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Juan Pablo I
ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO Reedición española

ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

Reedición española

 

Poco después de la edición italiana, sale la reedición española de mi libro “Albino Luciani. Caso abierto”. Lo publica la editorial Última Línea (Málaga). Con relación a la edición italiana, se añaden dos anexos: Autopsia a Juan Pablo I (aspectos médico-forenses) y Blanqueo en el Vaticano (lo que Juan Pablo I quería cortar). Este último anexo, que recoge la “telaraña” que el sucesor de Marcinkus fue tejiendo en los años noventa (Gianluigi Nuzzi), ya aparecía en la edición española anterior (Sepha, 2010). Veamos la presentación que hace ahora la editorial española.

El 29 de septiembre de 2018 se cumplieron 40 años de la muerte de Albino Luciani, papa Juan Pablo I. Este hecho, a sólo un mes de su elección, es uno de los grandes misterios del siglo XX. Interrogantes elementales quedaron sin verdadera respuesta: ¿de qué murió Albino Luciani?, ¿cuál fue realmente su figura? Tras su muerte ¿hubo cambio de rumbo en la Iglesia?, ¿el testigo tomado por Juan Pablo II se alejó de los planes de su predecesor? Cuarenta años después, el caso sigue abierto. El juicio no se ha hecho donde tenía que hacerse, en el Vaticano, pero el juicio está en la calle.

9. LA TRADICIÓN DE MOISÉS. He visto la opresión de mi pueblo

9. LA TRADICIÓN DE MOISÉS

He visto la opresión de mi pueblo

1. Habiendo visto la tradición de los orígenes y las tradiciones patriarcales, vemos ahorala tradición de Moisés. Hay diversas posiciones ante la figura de Moisés. En general, los académicos rechazan de plano su figura histórica y le consideran un personaje legendario. Los diversos fundamentalismos (judíos, cristianos y musulmanes), sin crítica alguna, le consideran un personaje histórico que “murió a la edad de ciento veinte años” (Dt 34,7); según el judaísmo rabínico, vivió entre 1391 y 1271. Para nosotros, la figura de Moisés tiene un fondo histórico que, con diligencia y con actitud crítica, es preciso recuperar. Frente al racionalismo de la cultura dominante, anunciamos que, de muchas maneras, Dios interviene en la historia y abre un camino para la liberación del oprimido. Valoramos la tradición de Moisés como una tradición histórica que se transmite de generación en generación y, además, de forma institucional. Eso sí, en la era de la tradición procuramos separar el trigo de la paja. Como se le dice al profeta Jeremías: “Si separas lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jr 15,19).

2. La opresión de Egipto. Los israelitas estuvieron en Egipto “cuatrocientos treinta años” (Ex 12, 40). Los egipcios les amargaron la vida con malos tratos. La situación se hizo insostenible. Nombraron capataces que oprimieron a los israelitas con cargas, en la construcción de las ciudades granero, Pitón y Ramsés. Pero cuanto más los oprimían, ellos crecían y se propagaban más. El rey de Egipto tuvo miedo ante el crecimiento del pueblo israelita. Entonces dijo a las comadronas hebreas (egipcias, según el historiador judío Flavio Josefo, Antigüedades Judías, II, 9,2): “Cuando asistáis a las hebreas, y les llegue el momento del parto, si es niño, lo matáis”, “echadlo al Nilo” (Ex 1,8-22). Pi-Ramsés, “la casa del dominio de Ramsés”, en el delta oriental del Nilo, fue la nueva capital de Egipto construida por el faraón Ramsés II, que reinó entre 1279 y 1210. En el mapa, Pitón y Ramsés.

3. Salvado de las aguas. Moisés es hijo de Amram y de Jocabed (Ex 6,20), ambos de la tribu de Leví. Ella dio a luz al niño y lo tuvo escondido tres meses. No pudiendo esperar más, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro por dentro y de brea por fuera, colocó en ella al niño y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo. Miriam, hermana del niño, observaba a distancia. La hija del faraón bajó a bañarse en el Nilo: “Al descubrir ella la cesta entre los juncos, mandó una criada a recogerla. La abrió, miró dentro y encontró un niño llorando. Conmovida comentó: Es un niño de los hebreos”. Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: ¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño? Ella dijo: Vete. La muchacha fue y llamó a la madre del niño que, durante dos años, lo amamantó. Cuando creció el muchacho, la hija del faraón lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: “Lo he sacado del agua” (Ex 2,1-10). Obviamente, los dos primeros años de la vida son fundamentales en el desarrollo de la personalidad. El nombre lo pone la madre adoptiva. Se reconoce un origen egipcio en el nombre de Moisés. El nombre es utilizado como sufijo y significa “engendrado por”. Así, Ramsés, engendrado por Ra, el dios del sol; y Tutmosis, engendrado por Thot, dios lunar. Por tanto, Moisés puede ser un nombre, al que se ha quitado el prefijo, quizá divino. De todos modos, consta su uso como nombre egipcio.  

4. Refugiado en Madián. Siendo ya adulto, un día fue Moisés donde estaban sus hermanos y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio mataba a un hebreo. Viendo que no había nadie, Moisés mató al egipcio y lo enterró en la arena. Al día siguiente, salió y encontró a dos hebreos riñendo y dijo al culpable: ¿Por qué maltratas a tu compañero? Él le contestó: ¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio? Moisés se asustó y pensó: Se sabe lo ocurrido. Cuando el faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para matarlo. Moisés huyó del faraón y se refugió en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo. El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que salían a sacar agua para abrevar el rebaño de su padre. Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Entonces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y abrevó su rebaño. Ellas volvieron a casa y su padre les preguntó cómo habían vuelto tan pronto. Contestaron: “Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha abrevado el rebaño”. Replicó el padre: Llamadlo que venga a comer. Moisés accedió a vivir con aquel hombre, que le dio a su hija Séfora por esposa. Ella dio a luz un niño y Moisés lo llamó Gerson, diciendo: “Soy emigrante en tierra extranjera”. Por su apariencia, Moisés es un egipcio. Sin embargo, subsiste la cuestión de la identidad: se siente extranjero, distinto. Al cabo de muchos años, murió el rey de Egipto (Ex 2,11-23).     

5. Moisés, el incircunciso. La circuncisión es “un rito de iniciación a la vez social y religiosa, que no es propia de Israel. Se la encuentra entre los etíopes, los egipcios, que, a decir de Herodoto, fue de donde lo tomaron los fenicios y los sirios de Palestina”. Es “como una consagración, a través de un sacrificio cruento, de la vida sexual”. Por la circuncisión queda uno constituido en “esposo de sangre” (Ex 4,25). En el caso de Dina y Siquén (Gn 34,15), la circuncisión es condición para el matrimonio. Una noche, Moisés estuvo a punto de morir en una posada, estando con su esposa y con su hijo: “Séfora tomó entonces un pedernal, cortó el prepucio de su hijo, lo aplicó a las partes de Moisés y dijo: “Ciertamente, eres mi esposo de sangre” (Ex 4,24-26). En el relato sacerdotal, la circuncisión es “el signo de la alianza” (Gn 17,11). Se practica a todos los niños varones ocho días después de su nacimiento (Lv 12,3). El incircunciso es impuro, no puede tomar parte en el banquete sagrado de la pascua (Ex 12,48). Durante el destierro, la circuncisión y el sábado se convierten en distintivo de los judíos. En la época de David debía ser ya general y establecida desde mucho tiempo antes. La generación que nació en el desierto estaba sin circuncidar(Jos 5,5). Quizá antiguamente la circuncisión se aplicaba en Israel a los adolescentes en la edad púber (Gn 17,25), tal como ocurre en muchos pueblos (Van Imschoot, 526-531).

6. La zarza ardiente. Moisés, pastoreando el rebaño de su suegro Jetró, “llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar al Horeb, el monte de Dios"(Ex 3,1). Allí tuvo la experiencia que le cambia la vida: "Vio que una zarza ardía sin apagarse"(3,2). Le sirvió de señal. Era como su propio fuego interior, como la palabra de Dios que estaba escuchando: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto" (3,6-10). Moisés no se considera la persona adecuada, pues tiene una dificultad en el habla, quizá síntoma de un profundo trauma: “Yo nunca he sido un hombre con facilidad de palabra, ni siquiera después de que tú has hablado con tu siervo, pues soy torpe de boca y de lengua” (Ex 4,10). Sin embargo, así es la experiencia profética: "Surgió el profeta Elías como fuego, su palabra quemaba como antorcha"(Eclo 48,1), "había en mi corazón algo así como fuego ardiente" (Jr 20,9), dice Jeremías. Más aún, dice Jesús, en el episodio de la zarza, en el fuego de esa experiencia, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob “no es Dios de muerto, sino de vivos” (Mc 12,27).

7. El nombre de Yahvé. Moisés replicó a Dios: “Yo iré a los hijos de Israel y les diré: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan: ¿cuál es su nombre? ¿Qué les respondo? Dios dijo a Moisés: Yo estaré con vosotros”. Dios añadió: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamareis de generación en generación” (3,13-15). En los siglos II y III antes de Cristo, los Setenta traducen así: “Yo soy el que soy”. En realidad, no existe cosa más ajena al nombre de Yahvé que “una definición ontológica de su esencia”, “algo así como una alusión a su naturaleza absoluta, a su aseidad y demás atributos. Una interpretación semejante es fundamentalmente ajena al Antiguo Testamento” (Von Rad, 230-235).

8. El tetragrama sagrado de las cuatro letras (Y h w h) se pronunciaba Yahvé, como lo atestiguan las transcripciones griegas: “La pronunciación Jehová data del siglo XIII y fue generalmente adoptada por los cristianos a partir del siglo XVI. Es, sin duda alguna, defectuosa y nunca estuvo en uso entre los judíos. Es debido a la puntuación masorética que puso las vocales de la palabra Adonai bajo las consonantes del tetragrama sagrado que, por respeto al nombre divino, los judíos evitaban pronunciar y reemplazaban por el término Adonai, el Señor” (Van Imschoot, 45-46). El texto masorético es la versión de la Biblia hebrea (Torá, Profetas, Escritos). Fue difundido por un grupo de hebreos conocidos como masoretas entre los siglos VI y X d.C. Contiene variantes respecto a la versión griega de los Setenta.   En realidad, junto al nombre de Yahvé aparecen otros nombres. Por ejemplo, “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Ex 34,6), “Dios celoso” (34,14), “Altísimo” (Sal 92,2). En los salmos 42-83 se utiliza el nombre de Dios (Elohim).

9. El nombre del Señor debe ser santificado: El decálogo prohíbe pronunciar el nombre de Yahvé en falso (Ex 20,7; Dt 5,1), sobre todo en caso de juramento. Santificar su nombre es también reconocer la exclusividad absoluta de su culto (Lv 18,21;20,3), cumplir sus mandamientos y caminar en el nombre del Señor (Miq 4,5). Israel debe anunciar a los pueblos el nombre del Señor: “Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos” (Sal 105).  El nombre del Señor no puede ser manipulado. Israel no puede practicar la magia con el nombre divino. No puede apoderarse del nombre del Señor y hacerlo objeto de control y de especulación, sólo puede reconocerlo por su acción en la historia. Dice Von Rad: “La traducción del nombre de Yahvé como Kyrios (Señor) en los LXX tuvo una gran importancia para la joven comunidad cristiana, pues ella aplicó a su Kyrios, Jesús-Cristo, afirmaciones de Yahvé o sobre Yahvé” (Von Rad, 242). Sin embargo, no debe confundirse la confesión de Dios como Señor con la confesión de Jesús como Señor y Cristo. Se dice en el salmo 110: “Dijo el Señor (Dios) a mi Señor (Cristo): Siéntate a mi derecha”. Es Dios quien resucita a Jesús: “A este Jesús Dios lo resucitó” (Hch 2,32), es Dios quien le sienta a su derecha (2,34). es Dios quien le constituye como Señor y Cristo (Hch 2, 36),

10.La salida de Egipto es una experiencia que se transforma en confesión de fe: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios” (Dt 26, 8). Con sus variantes, aparece en todos los estratos de la tradición hasta el libro de Daniel, donde se le invoca así al Señor: “Señor, Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de Egipto con mano fuerte y te hiciste un nombre como el que hoy tienes” (Dn 9,15). En el capítulo 24 del libro de Josué se explica el paso del mar Rojo: “Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con sus carros y caballos hasta el mar Rojo; pero ellos gritaron al Señor y él tendió una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después hizo que se desplomara sobre ellos el mar, que los anegó” (Jos 24,6-7). En el mapa, desierto del Sinaí.

11. En el libro del Éxodo se dan más detalles: una nube tenebrosa durante toda la noche se interpuso “entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel” (Ex 14,19), “Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del Este que sopló toda la noche”, era ya la vigilia matutina cuando el Señor “sembró el pánico en el ejército egipcio, trabó las ruedas de sus carros, haciéndoles avanzar pesadamente“. Los egipcios dijeron: “Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto”. Al despuntar el día, el mar recuperó su nivel normal, de modo que “los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar” (14,21-27). Comenta el historiador judío Flavio Josefo (+hacia el 100 d.C.): “Que nadie se extrañe de lo insólito de estas narraciones”, “también ante Alejandro, rey de Macedonia, y su séquito, que vivieron ayer o anteayer, se retiraron las aguas del mar de Panfilia y les ofrecieron el paso a través de ellas, cuando no disponían de otro alguno, porque Dios quería derribar el imperio persa” (AJ, II, 16,5)  

12. En la transmisión de la tradición se exagera el elemento prodigioso. Así, por ejemplo, se dice: “los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda” (Ex 14,22), “los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda” (14,29), “al soplo de tu nariz, se amontonaron las aguas, las corrientes se alzaron como un dique, las aguas se cuajaron en el mar” (15,8). En el salmo 114 se dice: “El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás, los montes saltaron como carneros; las colinas como corderos”. Los israelitas salieron de la ciudad llamada Ramsés (Ex 12,37), que data del siglo XIII a.C. La salida de Egipto puede situarse hacia el año 1250 a. C. Salieron con los restos de José (Ex 13,19).

13. En el canto del mar Rojo se habla del pueblo que el Señor “rescató” y “adquirió”: “Guiaste con misericordia a tu pueblo rescatado”, “la grandeza de tu brazo los dejó petrificados, mientras pasaba el pueblo que adquiriste” (Ex 15, 12-16). Los hechos que constituyen el rescate de Israel en Egipto son éstos: el paso del mar Rojo, el nombre de Yahvé (el Señor), la alianza del Sinaí y la marcha por el desierto. Hay relación entre liberación y creación. Yahvé “increpó al mar Rojo y se secó” (Sal 106), como en otro tiempo hizo con el océano del caos. Con el paso del mar Rojo, Israel nace como pueblo de Dios: “Y ahora esto dice el Señor, que te creó, Jacob, que te ha formado, Israel: No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío” (Is 43,1).

14. Alianza del Sinaí. Hay grandes diferencias entre las distintas tradiciones. Unas son las normas para la vida humana en general (mandamientos), otras son las normas jurídicas (leyes) y otras las normas cultuales. El enorme relato de la tradición del Sinaí (Ex 19-Nm 10,10) presenta dos partes muy desiguales: el relato yahvista (Ex 19-24; 32-34) y el relato sacerdotal (Ex 25-31; 35 – Nm 10,10).  Ambos relatos poseen en común la tradición relativa a una revelación de Yahvé en el Sinaí, por la cual Israel conoce las normas fundamentales para su relación con Yahvé. Sin embargo, las diferencias son evidentes. La tradición del Sinaí se refiere a la vida profana de cada día, orientada por los mandamientos del decálogo. El relato sacerdotal contiene todo un orden sacro: “ordena la vida cultual y todo el complicado aparato de los sacrificios y ritos” (Von Rad, 243-246).Hacia el siglo IV d.C. y durante la Edad Media, el monte Horeb fue identificado con el monte Sinaí. En realidad, el monte Horeb podría estar al norte de la península del Sinaí. Hablando del episodio de la zarza ardiente, dice Josefo: “Moisés llevó los ganados a pastar al Sinaí, que es el más elevado de los montes de la zona y de mejores pastos” (AJ, II, 12,1).

15. El decálogo presenta algunas variantes.Hay indicios de una larga historia antes de tomar su forma definitiva (Ex 20, Dt 5). Por ejemplo, la formulación positiva de los mandamientos sobre los padres y el sábado se considera una variante, que en su origen poseía una forma negativa uniforme. Sobre la prohibición de las imágenes, tras la versión que propone el decálogo podemos descubrir otra más antigua. El respeto a los bienes del prójimo se exige en términos generales en el decálogo: “No robarás” (Ex 20,15; Dt 5,19); prohíbe no sólo el hecho, sino también el deseo de apropiarse los bienes de otro, la codicia (Ex 20,17; Dt 5,18): “El robo mayor, el más grave, el de un hombre (Ex 21,16; Dt 24,7), se castiga con la muerte” (Van Imschoot, 614). El decálogo señala sólo algunos límites, que debe respetar quien pertenece a Yahvé. Es la nota característica de todas estas tablas (Dt 27,15-26; Lv 19,11-18). El destinatario del decálogo no es una comunidad profana, menos aún la sociedad humana en general, sino la asamblea de Yahvé.

16 El decálogo llega hasta nosotros en dos versiones (Ex 20 y Dt 5). Comenta Van Imschoot: “Si bien es verdad que ninguna de las dos se remonta hasta Moisés, derivan, no obstante, de un decálogo primitivo, en el que estaban probablemente formulados todos los mandamientos en frases cortas, de tipo imperativo”, “en esta forma abreviada puede atribuirse el decálogo al fundador de la religión”, “la religión de Moisés da paso a la moral sin excluir el culto; prepara la doctrina de los profetas, quienes, al acentuar las exigencias morales de Yahvé y rechazar el culto formalista y cananeizado de Israel, pretendían volver a la pura tradición mosaica”.

17. La preocupación moral se halla en documentos de Egipto y Babilonia: “En Egipto, el libro de los muertos contiene una confesión del muerto, que, ante los dioses de ultratumba, se justifica afirmando, entre otras cosas, que no ha matado, ni incitado al homicidio, ni cometido el adulterio, ni hurtado, ni mentido, ni usado de fraude. En Babilonia, el hombre que trata de investigar por qué pecado o por qué imperio de encantamiento se ve afectado de una enfermedad, enumera, en una confesión negativa, los pecados que podría haber cometido. Además de los pecados contra los dioses, menciona una serie de faltas que lesionan los bienes o la fama del prójimo, por ejemplo, la ofensa contra los antepasados, el desprecio de su padre o de su madre, la mentira, el homicidio, el robo, el adulterio, etc” (Van Imschoot, 434-436).  El libro de los muertos es el nombre moderno de un texto funerario del Antiguo Egipto, que se utilizó desde el comienzo del Imperio nuevo (hacia 1540 a.C.) hasta el 60 a. C.

18. Acervo legal. El Deuteronomio no sólo habla de las “normas, mandatos y decretos”, sino que además llega a designar como “la Ley de Yahvé” (la Torá) toda esa multitud de mandamientos y leyes que no tenían entre sí relación alguna. Ese acervo legal se convierte finalmente en una “ley” que debía ser respetada palabra por palabra y letra por letra. Por ejemplo, el Libro de la alianza (Ex 21-23) fue añadido a la revelación del Sinaí: “Si el decálogo había delimitado con sus prescripciones el espacio vital de Israel, el Libro de la alianza somete a un orden divino el interior de este espacio con nuevas prohibiciones y preceptos diversos”, “todo esto nos hace preguntarnos si en la incorporación del Libro de la alianza se puede adivinar la aparición o el aumento del legalismo” (Von Rad, 258-261). 

19. El decálogo prohíbe tener “otros dioses” y prohíbe las imágenes: “No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, soy un Dios celoso” (Ex 20,3-5). Se da culto a Yahvé bajo formas y concepciones más o menos derivadas del culto a otros dioses. Es la historia del becerro de oro (Ex 32) o la lucha de Oseas: “Una viña arrasada es Israel, el fruto es como ella. Por la abundancia de sus frutos, multiplica sus altares. Cuanto más rica era su tierra, más adornaban sus estelas” (Os 11,1). En sus relaciones con Dios, Israel no debe atenerse a una imagen, como los otros pueblos, sino sólo a la palabra de Yahvé (Von Rad, 262-277).

20. Cuando le preguntan a Jesús cuál es el primer mandamiento, responde: “El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12,28-30). Y el escriba, su interlocutor, no hace más que reforzar esta adhesión de Jesús a la fe de su pueblo, de nuevo con las palabras del Antiguo Testamento (Dt 6,4; 4,35): “Esta confesión del Dios único penetra. Todo el Nuevo Testamento. Según las propias palabras de Jesús, la vida eterna consiste en conocer (Jn 17,3) y glorificar (Jn 5,44) a este único Dios verdadero. Cuando Cristo quiere expresar con una fórmula breve en qué consiste la vida eterna que él ha venido a traer (Jn 17,3), habla del conocimiento del único Dios verdadero” (K. Rahner, Escritos de Teología I, Dios-Cristo, María-Gracia, Taurus, Madrid, 1961, 116).

21. Elección de Israel. Con la proclamación del decálogo a Israel se realiza su elección. Yahvé se dirige a quienes ha rescatado. Sólo cuando Yahvé proclama sus derechos sobre Israel y este acepta su voluntad, se realiza plenamente la adquisición de Israel. Durante la época de los jueces y en épocas sucesivas, el decálogo ocupa en Israel el centro de una solemnidad especial: la fiesta de la renovación de la alianza, “cada siete años”, “en la fiesta de las tiendas” (Dt 31,10), “el día de nuestra fiesta” (Sal 81). Israel se siente elegido por Dios: “Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto” (Dt 7,6-8).

22. El becerro de oro. Viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunión en torno a Aarón y le dijo: “Haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos qué le ha pasado”. Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro y se los trajeron a Aarón. Éste fabricó un becerro de fundición. Entonces ellos exclamaron: “Éste es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto”. El Señor dijo a Moisés: “Baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto”, “es un pueblo de dura cerviz”, “mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo”. Moisés intercedió ante el Señor y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

23. Moisés bajó del monte con las dos tablas: “Al acercarse al campamento y ver el becerro y las danzas, Moisés, encendido en ira, tiró las tablas y las rompió al pie de la montaña”. Volvió Moisés al Señor y le dijo: “Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro. Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito”. El Señor respondió: “Al que haya pecado contra mí lo borras del libro. Ahora ve y guía a mi pueblo al sitio que te dije: mi ángel irá delante de ti y cuando llegue el día de la cuenta, les pediré cuentas de su pecado” (Ex 32), “el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ez 33,11). El Señor dijo a Moisés: “Labra dos tablas de piedra como las primeras” (Ex 34,1). Se cumple el salmo que dice: “Enseñó sus caminos a Moisés” (Sal 103).

24. La tienda, el arca y la gloria de Dios. La tienda es un macizo andamiaje de tablones dorados, sobre el cual se extienden alfombras, todo ello en forma de un rectángulo; en su parte posterior, un recinto cúbico, separado por una cortina, es el “santísimo”. Aquí se encontraba el arca, una caja de madera rectangular, transportable gracias a largas barras. El nombre de la instalación entera es tienda del encuentro. El arca está cubierta por una tapa llamada kapporet,  que se traduce por propiciatorio, sobre el que hay dos querubines (Ex 20,17ss; 37,1ss): “el arca es sólo el trono de Yahvé que tiene su asiento en ella, invisible, sobre las alas de los querubines (1 Sm 4,4), el arca “es escabel de los pies de nuestro Dios (Sal 99,5;132,1), sentado sobre querubines” (Van Imschoot, 479-482).  Es probable que el arca desapareciese con la destrucción de Jerusalén (año 586). Sólo el documento sacerdotal nos ofrece la descripción exacta de su forma exterior (Ex 25,10-11). El propiciatorio es el lugar de la expiación, y también es el lugar donde habla Yahvé (Nm 7,89). En el Deuteronomio el arca es solo el depósito de las tablas de la ley. Yahvé habita en el cielo; en la tierra puso su nombre en el santuario (Dt 26,15; 12, 5-21). Israel ve cómo la gloria de Dios desciende de la nube y se posa sobre la tienda: “Entonces la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó la morada” (Ex 40,34).

25. La marcha por el desierto. Israel permaneció un año junto al Sinaí, luego se puso en marcha: “El año segundo, el veinte del segundo mes, se levantó la nube sobre el santuario de la alianza, y los israelitas emprendieron la marcha desde el desierto de Sinaí. La nube se detuvo en el desierto de Farán” (Nm 10,11-12), en Cadés.  Desde aquí son enviados a explorar la tierra de Canaán “uno de cada tribu”, “todos eran jefes de los hijos de Israel” (Nm 13,2-3). Al cabo de cuarenta días volvieron los exploradores y se presentaron a Moisés y a toda la comunidad de los israelitas en Cadés: “Hemos entrado en el país donde nos enviaste, y verdaderamente es una tierra que mana leche y miel; aquí tenéis sus frutos. Pero el pueblo que habita el país es poderoso, tiene grandes ciudades fortificadas”, “no podemos atacar a ese pueblo porque es más fuerte que nosotros”, “y desacreditaban ante los israelitas la tierra que habían explorado” (Nm 13,27-32). En el mapa, Cadés.

26. Rebelión israelita. Entonces toda la comunidad empezó a dar gritos y el pueblo se pasó llorando toda la noche. Los israelitas murmuraron contra Moisés y Aarón, diciendo: “¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto…! ¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra, para que caigamos a espada, y nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No es mejor volvernos a Egipto? Y se decían unos a otros: Nombraremos un jefe y nos volveremos a Egipto” (14,1-4). Moisés y Aarón se postraron rostro en tierra ante toda la comunidad de los israelitas. Josué y Caleb, dos de los que habían explorado el país, se rasgaron los vestidos y dijeron: “La tierra que hemos recorrido y explorado es una tierra excelente. Si el Señor nos favorable nos introducirá en ella y nos la entregará: es una tierra que mana leche y miel. Pero no os rebeléis contra el Señor ni temáis al pueblo del país”, “el Señor está con nosotros. No lo tengáis miedo” (14, 5-9). Israel se obstinó en atravesar hacia el norte, hacia la tierra prometida, pero fue derrotado en Jormá (Nm 14, 44-45).

27. Rebelión de Coré, Datán y Abirón. Se alzaron contra Moisés y Aarón, y con ellos doscientos cincuenta israelitas, y dijeron: “¡Basta ya! La comunidad entera, todos y cada uno está consagrado, y el Señor está en medio de ellos. ¿Por qué os encumbráis por encima de la asamblea del Señor?”. Lo oyó Moisés y se postró rostro en tierra. Luego dijo a Coré y a toda su cuadrilla: “Mañana por la mañana hará saber el Señor quién le pertenece y quién es el consagrado”, “tú y toda tu cuadrilla presentaos mañana delante del Señor; y Aarón con vosotros”. Moisés dijo a la comunidad: “Apartaos, por favor, de las tiendas de esos hombres malvados”. “si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y bajan vivos al abismo, sabréis que esos hombres han despreciado al Señor. Y sucedió que nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos, la tierra abrió su boca y se los tragó” (Nm 16).

28. El agua de la roca. “La comunidad de los israelitas llegó al desierto de Sin el mes primero y el pueblo se instaló en Cadés”. Faltó agua a la comunidad y los israelitas se amotinaron contra Moisés y Aarón diciendo: “¿Por qué has traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él?“. Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad y se dirigieron a la entrada de la tienda del encuentro, y se postraron rostro en tierra. Tal y como le dijo el Señor, Moisés “alzó la mano y golpeó la roca con la vara dos veces, y brotó agua tan abundante que bebió toda la comunidad y las bestias”. Moisés llamó a aquel lugar Masá y Meribá, donde los israelitas tentaron al Señor, diciendo: ¿Está el Señor entre nosotros o no? (Nm 20,1-13; Ex 17,1-7). Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos: “Moisés era un hombre muy humilde, más que ninguna sobre la faz de la tierra” (Nm 12,3). Sin embargo, “le amargaron el espíritu y desvariaron sus labios” (Sal 106).

29. El rey de Edom. Moisés envió mensajeros desde Cadés al rey de Edom: “Dejadnos, por favor, cruzar por tu tierra. No pasaremos por campo ni por viñedo, ni beberemos agua de pozo. Seguiremos el camino real hasta, sin torcer ni a la derecha ni a la izquierda, hasta que crucemos otra vez tus fronteras”. El rey de Edom le respondió: “No pasarás por mi tierra. Si lo haces, saldré a tu encuentro espada en mano”. Como Edom negó el paso a los israelitas por su territorio, estos dieron un rodeo (Nm 20,14-21). Cuando el rey cananeo de Arad, que ocupaba el Negueb, se enteró de que llegaba Israel, le atacó y le hizo algunos prisioneros. Entonces los israelitas derrotaron a aquellos cananeos (21,1-3). En el mapa, Edom y Moab.

30. La burra de Balaam. Partieron los israelitas y acamparon en las estepas de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. El rey de Moab tembló y envió mensajeros en busca de Balaán para que maldijera a Israel y poder así derrotarle (Nm 22, 1-6). Pero Dios dijo a Balaam: “No vayas con ellos, no maldigas a ese pueblo, porque es bendito”. El rey de Moab envió nuevos mensajeros a Balaam: “Por favor, no te niegues a venir hacia mí, que te recompensaré con grandes honores”. Respondió Balaam: “Averiguaré lo que me dice el Señor esta vez”. El Señor le dijo: “Vete con ellos, pero has de hacer lo que yo te diga”. Balaam aparejó su bura y se fue con ellos. Cuando iba, el ángel del Señor se plantó en el camino cerrándole el paso. Al ver la burra al ángel del Señor, se acercó a la pared y le pilló a Balaam la pierna derecha contra la pared. Luego la burra sed tumbó, con Balaam encima. Balaam se enfureció y apaleó a la burra. Entonces el Señor abrió los ojos de Balaam y vio al ángel del Señor, plantado en el camino (22,12-31). Balaam anuncia un porvenir glorioso a Israel: “Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto. Avanza la estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel” (23,17).

31. Idolatría de Israel. Israel se estableció en junto a la frontera de Moab y el pueblo empezó a fornicar con las muchachas de Moab: “Estas invitaron al pueblo a los sacrificios de sus dioses y el pueblo participó en el banquete y se postró ante sus dioses. Israel se unió así al Baal de Peor”. Dijo Moisés a los jueces: “Matad cada uno de aquellos de los vuestros que se han unido al Baal de Peor”. Pinjás se levantó y, lanza en mano, entró en la alcoba y “los atravesó a los dos, al israelita y a la mujer, por el bajo vientre. Y se detuvo la plaga que azotaba a los israelitas” (Nm 25,1-8). Obviamente, el procedimiento bárbaro no está de acuerdo con el Decálogo ni con el Evangelio.

32. Diversos aspectos. La marcha por el desierto es el tiempo del primer amor: “Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia, cuando ibas tras de mí por el desierto” (Jr 2,2),“yo os he conducido cuarenta años por el desierto; no se gastaron los vestidos que llevabais ni se estropearon las sandalias de los pies” (Dt 29,4). La travesía del desierto es un tiempo de prueba: “Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas los preceptos o no. Él te afligió, te hizo pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,2-3). El paso por el desierto es un tiempo de rebeldía: “La casa de Israel se rebeló contra mí en el desierto. No cumplieron mis preceptos y despreciaron mis mandamientos” (Ez 20,13), “¡Qué rebeldes fueron en el desierto, enojando a Dios en la estepa!” (Sal 78).

33. El Deuteronomio interpreta la voluntad de Dios a una época bastante tardía, en tiempos de Josías (648-609 a.C.). La disposición del Deuteronomio (Dt 4,44 – 30,20): predicación – mandamientos – compromiso de la alianza – bendiciones y maldiciones) forma un todo y refleja el desarrollo de una solemnidad cultual: la fiesta de la renovación de la alianza. En el proceso de formación del Deuteronomio hay unapredicación sobre los mandamientos, que debieron promover los levitas (Von Rad, 281-283). Sin embargo, el Deuteronomio se presenta como el testamento, que Moisés dirige a Israel en la tierra de Moab: “Estas son las palabras de la alianza que el Señor mandó a Moisés concertar con los hijos de Israel en la tierra de Moab, aparte de la alianza que concertó con ellos en el Horeb” (Dt 28,69). En el Sinaí (el Deuteronomio lo llama siempre Horeb) Israel recibió únicamente el decálogo, porque no podía seguir escuchando a Yahvé. En cambio, Moisés oyó del Señor “todos los preceptos, los mandatos y decretos” (Dt 5,31). Esto no quiere decir que Moisés escribiera, tal cual, todo el acervo legal judío. El Señor dijo a Moisés: “Suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande” (Dt 18,18-19).

34. Poco antes de morir, Moisés proclama la voluntad de Dios en la región de Moab: “Moisés escribió esta ley y la consignó a los sacerdotes levitas que llevan el arca de la alianza del Señor, y a todos los ancianos de Israel, y les mandó: Cada siete años, en una fiesta del Año de la Remisión, en la fiesta de las Tiendas, cuando todo Israel acuda a presentarse ante el Señor, tu Dios, en el lugar que él elija, se proclamará esta ley ante todo Israel, a sus oídos” (Dt 31, 9-11). Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, frente a Jericó, sin poder entrar en la tierra prometida (Dt 1,37). Murió allí en la tierra de Moab (Dt 34,1-5) hacia 1210 a.C.

 

* Diálogo: ¿Es posible recuperar el fondo histórico de la figura de Moisés?, ¿es posible separar el trigo de la paja, lo precioso de lo vil?

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