ELOGIO DE LA ENCINA. En tiempos de inclemencia

Creado en Martes, 04 Julio 2017 Última actualización en Miércoles, 05 Julio 2017

ELOGIO DE LA ENCINA

En tiempos de inclemencia

 

Elogio de la encina es el título del libro de Olegario González de Cardedal, teólogo y profesor emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue publicado en Ed. Sígueme (Salamanca, 1973), hace 44 años. Dicen que con este libro se la jugó Olegario. Veamos unos textos del mismo que, en cierto modo, siguen siendo actuales.

 

En la parte III titulada “Una Iglesia fiel”, en el capítulo 12 titulado “Fidelidades históricas”, donde se trata de “las comunidades dentro de la iglesia: antiguos y nuevos grupos”, el teólogo hace una dura crítica a algunos grupos intraeclesiales y, en concreto, al Opus Dei:

 

* “Dentro de la Iglesia católica quizá ningún grupo tan representativo de cohesión, posibilidad, poder, saber, prestigio social y elegancia distanciada como antaño la Compañía de Jesús y hoy día el Opus Dei, a los que la iglesia refrenda considerándolos estado de perfección, es decir, marcos históricos ideales a juicio del magisterio para vivir hoy conforme al evangelio. Muchas veces me he preguntado si no daremos los cristianos católicos frente a los otros grupos cristianos, y los cristianos frente a los no creyentes, la misma impresión que estos grupos intraeclesiales dan actualmente ante los católicos normales: la de ser en verdad los únicos que son fieles, los únicos que poseen la verdad, los únicos en quienes se complace Dios, los que pueden mirar satisfechos al resto de los humanos como parias de la tierra en el orden del espíritu. Cuando tales grupos además operan con medios y consignas secretas, cuando no se tiene posibilidad de discernir las personas con quien se habla, puesto que no es posible distinguir si habla el sistema, presupuesto y englobador de todos aun cuando se oculte, o habla de verdad la persona concretísima que tenemos frente a nosotros; cuando no se sabe a qué fines en definitiva sirven; cuando son unas las cartas que se enseñan y otras con las que se juega; cuando todo esto ocurre, ¿es perceptible la limpidez e inmediatez del evangelio? Yo confieso que si esa es la impresión real que en realidad damos los cristianos a los demás hombres, y si tuvieran razón real para pensar así, habríamos dejado de ser iglesia de Cristo. Ningún grupo intraeclesial, y ningún cristiano pueden ocultar ante ningún hombre sus cartas, porque si verdad significa patencia y descelamiento, ocultar y velar al prójimo los apoyos del propio vivir y las pautas del propio pensar, cuando se vive en contexto y acción pública, es una mentira y un engaño” (pp. 357-358).

 

También en la parte III, en el capítulo 13, titulado “Fidelidades de la iglesia en España”, donde se trata de “fidelidades en el ámbito social-político”, el teólogo denuncia la guerra civil como “fenómeno sorprendentemente ignorado por la iglesia y el estado”, “España fue durante tres años un país escindido y agredido”, “soterrada seguía intacta otra España, que no tenía marco jurídico ni espiritual de existencia cívica”:

 

* “La situación de las relaciones entre las iglesia y el estado español hoy es el resultado de la estrecha convivencia espiritual, en que han vivido durante los últimos treinta años. Esa convivencia y connivencia era sincera por ambas partes y hay que añadir que teóricamente respondía a las exigencias ideales que la eclesiología y los manuales de derecho público eclesiástico establecían entonces, sobre las relaciones de las dos llamadas sociedades perfectas. Por ello el concordato de 1953 sellaba un acuerdo real de conciencias y daba cuerpo jurídico a una situación vivida, y a la que se consideraba teológicamente ideal e históricamente perdurable. Junto a esto, el fenómeno sorprendentemente ignorado por la iglesia y el estado de que España fue durante tres años un país escindido y agredido, y que soterrada seguía intacta otra España, que no tenía marco jurídico ni espiritual de existencia cívica”.

 

A continuación, Olegario comenta lo que supuso el concilio, “un nuevo modelo de iglesia”, “una iglesia de misión que reclama para sí todos y solos los derechos que reclama para todos”, dejando de ser el apoyo moral del régimen nacido de la guerra civil y facilitando así la transición a la democracia:

 

* “El decenio 1960-1970 trae novedades fundamentales para la conciencia española. El concilio pone de manifiesto lo que son exigencias católicas inignorables y lo que significan las libertades fundamentales del hombre, que han de ser cultivadas, protegidas y salvaguardadas siempre por el estado. Sobre todo el concilio proyectó un nuevo modelo de iglesia, que asume como presupuesto de encarnación no la idea de cristiandad o de superposición entre un ideal religioso y un ideal político adecuado desde dentro a sus exigencias, con las correspondientes cesiones de derechos y deberes mutuos, sino el modelo de una iglesia de misión que reclama para sí todos y solos los derechos que reclama para todos los demás hombres o grupos y colabora en las responsabilidades ciudadanas en la misma medida y deber que los demás. Esto significaba, junto con el reconocimiento de la autonomía de acción de los seglares en el campo de sus competencias y del apostolado consiguiente, que la iglesia renunciaba a la forma de relación que había tenido con el estado y que en el fondo dejaba de sentirse obligada a ser el apoyo ideológico y a prestar la legitimidad ética necesaria a la legislación civil”.

 

Finalmente, a renglón seguido, el teólogo habla de la crisis de 1967, “la defunción de los movimientos especializados de acción católica”, entonces “se hicieron opciones mortales para el futuro del apostolado seglar”:

 

* “El resultado de este giro ha sido la manumisión de todos los hombres creyentes para que en nombre de su fe pudieran colaborar en la configuración pública de la vida del país: la presencia activa de los militantes cristianos en el mundo del trabajo; el surgimiento por parte de grupos cristianos de una oposición a la ideología y legislación vigente, que al ser consideradas todavía como mera prolongación del episcopado arrastraban con su hacer una oposición de la jerarquía al régimen. Todo ello llevó a la crisis de 1967, donde se firmó el acta de defunción de los movimientos especializados de acción católica, fecha inignorable para la historia religiosa de España. En ella se hicieron opciones mortales para el futuro del apostolado seglar” (pp. 407-408).

 

¿Y la imagen de la encina? ¿Por qué? Significa fidelidad “en tiempos de inclemencia”. “Nacido en tierras de Castilla, dice Olegario, yo he vivido ese diálogo vivo entre el desasosiego vertical del chopo, que avanza hacia la altura, y la reciedumbre anclada de la encina. Y no he sabido nunca qué admirar más si el disparatado abalanzarse del chopo hacia los cielos o el amoroso arraigar en tierra de la encina”, “en realidad, no elogio exclusivo de ninguno sino parábola del chopo y de la encina hubiera sido el título más exacto”.

 

Sin embargo, “al sospechar cómo la fidelidad acendrada por el dolor y la paciencia pueden ser imperativos nada brillantes pero sí urgentes a la iglesia contemporánea, y cómo una alegría serena y una libertad de espíritu ajena a toda prisa, siendo menos llamativas quizá sean más eficaces para dar expresión a la fe en el mundo”, el teólogo ha pensado en esa encina rural del cielo y de la tierra castellana, cuya “verdura es flor de las entrañas” (M. de Unamuno), “con sus ramas sin color / en el campo sin verdor; / con su tronco ceniciento , / sin esbeltez ni altiveza / con su vigor sin tormento / y su humildad que es firmeza” (A. Machado).

 

        Jesús López Sáez