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Juan Pablo I
ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO Reedición española

ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

Reedición española

 

Poco después de la edición italiana, sale la reedición española de mi libro “Albino Luciani. Caso abierto”. Lo publica la editorial Última Línea (Málaga). Con relación a la edición italiana, se añaden dos anexos: Autopsia a Juan Pablo I (aspectos médico-forenses) y Blanqueo en el Vaticano (lo que Juan Pablo I quería cortar). Este último anexo, que recoge la “telaraña” que el sucesor de Marcinkus fue tejiendo en los años noventa (Gianluigi Nuzzi), ya aparecía en la edición española anterior (Sepha, 2010). Veamos la presentación que hace ahora la editorial española.

El 29 de septiembre de 2018 se cumplieron 40 años de la muerte de Albino Luciani, papa Juan Pablo I. Este hecho, a sólo un mes de su elección, es uno de los grandes misterios del siglo XX. Interrogantes elementales quedaron sin verdadera respuesta: ¿de qué murió Albino Luciani?, ¿cuál fue realmente su figura? Tras su muerte ¿hubo cambio de rumbo en la Iglesia?, ¿el testigo tomado por Juan Pablo II se alejó de los planes de su predecesor? Cuarenta años después, el caso sigue abierto. El juicio no se ha hecho donde tenía que hacerse, en el Vaticano, pero el juicio está en la calle.

6. SACERDOCIO Y PROFECIA . Tensión permanente

6SACERDOCIO Y PROFECIA

Tensión permanente

1. En todas las etapas del antiguo Israel (primeros tiempos, crisis del establecimiento, crisis del Estado, restauración del pasado, después del destierro), hay dos constantes que se repiten: sacerdocio y profecía. Israel conoció la tensión permanente entre el oficio sacerdotal, que actúa de forma ritual, y el carisma profético, que actúa de forma imprevisible. Desde un principio, quedaba excluida la posibilidad de que uno de ellos se convirtiera en una realidad absoluta, pues tanto el oficio como el carisma eran sólo la prolongación del brazo del Señor: “La instancia suprema no era una institución sagrada ni tampoco una persona carismática, sino Yahvé mismo, el único capaz de desautorizar de un golpe la institución más legítima o el más acreditado carisma”.

2. Los comienzos del culto yahvista y de sus instituciones primitivas se hallan envueltos en la oscuridad. Sin embargo, podemos constatar la existencia de un sacerdocio, “custodio de las prácticas cultuales”, así como de la profecía, “la actividad imprevisible del espíritu de Yahvé”: “Los peregrinos que se sometían al orden sereno de las fiestas anuales y a las normas del ceremonial cultual, no sintieron ciertamente la aparición brusca de los belicosos carismáticos como un fenómeno extraño o contrario al mundo ordenado del culto… porque tanto el oficio como el carisma se referían a Yahvé y a la insondable profundidad de su ser y actividad”.

3. Israel hizo suyas muchas leyes originalmente cananeas, pero las colocó en un contexto religioso: “No es un derecho impersonal sino Yahvé en persona quien se dirige a los hombres. Así pues, el derecho era para Israel algo muy personal, era la voluntad ordenadora de Yahvé”, “esto indica también que la interpretación y aplicación del derecho pasaba a ser competencia de una autoridad”. Así, por ejemplo, la administración de la justicia por la profetisa Débora tenía ciertamente carácter carismático. Por tanto, a la administración ordinaria de la justicia en las puertas de la ciudad no le faltaba cierta autoridad carismática. Débora era profetisa y juez en Israel, “se sentaba bajo la palmera entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraim, y los israelitas subían donde ella en busca de justicia” (Jue 4,4-5). En el mapa, Palestina en el Antiguo Testamento.

4. En el Deuteronomio la ley de Yahvé es aún objeto exclusivo de la predicación. Es una llamada personal de Yahvé a Israel y éste debe acogerla también en su conciencia de una manera personal. Esta concepción del derecho como la expresión inmediata y personal de la voluntad de Dios a los hombres encuentra su formulación más radical en la predicación de los profetas. En sus denuncias la proclamación de la voluntad de Dios pasa a ser un asunto carismático, tarea de una vocación personal. Así, por ejemplo, Miqueas, profeta de origen campesino (+670 a.C.), denuncia la corrupción que encuentra en Jerusalén: “Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas vaticinan por dinero, y se apoyan en Yahvé diciendo: ¿No está Yahvé en medio de nosotros?” (Miq 3,9).

5. Los caudillos carismáticos desaparecen con la formación del Estado.  Jefté (siglo XII a.C.) hace complicadas negociaciones hasta que decide luchar contra los amonitas. Le dice a su adversario: “Yo no te he faltado. Tú, en cambio, has obrado mal al declararme la guerra. Que el Señor juzgue hoy como juez entre los hijos de Israel y los amonitas” (Jue 11,27). La desaparición de los caudillos carismáticos fue una pérdida enorme para Israel: “El ejército se mecanizó con el paso al mercenariado y a la técnica del carro de guerra; Israel transpuso toda la organización militar al ámbito secular. Esto significaba que el yahvismo perdía el sector más importante de la actividad de Yahvé, su actuación en la historia y la protección de Israel. Sólo los profetas mayores reconquistaron para la fe el sector de la política con una afirmación sin precedentes, a saber, que precisamente en este ámbito ellos reconocían la irrupción de Yahvé y sus decisiones finales” (Von Rad, 134-136).

6. Cuando desaparece el carisma, en la etapa posterior al destierro, el sacerdocio queda como el principal exponente y custodio de la religión yahvista, pero este sacerdocio no se considera jamás carismático. La enseñanza de la torá, la aceptación o el rechazo de las ofrendas suponen una autoridad sagrada y una formación espiritual, pero queda bien establecido que nunca se atribuye el sacerdocio a una acción del espíritu de Yahvé.

7. Para que nos hagamos una idea, veamos lo que dice Van Imschoot en su libro Teología del Antiguo Testamento:“La ordenación de los sacerdotes (Ex 29; cf. Lv 8) entraña una serie de ritos complicados. Comienza por una loción (Ex 29,4; Lv 8,6), una unción (Ex 29,7; Lv 8,10), la vestidura de los ordenandos (Ex 29,5-9; Lv 8,7-9); siguen algunos sacrificios (Ex 29,10-35), entre ellos el de un carnero, cuya sangre se aplica al lóbulo de la oreja derecha, al dedo pulgar derecho de la mano y del pie de los candidatos y el resto se derrama sobre el altar (Ex 29,20; Lv 8,23). Este rito no tiene un sentido expiatorio, como en Lv 14,14, sino consagrante: la sangre, que es la fuerza vital (Lv 17,11-14; Dt 12,23), se aplica a los órganos del sacerdote para fortalecerlos y dedicarlos al servicio de Yahvé y a su culto; hace apto al sacerdote para entender (cf. 1 Sam 3,7), para actuar y andar dentro de los dominios reservados a Dios”. La cosa termina “con la acción de cargarle las manos de panes y de partes de la víctima, que luego queman sobre el altar (Ex 29,22-23; cf. Lv 8,25-28; Van Imschoot, 523).

8. Es un hecho sorprendente que precisamente la monarquía, la institución que con sus medidas activó como ninguna la secularización política, se considerase a sí misma un carisma. El rey es considerado “ungido de Yahvé”. En el salmo de entronización real se dice: “Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido” (Sal 2). En sueños se aparece el Señor a Salomón y le dice: “Pídeme lo que deseas que te dé”. Salomón le pide esto: “Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal” (1 R 3,9). El don del espíritu incluso es la condición indispensable para el gobierno del ungido del Señor: “Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11,2). Sin embargo, “las obligaciones de su estado y el ceremonial de la corte, que determinaba toda la actividad del rey, dejaban poco espacio a la actividad carismática. Si en épocas anteriores el ungido era considerado una persona intocable, lo era sin duda por razón del carisma que poseía (1 Sam 24,7; 26,9). Pero más tarde, y esto merece ser notado, no se hablará más de este carisma” (Von Rad, 137-138)..

9. El profetismo aparece como una erupción reprimida durante mucho tiempo. El periodo dorado del movimiento profético, desde el siglo IX hasta el VII, irrumpe en una época de descomposición interna. La vida política y económica hacía tiempo que se había emancipado de la religión. El “yahvismo” se veía arrinconado en una precaria situación defensiva y tenía sus seguidores entre la clase baja campesina. El profeta, dice Van Imschoot, “es el heraldo de Yahvé, el que habla en nombre de Dios“. Los profetas son numerosos en algunas épocas (1 R 18,13; 22,6); a veces, aparecen en grupos (1 Sm 10, 5-10; 19,20), en particular “los hijos de los profetas”. Esta expresión significa “miembros del grupo de los profetas” (Am 7,14; 1 R 20,35). En algunos pasajes (1 R 20,35ss; 1 Sm 19,20) aparecen “asociaciones organizadas de profetas que, a su vez, se han llamado escuelas de profetas”. El Deuteronomio (13,6;18,20) amenaza de muerte al profeta que hable en nombre de Yahvé sin haber sido enviado por Él. El verdadero profeta anuncia la fidelidad a Yahvé (Dt 13,2-6) y anuncia una palabra que se cumple (Jr 32,6-8; Van Imschoot, 207-217)

10. Es probable que en los primeros tiempos de la monarquía existieran profetas que desempeñaban sus funciones en el ámbito del culto y estuvieran revestidos de un oficio cultual. Este carácter oficial aparece todavía más claro en los profetas de la corte. Muchos mantuvieron estos vínculos hasta el fin de los dos Estados, otros se libraron de ellos o nunca los contrajeron. Estos fueron quienes agudizaron cada vez más sus ataques contra las instituciones. De hecho, los profetas atacaban sobre todo a los exponentes de los oficios más importantes, a los reyes, a los sacerdotes, y les echaban en cara sus transgresiones de la voluntad de Dios.

11. Con la formación del Estado, la esfera de la historia y de la política se había ido convirtiendo cada vez más en un ámbito secular donde los reyes intervenían a su antojo con la diplomacia y la estrategia. Por eso, una buena parte de la inmensa importancia, que tuvo la profecía en el antiguo Israel, consistió en devolver a la fe yahvista amplios sectores de la existencia, en los que Israel había perdido contacto con Yahvé. En el siglo IX todavía había una colaboración armoniosa entre el profeta y los jefes militares (1 R 20,13-14). Se llama a los profetas “carro y auriga de Israel” (2 R 2,12; 13,14). Los profetas son la verdadera protección de Israel. En los siglos VIII-VII, frente a las instituciones degeneradas, la profecía se considera a sí misma, en virtud de su libre vocación carismática, como el único organismo directamente autorizado para ejercer la mediación entre Dios e Israel.

12. Los profetas no pusieron jamás en duda la legitimidad y necesidad de la monarquía, del sacerdocio y de la institución jurídica. Por el contrario, ellos consideraron estos oficios como órganos de la voluntad de Dios con mucha más seriedad de cuanto podían tomarlos en aquel tiempo los representantes de estos cargos. Así el Deuteronomio, que significa “segunda ley”, bosqueja una especie de constitución para Israel y asigna a cada uno de estos oficios su lugar y su función respectiva: jueces y magistrados “que juzguen al pueblo con la debida justicia” (Dt 16,18), “un rey que elija el Señor, tu Dios, de entre tus hermanos” (17,15), los sacerdotes levitas “no tendrán parte ni heredad con Israel”, “el Señor será su heredad” (18,1-2), los profetas: “El Señor tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él le escucharéis”, dice Moisés (18,15). El Deuteronomio destaca la función profética de Moisés: “No surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara” (34,10).

13. En el documento sacerdotal el elemento carismático no forma parte de las instituciones de Israel. El ambiente cultual y sacerdotal no deja espacio libre a la actividad carismática. Teniendo en cuenta la amplitud que el documento sacerdotal dedica a los acontecimientos del éxodo y a la marcha por el desierto, “sorprende la absoluta carencia de una manifestación de Yahvé de carácter directamente carismático”. Sin embargo, en la investidura de Josué dice Moisés al Señor: “Que el Señor, Dios de los espíritus de todo viviente, ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre al frente de ellos y que los conduzca en sus entradas y salidas, para que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor”. Respondió el Señor a Moisés: “Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, imponle tu mano y preséntalo ante el sacerdote Eleazar y ante toda la comunidad, dale instrucciones en presencia de ellos y comunícale parte de tu autoridad para que le obedezca toda la comunidad” (Num 27,16-20).

14. Se reconoce don carismático al artesano Besalel. El Señor habló a Moisés: “Le he llenado del espíritu de Dios, de sabiduría y de habilidad para toda clase de tareas” (Ex 31,1-3). La construcción del tabernáculo no podía ser obra humana; por eso, el espíritu de Dios había habilitado al artesano para llevar a cabo la obra. Cuando se escribe el documento sacerdotal, la profecía se hallaba ya muy próxima a su fin. El final de la profecía supuso una grave crisis interna. No se deja espacio a la profecía, porque se la teme. La comunidad cultualposterior al destierro¿acaso podía prescindir del elemento carismático que era constitutivo de la religión yahvista? Sin embargo, “una simple ojeada a la obra del cronista nos muestra que todavía en esta época existían representantes y portavoces del carisma. De hecho, debieron existir entre los levitas, -de donde proviene la obra del cronista- algunos círculos que se consideraban herederos y sucesores de los profetas y reivindicaban a su modo una cierta inspiración del espíritu de Yahvé”.

15. El cronista aplica a los levitas, que eran ministros del culto, los términos tradicionales usados en la recepción profética de una revelación. El don del espíritu aparece en el movimiento de los levitas cantores con una forma distinta que responde a una situación nueva. Este carisma desarrolla su actividad principal en el ámbito del culto, pero probablemente se dedica también a la instrucción religiosa. El rey Josías (648-609 a.C.), con su reforma, “restableció a los sacerdotes en sus funciones y los confirmó en el servicio del templo del Señor. Dijo a los levitas, instructores de Israel y consagrados al Señor: Dejad el arca santa en el templo que construyó Salomón, hijo de David, rey de Israel. Ya no tendréis que trasladarla a hombros. Servid ahora al Señor, vuestro Dios, y a su pueblo Israel” (2 Cr 35,1-3) En presencia de Esdras (hacia 397 a.C.), los levitas “leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura” (Ne 8,8). La prueba más hermosa de tal carisma la encontramos en los salmos posteriores al destierro, cuyo autor debe situarse precisamente entre los círculos levíticos. Por ejemplo, el salmo 126: “Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, nos parecía soñar”.

16. Sin pertenecer al sector levítico, aparecen los sabios, que reivindican para sí la dignidad de una iluminación del espíritu (Pr 1,23). Según el Eclesiástico, ni el ministerio de la instrucción ni la profesión de fe en Yahvé, que él expresa en oraciones y cantos sacados de su libre inspiración, se explican sin el don del espíritu (Eclo 39,6-8; 16,25; 18,29; 24,33; 50,27). Este carisma adquiere una forma nueva cuando el sabio se convierte en autor de composiciones apocalípticas. Por ejemplo, el sueño de Daniel sobre el hijo del hombre (Dn 7). Estamos en tiempos de Antioco Epífanes (215-163 a.C.).

17. El carisma es un elemento constitutivo de la religión yahvista: El carisma se manifiesta en formas muy diversas: en la inspiración de los jefes militares y en la predicación de los profetas; en la alabanza de los levitas cantores y en los consejos e instrucciones de los sabios. Cuando faltaba el carisma, venían las crisis. Su desaparición definitiva sella “el fin de la antigua religión yahvista” y llega la época de los escribas, intérpretes de la Escritura (Von Rad, 138-144).

18. En medio del judaísmo convencional Jesús aparece como profeta laico (Mt 21,23-27; Lc 24,19), vestido normal (Jn 19,23). Esto puede chocar. Sin embargo, como se dice en la Carta a los Hebreos, "si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote" (Hb 8,4). No es sacerdote levítico, pero es por siempre sacerdote de una forma nueva: "Tú eres por siempre sacerdote según el orden de Melquisedec" (Sal 110; Hb 7,17). Y también: "No quisiste sacrificios ni holocaustos, pero me has preparado un cuerpo...Aquí estoy para hacer tu voluntad" (Sal 40; Hb 10,5-7). Cumplir la voluntad de Dios, manifestada en su palabra, es el sacrificio del nuevo sacerdocio. Con Cristo todo cambia. Se suprimen las antiguas barreras. Se abre "un camino nuevo y vivo, inaugurado para nosotros" (Hb 10,20). El nuevo templo es el cuerpo resucitado de Cristo (Jn 2,19-21), que se hace presente de muchas maneras, pero de una forma especial en la reunión de la comunidad.

* Diálogo: Entre sacerdocio y profecía se dio siempre una tensión, mientras hubo profecía. Esa tensión ¿se da también ahora? ¿Hay ahora profecía? ¿Se la reprime? ¿Cómo se resuelve esa tensión en la misión de Jesús? ¿Hay que revisar la propia tradición a la luz de la Escritura?

 

 
 
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