Gran Sasso en 1943! Todavía seguía en circulación, otro al que las purgas violentas de la posguerra no habían tocado, en buenas relaciones con la CIA; su cometido era que Estados Unidos no pusiera objeciones al golpe, con tal de que subiera al poder una junta militar centro-democrática”. Las investigaciones sucesivas nunca sacaron a la luz que Skorzeny había permanecido en contacto con Mussolini, que le debía mucho, y quizá habría debido ocuparse de la llegada del Duce desde el exilio para dar la imagen heroica que necesitaban los golpistas: “todo el golpe se basaba en el regreso triunfal de Mussolini”.
Cuando el proyecto parecía llegar a buen fin, y se podía decir que los conspiradores tenían a Roma en sus manos, Borghese comunica a todo el mundo que la operación queda suspendida: “esa misma noche llega la noticia de que Mussolini, tal vez ya en territorio nacional, dispuesto a hacer su aparición, ha muerto repentinamente, lo cual, a su edad, y traído y llevado como un paquete postal, no es en absoluto inverosímil”.
-Y si no recuerdo mal, hubo incluso un juicio…
-Pura farsa, con Andreotti que colaboraba para encubrirlo todo, y dieron con sus huesos en la cárcel solo personajes de segundo plano. La cuestión es que todo lo que supimos era falso, o estaba deformado, hemos vivido en el engaño los veinte años siguientes. Ya te he dicho que nunca hay que creer en lo que nos cuentan…
-Y aquí acaba tu historia…
-No, no. Aquí empieza otra, la red Gladio no se disuelve, es más, empieza a ser verdaderamente operativa justo a partir de la muerte de Mussolini.
-¿Y cómo?
-Puesto que ya no se trata de instalar un nuevo poder derribando al gobierno, la red Gladio se une a todas esas fuerzas ocultas que intentan desestabilizar Italia para que a la opinión pública le resulte intolerable el ascenso de la izquierda y de este modo se preparen las condiciones para nuevas formas de represión. Hechas con todos los visos de la legalidad. ¿Te das cuenta de que antes del golpe Borghese había habido pocos atentados, tipo el de la Piazza Fontana, y sólo ese año empiezan a formarse las Brigadas Rojas e inmediatamente después, en los años siguientes, empiezan las matanzas en cadena?
1973, bomba en la comisaria de Milán; 1974, matanza en la Piazza della Logia en Brescia; mismo año, una bomba de alta potencia estalla en el tren Italicus, Roma-Munich, doce muertos y cuarenta y ocho heridos, pero, cuidado, a bordo del tren debería  haber estado Aldo Moro, y resulta que lo perdió porque algunos funcionarios del ministerio lo hicieron bajar en el último momento para firmar unos documentos urgentes. Y diez años después ahí tenemos otra bomba en el rápido Nápoles-Milán. Por no hablar del caso Moro; todavía no sabemos lo que pasó de verdad.

4. El ASESINATO DE LUCIANI

No basta, en septiembre de 1978, al mes de su elección, muere misteriosamente el nuevo papa Albino Luciani. Infarto o derrame cerebral, dijeron, pero ¿por qué hicieron desaparecer de los aposentos papales sus objetos personales, las gafas, las zapatillas, apuntes y el bote de Effortil que evidentemente el viejo tenía que tomarse para la tensión baja? ¿Por qué esos objetos habían de desvanecerse en la nada? ¿A lo mejor porque no era verosímil que a un hipotenso le diera ese ataque?
¿Por qué la primera persona importante que entra inmediatamente después en su habitación es el cardenal Villot? Tú me dirás que era natural, era el secretario de Estado, pero existe un libro de un tal Yallop en el que se revelan algunos hechos: el Papa se habría interesado por la existencia de una camarilla eclesiástico-masónica de la que formarían parte precisamente Villot, los monseñores Agostino Casaroli, el subdirector del Ossevatore Romano, el director de la Radio Vaticana y, naturalmente, Marcinkus, el omnipresente monseñor que manejaba a su albedrío el IOR, el banco vaticano, que como luego se descubrió apoyaba fraudes fiscales y lavado de dinero sucio, y cubría otros tráficos oscuros de personajes como Roberto Calvi y Michele Sindona. Los cuales, mira tú por dónde, acabarán en los años siguientes, uno, ahorcado en el puente de Black Friars de Londres, y el otro, envenenado en la cárcel.
Y en el escritorio de Luciani encontraron una copia del semanario Il Mondo, abierto por una página sobre la investigación de las operaciones del banco vaticano. Yallop habla de seis sospechosos del homicidio: el secretario de Estado cardenal Villot, el cardenal de Chicago John Cody, el presidente del IOR arzobispo Marcinkus, el banquero Michele Sindona, el presidente del Banco Ambrosiano Roberto Calvi y el jefe de la Logia P2 Licio Gelli.
Me dirás que todo esto nada tiene que ver con la red Gladio, pero, mira qué coincidencia, muchos de estos personajes tenían que ver con las otras tramas, y el Vaticano había estado implicado en el salvamento y custodia de Mussolini.
Muerto Luciani, el asunto debería haber ido a caer en las manos de Juan Pablo II, que tres años después sufre un atentado por parte de los Lobos Grises turcos, esos Lobos Grises que estaban afiliados al stay-behind de ese país. El Papa luego perdona; el autor del atentado, conmovido, expía en la cárcel; en fin, que el pontífice se asusta y deja de ocuparse del tema.
-Pero ¿no será esa tendencia tuya a ver conspiraciones por todos lados la que te hace meterlo todo en el mismo saco?
- ¿Yo? Pero si son documentos judiciales, y los encuentras, si sabes buscar en los archivos; lo que pasa es que a la gente se lo han contado deslizando los hechos entre una noticia y otra.

5. MENUDO INDIVIDUO

Mira el asunto de Peteano. En mayo de 1972, cerca de Gorizia, los carabineros reciben el aviso de que un Fiat 500 está abandonado en una carretera con dos agujeros de bala en el parabrisas. Llegan tres carabineros, intentan abrir el capó y mueren por una explosión. Durante algún tiempo se piensa en una acción de las Brigadas Rojas, pero años después se presenta un tal Vincenzo Vinciguerra. Menudo individuo: evitó el arresto por otro asunto oscuro refugiándose en España, protegido por la red anticomunista internacional, la Aginter Press; ahí, a través de contactos con otro terrorista de derechas, Stefano delle Chiaie, se afilia a Avanguardia Nazionale, luego se larga a Chile y a Argentina, pero en 1978 decide que toda su lucha contra el Estado carecía de sentido y tiene la bondad de entregarse en Italia. Nota, no estaba arrepentido, seguía pensando que había hecho bien en hacer lo que había hecho hasta entonces, y te dirás: ¿por qué se entrega entonces?
Yo digo que por necesidad de publicidad, hay asesinos que vuelven al lugar del crimen, asesinos en serie que mandan pistas a la policía porque desean que se los capture porque si no, no salen en primera página, y este Vinciguerra empieza a vomitar confesión tras confesión a partir de ese momento. Asume la responsabilidad del atentado de Peteano, y pone en apuros a los aparatos del Estado que, dice, lo protegieron.
Sólo en 1984, un juez, Felice Casson, descubre que el explosivo que se usó en Peteano procedía de un depósito de armas de la red Gladio, y lo más intrigante es que la existencia de ese depósito se la había revelado (mira tú por dónde) Andreotti, quien, por lo tanto, sabía y nunca abrió la boca. Un experto que trabajaba para la policía italiana (y era miembro de Ordine Nuevo) habría hecho un peritaje según el cual los explosivos empleados eran idénticos a los que usaban las Brigadas Rojas, pero Casson demostró que el explosivo era el C-4, en dotación a los efectivos de la OTAN. En fin, como ves, OTAN o brigadistas, por en medio estaba siempre la red Gladio.
Las investigaciones demuestran que también Ordine Nuovo colaboró con el servicio secreto italiano, el SID, y está claro que si unos servicios secretos militares hacen estallar por los aires a tres carabineros, no será por odio hacia el arma sino para hacer que la culpa recaiga en militantes de extrema izquierda. A Vinciguerra le condenan a cadena perpetua, desde donde sigue haciendo revelaciones sobre la estrategia de la tensión. Dice que el atentado de la Piazza Fontana de 1969 fue planeado para empujar al entonces presidente del gobierno Mariano Rumor a que declarara el estado de emergencia.
“No se puede, añade, vivir en clandestinidad sin dinero. No se puede vivir en clandestinidad sin apoyos. Podía elegir el camino que han seguido otros, encontrar otros apoyos, tal vez en Argentina con los servicios secretos. Podía elegir también el camino de la delincuencia. Pero no soy propenso ni a colaborar con los servicios secretos ni a ser un delincuente. Así pues, para recuperar mi libertad tenía únicamente una elección. Que era la de entregarme. Y eso he hecho”.
Se trata, sin duda, de un loco exhibicionista, pero de un loco que tiene información fidedigna. Y ahí tienes mi historia, prácticamente reconstituida: la sombra de Mussolini, dado por muerto, domina todos los acontecimientos italianos yo diría desde 1945 hasta hoy, y su muerte real desencadena el periodo más terrible de la historia de este país, implicando al stay-behind, a la CIA, a la OTAN, a la Gladio, a la logia P2, a la mafia, a los servicios secretos, a los altos mandos militares, a ministros como Andreotti y a presidentes como Cossiga, y naturalmente a buena parte de las organizaciones terroristas de extrema izquierda, debidamente infiltradas y manipuladas. Por no decir que Aldo Moro fue secuestrado y asesinado porque sabía algo y habría hablado. Y si quieres, añádele casos criminales menores que aparentemente no tenían ninguna importancia política.
-¿Y lo has verificado todo bien?
-He hablado con personas que están al corriente de muchas cosas y le he pedido consejo también a nuestro colega Lucidi. Quizá no lo sepas, pero está vinculado con los servicios secretos.
-Ya lo sé. Pero tú, ¿te fías de él?
-Es gente acostumbrada a guardar silencio, no te preocupes. Necesito unos días más para reunir otras pruebas irrefutables, irrefutables repito, y luego me planto ante Simei y le presento los datos de mi investigación.

6. MATAN AL JUEZ FALCONE

La noche del 23 de mayo no vimos la televisión y solo al día siguiente leímos en los periódicos lo del atentado al juez Falcone. Nos quedamos consternados, y también los demás, a la mañana siguiente en la redacción, estaban moderadamente turbados. El redactor Costanza le preguntó a Simei si no deberíamos hacer un número sobre este suceso.
-Pensémonoslo – dijo dudando Simei-. Si hablamos de la muerte de Falcone, tenemos que hablar de la mafia, quejarnos de la insuficiencia de las fuerzas del orden, y cosas por el estilo. Nos enemistamos de un golpe con la policía, con los carabineros, con la Cosa Nostra. No sé si todo eso puede gustarle al Commendatore…
Más tarde, Braggadocio se me acercó y me dio con el codo.
-¿Has visto? Te habrás dado cuenta de que también este asunto confirma mi historia.
-¿Pero qué demonios tiene que ver?
-Qué demonios todavía no lo sé, pero tendrá que ver. Todo tiene que ver siempre con todo, con tal de saber leer los posos del café. Sólo necesito un poco de tiempo.
Sábado, 6 de junio. Ayer me desperté tarde y llegué a la redacción solo al final de la mañana. Nada más entrar vi hombres de uniforme que rebuscaban en los cajones de Braggadocio, y un tipo de paisano que interrogaba a los presentes.
-Han matado a Braggadocio.
-¿Qué? ¿Cómo?
-Un vigilante nocturno, esta mañana a las seis, volviendo a casa en bici, ha visto un cadáver tumbado boca abajo, con una herida en la espalda. Una cuchillada, lo ha establecido inmediatamente el forense, una sola pero asestada con fuerza. Se han llevado el cuchillo.
El tipo de paisano se me acercó, rápidas presentaciones, era un inspector de policía, y me preguntó cuándo había visto a Braggadocio por última vez.
-Aquí en la redacción, ayer -contesté-, supongo que igual que mis colegas. Luego me parece que se fue solo, un poco antes que los demás.
Quería saber, más bien, si me constaba que Braggadocio tuviera enemigos, si como periodista estaba siguiendo alguna pista peligrosa. Ni por asomo me iba a ir de la lengua con él, no por complicidad, sino porque empezaba a entender que si alguien había quitado de en medio a Braggadocio debía ser por lo de su investigación, y resolví en el acto que, si demostraba que sabía algo, alguien pensaría que también era útil eliminarme a mí. Si hasta ayer pensaba que era un mitómano, ahora su muerte le otorgaba cierta credibilidad.
Sudaba, pero el inspector no se dio cuenta, o lo atribuyó a la emoción del momento.
-No sé qué estaba haciendo exactamente Braggadocio estos días –le dije-, quizá el dottore Simei, a él le corresponde asignar los textos. Me parece recordar que se estaba ocupando de un reportaje sobre la prostitución; no sé si esta pista puede serles de utilidad.
El inspector siguió interrogando a Maia, redactora y al final amante de Colonna. Entonces Simei le hizo el gesto de que entrara en su despacho.
-Colonna, dijo sentándose en su mesa con las manos que le temblaban, usted sabe en qué estaba trabajando Braggadocio.
-Sé y no sé, me había insinuado algo pero no estoy seguro de que…
-No se haga el sueco, Colonna, usted ha entendido perfectamente que a Braggadocio le han dado un navajazo porque iba a revelar algo. Todavía no sé qué era verdad y qué era inventado, pero estoy seguro que, de los cien asuntos que manejaba en su investigación, por lo menos con uno ha dado en el clavo, y por eso lo han hecho callar. Y como ayer me contó su historia también a mí, también yo conozco ese asunto, aunque no sé cuál exactamente. Y puesto que me dijo que se lo había contado a usted, pues también usted sabe. Así que estamos los dos en peligro.
Por si fuera poco, hace dos horas, el Commendatore Vimercate ha recibido una llamada. No me ha dicho de quién, ni qué le han referido, pero Vimercate ha pensado que la iniciativa de Domani se ha vuelto peligrosa también para él, y ha decidido abandonar el negocio. Ya me han mandado los talones para los redactores, van a recibir un sobre con dos meses de sueldo y entrañables palabras de despedida. Es toda gente sin contrato y no pueden protestar. Domani muere hoy mismo. Aun así, aunque el periódico cierre, usted y yo seguimos sabiendo demasiado.
-¿Pero usted cree que todo esto es por lo del stay-behind? Es un tema de dominio público. ¿O por el tema de Mussolini? Es un asunto grotesco que nadie se creería.
-¿Y el Vaticano? Aun cuando la historia no fuera verdadera, saldría en los periódicos la noticia de que la Iglesia protegió la fuga del Duce en el cuarenta y cinco y lo cobijó durante casi cincuenta años. Con el embolado en que la han metido Sindona, Calvi, Marcinkus y el resto de la tropa, antes de que se demuestre que lo de Mussolini es una patraña, el escándalo habrá llegado a toda la prensa internacional. No se fíe de nadie, Colonna, enciérrese en su casa por lo menos esta noche, luego piense en esfumarse. Déjeme preparar mi marcha en cuanto los policías se marchen.
Quizá sea mejor aguardar los acontecimientos, piensa Colonna, leer lo que dirán los periódicos de mañana. Si, por casualidad, no hablan del homicidio, entonces el asunto pinta peor de lo que espero; quiere decir que alguien intenta silenciarlo todo.
El domingo por la mañana, el homicidio estaba en la sección de sucesos, sin demasiado relieve: asesinato de un periodista, que estaba investigando sobre un circuito de prostitución y había sido castigado por algún proxeneta.
La pista de la prostitución era la más cómoda, un caso rutinario. Naturalmente, el colega Costanza habría podido decir que de esas señoras se estaba ocupando él, pero es probable que se hubiera convencido de que la muerte de Braggadocio de alguna manera tenía que ver con ese mundo, y empezara a temer por sí mismo. Así es que no dijo esta boca es mía.
Al día siguiente, el homicidio había desaparecido de la sección de sucesos. La policía debía de tener demasiados casos por el estilo, y el muerto era solo un cronista de poca monta.

7. PROGRAMA DE LA BBC

Jueves, 11 de junio. Esta noche, casi por casualidad hemos dado con un programa de Corrado Augias que presentaba una producción inglesa transmitida por la BBC justo el día antes, Operación Gladio. Lo hemos visto fascinados, sin hablar.
Se comentaban las fechorías del stay-behind belga; se descubría que se informaba de la red Gladio a los presidentes del gobierno, pero solo a aquellos de los que la CIA se fiaba: por ejemplo, Moro y Fanfani habían estado a oscuras; aparecían declaraciones a toda pantalla de grandes espías como “El engaño es un estado de la mente, y es la mente de un Estado”. Salía constantemente en el programa (dos horas y media) el tal Vinciguerra revelándolo todo, incluso que ante del final de la guerra, los servicios aliados hicieron firmar a Borghese y a los hombres de su Decima MAS un compromiso de colaboración para oponerse en el futuro a una invasión soviética…Por otro lado, se veía cómo en Alemania los servicios norteamericanos garantizaron la impunidad incluso a un carnicero como Klaus Barbie.
Salía más de una vez Licio que declaraba cándidamente que había sido colaborador de los servicios secretos aliados…Cossiga relataba cómo en 1948, siendo todavía un joven militante católico, recibió en dotación un subfusil Sten y granadas, dispuesto a entrar en acción si el Partido Comunista no aceptaba el veredicto de las urnas. Vinciguerra volvía a salir para repetir con toda tranquilidad que toda la extrema derecha se había consagrado a una estrategia de la tensión para preparar psicológicamente al gran público ante la declaración de un estado de emergencia, y dejaba bien claro que Ordine Nuovo y Avanguadia Nazionale trabajaban con los responsables de los distintos ministerios.
Senadores de la comisión de investigación parlamentaria decían sin tapujos que los servicios y la policía en cada atentado adulteraban las pruebas para paralizar las investigaciones judiciales. El coronel Oswald Lee Winter, hombre de la CIA, afirmaba que las Brigadas Rojas no sólo habían sido infiltradas sino que recibían órdenes del general Santovito del servicio de inteligencia militar.
Naturalmente, el ex jefe de la CIA, Colby, lo negaba todo, pero otros agentes de la CIA, sin ni siquiera ocultar su rostro, hablaban de documentos en los que se indicaban incluso, y con todo lujo de detalles, los sueldos que la organización pagaba a personajes implicados en las matanzas: por ejemplo, cinco mil dólares al mes al general Miceli. Las revelaciones superaban las fantasías más exaltadas de Braggadocio.
-Sí, pero probablemente Braggadocio añadió elementos de su cosecha, como la historia de Mussolini, o el asesinato del papa Luciani.
-Vale, Braggadocio era un mitómano y veía conspiraciones por todas partes, pero la esencia del problema sigue siendo la misma, dice Maia.
-Santísimo Dios, pero ¿te das cuenta de que alguien hace unos días mató a Braggadocio por temor a que estas noticias volvieran a salir y ahora, con este programa, habrá millones de personas que lo sabrán?
-Amor mío, aquí precisamente reside tu buena suerte. Después de este programa ni “ellos” ni el loco aislado tienen interés ya en quitaros de en medio a ti o a Simei. Si vosotros dos fuerais mañana a los periódicos a contar lo que os dijo Braggadocio, os mirarían como a unos exaltados que repiten lo que han visto en la tele.
-Pero quizá alguien tema que hablemos de lo que la BBC ha callado…Mussolini, Luciani.
-Bien, imagínate que vas a contar la historia de Mussolini. Ya era bastante inverosímil lo que te soltó Braggadocio, ninguna prueba y solo ilaciones alucinantes. Te dirán que eres un pirado que, alentado por el programa de la BBC, das rienda suelta a tus fantasías privadas.
-Me estás diciendo que soy un hombre libre.
-Claro que sí. Esta verdad hará que parezca mentira cualquier otra revelación. En el fondo, la BBC les ha hecho un servicio excelente a “ellos”. Me apuesto lo que quieras a que mañana los periódicos ni hablarán del programa. Nada puede turbarnos ya, en este país. Estamos curados de espanto; ante cualquier historia nueva que nos cuenten, decimos que hemos oído historias mucho peores, y quizá esa y aquella eran falsas. Si Estados Unidos, los servicios secretos de media Europa, nuestro gobierno, los periódicos, nos han mentido, ¿por qué no podría habernos mentido también la BBC? El único problema serio para el buen ciudadano es no pagar los impuestos, y luego que los que mandan hagan lo que quieran; al fin y al cabo todos chupan del mismo bote. Y amén. Ya lo ves, me han bastado dos meses con Simei para volverme lista yo también.

8. EL ECO DE UMBERTO

El periodista Jesús Ceberio comenta que Número Cero es “una parodia feroz”,  “una parodia del periodismo pero también de los políticos y de los jueces de un país que no ha sido capaz de fijar una versión fidedigna de su historia más reciente”, “chantaje de bajo coste”, “bastan unos pocos periodistas debidamente dirigidos y apenas unas decenas de ejemplares para intimidar a los destinatarios seleccionados. Todo muy barato e higiénico, sin el coste de su publicación, que siempre deja un reguero de sangre”.
“Los hechos discurren en Milán, año 1992, unas semanas después de que el fiscal Antonio Di Pietro destape los sobornos pagados a un político socialista por la adjudicación del contrato de limpieza de la residencia de ancianos Pío Albergo Trivulzio”. Esta sería la primera estación del escándalo que “en dos años arrasaría a la clase política reinante desde la caída del fascismo para desembocar en el primer Gobierno de Berlusconi, cuyo holograma se adivina tras la figura del Commendatore Vimercate, editor de este diario que nunca verá la luz” (El País, 14-4-2015).
En una entrevista con el autor, la periodista Inés Martín Rodrigo le dice que, de todas sus obras, Número Cero es la más cercana a nuestros días y le pregunta por qué eligió el año 1992. Responde así: “Es un año muy interesante, porque se podía pensar que en un futuro las cosas iban a cambiar, pero ha sido justamente al revés”, “existe la leyenda de que yo sólo escribo novelas históricas, pero El péndulo de Foucault se desarrolla en los años 80. Sin embargo, tiene razón, es la primera que se fija en los problemas políticos de los últimos 30 años”. ¿Y hoy las cosas van mejor o peor?: “No lo sé, he escrito de aquel año, no de después. Este es un país en el que ha pasado de todo sin que se construya nada, sin que quede nada. Subrayo el pesimismo, pero es un problema personal. Como el sentido de responsabilidad” (ABC, 30-3-2015).
¿Pesimismo personal o realismo mordaz? Al final, se impone el pragmatismo general: “El único problema serio para el buen ciudadano, dice Maia, es no pagar los impuestos, y luego que los que mandan hagan lo que quieran; al fin y al cabo, todos chupan del mismo bote. Y amén. Ya lo ves, me han bastado dos meses con Simei para volverme lista yo también”.
Algunos acontecimientos de ese año (1992) no aparecen en la novela. Por ejemplo, en el juicio por la quiebra del Banco Ambrosiano las principales condenas caen sobre los jefes de la Logia P2: 18 años y medio de cárcel para Licio Gelli y 19 para Umberto Ortolani (EL País, 17-4-1992). Tampoco aparecen otros acontecimientos anteriores.
El 24 de noviembre de 1982, el juez Carlo Palermo anuncia órdenes de detención contra doscientas personas de diversas nacionalidades, que trabajan para el círculo de traficantes de armas y drogas más importante de todos los descubiertos en nuestra época. Los principales imputados “serán después implicados en los asuntos Calvi-Ambrosiano y en el atentado contra el papa Wojtyla”. La noticia aparece en todos los periódicos italianos (25-11-1982).
El juez Palermo quiso seguir su investigación en Sicilia y, en febrero de 1985, se trasladó a Trápani, donde ocupó el despacho del colega Giacomo Ciaccio Montalto, que había sido asesinado en los primeros meses de 1983: “En Trápani estaba presente también una base militar de la OTAN, donde residí cerca de un mes. Bruscamente alejado de la base, una semana después, privado de la protección de recorrido que ella ofrecía, sufrí el atentado de Pizzolungo. Era el 2 de abril de 1985” (Palermo, 11-12; El día de la cuenta, 208-211).
Como la pista búlgara del atentado contra Juan Pablo II, la vuelta de Mussolini redivivo pudo ser uno de los grandes montajes de la posguerra. Había precedentes en la historia clásica del imperio romano: Nerón redivivo. Superando una conspiración en el año 65, “su herida mortal de curó” (Ap 3,13).
Sorprende la convergencia de extraños personajes como Vincenzo Vinciguerra, que se entrega a la justicia, y Marco Fassoni Accetti, que se acusa de haber participado en los secuestros de Emanuela Orlandi y de Mirella Gregori, y atropella al niño José Garramón, previamente secuestrado. Puede verse al respecto nuestro artículo El Ganglio, poder oculto. ¿Qué es lo que pretenden?, ¿buscan publicidad?, ¿necesitan dinero?
Detrás del genérico “ellos” hay un poder oculto, llámese Gladio, Logia P2, Avanguardia Nazionale, Ordine Nuevo, mafia, servicios secretos o Ganglio. La muerte del periodista en la novela recuerda el asesinato de Mino Pecorelli (21-3-1979), que dirigía la revista OP (Osservatore Politico), o la extraña muerte del periodista Dino Marafiotti (ésta muy reciente, el 17 de agosto de 2013), que pretendía resolver uno de los misterios de Italia.
Resulta revelador: senadores de la comisión de investigación parlamentaria dijeron sin tapujos en el programa de la BBC que “los servicios y la policía en cada atentado adulteraban las pruebas para paralizar las investigaciones judiciales”. Se comprende así la parálisis de la justicia italiana que hemos percibido en diversos casos, entre ellos, el de José Garramón.
Sorprende el silencio del papa Wojtyla ante la extraña muerte de su predecesor, mientras pide perdón a Galileo 359 años después de que fuera condenado. “Nunca he entendido, dice Maia, “si esta moda de pedir perdón indica un ejercicio de humildad o de desfachatez: haces algo que no deberías, luego pides perdón y te lavas las manos”.
En su novela, el escritor describe ampliamente la red Gladio, que analiza a fondo. En el asesinato de Luciani, destaca -entre otros objetos personales- la desaparición de los apuntes y del bote de Effortil: ¿Por qué esos objetos habían de desvanecerse en la nada? ¿A lo mejor porque no era verosímil que a un hipotenso le diera el ataque que dijeron? En el atentado que sufre Juan Pablo II por parte de los Lobos Grises turcos, el escritor indica que esos Lobos Grises estaban afiliados al stay-behind de ese país, aunque no profundiza más.
Curiosamente, el periódico Domani comienza el 18 de febrero. El escritor muere el pasado 19 de febrero, algo que el 18 de febrero nadie podía saber. Tampoco el periódico Domani podía saber lo que iba a suceder mañana.
Número Cero es la novela de Umberto Eco que se centra en los misterios no resueltos de Italia, los de su propia época. En su novela el autor describe “lo verdadero bajo los rasgos de la fábula”. Número Cero es el espejo de una realidad vista críticamente por él. En el fondo, es el eco de Umberto.

                                                                                  Jesús López Sáez