ULTIMAS CONVERSACIONES. Luces y sombras

Creado en Jueves, 24 Noviembre 2016 Última actualización en Lunes, 28 Noviembre 2016

ULTIMAS CONVERSACIONES
Luces y sombras


Las Últimas Conversaciones (UC) de Benedicto XVI con el periodista Peter Seewald (Ed. Mensajero, Bilbao, 2016) son entrevistas que “tuvieron lugar poco antes y poco después de la renuncia de Benedicto”, “el texto ha sido leído por el papa emérito” (UC, 25). Veamos algunos aspectos en los que encontramos luces y sombras.  

Joseph Ratzinger es “oriundo de un pequeño pueblo en una zona rural de Baviera”, “procedíamos de una familia pobre del campo” (UC, 16 y 115). Su padre es policía. Su madre (lo dice así) es “hija ilegítima”, también otro hijo de los abuelos “nació antes de que contrajeran matrimonio. Estaban prometidos, pero no tenían residencia fija” (UC, 79-80). Quizá, decimos nosotros, entonces fueron “matrimonio de hecho”.

Uno de sus profesores en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga tomó posición contra la “mojigata piedad decimonónica”: “Eso fue para mí un descubrimiento”, dice el papa emérito. La “rigurosa piedad decimonónica” no le iba: “Aquello era en parte demasiado estricto” (UC,  81-82).

Tampoco le gustaba el tomismo, sistema escolástico que sigue la doctrina de Tomás de Aquino: “Bueno, sencillamente no quería moverme solo en una filosofía manida y envasada, por así decirlo, ya lista para el consumo, sino entender la filosofía como pregunta – ¿qué somos realmente? - y, sobre todo, conocer lo nuevo, familiarizarme con la filosofía moderna”. “por desgracia, no pude profundizar en la filosofía como me habría gustado” (UC, 107-108), “yo quería salir del tomismo clásico, para lo cual Agustín fue para mí una ayuda y un guía”, “a comienzos de 1946 tropecé con Agustín y leí algunas de sus obras” (UC, 111).

En 1953 obtiene el título de doctor en teología por la Universidad de Múnich. La Escuela de Múnich “estaba muy marcada por la Sagrada Escritura, pero también por los padres y la liturgia”, “era muy ecuménica”, “le faltaba en cierta medida la dimensión tomista-filosófica; quizá le hubiera hecho mucho bien”, “la formación teológica fue muy cristológica y con el sello de la Iglesia antigua” (UC, 116-117).  

En 1958 publica un artículo sobre el proceso de descristianización, “Los nuevos paganos y la Iglesia”. En la vieja Europa, dice Ratzinger, “¿no somos país de misión?”, “se formó un buen revuelo” (UC, 123-124).

El 19 de noviembre de 1961 el cardenal de Colonia Joseph Frings dio una conferencia en Génova sobre “El concilio y el mundo intelectual moderno”. Juan XXIII llamó al cardenal para felicitarle: “Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!”. El cardenal respondió: “La conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”,  es decir, Ratzinger. Replicó el papa: “Tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno” (UC, 156-158).

¿Era progresista usted entonces?, pregunta el periodista. “Sí, diría que sí. A la sazón, ser progresista no comportaba todavía romper con la fe, sino aprender a comprenderla mejor y vivirla de manera más adecuada, desde el origen. En aquel entonces todavía creía que eso era lo que todos queríamos” (UC, 167). El teólogo suizo Hans Küng da otra versión: “Los problemas comenzaron en 1968, cuando se originó la confrontación con los estudiantes”, “Ratzinger quedó marcado por mayo del 68”, “yo creo que eso fue precisamente la cuestión decisiva de su cambio de dirección”, “pienso que siempre llevó en su corazón una religiosidad bávara beata”, “los dogmas y otras cuestiones eran más fáciles de afrontar desde el lado conservador” (J.M. Vidal, 239-241).

Sobre la Humanae Vitae (1968): “Fue para mí, en mi situación de aquella época y en el contexto de pensamiento teológico en el que me encontraba, un texto difícil. Era indudable que en ella se hacían afirmaciones esencialmente válidas, pero en aquel entonces el modo de argumentación no nos resultó satisfactorio, tampoco a mí”, “Juan Pablo II completó el planteamiento iusnaturalista de la encíclica mediante una visión personalista” (UC, 199).

El teólogo Ratzinger firmó un documento para la supresión del celibato obligatorio: “Aquello, por supuesto, no fue una decisión afortunada”, era un típico texto de K. Rahner, “de forma alambicada”, que “podía interpretarse tanto en una como en otra dirección” (UC, 200-201).  

De la obra que Ratzinger dedica a la vida eterna, Escatología, “él mismo dice que es su libro más elaborado” (UC, 204). Sin embargo, “siguiendo la vieja tradición farisea y eclesiástica, la obra presenta el síndrome de Marta, es decir, deja la resurrección para el último día de la historia”. Puede verse en nuestro libro Juan Pablo I, caso abierto (CA, 317).

Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger apoya la política de Juan Pablo II para Europa Oriental:  ”A la sazón no cabía esperar, por supuesto, que estos regímenes colapsaran pronto. Pero se tenía claro que, en vez de intentar conciliarse con ellos mediante compromisos, había que hacerles frente con firmeza. Esa era la idea fundamental de Juan Pablo II, que yo compartía” (UC, 214-215).  De la política de Juan Pablo II para América Latina no se dice nada.

En 1984 Ratzinger publica la Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la liberación, criticando el “análisis marxista” que algunos teólogos utilizan. Mientras tanto, como afirma Richard Allen, consejero de seguridad del presidente Reagan, entre Reagan y Wojtyla se establece “una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos” (Bernstein-Politi, 279). En 1991 el teólogo Leonardo Boff denuncia el escándalo de la estrategia romana que “debilita el compromiso de las Iglesias latinoamericanas a favor de la liberación de los pobres, frente a las denuncias y las desapariciones políticas, los asesinatos de campesinos y la opresión de los trabajadores” (El día de la cuenta, 394-395).

Además, como asesor teológico del papa Wojtyla, el cardenal pasa por alto los enigmas vaticanos: la muerte de Juan Pablo  I (1978), que decide cortar los negocios vaticanos; el atentado contra Juan Pablo II (1981), considerado secreto de Estado; la quiebra del Banco Ambrosiano y la muerte de su presidente, también de su secretaria y de un empleado del banco (1982); el secuestro de Emanuela Orlandi, hija de un empleado vaticano, que parece un instrumento de presión sobre el papa Wojtyla (1983); la muerte del niño José Garramón (1983), atropellado por el furgón Ford Transit de MFA, a quien tutela “un famoso abogado que entonces era consejero del Secretario de Estado Vaticano” (Il Tempo, 22-12-2014); la “devolución voluntaria” por parte del Vaticano de 250 millones de dólares a los acreedores del Banco Ambrosiano (1984); la masacre de la Guardia Suiza (1997), un enigma más.

Sobre el catecismo universal: “Cada vez eran más las personas que se preguntaban: ¿tiene la Iglesia todavía una doctrina común? Ya no se sabía qué era lo que la Iglesia realmente creía. Hubo corrientes bastantes fuertes, incluso entre gente muy buena, que decían: ya no se puede hacer un catecismo. Yo, en cambio, opinaba: o bien tenemos aún algo que decir y entonces hay que ser capaces de presentarlo, o bien no tenemos ya nada que decir. En este sentido, me convertí en paladín de la idea, desde la convicción de que también hoy debemos estar en condiciones de decir qué es lo que cree y enseña la Iglesia” (UC, 217-218).

En realidad, durante 20 siglos solamente una vez se había publicado un catecismo para toda la Iglesia, el Catecismo Romano para párrocos, tres años después del Concilio de Trento. En 1992, treinta años después del Concilio Vaticano II, que no quiso un catecismo universal sino “un Directorio sobre la instrucción catequética del pueblo cristiano” (CD 44), Juan Pablo II publica el Catecismo de la Iglesia Católica. Es una obra, básicamente, de tipo doctrinal, es decir, el acento está puesto en la doctrina. Parece ignorar los diversos momentos del movimiento catequético contemporáneo, que ha ido valorando la importancia del anuncio del Evangelio, de la experiencia, de la liberación, de la comunidad, de las nuevas síntesis de fe.

Como papa, Ratzinger recibe al presidente Bush en el Vaticano (13-6-2008) y le agradece “la defensa de los valores morales fundamentales”, un diploma moral a quien, por ejemplo, ha hecho la guerra de Irak, que ha provocado más de medio millón de muertos. Ese respaldo moral suscita en muchos (creyentes o no) perplejidad y escándalo (CA, 312).

El papa Benedicto quiere “restablecer la centralidad de la fe en Dios” (UC, 32), “el buen Dios” (UC, 285), “redescubrir a Dios, redescubrirlo en Cristo” (UC, 281), “colocar en el centro el tema: Dios y la fe. Para mí era importante volver a poner también en primer plano la Sagrada Escritura” (UC, 235-236), “Dios es persona”, “me hago una representación de Dios en la medida en que Dios está ahí en Jesucristo, en un ser humano” (UC, 290), para él fue “un continuo sacar agua de las profundidades de las fuentes”, lo que le alegra es “que la fe se presente de forma nueva en movimientos incipientes y que la Iglesia adquiera ahí un nuevo rostro” (UC, 255 y 270).

“Para él, dice el periodista, la verdadera reforma es una cuestión de resurgimiento interior”, “la prioridad suprema corresponde al anuncio de lo que, sobre la base de conocimientos ciertos, puede saberse y creerse sobre Cristo”. Se trata de “conservar la palabra de Dios en su grandeza y pureza frente a todo intento de acomodación y dilución”, “los tres volúmenes del papa sobre Jesús hacen singular este pontificado” (UC, 18 y 23).

Del libro sobre Jesús de Nazaret dice Ratzinger en el prólogo: es “fruto de un largo camino interior”, “no es en modo alguno un acto magisterial, sino expresión de mi búsqueda personal del rostro del Señor”. El cardenal Martini, que fue arzobispo de Milán, dijo que le hubiera gustado escribir un libro semejante: “Caminando hacia el final de mi vida, yo también había sopesado escribir un libro sobre Jesús como conclusión de los estudios y trabajos que he realizado sobre el Nuevo Testamento. Ahora, me parece que esta obra de Joseph Ratzinger se corresponde con mis deseos y mis expectativas” (El Mundo, 30-5-2007).

¿Se ha preguntado usted alguna vez si Dios es algo más que una idea?, dice el periodista. “Tengo tantas experiencias concretas de fe, experiencia de la presencia de Dios, que estoy bien armado para esos instantes y no pueden conmigo” (UC, 255).

Su renuncia como papa no tiene que ver con el Vatileaks ni con el informe de trescientas páginas redactado por la comisión encargada de investigarlo: “Estos asuntos estaban completamente esclarecidos”, “pude renunciar porque el sosiego había vuelto a esta situación. No cedí a ninguna presión ni tampoco hui por incapacidad de manejar ya estas cosas”, “llegué a la convicción de que el encargo petrino exigía de mí decisiones concretas, discernimientos concretos”, pero “en breve eso no iba a ser posible ya” (UC, 51-53), “con el buen Dios sí que hablé largo y tendido sobre ello” (UC, 45). El informe de la comisión, dice el periodista, “está bajo llave”, “no obstante, se sabe que su alcance es menos dramático de lo que se presumía” (UC, 22).

Sobre el papa Bergoglio: “Nadie esperaba que fuera él. Yo lo conocía, por supuesto, pero no había pensado en él, Desde este punto de vista, para mí fue una gran sorpresa. Pero luego en seguida me ganó: por una parte, su manera de orar; por otra, cómo habló a la gente al corazón”, “el hecho de que no viva en el Palacio Apostólico, sino en la Casa de Santa Marta, se debe a que quiere estar rodeado de gente”, “luego también es de destacar, diría yo, la valentía con la que afronta los problemas y busca soluciones” (UC, 58 y 62).

Sobre la pederastia, dice el periodista, “existe de hecho una plétora de negligencias y errores, sobre todo de las instancias competentes en los distintos países. Pero hace tiempo que también se reconoce que, sin la gestión de Benedicto XVI, la que es una de las mayores crisis en la historia de la Iglesia católica habría ocasionado daños bastantes mayores. Ya como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger había adoptado medidas para aclarar a fondo los casos y castigar a los culpables. Como papa, expulsó a unos cuatrocientos sacerdotes y definió la base canónica para procesar a los obispos y cardenales que se nieguen a realizar o facilitar las investigaciones pertinentes” (UC, 21-22).

Sobre el IOR, el Banco vaticano: “Fue para mí desde el principio un gran interrogante”, “era importante quitarlo de las manos en las que estaba. Había que encontrar un nuevo equipo directivo y, por muchas razones, parecía adecuado no volver a nombrar como responsable a un italiano”, “a ello hay que añadir las nuevas leyes que se aprobaron bajo mi responsabilidad, con objeto de imposibilitar, por ejemplo, el lavado de dinero” (UC, 271-272).

¿Siente también un papa emérito miedo a la muerte? “En cierto sentido, sí. En primer lugar, siento temor a convertirme en una carga para otras personas a consecuencia de un largo periodo de discapacidad”. En segundo lugar, “por mucha confianza que tenga en que el buen Dios no puede rechazarme, cuanto más cerca estoy de su rostro, tanto más fuertemente me percato de cuántas cosas he hecho mal. En este sentido, también el lastre de la culpa le oprime a uno, aunque la confianza fundamental está, por supuesto, siempre ahí”, “sin cesar hay personas a las que uno no satisface, a las que no trata bien. ¡Ah, son tantos y tantos detalles, no grandes asuntos, gracias a Dios!” (UC, 40). Ratzinger no parece reconocer “graves responsabilidades” como cardenal o como papa, pero no por eso queda justificado.

Finalmente, en libros como La sal de la tierra, Dios y el mundo, y Jesús de Nazaret, Ratzinger manifiesta ya un “proceso interior”, “cierta inspiración catecumenal, que nos parece nueva en su repertorio”. En el Congreso sobre el Catecumenado en Italia (Roma, 6-8 de febrero de 2006), comentando nuestra experiencia catecumenal y comunitaria con sor Lorenzina, responsable del Catecumenado en la diócesis de Roma, dijo más de una vez: “Eso es lo que dice Ratzinger”. Entonces me sorprendió, ahora lo entiendo (CA, 335-341). Ese proceso interior aparece también en Últimas Conversaciones. El papa emérito recupera el lenguaje del Nuevo Testamento sobre Dios y sobre Cristo. Es fundamental. Está en juego la confesión de fe.


                                                                                                                          Jesús López Sáez