FRANCISCO ENTRE LOBOS. La vuelta de Juan Pablo I

Creado en Viernes, 22 Agosto 2014 Última actualización en Miércoles, 08 Octubre 2014

FRANCISCO ENTRE LOBOS
La vuelta de Juan Pablo I


El periodista italiano Marco Politi ha publicado un libro sobre el papa Francisco que lleva por título  “Francesco tra i lupi” (Laterza, 2014), es decir, Francisco entre lobos. El subtítulo es: “el secreto de una revolución”. El secreto responde a las peticiones que los cardenales formularon en las reuniones previas al cónclave. Las peticiones son básicamente tres: “reformar la curia, haciéndola más ligera y eficaz; hacer limpieza en el banco vaticano, y promover la colegialidad” entre los obispos y el Papa (Politi, 143).
En el fondo, las peticiones de los cardenales que hace suyas Francisco son grandes decisiones de Juan Pablo I, tal y como aparecen en el informe de la “persona de Roma” (para nosotros el cardenal argentino Eduardo Pironio), dado a conocer por Camilo Bassotto en su libro “Il mio cuore è ancora a Venezia” (Adriatica, 1990):
* Reformar la Curia: “Querría poder revisar toda la estructura de la Curia y sus relaciones con el Papa. No acepto esta máquina que condiciona mecánicamente al Papa en sus funciones de trabajo y de vida”.
* Reformar el Instituto para Obras de Religión, el IOR, el banco vaticano: “El IOR es una piedra caliente que abrasa en las manos de todos”, “pido que sus acciones sean todas lícitas y limpias, y de acuerdo con el espíritu evangélico”, “el presidente del IOR debe ser sustituido”, “en cuestiones de dinero la Iglesia debe ser transparente”, “va en ello su credibilidad”.
* Promover la colegialidad de los obispos con el Papa: “Esta colegialidad yo quiero potenciarla y extenderla efectivamente a todos los obispos de la Iglesia de Dios, a los más lejanos, a los más desconocidos, a los más pobres. Querría poder hacer del Sínodo un verdadero instrumento de gobierno de la Iglesia universal” (Bassotto, 230-237).
De un modo u otro, el papa Francisco parece tener delante la figura de Albino Luciani, papa Juan Pablo I. Las coincidencias son numerosas. Mientras tanto, llama la atención, del papa Luciani no se dice ni palabra. Se constata un extraño silencio oficial.  En la foto, Camilo Bassotto con su libro sobre Juan Pablo I que tradujimos y prologamos aquí (Juan Pablo I. Venecia en el corazón, Orígenes, Madrid, 1992).


RENUNCIA PAPAL, GOLPE DE ESTADO


El 11 de febrero de 2013, durante un consistorio de rutina dedicado a la canonización de ochocientos mártires del siglo XV, Benedicto XVI anuncia la sorprendente noticia de su renuncia papal. Por la tarde, un rayo espectacular cae sobre la cúpula de San Pedro, símbolo claro de un “evento extraordinario”.  
Marco Politi hace un lúcido análisis. La renuncia de Ratzinger no es emotiva ni siquiera el efecto de una excesiva fragilidad física. Es el resultado de un razonamiento preciso: “Benedicto XVI quiere hacer tabla rasa de las posiciones cristalizadas en la curia. Según la norma del derecho canónico, su renuncia obliga a los máximos dirigentes del gobierno central de la Iglesia a dimitir también ellos”. La renuncia es un “golpe de estado” que quita el poder al secretario de Estado Bertone y a las diversas facciones curiales.
Habían pasado muchas cosas. En 2012 explota el gran escándalo del Vatileaks. La fuga de documentos pone al descubierto la disgregación y la parálisis de la maquinaria vaticana. Se dan a conocer las cartas del secretario general del Governatorato, Carlo María Viganó, al secretario de Estado Bertone. Las cartas denuncian la corrupción en los arrendamientos vaticanos por centenares de millones de euros. Como respuesta Bertone destituye a Viganó y lo envía como nuncio a Washington.
El cardenal Attilio Nicora, presidente de la Autoridad de Información Financiera (AIF) que debe inspeccionar los movimientos de dinero dentro del Vaticano, choca también con Bertone porque la política de transparencia es obstaculizada. El presidente del Banco Vaticano Ettore Gotti Tedeschi, amigo del papa y encargado de hacer la limpieza, es cesado ignominiosamente. Se le acusa de “incapacidad para desarrollar los deberes fundamentales de su cargo”.
Un singular documento, presentado por el cardenal Castrillón a Benedicto XVI en diciembre de 2011 y descubierto en el Vatileaks, denuncia un complot contra el papa alemán. En realidad sugiere con dos años de anticipación su retiro: “dentro de doce meses”. Al propio tiempo, ataca a Angelo Scola, arzobispo de Milán, que representa la continuidad de la línea de Ratzinger: “En secreto el Santo Padre estaría preparando su propia sucesión” (Politi, 26, 34-37, 41, 155).


 ¡NUNCA MAS!, SENTIMIENTO GENERAL


Al llegar a Roma para el cónclave de 2013, el cardenal de Lima Juan Luis Cipriani, del Opus Dei, nota sobre todo entre los cardenales norteamericanos un “sentimiento anti-italiano“. Circula la “idea fija” de que el nuevo papa debe ser latino-americano. Los cardenales extranjeros rechazan una candidatura, la del italiano Angelo Scola, que parece prefabricada. Están hartos de la curia romana y de sus guerras intestinas.
Según un sondeo de Eurispes, incluso en Italia el consenso en torno a Benedicto XVI cae en 2012 al 39 por ciento, Además, salta un nuevo escándalo sexual. Tres sacerdotes y uno que lo fue acusan al primado de Escocia, cardenal O’Brien, de molestias en los años ochenta. Por ello, el cardenal “no participará en el cónclave”. Surge la polémica también sobre otro cardenal, Roger Mahony, arzobispo de Los Angeles entre 1985 y 2011. Durante su gestión se registran más de 120 casos de abusos. Salen a la luz las maniobras de Mahony para desviar la acción de la justicia.
“Hay que reconstruir la credibilidad de la Iglesia”, afirma el cardenal sudafricano Wilfried Fox Napier. Para los cardenales extranjeros la curia es un organismo “sofocante y descoordinado, debilitado por la merma de calidad personal, por no hablar de los escándalos financieros”. Además, “la mayoría de los prelados es contraria al excesivo poder, que con los años se ha concentrado en las manos del secretario de Estado. Ven el cambio de papado como la ocasión de rendir cuentas”. El cardenal francés Roger Etchegaray describe el estado de ánimo de muchos purpurados. El cambio de papa representa “la ocasión de renovar las cosas”. Un cardenal europeo precisa: “Predominaba el discurso de la discontinuidad. Tras los acontecimientos de los últimos años el sentimiento general era: ¡Nunca más¡”.
El jueves 7 de marzo, en el marco de las congregaciones generales, Bergoglio habla improvisando, dejando a un lado los apuntes preparados. Evoca una “Iglesia que sale de sí misma…y va hacia las periferias no sólo geográficas sino existenciales”. Una Iglesia que se mira a sí misma “se enferma”. Hay dos modelos distintos: la “Iglesia evangelizadora que sale de sí misma…y la Iglesia mundana que vive en sí, de sí y por sí” (Politi, 40-47 y 53).


OBISPO DE ROMA


Ante el cónclave Jorge Mario Bergoglio tiene un candidato: el cardenal O’Malley, arzobispo de Boston, capuchino, conocido por su lucha contra el clero pedófilo. Por su parte, O’Malley cree que Bergoglio es un buen candidato. Comparten su opinión tres latino-americanos: el brasileño Claudio Hummes, el hondureño Oscar Rodriguez Maradiaga y el chileno Francisco Javier Errázuriz. Tiene la misma opinión el arzobispo de Nueva York Timothy Dolan, guía del grupo norteamericano que cuenta con once purpurados. Dolan tiene una buena relación con el nuncio papal en Estados Unidos, Viganò, al que considera “una persona que no tiene miedo de decir la verdad e indicar las áreas de la Iglesia que necesitan reforma”. Adversarios de Bergoglio dicen que “le falta un pulmón”. Maradiaga aclara que sólo “la parte superior del pulmón derecho” (Politi,  48-55).
En la tarde del 13 de marzo de 2013, llueve sobre el palacio apostólico. La plaza de San Pedro está llena de paraguas. Todos miran hacia la Capilla Sixtina donde los cardenales electores buscan el sucesor de Benedicto XVI. Al arzobispo de Milán, Angelo Scola, se le atribuyen de entrada entre 35 y 40 votos. Bergoglio, con unos 20 el primer día, va subiendo hasta alcanzar los 90. Son muchos más de los 77 necesarios y más de los 84 que tuvo Ratzinger en 2005. Entonces, en el tercer escrutinio, Bergoglio con 40 votos se retiró, cediendo el paso al cardenal alemán que tenía 72.    
“En la elección, dice Bergoglio, tenía junto a mí al arzobispo emérito de Sao Paulo, el cardenal Claudio Hummes…un gran amigo! Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa, él me confortaba. Y cuando los votos subieron a dos tercios, vino el aplauso de costumbre, porque había sido elegido el papa. El me abrazó, me besó y me dijo: No te olvides de los pobres!”. Bergoglio piensa en San Francisco de Asís, en las guerras, mientras el escrutinio sigue hasta el final. Francisco es el hombre de la paz. Y así nace en su corazón el nombre papal, un nombre jamás usado por los papas, un nombre que es lo contrario del poder. “Que Dios os perdone”, dice Bergoglio a los cardenales que le han elegido. La expresión “ya la había pronunciado Albino Luciani” (Politi, 14-22).
Cuando Francisco aparece ante los fieles por primera vez, el periodista italiano piensa en Albino Luciani “por la sonrisa turbada y el saludo casi infantil dirigido a la gente”. El periodista le llama “tímido Luciani” (Politi, 57 y 63). De este modo, parece participar de la deformación vaticana de la figura de Luciani. Al propio tiempo, parece ignorar que grandes decisiones del papa Francisco son grandes decisiones de Juan Pablo I. Además, Politi no se pregunta de qué murió el papa de la sonrisa.         
Francisco se presenta como “obispo de Roma”. Su lenguaje es inmediato, popular, sencillo. No quiere vivir en el apartamento papal. Prefiere la residencia Santa Marta. Alguno lo acusa de romper demagógicamente la tradición, echando una luz negativa sobre sus predecesores. “Así es más difícil envenenarlo”, bromean en Buenos Aires. “Estoy visible a la gente y hago vida normal…no estoy aislado”, escribe Francisco a un cura argentino. El apartamento papal “es como un embudo al revés…la entrada es realmente estrecha. Se entra con cuentagotas”, dice el Papa al jesuita Spadaro (Politi, 58-61).
Bergoglio busca el contacto con la gente. En Buenos Aires no era así. Algo ha cambiado en él. Era más silencioso e introvertido. Nunca sonreía. Francisco es cercano, quita toda barrera, desarma con su sinceridad, predica la misericordia e invita a no tener miedo de la ternura. Los niños en el aula de las audiencias pueden ir junto a él mientras habla. La única autoridad que existe y reina en la Iglesia –deja entender- es Cristo, del cual él es discípulo. No quiere pantallas protocolarias en torno a sí. Tolera los gendarmes vaticanos y aprecia su fidelidad, pero dice: “No me sirven los guardias, no soy un indefenso” (Politi, 76-77).
Francisco “no ama mucho viajar”. Trabaja sin pausa. Como ya hacía en Buenos Aires, no se toma vacaciones.  Eso sí, “ha reducido las misas matutinas con los fieles en Santa Marta”, “no celebra más que miércoles, sábado y domingo” (Politi, 89 y 244).
Lampedusa ha sido su primer viaje fuera de Roma. “Bienvenido entre los últimos”, decía un cartel. Su homilía es de las más vibrantes de su pontificado: “He sentido que debía venir aquí a rezar pero también a despertar nuestras conciencias para que lo que ha sucedido no se repita más”, “tantos de nosotros, me incluyo yo, estamos desorientados”, “no estamos atentos al mundo en que vivimos”, “hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna”.
Francisco es muy sensible a la cuestión social. Las grandes desigualdades sociales son injustas y generan violencia. Escribe en la exhortación “Evangelii Gaudium”: “En muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad  de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”, “no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad”, “un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte” (EG, 59; Politi, 120).


FIN DE LA IGLESIA IMPERIAL


En el Vaticano se minimiza el estilo del nuevo papa: “estilo sudamericano”. En realidad, su estilo no convencional está al servicio de un lúcido designio: “Desmontar el carácter imperial del papado, el absolutismo cesáreo, semidivino, alimentado por el aura de infalibilidad, que durante siglos se ha sedimentado en la corte papal y se ha encerrado en el título mismo, pagano, de los sucesores de Pedro: sumo pontífice”. “La corte es la lepra del papado”, dice Francisco a Eugenio Scalfari, fundador de la “Repubblica”. Francisco desmonta “la mitología del pontífice emperador”. Juan Pablo II, dice Politi,  “era cálido, humano, a veces jocoso, a veces airado, pero siempre ‘emperador’. Francisco deja atrás el aura monárquica de una vez por todas. El papa es obispo y debe hablar como un cura”. Es la “conversión del papado” (Politi, 62-64, 146). Estamos plenamente de acuerdo con esta clave, como puede verse en mi libro “El día de la cuenta” (2002), en el capítulo que lleva por título “Renovación imperial”.
Francisco está cambiando el perfil del papado y el modelo de Iglesia: “El absolutismo imperial de los papas ha sido resquebrajado irreversiblemente. El papa Francisco se ha presentado al mundo como discípulo de Jesús, después de él es difícil que un papa pueda subir al trono pretendiendo ser el plenipotenciario de Cristo” (Politi, 226). Un pastor ha de tener “el olor de las ovejas”. Concibe la Iglesia como “un hospital de campo” tras una batalla: “Es inútil preguntar a un herido grave si tiene el colesterol o el azúcar altos. Se deben curar sus heridas. Después hablaremos del resto”.
El nuevo Papa, en su audiencia a la prensa (16-3-2013), recordando la elección de su nombre papal, se interrumpe y murmura en voz baja, con un fuerte suspiro: “Ah, cómo querría una Iglesia pobre y para los pobres”, palabras acogidas por un sonoro aplauso del auditorio. Lo repetirá después en su exhortación “Evangelii Gaudium”: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres” (EG, 198).
Cuatro días después de la elección, Francisco decide quién será el nuevo secretario de Estado, Pietro Parolin.  Bertone intenta en vano la prórroga de un año. Parolin asume oficialmente el encargo el 15 de octubre, aunque de hecho lo hace el 18 de noviembre tras una operación imprevista de hígado. Treinta días después del cónclave, Francisco crea un grupo de trabajo, del que forman parte ocho cardenales de los cinco continentes. La función del “consejo de cardenales”, dice el Papa, será “ayudarme en el gobierno de la Iglesia universal” (Politi, 79, 62, 66-67).
La revolución de Francisco tiene un nombre: “transformación misionera de la Iglesia”. “El fenómeno del clericalismo – dice Francisco en Río de Janeiro al CELAM – explica, en gran parte, la falta de madurez y de libertad cristiana en parte del laicado latino-americano”. Durísimo es su juicio sobre el integrismo. Ya como arzobispo amonestaba: “No nos hagamos esclavos de una defensa paranoica de nuestra verdad”. Francisco no quiere una Iglesia que demoniza el presente en nombre del pasado: “Las quejas de hoy sobre cómo va el mundo 'bárbaro' terminan por hacer nacer en la Iglesia deseos de orden, entendido como pura conservación… No, Dios es encontrado en el hoy”.
En la exhortación “Evangelii Gaudium” Francisco afirma que “las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar la llamada a una conversión pastoral” (EG, 32). En la conversación con el jesuita Spadaro es más explícito: “Los dicasterios romanos están al servicio del papa y de los obispos”, “cuando no son bien entendidos, corren el riesgo de ser organismos de censura. Es impresionante ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma”.
La posición de Francisco contra la guerra de Siria ha sido muy eficaz: “Al pedir con fuerza una solución pacífica, la intervención del papa seguramente ha favorecido el acuerdo de la ONU, que ha bloqueado la invasión y ha facilitado el gradual desmantelamiento de las armas químicas en manos del régimen de Assad”.
Durante la investigación sobre violación de derechos humanos en la dictadura argentina, Bergoglio fue interrogado dos veces en tribunal como persona informada de los hechos y jamás fue considerado culpable de nada. “Hubo obispos cómplices de la dictadura, pero Bergoglio no”, ha declarado el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel.
No se olvida en aquellos años “la actitud generalmente aquiescente de la jerarquía episcopal argentina” a pesar del asesinato o “desaparición” de dieciséis sacerdotes. “El mismo episcopado, con el cardenal Aramburu a la cabeza, aceptó sin protestas que el asesinato del obispo Enrique Angelelli en 1976, máximo opositor eclesiástico del régimen militar, fuera presentado como un accidente de coche” (Politi, 144-153, 133-135).  
El papa Francisco ha enviado las pruebas de la denuncia que pudo costarle la vida al obispo Angelelli. Es una carta inédita del obispo escrita en julio del 76, donde le informa al entonces nuncio en Argentina Pío Laghi sobre las violaciones de derechos humanos por parte de la dictadura militar. Laghi negó después saber nada de violaciones de derechos humanos en la dictadura argentina. La carta del obispo demuestra la mendacidad del nuncio. El obispo se envió copias al Vaticano porque “desconfiaba de la inacción del nuncio” (Religión Digital, 27-6-2014).
El nuncio jugaba al tenis cada quince días con el almirante Emilio Massera, miembro de la junta militar, culpable de crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, en junio de 1991 Juan Pablo II nombra a Pío Laghi Prefecto de la Congregación para la Educación Católica. Un escándalo más, un ejemplo de “mala educación”.
El 4 de julio de 2014 el Tribunal Oral Federal de la provincia de La Rioja condenó a cadena perpetua a los exmilitares Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella por considerarlos autores intelectuales del asesinato del obispo Enrique Angelelli, fallecido el 4 de agosto de 1976, cuando se dirigía a La Rioja tras una visita pastoral a El Chamical. El presidente del Tribunal, José Quiroga Uriburu, declaró al leer la sentencia que la muerte de Angelelli fue “un crimen de lesa humanidad”. Según las pericias efectuadas, el obispo murió a causa del choque que dos autos provocaron sobre la camioneta Fiat 125 Multicarga que conducía el obispo. El vehículo se salió de la ruta y el prelado murió poco después (Vida Nueva, nº 2.903).


LIMPIEZA EN EL IOR, TAREA HERCÚLEA


Ya antes de ser elegido, Jorge Mario Bergoglio está irritado y disgustado, como la mayoría de los cardenales extranjeros, con la serie de escándalos financieros del Vaticano. El Vatileaks deja a la luz las malversaciones denunciadas por el secretario general del Governatorato, Viganó. Vino después la defenestración del presidente del IOR, Gotti Tedeschi. Benedicto XVI, que es amigo suyo, se entera por televisión. Se conocían sus esfuerzos por la transparencia y también sus conflictos con el director general Paolo Cipriani, que le negaba información sobre las cuentas corrientes irregulares.
La destitución de Tedeschi  deslegitima aún más al banco vaticano, que en los años noventa ha servido para transferir “tangentes” a los partidos políticos italianos – escándalo Enimont- y durante decenios ha sido utilizado para “masivas operaciones de blanqueo” de dinero mafioso, según el Tribunal de apelación de Roma (Sentencia sobre el caso Calvi, 7-5-2010).
En las reuniones cardenalicias previas al cónclave el debate sobre el IOR es vivo, sobre todo en la última reunión del 11 de marzo, tras la breve relación del secretario de Estado Bertone. El cardenal nigeriano John Onaiyekan, recogiendo el estado de ánimo de muchos cardenales, comenta: “El IOR no es esencial al ministerio del Santo Padre…no es fundamental, no es sacramental, no es dogmático”. Entre los cardenales es unánime la petición de limpieza. Provoca desconcierto el nombramiento del nuevo presidente del banco vaticano, Ernst Von Freyberg, cuando el papa Benedicto XVI había anunciado ya su renuncia. Nombrarlo el 15 de febrero de 2013 significaba dejar fuera al futuro pontífice. Una vez más las críticas llueven sobre el cardenal Bertone.  
Pocas semanas después de ser elegido, dice Francisco en una misa a la que asisten empleados del banco vaticano: “Están los del IOR, excusadme, …todo es necesario, los despachos son necesarios. Pero son necesarios hasta un cierto punto… Cuando la organización toma el primer puesto y la Iglesia pobrecilla se hace una ONG, …este no es el camino”. Durante un par de meses desconfía, ni siquiera encuentra oficialmente el presidente del banco, con quien se cruza muchas veces en la residencia Santa Marta, donde Freyberg se aloja cuando está en Roma. El Papa se toma tiempo y cuatro meses después de su elección comenta: “San Pedro no tenía cuenta en una banco, y cuando ha tenido que pagar los impuestos el Señor lo ha mandado al mar a pescar”. Alarmado, el director general del IOR Cipriani replica en una entrevista: tener un instrumento como el IOR es “obligado”, una garantía de independencia.
El 24 de junio Francisco nombra una comisión de investigación sobre el IOR: el banco vaticano deberá “armonizarse” con la misión de la Iglesia. El 18 de julio nace una comisión para la “simplificación y racionalización” de las estructuras económico-administrativas de la Santa Sede, con el objetivo de contener costes y gastos. El 8 de agosto se establece un “comité de seguridad financiera” para controlar el eventual lavado de dinero sucio en todos los sectores del Vaticano. El comité es confiado al americano Bryan Wells, que está presente en dos organismos: el comité anti-lavado y la comisión de reforma del IOR.
Al final del pontificado de Benedicto XVI el IOR tiene 5.200 clientes institucionales (órdenes religiosas, fundaciones, etc) y 13.700 clientes individuales (5.000 dependientes vaticanos, unos 8.000 curas, religiosos y religiosas, y 700 diplomáticos y “otros”). A mitad de mayo de 2013 Freyberg llama a un equipo de expertos de la agencia internacional Promontory para pasar por el cedazo el perfil de todos los clientes y cuentas corrientes. Ocho meses después han sido analizadas más de diez mil posiciones y Freyberg ha hecho cerrar más de 1.200 cuentas corrientes que no estaban en regla con el estatuto del IOR, las llamadas “cuentas externas”.
La clausura de cuentas corrientes es acompañada de controles precisos. Los titulares “no pueden desaparecer simplemente con el dinero y llevarlo a las islas Caimán”, “pueden transferirlo sólo a países en línea con las normas internacionales”. Si es necesario, hacemos un “informe de transacción sospechosa a la Autoridad de Información Financiera”.  Con los “clientes que no nos agradan”, dice Freyberg, “interrumpimos la relación”. No llegan al centenar. No da los nombres.
Puntos débiles del sistema del IOR han sido históricamente las “cuentas externas”,  las “cuentas individuales del clero”,  las “firmas delegadas”. La posibilidad de que curas prestan su nombre para transacciones poco claras es uno de los motivos por los que el IOR es buscado como canal de operaciones de blanqueo.
El 28 de junio de 2013 es detenido un prelado vaticano, jefe del servicio de contabilidad de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), Nunzio Scarano, conocido como “monseñor 500” por su afición a los billetes de esa cantidad. Es de Salerno. La fiscalía de esta ciudad le investiga por blanqueo de dinero. Scarano tiene en el IOR una cuenta corriente de primer rango. Según el portavoz papal, la Santa Sede “confirma su disponibilidad a una plena colaboración” con la justicia italiana. El 1 de julio son obligados a dimitir de sus funciones el director general del IOR Paolo Cipriani y el vicedirector Massimo Tulli.
En realidad, Francisco pensaba ocuparse de las finanzas vaticanas en el segundo año de pontificado, pero la sucesión de noticias negativas le obliga a cambiar la agenda: “La agenda se cambió debido a circunstancias que ustedes conocen”, dice a los periodistas volviendo de Brasil, “no sabría decir cómo terminará esta historia”, “pero eso sí: las características del IOR – sea banco, sea fondo de ayuda, sea lo que sea- deben ser transparencia y honestidad” (Politi, 154-165).
La Autoridad de Información Financiera (AIF), órgano de control general de los movimientos de dinero en todas las administraciones vaticanas - creado por Benedicto XVI en 2010 y debilitado por el cardenal Bertone un año después – recupera con Francisco la plenitud de competencias de vigilancia y prevención (decreto del 8 de agosto,  ley del 8 de octubre y reforma del estatuto de la AIF el 15 de noviembre).
La AIF entra a formar parte del grupo Egmont, el coordinador de los organismos estatales de inteligencia financiera. Por primera vez el Vaticano responde seriamente a las rogatorias de las autoridades judiciales italianas. Los controles reales se notan en la subida de señales de transacciones sospechosas: seis en 2012 y ciento cinco en los primeros diez meses de 2013. El pontífice abre otro frente. Autoriza a la agencia internacional Ernst j&Young a efectuar una radiografía de las actividades económicas y de la gestión administrativa del Governatorato. El objetivo es conseguir mayor eficacia y mayores ahorros.
La experiencia argentina ayuda a Francisco. Apenas nombrado arzobispo de Buenos Aires, tuvo que afrontar un escándalo financiero ligado al Banco de Crédito Provincial al borde de la quiebra. Un prelado, estrecho colaborador de su predecesor el cardenal Quarracino, ha implicado a la diócesis en una arriesgada operación financiera de diez millones de dólares. Bergoglio llama a la consultora internacional Arthur Andersen, hace analizar las cuentas del arzobispado y demuestra que ningún dólar ha entrado en las cajas de la diócesis y que además una presunta firma de garantía del cardenal Quarracino era falsa.
El 9 de diciembre de 2013 el comité europeo para las medidas anti-blanqueo Moneyval aprueba un informe que certifica cómo la Santa Sede ha adoptado una “vasta serie de medidas en breve tiempo”, especialmente activando y mejorando el marco legal para la “criminalización del blanqueo de dinero…y consiguiente confiscación”. Moneyval pide no obstante que se proceda con inspecciones y, sobre todo, que los culpables de delito sean castigados por el Vaticano y las sumas ilegales sean confiscadas.
Limpiar los establos es una tarea hercúlea, que parece no tener fin. En enero de 2014 Francisco renueva completamente la comisión cardenalicia de vigilancia del IOR y nombra presidente provisional de la AIF a Giorgio Corbellini. Se jubila el cardenal Attilio Nicora, uno de los mayores alfiles de la transparencia. Un suizo, René Bruelhart, es nombrado director de la AIF.
Al terminar el primer año de pontificado Francisco crea un consejo de Economía, compuesto por ocho obispos y siete profesionales laicos para someter a una vigilancia permanente la gestión económica y la actividad administrativa y financiera. A su frente está el cardenal de Munich, Reinhard Marx, que pertenece al “consejo de cardenales”. Al propio tiempo nace un nuevo ministerio vaticano, la secretaría para la Economía, cuyo prefecto es el cardenal de Sidney, George Pell, que también pertenece al “consejo de cardenales” (Politi, 166-168).


LOBOS RAPACES


El Vaticano no le es particularmente grato al cardenal Bergoglio. En su tiempo, como arzobispo de Buenos Aires, no tiene buena relación con el nuncio Adriano Bernardini, muy vinculado al secretario de Estado cardenal Sodano. El cardenal se manifiesta cada vez más alarmado por la situación eclesial. A un sacerdote amigo suyo le confesó: “Si mi madre y tu madre resucitaran hoy, le pediría al Señor que las devolviera a la tumba para que no vieran la degradación de esta Iglesia”.
Bergoglio venía lo menos posible al Vaticano: “No le agradaba el espíritu de corte y la falta de atención a las exigencias de la Iglesia local”. Según el historiador Alberto Melloni, la degradación de la curia “se ha agudizado en el tercio de siglo que va de la elección de Wojtyla a la renuncia de Ratzinger”.
Al papa Francisco no le gusta la “autoreferencialidad de la curia”, tampoco el “carrerismo”. De vez en cuando se encuentra con trampas. En julio de 2013, cuando el papa crea la comisión para la reforma económica de la administración vaticana, entre los ocho miembros hay una mujer: Francesca Immacolata Chaouqui. Proviene de Ernst & Young, pero no tiene la competencia requerida para formar parte de una comisión semejante. El secretario de la comisión, Vallejo Balda, del Opus Dei, ha preparado su halagador currículum. Dice Politi: “Haber permitido el acceso a documentos reservadísimos del sector financiero de la Santa Sede a una persona considerada garganta profunda del periodista Gianluiggi Nuzzi y de la web Dagospia, enfurece al papa Francisco, a quien le han ocultado su perfil real. Ocho meses después, cuando se crea el nuevo consejo de Economía, Vallejo Balda no forma parte.
Al papa Francisco se le oculta información. Cuando decide nombrar a Battista Rica prelado del IOR, la Secretaría de Estado, aún dirigida por el cardenal Bertone, le pasa al papa un dossier inmaculado. El escándalo estalla después. Durante su permanencia en Montevideo, adonde llega en 1999, se le reprocha a Rica la amistad con un guardia suizo. Tras repetidos incidentes el nuncio Bolonek obtiene de la Secretaría de Estado en 2001 el alejamiento de Rica. “Si una persona ha cometido un pecado y después se ha convertido, el Señor perdona”, dice Francisco. Se trata de un pecado, no de un delito.
Es una minoría y son lobos rapaces. “A partir de los últimos años de Juan Pablo II la ausencia de un papa gobernante ha creado malas prácticas”, dice un diplomático que ha seguido de cerca al Vaticano. Se ha formado un “sistema de poder malsano” que ahora es desmantelado. Una red de relaciones personales y de intereses entre personas sin prejuicios a uno y otro lado del Tíber. La explosión cíclica de escándalos económicos lo prueba. Es fuerte el collar de la “omertá”, el silencio mafioso.
El fiscal adjunto de Reggio Calabria, Nicola Gratteri, lo ha denunciado. La mafia financiera está perturbada: “Quien hasta ahora se ha alimentado del poder y de la riqueza, que derivan directamente de la Iglesia, está nervioso, agitado. El papa Bergoglio está desmontando centros de poder económico en el Vaticano. Si los boss pudieran ponerle la zancadilla, no lo dudarían”. A la pregunta de si el papa está en peligro el magistrado responde: “No sé si la criminalidad organizada está en condiciones de hacer algo, pero ciertamente está reflexionando. Puede ser peligroso” (Politi, 184-190).  


CLIMA CONCILIAR


Francisco se mueve con determinación. Sabe dosificar atentamente en la curia  la confirmación de cargos, el nombramiento provisional, el alejamiento. Caen cabezas. En septiembre de 2013 ha alejado al poderoso jefe de la congregación de Clero, cardenal Mauro Piacenza, punta de diamante del sector conservador, desplazándolo a la Penitenciaría apostólica, despacho que se ocupa de indulgencias, absoluciones y dispensas. En octubre Bertone ha dejado la secretaría de Estado y en enero ha sido sustituido en la comisión de vigilancia del IOR. Con él han sido alejados el cardenal Domenico Calcagno, presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), y el cardenal Scherer, muy vinculado a Bertone. Francisco es bondadoso, pero no bromea (Politi, 74-75).
Forma parte de la estrategia del papa argentino que los cambios necesarios no sean decididos en soledad. Está convencido de que las opciones fundamentales de su programa sólo pueden ser realizadas en el contexto de una participación coral de la Iglesia. El giro que ha delineado en el arco de un año exige que se cree en la Iglesia un clima conciliar. El Vaticano II ha sido una “gran escuela de libertad”. El papa Bergoglio pertenece a la generación de obispos posconciliares para los cuales el concilio es un dato adquirido y la discusión – tan querida para Ratzinger - de si el concilio ha tenido más elementos de ruptura o de continuidad resulta poco relevante. El juicio del papa es lapidario. El Vaticano II ha producido “frutos enormes“, “la dinámica de lectura del Evangelio en el hoy, que ha sido propia del concilio, es absolutamente irreversible”.
Existe en la curia un núcleo duro que se reconoce en las barreras levantadas por Juan Pablo II y Benedicto XVI en una serie de problemas, emergidos en la relación de la Iglesia con la cultura contemporánea. Raymond Burke, llamado por Benedicto XVI a la curia en 2008. Burke ha desafiado abiertamente al papa Francisco. El papa había afirmado en la entrevista que se le hizo en la “Civiltá Cattolica” que la Iglesia no puede “insistir sólo en las cuestiones ligadas al aborto, matrimonio homosexual y uso de métodos anticonceptivos”. Entrevistado en la televisión católica norteamericana “Ewtn”, Burke replicó que no podía haber nada “más esencial”.  Rino Fisichella, nombrado por Benedicto XVI prefecto del consejo para la Nueva Evangelización, es uno de los más duros defensores de los principios de la “curia ratzingeriana”, principios que ha defendido también políticamente en línea con el centro-derecha de Berlusconi (Politi, 192-200).    
Antes de que acabara 2013, el papa renueva la composición de una congregación clave, la de los Obispos. Las exclusiones han producido asombro. Quedan fuera el cardenal Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), y tres purpurados fuertemente caracterizados como conservadores: el ex prefecto de la congregación del Clero Piacenza, el norteamericano Burke y el español Rouco. Entran en la congregación de Obispos, entre otros,  el nuevo secretario de Estado Parolin, el cardenal brasileño Joao Braz de Aviv (uno de los más enérgicos críticos de la curia durante las reuniones anteriores al cónclave) y el vicepresidente de la CEI Bassetti.  Francisco  prepara “una nueva generación de obispos” (Politi, 236-237).
Francisco sabe que hay que sacar del sueño al aparato eclesiástico. Por ello, ha lanzado un sondeo para saber qué piensan los fieles sobre todos aquellos problemas que afectan a cada uno en su vida cotidiana: “Un evento inédito, dice Politi. La revolución está ya en las treinta y nueve preguntas, en el hecho mismo que sea el pontífice el que quiere que sean puestas. Son interrogantes que en los pontificados precedentes no se han querido poner con claridad sobre la mesa, porque se daba siempre por descontado que la opinión de los fieles - mucho más su consenso – era irrelevante”, “el cuestionario de preparación al sínodo ha quitado el velo a una cantidad de problemas”. En el sínodo extraordinario de octubre de 2014 “se valorará solamente la situación”, “habrá un segundo sínodo en 2015 para votar las propuestas definitivas”.
Francisco plantea una pregunta al jesuita Spadaro: “Pienso…en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas un matrimonio fracasado en el cual ha abortado. Después esta mujer se ha vuelto a casar y ahora está serena con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Quisiera ir adelante en la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?” (Politi, 201-202 y 207). De suyo, la pregunta es ambigua. El problema no está en relación al aborto, sino al nuevo matrimonio de la mujer divorciada. El confesor tendrá que tener en cuenta la posición de Jesús (Lc 16,18).  
Volviendo de Brasil, una periodista pregunta al papa sobre el lobby gay dentro del Vaticano. Responde así: “Se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quien me enseñe un carnet de identidad que diga ‘gay’ en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera hermosa… dice: ‘No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad’. El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos…El problema es hacer lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de masones, tantos lobby. Este es el problema más grave para mí”.
Otra periodista plantea la cuestión del sacerdocio femenino. Responde el papa: “En referencia a la ordenación de las mujeres, la Iglesia se ha pronunciado y ha dicho: No. Lo ha dicho Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva”. Sin embargo, en el diálogo ecuménico se afirma cada vez más que no hay razón teológica alguna para continuar excluyendo a la mujer del ministerio ordenado, desde la dignidad humana y cristiana común. En Cristo “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Ga 3,29; ver EG, 104).  
 “En el signo del concilio, dice Politi, Francisco inaugura el segundo año de pontificado, celebrando la canonización de Juan XXIII – que concibió la gran asamblea destinada a cambiar el rostro de la Iglesia – y de Juan Pablo II, que no tuvo miedo de anunciar la fe en la era de la secularización” (Politi, 246). Sorprende que el periodista italiano no critique la canonización de Juan Pablo II, a quien ha presentado como “pontífice emperador”, que ha protagonizado “el carácter imperial del papado”, “el absolutismo cesáreo”.
Tras la caída del muro de Berlín, dice Politi, Juan Pablo II combate la ”ideología capitalista radical”, el liberalismo salvaje, pero no dice que el papa Wojtyla lo ha favorecido con su política imperialista. En abril de 1984 el papa polaco establece con Reagan “una de las más grandes alianzas secretas de todos los tiempos”, según Richard Allen, consejero de seguridad del presidente Reagan.
Juan Pablo II se alineó activamente contra la guerra de Irak (Politi, 122-123), pero no lo hizo en la guerra contra Afganistán: “el Papa cede la voz a la Secretaría de Estado al hablar de la guerra” (Vida Nueva, 20 y 27-10-2001), el Vaticano habla de “legítima defensa” por parte de Estados Unidos (El País, 9-10-2001).
En mi libro “El día de la cuenta” (2002), a Juan Pablo II se le pide cuenta de la causa de Juan Pablo I y de otros asuntos, atronadores enigmas de su pontificado. Además, en el gravísimo asunto de la pederastia, el papa Wojtyla aparece como “el tapón de la botella”. En enero de 2014, víctimas de la pederastia piden que la ONU juzgue al Vaticano y se paralice el proceso de canonización de Juan Pablo II por encubrir directamente al pederasta Marcial Maciel (El Universal, 13-1-2014). Mi libro fue enviado al papa Wojtyla, a varios cardenales y a muchos obispos latinoamericanos. Además, se difundió mucho en Latinoamérica.
Uno de los que recibió “El día de la cuenta” fue Miguel D’Escoto, sacerdote de la congregación Maryknoll, suspendido “a divinis” en 1984 por Juan Pablo II por ser ministro sandinista. En la primavera pasada escribió una carta al papa Francisco pidiéndole “poder volver a celebrar la Santa Eucaristía antes de morir”. Tiene 81 años. El papa Francisco ha revocado la suspensión y ha ordenado al superior general de la congregación que “acompañe al hermano en su proceso de reincorporación al ministerio sacerdotal” (4-8-2014).
En 2013 se ha publicado el libro “Del lado de los pobres”, escrito por Gustavo Gutiérrez, considerado padre de la teología de la liberación, y por Gerhard L. Müller, a quien Benedicto XVI nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe. En Italia lo ha publicado la editorial Messaggero, de Padua. Se presenta la teología de la liberación como teología de la Iglesia. Hasta ahí todo bien y podría ser una señal más del “efecto Francisco”. Sin embargo, sorprende que ambos autores citen una y otra vez textos de Juan Pablo II con su opción preferencial por los pobres. Pero la pregunta es: ¿se puede estar del lado de los pobres y al lado de Reagan?
En Padua también y prácticamente en la misma editorial (Librería del Santo), está anunciada (al menos, desde el 12 de junio de 2013) como novedad de inminente aparición la edición italiana de mi libro “Juan Pablo I. Caso abierto” con el título “Albino Luciani. Un caso aperto”.  Ha pasado más de un año y sigue anunciado como “novità in arrivo”. Con fecha 7-4-2014 he pedido al director “alguna información al respecto”. No he tenido respuesta. Todo indica que el libro está retenido, quizá en algún despacho vaticano. No parece que en esto se note el “efecto Francisco”. Si la Librería del Santo tiene dificultades para publicarlo, que lo diga. Una editorial laica podría hacerlo sin problemas de censura.
Según un sondeo del diario “La Stampa”, un 30% de los italianos está convencido de que Juan Pablo I murió asesinado (El País, 31-7-1989). El sondeo se hizo a finales de los ochenta. Si se hiciera ahora, ¿qué pasaría? De una forma especial, en la Italia clerical el tema de Juan Pablo I es tabú, está reprimido. Se le despacha de forma superficial: “el papa de la sonrisa”, y se cambia de conversación. Pero todo lo reprimido emerge, vuelve a la conciencia.
El proceso de beatificación del papa Luciani “está en curso”, dice Francisco al volver  de Brasil. Contradiciendo una tradición secular que se refiere a los papas, la causa de beatificación no parte de Roma, sino de su tierra de origen, donde es recordado por su “santidad ordinaria”. De nada sirve beatificarlo porque era bueno, sin abordar el problema de su muerte. Un proceso así está viciado de raíz.


EL NUDO ITALIANO


El episcopado italiano ha quedado revuelto por la revolución del papa argentino: “La visión de una iglesia pobre, poco doctrinaria, que no hace injerencia espiritual en la vida de las personas y en la política, da espacio a las mujeres, escucha a los laicos y renuncia a la tentación de manipularlos, ha deshecho el cuadro en el que la conferencia episcopal italiana ha actuado durante decenios”.
Crecida en un clima de “escasa autonomía”, la conferencia episcopal italiana (CEI) no ha tenido el derecho de elegir a su presidente, como sucede con las demás. La escasa autonomía de un episcopado, sobre el que prevalecían las indicaciones del pontífice y de sus hombres de confianza, ha tenido su punto de máxima desautorización en 2007, en el momento en que el cardenal Bagnasco asumía el cargo de presidente de la CEI. Entonces el secretario de Estado Bertone le envió una carta oficial, reclamando  para sí la competencia en la relación con las instituciones políticas.
Al propio tiempo se ha dado una sistemática trama entre el Vaticano, la CEI y el sistema político. Lo que había sucedido con la Democracia Cristiana (DC) en la posguerra se ha transformado de una forma más enmascarada en la relación preferencial con el centro-derecha de Berlusconi. Primero con la presidencia en la CEI del cardenal Ruini y luego bajo la dirección del cardenal Bertone.
Lo que ha sucedido en los últimos treinta años con el cardenal Martini, arzobispo de Milán, es significativo. Martini fue gradualmente puesto al margen, cuando empezó a expresar opiniones diversas sobre la injerencia política de la CEI (dirigida por el cardenal Ruini) y a hacer propuestas disonantes del proyecto de Juan Pablo II sobre la reevangelización de la sociedad contemporánea. Presidente del consejo de las conferencias episcopales europeas de 1986 a 1993, dado su prestigio y su capacidad de diálogo, Martini fue apartado del cargo por decisión de Wojtyla, que cambió el estatuto de la organización exigiendo que sólo los presidentes de las conferencias episcopales nacionales pudieran ser elegidos a la presidencia europea.
El papa Francisco, acostumbrado como arzobispo de Buenos Aires y presidente del episcopado argentino a una libertad de crítica hacia la política nacional, no ha escondido desde el principio la voluntad de situar la CEI sobre nuevos raíles. Ha confirmado al cardenal Bagnasco en la presidencia y ha aclarado rápidamente que se había acabado la era en la que el Vaticano interfería en los asuntos políticos italianos: “El diálogo con las instituciones culturales, sociales, políticas es tarea vuestra…es cosa vuestra”, ha repetido dos veces en una brevísima alocución a los obispos italianos (8-6-2013).
El papa está dispuesto a conceder a la CEI la facultad de elegir a su propio presidente, pero un grupo consistente de obispos se resiste. Alegan la “peculiar relación” entre la Iglesia italiana y el papa: “el nombramiento del presidente de la CEI debe seguir  reservado al papa, sobre la base de una lista de nombres” señalados por los obispos. Pero no es este el único nudo a desatar en la CEI.
La lucha contra la pedofilia encuentra a la conferencia episcopal italiana en posición de retraso en relación a otras conferencias episcopales de Europa y América, que han organizado estructuras nacionales de asesoramiento, intervención y resarcimiento de las víctimas. La presidencia de Bagnasco ha rechazado tenazmente asumir responsabilidades a nivel nacional. La CEI “no tiene autoridad para establecer nada…no nos corresponde crear estructuras,  cada obispo actuará en base a su valoración”. Además el episcopado rechaza asumir la obligación de denunciar a los sacerdotes culpables a la policía o a la magistratura, porque “el obispo no es funcionario público”. Es la posición asumida en sus “Líneas guía” publicadas por la CEI en marzo de 2014, después de que el documento  elaborado en 2012 fuera considerado insuficiente por la Santa Sede.     
No se esperaba. En febrero de 2014 ha llegado al papa argentino un severo aviso del comité de la ONU para los Derechos de la infancia. “El comité, tras oír a una delegación vaticana, ha difundido un informe pidiendo al Vaticano que haga completa luz sobre los crímenes de abuso del pasado y sobre el desplazamiento de los sacerdotes culpables de una parroquia a otra”. Además, el documento propone “crear en cada nivel de las instituciones católicas estructuras para la protección de los menores y la acogida de denuncias a fin de remover sin excepción a los responsables de abuso” (Politi, 208-221, 239).   


NO TIENE MUCHO TIEMPO


El papa Francisco no tiene mucho tiempo para su revolución. Sabe que no tiene por delante un papado de veinte años. Siente la presión de las reformas. Debe actuar entre tres y cuatro años. Se dice en el Vaticano que ha confiado a un obispo que está dispuesto a dimitir. Vegetar en el trono a edad avanzada no forma parte del temperamento intelectual de un pontífice jesuita, atento a discernir las situaciones.  
Hay una clepsidra en el pontificado de Francisco. Lo saben bien los cardenales que lo apoyan. “En el fondo a Juan XXIII le bastaron apenas cinco años para hacer irreversible el giro en la Iglesia”, dice uno de ellos. Ahora bien, el proyecto del papa Juan – el concilio Vaticano II – se salvó, porque después de él hubo quince años de pontificado de Pablo VI que consiguió arraigar el mensaje conciliar en la Iglesia. En torno a él había una mayoría de obispos que habían votado con convicción los documentos conciliares, un fuerte movimiento de teólogos renovadores y una movilización apasionada de ambientes laicales.
El papa Francisco, a un año de la elección, se encuentra bastante solo dentro de la estructura eclesiástica. No existe en la Iglesia un movimiento organizado de defensores de su revolución. Se sienten aplausos clamorosos por todas partes, pero al propio tiempo se advierte una inercia en las estructuras eclesiásticas.  El asociacionismo católico hasta ahora se ha quedado parado – casi bajo shock por las novedades y ocupado en reelaborarlas – mientras en los tiempos de Juan Pablo II eran visibles la presencia y la presión de movimientos como el Opus Dei y Comunión y liberación, activamente alineados en favor del programa del papa polaco.
Los sectores conservadores apuntan al desgaste del papa argentino, destacan el cansancio que puede producir la repetición de sus exhortaciones. Difunden el temor de que Francisco esté construyendo “otra Iglesia”, saliendo de los raíles de la tradición, de la doctrina y de la recta interpretación de la palabra de Dios.
Los críticos dentro del aparato curial reprochan a Francisco crear muchas comisiones y comités, actuar de manera solitaria, no concentrarse sobre pocos objetivos, no expresar una visión teológica estructurada, hablar mucho, ceder a los gustos de la gente dejándose tomar por un papagayo amaestrado o por un niño vestido de papa para el carnaval, disminuir la “sacralidad de la persona papal”.   
Los partidarios de la conservación no quieren reconocer que el giro del último cónclave  nace de una crisis profunda de credibilidad, en la que se había precipitado la Iglesia. Crisis de comunicación con la sociedad, crisis duradera de vocaciones sacerdotales y en  años recientes también de órdenes femeninas, crisis de relación con el mundo de las mujeres y de los jóvenes. Un callejón sin salida.
Francisco es consciente de que en torno a él el terreno está minado. “En la curia la resistencia está creciendo”, reconoce un curial. Francisco tiene su visión. Estaba indicada en las palabras dirigidas a los cardenales pocos días antes del cónclave: “Tengo la impresión de que Jesús ha sido encerrado dentro de la Iglesia y llama porque quiere salir” (Politi, 226-233 y 247).


LA VUELTA DE JUAN PABLO I


Lo hemos dicho en otra ocasión: “El papa Francisco, sorpresa total”. Sus coincidencias  con Juan Pablo I son numerosas. El periodista Enric González afirma en su artículo “La vuelta al mensaje de Juan Pablo I”: “Pese a los 35 años de distancia que median entre Francisco y el Papa de los 33 días, el nuevo Pontífice retoma su tono y su esencia en torno a la idea del amor a los pobres”, “ya había coincidencias antes. Albino Luciani, Juan Pablo I, lanzó a los cardenales, tras el cónclave que le eligió, la misma frase pronunciada por Francisco: ¡Que Dios os perdone por lo que habéis hecho” (El Mundo, 20-3-2013).
Comentando el desarrollo del cónclave, Bergoglio utiliza también otra expresión de Luciani: “Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa”, dice, un cardenal le conforta. Luciani dijo algo semejante: “Apenas empezó el peligro para mí, los dos Padres que estaban cerca de mí  me sugirieron palabras de ánimo” (Bassotto, 155).
En la tarde del 13 de marzo de 2013, cuando es elegido Francisco, llueve sobre el palacio apostólico. La plaza de San Pedro está llena de paraguas. Me recuerda aquella foto del entierro de Juan Pablo I. La plaza de San Pedro estaba llena de paraguas. Su funeral estuvo pasado por agua (Ecclesia, 14-10-1978). Podríamos decir que llueve sobre mojado. Lo que está sucediendo no nos pilla por sorpresa.
Bergoglio venía lo menos posible al Vaticano. Luciani también. Francisco no quiere vivir en el palacio vaticano, decide quedarse en la residencia Santa Marta (26-3-2013): "Yo no podría vivir solo en el palacio", "yo no puedo vivir solo o con un grupo pequeño. Necesito gente, encontrar gente, hablar con la gente" (29-7-2013). Según Mario Poli, arzobispo de Buenos Aires, le preguntaron al Papa: “¿Y no vas a ir al palacio pontificio?” y él, con sorna, les dijo “¿Ahí? ¿para que me afanen? ¡No!” (3-9-2013). Sobre el palacio pontificio un día dijo Juan Pablo I a sor Vincenza: “Aquí arriba estamos como prisioneros, voluntarios, pero prisioneros. Estamos demasiado en alto, demasiado solos, demasiado lejos de la gente” (Bassotto, 158). El palacio vaticano es un laberinto. Lo escribe Juan Pablo I en una nota al jesuita Bartolomeo Sorge: "Me parece un laberinto de Cnosos" (Roncalli, 580). A Francisco le gustaría ir por la calle: “En ese sentido, dice al volver de Brasil, me siento un poco enjaulado”.
Francisco se presenta como “obispo de Roma”, “la comunidad diocesana de Roma tiene a su obispo”. Dice a los periodistas volviendo del Brasil: “El Papa es obispo, obispo de Roma, y porque es obispo de Roma es sucesor de Pedro”. Juan Pablo I dice algo semejante: “Yo soy ante todo el obispo de Roma y después el Papa”, “obispo de Roma y por ello sucesor del apóstol Pedro” (Bassotto, 230-233).
Bergoglio se presenta de forma sencilla: “Sabéis que el deber del cónclave era dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…, pero aquí estamos”. Luciani se presenta así: “Yo no tengo la ‘sapientia cordis’ del papa Juan ni la preparación y la cultura del papa Pablo, pero estoy en su lugar” (27-8-1978), “ahora estoy aquí, soy el Papa” (Bassotto, 122). Ambos papas cuentan con la oración de la gente.
Francisco está cambiando el perfil del papado: “El absolutismo imperial de los papas ha sido resquebrajado irreversiblemente”, dice Politi. “Juan Pablo I cambió para siempre, en un mes, la forma de ser Pontífice”, afirma Enric González. El nuevo Papa, en su audiencia a la prensa (16-3-2013), manifestó que le gustaría “una Iglesia pobre y para los pobres”. El tono y el mensaje de su homilía inaugural (19-3-2013) muestran “un considerable parecido” con la homilía de Juan Pablo I en la catedral de Roma el 23 de septiembre de 1978: “Roma será una auténtica comunidad cristiana, si Dios es honrado… con el amor a los pobres. Estos, decía el diácono romano Lorenzo, son los verdaderos tesoros de la Iglesia” (Ecclesia, 7-10-1978).
El lenguaje de Francisco es directo, sencillo, popular. Se remite constantemente a la sencillez del Evangelio. Juan Pablo I también. Dice al cardenal Villot: “Quiero que los discursos sean míos. He empleado gran parte de mi vida buscando decir las cosas, consideradas difíciles, con palabras claras, sencillas y comprensibles para todos. Quiero ser yo mismo delante de Dios y delante de los hombres. Los grandes discursos no son para mí ni los grandes tratados. Está el Evangelio, están los libros sagrados” (Bassotto, 230). En las audiencias públicas llama junto a sí a un niño y dialoga con él.
Sectores conservadores de la Iglesia, que han lanzado duras críticas contra el papa Francisco, le llaman burlonamente "Papa Piacione", expresión despectiva que alude a alguien que sonríe siempre y se lleva bien con todo el mundo. Mario Poli, sucesor de Bergoglio en Buenos Aires, le dijo al Papa: "¡Allá nunca una sonrisa y acá sos una Pascua!". "Es fruto del Espíritu", dice el Papa (3-9-2013). En esto recuerda también a Juan Pablo I, conocido como "el Papa de la sonrisa".
Está en el ambiente. Este Papa "acabará como el pobre Juan Pablo I", se comenta en los cafés de Roma. Lo recoge Irene Hernández en su artículo "Las cruces del Papa Francisco" (El Mundo, 31-3-2013). José Manuel Vidal sugiere también el riesgo que corre el Papa: "Francisco ¿es un peligro o está en peligro?" (Religión Digital, 4-8-2013).  
Tras su viaje a Brasil, Francisco habla de la seguridad papal: "Con menos seguridad, he podido ir con la gente, abrazarles, saludarles, sin coches blindados. La seguridad es fiarse de un pueblo. Siempre hay el peligro de que un loco haga algo. Pero también está el Señor. Crear un espacio blindado entre el obispo y el pueblo es una locura" (29-7-2013). Algo parecido dijo Juan Pablo I: "La persona del Papa es defendida y protegida porque es preciosa como la de cualquier otro hombre. El Papa debe ser prudente y vigilante, no debe exponerse a los peligros y provocaciones. Como enviado del Señor debe abandonarse totalmente a él pase lo que pase. Yo no quiero escoltas ni soldados" (Bassotto, 143).
A Francisco no le gusta viajar. También en esto coincide con Juan Pablo I, que dice a su consejero teológico don Germano: “Tú sabes que no me gusta viajar, pero no puedo quedarme encerrado en el Vaticano” (Bassotto, 127).
Como queda dicho, las peticiones de los cardenales que hace suyas Francisco son grandes decisiones de Juan Pablo I: reformar la Curia, limpiar el banco vaticano destituyendo a su presidente, promover la colegialidad de los obispos con el Papa. A estas grandes decisiones se añade otra, también importante y arriesgada: tomar abierta posición, “incluso delante de todos”, frente a la masonería y la mafia (Bassotto, 239).
Con singular acierto, en la edición española de “L’Osservatore Romano”, Cipriano Calderón llamó a Juan Pablo I “Papa profeta” que se marchó, como Elías, “de una forma extraña, arrebatado en un carro de fuego”, “pero hubo un Eliseo que estaba a su lado atento a lo que ocurría y recogió inmediatamente el manto del insigne profeta”, “algo así tendrá que suceder ahora” (8-10-1978).
Recoger su manto es recoger su testimonio, su figura, su presencia entre nosotros. Lo dijimos en el último libro: “Agradecemos a todos aquellos que, conscientemente o no, han hecho posible que se recoja el manto del Papa profeta. Por nuestra parte, lo hemos intentado desde el primer escrito” (Juan Pablo I. Caso abierto, 282).
Juan Pablo I tomó grandes decisiones que han sido ignoradas por biógrafos conservadores, pero esas decisiones – sorprendentemente -  vuelven. Aunque parecía imposible, se ha hecho un proceso. Se ha producido una toma de conciencia, que ha llegado a todas partes incluso a los niveles más altos. Se cumple el salmo 79: “Que se conozca entre las gentes”. Es la vuelta de Juan Pablo I. En realidad, como la lluvia empapa y fecunda la tierra, así la palabra de Dios no vuelve de vacío (Is 55, 11).  


 


Jesús López Sáez