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Juan Pablo I
ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO Reedición española

ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

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LA REFORMA RADICAL

LA REFORMA RADICAL

 

Casi desde el principio, se levantan teólogos y grupos sociales que consideran demasiado moderados los cambios de la Reforma. De una u otra forma, son partidarios de la reforma radical. Tienen puntos en común, pero también grandes diferencias. En cada caso, es preciso discernir. Algunos interrogantes: la Reforma ¿supone bautismo de niños o bautismo de adultos?, ¿se impone por la fuerza o adopta vías pacíficas?, ¿es unitaria o trinitaria?

* Entre los reformadores radicales están los anabaptistas, La palabra tiene un origen griego: “ana”, de nuevo, y “baptista”, el que bautiza. El hecho no es algo nuevo. El Código de Justiniano (529-534) en su título VII condena a muerte a cualquier cristiano acusado de bautizar a otro por segunda vez. El bautismo de niños como práctica habitual ya se recoge en la obra de Tertuliano sobre el bautismo, redactada hacia el año 200. Sin embargo, San Agustín (354-430) se bautizó de adulto el año 387.

La práctica de rebautizar se extiende entre los grupos populares que surgen durante la Reforma y permanece como característica esencial de gran parte de las denominaciones protestantes. En la actualidad, el bautismo de niños es una práctica minoritaria en las iglesias evangélicas.

El movimiento anabaptista aparece en el siglo XVI “en una franja que cruzaría el centro de Europa desde Suiza al sur, hasta la costa entre Flandes y el oeste de Polonia al norte” (John Howard, Textos escogidos de la reforma radical, Prólogo).

Durante siglos la historia de la reforma del siglo XVI ha sido escrita por iglesias establecidas como iglesias nacionales. Por lo tanto, es una historia presentada desde el punto de vista reformado: una visión luterana en Alemania, calvinista en Suiza, anglicana en Inglaterra. Faltaba, sin embargo, “interpretar la misma historia, pero haciéndolo según el punto de vista de las minorías perseguidas y carentes de sostén gubernamental”.

La reforma radical se hizo visible “con la aparición de disidencias internas en los movimientos de Lutero y de Zwinglio”. El rechazo del bautismo de niños, junto a la institución del bautismo de adultos a petición personal, fue la expresión visible de la disidencia. En enero de 1525, un grupo de discípulos de Zwinglio, desanimados con la actitud de éste, “practicaron por primera vez el bautismo sobre confesión de fe” (Howard, Introducción general).

* Tomás Müntzer, defensor del anabaptismo y jefe revolucionario, de orientación milenarista (Ap 20,6), se propone lograr el advenimiento del reino de Dios, impulsando una fuerte reforma social. Organiza una Liga de los Elegidos y promueve la guerra de los campesinos (1524-1525). A finales de abril de 1525 escribe a los campesinos en estos términos: “No seáis pusilánimes ni negligentes. No aduléis más a los pervertidos ilusos, a los impíos malvados. Comenzad a luchar la lucha del Señor, es hora”, “adelante; es bueno que los malvados se hayan acobardado libremente, como los perros”, “no será posible que os libréis del temor humano, mientras ellos vivan. No se os puede hablar de Dios, mientras ellos os gobiernan”, “la historia está escrita (Mt 24,6). Por eso, no os dejéis turbar. Dios está con nosotros, como está escrito (2 Cr 20,7ss). Dios dice: ‘No temáis ni os amedrentéis delante de esa multitud tan grande. No es vuestra la guerra, sino del Señor’. No sois vosotros los que lucháis. Comportaos virilmente y veréis la ayuda de Dios sobre vosotros” (Howard, 118-120). La batalla de Frankenhausen acabó con la derrota de los campesinos y la detención de Müntzer, que fue torturado y decapitado el 27 de mayo de 1525.

Tras la derrota de los campesinos, tiene lugar la revuelta radical de Münster (1532-1535). En la ciudad se venía desarrollando un enfrentamiento entre el obispo y el consejo ciudadano. La ciudad disponía de una escuela catedralicia muy influida por el humanismo que contaba con el respaldo ciudadano y cuyo mayor exponente era Bernard Rothmann (1495-1535), que predicaba las ideas luteranas. El predicador había recibido la orden de presentarse en Colonia para examinar su doctrina. Tras someterse al examen de sus superiores católicos, va a Wittenberg, donde entra en contacto con Melanchton. A su vuelta a Münster su predicación es de carácter mucho más luterano. El obispo lo destituye. Católicos y luteranos se ponen de acuerdo para expulsar de la ciudad al predicador. En Münster se consolidan tres partidos: los católicos y los luteranos, integrados por el patriciado urbano y la clase media, y los anabaptistas, arraigados en las clases populares.

Rothmann se convierte al anabaptismo y contacta en los Países Bajos con Jan Matthys (1500-1534), un panadero convertido al anabaptismo y considerado profeta por sus seguidores. Acompañado por un grupo de anabaptistas bajo el mando de Juan de Leiden (1509-1536), Rothmann regresa a Münster en 1534 y provoca la revuelta anabaptista que expulsa de la ciudad a católicos y luteranos.

Con la ciudad en su poder, los anabaptistas llaman a Matthys, que identifica a la ciudad con la Nueva Jerusalén y se dispone a implantar la sociedad ideal que  propiciaría la segunda venida de Cristo aquel mismo año. Pero el obispo, que era señor de la ciudad, y los príncipes del Imperio, con el emperador a la cabeza, forman un ejército para sitiar la ciudad. Matthys anuncia que el domingo de pascua de 1534 Dios juzgaría a todos los malvados. Ese día esperaba ser lo que Gedeón fue contra los madianitas (Jue, 6-8), pero los “malvados” mataron a Matthys y todo su grupo.

Juan de Leyden se erige como nuevo profeta del movimiento. Jan Bockelson, que era el nombre real de este sastre convertido en líder militar y profeta, se proclama rey del Reino Anabaptista de Münster, y con la excusa de volver a los usos del Antiguo Testamento establece la poligamia. Tras 16 meses de asedio, el día de san Juan de 1535 las tropas episcopales entran en la ciudad. La represión es brutal y los líderes de la revuelta son capturados y ajusticiados, excepto Rothmann que desaparece sin dejar rastro.

* Tras el fracaso de Münster, el movimiento abandona la vía revolucionaria y adopta la vía pacífica, que hunde sus raíces en la predicación de Conrado Grebel (1498-1526) en Zürich. Sus ideas son adoptadas por otros reformadores, como Jacob Hutter (1500-1536), Menno Simons (1496-1561) y Jacob Ammann (1644-1730), que permiten su extensión por Austria, Alemania, Polonia y los Países Bajos, desde donde dieron el salto a Inglaterra y, desde allí, a América del Norte. Los anabaptistas no consiguen un reconocimiento oficial en la Paz de Westfalia de 1648 y no son aceptados como parte de las iglesias protestantes hasta bien entrado el siglo XVIII (Lorenzana, 165-176).

El anabaptismo constituye denominaciones diversas, como los huteritas, los menonitas y los amish, y sus ideas impregnan otros movimientos a partir del siglo XVII, como los cuáqueros, los hermanos de Plymouth o el amplio movimiento baptista (Confesión Baptista de Londres, 1689).

El sociólogo inglés Bryan Wilson (1926-2004) comenta la odisea huterita. Después de varios siglos de persecuciones, los huteritas, procedentes en un principio de Alemania y del Tirol, “florecen en las praderas canadienses, donde su número ha aumentado de varios centenares a más de 17.000 en menos de un siglo. Aún siguen hablando un alemán dialectal” (Wilson, Sociología de las sectas religiosas, Guadarrama, Madrid, 1970, 32).

Jacob Hutter escribe al gobernador civil de Moravia en estos términos: “Hemos sido expulsados de muchos países a causa del nombre de Dios y hemos llegado aquí a Moravia, nos hemos reunido y establecido bajo la autoridad del señor mariscal”, “hemos abandonado el mundo y toda injusticia y existencia impía; creemos en Dios todopoderoso y en su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo”, “nosotros nos hemos rendido y entregado a Dios, el Señor, para vivir según su voluntad divina y para cumplir sus mandamientos según la imagen de Nuestro Señor Jesucristo”, “somos perseguidos y despreciados por todo el mundo y despojados de nuestros bienes”, “ahora también el señor mariscal nos ha expulsado y nos ha arrojado con gran violencia de nuestras casas y granjas”, “Dios les pedirá cuentas en forma terrible de toda la sangre inocente y de todas las tribulaciones de sus santos profetas”, “no sabemos adónde ir”, “tampoco tenemos armas” (Howard, 265-267).

La Cámara de Moravia decretó su expulsión en 1535 por lo que se fueron a los países vecinos. En noviembre de 1535 Hutter fue arrestado y llevado a Innsbruck. Lo torturaron y ejecutaron quemándolo en la hoguera el 2 de febrero de 1536. Su esposa Katherine fue ejecutada dos años después.

Menno Simons relata así su conversión: “Antes de que yo tuviera conocimiento de la existencia de los hermanos, ocurrió que un temeroso de Dios y piadoso héroe llamado Sicke Snijder fue decapitado por haber sido rebautizado”, “sonaba muy extraño para mí oír acerca de un segundo bautismo. Examiné las Escrituras diligentemente y las consideré con seriedad, pero no pude encontrar indicios del bautismo de infantes”, “poco después fui transferido a la aldea en la cual había nacido”, “mientras tanto sucedió, cuando yo había residido allí alrededor de un año, que algunos iniciaron un bautismo de adultos”, “después hizo su aparición la secta de Münster por la cual en nuestra vecindad muchos fueron engañados. Mi alma estaba muy turbada…porque yo mismo estaba haciendo lo que sabía que no era correcto”, ”mi corazón temblaba dentro de mí. Rogué a Dios con suspiros y lágrimas que me diera a mí, triste pecador, el don de su gracia, que creara en mí un corazón limpio”.

“En el nombre del Señor comencé a predicar públicamente desde el púlpito la palabra de verdadero arrepentimiento, a señalar a la gente el camino angosto, y con el poder de las Escrituras a reprobar todo pecado y maldad”, “también advertí fielmente a todos contra las abominaciones de Münster, condenando rey, poligamia, reino, espada, etc. Después de alrededor de unos nueve meses el Señor de gracia me concedió su paterno Espíritu, ayuda y apoyo. Entonces sin presión alguna, repentinamente renuncié a toda mi reputación, mi nombre y fama, mis anticristianas abominaciones, mis misas y bautismos de infantes, y mi cómoda vida y voluntariamente me sometí a las aflicciones y a la pobreza bajo la pesada cruz de Cristo” (Howard, 323-325).

Siendo párroco de su aldea natal, se separó de la Iglesia católica en 1536. En 1537 fue ordenado obispo anabaptista. Estuvo casado, tuvo un hijo y dos hijas. En 1543 fue enviado a Alemania donde pasó los últimos años. Murió el 31 de enero de 1561.

Los amish son un grupo religioso anabaptista, conocido principalmente por su estilo de vida sencilla, vestimenta modesta y tradicional, su resistencia a aceptar comodidades y tecnologías modernas. Como grupo separado surgen en 1693 cuando Jacob Ammann, líder de los Hermanos Suizos, exige una disciplina más estricta.

La Sociedad Religiosa de los  Amigos, conocidos como cuáqueros (tembladores), es una comunidad fundada en Inglaterra por George Fox (1624-1691). Pretenden “encontrar la verdad” y revivir las experiencias del cristianismo primitivo. Se sienten “movidos” por el Espíritu, por las Escrituras y por una voz o luz interior.

Los hermanos de Plymouth son un movimiento surgido en Dublín hacia 1826. Se reúnen en casas particulares para estudiar la Biblia y recuperar la sencillez de la Iglesia del siglo I. En 1831 pasan a Inglaterra, principalmente a Plymouth, Bristol y Londres.

La Iglesia baptista o bautista es un movimiento iniciado por los pastores ingleses John Smith en Holanda en 1609 y Thomas Helwys en Inglaterra en 1612. Creen que el bautismo del creyente es lo que pide la Biblia. En 2010 son unos 100 millones.

* Entre los reformadores radicales están los unitarios, que de una u otra forma cuestionan el dogma de la Trinidad definido en el credo niceno-contantinopolitano (325-381). Los judíos son unitarios: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno” (Dt 6,4). Es el primer mandamiento, dice Jesús: “El Señor nuestro Dios es el único Señor” (Mc 12,29). Los musulmanes son unitarios: “No hay más Dios que Alá y Mahoma (571-632) es su profeta”, “no os extralimitéis en vuestra religión”, “ciertamente, el Mesías Jesús, hijo de María, es el Mensajero de Alá”,  “creed en Alá y en sus Mensajeros”, “no digáis que es una trinidad” (Corán, 4,17).

Miguel Servet nació el 29 de septiembre de 1509 en Villanueva de Sigena (Huesca), hijo de Antón Servet, notario del monasterio de Sigena, y Catalina Conesa, que descendía de una familia de judíos conversos. En la Universidad de Zaragoza conoce al franciscano Juan de Quintana, que llegaría a ser confesor de Carlos V. Estudiando Derecho en Toulouse, entra en contacto con la Reforma. Sus inquietudes religiosas le llevan a viajar por el centro de Europa.

En 1531 escribe su obra De los errores de la Trinidad, en la que plantea que el dogma trinitario carece de base bíblica y es fruto de las elucubraciones de los teólogos, a los que califica como “triteistas”. El Espíritu Santo no sería la tercera persona de la Trinidad, sino la fuerza o manifestación del espíritu de Dios tal y como actúa en el mundo a través de los hombres.

La publicación de la obra de Servet provocó gran escándalo en Alemania, tanto entre los reformadores como entre los católicos. Servet envió una copia al obispo de Zaragoza, que no tardó en denunciarlo ante la Inquisición, con lo que se cerró las puertas para volver a su tierra. Al año siguiente, publica Diálogo sobre la Trinidad, que iba acompañado de la obrita Sobre la Justicia del Reino de Cristo, en la que intenta matizar algunas cosas, afirmando que Jesús no es divino sólo por gracia, sino también por naturaleza, porque comparte la sustancia divina de su Padre.

En su obrita se encuentra un texto que le ha merecido a Servet la designación como padre de la tolerancia y la libertad de conciencia: “Ni con estos ni con aquellos estoy de acuerdo en todos los puntos, ni tampoco en desacuerdo. Me parece que todos tienen parte de verdad y parte de error y que cada uno ve el error del otro, mas nadie el suyo…Fácil sería decidir todas las cuestiones si a todos les estuviera permitido hablar pacíficamente en la iglesia contendiendo en deseo de profetizar”.

Incluso Lutero, Zwinglio y Calvino, “al aceptar en su nueva doctrina el dogma de la Trinidad, no le parecían ni de lejos lo suficientemente revolucionarios a la hora de depurar el Evangelio. Servet, en cambio, con la intransigencia de un veinteañero, declara el Concilio de Nicea simplemente como nulo y el dogma de las tres hipóstasis incompatible con la unidad de la esencia divina”, “el tener que presenciar cómo los dirigentes de la Iglesia evangélica anuncian los dogmas del Bautismo de los niños y de la Trinidad, en su opinión falsos, y cómo la cristiandad es mancillada una y otra vez con esos errores ’anticristianos’, supone un tormento diario para su conciencia”

Con insistencia e incluso con impertinencia, se dirige a Calvino con el fin de ganarle para su lucha contra el dogma de la Trinidad y le escribe carta tras carta: “En un principio, Calvino sólo contesta disuadiéndole doctrinalmente. Sin embargo, cuando Servet le envía a Calvino un ejemplar de la Institución de la Religión Cristiana, en el que ha ido marcando en el margen los supuestos errores, “puede uno figurarse fácilmente el ánimo con el que el señor de Ginebra recibe tamaña insolencia de parte de un teólogo aficionado”. Escribe Calvino a su amigo Farel: “Servet se lanza sobre mis libros y los embadurna con anotaciones insultantes, como un perro que muerde, que mordisquea una piedra” (Zweig, 106 y 110-112).

Servet se establece en Lyon bajo el nombre de Michel de Villeneuve, natural de Tudela. Trabaja como empleado en una imprenta. En 1537 se matricula en Medicina en la Universidad de París, donde publica una obra sobre astrología y otra sobre el uso de jarabes, que lo enfrenta con la comunidad universitaria. De regreso en Lyon, se encuentra con Pedro Palmier, obispo de Vienne, al que había conocido en París y a cuyo servicio entra como médico en 1541.  En esa ciudad prepara la redacción de su obra cumbre, Restitución del cristianismo (1553). En el libro V describe la circulación pulmonar de la sangre (Lorenzana, 176-180).

Servet titula su libro Restitución del Cristianismo para recalcar bien a los ojos del mundo entero que a la Institución de Calvino había que contraponer una Restitución.  Calvino escribe a Farel: “Servet me ha escrito recientemente y ha adjuntado a su carta un grueso volumen con sus delirios, asegurando con increíble  petulancia que en él habría de leer cosas sorprendentes…Declara estar dispuesto a venir aquí, en caso de que yo lo desee…Pero no quiero pronunciarme sobre ello; pues si viniera, en tanto tenga aún influencia en esta ciudad, no podría permitir que la abandonara con vida”.

Por su parte, Servet escribe a Calvino: “Puesto que eres de la opinión de que para ti soy un demonio, acabemos de una vez. Devuélveme mi manuscrito y que te vaya bien. Pero si de verdad crees que el Papa es el Anticristo, debes tener también la certeza de que la Santísima Trinidad y el Bautismo, que forman parte de la doctrina papal, son dogmas del demonio”.

Calvino se guarda de contestar y menos aún piensa devolver el manuscrito. Cuidadosamente, lo conserva en un cajón para poder sacarlo a su debido tiempo. Con sombríos presentimientos, Servet escribe a un teólogo amigo: “Ahora tengo muy claro que por esta causa me espera la muerte. Pero esta idea no logra anular mi ánimo. Como discípulo de Cristo, avanzo tras las huellas de mi maestro” (Zweig., 113-114).

Dice Servet en el prólogo de su obra cumbre: “Comencé esta tarea en otro tiempo, y ahora de nuevo me siento movido a proseguirla, pues ya se ha cumplido el plazo”, “no puede ocultarse la luz, de modo que ¡ay de mí, si no evangelizo! Se ventila una causa común a todos los cristianos, con la que todos nosotros estamos comprometidos”. Esta causa “me fue encomendada por un cierto impulso divino para que la defendiese yo, cuando era un adolescente de apenas veinte años, cuando ningún hombre me había enseñado nada de estos temas”, “viéndome a mí mismo adolescente, joven e inexperto, abandoné la causa casi por completo, por no estar suficientemente instruido” (Restitución del cristianismo I, Planeta DeAgostini, 2011, Barcelona, 7-8).

La confesión de Cristo: “Que Jesús el Cristo haya venido en carne, lo dijo Juan para contrarrestar dos herejías en boga en aquel entonces. La primera era la de los discípulos de Simón Mago, que decían que el Cristo era un fantasma, pero no de carne y hueso”. Otra herejía fue “la de Ebión y Cerinto, que afirmaban que Jesús era mero hombre sin sustancia de deidad, y que antes de María no era nada. Contra éstos Juan dice que Jesús vino, y que antes era palabra en Dios”.

Lo dicho por Juan contra las citadas herejías lo dice Policarpo en su Carta a los filipenses, otro tanto hace Ignacio en varias ocasiones y lo mismo Ireneo: “Ninguno de ellos propuso jamás las elucubraciones de nuestros trinitarios, ni pudo pasarles por la cabeza. Se limitaron a predicar que aquel Jesús era verdaderamente Mesías e hijo de Dios; y que él mismo en su propia persona y sustancia había sido ‘palabra en Dios’ de un modo completamente ignorado por todos los sofistas trinitarios” (ib., 34-35).

La confesión de Dios: “Nosotros, en cambio, dejando de lado todas esas elucubraciones, entendemos que cuando se dice ‘el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob’, se trata de un solo Dios, con el fin de evitar que los judíos cayeran en la pluralidad de dioses. Pues ellos entonces, como nosotros ahora, eran propensos a la pluralidad de dioses, y solían multiplicar el número de sus dioses, según fuese el número de sus ciudades (Jr 2, y 11)”, “hay aún otra razón por la que a Dios se le llama ‘Dios de Abraham, Isaac y Jacob’, y es que por aquel entonces, en cumplimiento de las promesas hechas a ellos, Dios empezaba a mostrarse propicio a los israelitas por medio de Moisés. Por último se llama Dios de ellos, para dar a entender que todos ellos volverán a la vida, y que incluso ya estaban vivos en presencia de Dios (Lc 20)” (ib., 47-48).

La confesión de fe: “Hasta las piedras proclaman un solo Dios Padre y su Cristo, el Señor Jesús”. Como dice Pablo: “Un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesús el Cristo” (1 Tm 2), “tenemos un solo Dios, que es el Padre, y un solo Señor Jesús el Cristo” (1 Co 2). “Asimismo, Juan, a quien le fueron revelados los cielos en el Apocalipsis, vio solo a Dios Padre y a su Cristo: sólo Dios y el Cordero son allí alabados y adorados” (Ap 14,3 y 15,3). Y el propio Jesús: “Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesús, el Cristo” (Jn 16,32). “Nadie conoce al Padre sino su hijo, ni al hijo sino su Padre” (Mt 11,27).  

La tercera entidad de los sofistas, Tercera Persona o Espíritu Santo: “A pesar de todo, los metafísicos pretenden que esa tercera entidad sea igual a la segunda y, como a ella, la colocan en el trono de su Trinidad, en el tercer ángulo del triclinio. Y así lo cantan en sus himnos: En el trono de la majestad tres ocupan los asientos del triclinio”, “no puede compaginarse con la unidad de Dios la existencia de esas tres entidades distintas e incorpóreas”, “¿no son verdaderamente triteistas estos que nos hacen absolutamente tres dioses realmente incorpóreos y distintos, tres entidades simples e incorpóreas realmente distintas, tres seres?”, “ellos tratan de demostrar contra los judíos su Trinidad, recurriendo a que ‘elohim’ (Gn 35,7 y 28,12) es ‘dioses’, en plural; luego dos dioses, o tres, o muchos”, “luego son verdaderos triteistas, y verdaderos ateos, pues no admiten un solo Dios, sino un Dios tripartito y acumulado”, “en realidad, tienen dioses imaginarios, delirios diabólicos”, “para Atanasio, Hilario, Cirilo, Nacianceno, Basilio, Agustín y todos los demás, hay un Dios no engendrado, otro Dios engendrado y otro que no es engendrado ni no engendrado, luego hay tres dioses”.

Dice Servet: “Verdaderamente son ateos todos los trinitarios. Porque, ¿qué otra cosa es estar sin Dios que el no poder siquiera pensar en Dios sin que se interfieran amenazantes en nuestra mente esas tres entidades que nos confunden y nos hacen enloquecer cuando pensamos en Él?”. En el Antiguo Testamento “sólo se habla de un único Dios, lo que niegan los triteistas diciendo que siempre había tenido compañeros. Y aducen este razonamiento: que no se puede ser completamente feliz en solitario. Por eso eran tres los que se sentaban en el triclinio. Pero Dios mismo dice por boca del Profeta: ‘Yo el Señor, y no hay más. Fuera de mí no hay otro Dios, fuera de mí no hay otro Señor. Yo el Señor, y no hay otro’ (Is 43 y 45)”. Los hebreos “se asombran con razón ante el Dios tripartito inventado por los nuestros. Estiman que es cismático nuestro Testamento, al ver cómo nos alejamos de la unidad y simplicidad de su Dios, y porque ni uno solo de sus antepasados pudo pensar jamás tal cosa”, ¿y qué decir de los mahometanos, que precisamente por esto difieren de nosotros? ¡Cuán miserablemente se nos burlan! Y con razón, por justo juicio de Dios, pues que ya no hay quien vuelva a la cordura (Is 46,8; Restitución del cristianismo I, 50-61).

La sangre y el alma: “De la sangre del hígado consta la materia del alma, mediante una maravillosa elaboración”, “por eso se dice que el alma está en la sangre, y que el alma misma es la sangre o espíritu sanguíneo. No se dice que el alma esté principalmente en las paredes del corazón, ni en la masa del cerebro o del hígado, sino en la sangre, como enseña Dios mismo (Gn. 9; Lv. 17; Dt. 12; Restitución del cristianismo II, 268).

La palabra en Dios: “Los hebreos más antiguos, dice Servet, refieren que desde el principio del mundo existen estas cosas: el Mesías, el trono de la gloria de Dios, la ciudad de Jerusalén, el jardín del paraíso, los espíritus de los justos, la Ley e Israel, estas siete cosas”. Dios “es parte de nosotros, parte de nuestro espíritu, de modo que no por posesión terrena de campos, sino por posesión divina y celestial, podemos decir con razón: El Señor es mi parte, mi lote de herencia (Sal 15 y 72). Por el Cristo se nos ha adjudicado una como porción de espíritu divino, y así de su plenitud todos nosotros hemos recibido (Jn 1,16), lo mismo que en otro tiempo y en figura les fue adjudicada a otros una porción del espíritu de Moisés. En las demás criaturas, en cambio, se dice que está Dios no por don de su espíritu, sino por otra razón general” (Restitución del cristianismo II, 212-213 y 204).

Dios “se ha dado a conocer esencialmente al hombre por su palabra y por su espíritu”, “en la palabra de Dios había espíritu y en el espíritu palabra: palabra visible y espíritu perceptible”, “como puede decirse que lo que hizo Dios por su palabra lo hizo por sí  mismo, ya que ‘Dios era palabra’, así también, cuando la Escritura relata que algo ha sido hecho por su espíritu, relata que ha sido hecho por Dios mismo, pues ‘Dios es espíritu’. Igual que se dice que ‘habló el espíritu santo’, se dice también que ‘Dios habló por boca de los santos y de los profetas (Hch 3; Hb 1). De algún modo, pues, se atribuye a Dios mismo lo que es característico del espíritu santo. Recibir espíritu santo equivale a recibir el poder de lo alto al presentarse el celeste mensajero (Lc.24; Hch 1). Se atribuye a espíritu santo la unción de Dios, pero Dios es quien nos unge” (ib., 258 y 262-263; ver Proyecto Catecumenal, II, En un mismo espíritu).

El pecado original: “Han surgido por doquier varias y distintas teorías del pecado original y su contaminante secuela”, dice Servet. “Me niego a condenar a los niños a la futura gehena, cuando las Escrituras ni siquiera condenan de ese modo a los mismos ismaelitas, ni a los ninivitas, ni a los demás bárbaros. El Cristo dio su bendición a niños no bautizados”. “Dios no imputó a muerte los graves crímenes de los israelitas, sino solo los de los mayores de veinte años (Nm 14,29 y 32,11). Está en concordancia con Ex 30,14 y 38,2”, “alrededor de los veinte años empieza la verdadera remisión de los pecados, pues solo entonces empiezan los pecados verdaderos”, “además, según la razón natural, no se puede creer que puedan ofender mortalmente a Dios los que  son considerados incapaces de ofender a los hombres”.

“Desde la creación alienta en nosotros espíritu de deidad (Gn 2 y 6), y cuando se alcanza la edad adulta él nos enseña interiormente y nos mantiene continuamente en libertad de espíritu para que nos apartemos del mal: gracias a él podemos dominar el pecado”. Sin embargo, no desaparecen las miserias de la carne por el bautismo”, “continuamente hay en nosotros dos principios en lucha: Dios en nuestro espíritu y ‘la serpiente’ en nuestra carne”. La “serpiente”, adueñándose de todos “desde la juventud” con su “ciencia del bien y del mal”, “nos va haciendo pecadores poco a poco”, “no les corresponde a los niños el lavado de regeneración y renovación de espíritu”, “nosotros, en cambio, que poseemos ya sabiduría de este mundo, nosotros que ya hemos sido reducidos a esclavitud de pecado por la serpiente-diablo con su mala ciencia, nosotros sí que necesitamos ya ahora de la redención por fe en el Cristo, a fin de que, muertos espiritualmente, espiritualmente resucitemos por él, purificados en el lavado de regeneración”, “el pecado original en nosotros es la ocupación, inhabitación y poder de la ‘serpiente’ que comenzaron en Adán”  (Restitución del cristianismo III, 543, 551-558 y 583).

La lucha de Miguel: “Considera, lector, qué puede significar en Daniel y luego en Juan esa futura venida y pelea de Miguel al cabo de mil doscientos sesenta años de desolación” (Dn 12,1-11; Ap 12,7), “desde los tiempos de Constantino y Silvestre, el papa, verdadero Anticristo, ha reinado ya por espacio de mil doscientos sesenta años. Desde entonces Dios ha sido seccionado en tres partes, el Cristo se ha esfumado por completo, la Iglesia ha sido enteramente echada a pique, han prevalecido los ídolos, han surgido innumerables sectas de perdición y abominables desolaciones del reino de Cristo. Daniel primero y luego Juan dijeron que desde esa perversa destrucción y antes de la restitución pasarían mil doscientos sesenta años” (ib., 597-598).

La vida célibe: “La vida célibe no la desapruebo. Yo mismo la he abrazado voluntariamente, y Pablo la recomienda por encima de la vida conyugal, pero siempre con tal de que sea elegida libremente al margen de cualquier imposición (1 Co 7)” (ib., 649).

El bautismo: El muchacho “no está en condiciones de aprender realmente hasta la edad adulta. De ahí que el Cristo nos indicase que, al cabo del primer periodo de instrucción, la edad perfecta para el bautismo son los treinta años, y no la de un niño de un día”, “quien no haya sido engendrado de arriba, quien no haya nacido de nuevo, no puede conocer lo celestial, no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn 3,3-5). El Cristo no dijo sin ton ni son “nacer de nuevo”, “para que llegues a ser hombre nuevo”, “nacer del agua” o “nacer del agua y el espíritu”. (ib., 563 y 724).

La cena del Señor: “Ese pan es carne del Cristo, pues verdaderamente nos alimenta con la carne del Cristo”, “por ese pan se hace realmente presente y como verdadero pan alimenta y mantiene nuestro hombre interior. La carne misma del Cristo ‘es verdaderamente comida’, y tal comida que por ella nos hacemos miembros del Cristo, reunidos en un solo cuerpo por su carne. ‘Somos miembros de su cuerpo’, dice, ‘de su carne y de sus huesos’. Como Eva estaba hecha de la carne y huesos de Adán, así la Iglesia entera, nosotros mismos, estamos hechos de la carne y huesos del Cristo” (Ef 5, 30-32). “Si queremos ratificar nuestro pacto con el Cristo, es menester que como él derramó su sangre por nosotros, así también nosotros en recuerdo de su beneficio derramemos nuestro vino dando gracias, lo compartamos, imploremos perdón de nuestros pecados y nos probemos a nosotros mismos, no sea que lo bebamos indignamente” (ib., 750 y 771).

La resurrección: “Me extraña que no entiendan que el cuerpo del Cristo es espiritual siendo así que espirituales serán todos nuestros cuerpos después de la resurrección (1 Co 15,54) y la medida del hombre será como la del ángel” (Ap 22,8), “inmortal es nuestra vida, tanto que nunca más moriremos, conservando siempre esta vida en el Cristo mismo, que es de verdad nuestra vida, como dice Pablo” (Col 3,4), “así viven ahora en Dios las almas de los apóstoles”. En el caso de los judíos “eran llevadas al sepulcro tanto las almas como los cuerpos; en cambios, nuestras almas son llevadas por el Cristo al cielo” (ib., 754, 805 y 811).

Servet toma “extraordinarias precauciones” a la hora de imprimir su libro, “se instala la prensa no en la imprenta propiamente dicha,  sino en un edificio apartado que Servet ha alquilado expresamente para este fin”, “en la obra, una vez terminada, no se alude ni al lugar de impresión ni a aquel en el que aparece. Sólo en la última página, Servet manda poner sobre el año de aparición las fatales y delatoras iniciales M. S. V. (Miguel Servet Villanovus)”.

Cuando Calvino tiene un ejemplar sus manos, uno de sus más próximos amigos, un emigrante protestante llamado Guillermo de Trye, escribe desde Ginebra el 16 de febrero de 1553 a su primo Antonio Arneys, que es católico: “Por allí, por Francia,  anda ahora un hereje que merece ser quemado donde quiera que se encuentre”.  

Probablemente, el obispo de Vienne ha aconsejado a su médico que tome precauciones, pues cuando el inquisidor aparece, la prensa tipográfica ha desaparecido. Y Servet, que goza de gran prestigio, niega indignado cualquier relación con lo sucedido. El inquisidor le deja libre, pues las informaciones aportadas no son suficientes. Antonio escribe a su primo, solicitando nuevas pruebas, que esta vez son concluyentes: “las cartas escritas por Servet de su puño y letra y algunos fragmentos del manuscrito de su obra”.

Guillermo escribe a su primo: “Debo confesar que me ha costado mucho esfuerzo recibir del maestro Calvino los fragmentos que adjunto”, “pero al señor Calvino le he insistido y le he hecho ver de modo tan convincente que, si no me ayudaba, me acusarían de imprudencia, que finalmente ha puesto el material adjunto a mi disposición”. Servet es interrogado con urgencia.

La Inquisición de Lyon encarcela a Servet el 7 de abril de 1553. Sin embargo, “la vigilancia de Servet es sorprendentemente descuidada. Mientras que, por lo general, los herejes son encerrados en estrechas mazmorras y sujetados a la pared con argollas de hierro, a él le permiten algo realmente insólito: pasear todos los días por el jardín para tomar el aire. Y el 7 de abril, tras uno de esos paseos, Servet desaparece. El carcelero encuentra únicamente su camisa de dormir y la escalera con la que la que ha salvado el muro del jardín”. En la plaza del mercado queman su efigie y cinco fardos de libros  (Zweig, 113-125).   

El 13 de agosto recala en Ginebra, donde es reconocido y encarcelado. El 27 de octubre de 1553 es quemado en la hoguera por sus ideas sobre la Trinidad y su rechazo del bautismo de niños. Entre las reacciones más destacadas se encuentra la del humanista y teólogo reformador francés Sebastián Castellio (1515-1563): “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre. Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet, no defendieron una doctrina, mataron a un hombre”.

* Los unitarios arraigaron en Transilvania con la predicación de Ferenc Dávid (1510-1579) en la década de 1560. El predicador convenció al rey Juan Segismundo, elector de Brandeburgo, de la veracidad de su doctrina y lo impulsó a publicar el Edicto de Torda (1568), que se considera el primer edicto de tolerancia religiosa al otorgar libertad de predicación a católicos, luteranos, calvinistas y unitarios. Sin embargo, tras la muerte del rey, se implanta la Contrarreforma y el predicador es condenado a cadena perpetua y muere en prisión. La Iglesia unitaria logra sobrevivir con grandes dificultades en Rumania y Hungría.

El italiano Fausto Socino (1539-1604) desarrolla una teología unitaria que asumen los Hermanos Polacos, pues Socino vive en Polonia a partir de 1580 hasta su muerte. El teólogo italiano se niega a pertenecer a la Iglesia de los Hermanos Polacos porque rechaza ser bautizado de nuevo. Esta iglesia desaparece a partir de 1658, cuando sus miembros son obligados a emigrar de Polonia y se van integrando en otras denominaciones protestantes (Lorenzana, 179-184).

Los mormones y los testigos de Jehová son unitarios y no están integrados en el Consejo Mundial de  Iglesias. Los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los mormones, fueron fundados por Joseph Smith en 1830. Se basan en la Biblia y en el Libro del Mormón. Según ellos, este libro “contiene los escritos de profetas que habitaron en la América precolombina”, Mormón es “uno de los últimos profetas que escribieron en él” alrededor del año 390 d.C. Los mormones se caracterizan por practicar o haber practicado la poligamia.

Los testigos de Jehová son milenaristas (Ap 20,6). Tienen una interpretación literal de la Escritura. Los que se salvan son 144.000 (Ap 7,4). Fueron fundados por Charles Taze Russell en 1881. Se consideran a sí mismos una restitución del cristianismo primitivo. Rechazan la transfusión de sangre, pues afirman que la Biblia lo dice: “Dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre” (Gn 9,4; Lv 17,10; Dt 12,23; Hch 15,28-29), “la vida de toda carne es su sangre” (Lv 17,14). Son dirigidos por un Cuerpo Gobernante desde su sede principal en Nueva York.

Hay sectas cuyos miembros niegan tajantemente que exista intermediario alguno entre Dios y ellos: “Estos rechazan cualquier forma de organización humana, creyéndose llamados ellos mismos a hacer lo que Dios ordena. Así, por ejemplo, los testigos de Jehová aseguran que ellos no tienen organización alguna (aunque reconocen que han fundado una editorial con una compleja organización). Los cuáqueros, por su parte, actúan con un liderazgo formal reducido al mínimo, y lo mismo les ocurre a los cristadelfianos”. Los grupos más tradicionales de cuáqueros aún siguen realizando su culto en silencio, “excepto para proferir anuncios y palabras inspiradas” (Wilson, 35 y 47-48).

Conviene recordar el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que Felipe pregunta al etíope que va leyendo un pasaje del profeta Isaías: ¿Entiendes lo que vas leyendo? Le responde: ¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía? (Hch 8, 30-31). La Biblia necesita una adecuada interpretación.

Las personas que se movían en el círculo metodista fueron los primeros agentes importantes de la religión y del despertar religioso en América, y junto con ellos, los baptistas. También tomaron parte algunos presbiterianos, mas su herencia calvinista y la doctrina de la predestinación fueron un obstáculo y causaron divisiones entre sus filas. Sin embargo, hubo algunos presbiterianos que fomentaron el despertar religioso y destacaron en la Gran Misión de Kentucky (1799-1801): “En esta ocasión, como en otras, los hombres convertidos eran hondamente afectados: algunos quedaban sumidos en una postración durante horas bajo el impacto del mensaje de conversión; otros se agitaban obsesivamente, ladraban como perros o chillaban anegados en júbilo o en angustia”.

Aunque en estos casos los predicadores pertenecían a las confesiones más poderosas, las sobrias asambleas de los ministros respetables miraban con recelo el fervor que conducía a tales excesos. El hecho de que reprobasen esas manifestaciones, que ellos aceptaban en formas más comedidas, fue “el motivo de que surgieran nuevos movimientos que ponían menos freno a su entusiasmo” (ib., 49-51).

* La Iglesia evangélica. Durante la Reforma los teólogos protestantes acogieron el término “evangélico” en referencia a lo que ellos denominaban “la verdad del evangelio”. Martín Lutero hacía referencia a la “Iglesia evangélica” para distinguir a los protestantes de los católicos. Los evangélicos creen en la experiencia de “nacer de nuevo” (Jn 3,3) cuando se recibe la salvación (conversión) y en la autoridad de la Biblia como la revelación de Dios.

El movimiento evangélico ganó gran impulso en los siglos XVIII y XIX con el primer y segundo despertar en Reino Unido y en América del Norte, respectivamente. Sus orígenes están en el metodismo inglés, la Iglesia de Moravia y el pietismo luterano. En la actualidad el término evangélico “engloba a Iglesias y creyentes herederos de la tradición cristiana instituida por la reforma protestante del siglo XVI”.

Los principales movimientos evangélicos son Iglesias baptistas, pentecostales, carismáticas y otras ramas protestantes. Algunas denominaciones se agrupan en la Alianza Evangélica Mundial que reúne a unos 630 millones de personas. Estas cifras no incluyen a pentecostales y carismáticos que reúnen a 584 millones.

Las iglesias evangélicas presentan diversas corrientes: fundamentalista, conservadora, moderada, liberal. Las iglesias están dirigidas por un pastor. El culto se ve como un acto de adoración a Dios. El culto tiene dos partes: la alabanza y el sermón, acompañado de la comunión periódicamente.

Se destaca la importancia del sermón. Sin embargo, volviendo a las fuentes, conviene recordar el valor de la “homilía” que significa “conversación” en la comunidad que acoge la palabra de Dios.

* Hacia 1869 se reúne en Sevilla una asamblea general de protestantes españoles. Surgen diferencias con respecto a la organización: unos siguen el modelo episcopal y otros el presbiteriano. Entonces nacen dos denominaciones: la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE) y la Iglesia Evangélica Española (IEE).

La Iglesia Evangélica Española se rige por un Sínodo General cuyos miembros son elegidos de forma democrática. Es miembro fundador del Consejo Mundial de Iglesias. Se define a sí misma como “una comunión de congregaciones”. Estas congregaciones vienen de diferentes tradiciones evangélicas: reformadas, presbiterianas, luteranas, metodistas, congregacionalistas.

  • Diálogo: ¿Conocemos mejor la reforma radical?, ¿cada confesión ha de revisar la propia tradición a la luz de la Escritura?, ¿es posible la restauración de la unidad?

 

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