Denuncia y sentencia

Creado en Jueves, 22 Diciembre 2011 Última actualización en Martes, 28 Mayo 2013
AÑO XI / 9.300 ejemplares
ISSN: 1579-6345

ecleSALia  21 de diciembre de 2011

 

21 de diciembre de 1511

DENUNCIA Y SENTENCIA

En memoria del sermón de adviento de Antonio de Montesinos

FERNANDO LIMÓN AGUIRRE, Sociólogo de El Colegio de la Frontera Sur, Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

CHIAPAS (MÉXICO).

 

ECLESALIA, 21/12/11.- Hubo, hay y habrá voces que claman en el desierto. En un cuarto domingo de adviento de hace 500 años unos curitas no acomodados fueron casa por casa de la gente del pueblo de Santo Domingo invitándoles a asistir a la misa. Aún no se cumplían 20 años de que Cristóbal Colón en su primer viaje de 1492 desembarcara en aquella isla de Haití, a la que se le cambió el nombre por el de La Española y que era un territorio habitado por pueblos como el ciguayo, los macoríes, los guanajatabeyes y, los que en ese momento predominaban, que eran los taínos. Ese año de 1511 la isla era gobernada por el propio hijo del almirante, Diego Colón, la población nativa había disminuido en casi un 90% y los esclavos africanos eran llevados en grandes grupos desde 10 años atrás.

Antonio de Montesinos había sido designado por su comunidad de sacerdotes dominicos para expresar la reflexión comunitaria que había sido meditada en oración y pensada colectivamente. Subido al púlpito y recordando la imagen de Juan el Bautista, se definía como la voz que clamaba en el desierto de esa isla; de inmediato solicitó toda la atención de quienes llegaron a la iglesia, no cualquier atención sino aquella que va acompañada de todo el corazón y todos los sentidos. ¿Sería esto posible entre quienes vivían de la explotación de los habitantes originarios de esas tierras que ellos dominaban? ¡A saber!, pero las voces que son de denuncia y que reclaman rectitud, justicia y equilibrio saben que hablan en el “desierto” y que este mismo hará posible que su voz no se pierda, de tal manera que en algún momento su mensaje sea retomado por quien tenga la claridad de leer la historia desde el lugar de quienes sufren. El sacerdote solicitaba la atención de los presentes para que escucharan la voz más áspera, dura, espantosa y peligrosa que jamás hubieran oído. Digan: ¿con qué derecho y con qué justicia tienen en tan cruel y horrible situación a la gente que de por sí habitaba en este lugar?

Quienes escuchaban tenía de sobra argumentos del derecho en que se basaban para tal explotación, mas no así en lo que respecta a justicia alguna. ¿Y se pensaría que la propia gente nativa, que sufría y padecía el maltrato, no había ya denunciado la crueldad y tiranía de parte de quienes se les habían montado? Ya lo habían hecho, pero ¿quién tendría la disposición de escucharles? ¿Acaso alguien que oyera lo haría con la atención del corazón?

Pues resulta que sí hubo quienes les escucharon y es lo que recordamos ahora, que es verdaderamente digno de conmemorarse. Este hecho significó el inicio en nuestra América de una posición solidaria, profética y de denuncia que lamentablemente no ha dejado de ser necesaria, pues desde esas fechas hasta ahora nuestra historia ha estado marcada por una dinámica colonizadora, con una organización social nada fraterna basada en la injusticia y la explotación y con una serie de negocios que han dado riqueza a muy pocos –comúnmente de corazón extranjero– y muerte a muchísimos.

Así es que aquella comunidad de frailes dominicos encabezados por Pedro de Córdoba, teniendo los ojos, los oídos y el corazón bien abiertos, con una buena reflexión pudo hacer eco del grito de dolor de quienes morían y padecían todo tipo de maltratos, asumiendo el reto de tomar como propia la denuncia y la demanda de un cambio que, como es normal, habría resultado para el bien común. Más tarde y de igual manera, el encomendero Bartolomé de Las Casas cuando pudo ver las cosas del revés, aceptó lo que primero rechazó junto con todo el resto de personas de su clase y grupo. Él escuchó de viva voz el sermón que pronunció Montesinos, con la denuncia y el señalamiento a los presentes de estar en pecado mortal y de vivir y morir en él, así como la serie de cuestionamientos expuestos: ¿Por qué los tienen tan oprimidos y con tratos tales por los cuales mueren o, mejor dicho, los matan? [...] (sigue en eclesalia.net)

 


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