HOLOCAUSTO NUCLEAR, HIROSHIMA Y NAGASAKI

Última actualización en Martes, 28 Mayo 2013
HOLOCAUSTO NUCLEAR, HIROSHIMA Y NAGASAKI
  1. Se cumplen ahora 60 años. El 6 de agosto de 1945, un avión estadounidense lanzó la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima y causó la muerte de 140.000 personas: “Una luz cegadora, que se vio a decenas de kilómetros, iluminó por un instante Hiroshima para después explotar con gran estruendo a 580 metros de altura sobre el centro de la ciudad. La bola de fuego que se formó tenía 28 metros de diámetro y una temperatura cercana a los 300.000 grados centígrados. Los rayos caloríficos y la onda expansiva de la primera bomba atómica quemaron y redujeron a cenizas todo lo que se hallaba en dos kilómetros alrededor del epicentro, que resultó ser el hospital privado de Shima, cercano al objetivo previsto” (El País, 6-8-2005).
  2. “Este es el suceso más grandioso de la historia”, dijo el presidente de Estados Unidos Harry Truman, al conocer que el avión denominado Enola Gay había lanzado la bomba que los norteamericanos llamaban Litle Boy, Niño. Tres días después, una segunda bomba cayó sobre la ciudad de Nagasaki, causando la muerte de 74.000 personas. Estados Unidos, potencia ocupante desde 1952, censuró toda información al respecto. Después de décadas de silencio, víctimas de la barbarie nuclear se deciden a hablar sobre su dramática historia.
  3. Shizuko tenía entonces 18 años. La explosión la lanzó a 10 metros. Cuando despertó, estaba abrasada. Caminó hacia su casa, bordeando la ciudad en llamas: “Oí la voz de mi padre. No le veía. Tenía la cara tan hinchada que no podía abrir los ojos. Sentí alivio y vergüenza. Estaba desnuda y me había hecho encima mis necesidades. Cuando mi novio, volvió de la guerra aquel diciembre, yo apenas comenzaba a gatear y mi mano derecha era un muñón. Mi padre le dispensó de su compromiso, pero él insistió y nos casamos al otoño siguiente. Pese al nacimiento de mi primer hijo, mi suegra siguió diciendo a mi marido que me abandonara, que se merecía una mujer completa. Viví por él, pero sufrí tanto que mi padre decía que habría sido más feliz si hubiera muerto”.
  4. Era la madrugada del 7 de agosto. A 10 kilómetros de Hiroshima, el tren se paró y les indicaron que continuasen a pie. El coreano Lee, de 16 años, iba con otros parientes. Tenían que atravesar Hiroshima para llegar a Yamaguchi. No sabían nada, sólo les extrañaba el olor a carne quemada: “Cuando entramos en la ciudad comenzamos a ver escenas terribles. Llegamos a la estación y allí la imagen era dantesca. Al acercarnos al río, creí que bajaban troncos, pero eran cadáveres. Estaban hinchados y negros. No se podía distinguir si eran hombres, mujeres, ancianos o niños. Caminábamos sobre el infierno. Si te descuidabas, pisabas la alfombra de cuerpos. Aún me aterrorizan las manos de los moribundos que más de una vez me agarraron por el tobillo. No podía pensar. No podía ayudar. Sólo quería huir. Salir de aquel espanto. Finalmente, nos subimos en uno de los camiones que retiraban muertos”.
  5. Yuko tenía entonces 13 años. El día 6 les tocaba descanso, pero el maestro las convocó: “Yo estaba leyendo y mi amiga me dijo que mirase el paracaídas que había lanzado un avión. No medió tiempo. Una luz me cegó y las ventanas reventaron. Me saltaron vidrios por todo el cuerpo. Huimos a un refugio cercano y, cuando salí a lavarme las heridas, me cayeron gotas enormes de lluvia negra, radiactiva. Creí que los norteamericanos querían exterminarnos y nos rociaban con gasolina”. Yuko tuvo cáncer de ovarios a los 30 años. La radiación fue la causa de la tremenda fatiga que padeció durante varias décadas.
  6. Seiko, de 13 años, vivía a 20 kilómetros de Hiroshima, pero había llegado en tren esa mañana con el resto de su clase. Cuando recobró el conocimiento después de la explosión, gritó y gimió al contemplar su piel colgando y el indescriptible horror que la rodeaba. Como un desfile de penitentes, guiadas por el maestro, emprendieron la huida, pero al llegar a la orilla del río el grupo se deshizo. La mayoría murió allí. Un camión la llevó a Seiko hasta una fábrica, donde por la noche la recogió su padre en una carreta: “Todo el mundo pensó que iba a morir pero, cuando gracias a los cuidados de mis padres, al cabo de un mes lograba incorporarme, mi amiga Chie, que parecía haber salido indemne, se llenó de manchas rojas y murió en tres días. Mi familia me escondió el espejo para que no me viera. A los cuatro meses salí por primera vez a la calle y los niños me gritaron que parecía un diablo rojo. Se me avinagró el carácter y maldecía a todos por haberme salvado”.
  7. A Emiko, que entonces tenía 8 años, la explosión le pilló a 2,6 kilómetros del epicentro: “Fue como un chispazo. Perdí el conocimiento y me desperté con el llanto de mis hermanos. Teníamos quemaduras por todas partes. Seguimos a otros heridos hasta un campo de entrenamiento. Muchos estaban abrasados, con la piel colgando a jirones, rojos e hinchados como tomates... Al día siguiente, decidimos volver al refugio aéreo de nuestra casa. Yo me quedé con los pequeños y mi madre se fue a buscar a mi hermana mayor, que nunca fue hallada”.
  8. Ota Yoko, superviviente de Hiroshima y autora del libro de poemas Ciudad de cadáveres, hace una memoria indeleble del holocausto, aunque experimenta la incapacidad de dar una forma literaria a la barbarie nuclear. En los interrogatorios militares a los que fue sometida se le prohibió la publicación de su testimonio poético y se la conminó a olvidar su experiencia. Su respuesta fue unívoca: “No puedo olvidar... incluso si no puedo publicarlo, tengo que escribir”. Recordamos lo que dice el concilio Vaticano II: “Toda acción bélica, que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra la humanidad, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones” (GS 80).
  9. En el 60 aniversario del genocidio de Hiroshima y Nagasaki, desfiguración brutal de la humanidad, escuchamos la primera lectura propia del domingo correspondiente (1 Re 19,9-13). Recoge la experiencia del profeta Elías, que – en situación personal de éxodo - huye de una sociedad paganizada y peregrina hacia el monte de Dios, vuelve a las fuentes de su propia fe. Allí en la hendidura de la roca, como en otro tiempo Moisés (Ex 33,22), percibe la presencia del Señor. El Señor no está en el viento huracanado, en el terremoto, en el fuego, en la bola de fuego de la bomba atómica, sino en el susurro, en la suave brisa, en el viento que imprime una dirección a la propia existencia sin forzarla. El Señor no se impone por la fuerza, es “misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). El salmo propio del día resulta muy oportuno: Dios anuncia la paz con tal de que a su  locura no retornen (Sal 85).
  10. En la segunda lectura, dice Pablo, siento una pena y un dolor incesante por mis hermanos, los de mi raza. Se refiere así al conflicto que experimenta con la institución judía (Rm 9,1-5), al fin y al cabo, lo mismo que Jesús. Tras el duro conflicto con los fariseos (Mt 12), tras la parábola del sembrador que está en acción (Mt 13), tras la señal de la multiplicación de panes (Mt 14), sea por lo que sea, se levanta una violenta tempestad, que amenaza la barca. Por su falta de fe, Pedro se hunde, pero el Señor abre un camino en medio de las aguas (Mt 14,22-33). Aplicaciones actuales: ¿dónde está la tempestad? ¿está abriendo el Señor un camino en medio de las aguas?