![]()
EL VALLE DE LOS CAÍDOS
Símbolo de confusión
El 25 de febrero de 2025 el Gobierno español pacta con el Vaticano la resignificación del Valle de los Caídos, llamado desde 2022 Valle de Cuelgamuros, su nombre original. Algunos interrogantes: ¿Qué significa el Valle de los Caídos?, ¿en qué consiste su resignificación?, ¿es símbolo de reconciliación?, ¿la cruz del Valle es la cruz de Jesús?
Diversas posiciones. Es una obra faraónica, el mausoleo de un dictador, símbolo de la victoria franquista; la guerra civil fue una cruzada, la guerra civil fue una locura; el monumento es símbolo del nacional-catolicismo, es símbolo de reconciliación; se necesita una confesión nacional y una confesión eclesial; la transición a la democracia se hizo posible gracias a un principio de reconciliación; la cruz del Valle es la cruz, la cruz del Valle es símbolo de poder, no es la cruz de Jesús.
Jesús Suevos, que fue consejero del Movimiento y procurador en las Cortes de Franco, afirmó en el programa La clave (1983): “Probablemente, el primer proyecto de Franco fue el honrar a los muertos del ejército nacional. Lo que pasa es que, a medida que fue pasando el tiempo… alguien sugirió a Franco o a Franco se le ocurrió que, para que el monumento tuviera mayor anchura, mayor generosidad, y pudiera ser un monumento para todos los españoles, había que ensanchar esa idea y hacer que allí pudieran ser enterrados los españoles de toda clase y toda condición”.
Daniel Sueiro, escritor y periodista, autor del libro El Valle de los Caídos (2006), dijo sobre la peculiaridad del monumento: “Aparte de que sea megalómano, sobre todo en los orígenes es un monumento al vencedor”, “en el decreto de creación del monumento (1 de abril de 1940) no está que sea reconciliadora”, “se repiten los tópicos de aquellos años: nuestros mártires, los héroes y mártires de la cruzada, nuestros caídos”, “sólo me he encontrado en un pequeño texto de los gobernadores civiles del año 1958 cuando llaman a las provincias para que los restos de los muertos de ambos bandos vayan allí y en un texto del libro del general Franco Salgado Araujo donde Franco reconoce esta posibilidad con los caídos católicos, no con los otros”.
Gregorio Peces-Barba del Brío, consejero de Estado, remitió al decreto de creación del monumento donde se dice: “La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades”, “a estos fines responde la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria, lugar perenne de peregrinación en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco al campo en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”. Veinte años después, en el discurso de inauguración del monumento, se sigue hablando de “nuestra Cruzada” (ABC,2-4-1959).
Redención de penas por el trabajo. Peces-Barba añadió: “Este monumento se hace por obreros libres, pero se hace también por presos políticos españoles”, “¿cuáles son los presos políticos españoles que, después de la victoria del general Franco, intervienen en la reconstrucción de España?”, “según los anuarios de Estadística de 1943, son 100.000 en el año 39, 270.000 en el 40, 233.000 en el 41, 159.400 en el 42”, “se crean decenas de colonias penitenciales”, “son presos políticos los que reconstruyen Belchite, Teruel, los canales del bajo Guadalquivir”, “parece difícil creer que el monumento se creó para que sirviese de unión para todos los españoles” (José Luis Balbin, La clave, RTVE, 18-11-1983). A los presos políticos se les aplicó la “redención de penas por el trabajo”. En la construcción del monumento trabajaron 20.000 presos; murieron entre 14 y 18 personas.
Inauguración. Resulta significativo: se inauguró el monumento el 1 de abril de 1959, “día de la Victoria”. El Jefe del Estado exaltó “los altos ejemplos de heroísmo y santidad durante la cruzada, solo comparables a los registrados por las persecuciones contra los cristianos en Roma. El signo providencial de la cruzada, afirmó Franco, justificaría por sí solo esta basílica, levantada al Señor como expresión de gratitud y para acoger dignamente los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y de heroísmo. Así es el templo grandioso de nuestros muertos, en que, por los siglos, se rogará por la memoria de los que cayeron por Dios y por la patria” (NODO, nº 786, Año XVI).
Golpe de Estado. El 18 de julio de 1936 se produce un golpe de Estado contra el orden legítimamente constituido de la República. Franco lo inicia en Canarias, Mola en Pamplona, Queipo de Llano en Sevilla, Cabanellas en Zaragoza. Se presentó como “alzamiento nacional”, como “la defensa o restablecimiento del orden”. En la “instrucción reservada número uno” el Director (Mola) decía en abril de ese año: “La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo”. Los sublevados contaban con encontrar resistencia, pero esperaban aplastarla en dos o tres días. Los que se oponían eran eliminados: “El alzamiento se hizo pasando por los cadáveres de los generales Batet, Romerales, Caridad Pita, Campins, Núñez del Prado, contralmirante Azarola, Salcedo y de numerosísimos jefes y oficiales”, “comenzó la sublevación por el procedimiento de liquidar físicamente a los enemigos. Y la respuesta fue del mismo género”, dice el historiador Manuel Tuñón de Lara en su libro La España del siglo XX. La guerra civil (1981).
Víctimas de la guerra civil. El número total de muertos, según los historiadores, se aproxima a 600.000, de los cuales 100.000 corresponden a la violencia desatada en la zona sublevada, y 55.000 a la violencia desatada en la zona republicana. Además, “no menos de 50.000 personas fueron ejecutadas en los diez años que siguieron al final de la guerra”, dice el historiador Julián Casanova en su libro La Iglesia de Franco (2001).
Violencia anticlerical. La violencia anticlerical en la zona republicana produjo 6.832 víctimas. La cifra fue dada a conocer por Antonio Montero en su libro Historia de la persecución religiosa en España (1961). El autor señala que en la historia “no hay un solo caso precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos. Se trata de un hecho eclesial de primera magnitud que sería miope querer reducir a los estrechos límites de la historia de España”. Llama la atención que el autor, con el tiempo, llegara a ser obispo de Badajoz, donde la matanza en masa realizada por las tropas franquistas fue indescriptible: “La sangre corría a ríos por las calles”, “los milicianos capturados en el coro de la catedral han sido ejecutados ante el altar”, “los rebeldes han celebrado la Asunción con una terrible matanza”, dice Tuñón de Lara. “No parece casualidad carente de significado que las Hermanitas de los Pobres salieran ilesas de la persecución”, observa Julián Casanova. Alfonso M. Thió, que fue superior de los jesuitas recluidos en la Cárcel Modelo de Barcelona durante la guerra, se preguntaba: “¿Rechazan a los ministros por causa de Jesús o rechazan a Jesús por causa de sus ministros?”.
La guerra civil como cruzada. La guerra civil se vivió como guerra santa, como cruzada. Con fecha de 30 de septiembre de 1936, el entonces obispo de Salamanca Enrique Pla y Deniel publicó su carta pastoral Las dos ciudades. Veía así la guerra civil: “Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada”, “una cruzada por la religión, por la patria y por la civilización”. El 19 de octubre de 1960, siendo arzobispo de Toledo, dirá de nuevo en la Universidad Pontificia de Salamanca: “Fue una cruzada por Dios y por España”. Un decreto de la Jefatura del Estado con fecha 16 de noviembre de 1938 establecía, “previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas”, que “en los muros de cada parroquia figurara una inscripción que contenga los nombres de sus Caídos, ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista”.
La guerra civil como locura. La guerra civil fue una “guerra entre los hijos del mismo pueblo, de la misma madre patria” (Pío XI), una “empresa pasional de odio y violencia” (Gumersindo de Estella), una “inútil matanza fratricida” (Esteban Pinilla), una locura, como se dice en el salmo 85: “Dios anuncia la paz, con tal de que a su locura no retornen”. Más aún, “esa guerra civil no la provocó la República, ni sus gobernantes”, fueron grupos militares bien identificados que dieron “un asalto al poder en toda regla” (Julián Casanova). El mito de la cruzada fue “uno de los pilares del régimen, que no se podía tocar ni siquiera con el Caudillo ya sepultado” (Hilari Raguer). Franco entraba en los templos “bajo palio” y se le incensaba.
Confesión nacional y confesión eclesial. La guerra civil es un “demonio” que hay que expulsar: “Todo reino en guerra civil va a la ruina” (Lc 11,17). Una cosa es dar la vida por Cristo y otra quitársela a los otros en nombre de Cristo. No se puede evangelizar “a cristazo limpio”. La pretendida re-cristianización de España no podía hacerse por la fuerza, por las armas. Esa es precisamente la tentación del poder (Mt 4,9), el camino que no quiso seguir quien vino a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). Lo dijo bien claro: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido” (Jn 18,36). Se requiere una confesión nacional y una confesión eclesial. Muchos son los bautizados, pocos los evangelizados: España, país de misión (1979). Le dijeron los discípulos al Señor: “Auméntanos la fe”. Y el Señor les dijo: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” (Lc 17,5).
La transición. La transición a la democracia (1978) se hizo posible gracias a un acuerdo de amnistía y a un principio de reconciliación nacional. Los obispos españoles, renovados por el Concilio Vaticano II, con el cardenal Vicente Enrique y Tarancón a la cabeza, apoyaron la transición. En el Sínodo Extraordinario de 1985 dice el presidente de la Conferencia Episcopal, Gabino Díaz Merchán: “El Concilio nos ha ayudado a ser instrumentos de reconciliación y de paz en medio de la sociedad española”.
Los huesos secos. En el libro Las fosas de Franco (2003), Emilio Silva y Santiago Macías recorren España y en cada punto cardinal encuentran “territorios sembrados de horror”, fosas comunes en cunetas, barrancos, pozos y cementerios. Comentando estas cosas, el 9 de mayo de 2003, en el grupo de Tres Cantos, nos encontramos este pasaje del profeta Ezequiel: “El Señor me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos en todas las direcciones. Los huesos eran muy numerosos”, “me dijo: Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos? Yo dije: Señor, tú lo sabes. Entonces me dijo: Profetiza sobre estos huesos. Les dirás: Huesos secos, escuchad la palabra del Señor” (Ez 37,1-4). El pueblo está en el destierro, un largo destierro que dura setenta años (Jr 29,10), ¡setenta años también! El pueblo es un campo de huesos secos, sin vida, sin porvenir, sin esperanza. Ha de escuchar la palabra de Dios, ha de venir el espíritu de Dios de cada punto cardinal, de los cuatro vientos, para que el pueblo vuelva a su tierra, a su lugar, a su casa. O, lo que es lo mismo, salga de la tumba, resucite, viva. Volver a casa es resucitar. Estemos atentos. Una comunidad viva ha de proclamar la palabra de Dios sobre los huesos secos (ver Jesús López Sáez, Memoria histórica ¿cruzada o locura?, 2006).
Los muertos escondidos. Cuando el periodista Jordi Évole preguntó al papa Francisco sobre las personas desaparecidas en la guerra civil, éste respondió: “Siempre he defendido el derecho a la verdad de todo lo que pasa, el derecho a la verdad, el derecho a una sepultura digna, el derecho a encontrar los cadáveres”, “es un derecho no sólo de la familia, es de la sociedad, una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos, los muertos son para ser enterrados, para ser individualizados en los cementerios, pero no para ser escondidos. Nunca vas a tener paz con un muerto escondido, nunca” (Entrevista, 31-3-2019).
La Caja 198. Como Jesús, quien suscribe este artículo nació en una tierra encadenada, “en tinieblas” (Mt 4,16), necesitada de redención. Nunca supo hasta qué punto. Esa Caja tiene que ver con los pueblos de su infancia. Contuvo los huesos de doce personas fusiladas en agosto de 1936: cinco segadores de Navalmoral de la Sierra echados a un pozo en Fuente el Sauz, y siete vecinos de Pajares arrojados a un pozo en Aldeaseca. En 1959 los huesos fueron llevados al Valle de los Caídos sin permiso de sus familiares. El 20 de agosto de 2023, 87 años después, les son entregados los restos, ya identificados. De Navalmoral: Gregorio, Raimundo, Rito, Hernando y Laureano. De Pajares: Víctor, Valerico, Emilio, Román, Flora, Celestino y Pedro Ángel. Fausto, hijo de Valerico, comenta emocionado: “Este es un acto de sanación que cierra nuestras heridas abiertas hasta hoy” (ver Rosana Sáez, La Caja 198. Una historia rural de silencios, 2025). Frente al silencio cómplice y al que provoca el terror, irrumpe con fuerza la palabra de Dios sobre los huesos secos: “El Señor se acuerda de su alianza, de la palabra dada, por mil generaciones” (Sal 105).
Resignificación. Franco, sepultado junto al altar delante del coro, fue exhumado el 24 de octubre de 2019. José Antonio, sepultado a los pies del altar, fue exhumado el 24 de abril de 2023. El pasado 25 de febrero, el Gobierno pacta con el Vaticano la resignificación del monumento. El Vaticano acepta una resignificación que ayude a “comprender, desde una mirada de paz y reconciliación lo que sucedió durante la guerra civil y la dictadura”, “no habría problema alguno para acometer cualquier obra que implicara algún símbolo franquista en la basílica o colocar paneles explicativos para contextualizar cualquier elemento”. Félix Bolaños, ministro de la Presidencia, revela que “el Gobierno había trasladado a la Iglesia la necesidad de que un prior ajeno a los valores democráticos fuera relevado”. De acuerdo con la Ley de Memoria Democrática, el monumento deja de ser el mausoleo de un dictador (ver Mateo González y José Beltrán, Vida nueva, n. 3.405, 17).
Símbolo de confusión. La cruz del Valle es la más alta de la cristiandad: mide 152 metros (la basílica de San Pedro, 136). Pretende tocar el cielo. Como Babel, es símbolo de confusión (Gn 11,9). Es símbolo de poder que se impone por la fuerza. Esa no es la cruz de Jesús que rechazó la tentación del poder: “Actuando como un hombre cualquiera, se humilló hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,8), “nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos- un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1,23-24).
Jesús López Sáez

