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ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO Reedición española

ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

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LA REFORMA ESPAÑOLA. Historia soterrada

LA REFORMA ESPAÑOLA

Historia soterrada

La Reforma tuvo su escenario principal en el centro de Europa, donde actúan los grandes reformadores. Frente a ellos se alza el poder del papa, que domina buena parte del centro de la península italiana, y del emperador, que asume el papel de defensor de la Iglesia católica frente a los  reformadores, lo que no le impide enfrentarse al papa cuando le conviene. Ahí está el saqueo de Roma, el 6 de mayo de 1527.  Ahora bien, ¿en qué medida puede hablarse de reforma española?, ¿cabía la Reforma en la España que formaron los Reyes Católicos? La reforma española es una historia soterrada.

La Inquisición española adoptó desde el primer momento una actitud vigilante para evitar la entrada de las ideas reformadas en la península. Había sido creada en 1478 por el papa Sixto IV a instancias de los Reyes Católicos, que querían garantizar la unidad religiosa de sus reinos. En su primera época la Inquisición española centró su atención en el control de los judíos que se habían convertido al cristianismo para evitar la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos. La Inquisición permanece en la sociedad española hasta la aprobación de la Constitución de 1812 por las Cortes de Cádiz.

La etiqueta de “luterano” se convierte en un calificativo utilizado por los inquisidores para referirse a cualquier sospechoso que hubiera expresado ideas reformadoras, aunque no fueran luteranas. Las dificultades que encuentran las ideas reformadoras para implantarse en la península tienen su origen en diversos factores. Veamos algunos:

* El primero de ellos es la introducción de medidas reformadoras de la Iglesia y la vida religiosa en Castilla por parte del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), arzobispo de Toledo, inquisidor general y regente de la Corona de Castilla. Una vía de expansión de las ideas reformadas en su vertiente más radical fue la reforma social, como sucedió en Alemania con la guerra de los campesinos y la revuelta de Münster. Sin embargo, la guerra de las Comunidades castellanas (1520-1521) y la revuelta de las Germanías en Valencia (1520-1522) no tuvieron un componente de reforma religiosa. Su objetivo fue la recuperación de privilegios y libertades frente a la política centralizadora y autoritaria del monarca. Los dos movimientos fueron derrotados por las tropas reales.  

* Un factor importante es la mentalidad de cruzada que asume la Reconquista, ese periodo comprendido entre la conquista omeya de Hispania en 711 y la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos en 1492. Según el Diccionario de la Real Academia, Reconquista es “la recuperación del territorio español invadido por los musulmanes y cuya culminación fue la toma de Granada en 1492”. Don Pelayo, “rey de los cristianos y los astures” según el Testamento de Alfonso II de Asturias (759-842), vence a Munuza, jefe de la guarnición musulmana de Gijón, en la batalla de Covadonga (722). La lucha entre ambas partes de la península,  la cristiana fragmentada y la musulmana de Al-Ándalus, dura ocho siglos, aunque también hay tiempos de convivencia pacífica. Con la conquista del reino de Granada, del reino de Navarra, de Canarias, de Melilla y de otras plazas africanas, los Reyes Católicos agruparon “bajo el yugo y las flechas” la totalidad de los territorios que hoy forman España, excepto Ceuta y Olivenza, que entonces pertenecían a Portugal. El filólogo y humanista Antonio de Nebrija (1441-1522) dedica esta lapidaria frase a los Reyes Católicos: “Hispania sibi restituta est” (España ha sido restituida a sí misma).

* Obviamente, un factor importante que impide que la Reforma eche raíces en suelo peninsular es la Inquisición. Los Reyes Católicos, buscando la unidad política y la unidad religiosa, promulgan el Decreto de Granada (1492) sobre la expulsión de los judíos de todos sus reinos: si no se convertían, tenían que abandonar el país. La Inquisición recela de los judíos conversos. Esto provoca la aparición de dos clases de cristianos en función de la antigüedad de su cristianismo: los cristianos “viejos” y los cristianos “nuevos”.

La Inquisición también investiga a los moriscos, los conversos procedentes del Islam. Muchos moriscos mantenían en secreto su fe, pero apenas eran perseguidos. En el reinado de Felipe II las cosas cambian. La rebelión de las Alpujarras (1568-1570) es duramente reprimida. Además de las ejecuciones y deportaciones a otras zonas de Castilla, la Inquisición intensifica los procesos a moriscos también en Aragón. En este contexto, la llegada de ideas foráneas que pudiera cuestionar la unidad religiosa no encontraba terreno abonado, sino sospecha y rechazo. En la mayoría de los casos, los  condenados como “luteranos” son cristianos “nuevos” y la Reforma se asocia a los enemigos tradicionales del cristianismo hispano (Lorenzana, 205-213).

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Ricardo García Cárcel presenta cinco etapas de represión en su libro sobre la Inquisición española (1990): la implantación (1480-1530) con los judeoconversos como víctimas y el porcentaje más alto de condenados a muerte; la consolidación (1530-1560), pero con cierta ralentización represiva paralela al agotamiento del filón judeoconverso; apogeo (1560-1620, con los mayores porcentajes de procesados anualmente, con moriscos y protestantes como principales afectados; desaceleración represiva (1620-1700) y decadencia evidente (1700-1820).

Se ha escrito mucho sobre la Leyenda Negra antiespañola en torno a episodios históricos como la Reconquista, la Inquisición o la conquista de América. El filósofo y ensayista español Julián Marías (1914-2005) aporta esta definición: “La Leyenda Negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra. En el caso de España, se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más densa en el XVII, rebrota con nuevo ímpetu en el XVIII –será menester preguntarse por qué- y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás” (España inteligible, 1985).

1. El cardenal Cisneros 

Cisneros nació en Torrelaguna (Madrid) en 1436. Su nombre de pila es Gonzalo. Comienza sus estudios en Roa (Burgos) y Cuéllar (Segovia), pasando después al Estudio General franciscano en Alcalá de Henares. Termina sus estudios de filosofía, teología, derecho civil y canónico en Salamanca, en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Es ordenado sacerdote en Roma, donde ejerce de abogado. Tras la muerte de su padre, regresa a Castilla hacia 1466. Siendo arcipreste de Uceda (Guadalajara), se enfrenta al arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo Acuña, lo que le supone estar encarcelado algunos años. Sin embargo, apoyado por el cardenal González de Mendoza, no renuncia a su cargo de arcipreste. En 1478 es capellán mayor de la catedral de Sigüenza y vicario general.

Una crisis espiritual le lleva a hacerse franciscano. Entonces cambia su nombre  por el de Francisco. En 1492 acepta ser confesor de Isabel la Católica (1451-1504). En 1494 es provincial de la orden franciscana, donde promueve una reforma de la orden. A la muerte del cardenal Mendoza, es nombrado arzobispo de Toledo. En 1497 convoca un sínodo en Alcalá y un año después otro en Talavera de la Reina para promover la reforma del clero y la vida pastoral de la diócesis.

Cisneros era consciente de los males que aquejaban a la Iglesia y en especial al clero. Por ello emprendió una reforma de las órdenes monásticas y mendicantes, apoyando a los observantes frente a los conventuales y acabando con la práctica de los frailes itinerantes que eran causa de escándalo por su bajo nivel moral. En cuanto al clero secular, dictó y obligó al cumplimiento de normas estrictas contra el concubinato sacerdotal y al castigo de los clérigos acusados de adicción al juego o la bebida. También ordenó que los párrocos enseñaran la doctrina a sus fieles de una manera regular.

Esta preocupación por la formación lo llevó a transformar los Estudios de Alcalá de Henares en una universidad dedicada al estudio bíblico, alejada del anquilosamiento escolástico de las otras universidades. En 1502 se formó un equipo de trabajo que en 1520 terminaría la Biblia políglota, en hebreo, griego, latín y arameo. Asimismo Cisneros impulsó la publicación de numerosas obras piadosas y devocionales destinadas a elevar el nivel moral de la población y facilitó que entraran las obras de los grandes humanistas europeos, en especial, de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), comprometido con la reforma de la Iglesia.

Erasmo, uno de los humanistas más preclaros del Renacimiento, gozó en España de una fama especial. Perteneció a la Orden de Canónigos Regulares de San Agustín. Por lo que se refiere a su obra más famosa, Elogio de la locura (1508), “es evidente su presencia entre nosotros. Se sabe que fue introducida en España por Hernando de Colón en 1516, y que fue leída en las universidades y cabildos. A lo largo de nuestra historia literaria hay un erasmismo soterrado”, dice Pedro Rodriguez en la Introducción al libro (Erasmo, Elogio de la locura, Alianza Editorial, Madrid, 2011, 29). Sabido es que su libro Novum instrumentum (edición crítica del Nuevo Testamento en griego y su traducción al latín) se lo dedicó al papa León X y que éste, humanista también, leía con placer el Elogio de la locura.

* Los teólogos, dice Erasmo, “están tan pertrechados de definiciones escolásticas, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas e implícitas, conocen tan bien todos los subterfugios, que ni las misma redes de Vulcano serían capaces de atraparlos. A fuerza de distingos lograrían burlarlas”, “además, no se paran en barras hasta querer explicar los misterios más arcanos: por qué y para qué fue creado el mundo, por qué canales se filtró a la posteridad el pecado original, por qué medios, en qué medida y durante cuánto tiempo se formó el cuerpo de Cristo en el vientre de la Virgen; y finalmente cómo pueden subsistir los accidentes sin la sustancia en la Eucaristía. Pero esto es pan comido”.

“Hay otros temas sólo dignos de grandes teólogos, que ellos llaman ‘iluminados’, y que cuando surgen, los ponen alborotados. Tales son: ¿Hay un instante en la generación divina? ¿Hay varias filiaciones en Cristo? ….Si Pedro hubiese consagrado mientras el cuerpo de Cristo estaba en la cruz ¿qué habría consagrado? Durante ese mismo tiempo, ¿se podría llamar hombre a Cristo? ¿Y después de la resurrección podríamos comer o beber? ¡Tan preocupados están ya de su hambre y de su sed futuras!”.

“En estas refinadísimas sutilezas entran en juego los diversos escolásticos. Te resultará más fácil salir del laberinto que del embrollo mental de realistas, nominalistas, tomistas, albertistas, escotistas. Y no he nombrado más que los principales. En todas ellas reina tal erudición y tal complejidad de dificultades que me imagino que los mismos apóstoles necesitarían otro soplo del Espíritu Santo, si tuvieran que discutir hoy sobre estos temas con la nueva generación de teólogos” (Erasmo, 126-128).

Con la espada y con la cruz,  Cisneros participa en la conquista de Granada (1482-1492). Después, promueve y financia la conquista de Orán (1509). ¿Qué tenía que ver esto con el Evangelio?, ¿cómo se explica? Es la mentalidad de cruzada. Se acude a textos del Antiguo Testamento. En 1192 el papa Celestino III responde a quienes mostraban algún tipo de escrúpulo por el uso de la violencia contra los musulmanes en España: “No es contrario a la fe católica el mandato de perseguir y exterminar a los sarracenos, pues a ejemplo de lo que se lee en el libro de los Macabeos no pretenden adueñarse de tierras ajenas, sino de la herencia de sus padres, que fue injustamente desposeída por los enemigos de la cruz de Cristo durante algún tiempo. Además, es legítimo y admitido por el derecho de gentes que de los bienes ocupados por los enemigos que los retienen con injuria de la Divina Majestad el pío expulse al impío y el justo al injusto”:

Dice el doctor Francisco García Fitz, profesor de la Universidad de Extremadura, en su amplio estudio La Reconquista: estado de la cuestión:”El concepto de Reconquista…se fundamentó sobre dos potentes pilares: el de la guerra justa y de la guerra santa. Aunque desde el punto de vista actual unas y otras pertenecen a dos conjuntos de principios perfectamente disociables, uno de carácter jurídico y otro religioso, lo cierto es que para los autores medievales la distinción entre uno y otro no siempre resulta clara ni posible” (pp. 198-199).

El escritor medieval don Juan Manuel (1282-1348) parece tener muy claro que la guerra contra los musulmanes no podía radicar en razones de índole religiosa, puesto que ni por la ley ni por la secta que ellos tienen, habría guerra entre ellos; además,Jesucristo nunca mandó que matasen ni apremiasen a ninguno para que tomase su ley, pues él no quiere servicio forzado. El conflicto “respondía a causas jurídicas y territoriales: en su expansión el Islam se había apoderado de tierras que pertenecían a pueblos cristianos, es por esto, y no por diferencias de credos, por lo que hay guerra entre los cristianos y los moros, y la habrá hasta que hayan cobrado los cristianos las tierras que los moros las tienen forzadas” (ibídem).

La mentalidad de cruzada estaba a la orden del día. El maestre de la Orden de Santiago Alonso de Cárdenas indicó a Fernando el Católico que otros reyes le envidiaban por tener en sus confines unos enemigos a los que podía hacer una guerra justa y santa: “Bien creo, señor, que sabe vuestra real Majestad, como una de las cosas que los buenos reyes cristianos os tienen envidia, es por tener en vuestros confines gente pagana con quien no sólo podéis tener la guerra justa, sino guerra santa” (p. 201).

Diversos autores cuestionan el término Reconquista, aunque en muchos casos su uso es “una cuestión de comodidad o de convencionalismo”, “en la medida en que se trata de un término ampliamente difundido”. Por ejemplo, el historiador José Luis Corral critica el significado del término tal como fue acuñado y utilizado por la historiografía tradicional castellana y católica, y advierte que “la Reconquista no fue la recuperación de unas tierras previamente perdidas”, sino la “consecuencia del crecimiento de los Estados feudales cristianos peninsulares ante la decadencia del islam andalusí”. El doctor García Fitz observa que “se cuestiona el contenido del concepto, pero no así su uso, que de hecho este autor mantiene a lo largo de su obra” (pp. 151-152).

Se cuestiona también la España que formaron los Reyes Católicos: “Ni nación ni Estado: una unión de reinos plurales”. En su libro Isabel la Católica (2002), el historiador español Alfredo Alvar Ezquerra indica que no había unidad (tal vez sí en el plano ideológico), pues el reino de Aragón “conservaba modos propios de hacer política”; en realidad, los Reyes Católicos inauguraron “una diarquía”, “en la Concordia de Segovia (1475) se establece el régimen propio de la diarquía”. Bien, pero la España que forman los Reyes Católicos no es una pluralidad de reinos divididos, es una unidad política bajo el reinado de los Reyes Católicos. Según el dicho popular, “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”.

De la España de los Reyes Católicos habla Erasmo. El insigne humanista fue invitado por el cardenal Cisneros a dar clases en la Universidad de Alcalá, pero rechazó la invitación con estas palabras: “Non placet Hispania” (No me gusta España). Lo recoge el hispanista francés Marcel Bataillon (1895-1977) en su libro Erasmo y España (1983, 77). En su carta a Martín Dorp, teólogo y profesor de la Universidad de Lovaina, dice el propio Erasmo, hablando de las formas de amor propio que son peculiares a cada país: “Atribuyo la gloria militar a los españoles, la cultura y la elocuencia a los italianos, las buenas maneras y la comida exquisita a los ingleses” (Elogio de la locura, 188).

Cuando muere Fernando el Católico, le sucede su nieto el emperador Carlos I de España y V de Alemania: ¿otra “diarquía” o dos “poliarquías”? Obviamente, España ha sufrido grandes cambios a lo largo de la historia: está la España fenicia, la cartaginesa, la romana, la visigoda, la musulmana, la católica y la actual, laica y democrática. Por ejemplo, Pablo dice a los romanos: “Cuando me dirija a España, espero veros al pasar” (Rm 15,24). Entonces era la Hispania romana, ¿qué es lo que queda ahora?  Lo evoca Rafael Alberti (1902-1999) en su Elegía sobre un mapa perdido: “A aquel país se lo venían diciendo / desde hace tanto tiempo. / Mírate y lo verás. / Tienes forma de toro, / de piel de toro abierto, / tendido sobre el mar”.

Como arzobispo de Toledo, Cisneros ordena recuperar los textos del rito mozárabe: “El rito mozárabe, que proviene de los visigodos, y con el que se seguía oficiando en seis parroquias de Toledo,  había entrado a finales de la Edad Media en un proceso de decadencia: faltaban libros rituales, los párrocos desconocían la liturgia mozárabe”. Gracias a esta labor de Cisneros, el rito mozárabe “se mantiene hasta nuestros días y se sigue utilizando”, dice la doctora Lop Otín, profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Como hombre de Estado, en 1501 Cisneros instituyó la obligatoriedad de la identificación de las personas con un apellido fijo, el del padre. Hasta entonces las personas se identificaban por su nombre y un apellido o mote, que reflejaba el lugar de procedencia, el oficio o alguna característica de la persona.  Participó en todo lo que se hizo en el reinado de los Reyes Católicos y contribuyó de forma decisiva en la configuración del nuevo Estado.

A la muerte de Isabel (1504), la nobleza castellana eligió a un extranjero antes que a Fernando el Católico, un aragonés de la dinastía castellana de los Trastámara. Como dice el doctor Carlos Cervera, “el propio Cisneros había dado la espalda a Fernando”. Sólo el caos que trajo el breve reinado de Felipe I convenció a todos de la importancia de que regresara “ese viejo catalán”, como denominaban los nobles castellanos a Fernando de una forma despectiva.

En 1507 Cisneros fue nombrado Inquisidor general de Castilla. Lo fue hasta su muerte. Según el hispanista francés Joseph Pérez, “era un ‘espiritual’ que opinaba que había que tener en cuenta las ganas de los fieles por participar en la religión desde el interior. Cisneros ayudó con los fondos del arzobispado de Toledo a la traducción y publicación de libros en lengua vulgar”. Cisneros participa del enfrentamiento que en el siglo XVI libran los “doctores” contra los “espirituales”: “Es un debate de fondo que demuestra que España no se quedó al margen de la reforma espiritual que dio lugar a las distintas corrientes protestantes en Europa. Desde finales del siglo XV hubo en el país una preocupación por llegar a una vida religiosa que fuera más vivida que entendida. Para muchos la religión se había convertido en algo rutinario, por lo que anhelaban algo más: una forma de entender la religión desde la espiritualidad interior. No querían que la religión se redujera a dogmas sino que fuera una actitud vital”.

Ésta era la posición de los “espirituales”. Frente a ellos los “doctores” de Salamanca recelaban de que “la gente que no sabía” experimentara “una vida religiosa no rigurosamente conforme con el dogma”. Cuando Cisneros murió, los inquisidores tomaron decisiones contra los “espirituales”, entre ellos un decreto en 1527 contra los alumbrados de Toledo. Con motivo de este decreto comenzó una persecución contra los representantes de esta corriente que hizo que ser “complutense” (de Alcalá) en la España del siglo XVI fuera a ojos de la mayoría y de la Inquisición ser heterodoxo, incluso hereje. El inquisidor Fernando Valdés fue un perseguidor de los “espirituales’. “Él puso en el Índice de libros prohibidos todos los textos de piedad, devoción y mística que Cisneros recomendó y financió”.

Entre 1506 y 1507 Cisneros presidió el consejo de regencia tras la muerte del rey Felipe I en espera de la llegada de Fernando el Católico: “La muerte de su esposo sumió a Juana de Castilla en la locura. Junto a parte de la Corte, la hija de los Reyes Católicos se echó con el cadáver de su marido a los caminos castellanos, afectados por una gran epidemia de peste negra. La peste, que probablemente mató al rey, campaba a sus anchas por la meseta. Cisneros dio un golpe en la mesa, pidiendo orden, pero al fin y al cabo la legítima soberana era Juana” (ABC, 14-11-17).

Al morir Felipe I (1478-1506), hijo del emperador Maximiliano I, los nobles castellanos acordaron nombrar un consejo de regencia. Sin consultar a Juana (1479-1555), la reina viuda, Cisneros pidió a Fernando el Católico que regresara a Castilla. Tras tomar posesión del reino de Nápoles, Fernando se enfrentó con su hija Juana el 27 de agosto de 1507 y volvió a asumir el gobierno de Castilla. Agradecido a Cisneros, le consiguió el capelo cardenalicio.

Desde joven, Juana de Castilla mostró signos de indiferencia religiosa que su madre trató de mantener en secreto. Como era costumbre entonces, Isabel y Fernando negociaron los matrimonios de sus hijos, teniendo en cuenta los intereses políticos. A fin de reforzar los lazos con el emperador Maximiliano I, Fernando ofreció a Juana en matrimonio a su hijo Felipe. En agosto de 1496 la joven Juana partió de Laredo al encuentro de Felipe. La travesía tuvo algunos contratiempos. Juana no fue recibida por su prometido. Los consejeros francófilos de Felipe se oponían al matrimonio. Nos obstante, la boda se celebró el 20 de octubre de 1496 en la ciudad belga de Lier.

Aunque los esposos no se conocían, se enamoraron al verse.  No obstante, Felipe pronto perdió el interés por la relación, lo que provocó los celos de Juana. Tuvieron seis hijos. Juana fue reina de Castilla desde 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra desde 1516 hasta 1555, aunque desde 1506 no ejerció ningún poder efectivo y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas, primero por orden de su padre, Fernando el Católico, y después por orden de su hijo Carlos I. Al morir Felipe, Juana quería enterrarle en Granada, como él había manifestado.

“Fernando el Católico apareció en el horizonte de Castilla y ordenó la reclusión de su hija en Tordesillas. El rey se reunió con su hija, la viuda de España, que aceptó de mala gana acabar con su caravana fúnebre y recluirse en la localidad vallisoletana. Fernando gobernó Castilla hasta su muerte, periodo en el que anexionó el reino de Navarra a esta corona y devolvió la estabilidad económica. Cuando falleció el 23 de enero de 1516, el viejo Rey dejó escrito que su nieto Carlos debía heredar los reinos hispanos ante la incapacidad de su hija Juana y que, de forma temporal, el cardenal Cisneros debía ejercer como regente de Castilla, mientras el hijo natural del monarca, el arzobispo de Zaragoza, haría lo propio en la corona de Aragón”.

Cisneros apremió a Carlos a viajar cuanto antes a Madrid. No lo hizo hasta pasado un año del fallecimiento de su abuelo. Su lenta marcha hacia Valladolid fue interpretada en el entorno de Cisneros como una maniobra para que Carlos no se reuniera con el cardenal, que murió en Roa, a 60 kilómetros de Valladolid, a la edad de 81 años el 8 de noviembre, de 1517, “aburrido y desesperado por el retraso de la comitiva real”.   

Hasta sus últimos días Cisneros siguió promoviendo la reforma de la Iglesia. En el V Concilio de Letrán (1512-1517) no estuvo, pero envió un programa de reformas: descentralización de la Curia, ausencia de simonía en la elección pontificia, reunión de un concilio cada cinco años, examen de los candidatos a los beneficios eclesiásticos y una clarificación de la “doctrina conciliarista”. En el concilio de Basilea (1439) se había declarado como “doctrina de fe católica” la superioridad del Concilio sobre el papa. En el Vaticano I (1870) se definió el valor del primado del papa. Según el concilio Vaticano II (1962-1965), “así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles” (LG 22).

El levantamiento comunero de 1520 la sacó de su encierro a Juana de Castilla y le pidió encabezar la revuelta, pero ella se negó y, cuando su hijo Carlos derrotó a los comuneros,  volvió a encerrarla. Juana se resistía a confesarse y a ir a misa. Carlos ordenó que la obligasen empleando tortura si fuese necesario. Por ese motivo la reina Isabel la desheredó en su testamento. Sin embargo, su padre la proclamó reina de Castilla, pero siguió él mismo gobernando el reino. Fernando y Carlos trataron de borrar cualquier vestigio documental del encierro de la reina Juana. Incluso Felipe II ordenó quemar ciertos papeles relativos a su abuela. Algunos autores no creen que estuviera loca, como suele decirse. El historiador alemán Gustav Bergenroth (1813-1869) hacia 1860 encontró documentos en Simancas y en otros archivos que muestran que fue víctima de una confabulación. 

2. María de Cazalla

María de Cazalla nació en Palma del Río (Córdoba) en 1487. Hija de conversos, se casó con Lope de Rueda, un importante burgués de Guadalajara. En esta ciudad “se movió dentro del círculo de los Mendoza (marqueses de Santillana y luego duques del Infantado), a cuyo halo protector se acogieron hombres y mujeres espirituales y conoció a la maestra del alumbradismo Isabel de la Cruz. María confió sus hijas a Isabel para que las adoctrinara, lo que implicaba un reconocimiento de su autoridad, aunque el ‘camino de perfección’ de ambas fuese distinto” (Real Academia de la Historia, RAH).

Fue madre de seis hijos, aunque inicialmente rechazaba el contacto carnal por consejo de la beata Mari Núñez. Pertenecía a la familia Cazalla, un ejemplo de la burguesía rica y culta, de origen judeoconverso, en la que había letrados y teólogos. Algunos de ellos fueron (más de 20 años después) procesados en los autos de fe de 1559, como el doctor Cazalla, Agustín de Cazalla, sobrino de María.  En 1519 se distancia de la beata Mari Núñez, pasando a recibir la influencia de Isabel de la Cruz, hermana terciaria franciscana, de ascendencia judeoconversa. La reacción de la beata fue violenta. Denunció a Isabel y a su grupo a la Inquisición. Según María, era una “mujer mentirosa y alborotadora de pueblos y revolvedora de casas y bajo color de virtuosa y santa era viciosa de muchas maneras” (Wikipedia).

En la formación de la que sería “madre espiritual” de muchas mujeres tuvo un papel destacado su hermano Juan de Cazalla –capellán de Cisneros, obispo y autor de Lumbre del alma (1520)-, que la puso en relación con los cenáculos erasmistas de Alcalá: “Mujer de sólida cultura, leía en griego la Biblia. En 1522 comenzó a predicar en Pastrana, enfrentándose a la interdicción que pesaba sobre el acceso de las mujeres al sistema religioso. Sus prédicas, destinadas a divulgar y dar a conocer las Escrituras iban dirigidas  fundamentalmente a auditorio femenino. Este espíritu ‘predicativo’ e intelectual – que postulaba una aproximación a Dios a través de la palabra y del conocimiento- distanciaba a María de Cazalla del grupo de Isabel de la Cruz y Pedro de Alcaraz, que proponían una vivencia no racional de la religiosidad” (RAH).

Decía María: “Qué ceguera es esta de las gentes que te determinan lugares donde estés, siendo infinito: que te buscan en un templo de cantos y en sí propios, que son templos vivos, no te hallan ni te buscan”. En su vida sexual y afectiva, “todos los hijos…que había parido, los había concebido sin delectación”, “menospreciaba el estado de virginidad porque decía que merecía más en el estado de matrimonio pues no sentía delectación en el acto carnal”. Sin embargo, “estando con su marido en la cama, estaba más cerca de Dios que con cualquier oración del mundo”.

Pese a mantener su adhesión a los postulados del “dejamiento” o abandono a la voluntad de Dios, María “entronca con la tradición filológica e interpretación de la Escritura de cuño erasmista”.

* Erasmo critica los delirios de muchos cristianos: “¿Y qué decir de los que se gozan engañándose a sí mismos con imaginarios perdones de sus pecados? Van midiendo como con clepsidra la duración de su tiempo en el Purgatorio, y contando los siglos, los años, meses, días y horas con la precisión de una tabla matemática, sin error alguno”, “¡qué espectáculo tan triste ofrece por doquier la vida de todos los cristianos dominada por esta especie de delirios? Y lo peor es que son los mismos sacerdotes los que los admiten y fomentan, pues no ignoran lo que esto afecta a su bolsillo”.

“El espíritu del hombre está hecho de tal manera que capta mejor la apariencia que la realidad. Si alguien quiere una prueba de esto que digo, que vaya a la iglesia a la hora del sermón: todos dormitan, bostezan y se aburren si se expone algo serio. Pero si el que grita (perdón, quería decir el orador) comienza, como es costumbre, con una historieta de viejas, se despabilan, atienden y escuchan boquiabiertos. Lo mismo sucede cuando se festeja a un santo legendario, creado por la poesía –valga como ejemplo, san Jorge, san Cristóbal, santa Bárbara-. Advertiréis que se les venera con más devoción que a san Pedro o san Pablo, o que al mismo Cristo”.

“Piensa, por ejemplo, en la multitud de cristianos que ponen una vela a la Virgen, Madre de Dios –incluso a mediodía, cuando no se necesita- ¿Has visto a muchos de ellos que traten de imitar su castidad, su modestia y su amor a las cosas celestiales. Y, sin embargo, este sería con mucho el culto verdadero, y el más grato al cielo”.

Cosas de frailes: “¿Puede haber algo más divertido que ver cómo todo lo hacen por obediencia, como si se guiaran por unas leyes matemáticas que sería sacrílego traspasar? Miden, por ejemplo, el número de nudos del calzado, el color del cíngulo, clase de colores del hábito, la largura de la correa, la forma y la capacidad de la cogulla, cuántos dedos de ancha la tonsura, cuántas horas de sueño…Y por estas pequeñeces, no sólo se sienten superiores a los demás, sino que se desprecian unos a otros”, “en suma, que todos ellos se esfuerzan por vivir su propia vida, sin preocuparse por parecerse a Cristo, y sí de ser diferentes a los demás”, “pero Cristo interrumpirá esta sarta interminable de méritos, para decir: ¿De dónde sale esta nueva raza de judíos? Sólo reconozco como mandamiento mío un único mandamiento, y es el único que no he oído” (Erasmo, 101-113 y 134-136)

A finales de 1523, Isabel de la Cruz fue despojada de su condición de hermana terciaria franciscana y arrestada poco después por la Inquisición. Entonces María de Cazalla heredó “el lugar principal de aquella en el movimiento de los alumbrados” (RAH).

Según el historiador e hispanista francés Joseph Pérez, los alumbrados “preconizan un abandono sin control a la inspiración divina y una interpretación libre de los textos evangélicos. Los alumbrados afirman que actúan únicamente movidos por el amor de Dios y que de él procede su inspiración, carecen de voluntad propia; es Dios el que dicta su conducta; de ello se sigue que no pueden pecar. Los alumbrados rechazan la autoridad de la Iglesia, su jerarquía y sus dogmas, así como las formas de piedad tradicional que consideran ataduras prácticas religiosas (devociones, obras de misericordia y de caridad), sacramentos”.

La Inquisición sospechó que había elementos heréticos en la doctrina de los alumbrados e inició una investigación. En abril de 1524 fueron detenidos Isabel de la Cruz y Pedro de Alcaraz. En julio de 1529 fueron condenados a cadena perpetua. En septiembre de 1525 el inquisidor general Alonso Manrique promulgó un edicto que incluía 48 proposiciones consideradas heréticas.

En 1529 fue detenida la beata Francisca Fernández, que encabezaba el grupo alumbrado de Valladolid y poco después uno de sus principales seguidores, el predicador franciscano Francisco de Ortiz. La beata incriminó a partidarios suyos como “luteranos”. Este fue el caso de Bernardino Tovar y María de Cazalla, que fue torturada bajo la acusación de luteranismo y de iluminismo. María alegó que en Guadalajara alumbrado se aplicaba a toda persona recogida y devota.

En la acusación inquisitorial contra el grupo de Escalona (Toledo) se los compara a los alumbrados con otros herejes medievales como los husitas: “Se resucitan herejías porque aquel interior dejamiento, aquella suspensión ociosa del pensamiento, aquel no hacer más que dejarse a que Dios obre y no ellos, error fue de Juan Hus”.

María de Cazalla fue detenida por la Inquisición en 1532. Su proceso duró hasta diciembre de 1534. Fue sometida al potro y la toca, y la tuvieron amordazada durante su prisión. Finalmente fue absuelta de los cargos más graves, sometida a vergüenza pública en una iglesia de Guadalajara y multada con cien ducados, prohibiéndole contactar con sus anteriores relaciones.

El potro era un aparato de madera en el cual sentaban a los procesados para obligarles a declarar por medio del tormento, un instrumento de tortura en el que el acusado era atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno. Al girar el torno, tiraba de las extremidades en sentidos diferentes, usualmente dislocándolas, pero también pudiendo llegar a desmembrarlas. La toca era una tela blanca de lino o seda que se introducía en la boca de la víctima intentando incluso que llegase a la tráquea, y después se vertía agua sobre la tela, que al empaparse provocaba en el reo una sensación de asfixia.

Durante el proceso inquisitorial que se siguió contra ella, fue acusada de predicar y comentar las Sagradas Escrituras, de dar más autoridad a algunos herejes condenados- como a Isabel de la Cruz- que a san Pablo, de pregonar la superioridad del estado matrimonial  sobre la virginidad, y de compartir con los luteranos el desprecio por los ritos de la Iglesia católica: “Después de pasar en la cárcel cerca de año y medio y de sufrir tormento, salió absuelta porque el fiscal no pudo probar su acusación” (RAH). María de Cazalla murió en Guadalajara a mediados del siglo XVI.

Otros casos. Santa Teresa estuvo a punto de ser detenida por la Inquisición. Era descendiente de judeoconversos. Su abuelo paterno Juan Sánchez de Toledo había sido procesado por la Inquisición en 1485. Le obligaron a llevar el sambenito durante siete viernes. Teresa temía constantemente ser denunciada: “Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores” (Vida, 33,5). En 1559 los inquisidores registraron la pequeña biblioteca que tenía en el monasterio de la Encarnación y requisaron obras de fray Luis de Granada, Juan de Ávila o Francisco de Borja.

Ella escribe: “Cuando me quitaron los libros de romance (en castellano), yo lo sentí mucho”, “me dijo el Señor: No tengas pena, que yo te daré libro vivo” (Vida, 26,6). En 1575 tuvo que comparecer ante la Inquisición de Sevilla, tras haber sido denunciada por María del Corro, una dama altiva que había ingresado en el convento de Sevilla. Se le acusó de practicar una doctrina nueva y supersticiosa, llena de embustes y semejante a la de los alumbrados de Extremadura. Fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión, según refieren los escritos del padre Gracián. Dice la carmelita María de san José: “Vino un inquisidor y averiguada la verdad y hallando ser mentira lo que aquella pobre dijo, no hubo más. Aunque como éramos extranjeras y tan recién fundado el monasterio y en tiempo en que se habían levantado los alumbrados de Llerena, siguieron hartos trabajos” (ABC, 8-12-2014).

En Extremadura, desde 1570 hasta 1579, Hernando Álvarez y Cristóbal Chamizo, clérigos de Llerena (Badajoz), son acusados de extender unas prácticas y opiniones que consideran propias de los alumbrados: “Al menosprecio de los preceptos divinos y a la profanación de los lugares más sagrados unían una disolución carnal inconcebible, y las penas que en el confesionario propinaban eran ayuntamiento sexual con ellos mismos”.

En su Historia de los heterodoxos españoles Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912),  llamado “martillo de herejes”, recoge lo que el dominico Alonso Fernández, cronista de Plasencia, informa sobre los alumbrados: “Se levantó una gente en Extremadura, en la ciudad de Llerena y pueblos comarcanos, que engañada de las leyes bestiales de la carne y nueva luz que fingían, persuadieron a los simples ignorantes ser el verdadero espíritu el errado con que querían alumbrar las almas de sus secuaces. Por eso se llamaron alumbrados”, “la doctrina que afectaban profesar se reducía a recomendar a sus secuaces una larga oración y meditación sobre las llagas de Cristo crucificado: de la cual oración, hecha del modo que ellos aconsejaban, venían a resultar ‘movimientos del sentido, gruesos y sensibles’, ardor en la cara, sudor y desmayos, dolor de corazón, sequedades y disgustos, y por fin y sobre todo, movimientos libidinosos, que aquellos infames llamaban ‘derretirse en amor de Dios’. Yo creo que en todo no ha más que lujuria pura…por más que en el estado de alumbramiento haya ciertas ‘visiones y revelaciones prodigiosísimas’…Una vez alcanzado el éxtasis, el alumbrado tornábase impecable, y le era lícita toda acción cometida en tal estado” (pp 232-233).

En 1585, el prior de los dominicos de Lucena informa al inquisidor de Córdoba que los alumbrados pretenden comulgar sin confesar porque creen que gente justificada y confirmada en el bien no puede ya pecar. En el ambiente de la Contrarreforma la demonización del adversario estaba a la orden del día. En un sermón “moralizante” de los siglos XVII o XVIII encontramos este ejemplo:

“Vivía en cierta ciudad de Castilla un clérigo llamado José Cazalla (sic), este había sembrado entre la junta ignorante una falsa y diabólica doctrina, y los convocaba al anochecer a su casa, teniendo un portero a la puerta para que abriese a quien llamaba y dando el nombre de Cazuela entraban en ella así hombres como mujeres, y estando todos juntos los hacía la plática, y por remate apagando las luces decía: ‘Aleluya, cada uno con la suya’. Y cada hombre asía de la mujer que el lance le destinaba o la malicia le había puesto junto a sí”.

Se trataba del doctor Cazalla, cuya historia evocamos a continuación:

3. El doctor Cazalla

Agustín de Cazalla nació en 1510. Era hijo de Pedro de Cazalla, contador real, y de Leonor de Vivero, ambos de familias judeoconversas. Era sobrino de María de Cazalla y de Juan, el obispo. En 1531 ya era Bachiller. Estudio en la Universidad de Valladolid con Bartolomé de Carranza, que también sería procesado por la Inquisición, y en la Universidad de Alcalá de Henares, donde su tío Juan, antiguo capellán del cardenal Cisneros, tenía fama de humanista y erasmista. Como capellán del emperador Carlos I le acompañó por toda Europa. En 1552 residió en Salamanca, donde fue canónigo de la catedral. En 1556 regresó a Valladolid, donde formó un “conventículo”, cuyas opiniones teológicas fueron consideradas heréticas. El grupo, a pesar de la discreción con que actuaba y de su limitación a círculos restringidos de la élite social, fue descubierto y procesado por la Inquisición. Entre otros, estaba el corregidor de Toro, Carlos de Seso, que había contactado en Italia con el humanista y erasmista español Juan de Valdés (1509-1541).

* Erasmo describe la vida de reyes, papas, cardenales y obispos: “Duermen hasta el mediodía; oyen la misa casi desde la cama, que un curilla a sueldo les dice deprisa y corriendo. Vienen luego el desayuno, que apenas terminado reclama la comida. Siguen a continuación los dados, el ajedrez, juegos de azar, parásitos, bufones, cómicos, cortesanos, chistes y pasatiempos. Todo ello entre sorbete y sorbete. Por fin la cena, y tras ella, rondas de bebidas, no pocas”.

”Esta vida de príncipe hace ya mucho tiempo que la vienen celosamente imitando pontífices, cardenales y obispos y, a fe mía, que casi la superan. Cada uno de ellos tendría que preguntarse por el significado de su vestimenta de lino, más blanca que la nieve, símbolo de una vida irreprochable. Qué exige la mitra bicorne, cuyas puntas unidas por un mismo lazo, simbolizan el perfecto conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento. Qué significan los guantes que cubren las manos, sino una administración de los sacramentos pura y exenta de todo el contagio de los negocios humanos. Qué enseña el báculo, sino el cuidado vigilante de la grey. Qué el pectoral, sino la victoria sobre los afectos humanos”.

 “Si los Sumos Pontífices, vicarios de Cristo, se propusieran alguna vez imitar su vida, pobreza, fatigas, doctrina, cruz y desprecio del mundo; si pensaran en lo que significa Papa, es decir, Padre, o en el título de santísimo, ¿habría alguien que quisiera tal cargo por todos los medios posibles, y una vez conseguido, lo defendería con la espada, el veneno y toda clase de violencia? A cuántas comodidades tendrían que renunciar si por una vez mostraran una chispa de sensatez. ¿Sensatez, he dicho? Sí, sería suficiente aquella pizca de sal de que habla Cristo (Mt 5,13), para liberarlos de tantas riquezas, honores, territorios, victorias, cargos, prebendas, tributos, indulgencias, caballos, mulos, satélites”.

 “La sensatez, en cambio, aportaría vigilias, ayunos, lágrimas, oraciones, predicaciones, estudios, suspiros y otras mil cosas parecidas. Pero no olvidemos lo que esto traería consigo: se moriría de hambre una turba de escribanos, copistas, notarios, abogados, promotores, secretarios, muleros, caballerizos, banqueros y rufianes…toda un caterva onerosa para la iglesia de Roma, me he colado, quería decir Honrosa”.

Estos santísimos padres tienen unas armas que espléndidamente prodigan: “entredichos, suspensiones, excomuniones y anatemas, sambenitos, y, sobre todo, ese rayo fulminador, en cuya virtud lanzan las almas de los mortales al más profundo tártaro”, “contra nadie fulminan con tanta ira sus rayos vengadores como contra aquellos que movidos por el diablo intentan disminuir o erosionar el patrimonio de san Pedro. Por este nombre entienden ellos: tierras, ciudades, señoríos, soberanías, aunque sus palabras en el Evangelio digan: Lo dejamos todo y te hemos seguido (Mt 19, 27). Quemados por el celo de Cristo, luchan a sangre y fuego, por defender estos bienes, creyendo defender de forma apostólica a la Iglesia, esposa de Cristo, por medio del exterminio de los que llaman sus enemigos”.

“No ha mucho que yo mismo asistí a un debate teológico, cosa que hago con frecuencia, en el que uno preguntó con qué autoridad de la Escritura se ordena quemar a los herejes, en lugar de convencerlos por la razón. Cierto anciano ceñudo, cuya arrogancia me hizo ver que era teólogo, respondió, no sin cierta irritación, que había sido el apóstol san Pablo cuando dijo: Al que introduzca división, llámalo al orden hasta dos veces, luego no tengas que ver con él (Tt 3,10). Repetía una y otra vez con voz de trueno estas palabras, hasta el punto que muchos se preguntaron qué le pasaba al hombre. Terminó explicando que hay que apartar de la vida al hereje. Algunos rieron, pero no faltaron quienes vieron en su explicación una sólida prueba teológica”  (Erasmo, 142-150 y 165).

* En su obra El hereje (1998) el escritor castellano Miguel Delibes reconstruye el ambiente del grupo luterano de Valladolid y describe así una de sus reuniones en la capilla de la casa de  Doña Leonor. El Doctor Cazalla y su madre “estaban sentados en las sillas, sobre la tarima, tras de la mesa, cubierta con un tapete morado, encarados a los ochos grandes escañiles alineados abajo”, “todos miraban expectantes al Doctor y a su madre, en lo alto del estrado, y, una vez que cesaron los cuchicheos, doña Leonor carraspeó y advirtió que se abría el acto con la lectura de un hermoso salmo que los hermanos de Wittenberg cantaban a diario pero que ellos, por el momento deberían conformarse con rezarlo:

"Bendecid al Señor en todo momento, / su alabanza estará siempre en mi boca./ Mi alma se gloría en la alabanza del Señor, / que lo oigan los miserables y se alegren". Y también: "Alabad conmigo al Señor. / Ensalcemos todos juntos su nombre; /porque busqué al Señor y me ha respondido,/ me ha librado de todos los temores".

La reunión versaba "sobre las reliquias y otras supersticiones". El Doctor "terminó hablando del problema de las indulgencias", "con el dinero de por medio" y "la falacia a que daban lugar", “era una reunión de hermanos", "como la de los primitivos cristianos en las catacumbas", "tenía conciencia de que se hallaba al comienzo de algo". La eucaristía era "el momento culminante de la reunión", “fervorosamente, sin revestirse, utilizando una gran copa de cristal y una bandeja de plata, con la audiencia arrodillada, don Agustín Cazalla consagró el pan y el vino y los distribuyó luego entre los asistentes que desfilaron ante él. Uno a uno regresaban a sus bancos con recogimiento”, “tras la acción de gracias, el Doctor, puesto en pie, les tomó juramento sobre la Biblia de que nunca revelarían a nadie el secreto de los conventículos y no delatarían a un hermano ni en tiempos de persecución” (Delibes, 273-282).

Más de sesenta miembros del grupo terminaron ante el tribunal de la Inquisición. El terror y la delación hicieron estragos. El doctor Cazalla y otros veinte reos fueron ejecutados en garrote o quemados en la hoguera. ¿Un auto de fe? Una ceremonia "escalofriante y atroz", "un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo", "cuarenta días de indulgencia" para los asistentes. A medida que los reos iban llegando al Campo "crecían la expectación y el alborozo", "el humo de freír churros y buñuelos se difundía por el quemadero" (Delibes, 393-416).

El doctor Cazalla fue procesado por el inquisidor general Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla. Tras obtener la confesión, el reo fue condenado a morir en la hoguera en un solemne auto de fe el 20 de mayo de 1559. Al abjurar de sus errores, le fue concedida la gracia de ser estrangulado, muerto a garrote vil, antes de ser quemado. Sus hermanos Francisco, Beatriz y Pedro también fueron procesados y condenados a la hoguera. Otros dos hermanos, Constanza y Juan,  fueron condenados a sambenito y cárcel perpetua. El sambenito era un capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados por el tribunal de la Inquisición. En total eran diez hermanos. El cadáver de su madre fue desenterrado y arrojado a la hoguera. Su casa fue derruida y en su solar se colocó un padrón de ignominia “porque los herejes luteranos se juntaban en ella y hacían conventículos contra nuestra santa fe católica”.

Como causa que le llevó a incurrir en herejía, Cazalla había propuesto ésta: “Ambición y malicia le había hecho desvanecer, que su intención había sido turbar el mundo y alterar el sosiego de estos reinos con tales novedades, creyendo que sería sublimado y adorado por todos como otro Lutero”.

El doctor murió tras decir al verdugo: “Ea, hermano”, gritando “Credo, Credo” y besando la cruz. Algunos consideran dudosa la sinceridad de Cazalla en su retractación, aunque la expresó de forma vehemente e intentó que hicieran lo mismo sus compañeros de suplicio, la mayor parte de los cuales también se retractaron. Quien no se retractó fue el bachiller Herrezuelo, abogado de Toro, que le dijo: “Doctor, para ahora quisiera yo el ánimo, que no para otro tiempo”, “nunca juzgué yo menos de este judigüelo” (diminutivo de judío, despectivo). Viéndole hablar de este modo, un alabardero le hizo callar hiriéndole con su arma. El bachiller fue quemado vivo.

¡Tremendo espectáculo! A medida que los reos iban llegando al Campo "crecían la expectación y el alborozo", "el humo de freír churros y buñuelos se difundía por el quemadero". Este cuadro inquietante evoca lo que el historiador Manuel Tuñón de Lara recoge en su tomo sobre la Guerra Civil: "En Valladolid las escuadras especiales ejecutaron diariamente durante los primeros meses de la guerra un promedio de cuarenta personas". En el campo de San Isidro, “situado en lo que entonces eran afueras de la ciudad, fue tal la afluencia de público que llegó a instalarse una churrería ambulante para que desayunaran los asistentes a tan macabro espectáculo. El horror llegó a tanto que El Norte de Castilla publicó una nota pidiendo caridad para los que morían y que cesaran tales comportamientos" (Tuñón de Lara, La Guerra Civil, Laia, Barcelona, 1981, 260-261).

No sabemos qué acontecimientos pudieron llevar al poeta José Zorrilla (1817-1893) a reconocer en una tempestad la presencia velada del Señor. Lo que cuenta es esto: el hijo del hombre, sacrificado por poderes bestiales, viene a juzgar la historia, como aparece en los sueños de Daniel (Dn 7). En impresionante reto, le dijo Jesús a Caifás: “Veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14,62). En letra adaptada, lo cantamos nosotros: “Contemplo tu figura que pasa sin colores / detrás de esos nublados que bogan en tropel; / contemplo en esas nubes de súbitos fulgores, / de truenos y aguacero, los sueños de Daniel”.

4. El arzobispo Carranza

En la investigación del foco luterano de Valladolid, aparece frecuentemente nombrado el arzobispo Carranza (1503-1576). Bartolomé Carranza nace en Miranda de Arga (Navarra) en 1503. En 1515 su padre le lleva a Alcalá, al amparo de su tío Sancho, catedrático de la Universidad. Durante tres años estudia latinidad en el colegio de San Eugenio. En 1518 pasa al colegio de Santa Catalina, donde estudia artes. En 1520, a los diecisiete años, se hace dominico. Concluye sus estudios en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, donde destaca como brillante profesor y orador.

El historiador, teólogo y sacerdote José Ignacio Tellechea (1928-2008) en la introducción al Catecismo de Carranza da esta semblanza del autor: “Podía estar abierto al erasmismo, pero dos faros relucientes y complementarios guiaban primordialmente sus fatigas intelectuales: la Sagrada Escritura y Santo Tomás”, “su afición le empujaba también hacia los Padres de la Iglesia, en los que encontraba reverberos de aquella Ecclesia primaeva, hontanar de inspiración para sus futuros afanes reformadores”, “Cristo y lo cristiano son el eje de su predicación. No hay hojarasca literaria, digresiones ni impertinencias en sus sermones, que guardan un estrecho parentesco con los de Juan de Ávila”, “la Biblia es su fuente de inspiración, acompañada de selectos pensamientos de Padres. Predica incansablemente la fe, la confianza, la conversión: un cristianismo de corte marcadamente paulino que exigía interioridad, autenticidad, obras, reforma” (Tellechea, Bartolomé Carranza, Catechismo christiano, BAC, Madrid, 1972, 11-13).

Por dos veces Carranza fue provincial de Castilla. Por orden de Carlos I participó en el concilio de Trento. Por encargo del cardenal Pacheco predicó en la iglesia de San Lorenzo sobre el tema controvertido de la justificación ante todos los españoles presentes en Trento y de muchos italianos y franceses. Ese mismo año (1546) dio a la imprenta en Venecia sus cuatro Controversias sobre la autoridad de la Sagrada escritura, de la tradición, del concilio y del Papa, y su Controversia sobre la necesaria residencia de los obispos.

En 1548 es elegido prior de Palencia, donde reside dos años. Por orden de Carlos I vuelve de nuevo a Trento en mayo de 1551. Su intervención de tres horas sobre el sacrificio de la Misa cierra el debate de los teólogos. En 1553 vuelve a España, reside de nuevo en el Colegio de San Gregorio y comienza a predicar en la capilla de la corte, donde el joven príncipe Felipe pudo observar el sincero celo del predicador.

En la primavera de 1554 don Felipe marcha a Inglaterra para casarse con María Tudor, la nueva reina de Inglaterra. Don Felipe “lo llevó consigo”. En Inglaterra “le tocó seguir de cerca la ardua empresa del retorno del reino a la fe católica”, “al triángulo que componían la pareja real: María Tudor y don Felipe, como príncipe consorte, y el cardenal Reginaldo Pole, hay que unir el nombre de Carranza, amigo personal del cardenal y merecedor de la confianza de los reyes”, “a pesar de la buena voluntad mostrada por María al principio de su reinado, la paz religiosa se fue deteriorando sensiblemente y dando lugar a contrastes violentos”.En 1555 se restablecieron las leyes medievales contra la herejía y el arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, fue quemado en la hoguera en 1556. En total, unas 273 personas fueron ejecutadas por la reina, que será llamada María la Sanguinaria.

Entre 1555 y 1556.tuvo lugar la celebración de un sínodo nacional Ante la lamentable situación del clero inglés, tanto en lo referente a la formación como a costumbres, “Carranza recibió del sínodo el encargo de redactar una amplia exposición de la doctrina cristiana que pusiese en manos de los sacerdotes el meollo del dogma y la moral católicas. Tal es el origen histórico de su Catecismo”.

Tras la renuncia de Carlos I, el príncipe Felipe está llamado a sucederle: “Flandes era el paso obligado hacia España”, “el príncipe había ordenado expresamente a Carranza que se quedase en la isla para atender a los problemas religiosos. Retornó don Felipe a Inglaterra en marzo de 1557 con la esperanza fallida de esperar un hijo, cuando partió de nuevo para Flandes, aquel mismo verano, quiso llevarse consigo a fray Bartolomé Carranza, quien dejó Inglaterra para pasar a Bruselas” (Tellechea, 17-20 y 96).

Un año escaso residió Carranza en Flandes. El 31 de mayo de 1557 muere el arzobispo de Toledo, Juan Martinez Silíceo, antiguo preceptor de Felipe II, y Carranza es nombrado arzobispo de Toledo en 1558. El 21 de agosto de ese año tuvo un fogoso sermón en la iglesia de San Pablo de Valladolid, “en que animó a todos a una vida cristiana más plena de fe viva, de interioridad, de frecuencia de sacramentos. No evitó una alusión al momento que vivía la ciudad castellana, cuyas cárceles estaban repletas de presos”, “Carranza excitó al pueblo a ser más cristiano y a confiar en el celo del rey y de la Inquisición en el castigo de los herejes. Habló de perdón y de reconciliación”.

El largo sermón agradó a muchos, pero disgustó a otros. Dos franciscanos lo denunciaban ante la Inquisición pocas horas después, escandalizados por el uso del término “misericordia”. El inquisidor general Fernando Valdés, arzobispo de Sevilla, intentó persuadir a la princesa doña Juana, gobernadora de España en ausencia de su hermano don Felipe, para que prohibiera a Carranza toda predicación, pero “ésta, devota asistente a la prédica de Carranza, no lo creyó oportuno”.

Carranza se entretuvo demasiado en Valladolid. Cuando salió, “su nombre andaba ya por la calle mezclado en negros augurios, cuyo manantial era claro: los ámbitos inquisitoriales”, “la sombra de un hermano de hábito con quien  nunca se entendió perfectamente, fray Melchor Cano, no sería ajena al cerco, cuya impalpable tenaza se cernía en torno al arzobispo”, “no era fortuito que, cuando Carranza salía de Valladolid, Cano viniera, llamado por la Inquisición, a la capital castellana”.

Por lo que respecta a Carranza, la detención del grupo de Valladolid le produjo el mayor desconcierto: “Algunos de los presos eran personalidades conocidas en los medios cortesanos de Valladolid. El Dr. Cazalla, antiguo predicador de Carlos V, le había escrito poco antes con una sentida felicitación por su elección al episcopado. No había olvidado al italiano don Carlos de Seso; hacía cuatro años lo había conducido a su convento de San Gregorio Pedro de Cazalla, preocupado por ciertas libertades teológicas del inquieto caballero veronés. Sólo en aquella ocasión le había visto; y el cándido fray Bartolomé creyó que dejaba remediada un alma, excusándose de denunciarlo. Más de cerca le afectaba el caso de fray Domingo de Rojas, dominico, hijo del marqués de Pozo, antiguo alumno muy querido, a cuyos desvelos encomendó el alma de la marquesa de Alcañices, su dirigida espiritual, cuando ´salió para Inglaterra”.

Carranza entra en Toledo el 13 de octubre de 1558. En su sermón aparece el sencillo programa del arzobispo. Alude al momento de la Iglesia, combatida desde el exterior por la escisión entre cristianos, y desde el interior por la atonía de sus hijos: “Hace ahora treinta años, en 1522, hubo una secta que llamaron alumbrados o dejados. Infamaron el nombre más santo, alumbrados, catechumeni, illuminandi, illuminati. Uno acusó a otro de alumbrado porque le vio  delante de un crucifijo. Así ahora no quede infamada la oración mental, que es más excelente que la vocal; la una es buena, la otra mejor…La pasión de Cristo, sus méritos, su sangre; no tenemos otro tesoro como éste”, “decís que leer libros sanos es lo mejor; el hablar de Dios y conversar con buenos, el orar y frecuentar los templos, frecuentar las confesiones y comuniones y las demostraciones de bueno y virtuoso abajando los ojos. Dicen que es alumbrado, ahora dirán que es luterano”.

El jesuita P. Bustamante escribe al general P. Laínez sobre el impacto producido en Toledo por el arzobispo: “Cierto parece que nuestro Señor, con este santo prelado y el de Granada, nos ha resucitado los buenos pastores de la primitiva Iglesia”.

Pues bien, en el otoño de 1558, Melchor Cano, Domingo de Soto y otros recibieron mandato del inquisidor general para examinar el Catecismo de Carranza. Melchor Cano entregó casi doscientas proposiciones censuradas: “veía la sombra de luteranos y alumbrados en decenas y decenas de frases del Catecismo”. En general, “alerta contra errores que cree sumamente graves y no vacila en aplicarles los calificativos más fuertes, reductibles a dos fundamentales: luteranismo y alumbradismo”. Si Carranza afirmaba que los obispos deben conocer, si quieren salvarse, la Sagrada Escritura y las verdades de la fe, Cano replica que a nada conduce airear esto en romance sino a “tener en poco a casi todos los prelados de España”.

Domingo de Soto se resistió, pero hubo de aceptar la voluntad del inquisidor: “No quería aliarse con Cano, por no pasar, como él, por enemigo de los espirituales”. Los enconos llegaron hasta límites increíbles. Un dominico llegó a decir que matar a Cano era “tan del servicio de Dios como decir Misa”.

Fray Juan de la Peña, profesor de San Gregorio y discípulo predilecto de Carranza, rechaza el sistema que se le aplica de calificar proposiciones aisladas: “Para entender el sentido en que se tomó, véase si el que la sacó la sacó fielmente: que este desasir las proposiciones de su contexto hace que parezcan falsas sin serlo”. Lo mismo podrían hacer con la Sagrada Escritura: “dar a cualificar proposiciones sagradas, que más de cuatro teólogos, en especial de los que se espantan de la fe, las cualificasen por luteranas”.

Carranza no pudo ir a Trento como arzobispo en la última fase conciliar: “En Trento lo recordaban. Una comisión de obispos aprobó su Catecismo, con gran división de los obispos y teólogos afectos a la Inquisición, de los escolásticos y del mismo rey. Para entonces contaba más el prestigio de la Inquisición que la razón de una persona, por distinguida que fuese”. .

La finalidad del Catecismo exigía la mención de las doctrinas protestantes: “Sólo Lutero es citado nominalmente y repetidas veces; los epítetos que le aplica y la doctrina que le opone no dejan lugar a dudas sobre el antiluteranismo del autor”. También se alude varias veces a los anabaptistas (Tellechea, 27-42, 66, 75-76 y 88).  

Carranza dedica el Catecismo al príncipe don Felipe. Habla de “la dignidad y oficio real”, “por ser ministros de Dios y representar su persona en la tierra”, “nunca las herejías llegaron a lo que ahora”, “gran obligación tiene vuestra Majestad a sustentar aquella tranquilidad de que tantos años ha gozamos en España por beneficio de vuestros antepasados”, “algunas iglesias de España me pidieron que yo declarase por escrito toda esta disciplina que basta para instruir un cristiano”, “lo mismo pienso publicar presto en latín con ayuda de nuestro Señor, por aprovechar a todas naciones con lo que Dios me ha dado a entender; y particularmente a Inglaterra, donde sé por experiencia que es necesario, y vuestra Majestad tiene obligación como en los otros estados de su patrimonio”.

Al lector le dice sencillamente lo que pretende: “Mi intento principal es proveer a los curas y a otras personas a quien toca la instrucción pública del pueblo en las cosas de la religión, para que ellos lo declaren y platiquen más largamente”. Veamos algunos aspectos del Catecismo:

* Sobre la ignorancia religiosa: “Sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados de su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron en el bautismo, sino, como nacieron en casa de sus padres, así se hallaron nacidos en la Iglesia, a los cuales nunca les pasó por pensamiento saber los artículos de la fe, qué quiere decir el Decálogo, qué cosas son los sacramentos. Hombres cristianos de título y de ceremonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y ánimo; porque, quitado el título y algunas ceremonias de cristianos, de la sustancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las Indias”. Esta ignorancia se imputa a los particulares, “pero principalmente se imputa a los sacerdotes, y entre éstos, especialmente a los prelados, como son los obispos y curas, los cuales son obligados en enseñar al pueblo en todas las cosas de su religión”  (Cat I, 74-87).

* Sobre el Catecismo: “Catecismo es una doctrina que contiene los primeros elementos o principios de la religión cristiana”. Comenzó en el tiempo de los Apóstoles: “En la Iglesia primitiva acostumbraban los Padres de ella que, los que venían a tomar el bautismo con edad y uso de razón, que llamamos adultos, antes que se bautizasen fuesen enseñados en las cosas generales y sustanciales de la religión, y no les permitían tomar el bautismo hasta que estuvieses bien instruidos en ellas; y por el tiempo que estaban en esta instrucción antes del bautismo, se llamaban catecúmenos… y los maestros que tenían oficio de enseñarlos, en aquel tiempo se llamaban catequistas, que quiere decir los que instruyen o enseñan alguna disciplina” (Cat I, 156-170).

* Sobre la fe: “En la fe principalmente has de considerar dos estados: el primero es cuando está sola sin las otras virtudes cristianas, esperanza y caridad. En este estado la tienen también los malos que están en pecado mortal”, “en este estado llaman los teólogos fe informe, porque falta el Espíritu Santo, que forma y anima todas las cosas de la vida espiritual…y con la misma y mayor propiedad la llama el apóstol Santiago fe muerta”, “el segundo estado es cuando está la fe acompañada de las otras virtudes cristianas: en este estado dícese la fe ya formada, y fe viva y animada por el espíritu de Dios”, “de esta fe dice S. Pablo: En la religión de Cristo, ni las obras hechas por la ley ni las obras hechas por gentiles valen ante Dios para nuestra salvación, sino la fe que obra por la caridad”, “de la fe en este estado hablan ordinariamente los evangelistas y los Apóstoles en la Escrituras Santas. De esta fe se ha de entender lo que S. Pablo algunas veces dice: que el justo vive por la fe, y que todos somos justificados y salvos por ella” (Cat I, 683-691, 699-701 y 728-835).

* Sobre el Símbolo de la fe: “El Símbolo Apostólico tiene tres partes: la primera trata del Padre, que es la primera persona de la Trinidad, y de la obra de la creación de todas las cosas. La segunda trata del Hijo y de los misterios de la redención del linaje humano, que se hizo por él. La tercera parte, de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el Espíritu Santo, y de la santificación de la Iglesia, que se atribuye a él” (Cat I, 1018-1023).  Jesucristo es “hijo natural de Dios y verdadero Dios como su Padre” (Cat I, 2483). Como enseña Santo Tomás, “Cristo se resucitó a sí mismo”, “él por su virtud, se levantó de entre los muertos” (Cat I, 5502-5505).

* Sobre la Iglesia: “Conviene estar avisados todos los fieles que la Escritura Santa hace mención de dos iglesias, y por la experiencia del tiempo hemos conocido ser así. La una es de Cristo, y ésta siempre fue y será una, que es la verdadera Iglesia. La segunda es la de Satanás, cuyos miembros son los herejes y cismáticos. Esta no es una, porque no hay en ella un espíritu ni una cabeza: son muchos espíritus, y contrarios unos de otros: los arrianos tuvieron un espíritu, y los donatistas otro. Ahora los luteranos tienen un espíritu y los anabaptistas otro contrario: solamente son concordes todos en perseguir a la verdadera Iglesia de Cristo” (Cat I, 9895-9907).

* Sobre los obispos: “Cada uno es obligado a creer y saber expresa y distintamente más o menos, conforme al estado y oficio que tiene en la Iglesia. Los prelados, especialmente los obispos, que tienen el primer oficio en la Iglesia, suceden en el oficio de los Apóstoles, son obligados a tener ciencia de ambos testamentos, Viejo y Nuevo, en los cuales se contienen todas las Escrituras Santas, como lo profesan en su consagración” (Cat I, 861-866). Judas tiene sucesores en la Iglesia: “¡Oh, cuántos hay en la Iglesia que hacen el oficio de Judas, que, dando paz a Cristo, le venden! Alumbrados con la fe, y conociéndole le profanan en sus sacramentos. Señaladamente suceden en este pecado los prelados y los sacerdotes malos, simoníacos, lujuriosos y ambiciosos, de cuyos pecados por ventura no es menos ofendido Cristo que de los pecados de Judas (Cat I, 5045-5050).  .

* Sobre la resurrección: “El que resucitará el día del juicio será el mismo cuerpo en sustancia que ahora traemos; pero será tan mejorado y tan mudado en calidad, que parecerá otro del que ahora tenemos. Resucitará también todo el hombre, pues todo él muere, porque el alma sola no es hombre, y tornará a cobrar la vida que perdió”. Cualidad de los cuerpos gloriosos “es espiritualidad y sutilidad”, “despojados han de estas flaquezas y de estas servidumbres, y quedarán tan espiritualizados, que dice S. Pablo que el cuerpo del hombre que se siembra en la sepultura animal, se levantará cuerpo espiritual” (Cat I, 10197-10201 y 10600-10607).

* Los diez mandamientos: “I. No tendrás dioses ajenos en mi presencia. II. No tomarás jurando el nombre del Señor tu Dios en vano y sin causa. III. Acuérdate de santificar el día de la fiesta. IV. Honrarás a tu padre y a tu madre, porque tengas larga vida sobre la haz de la tierra. V. No matarás. VI. No cometerás adulterio. VII. No hurtarás. VIII. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. IX. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su esclavo ni su esclava, ni su buey ni su asno, ni otras cosas suyas. X. No desearás la mujer de tu prójimo” (Cat II, 435-446).  

* Sobre los santos: “La Iglesia católica y los que vivimos en ella celebramos la memoria de los santos hombres y santos ángeles y hacemos fiesta de ellos”, “para celebrar las grandes obras que Dios hizo por ellos”, “para celebrar la fe de los santos, por la cual vencieron los reinos del mundo y del infierno”, “celebramos su memoria por la imitación de su vida y de sus costumbres”, ”hacemos oración a los santos, demandando su ayuda para delante de Dios, que intercedan por nosotros para nuestra salud” (Cat II, 1045-1079).

* Sobre las imágenes: “No harás para ti estatua de bulto. Esta es la tercera parte del primer precepto…No tendrás dioses ajenos. Y porque esto lo hacían los egipcios (con quien se habían criado los hijos de Israel) levantando imágenes y estatuas de piedra, o de madera, o de plata, o de oro, a las cuales adoraban como a dioses, por esto les dice: No harás estatua ni semejanza alguna de cosa del cielo ni de cosa de la tierra, para adorarla y servirla como a Dios y tenerla por ídolo”, “los herejes de este tiempo, discípulos de Martín Lutero, apretando las palabras de este precepto, dicen que está prohibido todo el uso de las imágenes” (Cat II, 1302-1305 y 1359-1361).  .

* Sobre la virginidad: “En el tiempo pasado hubo herejes que igualaron estos estados, y enseñaron que se servía Dios tanto en el estado de los casados como en el de los vírgenes, y que merecían tanto unos como otros en el uso de su estado. Contra esto escribe San Jerónimo largo en los libros que hizo contra Joviniano, que fue en su tiempo un autor de este error. En estos tiempos, después que Martín Lutero se apartó en Alemania de la Iglesia católica, muchos que le suceden en sus errores enseñan lo mismo, y no solamente igualan estos estados, sino prefieren el estado de los casados al de los continentes, porque todo su intento de estos es favorecer en todo la libertad de la carne” (Cat II, 6339-6347).

* Sobre los sacramentos: “Estos siete sacramentos son: Bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio. Estos siete misterios o sacramentos ordenó Jesucristo N.S. antes que se subiese a los cielos, para que por ellos, a los moradores de la tierra, se comunicase la gracias y los otros bienes que él nos mereció muriendo por nosotros” (Cat III, 51-55).

* Sobre la oración. Hay dos especies de oración, que son: “oración mental y vocal”, “la primera es la más principal y la más necesaria. La segunda, que es la vocal tiene muchos provechos. Oración mental es la que se hace con solo el corazón y con la mente, que es la parte superior de nuestra alma. Esta es el origen donde nace nuestra oración y aquí se ha de acabar, porque de aquí toma sus fuerzas y su valor, y de aquí toma la oración vocal todo el bien que tiene. Oración vocal es la que se hace con la lengua y con los otros instrumentos corporales de la voz, movidos del afecto del corazón” (Cat IV, 320-327).

Felipe II estaba supeditado a los informes y peticiones de la Inquisición: “el hombre de su elección resultaba cepa de inacabables herejías”. La batalla se dio también en Roma. “El inquisidor general con la autorización escrita de Paulo IV y Felipe II, se dispuso a asestar el golpe definitivo. Hizo llamar a Carranza a Valladolid por carta de la princesa doña Juana”. Carranza se demoró en las cercanías de Alcalá y fue a Torrelaguna a administrar la confirmación. En realidad, esperaba que, llegando el rey y contándole su verdad, le demostraría que era el de siempre.

El arzobispo fue detenido en Torrelaguna en la noche del 22 de agosto de 1559, mientras dormía. La primera respuesta verbal a las acusaciones revela una tremenda carga emotiva: “aquello es maldad, como Judas fue malo”, “es testimonio falso, como lo levantaron a Cristo”, “no es verdad, es falso”, “es disparate”, “nunca tal pasó”, “es desatino”, “toda su vida hizo lo contrario”.

El papa Pío V reclamó la causa con firmeza no acostumbrada y Carranza llegó a Roma, donde estuvo encarcelado en el castillo de Sant’Angelo. En el pontificado de Gregorio XIII Carranza fue declarado “vehementemente sospechoso de herejía” y su Catecismo quedó prohibido. Se le hizo abjurar de 16 proposiciones de Lutero y de otros sobre las que se fundaba la sospecha. Sin embargo, “no se le condenaba como reo, convicto y confeso, de herejía alguna; ni siquiera se le desposeyó de su arzobispado”, “se le suspendía por cinco años en el gobierno de la diócesis, que los pasaría en el monasterio dominico de Orvieto”.

Carranza salió de su prisión en el castillo de Sant’Angelo y, al día siguiente, domingo de Ramos, celebró la Misa que no había vuelto a celebrar desde su detención.  Habían pasado casi 17 años. El jueves santo dio de comer a todo el convento de Santa María sobre Minerva, donde se alojaba. El día de Pascua celebró en la capilla de Santo Tomás de Aquino, dando la comunión a los fieles criados que le habían acompañado en la prisión.

Una retención de orina le postró en cama: era mal de muerte. El 30 de abril se le comunicó al papa la extrema gravedad del enfermo y éste le envió la bendición y la absolución. Al día siguiente padeció fuertes dolores, aunque con sosiego y con entero juicio. Pidió que le leyesen la pasión según San Juan, los salmos penitenciales y el Símbolo atanasiano. Era un mentís abierto a tanta acusación. Muere el 2 de mayo de 1576, a las tres de la mañana, fiesta de San Atanasio y del dominico San Antonino. 

Su epitafio fue dictado por el mismo Gregorio XIII: “Bartolomé Carranza, navarro, dominico, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, varón famoso en la doctrina, en la predicación y en las limosnas, que desempeñó egregiamente grandes funciones encomendadas por Carlos V y por el rey católico Felipe II, modesto en la prosperidad y ecuánime en la adversidad, murió el 2 de mayo del año 1576, fiesta de Atanasio y Antonino, a la edad de 73 años”. Lo enterraron en el coro de los religiosos, cerca del altar mayor de la iglesia romana de Santa María sobre Minerva (Tellechea, 41-47).

5. Casiodoro de Reina

Casiodoro de Reina nació en Montemolín (Badajoz) en 1520. En su juventud ingresa en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo de Santiponce (Sevilla), estudiando allí la Biblia y contactando con las ideas luteranas. “Por A.G. Kinder (1975, 18 y ss), autor de la mejor documentada biografía de Reina, algo también sabemos sobre sus estudios en la Universidad hispalense, su vocación religiosa y su incorporación como monje profeso al monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en las inmediaciones de Sevilla. Mejor conocidas son las circunstancias que determinaron la penetración y arraigo de doctrinas protestantes en el expresado cenobio hasta convertirlo en foco de irradiación luterana en la ciudad y en comarca, episodio cerrado en 1557 con la fuga de doce de los monjes (entre ellos Reina y la plana mayor del monasterio, el prior incluido)” (RAH).

En efecto, en otoño de 1557, tras la distribución clandestina del Nuevo Testamento traducido por Juan Pérez de Pineda y el descubrimiento de un grupo protestante en Sevilla por parte de la Inquisición, Reina y otros, como Cipriano Valera, huyeron a Ginebra, “principal centro calvinista de Europa”. Lo que Reina vio allí no le gustó. En 1553 Calvino había ejecutado a Miguel Servet. Para él esto era una ofensa al testimonio de Jesús. Él era firmemente trinitario, pero no podía aceptar que se condenase a alguien por sus creencias. Frente a la opinión dominante, los anabaptistas pacíficos debían ser considerados “como hermanos”. Chocó con Calvino. La rigidez imperante le hizo decir que “Ginebra se había convertido en una nueva Roma”. En 1558 decidió marchar a Frankfurt.

Un año más tarde, tras la coronación de Isabel I de Inglaterra, Casiodoro marchó a Londres, siendo elegido pastor de la congregación de habla hispana. En 1562 solicita a la reina que se les conceda el uso de la iglesia de St. Mary Axe. Durante su estancia en Inglaterra comienza la traducción de la Biblia al castellano que se conoce como la Biblia del Oso, porque figura un oso en la portada. La biblia políglota de Cisneros se había traducido sólo al latín a partir de los originales hebreo, arameo y griego. Estaba prohibida la traducción al castellano.

Mientras tanto, el 16 de abril de 1562 la Inquisición celebra en Sevilla un auto de fe en el que se condenó y fue quemado en efigie Reina. Sus libros fueron incluidos en el Índice de Libros prohibidos. En Sevilla hubo dos autos de fe, en septiembre de 1559 y en diciembre de 1560, y dos más en abril y octubre de 1562, con un total de 218 condenados, de los cuales 50 fueron quemados.

* La escena pasa en la Sevilla del siglo XVI, en los tiempos más pavorosos de la Inquisición, “donde la víspera, en presencia del rey, de cortesanos, de caballeros, de cardenales, de hermosísimas damas de la corte, ante la numerosa población de toda Sevilla, el cardenal Gran Inquisidor había hecho quemar poco menos de un centenar de herejes ad maiorem gloriam Dei. Aparece Él, sin pregonarlo, imperceptiblemente, pero he aquí que todos –es raro- le reconocen”.

El rostro se le ensombrece al cardenal: “Frunce sus pobladas cejas canosas y su mirada centellea con siniestro fuego. Extiende su índice y manda a su guardia que lo detengan”, “la guardia conduce al Prisionero al viejo caserón del Santo Oficio, y lo encierra en un estrecho calabozo abovedado. Pasa el día, llega la noche de Sevilla, oscura, calurosa, sin aliento. El aire despide aromas de laurel y limonero. Entre las profundas tinieblas, se abre de pronto la puerta de hierro del calabozo y el viejo Gran Inquisidor en persona entra lentamente con un candil en la mano. Va solo. Tras él la puerta se cierra al instante. Se detiene pasado el umbral y le contempla el rostro largo rato, un minuto, quizá dos. Por fin se le acerca con lento paso, deja el candil sobre la mesa y le dice:

-¿Eres tú? ¿Tú?- Pero, como no recibe respuesta, añade rápidamente: No contestes, calla. Además, ¿qué podrías decir? Sé demasiado lo que dirías. No tienes derecho a añadir nada a lo que antes dijiste. ¿Por qué has venido a estorbarnos? Pues tú has venido a estorbarnos y lo sabes. Pero  ¿sabes lo que pasará mañana? No sé quién eres ni quiero saberlo: si eres tú o sólo una semejanza suya; pero mañana te condenaré y te haré quemar en la hoguera como al más vil de los herejes; el mismo pueblo que hoy te ha besado los pies, mañana mismo, a una señal mía, se lanzará a avivar las brasas de tu hoguera, ¿lo sabes?”.

“Lo has pasado todo al Papa; por tanto, ahora se encuentra todo en manos del Papa y es mejor que tú no vengas, no nos estorbes, por lo menos hasta la hora señalada”, “ Te advirtieron (le dice), no te faltaron advertencias e indicaciones, pero no hiciste caso a las advertencias, rechazaste el único camino por el que se podía hacer felices a los hombres; mas, por suerte, al marcharte, pusiste tu obra en nuestras manos”, “en vez de dominar la libertad de las gentes, ¡tú se la hiciste aún mayor!”, “en vez de apoderarte de la libertad humana, la multiplicaste, y gravaste así, con los tormentos que provoca, el reino anímico de los hombres por los siglos de los siglos”, “quizá lo que tú quieres es escucharlo precisamente de mis labios, pues escucha: nosotros no estamos contigo, sino con él, ¡ese es nuestro secreto! Hace mucho tiempo que estamos con él y no contigo, hace ya ocho siglos. Hace exactamente ocho siglos que aceptamos de él lo que tú rechazaste indignado, el último don que te ofreció al mostrarte todos los reinos de la tierra”.

A los hombres “les daremos permiso para que pequen, pues son criaturas débiles e impotentes, y nos amarán como niños porque les permitimos pecar. Les diremos que todo pecado puede ser redimido, si se ha cometido con nuestro consentimiento”, “no tendrán secreto alguno para nosotros. Les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres y amantes, tener o no tener hijos, según sea su obediencia, y ellos se nos someterán con satisfacción y alegría. Nos comunicarán los secretos más atormentadores de sus conciencias, todo, todo lo pondrán en nuestro conocimiento, y todo se lo resolveremos nosotros”

“Has de saber que no te temo. Has de saber que también yo he estado en el desierto, que también yo me he nutrido de langostas y raíces, que también yo he bendecido la libertad, con la que tú bendijiste a las gentes, y que me preparaba para ingresar en el número de los elegidos”, “pero abrí los ojos y no quise ponerme al servicio de la insensatez. Me volví y me adherí al puñado de los que rectificaban la obra tuya”. Dicho de otra forma. Hemos tenido que corregirte.

“Cuando el Inquisidor termina, espera un rato a que el Prisionero le responda. El silencio que el Cautivo guarda le resulta penoso. Mientras él había hablado, el Prisionero se había limitado a escucharle atenta y mansamente, mirándole a los ojos, por lo visto sin desear contestarle nada. El viejo quería que el otro le dijera algo, aunque fuera amargo y terrible. Pero Él, de pronto, sin decir una palabra, se le acerca y le besa dulcemente los exangües labios nonagenarios. Ésta es toda su respuesta. El viejo se estremece. Algo tiembla en los extremos de sus labios: se dirige a la puerta, la abre y dice: Vete y no vuelvas más…no vuelvas nunca…¡Nunca, nunca! Y le deja salir a las oscuras plazas y calles de la ciudad. El Prisionero se va. - ¿Y el viejo?-  El beso le quema el corazón, pero el viejo persiste en su idea”  (Fedor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov, Ed. Bruguera, Barcelona, 1983, 306-323).

Según afirma el investigador británico Arthur Gordon Kinder (1927-1997) en su estudio sobre los reformadores españoles, Reina fue víctima de un ataque difamatorio maquinado por la embajada española para desacreditarlo moral y doctrinalmente: “Las acusaciones incluían sospechas de unitarismo, adulterio y sodomía con miembros de su propia familia. Como al menos la última acusación era motivo de horca, huyó”, “primero se ocultó en Amberes”, “a pesar de la gran dificultad completó la traducción de su versión de toda la biblia mientras vivía ya en Estrasburgo, ya en Basilea” (Kinder, Upsa, 169).

El rey Felipe I ejerció presiones para que Reina fuera extraditado a España. Entonces se trasladó a Amberes (Bélgica). Tras un breve periodo en esta ciudad, vuelve a Frankfurt, donde en 1567 termina la traducción del Antiguo Testamento. En Basilea traduce el Nuevo e imprime la Biblia en 1569. Es la primera traducción de la Biblia al castellano a partir del hebreo y del griego. En 1573 obtiene la ciudadanía en Frankfurt, donde se establece con su mujer e hijos y donde muere  en 1594 (Wikipedia).

En 1602 Cipriano de Valera publica una revisión de la Biblia del Oso en Amsterdam que se conoce como la Biblia del Cántaro, porque figura un cántaro en la portada. Valera nace hacia 1532 en el terreno conocido como Valera la Vieja, a pocos kilómetros de Fregenal de la Sierra  (Badajoz). Estudia durante seis años Dialéctica y Filosofía en la Universidad de Sevilla. Ingresa en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. En su Exhortación al cristiano lector que encabeza su revisión de la biblia de Reina nos dice: “Yo siendo de 50 años comencé esta obra: y en este año de 1602 en que ha placido a mi Dios sacarla a la luz, soy de 70 años”. El Índice señala a Valera como “el hereje español”, “sin duda porque publicó desde Inglaterra gran número de panfletos y de libros anti-papales” (Kinder, 166).

En 1865 las Sociedades Bíblicas Unidas tomaron como base la Biblia de Valera para publicar una versión de la Biblia en castellano, que se conoce como la versión Reina-Valera y que en la actualidad es la más utilizada por los protestantes españoles. La versión Reina-Valera suprime los libros deuterocanónicos, traducidos por Reina y colocados como apéndices en la versión de Valera, a la manera de la Biblia de Lutero. El protestantismo no volverá a arraigar en España hasta el siglo XIX como consecuencia del esfuerzo misionero de las denominaciones protestantes (Lorenzana, 215-219).

* Diálogo: ¿En qué medida puede hablarse de reforma española?, ¿cabía la Reforma en la España que formaron los Reyes Católicos?, ¿la obra de Cisneros es reforma o contrarreforma?, ¿y la obra de Carranza?, ¿es actual la reprensión insolente que el Gran Inquisidor le hace a Cristo: Hemos tenido que corregirte?

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