Encuentro con los mártires. Jon Sobrino

Création : vendredi 25 novembre 2016 Mis à jour : lundi 28 novembre 2016

Encuentro con los mártires
Jon Sobrino

 


En estas jornadas teológicas centroamericanas y caribeñas ustedes han elegido como título una expresión muy querida para el papa Francisco: “para que renazca la justicia y la paz”. No voy a detenerme en la importancia de ambas cosas, pero sí quiero confesar que me alegra cómo se expresa el papa: que la justicia y la paz renazcan.

Con el paso del tiempo, ciertamente hay que buscar nuevas formas de justicia y de paz, como se hará en este congreso. Pero cuando hay deterioro, como ocurre en el mundo presente, de ambas cosas, entonces, renacer, implica buscar fuentes de aguas vivas también en el pasado. Más en concreto pienso que hay que mantener vivas las raíces de la justicia y la paz, tal como fueron comprendidas en Medellín, y tal como por ellas se ha trabajado y luchado en El Salvador. Repito, es importante buscar lo nuevo. Pero para detener el deterioro, e incluso para hacer más creativa la búsqueda de la justicia y la paz, hay que volver también, y no con menor ahínco, a lo mejor del pasado. Y no olvidar nunca a quienes lucharon y arriesgaron su vida  por ellas.

Aclarado el modo de hablar de Francisco, paso ahora a desarrollar el tema que me han pedido: “encuentro con los mártires”. Lo haré desde mi experiencia en tres breves reflexiones.

 

1. De qué mártires hablamos


Desde la realidad salvadoreña, y otras semejantes, quiero explicar qué entiendo por mártires. No ofrezco -ni creo que exista- una definición que sea adecuadamente universal.

Tal como lo entendemos aquí, mártir, mártires, son ante todo seres humanos que han sido matados. Es la realidad material del martirio. La realidad formal consiste en que con su ser, decir y hacer, es decir con su defensa y amor a los pobres, estos seres humanos han estorbado a los poderosos del país, opresores, represores. Esa constatación es terrible, pero es históricamente verificable. “Se mata a quien estorba”, decía Monseñor Romero. Hablamos pues “de morir matados por haber defendido y amado”. Y hablamos de “estorbar”. Es lo que le ocurrió a Jesús, como lo deja en claro muy pronto el evangelio de Marcos. Jesús cura a un hombre que tenía la mano seca. Y al hacerlo en sábado y en una sinagoga, estorbó a herodianos y fariseos. Estos se confabularon en seguida para eliminarle.

Desde El Salvador esto es lo que entendemos por mártires: seres humanos que son matados por amar a los pobres, y con mayor precisión por defender la vida de quienes la tienen en peligro injustamente. Al amarlos y defenderlos así, estorban a asesinos, ladrones y mentirosos.

A esta reflexión sobre los mártires habrá que añadir sin duda muchas otras. Mártir es el que da testimonio de fe, tiene un potencial salvífico como el siervo sufriente, otorga credibilidad a la comunidad cristiana, humaniza un ambiente egoísta. Pero no hay que ignorar el ser matados por estorbar. Seguimos viviendo en un mundo en el que ha fluido mucha sangre, y sigue fluyendo injusta y cruelmente. Y yo, con muchos otros, me he encontrado honestos mártires.


2.  Qué significa encontrarse con los mártires

 

•    Voy a contar cómo me he encontrado con mártires -a veces suelo decir que me he topado con ellos, me he dado de frente, hasta de bruces, con ellos.  Me voy a concentrar en lo que fue mi primer y principal encuentro el día que asesinaron a Rutilio Grande, al que añadiré brevemente otros encuentros.

Hace pocos años me pidieron escribir sobre qué es el cristianismo y comencé con estas palabras: "el 12 de marzo de 1977 me topé con el cristianismo". El asesinato de Rutilio Grande con un señor mayor y un niño me impactó, con dolor e indefensión. Pero alrededor de y promovido por el martirio de Rutilio también irrumpió un nuevo cristianismo, que me llenó de esperanza, gozo y -así lo espero- de un poco más de compromiso. Me había topado con el gran amor de un gran hombre. Eso fue el encuentro fundamental.

Su martirio nos movió a recuperar para siempre muchas otras cosas impresionantes. Entre otras sus homilías, que he ido publicando, como camino formidable para conocer al Padre Grande. Citaré algunos párrafos, poniendo  en cursiva las frases que más me han impactado..

Rutilio enunció su propósito.

"Queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no queden impunes tantos crímenes manchando a la patria, al ejército. Que se reconozca quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que quedan desamparadas".

Un mes antes de su muerte, en Apopa tuvo la que se convirtió en su homilía más conocida. Abordó lo más radical de lo humano y lo cristiano.

Así veía Rutilio a Dios y su plan para nosotros.

“Un Padre común tenemos, luego todos somos hijos del mismo Padre, aunque hayamos nacido del vientre de distintas madres… Jesús hablaba mucho del Reino del Padre Dios. Y le gustaba compararlo a una gran cena en una mesona con manteles largos, que alcanzara a todos por igual. Y que nadie se quedara afuera sin su taburete y su conqué”.

Denunció a los opresores, sobre todo si se decían católicos.

“Todos somos hermanos, todos somos iguales. Pero Caín es el engendro de los planes de Dios; y hay grupos de caínes en este país. ¡Ay de ustedes que se dicen católicos de diente al labio y por dentro son inmundicia de maldad! Son caínes que crucifican al Señor cuando camina con el nombre de Toño, de Licha o del humilde trabajador del campo”.

Predicó al Jesús que murió matado, y al que no se suele recordar

“Muchos prefieren un Cristo mudo y sin boca para pasearlo en andas por las calles. Un Cristo con bozal, fabricado a nuestro antojo y según nuestros intereses. ¡Ese no es el Cristo del Evangelio, el Jesús joven de 33 años. El que se jugó la vida y murió por la causa más noble de la humanidad!”

“Mucho me temo, hermanos, que si Jesús volviera hoy, bajando de Galilea a Judea, o sea de Chalatenango a San Salvador, yo me atrevo a decir que no llegaría con sus prédicas y acciones hasta Apopa. Lo detendrían allí, a la altura de Guazapa. ¡Y duro con él! Hasta hacerlo callar o desparecer”.

Con estas palabras sobre Dios, sobre Jesús y la mesa grande, sobre los caínes y los humildes trabajadores del campo, me encontré con el Rutilio vivo, y comprendí al Rutilio que habían matado. Defendió y amó al pobre, estorbó y debía ser eliminado.

Este encuentro fue ocurriendo paso a paso al recordar su palabra. Pero antes hubo un encuentro primero y primordial. Ocurrió repentina e inesperadamente el mismo 12 de marzo. Desde ese día al martirio de Rutilio le acompañó la conversión de Monseñor Romero. Fue “el milagro de Rutilio”, decía la gente.

•    Monseñor, cambiado, radicalizado, convertido por Rutilio, empezó a hacer cosas nuevas y estupendas. La misma noche del asesinato Monseñor generó cuerpo eclesial, y ese cuerpo se robusteció en los días sucesivos en reuniones de sacerdotes, religiosas, campesinos, profesores… Me tocó participar de cerca en esas reuniones, y pude captar el gozo de Monseñor. Pero también los problemas que podían causar lo que algunos pedían en las reuniones. Una se hizo clásica. Una religiosa propuso una misa única ante catedral, al aire libre, como funeral oficial de Rutilio. Me voy a detener en la misa única, pues significó para mí un encuentro con Monseñor Romero, y con el Rutilio asesinado, principal causante de las venturas y desventuras de la misa única. Puso a Monseñor Romero en un trance nada fácil.

A Monseñor Romero le tocó repensar su fe, pues para él reducir el número de misas sería como reducir la gloria a Dios. Pero más le impactó la sentencia de Ireneo de Lyon del siglo II que recordó el Padre César Jerez: "La gloria de Dios es el hombre que vive". Sosegado, aprobó la misa única. Y tres años después el mismo monseñor diría en la universidad de Lovaina que “la gloria de Dios es el pobre que vive".

La misa única también le causó serios problemas con la iglesia jerárquica. El nuncio no la aprobó. Y el secretario de la nunciatura ninguneó a Monseñor de manera indigna. Estuve allí, y lo pude comprobar de cerca.

La conversión de Monseñor Romero ante el cadáver de Rutilio fue algo muy real, muy hermoso y nada fácil. Ciertamente, Romero se encontró con el mártir Rutilio. Ante el Rutilio cadáver, y junto a la conversión de Monseñor, yo también -y pienso que muchos otros- me encontré con el mártir Rutilio.

•    Años más tarde, pude profundizar mi encuentro con el mártir Rutilio, al tener acceso, inesperadamente, a una estupenda carta que el padre Ellacuría escribió a monseñor Romero el 9 de abril de 1977. Toda ella es bella y genial. He elegido algunos párrafos que ayudan a encontrarse con Monseñor Romero y con Rutilio Grande.

El Padre Ellacuría estaba bien informado. Le escribe a Monseñor sobre “los gloriosos acontecimientos -muerte y resurrección- que han ocurrido especialmente en el mes de Marzo en El Salvador y muy singularmente en la Arquidiócesis. Así he sabido de sus intervenciones como arzobispo de San Salvador. Dios ha querido ponerle al comienzo mismo de su ministerio en un trance sumamente difícil, sumamente cristiano porque si en él ha sobreabundado el delito, más ha sobreabundado la gracia. Tengo que expresarle, desde mi modesta condición de cristiano y sacerdote de su arquidiócesis, que me siento orgulloso de su actuación como pastor. Desde este lejano exilio quiero mostrarle mi admiración y respeto, porque he visto en la acción de usted el dedo de Dios. No puedo negar que su comportamiento ha superado todas mis expectativas y esto me ha producido una profunda alegría, que quiero comunicársela en este sábado de gloria… Yo creo que el martirio del Padre Grande y de los demás cristianos ha merecido para El Salvador una ejemplaridad singular para toda la iglesia Latinoamericana. No sé en qué otra parte hubieran podido estar a tanta altura los sacerdotes y sus pastores”.

El Padre Ellacuría menciona tres aspectos de la actuación de Monseñor. “El primer aspecto que me ha impresionado es el de su espíritu evangélico… Son muchos los pastores que alardean de espíritu evangélico, pero que, puestos en la prueba del fuego -y lo hemos visto en el propio San Salvador-, muestran que no hay tal espíritu. Usted inmediatamente percibió el significado limpio de la muerte del Padre Grande, el significado de la persecución religiosa y respaldó con todas sus fuerzas ese significado. Eso muestra su fe sincera y su discernimiento cristiano. Muestra también su valentía y su prudencia  evangélicas frente a claras cobardías y prudencias mundanas”.

“Esto me hace ver un segundo aspecto: el de un claro discernimiento cristiano… Tuvo el acierto de oír a todos, pero acabó decidiendo por lo que parecía a ojos prudentes lo más arriesgado. En el caso de la única misa, de la supresión de las actividades de los colegios, de su firme separación de todo acto oficial, etc. supo discernir dónde estaba la voluntad de Dios y supo seguir el ejemplo y el espíritu de Jesús de Nazaret. Esto me ha dado a mi grandes esperanzas de que su ministerio, que ha de ser muy difícil, pueda seguir siendo plenamente cristiano en unos momentos de América Latina, donde tan difícil se presenta la verdadera vida de la Iglesia, más que nunca llamada a ser una vida de testimonio y de martirio”.

“El tercer aspecto… En esta ocasión y apoyado en el martirio del Padre Grande Usted ha hecho Iglesia y ha hecho unidad en la Iglesia. Bien sabe usted lo difícil que es hacer esas dos cosas hoy en San Salvador. Pero la misa en la catedral y la participación casi total y unánime de todo el presbiterio, de los religiosos y de tanto pueblo de Dios muestran que en esa ocasión se ha logrado. No ha podido entrar usted con mejor pie a hacer Iglesia y a hacer unidad en la Iglesia dentro de la arquidiócesis. No se le escapará que esto era difícil. Y usted lo ha logrado. Y lo ha logrado no por los caminos del halago o del disimulo sino por el camino del evangelio: siendo fiel a él y siendo valiente con él. Pienso que mientras usted siga en esta línea y tenga como primer criterio el espíritu de Cristo martirialmente vivido, lo mejor de la Iglesia en San Salvador estará con usted y se le separarán quienes se le tienen que separar… Me parece que en esto tenemos un ejemplo en la vida última del Padre Grande, alejada de los extremismos de la izquierda pero mucho más alejada de la opresión y de los halagos de la riqueza injusta, que dice San Lucas”.

“Yo pido a Dios que todas estas cosas sigan para bien de todos. No ha sido más que el comienzo, pero ha sido un extraordinario comienzo. El señor le ha deparado un principio extraordinariamente cristiano en su nuevo ministerio. Que Él le conceda seguir adelante entre tan excepcionales dificultades. Si logra mantener la unidad de su presbiterio mediante su máxima fidelidad al evangelio de Jesús, todo será posible”.

Al leer cómo Ellacuría iba desgranando el recuerdo del Padre Grande y la reacción de Monseñor Romero, pude escribir que con Rutilio mártir “me encontré con el cristianismo”, es decir con una totalidad de vida, no sólo con tal o cual aspecto suyo. Y al escribirlo me sorprende cuán grande ha sido el privilegio. Me he encontrado con mártires, encadenados unos a otros. Matado Rutilio, lo mantuvo vivo Romero. Matado Romero, lo mantuvo vivo Ellacuría…   

•    Después de Rutilio me he encontrado con otros mártires. Voy a decir una breve palabra sobre ellos y ellas.

El 24 de marzo de 1980 fue asesinado Monseñor Romero.  En la misa funeral de la UCA el padre Ellacuría dijo “con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador". Antes ya había dicho “he visto en la acción de usted el dedo de Dios”. Y poco después escribió “Monseñor Romero, un enviado de Dios para salvar a su pueblo”. En mi encuentro con el mártir Oscar Romero sentí que “asomaba Dios”.

El 2 de diciembre de 1980 fueron asesinadas Ita, Maura, Dorothy y Jeane,  cuatro mujeres estadounidenses que vinieron a nuestro pueblo y cuidaron a los más débiles, con ternura de mujer. Sin haber hecho nada malo fueron engañadas, apresadas, desaparecidas, violadas, enterradas infamemente. En forma femenina, es la infamia de la crucifixión de Jesús. Con esas mujeres me topé con una inmensa bondad y delicadeza.

El 16 de noviembre de 1989 ocurrió el asesinato de los ocho mártires de la UCA. Asesinaron a toda mi familia, el Padre Lolo, Ellacuría, Segundo Montes, Juan Ramón, Amando, Nacho… El golpe más duro fue que los criminales no perdonaron a Julia Elba, honrada mujer de 42 años, y a su hija Celina, joven de 15 años. Pasado algún tiempo me encontré con Obdulio, esposo de Julia Elba y padre de Celina, cuidando el jardín de rosas. Al poco tiempo él también murió matado a causa de la tristeza. El asesinato de Julia Elba, Celina y Obdulio es la expresión de miles de campesinos y campesinas asesinados. Me introdujo en la verdad de lo que escribía: El Salvador es un pueblo crucificado.

 

3. Nos hemos encontrado con mártires

 

Unos y unas son más conocidos. Otros y otras son muy poco conocidos. ¿Qué decir para terminar?

Importante es insistir en los temas del congreso relacionaos con gente mártir sobre violencia, mujer, jóvenes, migración, y el papel de los pobres.

Pensando en los mártires, para terminar quiero hacer una confesión: “He vivido con gente buena, buena en desmesura”. Vivir así genera gozo y gratitud.

Y también una petición, pensando sobre todo en quienes vienen detrás de nosotros: "no dilapidemos esta nube de mártires que es nuestra herencia más valiosa”. En medio de los horrores de muestro mundo mucho les costará encontrar algo mejor que los oasis de mártires.

Termino con en el mártir Jesús de Nazaret. Pasó haciendo el bien. Murió matado. Sigue vivo en nuestros mártires.

 
18 de noviembre, 2016
UCA, San Salvador