ALBINO LUCIANI EN LA JUNQUERA. Pasó de incógnito, cuando volvía de Fátima

Creado en Viernes, 19 Abril 2013 Última actualización en Domingo, 01 Marzo 2015
ALBINO LUCIANI EN LA JUNQUERA.
Pasó de incógnito, cuando volvía de Fátima
 
eduardo vivasLuisa Vannini, una de las organizadoras del viaje a Fátima de Albino Luciani, nos lo había contado. El 11 de julio de 1977, tras el encuentro con sor Lucía en Coimbra, Luciani salió impactado: "El cardenal llegó con mucho retraso al restaurante donde estaban los vénetos. Yo estaba sentada casi frente a él. Dijo poquísimas palabras, bromeó sobre el coloquio con sor Lucía, comió poco y deprisa. Noté una fuerte palidez y una viva emoción en su cara. En Fátima me había prometido que me concedería un breve coloquio. Quería hablarle de mi vida. Se disculpó diciendo: 'Ahora no puedo, vaya a Venecia, debo volver a Fátima, quiero hablar con la Virgen', dijo justamente, hablar. 'Sor Lucía me ha dejado un grave pensamiento en el corazón. Ahora no podré nunca olvidar Fátima'. Éstas son las palabras que me dijo, las recuerdo muy bien, mientras salía del restaurante para subirse al coche que la señora De Cadaval le había puesto a su disposición para volver a Lisboa” (Bassotto, 114-116).
Lo que no sabíamos es lo que pasó después. Lo sabemos gracias al testimonio del sacerdote de Gerona Eduardo Vivas Llorens, que fue durante más de 50 años párroco de Santa María de La Junquera. Mosén Eduardo (en la foto), que vive ahora en la residencia sacerdotal "Monestir" de Bañolas, nos aporta dos relatos (uno más breve y otro más amplio) de lo que para él es "el recuerdo más singular" de su vida: Albino Luciani "pasó de incógnito por la frontera", cuando volvía de Fátima.
* "Un buen día se presenta un presbítero italiano, con sotana, para oficiar la misa. Lo dispuse todo y, al finalizar la celebración, dialogando me informa que ejerce su ministerio en Venecia y me invita a su casa. Le pido la dirección y me dice que es una parroquia del centro y que todo el mundo lo conoce. Me doy cuenta que lleva anillo episcopal. Era el patriarca Albino Luciani, que en pocos meses sería elegido papa Juan Pablo I. Viajaba solo y totalmente discreto. Mi felicitación y un pequeño obsequio llegarían al Vaticano cuando ya estaba en el cielo ... Vivencias de frontera" (Catalunya Cristiana,10-2-2011).
* "Un día llamó a la puerta de la Casa Rectoral de la Junquera sobre las 9'15 de la mañana. Salí a abrir la puerta y me pidió amablemente que le dejase celebrar la misa; le invité a entrar en el despacho por si quería descansar unos momentos, pero lo rehusó. Iba solo y sin ningún distintivo de modo que lo tomé por un simple cura. Enseguida fuimos a la Iglesia; encendí las dos velas del altar mayor, puse una casulla normal, saqué un alba cualquiera sin estar recién planchada, yo mismo le serví las vinagreras y todo fue normal.
Después en la sacristía estuvimos un rato hablando de pie con la cordialidad propia de dos colegas. Cuando me dio las gracias, le respondí:
- Es un deber del sacerdote que está en la frontera, no sólo ejercer el cargo de Párroco, sino atender a todos cuantos pasan por aquí. De modo que no hago sino cumplir con mi obligación.
Iniciado el diálogo, me interesé por su viaje, pero no era éste el tema que deseaba tratar. Llevaba dentro algo, una inquietud por la Iglesia que quiso compartir...Recuerdo que coincidíamos en los puntos de vista y la conversación resultaba sumamente agradable...
El detalle final de la conversación me cautivó, si bien su bondad parecía el perfume que se respiraba desde el momento que le abrí la puerta. Me dijo:
- Si Ud. alguna vez va por Venecia, venga a mi casa.
- Es difícil que vaya, pues no tengo motivo específico de tipo pastoral para ir, repuse yo.
- Pero quizá yendo a Roma con algún grupo, se prolongue la excursión hasta Venecia...Entonces, venga.
- Muy agradecido; lo tendré en cuenta. ¿Puede darme su nombre y dirección?
- No precisa, pues cualquiera se la indicará; a mí me conocen todos.
Yo creía que hablaba con un párroco veneciano, pero al alargarme su mano vi el anillo episcopal...En tono de sorpresa le dije:
- ¡Perdóneme, no creía que fuese Ud. el señor Obispo! No le he atendido como su jerarquía merece...
- De ningún modo - me decía con cálida sonrisa, mientras me apretaba efusivamente las dos manos-. ¡Lo ha hecho como yo deseaba!
Quedé amilanado y me sacó a flote.
- Ahora, pues, venga a desayunar a mi casa, repuse.
- No, mire: Ud. ya ha estado conmigo bastante tiempo y tiene que volver a sus obligaciones.
- Permítame pues que le acompañe hasta el hotel, o a su coche...
- No, ha interrumpido su trabajo; una vez ha cumplido conmigo, vuelva a lo que estaba haciendo.
Nos despedimos y se alejó solo, de la misma forma que había venido. Así pasó Albino Luciani por La Junquera" (Vivas Llorens, "La perfecta oyente de la palabra de Dios", Ed. Balmes, Barcelona, 1978, pp. 232-235).
Eduardo Vivas tiene en su habitación un cuadro de Luciani, pintado al óleo por un farmacéutico barcelonés, Joan Sabaté Giró. El cuadro recuerda el acontecimiento, el paso del cardenal por la frontera, de incógnito, solo, cuando volvía de Fátima, probablemente en el coche que la señora De Cadaval le había puesto a su disposición para volver a Lisboa.
Olga de Cadaval, dice Luisa Vannini, es "de la nobleza veneciana" y "ayuda desde hace varios años a sor Lucía en las traducciones de la correspondencia que llega de todo el mundo", pero es algo más que traductora, es una "mujer de gran sensibilidad, profunda cultura y piedad", "una preciosa colaboradora suya". Quizá no se ha valorado suficientemente la mediación de la señora De Cadaval en el encuentro de Luciani con sor Lucía. En cierto modo, nos recuerda a la profetisa Ana (Lc 2,22-40), viuda y anciana.
Lo sabía bien su familia, su hermano Eduardo y su cuñada Antonia. Impactado por la conversación con sor Lucía, Luciani evitaba preguntas al respecto. Cambiando de plan, Luciani adelantó su viaje de vuelta: "Con pesar el patriarca nos abandonó por compromisos que tenía ya programados", dice Ugo Padoan (Humilitas, octubre 2005,11). Sin embargo, informa Luisa Vannini, "alguien avanzó la idea de que había preferido adelantar su vuelta para evitar que le fueran dirigidas preguntas agobiantes sobre la conversación con sor Lucía". Con la perspectiva que tenemos ahora, parece claro. El testimonio de Eduardo Vivas, que revela detalles del viaje de vuelta, nos lo confirma. El cuadro de Luciani nos lo recuerda.
El sacerdote de Gerona se ha puesto en contacto conmigo tras leer "Juan Pablo I. Caso abierto": "Así era Luciani", dice. Reconoce "el mérito extraordinario por haber escrito la biografía del eximio papa Juan Pablo I, cuyos pasos sigue el actual Sumo Pontífice Francisco". Le agradecemos cordialmente su valioso testimonio, su profunda amistad y su precioso libro sobre "la perfecta oyente de la palabra de Dios". En el encuentro que tuvimos con él en Bañolas los días 13 y 14 de junio de 2013, Eduardo Vivas me regaló el cuadro, pues pensó que era la persona que lo debía tener. Desde entonces lo tengo en mi despacho.


Jesús López Sáez