LA MUERTE DEL PAPA. La novela del portugués

Creado en Domingo, 11 Febrero 2018 Última actualización en Jueves, 22 Febrero 2018

LA MUERTE DEL PAPA

La novela del portugués

“La muerte del Papa” (Suma, 2006) es una novela del portugués Luis Miguel Rocha (1976-2015) sobre la muerte de Juan Pablo I: “Para muchos, ha llegado el momento de la verdad: ¿qué pasó realmente durante los breves días del pontificado de Juan Pablo I? ¿Qué planes se truncaron tan abruptamente aquella fatídica noche? En suma… ¿a quién podía beneficiar su desaparición?”. El autor habría encontrado al asesino de Albino Luciani, que le entrega algunos documentos. La novela contiene datos reales y datos inventados.

* 11 de julio de 1977. El cardenal Luciani celebró misa en el convento de carmelitas de Coimbra. Sor Lucía pidió hablar con él. El encuentro debía ceñirse a unos minutos, pero se prolongó durante casi dos horas. De pronto, se hizo un silencio y pudo oírse una voz grave que casi hizo temblar los muros de la habitación: “Y en cuanto a usted, señor Patriarca, la corona de Cristo y los días de Cristo”, “existe un secreto no revelado que concierne a su muerte” (pp. 103-104). En nuestra opinión, lo del estado de trance es apócrifo, de novela y de película.

* Septiembre de 1978. El Santo Padre frunció el ceño  al revisar la agenda y comprobar las audiencias que debía mantener aquella mañana, entre ellas, una comisión del Departamento de Justicia de Nueva York. Dicha comisión venia acompañada por miembros del FBI  y del Banco Nacional de Italia. La última nota incrustaba dicha comisión entre una representación de piadosas viudas del Piamonte y un colegio religioso español. El papa Juan Pablo I dijo a sus secretarios particulares: “Estos señores se encontrarán incómodos en la audiencia. Llámenles y díganles que vengan a mi despacho ahora, cuanto antes… ¡Ah! Es una visita de cortesía. No es necesario que informen al cardenal Villot. Gracias”. Empieza la reunión:

- Señor, le traemos un informe conjunto que apunta indicios delictivos en las actividades de las instituciones financieras ligadas a la Santa Sede.

- Dígame qué dice ese informe.

- Las finanzas del Vaticano están ligadas al IOR y éste al Banco Ambrosiano de Roberto Calvi, y éste, a su vez, a los negocios de Michele Sindona y su Banca Privada. Sabemos que Sindona es el enlace entre Roberto Calvi y el obispo Marcinkus. Les recuerdo que a Sindona se le llama “el banquero de la mafia” y se ha emitido una orden de busca y captura contra él en estados Unidos por fraude fiscal, por delitos financieros y por crímenes en organizaciones mafiosas. Y, si me permite, le recuerdo también que Roberto Calvi pertenece a la logia masónica P2, dirigida por el fascista Gelli e instigadora de la Operación Gladio. Seguramente no habrá olvidado las bombas de la Piazza Fontana de 1969.

- ¿Me está diciendo que con el dinero del Vaticano se ponen bombas en Roma?

- No. Le estoy diciendo que se ponen bombas en Roma y en muchos otros lugares de mundo. Desde Polonia a Nicaragua.

El agente del FBI, con los continuos asentimientos de los comisionados del Departamento de Justicia, no estaba dispuesto a detenerse:

-          Roberto Calvi y Paul Marcinkus fundaron en 1971 el Cisalpine Overseas Bank, en Nassau, en las Bahamas. Le diré para qué sirve ese banco: para blanquear el dinero procedente del tráfico de drogas, para blanquear el dinero procedente del tráfico de armas, para encubrir especulaciones inmobiliarias fraudulentas, para blanquear dinero procedente de la prostitución, la pornografía y otras actividades semejantes. Desde allí, por medio de una red de sociedades interpuestas que aparecen claramente en el informe, se desvían fondos a distintos lugares. Por ejemplo, a las organizaciones obreras de Polonia, a gobiernos dictatoriales como el de Somoza o a organizaciones revolucionarias o terroristas.

-          ¿No le resulta extraño que financiemos a fascistas y a revolucionarios a un tiempo?, preguntó el papa Luciani.

-          No financian políticas, financian delitos. En Italia están sobornando y chantajeando a políticos de todos los colores. Si lee el Corriere della Sera con atención, podrá verlo claramente. Al fin y al cabo, es el periódico oficial de los Gelli, los Sindona, los Calvi y los Marcinkus.

-          Santo Padre, dijo uno de los auditores del Banco de Italia, el Banco Ambrosiano tiene un déficit de 1.400 millones de dólares. Y, como sabe, la Banca Vaticana tiene un veinte por ciento de las acciones del Banco Ambrosiano. Debe tomar medidas, porque el Banco de Italia no puede arriesgar…

-          Señor, interrumpió un comisionado del Departamento de Justicia estadounidense, la Administración norteamericana va a actuar de todos modos. Hemos venido para comunicarle que será difícil que este escándalo no salpique a la Santa Sede. Cumplo órdenes superiores al entregarle este informe.

-          ¡Santidad, exclamó uno de los auditores italianos, apártese de Marcinkus, de De Bonis, de Calvi…! (pp. 189-192).

* 20 de septiembre. Juan Pablo I escribe en su diario: “Los años de Cristo serán mis días. Hoy es el vigésimo quinto día de mi pontificado, los años de Cristo fueron treinta y tres” (p. 345).  Sor Lucía le dijo esto: “Y en cuanto a usted, Señor Patriarca, la corona de Cristo y los días de Cristo” (p. 104). Esto, a su vez, aparece en otra novela, “El diario secreto de Juan Pablo I”, de Ricardo de la Cierva (Planeta, 1990, p. 11; ver El día de la cuenta, p. 169).

* 28 de septiembre. “Villot no lograba permanecer tranquilo en la silla de su oficina”, “aún no había transcurrido una hora desde que recibiera ciertos papeles enviados desde la oficina del papa Albino Luciani. Contenían órdenes, decisiones y sustituciones. Algunos de aquellos cambios inminentes se verificarían en las próximas horas o al día siguiente”.

- ¿Benelli en mi lugar?, se dijo. ¿Puede imaginarse una provocación mayor?...

- Esto es demasiado arriesgado, Santo Padre. En cuanto a las sustituciones ¿tiene usted la más remota idea de lo que provocarán en el seno de la curia?

- Creo tener una noción bastante ajustada, cardenal Villot, respondió el Papa con naturalidad.

- Pero…pero… ¿y los cardenales? ¿Y los prelados que votaron por usted y defienden una política más moderada?

- Yo no pedí a nadie que me colocara en este lugar. Y no creo que las decisiones que he tomado puedan considerarse un ataque o una agresión en ningún sentido. Sólo me ocupo de lo que creo que debo ocuparme, cardenal. No olvide que me debo a los fieles y a Dios.

- Santo Padre, permítame estudiar la situación con detenimiento. Analizaré estos nombres y le presentaré alternativas, en especial para mi sustitución y para la dirección del IOR.

- No es necesario que se esfuerce, cardenal Villot. Ésa es mi última palabra. No se tome el trabajo de buscar alternativas. Mi decisión es irrevocable. Debe procederse a la sustitución inmediata del obispo Marcinkus por monseñor Giovanni Abbo, y al cese de De Bonis, Mennini y De Stroebel. De Bonis será reemplazado por monseñor Antonetti, y trataré de completar las dos vacantes restantes después de conversar con monseñor Abbo.

Villot meditó, caviló, rezó, pero no lograba encontrar la solución al problema. Miró el teléfono situado junto a los papeles de la discordia. Le parecía tentador y pavoroso al mismo tiempo. Varias veces marcó los primeros dígitos del número que había memorizado días atrás…Decidió jugárselo todo a una última carta. Si él solo no había conseguido convencer al Papa, convocaría a los monseñores cuyo futuro también estaba amenazado por la decisión de Juan Pablo I. Entre todos harían un último esfuerzo para que el Pontífice recapacitara (pp. 281-286).

Hans Roggan, el jefe de seguridad,  “pudo entender que se celebraría una importante reunión en el despacho del papa Luciani”, “una reunión de alto contenido político, pero informal, porque no se recibió ninguna comunicación de la portavocía del Vaticano”, “estarían presentes el secretario de Estado, Jean-Marie Villot, el obispo Paul Marcinkus y el arzobispo vicario de Roma, Ugo Poletti”, “los distintos cuerpos adscritos a las diversas personalidades fueron precisamente informados para que condujeran a los cardenales por una puerta discreta”, “los cardenales – quienes quiera que fuesen- no se encontrarían a nadie por el camino”, “a media tarde, los dos secretarios del Pontífice abandonaron sus despachos. Entonces, Hans supo que la reunión estaba a punto de celebrarse”, “dadas las precauciones que se tomaron, era evidente que el cardenal Villot, Marcinkus, De Bonis, Casaroli y Poletti no deseaban que se les viera juntos”.

El Papa “ya casi se había acostumbrado a estas visitas intempestivas”, “los miembros de la curia no habían cesado en sus intrigas: sabía de sobra que estaba rodeado de lobos”, “abrió una de las carpetas que se encontraban sobre la mesa”:

-          Hace unos días, como seguramente sabrán, recibí a una comisión de los servicios secretos norteamericanos. Estos amigos que me visitaron fueron muy poco piadosos con ustedes.

-          Nuestra vida está consagrada al bien de la Iglesia, Santo Padre, dijo Villot con firmeza.

-          ¿Al bien de la Iglesia?, preguntó irritado Luciani. ¿Qué Iglesia necesita que sus servidores anden en conciliábulos y reuniones secretas, cardenal Villot? ¿Desde cuándo la Iglesia precisa que sus pastores enreden con los masones, cardenal Poletti? ¿Qué Iglesia se defiende amasando oro podrido en las Bahamas y en los paraísos fiscales, monseñor Marcinkus? ¿Y desde cuándo le interesa invertir en pornografía, monseñor De Bonis? ¿O estamos siendo piadosos, cardenal Casaroli, cuando intrigamos en países al borde de la guerra?

-     ¡Son acusaciones muy graves!, dijo Villot.

-     ¡Esto es intolerable!, farfulló Poletti.

-     ¿Quién ha propagado esas calumnias?, preguntó Casaroli.

-          Alguien que los conoce muy bien, respondió Juan Pablo I.

-          ¡Si el Santo Padre es incapaz de distinguir cuándo se actúa en bien de la Iglesia, tal vez se deba tomar una resolución al respecto!, dijo con ira Marcinkus.

-          Santo Padre, quizá hemos actuado mal, pero nuestra intención era buena, dijo De Bonis.

-          Si han errado por malicia, Dios se lo demandará. Y si han errado por ignorancia, es que mis predecesores estuvieron ciegos. En cualquier caso, no seguirán en sus cargos.

-          ¡No puede hacer eso!, observó Villot.

-          Mañana mismo presentaré los papeles de su destitución y los que corresponden a otros puestos de responsabilidad en la curia, cardenal Villot, sentenció el papa Luciani.

Hans, el jefe de seguridad del Vaticano, los vio salir del despacho. Villot, que llevaba una capa negra ribeteada en rojo, la agitaba de un modo violentísimo y fue escupiendo improperios. De Bonis salió inmediatamente después de Marcinkus y le pedía explicaciones: ¿Es que el Gran Maestre no piensa actuar? Déjeme en paz, contestó el banquero de Dios. Casaroli y Poletti salieron apresurados, dando pasitos cortos y agitando las manos: Ya lo decía yo, ya lo decía yo…Este Papa nos traería problemas. Hans había escuchado los gritos, pero no podría asegurar cuál era la causa del disgusto (pp. 314-319).

El periodista Juan Arias escribió entonces al respecto: “Juan Pablo I mantuvo una fuerte discusión con cardenales sobre cambios en la curia”, “se pudo saber también que aquella tarde el papa Luciani había tenido una discusión muy dura con algunos cardenales, probablemente en relación a estos cambios que deseaba hacer. Algunos empleados del Vaticano oyeron las voces desde los pasillos” (El País, 6-10-1978). El mismo periodista escribe en su artículo “El fin del papado”: “Los gritos de la discusión se escuchaban desde fuera”, “me lo contó la monja que cada mañana despertaba al Papa llevándole un café”, “la religiosa que lo encontró muerto con apuntes de la acalorada discusión desparramados en la cama” (El País, 12-3-2013).

* 29 de septiembre. “Aquel hombre había tenido el privilegio de visitar la Ciudad del Vaticano en numerosas ocasiones. No tenía dudas: sabía dónde se encontraba cada palacio y cada oficina, cada recodo y cada plaza, y sabía cómo conseguir que nadie supiera que aquella noche estaba allí. Conocía el horario y el recorrido de las rondas de vigilancia”.

“A la hora en que entró, las doce y media de la noche, nadie, a excepción de la guardia, paseaba por aquella parte de la ciudad. Sólo tenían que garantizarle que las rutinas no fuesen alteradas y, por supuesto, debían dejarle las puertas abiertas. Todo se conjuró para que llegara fácilmente al tercer piso del Palacio Apostólico, justo al lado de la puerta de la habitación del Papa”, “abrió la puerta de golpe y entró”, “Luciani estaba recostado sobre la cabecera de la cama, escribiendo en un papel”. El intruso “colocó una almohada sobre el rostro de Albino Luciani y presionó. Aquellos segundos fueron los más largos de su vida. Mató a un hombre a quien la muerte no logró engañar. Aquel asesino sabía que bajo la almohada había un ser que ni pedía clemencia ni trataba de huir”, “en un gesto incomprensible, colocó el cadáver en la misma posición en que se encontraba el Papa cuando él entró en la sala” (pp. 346-348).

“Ya eran las cuatro y media”. Sor Vincenza dejó la bandeja sobre una mesita junto a la puerta de entrada de los aposentos privados de don Albino. “Habían pasado quince minutos”. La hermana Vincenza “no oyó nada ni pudo percibir movimiento alguno”, “entró de puntillas. El Papa permanecía sentado en la cama, apoyado sobre las almohadas, con las gafas puestas, unos papeles en la mano y la cabeza inclinada hacia el lado derecho” (pp. 19-26).

Jesús López Sáez