Fundación Betesda
Fundación Betesda
Libros
Canciones
Lecturas del dia
Otros enlaces
Juan Pablo I
ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO Reedición española

ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

Reedición...

Read more

LA REFORMA ESPAÑOLA. Historia soterrada

LA REFORMA ESPAÑOLA

Historia soterrada

La Reforma tuvo su escenario principal en el centro de Europa, donde actúan los grandes reformadores. Frente a ellos se alza el poder del papa, que domina buena parte del centro de la península italiana, y el poder del emperador, que asume el papel de defensor de la Iglesia católica frente a los reformadores, lo que no le impide enfrentarse al papa cuando le conviene. Ahí está el saqueo de Roma, el 6 de mayo de 1527.  Ahora bien, ¿en qué medida puede hablarse de reforma española?, ¿cabía la Reforma en la España que formaron los Reyes Católicos?, ¿la reforma española es una historia soterrada?

Las dificultades que encuentra la Reforma para implantarse en la península tienen su origen en diversos factores. Veamos algunos:

* El primer factor es la introducción de medidas reformadoras de la Iglesia por parte del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), arzobispo de Toledo. De una forma especial, cabe destacar la creación de la Universidad de Alcalá, dedicada al estudio de la Biblia. En ella se publica la Biblia políglota, en hebreo, griego, latín y arameo, aunque no en lengua vulgar. Cisneros facilita la entrada de las obras de los grandes humanistas europeos; entre ellas, las de Erasmo. El cardenal es un “espiritual” que tiene en cuenta “las ganas de los fieles por participar en la religión desde el interior”. En el V Concilio de Letrán no estuvo, pero Cisneros envió un programa de reformas como la descentralización de la Curia, la ausencia de simonía en la elección pontificia, la reunión de un concilio cada cinco años o el examen de los candidatos a los beneficios eclesiásticos.

* Otro factor es la mentalidad de cruzada que asume la Reconquista. A veces se mezcla todo, la guerra santa, la guerra justa, los propios intereses. La Reconquista es ese periodo comprendido entre la conquista omeya de Hispania en 711 y la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos en 1492. Según el Diccionario de la Real Academia, es “la recuperación del territorio español invadido por los musulmanes y cuya culminación fue la toma de Granada en 1492”. Don Pelayo, “rey de los cristianos y los astures” según el Testamento de Alfonso II de Asturias (759-842), vence a Munuza, jefe de la guarnición musulmana de Gijón, en la batalla de Covadonga (722). La lucha entre ambas partes de la península, la cristiana fragmentada y la musulmana de Al-Ándalus, dura ocho siglos, aunque también hay tiempos de convivencia pacífica. Con la conquista del reino de Granada, del reino de Navarra, de Canarias, de Melilla y de otras plazas africanas, los Reyes Católicos agruparon “bajo el yugo y las flechas” la totalidad de los territorios que hoy forman España, excepto Ceuta y Olivenza, que entonces pertenecían a Portugal. El filólogo y humanista Antonio de Nebrija (1441-1522) dedica esta lapidaria frase a los Reyes Católicos: “Hispania sibi restituta est” (España ha sido restituida a sí misma).

* Un factor importante que impide que la Reforma eche raíces en suelo peninsular es la Inquisición. La Inquisición española había sido creada en 1478 por el papa Sixto IV a instancias de los Reyes Católicos, que querían garantizar la unidad religiosa de sus reinos. En su primera época la Inquisición española centra su atención en el control de los judíos que se habían convertido al cristianismo para evitar la expulsión decretada en 1492 por los Reyes Católicos. La Inquisición recela de los judíos conversos. Esto provoca la aparición de dos clases de cristianos en función de la antigüedad de su cristianismo: los cristianos “viejos” y los cristianos “nuevos”.En la mayoría de los casos, los condenados como “luteranos” son cristianos “nuevos” y la Reforma se asocia a los enemigos tradicionales del cristianismo hispano. El calificativo de “luterano” fue utilizado por los inquisidores para referirse a cualquier sospechoso que expresara ideas reformadoras, aunque no fueran luteranas

La Inquisición también investiga a los moriscos, los conversos procedentes del Islam. Muchos moriscos mantenían en secreto su fe, pero apenas eran perseguidos. En el reinado de Felipe II las cosas cambian. La rebelión de las Alpujarras (1568-1570) es duramente reprimida. Además de las ejecuciones y deportaciones a otras zonas de Castilla, la Inquisición intensifica los procesos a moriscos también en Aragón. La Inquisición permanece en la sociedad española hasta la aprobación de la Constitución de 1812 por las Cortes de Cádiz (Lorenzana, 205-213).

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Ricardo García Cárcel presenta cinco etapas de represión en su libro sobre la Inquisición española (1990): la implantación (1480-1530) con los judeoconversos como víctimas y el porcentaje más alto de condenados a muerte; la consolidación (1530-1560), pero con cierta ralentización represiva paralela al agotamiento del filón judeoconverso; apogeo (1560-1620, con los mayores porcentajes de procesados anualmente, con moriscos y protestantes como principales afectados; desaceleración represiva (1620-1700) y decadencia evidente (1700-1820).

Se ha escrito mucho sobre la Leyenda Negra antiespañola en torno a episodios históricos como la Reconquista, la Inquisición o la conquista de América. El filósofo y ensayista español Julián Marías (1914-2005) aporta esta definición: “La Leyenda Negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra. En el caso de España, se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más densa en el XVII, rebrota con nuevo ímpetu en el XVIII –será menester preguntarse por qué- y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribir jamás” (España inteligible, 1985).

1. El cardenal Cisneros

Cisneros nació en Torrelaguna (Madrid) en 1436. Su nombre de pila es Gonzalo. Comienza sus estudios en Roa (Burgos) y Cuéllar (Segovia), pasando después al Estudio General franciscano en Alcalá de Henares. Termina sus estudios de filosofía, teología, derecho civil y canónico en Salamanca, en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Es ordenado sacerdote en Roma, donde ejerce de abogado. Tras la muerte de su padre, regresa a Castilla hacia 1466. Siendo arcipreste de Uceda (Guadalajara), se enfrenta al arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo Acuña, lo que le supone estar encarcelado algunos años. Sin embargo, apoyado por el cardenal González de Mendoza, no renuncia a su cargo de arcipreste. En 1478 es capellán mayor de la catedral de Sigüenza y vicario general.

Una crisis espiritual le lleva a hacerse franciscano. Entonces cambia su nombre por el de Francisco. En 1492 acepta ser confesor de Isabel la Católica (1451-1504). En 1494 es provincial de la orden franciscana, donde promueve una reforma de la orden. A la muerte del cardenal Mendoza en 1495, es nombrado arzobispo de Toledo. En 1497 convoca un sínodo en Alcalá y un año después otro en Talavera de la Reina para promover la reforma del clero y la vida pastoral de la diócesis.

* Cisneros era consciente de los males que aquejaban a la Iglesia y en especial al clero. Por ello emprendió una reforma de las órdenes monásticas y mendicantes, apoyando a los observantes frente a los conventuales y acabando con la práctica de los frailes itinerantes que eran causa de escándalo por su bajo nivel moral. En cuanto al clero secular, dictó y obligó al cumplimiento de normas contra el concubinato y la adicción al juego o la bebida. También ordenó que los párrocos enseñaran la doctrina a sus fieles de una manera regular.

Como arzobispo de Toledo, Cisneros ordena recuperar los textos del rito mozárabe: “El rito mozárabe, que proviene de los visigodos, y con el que se seguía oficiando en seis parroquias de Toledo, había entrado a finales de la Edad Media en un proceso de decadencia: faltaban libros rituales, los párrocos desconocían la liturgia mozárabe”. Gracias a esta labor de Cisneros, el rito mozárabe “se mantiene hasta nuestros días y se sigue utilizando”, dice la doctora Lop Otín, profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Cisneros transformó los Estudios de Alcalá de Henares en una universidad dedicada al estudio bíblico, alejada del anquilosamiento escolástico de las otras universidades. En 1502 se formó un equipo de trabajo que en 1520 terminaría la Biblia políglota, en hebreo, griego, latín y arameo. Cisneros impulsó la publicación de numerosas obras piadosas destinadas a elevar el nivel moral de la población y facilitó que entraran las obras de los grandes humanistas europeos, en especial, de Erasmo (1466-1536), comprometido con la reforma de la Iglesia.

Erasmo, uno de los mayores humanistas del Renacimiento, gozó en España de una fama especial. Perteneció a la Orden de Canónigos Regulares de San Agustín. Por lo que se refiere a su obra más famosa, Elogio de la locura (1508), “es evidente su presencia entre nosotros. Se sabe que fue introducida en España por Hernando de Colón en 1516, y que fue leída en las universidades y cabildos. A lo largo de nuestra historia literaria hay un erasmismo soterrado”, dice Pedro Rodriguez (Erasmo, Elogio de la locura, Alianza Editorial, Madrid, 2011, 29). Su libro Novum instrumentum (edición crítica del Nuevo Testamento en griego y su traducción al latín) se lo dedicó al papa León X, el cual, humanista también, leía con placer el Elogio de la locura.

Los teólogos, dice Erasmo, “están tan pertrechados de definiciones escolásticas, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas e implícitas, conocen tan bien todos los subterfugios, que ni las mismas redes de Vulcano serían capaces de atraparlos. A fuerza de distingos lograrían burlarlas”, “además, no se paran en barras hasta querer explicar los misterios más arcanos: por qué y para qué fue creado el mundo, por qué canales se filtró a la posteridad el pecado original, por qué medios, en qué medida y durante cuánto tiempo se formó el cuerpo de Cristo en el vientre de la Virgen; y finalmente cómo pueden subsistir los accidentes sin la sustancia en la Eucaristía. Pero esto es pan comido”.

“Hay otros temas sólo dignos de grandes teólogos, que ellos llaman ‘iluminados’, y que cuando surgen, los ponen alborotados. Tales son: ¿Hay un instante en la generación divina? ¿Hay varias filiaciones en Cristo? ….Si Pedro hubiese consagrado mientras el cuerpo de Cristo estaba en la cruz ¿qué habría consagrado? Durante ese mismo tiempo, ¿se podría llamar hombre a Cristo? ¿Y después de la resurrección podríamos comer o beber? ¡Tan preocupados están ya de su hambre y de su sed futuras!”, “en estas refinadísimas sutilezas entran en juego los diversos escolásticos. Te resultará más fácil salir del laberinto que del embrollo mental de realistas, nominalistas, tomistas, albertistas, escotistas. Y no he nombrado más que los principales” (Erasmo, 126-128).

Según el hispanista francés Joseph Pérez, era un “espiritual” que opinaba que “había que tener en cuenta las ganas de los fieles por participar en la religión desde el interior. Cisneros ayudó con los fondos del arzobispado de Toledo a la traducción y publicación de libros en lengua vulgar”. Cisneros participa del enfrentamiento que en el siglo XVI libran los “doctores” contra los “espirituales”: “Es un debate de fondo que demuestra que España no se quedó al margen de la reforma espiritual que dio lugar a las distintas corrientes protestantes en Europa. Desde finales del siglo XV hubo en el país una preocupación por llegar a una vida religiosa que fuera más vivida que entendida. Para muchos la religión se había convertido en algo rutinario, por lo que anhelaban algo más: una forma de entender la religión desde la espiritualidad interior. No querían que la religión se redujera a dogmas sino que fuera una actitud vital”.

Ésta era la posición de los “espirituales”. Frente a ellos los “doctores” de Salamanca recelaban de que “la gente que no sabía” experimentara “una vida religiosa no rigurosamente conforme con el dogma”. Cuando Cisneros murió, los inquisidores tomaron decisiones contra los “espirituales”, entre ellos un decreto en 1527 contra los alumbrados de Toledo. Con motivo de este decreto comenzó una persecución contra los representantes de esta corriente que hizo que ser “complutense” (de Alcalá) en la España del siglo XVI fuera a ojos de la mayoría y de la Inquisición ser heterodoxo, incluso hereje. El inquisidor Fernando Valdés fue un perseguidor de los “espirituales’. “Él puso en el Índice de libros prohibidos todos los textos de piedad, devoción y mística que Cisneros recomendó y financió”.

Hasta sus últimos días Cisneros siguió promoviendo la reforma de la Iglesia. En el V Concilio de Letrán (1512-1517) no estuvo, pero envió un programa de reformas: descentralización de la Curia, ausencia de simonía en la elección pontificia, reunión de un concilio cada cinco años, examen de los candidatos a los beneficios eclesiásticos y una clarificación de la “doctrina conciliarista”. En el concilio de Basilea (1439) se había declarado como “doctrina de fe católica” la superioridad del Concilio sobre el papa. En el Vaticano I (1870) se definió el valor del primado del papa. Según el concilio Vaticano II (1962-1965), “así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles” (LG 22).

* Anverso y reverso: de la reforma religiosa a la conquista militar. Con la espada y con la cruz, Cisneros participa en la conquista de Granada (1482-1492) como confesor y asesor de la Isabel la Católica. Ordena la quema de más de 4.000 manuscritos de los cuales se salvan sólo los referentes a medicina, trasladados a la Universidad de Alcalá. En 1496 el papa Alejandro VI concede a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos por haber culminado la Reconquista. La Pragmática de 14 de febrero de 1502 aparentemente daba a elegir a los musulmanes entre el exilio y la conversión al cristianismo. Sin embargo, tres días después la Pragmática de 17 de febrero prohíbe a los musulmanes abandonar el reino, por lo que sólo les quedaba la conversión forzada. La nueva categoría social así surgida de cristianos nuevos de origen musulmán recibió el nombre de moriscos.

Como hombre de Estado, en 1501 Cisneros instituyó la obligatoriedad de la identificación de las personas con un apellido fijo, el del padre. Hasta entonces las personas se identificaban por su nombre y un apellido o mote, que reflejaba el lugar de procedencia, el oficio o alguna característica de la persona.  Participó en todo lo que se hizo en el reinado de los Reyes Católicos y contribuyó de forma decisiva en la configuración del nuevo Estado.

A la muerte de Isabel (1504), la nobleza castellana eligió a un extranjero antes que a Fernando el Católico, un aragonés de la dinastía castellana de los Trastámara. Como dice el periodista César Cervera, “el propio Cisneros había dado la espalda a Fernando”. Sólo el caos que trajo el breve reinado de Felipe I convenció a todos de la importancia de que regresara “ese viejo catalán”, como denominaban los nobles castellanos a Fernando de una forma despectiva.

En 1507 Cisneros fue nombrado Inquisidor general de Castilla. Lo fue hasta su muerte. Entre 1506 y 1507 Cisneros presidió el consejo de regencia tras la muerte del rey Felipe I en espera de la llegada de Fernando el Católico: “La muerte de su esposo sumió a Juana de Castilla en la locura. Junto a parte de la Corte, la hija de los Reyes Católicos se echó con el cadáver de su marido a los caminos castellanos, afectados por una gran epidemia de peste negra. La peste, que probablemente mató al rey, campaba a sus anchas por la meseta. Cisneros dio un golpe en la mesa, pidiendo orden, pero al fin y al cabo la legítima soberana era Juana” (ABC, 14-11-17).

Al morir Felipe I (1478-1506), hijo del emperador Maximiliano I, los nobles castellanos acordaron nombrar un consejo de regencia. Sin consultar a Juana (1479-1555), la reina viuda, Cisneros pidió a Fernando el Católico que regresara a Castilla. Tras tomar posesión del reino de Nápoles, Fernando se enfrentó con su hija Juana el 27 de agosto de 1507 y volvió a asumir el gobierno de Castilla. Agradecido a Cisneros, le consiguió el capelo cardenalicio.

Después, el cardenal Cisneros promueve y financia la conquista de Orán (1509) con una condición: que la plaza tomada quedara bajo la jurisdicción del arzobispado de Toledo. El rey accede y lo apoya. ¿Qué tenía que ver esto con el Evangelio?, ¿cómo se explica? Es la mentalidad de cruzada. Se acude a textos del Antiguo Testamento. En 1192 el papa Celestino III responde a quienes mostraban algún tipo de escrúpulo por el uso de la violencia contra los musulmanes en España: “No es contrario a la fe católica el mandato de perseguir y exterminar a los sarracenos, pues a ejemplo de lo que se lee en el libro de los Macabeos no pretenden adueñarse de tierras ajenas, sino de la herencia de sus padres, que fue injustamente desposeída por los enemigos de la cruz de Cristo durante algún tiempo. Además, es legítimo y admitido por el derecho de gentes que de los bienes ocupados por los enemigos que los retienen con injuria de la Divina Majestad el pío expulse al impío y el justo al injusto”:

Dice el doctor Francisco García Fitz, profesor de la Universidad de Extremadura, en su amplio estudio La Reconquista: estado de la cuestión: ”El concepto de Reconquista…se fundamentó sobre dos potentes pilares: el de la guerra justa y de la guerra santa. Aunque desde el punto de vista actual unas y otras pertenecen a dos conjuntos de principios perfectamente disociables, uno de carácter jurídico y otro religioso, lo cierto es que para los autores medievales la distinción entre uno y otro no siempre resulta clara ni posible” (pp. 198-199).

El escritor medieval don Juan Manuel (1282-1348) parece tener muy claro que la guerra contra los musulmanes no podía radicar en razones de índole religiosa, puesto que ni por la ley ni por la secta que ellos tienen, habría guerra entre ellos; además,Jesucristo nunca mandó que matasen ni apremiasen a ninguno para que tomase su ley, pues él no quiere servicio forzado. El conflicto “respondía a causas jurídicas y territoriales: en su expansión el Islam se había apoderado de tierras que pertenecían a pueblos cristianos, es por esto, y no por diferencias de credos, por lo que hay guerra entre los cristianos y los moros, y la habrá hasta que hayan cobrado los cristianos las tierras que los moros las tienen forzadas” (ibídem).

La mentalidad de cruzada estaba a la orden del día. El maestre de la Orden de Santiago Alonso de Cárdenas indicó a Fernando el Católico que otros reyes le envidiaban por tener en sus confines unos enemigos a los que podía hacer una guerra justa y santa: “Bien creo, señor, que sabe vuestra real Majestad, como una de las cosas que los buenos reyes cristianos os tienen envidia, es por tener en vuestros confines gente pagana con quien no sólo podéis tener la guerra justa, sino guerra santa” (p. 201).

Diversos autores cuestionan el término Reconquista, aunque en muchos casos su uso es “una cuestión de comodidad o de convencionalismo”, “en la medida en que se trata de un término ampliamente difundido”. Por ejemplo, el historiador José Luis Corral critica el significado del término tal como fue acuñado y utilizado por la historiografía tradicional castellana y católica, y advierte que “la Reconquista no fue la recuperación de unas tierras previamente perdidas”, sino la “consecuencia del crecimiento de los Estados feudales cristianos peninsulares ante la decadencia del islam andalusí”. El doctor García Fitz observa que “se cuestiona el contenido del concepto, pero no así su uso, que de hecho este autor mantiene a lo largo de su obra” (pp. 151-152).

Se cuestiona también la España que formaron los Reyes Católicos: “Ni nación ni Estado: una unión de reinos plurales”. En su libro Isabel la Católica (2002), el historiador español Alfredo Alvar Ezquerra indica que no había unidad (tal vez sí en el plano ideológico), pues el reino de Aragón “conservaba modos propios de hacer política”; en realidad, los Reyes Católicos inauguraron “una diarquía”, “en la Concordia de Segovia (1475) se establece el régimen propio de la diarquía”. Bien, pero la España que forman los Reyes Católicos no es una pluralidad de reinos divididos, es una unidad política bajo el reinado de los Reyes Católicos. Según el dicho popular, “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”.

De la España de los Reyes Católicos habla Erasmo. El insigne humanista fue invitado por el cardenal Cisneros a dar clases en la Universidad de Alcalá, pero rechazó la invitación con estas palabras: “Non placet Hispania” (No me gusta España). Lo recoge el hispanista francés Marcel Bataillon (1895-1977) en su libro Erasmo y España (1983, 77). En su carta a Martín Dorp, teólogo y profesor de la Universidad de Lovaina, dice el propio Erasmo, hablando de las formas de amor propio que son peculiares a cada país: “Atribuyo la gloria militar a los españoles, la cultura y la elocuencia a los italianos, las buenas maneras y la comida exquisita a los ingleses” (Elogio de la locura, 188).

Cuando muere Fernando el Católico, le sucede su nieto el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Obviamente, España ha sufrido grandes cambios a lo largo de la historia: está la España fenicia, la cartaginesa, la romana, la visigoda, la musulmana, la católica y la actual, laica y democrática. Por ejemplo, Pablo dice a los romanos: “Cuando me dirija a España, espero veros al pasar” (Rm 15,24). Entonces era la Hispania romana, ¿qué es lo que queda ahora?  Lo evoca Rafael Alberti (1902-1999) en su Elegía sobre un mapa perdido: “A aquel país se lo venían diciendo / desde hace tanto tiempo. / Mírate y lo verás. / Tienes forma de toro, / de piel de toro abierto, / tendido sobre el mar”.

Desde joven, Juana de Castilla mostró signos de indiferencia religiosa que su madre trató de mantener en secreto. Como era costumbre entonces, Isabel y Fernando negociaron los matrimonios de sus hijos, teniendo en cuenta los intereses políticos. A fin de reforzar los lazos con el emperador Maximiliano I, Fernando ofreció a Juana en matrimonio a su hijo Felipe. En agosto de 1496 la joven Juana partió de Laredo al encuentro de Felipe. La travesía tuvo algunos contratiempos. Juana no fue recibida por su prometido. Los consejeros francófilos de Felipe se oponían al matrimonio. Nos obstante, la boda se celebró el 20 de octubre de 1496 en la ciudad belga de Lier.

Aunque los esposos no se conocían, se enamoraron al verse.  No obstante, Felipe pronto perdió el interés por la relación, lo que provocó los celos de Juana. Tuvieron seis hijos. Juana fue reina de Castilla desde 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra desde 1516 hasta 1555, aunque desde 1506 no ejerció ningún poder efectivo y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas, primero por orden de su padre, Fernando el Católico, y después por orden de su hijo Carlos I. Al morir Felipe, Juana quería enterrarle en Granada, como él había manifestado.

“Fernando el Católico apareció en el horizonte de Castilla y ordenó la reclusión de su hija en Tordesillas. El rey se reunió con su hija, la viuda de España, que aceptó de mala gana acabar con su caravana fúnebre y recluirse en la localidad vallisoletana. Fernando gobernó Castilla hasta su muerte, periodo en el que anexionó el reino de Navarra a esta corona y devolvió la estabilidad económica. Cuando falleció el 23 de enero de 1516, el viejo Rey dejó escrito que su nieto Carlos debía heredar los reinos hispanos ante la incapacidad de su hija Juana y que, de forma temporal, el cardenal Cisneros debía ejercer como regente de Castilla, mientras el hijo natural del monarca, el arzobispo de Zaragoza, haría lo propio en la corona de Aragón”.

El levantamiento comunero de 1520 la sacó de su encierro a Juana de Castilla y le pidió encabezar la revuelta, pero ella se negó y, cuando su hijo Carlos derrotó a los comuneros, volvió a encerrarla. Juana se resistía a confesarse y a ir a misa. Carlos ordenó que la obligasen empleando tortura si fuese necesario. Por ese motivo la reina Isabel la desheredó en su testamento. Sin embargo, su padre la proclamó reina de Castilla, pero siguió él mismo gobernando el reino. Fernando y Carlos trataron de borrar cualquier vestigio documental del encierro de la reina Juana. Incluso Felipe II ordenó quemar ciertos papeles relativos a su abuela. Algunos autores no creen que estuviera loca, como suele decirse. El historiador alemán Gustav Bergenroth (1813-1869) hacia 1860 encontró documentos en Simancas y en otros archivos que muestran que fue víctima de una confabulación. 

Cisneros apremió a Carlos a viajar cuanto antes a Madrid. No lo hizo hasta pasado un año del fallecimiento de su abuelo. Su lenta marcha hacia Valladolid fue interpretada en el entorno de Cisneros como una maniobra para que Carlos no se reuniera con el cardenal, que murió en Roa, a 60 kilómetros de Valladolid, a la edad de 81 años el 8 de noviembre, de 1517, “aburrido y desesperado por el retraso de la comitiva real”.  

* Comentario. Como reformador religioso, Cisneros transforma los Estudios de Alcalá de Henares en una universidad dedicada al estudio de la Biblia, frente al anquilosamiento escolástico de las otras universidades. En ella se termina la Biblia políglota, en hebreo, griego, latín y arameo, aunque no en lengua vulgar. Cisneros facilita la entrada de obras de los grandes humanistas europeos, en especial, de Erasmo, comprometido con la reforma de la Iglesia. Cisneros es un “espiritual” que opina que hay que participar en la religión desde el interior. Frente a los “espirituales”, los “doctores” de Salamanca recelaban de que “la gente que no sabía” experimentara “una vida religiosa no rigurosamente conforme con el dogma”. Cuando Cisneros murió, los inquisidores persiguieron a los “espirituales”.

Anverso y reverso: de la reforma religiosa a la conquista militar. Como confesor y asesor de la reina Isabel, Cisneros participa en la conquista de Granada (1482-1492). Los musulmanes son forzados a convertirse al cristianismo (1502). El cardenal promueve y financia la conquista de Orán (1509). Es la mentalidad de cruzada, que aparece después en la Guerra Civil. Una cosa es dar la vida por Cristo y otra quitársela a los demás en nombre de Cristo. No se puede evangelizar “a cristazo limpio”. Esa es precisamente la tentación del poder (Mt 4,9), el camino que no quiso seguir quien “vino a dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,45). Lo dijo bien claro: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido” (Jn 18,36; ver Memoria histórica ¿cruzada o locura?, 9).

2. María de Cazalla

En la España y en la Iglesia del siglo XVI María de Cazalla lo tenía muy difícil:  predicadora, mujer y de ascendencia judía. Es considerada como “la primera protestante”, “madre espiritual” de muchas mujeres. Fue juzgada por la Inquisición como luterana, erasmista y maestra de los alumbrados. En realidad, ¿quién era esta mujer?, ¿su historia está soterrada?, ¿quiénes son los alumbrados? En su época ¿se podía predicar siendo mujer y de ascendencia judía? A un lado está esta mujer y a otro sus acusadores y sus jueces, ¿con quién está el Evangelio?

María de Cazalla nació en Palma del Río (Córdoba) en 1487. De ascendencia conversa por parte de padre y madre, se casó con Lope de Rueda, un rico hacendado de Guadalajara. En esta ciudad “se movió dentro del círculo de los Mendoza (marqueses de Santillana y luego duques del Infantado), a cuyo halo protector se acogieron hombres y mujeres espirituales y conoció a la maestra del alumbradismo Isabel de la Cruz. María confió sus hijas a Isabel para que las adoctrinara, lo que implicaba un reconocimiento de su autoridad, aunque el ‘camino de perfección’ de ambas fuese distinto” (Real Academia de la Historia, RAH).

Aunque inicialmente rechazaba el contacto carnal por consejo de la beata Mari Núñez, María de Cazalla fue madre de once hijos. Pertenecía a la familia Cazalla, rica y culta, de origen judeoconverso, en la que había letrados y teólogos. Entre ellos, el doctor Cazalla, Agustín de Cazalla, sobrino de María, procesado en los autos de fe de 1559. En 1519 María se distancia de la beata Mari Núñez, pasando a recibir la influencia de Isabel de la Cruz. La reacción de la beata fue violenta. Denunció a Isabel y a su grupo a la Inquisición. Según María, era una “mujer mentirosa y alborotadora de pueblos y revolvedora de casas y bajo color de virtuosa y santa era viciosa de muchas maneras” (Wikipedia).

Isabel de la Cruz era natural de Guadalajara, de ascendencia judeoconversa, hermana de la orden tercera franciscana, fundadora del alumbradismo, llamado también iluminismo. Según el Diccionario de la Real Academia, se llaman alumbrados “ciertos herejes, según los cuales se llegaba mediante la oración a estado tan perfecto, que no era necesario practicar los sacramentos ni las buenas obras, y se podían llevar a cabo, sin pecar, las acciones más reprobadas”.

En 1512 Isabel vivía en Guadalajara como beata sujeta a la regla franciscana y enseñaba un camino de perfección conocido como “dejamiento”: abandono absoluto a la voluntad y al amor de Dios. A la vez animaba a sus discípulos seglares a abandonar las formas exteriores de devoción y a los religiosos, especialmente franciscanos, a librarse de los ayunos, disciplinas, vigilias y otras penitencias mandadas por la regla. Su doctrina del dejamiento convivió inicialmente con la del recogimiento que practicaban seglares, franciscanos y clarisas y cuya expresión más rica fue el Tercer abecedario de Francisco de Osuna: “El día 13 de mayo de 1519, Isabel de la Cruz fue denunciada al tribunal de la Inquisición por la famosa criada Mari Nuñez que aparece en todos los procesos de alumbrados. Los inquisidores no abrieron diligencias contra Isabel de la Cruz hasta 1523, cuando se produjo la ruptura entre recogidos y dejados” (RAH). La Inquisición cortó de raíz la difusión del movimiento con la promulgación de un edicto en diciembre de 1524 y con la persecución consiguiente. En 1529 Isabel fue condenada a prisión perpetua que luego le fue conmutada: “que esté en Guadalajara y no salga de ella y de sus arrabales sin que tenga para ello licencia” (Historia de la Inquisición en España y América, BAC, Madrid, 1984, 504).

En la formación de María, que sería “madre espiritual” de muchas mujeres, tuvo un papel destacado su hermano Juan. Juan de Cazalla (hacia 1480-1535) fue franciscano, secretario y capellán de Cisneros, profesor de teología en Alcalá, erasmista, obispo titular de Vera, coadjutor del obispo de Ávila, autor de Lumbre del alma (1528). En 1512 está documentada su estancia en el convento de San Francisco de Guadalajara. Predicó, en compañía de su hermana, a los alumbrados de Pastrana en 1522. Probablemente el nombre de alumbrados está relacionado con su libro, “un breve tratado que habla de los beneficios y mercedes que ha el hombre recibido de la muy liberal mano de Dios y de la paga que por ello le es obligado hacer”. Está dentro de la corriente “espiritual”. Fue puesto en el índice de libros prohibidos de 1559 (Historia de la Inquisición, 494). Veamos algunos aspectos:

El libre albedrío: “Tiene tres oficios. El primero entender las palabras y sentido de ellas. El segundo conocer lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. El tercero escoger lo bueno y provechoso y desechar y desviar lo malo y dañoso” (cap. III).

El hijo de Dios: “De tener Dios hijo natural al que dio su propia sustancia, yo conozco que es fecundo y comunicativo de sí mismo y benéfico, lo cual es a mí muy alegre y provechoso tener Dios tan liberal y comunicativo” (cap. V).

La resurrección de los muertos: “Creo que han de resucitar, porque de esta manera espero que seré todo inmortal e incorruptible. Y por ello vivo alegre y con gran consolación y esperanza. Porque veo que no es una misma la muerte de los hombres y la de los brutos. Porque las bestias, cuando mueren, cuerpo y ánima perecen, mas al hombre no le es otra cosa la muerte salvo dividirle el ánima del cuerpo. La cual ánima, después de este apartamiento, vive más libre y en gran señorío” (cap. V).

El camino de perfección se realizaba a partir de la oración mental: silencio, meditación, recogimiento. Decía María en oración: “Qué ceguera es esta de las gentes que te determinan lugares donde estés, siendo infinito: que te buscan en un templo de cantos y en sí propios, que son templos vivos, no te hallan ni te buscan”. En su vida sexual y afectiva, “todos los hijos…que había parido, los había concebido sin delectación”, “menospreciaba el estado de virginidad porque decía que merecía más en el estado de matrimonio pues no sentía delectación en el acto carnal”. Sin embargo, “estando con su marido en la cama, estaba más cerca de Dios que con cualquier oración del mundo”.

Dice Melquíades Andrés que María de Cazalla “es mujer de sexualidad complicada” (Historia de la Inquisición, 495). Sin embargo, concebir “sin delectación” es reflejo de la mentalidad tradicional donde la “concupiscencia” aparece incluso dentro de la relación sexual matrimonial. En realidad, María supera esa mentalidad cuando afirma que “estando con su marido en la cama, estaba más cerca de Dios que con cualquier oración del mundo”.

Juan de Cazalla puso a su hermana en relación con los cenáculos erasmistas de Alcalá: “Mujer de sólida cultura, leía en griego la Biblia. En 1522 comenzó a predicar en Pastrana, enfrentándose a la interdicción que pesaba sobre el acceso de las mujeres al sistema religioso. Sus prédicas, destinadas a divulgar y dar a conocer las Escrituras iban dirigidas fundamentalmente a auditorio femenino” (RAH). Pese a mantener su adhesión a los postulados del “dejamiento”, María de Cazalla “entronca con la tradición filológica e interpretación de la Escritura de cuño erasmista”.

Erasmo critica los delirios de muchos cristianos: “¿Y qué decir de los que se gozan engañándose a sí mismos con imaginarios perdones de sus pecados? Van midiendo como con clepsidra la duración de su tiempo en el Purgatorio, y contando los siglos, los años, meses, días y horas con la precisión de una tabla matemática, sin error alguno”, “¡qué espectáculo tan triste ofrece por doquier la vida de todos los cristianos dominada por esta especie de delirios! Y lo peor es que son los mismos sacerdotes los que los admiten y fomentan, pues no ignoran lo que esto afecta a su bolsillo”.

Leyendas y excesos: “El espíritu del hombre está hecho de tal manera que capta mejor la apariencia que la realidad. Si alguien quiere una prueba de esto que digo, que vaya a la iglesia a la hora del sermón: todos dormitan, bostezan y se aburren si se expone algo serio. Pero si el que grita (perdón, quería decir el orador) comienza, como es costumbre, con una historieta de viejas, se despabilan, atienden y escuchan boquiabiertos. Lo mismo sucede cuando se festeja a un santo legendario, creado por la poesía –valga como ejemplo, san Jorge, san Cristóbal, santa Bárbara-. Advertiréis que se les venera con más devoción que a san Pedro o san Pablo, o que al mismo Cristo”.

Beaterías: “Piensa, por ejemplo, en la multitud de cristianos que ponen una vela a la Virgen, Madre de Dios –incluso a mediodía, cuando no se necesita- ¿Has visto a muchos de ellos que traten de imitar su castidad, su modestia y su amor a las cosas celestiales? Y, sin embargo, este sería con mucho el culto verdadero, y el más grato al cielo”.

Cosas de frailes: “¿Puede haber algo más divertido que ver cómo todo lo hacen por obediencia, como si se guiaran por unas leyes matemáticas que sería sacrílego traspasar? Miden, por ejemplo, el número de nudos del calzado, el color del cíngulo, clase de colores del hábito, la largura de la correa, la forma y la capacidad de la cogulla, cuántos dedos de ancha la tonsura, cuántas horas de sueño…Y por estas pequeñeces, no sólo se sienten superiores a los demás, sino que se desprecian unos a otros”, “en suma, que todos ellos se esfuerzan por vivir su propia vida, sin preocuparse por parecerse a Cristo, y sí de ser diferentes a los demás”, “pero Cristo interrumpirá esta sarta interminable de méritos, para decir: ¿De dónde sale esta nueva raza de judíos? Sólo reconozco como mandamiento mío un único mandamiento, y es el único que no he oído” (Erasmo, 101-113 y 134-136)

A finales de 1523, Isabel de la Cruz fue despojada de su condición de hermana de la orden tercera franciscana y arrestada poco después por la Inquisición. Entonces María de Cazalla heredó “el lugar principal de aquella en el movimiento de los alumbrados” (RAH). Según el historiador e hispanista francés Joseph Pérez, los alumbrados “preconizan un abandono sin control a la inspiración divina y una interpretación libre de los textos evangélicos. Los alumbrados afirman que actúan únicamente movidos por el amor de Dios y que de él procede su inspiración, carecen de voluntad propia; es Dios el que dicta su conducta; de ello se sigue que no pueden pecar. Los alumbrados rechazan la autoridad de la Iglesia, su jerarquía y sus dogmas, así como las formas de piedad tradicional que consideran ataduras prácticas religiosas (devociones, obras de misericordia y de caridad), sacramentos”.

En la acusación inquisitorial contra el grupo de Escalona (Toledo) se los compara a los alumbrados con otros herejes medievales como los husitas: “Se resucitan herejías porque aquel interior dejamiento, aquella suspensión ociosa del pensamiento, aquel no hacer más que dejarse a que Dios obre y no ellos, error fue de Juan Hus”.

En 1529 fue detenida la beata Francisca Hernández, que encabezaba el grupo alumbrado de Valladolid y poco después uno de sus principales seguidores, el predicador franciscano Francisco de Ortiz. La beata incriminó a partidarios suyos como “luteranos”, entre ellos, a María de Cazalla. Ésta alegó que en Guadalajara alumbrado se aplicaba a toda persona recogida y devota.

María de Cazalla fue procesada por la Inquisición. Dice la doctora Pilar Bartolomé en su artículo La primera protestante: “Fue juzgada como luterana, erasmista y maestra de los alumbrados de Pastrana y Guadalajara entre 1532 y 1534. Fue apresada y encarcelada en 1532 en las celdas de la iglesia de San Vicente. Durante los dos años que duró su detención contestaba, argumentaba, fue torturada y no delató a su círculo. Mediante sus intervenciones logró desenmascarar argumentativamente a los inquisidores, trabajó junto a su defensor, objetaba testigos a quienes consideraba sus enemigos y llamó a declarar a su favor a sus amigas poderosas de la élite local. Declaró su aproximación a Erasmo y tomó la distancia que fue posible de Lutero. Esta actitud la llevó a salir con vida de las mazmorras en el año 1535, absuelta. Pero su defensa no le sirvió para librarse de una condena por sospecha leve de herejía, y tras salir de la cárcel, hubo de cumplir penitencia” (El Día de Córdoba, 10-6-2018).

Durante el proceso fue torturada, sometida al potro y a la toca, la tuvieron amordazada. El potro era un aparato de madera en el cual sentaban a los procesados para obligarles a declarar por medio del tormento, un instrumento de tortura en el que el acusado era atado de pies y manos a una superficie conectada a un torno. Al girar el torno, tiraba de las extremidades en sentidos diferentes, usualmente dislocándolas, pero también pudiendo llegar a desmembrarlas. La toca era una tela blanca de lino o seda que se introducía en la boca de la víctima intentando incluso que llegase a la tráquea, y después se vertía agua sobre la tela, que al empaparse provocaba en el reo una sensación de asfixia.

María de Cazalla fue acusada de predicar y comentar las Sagradas Escrituras, de dar más autoridad a Isabel de la Cruz que a san Pablo, de pregonar la superioridad del estado matrimonial sobre la virginidad, y de compartir con los luteranos el desprecio por los ritos de la Iglesia católica.

Veamos algunos aspectos del proceso inquisitorial: Dice el cura de Pastrana: “Ella hablaba en modo de dar doctrina, en público y alegaba algunas autoridades…e iban allí muchas personas a comunicarse con ella, y vio este testigo que fue la dicha María de Cazalla a casa de las beatas a les hablar a instancia de Alonso Lopes Sebastián y no se acuerda este testigo verla hablar cosa que fuese para declarar, mas verla hablar con mucha sabiduría para ser mujer”. Un testigo declaró: “Era cosa abominable que predicase una mujer, e irla a oír”. Otros dijeron que “platicaba ciertas palabras en que decía que predicaba…y que leía en un libro de san Pablo…y que decía cosas de servicio de Dios y que amásemos a Dios”. Según otro testigo, decía “que amen a Dios y guarden sus mandamientos y que luego tomó un libro en romance y leyó una epístola, un poco de san Pablo”.

María de Lucena declara contra los alumbrados que “estando en la iglesia los veía entrar muchas veces y estar en ella y vio que no se signaban ni santiguaban y que, estando diciendo la misa, no se levantaban al Evangelio, sino que estaban yertos y como envarados y parecía que tenían cerrados los ojos y no humillaban la cabeza cuando elevaban el santísimo sacramento…y que nunca los vio rezar vocalmente” (Ortega, M., Proceso de la Inquisición contra María de Cazalla, 1978, 43-47 y 106; ver Esteva de Llobet. M.D., Las cárceles interiores de María de Cazalla, 93-111).

A propósito de un testigo que la tiene por alumbrada, María de Cazalla declara en defensa propia: “No se sigue, porque él me tuviera por alumbrada, que lo sea, ni da razón, porque además de esto, este nombre de alumbrados se suele imponer ahora, en el tiempo en que este testigo depuso, a cualquier persona que ande más recogida que los otros, o se abstiene de la conversación de los viciosos, como es público y notorio, y no es mucho que así a ciega me impusiesen a mí este nombre, como lo hacen a otros mejores y más virtuosos que yo” (Historia de la Inquisición, 496).

La filósofa italiana Luisa Muraro dice que “en la modernidad el rechazo de la subordinación se ha expresado en el ideal de igualdad, ideal que, como es sabido, era extraño a la sociedad medieval” (Guglielma e Maifreda, 1985, 8). En la España de su época, María de Cazalla ejerce la predicación siendo mujer y de ascendencia judía. La mujer en el espacio público debe callar, dijo Aristóteles (Política, II-VIII). Pero ¿qué dice el Evangelio?

* Datos bíblicos. La sumisión de la mujer no pertenece al proyecto original de Dios: “serán los dos una sola carne” (Gn 2,24), sino que es consecuencia del pecado humano: “él te dominará” (Gn 3,16). La situación de la mujer cambia con la experiencia del Evangelio. La mujer participa en la misión de Jesús y en las primeras comunidades. Ahí están las mujeres que acompañan a Jesús (Lc 8,1-3) y la samaritana que anuncia el Evangelio (Jn 4, 28-29). Ellas anuncian a los once y a los demás la resurrección del Señor (Lc 24,10; Jn 20, 18), toman la palabra en la comunidad: "Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas" (Hch 2,17; 1 Co 11,5); muchas se distinguen en el servicio del evangelio (Col 4,15; 1 Co 1,11; Rm 16; Flp 4,2); hay profetisas (Hch 21,9) y diaconisas (Rm 16,1). Junto a las grandes comunidades, como Jerusalén o Antioquía, están las pequeñas comunidades, cuya dirección podría corresponder al cabeza de familia, varón o mujer (Rm 16,3-5; Col 4,15). En Filipos, la comunidad empieza por un grupo de mujeres; ellas tienen un papel predominante (Hch 16,12.15; Flp 4,2).

Enla carta a los Gálatas, la carta de la libertad cristiana, dice Pablo: "Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,28). El Evangelio pone en cuestión el legalismo judío, la esclavitud y la sumisión. El concilio de Jerusalén supone para los gentiles convertidos al cristianismo la liberación de la ley judía (Hch 15,18). Esta es la lucha de Pablo: "Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley, os habéis apartado de la gracia" (Ga 5,4).

En la carta a los Corintios, se le impone a la mujer el silencio, se ordena que la mujer se calle en la asamblea (1 Co 14,34-35). Pero entonces ¿cómo puede profetizar, según se dice anteriormente? (11,5). ¿Cómo puede el autor de la carta afirmar dos cosas, de suyo contradictorias? Con razón, se ha denunciado aquí una interpolación posterior, que altera el texto paulino (G. Fitzer, 1963; ver nota Biblia de Jerusalén, 1998: algunos manuscritos ponen los vv. 34-35 después del v.40). Además, esta nueva imposición se presenta como mandato del Señor (14,37).

María de Cazalla “sufrió el oprobio y la vergüenza pública por ser mujer predicadora, por manifestar su amor a Dios libre, sin trabas”, “por transgredir las formas que la ley había impuesto a su género”. En el proceso inquisitorial, una vez más, fue “glorificada la mentira” (Esteva, 110). Sin embargo, “después de pasar en la cárcel cerca de año y medio y de sufrir tormento, salió absuelta porque el fiscal no pudo probar su acusación” (RAH). Murió en Guadalajara a mediados del siglo XVI.

* Santa Teresa estuvo a punto de ser detenida por la Inquisición. Era descendiente de judeoconversos. Su abuelo paterno Juan Sánchez de Toledo había sido procesado por la Inquisición en 1485. Le obligaron a llevar el sambenito durante siete viernes. Teresa temía constantemente ser denunciada: “Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores” (Vida, 33,5).

Teresa conoce perfectamente el clima de prevención que existe frente a la mujer. La mujer es particularmente sospechosa de herejía y engaño: “No hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”. En esta situación, Teresa defiende el derecho de la mujer a la práctica de una oración viva, sin hacer caso de los dichos que corren de boca en boca: “Hay peligros”, “fulano por aquí se perdió”, “el otro se engañó”, “el otro, que rezaba mucho, cayó”, “hacen daño a la virtud”, “no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones”, “mejor será que hilen”, “no han menester esas delicadezas”, “basta el Padrenuestro y el Avemaría” (Camino de Perfección, 21,2; CE, 35,2). Teresa llora frecuentemente. Ella es “mujer fuerte” (Pr 31,10), pero se siente débil: “Basta ser mujer para caérseme las alas, cuanto más mujer y ruin” (Vida, 10,8).

La santa se queja ante el Señor: “No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas (trozo ilegible del autógrafo), que no hagamos cosas que valga nada por Vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y en fin todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa” (CE, 4,1).

Teresa se mantiene fiel a su misión, aun frente a sentencias de condena, como ésta del nuncio Felipe Sega: “Fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas andando fuera de la clausura contra el orden del Concilio Tridentino y prelados, enseñando como maestra contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen” (Álvarez, T., Santa Teresa y la Iglesia, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1980, 52; ver Catequesis de adultos: Teresa de Jesús (III), Conferencia Episcopal Española, 1981, 3 y 9).

Teresa llama locuciones a las palabras que recibe de Dios: "¿Pensáis que está callando? Aunque no le oímos bien, habla al corazón" (C 24,5), "son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no se oyen" (V 25, 1), "muy en el espíritu", dejan "gran consuelo" (V 24,7), llegan "tan de presto" (V 25,6), "no se puede olvidar" (V 25,7), habla el Señor con "palabras y obras", "sus palabras son obras" (V 25,4), "habla sin hablar" (V 27,6), siempre "conforme a la Sagrada Escritura" (V 25,13), "debía aguardar a que el Señor obrase" (V 24,9), "cuando es de Dios, tengo muy probado en muchas cosas que se me decían dos y tres años antes y todas se han cumplido" (V 25,2). Circunstancias de época hicieron imposible el acceso de Teresa a la Biblia. En los Índices de los años 1551, 1554 y 1559 se prohibía la publicación de la Sagrada Escritura en lengua vulgar permitiéndose sólo el uso de citas en libros de contenido religioso.

Veamos este testimonio de Santa Teresa: "Acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven, y parecerme aquellos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace compañía" (Vida, 38,6).

En 1559 los inquisidores registraron la pequeña biblioteca que tenía en el monasterio de la Encarnación y requisaron obras de fray Luis de Granada, Juan de Ávila o Francisco de Borja. Dice Teresa: “Cuando me quitaron los libros de romance (en castellano), yo lo sentí mucho”, “me dijo el Señor: No tengas pena, que yo te daré libro vivo” (Vida, 26,6). En 1575 tuvo que comparecer ante la Inquisición de Sevilla, tras haber sido denunciada por María del Corro, una dama altiva que había ingresado en el convento de Sevilla. Se le acusó de practicar una doctrina nueva y supersticiosa, llena de embustes y semejante a la de los alumbrados de Extremadura. Fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión, según refieren los escritos del padre Gracián. Dice la carmelita María de san José: “Vino un inquisidor y averiguada la verdad y hallando ser mentira lo que aquella pobre dijo, no hubo más. Aunque como éramos extranjeras y tan recién fundado el monasterio y en tiempo en que se habían levantado los alumbrados de Llerena, siguieron hartos trabajos” (ABC, 8-12-2014).

* En Extremadura, desde 1570 hasta 1579, Hernando Álvarez y Cristóbal Chamizo, clérigos de Llerena (Badajoz), son acusados de extender unas prácticas y opiniones que consideran propias de los alumbrados. En su Historia de los heterodoxos españoles Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912),  llamado “martillo de herejes”, recoge lo que el dominico Alonso Fernández, cronista de Plasencia, informa sobre ellos: “Se levantó una gente en Extremadura, en la ciudad de Llerena y pueblos comarcanos, que engañada de las leyes bestiales de la carne y nueva luz que fingían, persuadieron a los simples ignorantes ser el verdadero espíritu el errado con que querían alumbrar las almas de sus secuaces. Por eso se llamaron alumbrados”, “la doctrina que afectaban profesar se reducía a recomendar a sus secuaces una larga oración y meditación sobre las llagas de Cristo crucificado: de la cual oración, hecha del modo que ellos aconsejaban, venían a resultar ‘movimientos del sentido, gruesos y sensibles’, ardor en la cara, sudor y desmayos, dolor de corazón, sequedades y disgustos, y por fin y sobre todo, movimientos libidinosos, que aquellos infames llamaban ‘derretirse en amor de Dios’. Yo creo que en todo no hay más que lujuria pura…por más que en el estado de alumbramiento haya ciertas ‘visiones y revelaciones prodigiosísimas’…Una vez alcanzado el éxtasis, el alumbrado tornábase impecable, y le era lícita toda acción cometida en tal estado” (pp 232-233).

En 1585, el prior de los dominicos de Lucena informa al inquisidor de Córdoba que los alumbrados pretenden comulgar sin confesar porque creen que gente justificada y confirmada en el bien no puede ya pecar. En el ambiente de la Contrarreforma la demonización del adversario estaba a la orden del día. En un sermón “moralizante” de los siglos XVII o XVIII encontramos este ejemplo:

“Vivía en cierta ciudad de Castilla un clérigo llamado José Cazalla (sic), este había sembrado entre la junta ignorante una falsa y diabólica doctrina, y los convocaba al anochecer a su casa, teniendo un portero a la puerta para que abriese a quien llamaba y dando el nombre de Cazuela entraban en ella así hombres como mujeres, y estando todos juntos los hacía la plática, y por remate apagando las luces decía: ‘Aleluya, cada uno con la suya’. Y cada hombre asía de la mujer que el lance le destinaba o la malicia le había puesto junto a sí”.

Se trataba del doctor Cazalla, cuya historia abordamos después.

* Comentario. Llama la atención la persecución de los judíos que se habían convertido al cristianismo y la de los “espirituales” que buscaban participar en la religión desde el interior. Los “doctores” de Salamanca recelaban de que “la gente que no sabía” experimentara “una vida religiosa no rigurosamente conforme con el dogma”. Cuando Cisneros murió, los inquisidores persiguieron a los “espirituales”. Pese a mantener su adhesión a los postulados del “dejamiento” o abandono a la voluntad de Dios, María de Cazalla “entronca con la tradición filológica e interpretación de la Escritura de cuño erasmista”. En el “dejamiento” puede haber falta de discernimiento, pero en la Inquisición hay procedimientos brutales. Si realmente se dan abusos, hay medios de corrección más humanos y evangélicos. En el ambiente de la Contrarreforma la demonización del adversario estaba a la orden del día.¡Cómo contrasta todo esto con la experiencia del Evangelio! Las mujeres anuncian a los once y a los demás la resurrección del Señor (Lc 24,10; Jn 20, 18). La sumisión de la mujer al varón no pertenece al proyecto original de Dios. La pureza de sangre, el racismo, el antisemitismo, tampoco. Son consecuencia del pecado humano. Como dice Pablo: "Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer" (Ga 3,28).

3. El doctor Cazalla

Agustín de Cazalla nació en 1510. Era hijo de Pedro de Cazalla, contador real, y de Leonor de Vivero, ambos de familias judeoconversas. Era sobrino de María de Cazalla y de Juan, el obispo. En 1531 ya era Bachiller. Estudio en la Universidad de Valladolid con Bartolomé de Carranza, que también sería procesado por la Inquisición, y en la Universidad de Alcalá de Henares, donde su tío Juan, antiguo capellán del cardenal Cisneros, tenía fama de humanista y erasmista. Como capellán del emperador Carlos I le acompañó por toda Europa. En 1552 residió en Salamanca, donde fue canónigo de la catedral. En 1556 regresó a Valladolid, donde formó un “conventículo”, cuyas opiniones teológicas fueron consideradas heréticas. El grupo, a pesar de la discreción con que actuaba y de su limitación a círculos restringidos de la élite social, fue descubierto y procesado por la Inquisición. Entre otros, estaba el corregidor de Toro, Carlos de Seso, que había contactado en Italia con el humanista y erasmista español Juan de Valdés (1509-1541).

* Erasmo describe la vida de reyes, papas, cardenales y obispos: “Duermen hasta el mediodía; oyen la misa casi desde la cama, que un curilla a sueldo les dice deprisa y corriendo. Vienen luego el desayuno, que apenas terminado reclama la comida. Siguen a continuación los dados, el ajedrez, juegos de azar, parásitos, bufones, cómicos, cortesanos, chistes y pasatiempos. Todo ello entre sorbete y sorbete. Por fin la cena, y tras ella, rondas de bebidas, no pocas”.

”Esta vida de príncipe hace ya mucho tiempo que la vienen celosamente imitando pontífices, cardenales y obispos y, a fe mía, que casi la superan. Cada uno de ellos tendría que preguntarse por el significado de su vestimenta de lino, más blanca que la nieve, símbolo de una vida irreprochable. Qué exige la mitra bicorne, cuyas puntas unidas por un mismo lazo, simbolizan el perfecto conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento. Qué significan los guantes que cubren las manos, sino una administración de los sacramentos pura y exenta de todo el contagio de los negocios humanos. Qué enseña el báculo, sino el cuidado vigilante de la grey. Qué el pectoral, sino la victoria sobre los afectos humanos”.

 “Si los Sumos Pontífices, vicarios de Cristo, se propusieran alguna vez imitar su vida, pobreza, fatigas, doctrina, cruz y desprecio del mundo; si pensaran en lo que significa Papa, es decir, Padre, o en el título de santísimo, ¿habría alguien que quisiera tal cargo por todos los medios posibles, y una vez conseguido, lo defendería con la espada, el veneno y toda clase de violencia? A cuántas comodidades tendrían que renunciar si por una vez mostraran una chispa de sensatez. ¿Sensatez, he dicho? Sí, sería suficiente aquella pizca de sal de que habla Cristo (Mt 5,13), para liberarlos de tantas riquezas, honores, territorios, victorias, cargos, prebendas, tributos, indulgencias, caballos, mulos, satélites”.

 “La sensatez, en cambio, aportaría vigilias, ayunos, lágrimas, oraciones, predicaciones, estudios, suspiros y otras mil cosas parecidas. Pero no olvidemos lo que esto traería consigo: se moriría de hambre una turba de escribanos, copistas, notarios, abogados, promotores, secretarios, muleros, caballerizos, banqueros y rufianes…toda un caterva onerosa para la iglesia de Roma, me he colado, quería decir Honrosa”.

Estos santísimos padres tienen unas armas que espléndidamente prodigan: “entredichos, suspensiones, excomuniones y anatemas, sambenitos, y, sobre todo, ese rayo fulminador, en cuya virtud lanzan las almas de los mortales al más profundo tártaro”, “contra nadie fulminan con tanta ira sus rayos vengadores como contra aquellos que movidos por el diablo intentan disminuir o erosionar el patrimonio de san Pedro. Por este nombre entienden ellos: tierras, ciudades, señoríos, soberanías, aunque sus palabras en el Evangelio digan: Lo dejamos todo y te hemos seguido (Mt 19, 27). Quemados por el celo de Cristo, luchan a sangre y fuego, por defender estos bienes, creyendo defender de forma apostólica a la Iglesia, esposa de Cristo, por medio del exterminio de los que llaman sus enemigos”.

“No ha mucho que yo mismo asistí a un debate teológico, cosa que hago con frecuencia, en el que uno preguntó con qué autoridad de la Escritura se ordena quemar a los herejes, en lugar de convencerlos por la razón. Cierto anciano ceñudo, cuya arrogancia me hizo ver que era teólogo, respondió, no sin cierta irritación, que había sido el apóstol san Pablo cuando dijo: Al que introduzca división, llámalo al orden hasta dos veces, luego no tengas que ver con él (Tt 3,10). Repetía una y otra vez con voz de trueno estas palabras, hasta el punto que muchos se preguntaron qué le pasaba al hombre. Terminó explicando que hay que apartar de la vida al hereje. Algunos rieron, pero no faltaron quienes vieron en su explicación una sólida prueba teológica”  (Erasmo, 142-150 y 165).

* En su obra El hereje (1998) el escritor castellano Miguel Delibes reconstruye el ambiente del grupo luterano de Valladolid y describe así una de sus reuniones en la capilla de la casa de  Doña Leonor. El Doctor Cazalla y su madre “estaban sentados en las sillas, sobre la tarima, tras de la mesa, cubierta con un tapete morado, encarados a los ochos grandes escañiles alineados abajo”, “todos miraban expectantes al Doctor y a su madre, en lo alto del estrado, y, una vez que cesaron los cuchicheos, doña Leonor carraspeó y advirtió que se abría el acto con la lectura de un hermoso salmo que los hermanos de Wittenberg cantaban a diario pero que ellos, por el momento deberían conformarse con rezarlo:

"Bendecid al Señor en todo momento, / su alabanza estará siempre en mi boca./ Mi alma se gloría en la alabanza del Señor, / que lo oigan los miserables y se alegren". Y también: "Alabad conmigo al Señor. / Ensalcemos todos juntos su nombre; /porque busqué al Señor y me ha respondido,/ me ha librado de todos los temores".

La reunión versaba "sobre las reliquias y otras supersticiones". El Doctor "terminó hablando del problema de las indulgencias", "con el dinero de por medio" y "la falacia a que daban lugar", “era una reunión de hermanos", "como la de los primitivos cristianos en las catacumbas", "tenía conciencia de que se hallaba al comienzo de algo". La eucaristía era "el momento culminante de la reunión", “fervorosamente, sin revestirse, utilizando una gran copa de cristal y una bandeja de plata, con la audiencia arrodillada, don Agustín Cazalla consagró el pan y el vino y los distribuyó luego entre los asistentes que desfilaron ante él. Uno a uno regresaban a sus bancos con recogimiento”, “tras la acción de gracias, el Doctor, puesto en pie, les tomó juramento sobre la Biblia de que nunca revelarían a nadie el secreto de los conventículos y no delatarían a un hermano ni en tiempos de persecución” (Delibes, 273-282).

Más de sesenta miembros del grupo terminaron ante el tribunal de la Inquisición. El terror y la delación hicieron estragos. El doctor Cazalla y otros veinte reos fueron ejecutados en garrote o quemados en la hoguera. ¿Un auto de fe? Una ceremonia "escalofriante y atroz", "un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo", "cuarenta días de indulgencia" para los asistentes. A medida que los reos iban llegando al Campo "crecían la expectación y el alborozo", "el humo de freír churros y buñuelos se difundía por el quemadero" (Delibes, 393-416).

El doctor Cazalla fue procesado por el inquisidor general Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla. Tras obtener la confesión, el reo fue condenado a morir en la hoguera en un solemne auto de fe el 20 de mayo de 1559. Al abjurar de sus errores, le fue concedida la gracia de ser estrangulado, muerto a garrote vil, antes de ser quemado. Sus hermanos Francisco, Beatriz y Pedro también fueron procesados y condenados a la hoguera. Otros dos hermanos, Constanza y Juan,  fueron condenados a sambenito y cárcel perpetua. El sambenito era un capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados por el tribunal de la Inquisición. En total eran diez hermanos. El cadáver de su madre fue desenterrado y arrojado a la hoguera. Su casa fue derruida y en su solar se colocó un padrón de ignominia “porque los herejes luteranos se juntaban en ella y hacían conventículos contra nuestra santa fe católica”.

Como causa que le llevó a incurrir en herejía, Cazalla había propuesto ésta: “Ambición y malicia le había hecho desvanecer, que su intención había sido turbar el mundo y alterar el sosiego de estos reinos con tales novedades, creyendo que sería sublimado y adorado por todos como otro Lutero”.

El doctor murió tras decir al verdugo: “Ea, hermano”, gritando “Credo, Credo” y besando la cruz. Algunos consideran dudosa la sinceridad de Cazalla en su retractación, aunque la expresó de forma vehemente e intentó que hicieran lo mismo sus compañeros de suplicio, la mayor parte de los cuales también se retractaron. Quien no se retractó fue el bachiller Herrezuelo, abogado de Toro, que le dijo: “Doctor, para ahora quisiera yo el ánimo, que no para otro tiempo”, “nunca juzgué yo menos de este judigüelo” (diminutivo de judío, despectivo). Viéndole hablar de este modo, un alabardero le hizo callar hiriéndole con su arma. El bachiller fue quemado vivo.

¡Tremendo espectáculo! A medida que los reos iban llegando al Campo "crecían la expectación y el alborozo", "el humo de freír churros y buñuelos se difundía por el quemadero". Este cuadro inquietante evoca lo que el historiador Manuel Tuñón de Lara recoge en su tomo sobre la Guerra Civil: "En Valladolid las escuadras especiales ejecutaron diariamente durante los primeros meses de la guerra un promedio de cuarenta personas". En el campo de San Isidro, “situado en lo que entonces eran afueras de la ciudad, fue tal la afluencia de público que llegó a instalarse una churrería ambulante para que desayunaran los asistentes a tan macabro espectáculo. El horror llegó a tanto que El Norte de Castilla publicó una nota pidiendo caridad para los que morían y que cesaran tales comportamientos" (Tuñón de Lara, La Guerra Civil, Laia, Barcelona, 1981, 260-261).

No sabemos qué acontecimientos pudieron llevar al poeta José Zorrilla (1817-1893) a reconocer en una tempestad la presencia velada del Señor. Lo que cuenta es esto: el hijo del hombre, sacrificado por poderes bestiales, viene a juzgar la historia, como aparece en los sueños de Daniel (Dn 7). En impresionante reto, le dijo Jesús a Caifás: “Veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14,62). En letra adaptada, lo cantamos nosotros: “Contemplo tu figura que pasa sin colores / detrás de esos nublados que bogan en tropel; / contemplo en esas nubes de súbitos fulgores, / de truenos y aguacero, los sueños de Daniel”.

4. El arzobispo Carranza

En la investigación del grupo luterano de Valladolid, aparece frecuentemente nombrado el arzobispo Carranza (1503-1576). Entonces es detenido y procesado por la Inquisición el que fuera teólogo imperial en el concilio de Trento, hombre de confianza de Felipe II y, además, arzobispo de Toledo. Para él supuso un gran desconcierto la detención del grupo de Valladolid: ¿qué había pasado?, ¿quién es el arzobispo Carranza?, ¿es la suya una historia soterrada?, ¿por qué fue procesado?, ¿qué había cambiado en el panorama político y religioso español?, ¿cómo terminó el proceso? Veamos su historia que tiene tres grandes etapas. En primer lugar, su formación en Alcalá y en Valladolid; después, su permanencia al servicio del poder; finalmente, su proceso inquisitorial, iniciado en España y terminado en Roma.

*Bartolomé Carranzanace en Miranda de Arga (Navarra) en 1503. Como religioso, se llamó Bartolomé de Miranda. En 1515 su padre le lleva a Alcalá, al amparo de su tío Sancho, catedrático de la Universidad. Durante tres años estudia Latinidad en el colegio de San Eugenio. En 1518 pasa al colegio de Santa Catalina, donde estudia Artes. En 1520, a los diecisiete años, se hace dominico. Concluye sus estudios en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, donde destaca como brillante profesor y orador. Por dos veces es elegido provincial de Castilla.

Por orden de Carlos I participa en el concilio de Trento como teólogo imperial. Por encargo del cardenal Pacheco predica en la iglesia tridentina de San Lorenzo sobre el controvertido tema de la justificación ante todos los españoles y ante muchos italianos y franceses. Ese mismo año, en 1546, da a la imprenta en Venecia sus cuatro Controversias sobre la autoridad de la Sagrada Escritura, de la tradición, del concilio y del papa, también su Controversia sobre la necesaria residencia de los obispos.

En 1548 es elegido prior de Palencia, donde reside dos años. Por orden de Carlos I vuelve de nuevo al concilio de Trento en 1551. Su intervención de tres horas sobre el sacrificio de la Misa cierra el debate de los teólogos. En 1553 vuelve a España, reside en el Colegio de San Gregorio y comienza a predicar en la capilla de la Corte, donde el príncipe Felipe puede observar el celo del predicador. En la primavera de 1554 don Felipe marcha a Inglaterra para casarse con María Tudor, la nueva reina, y se lleva consigo a Carranza como hombre de confianza.

El historiador José Ignacio Tellechea (1928-2008), en la introducción al Catecismo de Carranza, comenta lo siguiente: En Inglaterra “le tocó seguir de cerca la ardua empresa del retorno del reino a la fe católica”. Al triángulo que componían la pareja real: María Tudor y don Felipe, y el cardenal Reginaldo Pole, hay que unir el nombre de Carranza, “amigo personal del cardenal y merecedor de la confianza de los reyes”. A pesar de la buena voluntad mostrada por la reina al comienzo de su reinado, “la paz religiosa se fue deteriorando sensiblemente y dando lugar a contrastes violentos”. Carranza estuvo directamente presente “en aquella batalla, aconsejando rigor, como lo hizo en el caso más famoso de todos, el del arzobispo Cranmer. Era una lucha total, en la que Carranza llegó hasta a arriesgar su vida ante el encono de los perseguidos, que le llamaban el fraile negro y quisieron matarle”.

En 1555 se restablecen las leyes medievales contra la herejía. En 1556 el arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, es quemado en la hoguera. En total, unas 273 personas son ejecutadas por la reina, que es llamada María la Sanguinaria. Ciertamente, esta es una etapa oscura en la vida de Carranza de la que difícilmente sale libre de complicidad real. Violento como Saulo, se muestra “partidario fanático” de las tradiciones de los antepasados (Ga 1,14).

Entre 1555 y 1556 tiene lugar la celebración de un sínodo nacional. Ante la lamentable situación del clero inglés, tanto en la formación como en las costumbres, Carranza recibe del sínodo “el encargo de redactar una amplia exposición de la doctrina cristiana que pusiese en manos de los sacerdotes el meollo del dogma y la moral católicas”. Éste  es el origen histórico de su Catecismo cristiano.

Tras la renuncia de Carlos I, le sucede el príncipe Felipe: “Flandes era el paso obligado hacia España”. El príncipe ordenó a Carranza que se quedase en la isla para atender a los problemas religiosos. Volvió don Felipe a Inglaterra en marzo de 1557 con la esperanza fallida de esperar un hijo: “Cuando partió de nuevo para Flandes, aquel mismo verano, quiso llevarse consigo a fray Bartolomé Carranza, quien dejó Inglaterra para pasar a Bruselas” (Tellechea, Bartolomé Carranza, Catechismo christiano, BAC, Madrid, 1972, 17-20 y 96).

Un año escaso estuvo Carranza en Flandes. En 1557 muere el arzobispo de Toledo, Juan Martinez Silíceo, antiguo preceptor de Felipe II. En 1558 Carranza es nombrado arzobispo de Toledo. El 21 de agosto de ese año tiene un fogoso sermón en la iglesia de San Pablo de Valladolid, en el que anima a todos a una vida cristiana más plena de fe viva, de interioridad, de frecuencia de sacramentos. Sin embargo, “no evitó una alusión al momento que vivía la ciudad castellana, cuyas cárceles estaban repletas de presos”, “Carranza excitó al pueblo a ser más cristiano y a confiar en el celo del rey y de la Inquisición en el castigo de los herejes”, también “habló de perdón y de reconciliación”.

El fogoso sermón agradó a muchos, pero disgustó a otros. Pocas horas después, dos franciscanos presentaron una denuncia ante la Inquisición, escandalizados por el uso del término “misericordia”. El inquisidor general Fernando Valdés, arzobispo de Sevilla, intentó persuadir a la princesa doña Juana, regente de España en ausencia de su hermano don Felipe, para que prohibiera a Carranza toda predicación, pero “ésta, devota asistente a la prédica de Carranza, no lo creyó oportuno”.

Carranza se entretuvo en Valladolid. Cuando salió, “su nombre andaba ya por la calle mezclado en negros augurios, cuyo manantial era claro: los ámbitos inquisitoriales”. La sombra de un hermano de hábito con quien nunca se entendió, Melchor Cano, no fue ajena al cerco que se cernía en torno al arzobispo. No fue casual que, “cuando Carranza salía de Valladolid, Cano viniera, llamado por la Inquisición, a la capital castellana”.

La detención del grupo de Valladolid le produjo a Carranza gran desconcierto. Algunos de los presos eran personalidades conocidas en los medios cortesanos de Valladolid. El Dr. Cazalla, antiguo predicador de Carlos V, le había escrito poco antes una sentida felicitación por su elección al episcopado. Al italiano don Carlos de Seso, cuatro años antes, lo había conducido a su convento de San Gregorio Pedro de Cazalla, preocupado por ciertas libertades teológicas del inquieto caballero veronés. Sólo en aquella ocasión le había visto: “fray Bartolomé creyó que dejaba remediada un alma”. Más de cerca le afectaba el caso de fray Domingo de Rojas, dominico, hijo del marqués de Pozo, antiguo alumno muy querido, a quien encomendó la dirección espiritual de la marquesa de Alcañices, cuando salió para Inglaterra.

Sin duda, algo había cambiado en el panorama político y religioso español. Como queda dicho anteriormente, Carlos V, ya retirado en Yuste, pidió a su hija Juana, regente de España durante la ausencia europea de Felipe II, que reprimiera a esos detenidos y acusados ante la Inquisición, como si se tratara de rebeldes políticos: “El rigor que se solicitaba también se encontraba relacionado con la alta posición política y espiritual de muchos de los encausados; no solamente Cazalla, sino también los citados Carlos de Seso, fray Domingo de Rojas y el que fue encausado después, el arzobispo Bartolomé de Carranza, primado de España”. Para Carlos V España es “patrimonio” suyo. Lo que cuenta es esto, no el “bien común”. Santo Tomás de Aquino afirma que la esencia de la ley “no es más que una prescripción de la razón, en orden al bien común, promulgada por aquel que tiene el cuidado de la comunidad” (Suma Teológica I-II, q. 90, a. 4).

Carranza entra en Toledo como arzobispo el 13 de octubre de 1558. En aquella España traumatizada por la reacción contra los protestantes y los alumbrados, el peligro no era imaginario y pronto tomó cuerpo en 1559. Resultan así proféticas las palabras apuntadas por el arzobispo en el borrador del sermón: “El hereje infama todo aquello que ha tratado. Hace ahora treinta años, en 1522, hubo una secta que llamaron alumbrados o dejados. Infamaron el nombre más santo, alumbrados, catechumeni, illuminandi, illuminati. Uno acusó a otro de alumbrado porque le vio delante de un crucifijo. Así ahora no quede infamada la oración mental, que es más excelente que la vocal; la una es buena, la otra mejor”.

Sigue el sermón: “La pasión de Cristo, sus méritos, su sangre: no tenemos otro tesoro como éste. De aquí toman valor los sacramentos, de aquí toman valor nuestras obras. En los méritos de Cristo ponemos nuestra principal confianza”, “el hereje infiere las conclusiones herejes: que por ser nuestra la pasión, dice, con cualquier sacramento o sin él saco lo que es menester. Ejemplo de la lección santa y de los libros. Decís que leer libros sanos es lo mejor; el hablar de Dios y conversar con buenos, el orar y frecuentar los templos, frecuentar las confesiones y comuniones y las demostraciones de bueno y virtuoso abajando los ojos. Dicen que es alumbrado, ahora dirán que es luterano”.

El jesuita Bartolomé Bustamante escribe al general de la Compañía Diego Laínez sobre el impacto producido en Toledo por el arzobispo: “Cierto parece que nuestro Señor, con este santo prelado y el de Granada, nos ha resucitado los buenos pastores de la primitiva Iglesia”. Se percibe en él una vuelta a las fuentes.

En el otoño de 1558, Melchor Cano, Domingo de Soto y otros recibieron mandato del inquisidor general Fernando Valdés para examinar el Catecismo de Carranza. Melchor Cano entregó casi doscientas proposiciones censuradas: “veía la sombra de luteranos y alumbrados en decenas y decenas de frases del Catecismo”. En general, “alerta contra errores que cree sumamente graves y no vacila en aplicarles los calificativos más fuertes, reductibles a dos fundamentales: luteranismo y alumbradismo”. Si Carranza afirma que los obispos deben conocer la Sagrada Escritura y las verdades de la fe, Melchor Cano replica que “a nada conduce airear esto en romance sino a “tener en poco a casi todos los prelados de España”.

Domingo de Soto se resistió, pero hubo de aceptar la voluntad del inquisidor: “No quería aliarse con Cano, por no pasar, como él, por enemigo de los espirituales”. Fray Juan de la Peña, profesor de San Gregorio y discípulo predilecto de Carranza, rechaza el sistema que se le aplica de calificar proposiciones aisladas: “Para entender el sentido en que se tomó, véase si el que la sacó la sacó fielmente: que este desasir las proposiciones de su contexto hace que parezcan falsas sin serlo”. Lo mismo podrían hacer con la Sagrada Escritura: “dar a cualificar proposiciones sagradas, que más de cuatro teólogos, en especial de los que se espantan de la fe, las cualificasen por luteranas”.

Carranza no pudo ir a Trento como arzobispo en la última fase conciliar (1562-1563): “En Trento lo recordaban. Una comisión de obispos aprobó su Catecismo, con gran división de los obispos y teólogos afectos a la Inquisición, de los escolásticos y del mismo rey. Para entonces contaba más el prestigio de la Inquisición que la razón de una persona, por distinguida que fuese”. 

La finalidad del Catecismo exigía la mención de las doctrinas protestantes: “Sólo Lutero es citado nominalmente y repetidas veces; los epítetos que le aplica y la doctrina que le opone no dejan lugar a dudas sobre el antiluteranismo del autor” (Tellechea, 27-42, 66, 75-76 y 88).  

* Catecismo cristiano. Carranza dedica el Catecismo al príncipe don Felipe. Habla de “la dignidad y oficio real”, “por ser ministros de Dios y representar su persona en la tierra”, “nunca las herejías llegaron a lo que ahora”, “gran obligación tiene vuestra Majestad a sustentar aquella tranquilidad de que tantos años ha gozamos en España por beneficio de vuestros antepasados”, “algunas iglesias de España me pidieron que yo declarase por escrito toda esta disciplina que basta para instruir un cristiano”, “lo mismo pienso publicar presto en latín con ayuda de nuestro Señor, por aprovechar a todas naciones con lo que Dios me ha dado a entender; y particularmente a Inglaterra, donde sé por experiencia que es necesario, y vuestra Majestad tiene obligación como en los otros estados de su patrimonio”.

Lo que pretende con el Catecismo: “Mi intento principal es proveer a los curas y a otras personas a quien toca la instrucción pública del pueblo en las cosas de la religión, para que ellos lo declaren y platiquen más largamente”. Veamos algunos aspectos:

La ignorancia religiosa: “Sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados de su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron en el bautismo, sino que, como nacieron en casa de sus padres, así se hallaron nacidos en la Iglesia, a los cuales nunca les pasó por pensamiento saber los artículos de la fe, qué quiere decir el Decálogo, qué cosas son los sacramentos. Hombres cristianos de título y de ceremonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y ánimo; porque, quitado el título y algunas ceremonias de cristianos, de la sustancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las Indias”. Esta ignorancia se imputa a los particulares, “pero principalmente se imputa a los sacerdotes, y entre éstos, especialmente a los prelados, como son los obispos y curas, los cuales son obligados en enseñar al pueblo en todas las cosas de su religión” (Cat I, 74-87).

El catecismo: “Catecismo es una doctrina que contiene los primeros elementos o principios de la religión cristiana”. Comenzó en el tiempo de los Apóstoles: “En la Iglesia primitiva acostumbraban los Padres de ella que, los que venían a tomar el bautismo con edad y uso de razón, que llamamos adultos, antes que se bautizasen fuesen enseñados en las cosas generales y sustanciales de la religión, y no les permitían tomar el bautismo hasta que estuvieses bien instruidos en ellas; y por el tiempo que estaban en esta instrucción antes del bautismo, se llamaban catecúmenos… y los maestros que tenían oficio de enseñarlos, en aquel tiempo se llamaban catequistas, que quiere decir los que instruyen o enseñan alguna disciplina” (Cat I, 156-170).

Los estados de lafe: “El primero es cuando está sola sin las otras virtudes cristianas, esperanza y caridad. En este estado la tienen también los malos que están en pecado mortal”, “en este estado llaman los teólogos fe informe, porque falta el Espíritu Santo, que forma y anima todas las cosas de la vida espiritual…y con la misma y mayor propiedad la llama el apóstol Santiago fe muerta”. El segundo estado es cuando la fe está acompañada de las otras virtudes cristianas: “En este estado dícese la fe ya formada, y fe viva y animada por el espíritu de Dios”, “de esta fe dice S. Pablo: En la religión de Cristo, ni las obras hechas por la ley ni las obras hechas por gentiles valen ante Dios para nuestra salvación, sino la fe que obra por la caridad”, “de esta fe se ha de entender lo que S. Pablo algunas veces dice: que el justo vive por la fe, y que todos somos justificados y salvos por ella” (Cat I, 683-691, 699-701 y 728-835).

El Símbolo de la fe: “El Símbolo Apostólico tiene tres partes: la primera trata del Padre, que es la primera persona de la Trinidad, y de la obra de la creación de todas las cosas. La segunda trata del Hijo y de los misterios de la redención del linaje humano, que se hizo por él. La tercera parte, de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es el Espíritu Santo, y de la santificación de la Iglesia, que se atribuye a él” (Cat I, 1018-1023).  Jesucristo es “hijo natural de Dios y verdadero Dios como su Padre” (Cat I, 2483). Como enseña Santo Tomás, “Cristo se resucitó a sí mismo”, “él por su virtud, se levantó de entre los muertos” (Cat I, 5502-5505).

La Iglesia: “Conviene estar avisados todos los fieles que la Escritura Santa hace mención de dos iglesias, y por la experiencia del tiempo hemos conocido ser así. La una es de Cristo, y ésta siempre fue y será una, que es la verdadera Iglesia. La segunda es la de Satanás, cuyos miembros son los herejes y cismáticos. Esta no es una, porque no hay en ella un espíritu ni una cabeza: son muchos espíritus, y contrarios unos de otros: los arrianos tuvieron un espíritu, y los donatistas otro. Ahora los luteranos tienen un espíritu y los anabaptistas otro contrario: solamente son concordes todos en perseguir a la verdadera Iglesia de Cristo” (Cat I, 9895-9907).

Los obispos. Los prelados, especialmente los obispos, que tienen en la Iglesia el oficio de los Apóstoles, “son obligados a tener ciencia de ambos testamentos, Viejo y Nuevo, en los cuales se contienen todas las Escrituras Santas, como lo profesan en su consagración” (Cat I, 861-866). Judas tiene sucesores en la Iglesia: “¡Oh, cuántos hay en la Iglesia que hacen el oficio de Judas, que, dando paz a Cristo, le venden! Alumbrados con la fe, y conociéndole le profanan en sus sacramentos. Señaladamente suceden en este pecado los prelados y los sacerdotes malos, simoníacos, lujuriosos y ambiciosos, de cuyos pecados por ventura no es menos ofendido Cristo que de los pecados de Judas” (Cat I, 5045-5050).

La resurrección: “El que resucitará el día del juicio será el mismo cuerpo en sustancia que ahora traemos; pero será tan mejorado y tan mudado en calidad, que parecerá otro del que ahora tenemos. Resucitará también todo el hombre, pues todo él muere, porque el alma sola no es hombre, y tornará a cobrar la vida que perdió”. Cualidad de los cuerpos gloriosos “es espiritualidad y sutilidad”, “despojados han de estas flaquezas y de estas servidumbres, y quedarán tan espiritualizados, que dice S. Pablo que el cuerpo del hombre que se siembra en la sepultura animal, se levantará cuerpo espiritual” (Cat I, 10197-10201 y 10600-10607).

Los diez mandamientos: “I. No tendrás dioses ajenos en mi presencia. II. No tomarás jurando el nombre del Señor tu Dios en vano y sin causa. III. Acuérdate de santificar el día de la fiesta. IV. Honrarás a tu padre y a tu madre, porque tengas larga vida sobre la haz de la tierra. V. No matarás. VI. No cometerás adulterio. VII. No hurtarás. VIII. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. IX. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su esclavo ni su esclava, ni su buey ni su asno, ni otras cosas suyas. X. No desearás la mujer de tu prójimo” (Cat II, 435-446).  

Los santos: “La Iglesia católica y los que vivimos en ella celebramos la memoria de los santos hombres y santos ángeles y hacemos fiesta de ellos”, “para celebrar las grandes obras que Dios hizo por ellos”, “para celebrar la fe de los santos, por la cual vencieron los reinos del mundo y del infierno”, “celebramos su memoria por la imitación de su vida y de sus costumbres”, ”hacemos oración a los santos, demandando su ayuda para, delante de Dios, que intercedan por nosotros para nuestra salud” (Cat II, 1045-1079).

Las imágenes: “No harás para ti estatua de bulto. Esta es la tercera parte del primer precepto…No tendrás dioses ajenos. Y porque esto lo hacían los egipcios (con quien se habían criado los hijos de Israel) levantando imágenes y estatuas de piedra, o de madera, o de plata, o de oro, a las cuales adoraban como a dioses, por esto les dice: No harás estatua ni semejanza alguna de cosa del cielo ni de cosa de la tierra, para adorarla y servirla como a Dios y tenerla por ídolo”, “los herejes de este tiempo, discípulos de Martín Lutero, apretando las palabras de este precepto, dicen que está prohibido todo el uso de las imágenes” (Cat II, 1302-1305 y 1359-1361).  .

La virginidad: “En el tiempo pasado hubo herejes que igualaron estos estados, y enseñaron que se servía Dios tanto en el estado de los casados como en el de los vírgenes, y que merecían tanto unos como otros en el uso de su estado. Contra esto escribe San Jerónimo largo en los libros que hizo contra Joviniano, que fue en su tiempo un autor de este error. En estos tiempos, después que Martín Lutero se apartó en Alemania de la Iglesia católica, muchos que le suceden en sus errores enseñan lo mismo, y no solamente igualan estos estados, sino prefieren el estado de los casados al de los continentes, porque todo su intento de estos es favorecer en todo la libertad de la carne” (Cat II, 6339-6347).

Los sacramentos: “Estos siete sacramentos son: Bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio. Estos siete misterios o sacramentos ordenó Jesucristo N.S. antes que se subiese a los cielos, para que por ellos, a los moradores de la tierra, se comunicase la gracia y los otros bienes que él nos mereció muriendo por nosotros” (Cat III, 51-55).

La oración. Hay dos especies de oración, que son: “oración mental y vocal”, “la primera es la más principal y la más necesaria. La segunda, que es la vocal tiene muchos provechos. Oración mental es la que se hace con solo el corazón y con la mente, que es la parte superior de nuestra alma. Esta es el origen donde nace nuestra oración y aquí se ha de acabar, porque de aquí toma sus fuerzas y su valor, y de aquí toma la oración vocal todo el bien que tiene. Oración vocal es la que se hace con la lengua y con los otros instrumentos corporales de la voz, movidos del afecto del corazón” (Cat IV, 320-327).

* Detención y proceso. Carranza es acusado de “hereje y dogmatizador luterano”. Los inquisidores “censuran como luteranas frases que resultan ser copia literal de San Jerónimo o de San Juan Crisóstomo, se les escapan frases transcritas literalmente de Melanchton, ignorando su procedencia”, “los temas en torno a los cuales se agrupan los cargos son fundamentalmente los siguientes: justificación por sola fe, fe y obras, certeza de la gracia, concupiscencia, libre albedrío, ley y evangelio, leyes humanas y positivas, eclesiología, Escolástica, sacramento del Orden, bienes de la Iglesia, ceremonias, celibato, Papa, oración, etc” (Historia de la Inquisición, 578-579).

La batalla se dio también en Roma. “El inquisidor general con la autorización escrita de Paulo IV y Felipe II, se dispuso a asestar el golpe definitivo. Hizo llamar a Carranza a Valladolid por carta de la princesa doña Juana”. Carranza se demoró en las cercanías de Alcalá y fue a Torrelaguna a administrar la confirmación. En realidad, esperaba que, llegando el rey y contándole su verdad, le demostraría que era el de siempre.

El arzobispo fue detenido en Torrelaguna en la noche del 22 de agosto de 1559, mientras dormía. La primera respuesta verbal a las acusaciones revela una tremenda carga emotiva: “aquello es maldad, como Judas fue malo”, “es testimonio falso, como lo levantaron a Cristo”, “no es verdad, es falso”, “es disparate”, “nunca tal pasó”, “es desatino”, “toda su vida hizo lo contrario”.

Carranza recusó como juez al Inquisidor general, acusándolo de notoria parcialidad y apasionamiento en los preparativos de la causa. Los jueces árbitros nombrados para dirimir tal contencioso dieron la razón al arzobispo prisionero. Comenta Tellechea: “Era una inmensa victoria moral de Carranza, pero victoria pírrica en cuanto a sus efectos. Valdés hubo de retirarse del proceso, pero quedaba al frente del Consejo desde el que se manejaban sus hilos y al que consultarían continuamente los futuros jueces subdelegados” (Historia de la Inquisición, 569).

Don Felipe estaba supeditado a los informes y peticiones de la Inquisición: “el hombre de su elección resultaba cepa de inacabables herejías”. En carta redactada el 10 de abril de 1562, Carranza le dice al rey: “Entienda que fray Bartolomé de Miranda -nombre en religión de Carranza- no fue jamás otro del que pensó que era cuando se sirvió de él en su casa”.

El proceso se lleva a Roma. El papa Pío V (1566-1572) reclamó la causa con firmeza no acostumbrada y Carranza llegó a Roma el 28 de mayo de 1567, donde estuvo encarcelado en el castillo de Sant’Angelo. El proceso, que suscitó tensiones diplomáticas entre España y la Santa Sede, siguió una vía media entre dos alternativas: “la de la Inquisición española, que defendía su actuación anterior y sumario como base para la sentencia pontificia; y la del Tribunal romano, que pronto expresó sus dudas acerca de la validez de los criterios inquisitoriales hispanos y quería salvaguardar su propia libertad e iniciativa”.

Ya de entrada, se plantea un problema de método: se hace un concienzudo repaso del contenido de algún cartapacio para la verificación de la paternidad de Carranza sobre esos escritos. Con ello se pretende esclarecer la presencia entre los papeles de Carranza de algunos textos literalmente transcritos de Lutero: “Carranza reconoció la materialidad del hecho y lo justificó evocando una praxis ordinaria entre los teólogos en los trabajos del Concilio de Trento”. En los meses siguientes, los interrogatorios versaron sobre una serie de frases o expresiones de Carranza que podía resultar ambiguas: “Con gran seguridad y riqueza de matices, él supo dar el sentido correcto y ortodoxo de las mismas”.

El jesuita Francisco de Toledo, teólogo que gozaba de la confianza del Papa, fue llamado por éste para intervenir en la causa. Su conclusión fue ésta: “Parece que no ha habido ánimo herético”. Toledo era alabado en los despachos del embajador español, pero ahora es atacado sin piedad. Se le acusa de ser favorable a Carranza como todos los jesuitas y se recurre a la vileza de “expulgar” en su linaje: “Este Maestro Francisco de Toledo es de linaje de judíos muy bajos y notorios de Córdoba…es notoriamente sospechoso”. Es “cosa indigna y de gran vergüenza” que se diga en la Cristiandad “que hombre de semejante linaje trate cosas de Santa Inquisición y más una de tanta importancia en la Iglesia“.

En 1571 los rumores callejeros de Roma daban por concluida la causa: se creía inmediata la sentencia y que ésta sería absolutoria. La presión que ejerció el embajador español sobre el papa fue enorme. Todo esto mereció el reproche de Pío V, que vio en su actitud una intromisión manifiesta en una causa de fe y una falta de respeto a la justicia del papa.

En el variado registro de motivos para la resistencia a una sentencia absolutoria llegan a invocarse argumentos como el del “escándalo del reino” si Carranza volviese absuelto y la “obligación moral del Rey” de pensar en el remedio de tal eventualidad. El embajador Juan de Zúñiga recogió esta frase de labios de Pío V: “Que si el arzobispo merecía ser quemado, ninguno le condenaría de mejor gana; pero que si merecía ser absuelto, él no quería dar la sentencia de Pilatos, que condenó a nuestro Señor Jesucristo porque no se alborotase el pueblo”. En el Consejo de la Inquisición surgió la idea de intimidar al papa con la amenaza de un Concilio nacional, anticipando con ello la cara del “galicanismo” del siglo XVII.

Pío V muere el 1 de mayo de 1572. Anteriormente había muerto el dominico Tomás Manrique, maestro del Sacro Palacio, acérrimo defensor de Carranza. El nuevo papa es Gregorio XIII. El embajador español sugiere a Felipe II hacer una diligencia: “Convendría que V.M. mandase juntar los que hoy son vivos de los que aprobaron el Catecismo del arzobispo y que les mostrasen los cartapacios y diesen sobre ellos su censura y después la tornasen a dar sobre el Catecismo”. Los mediadores podían ser fray Francisco Orantes y fray Juan de la Fuente, ambos “muy instruidos” en el asunto. Los hombres a doblegar eran, entre otros, el arzobispo de Granada Pedro Guerrero y el electo de Santiago Francisco Blanco. A todos ellos se les entregó la cédula del monarca y se les exigió juramento de guardar secreto. Todos se retractaron de los elogios que habían hecho al Catecismo. Las nuevas censuras fueron enviadas a Roma. Gregorio XIII, tras alguna vacilación, las excluyó del proceso pues “se habían hecho por mandato de Su Majestad”, no por orden del papa, el único juez competente en la causa (Ibidem, 583-591).

Lasentencia, tan esperada, quiso contentar a todos, pero no gustó a nadie. El 14 de abril de 1576, Carranza fue declarado “vehementemente sospechoso de herejía” y su Catecismo quedó prohibido. Se le hizo abjurar de 16 proposiciones de Lutero y de otros sobre las que se fundaba la sospecha. Sin embargo, “no se le condenaba como reo, convicto y confeso, de herejía alguna; ni siquiera se le desposeyó de su arzobispado”, “se le suspendía por cinco años en el gobierno de la diócesis, que los pasaría en el monasterio dominico de Orvieto”.

Carranza salió de su prisión en el castillo de Sant’Angelo y, al día siguiente, domingo de Ramos, celebró la Misa que no había vuelto a celebrar desde su detención.  Habían pasado casi 17 años. El jueves santo dio de comer a todo el convento de Santa María sobre Minerva, donde se alojaba. El día de Pascua celebró en la capilla de Santo Tomás de Aquino, dando la comunión a los fieles criados que le habían acompañado en la prisión.

Una retención de orina le postró en cama: era mal de muerte. El 30 de abril se le comunicó al papa la extrema gravedad del enfermo y éste le envió la bendición y la absolución. Al día siguiente padeció fuertes dolores, aunque con sosiego y con entero juicio. Pidió que le leyesen la pasión según San Juan, los salmos penitenciales y el Símbolo atanasiano. Era un mentís abierto a tanta acusación. Muere el 2 de mayo de 1576, a las tres de la mañana, fiesta de San Atanasio y del dominico San Antonino. 

Su epitafio fue dictado por el mismo Gregorio XIII: “Bartolomé Carranza, navarro, dominico, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, varón famoso en la doctrina, en la predicación y en las limosnas, que desempeñó egregiamente grandes funciones encomendadas por Carlos V y por el rey católico Felipe II, modesto en la prosperidad y ecuánime en la adversidad, murió el 2 de mayo del año 1576, fiesta de Atanasio y Antonino, a la edad de 73 años”. Lo enterraron en el coro de los religiosos, cerca del altar mayor de la iglesia romana de Santa María sobre Minerva (Tellechea, 41-47). En 1993 sus restos fueron trasladados a Toledo.

El historiador Tellechea da esta semblanza de Carranza: “Podía estar abierto al erasmismo, pero dos faros relucientes y complementarios guiaban primordialmente sus fatigas intelectuales: la Sagrada Escritura y Santo Tomás”. Su afición le empujaba también hacia los Padres de la Iglesia, en los que encontraba reverberos de aquella Iglesia primitiva, “hontanar de inspiración para sus futuros afanes reformadores”, “Cristo y lo cristiano son el eje de su predicación”, “la Biblia es su fuente de inspiración, acompañada de selectos pensamientos de Padres. Predica incansablemente la fe, la confianza, la conversión: un cristianismo de corte marcadamente paulino que exigía interioridad, autenticidad, obras, reforma” (Tellechea, 11-13).

* Comentario. Cara y cruz de Bartolomé Carranza. Formado en la Universidad de Alcalá, tiene en la Biblia su fuente de inspiración, promueve la reforma de la Iglesia y se sitúa en la corriente de los espirituales, que busca una religiosidad interior, viva y participada, más allá de la religiosidad rutinaria tradicional. Como dominico, estudia en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, donde conoce la doctrina de Santo Tomás y donde destaca como brillante profesor y orador. Por orden de Carlos I participa en el concilio de Trento como teólogo imperial. En Valladolid predica en la capilla de la Corte. Carranza acompaña a don Felipe como hombre de confianza cuando el príncipe marcha a Inglaterra y se casa con María Tudor, llamada la Sanguinaria. Allí aconseja rigor con los perseguidos. Violento como Saulo, se muestra “partidario fanático” de las tradiciones de los antepasados (Ga 1,14), su conducta no cuadra “con la verdad del Evangelio” (2,14), se acomoda “al esquema de este mundo” (Rm 12,2), queda envuelto por “la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes” (Mc 8,15).

Carranza denuncia la ignorancia religiosa de su tiempo: hay “millares de hombres” que no saben nada de su religión. Hoy hablamos de la desproporción entre el número de bautizados y el número de evangelizados: “muchos son los bautizados y pocos los evangelizados”. En Inglaterra, un sínodo nacional le pide a Carranza “una amplia exposición de la doctrina cristiana” para uso de los sacerdotes. Entonces escribe su Catecismo cristiano, que será aprobado por una comisión de obispos en el Concilio de Trento y que, sin embargo, será considerado herético por la Inquisición española.

Al volver a España, le produce gran desconcierto la detención del grupo de Valladolid. En la ciudad castellana predica un fogoso sermón, por el que es denunciado ante la Inquisición. Sin duda, algo había cambiado en el panorama político y religioso español.  Carlos I, ya retirado en Yuste, pidió a su hija Juana, regente de España durante la ausencia europea de Felipe II, que reprimiera a esos detenidos, como si se tratara de rebeldes políticos. Para Carlos I España es “patrimonio” suyo. Lo que cuenta es eso, no el “bien común”. Durante diecisiete años, Carranza fue procesado por la Inquisición española como “hereje luterano” y, en el fondo, como “rebelde político”. Le salvó el traslado del proceso a Roma y la intervención del papa Pío V, que no quería, si Carranza merecía ser absuelto, “dar la sentencia de Pilatos, que condenó a Cristo porque no se alborotase el pueblo”. La sentencia de Gregorio XIII no gustó a nadie. Carranza salió de la cárcel y al día siguiente, celebró la misa que no había vuelto a celebrar desde su detención. Era domingo de Ramos, fiesta que evoca la “purificación del templo”.

5. Casiodoro de Reina

 

Según el profesor Melquiades Andrés, los primeros luteranos españoles han sido objeto de interesantes monografías y “lo mismo acaece con los protestantes, o tenidos por tales, de Valladolid y Sevilla, apresados por la Inquisición, o huidos a Ginebra y a otras ciudades europeas” (Historia de la Inquisición, 527). En el grupo de Sevilla destacan algunos: Constantino Ponce de la Fuente, “la mayor gloria de la reforma española”; Casiodoro de Reina, el “otro gran personaje sevillano”, primer traductor de la Biblia al castellano, y Cipriano de Valera, revisor de la traducción. Ahora bien, ¿los conoce la gente?, ¿es la suya es una historia soterrada?, ¿por qué fueron perseguidos?, ¿ por Dios, por la patria y el rey?, ¿qué Dios?, ¿qué patria?, ¿qué rey?, ¿acaso era delito traducir la Biblia al castellano?, ¿acaso era delito la reforma promovida por ellos?, ¿se prohíbe la Biblia y se permite la tradición?, ¿se defiende la fe por la fuerza?, ¿qué fe?, ¿una fe fanática y violenta?

* Constantino Ponce de la Fuente (1502-1560) nació en San Clemente (Cuenca). El apellido Ponce se añadió por confusión entre Ponce y Fonce (del latín, Fontius, de la fuente). De ascendencia judía, estudió en la Universidad de Alcalá. Dice la historiadora María Paz Aspe en su artículo sobre él como Escritor evangelista del siglo XVI: “Arrastró el peso de su origen judío y vivió intensamente la renovación del humanismo cristiano que defendía la Universidad de Alcalá”, “de su aprovechamiento en las aulas complutenses dan fe la obra escrita posterior en la que se aprecia un amplio conocimiento de la Biblia, de las lenguas en que fue escrita, y un gran sentido renovador concebido en términos muy gustados allí y de acentos erasmistas”. A partir de 1530 mantiene correspondencia con Erasmo de Rotterdam.

Renunció al cargo de predicador en Cuenca y en Toledo. Sus antepasados conversos habían tenido conflictos con el arzobispo Silíceo, uno de los promotores de los Estatutos de limpieza de sangre. Constantino comenta “que los huesos de sus padres y abuelos descansaban sepultados ya hacía muchos años y que él no quería admitir ningún cargo por ocasión del cual se turbase aquel reposo”. 

Terminó sus estudios en la Universidad de Sevilla: “Sobre las razones de su marcha de Alcalá se ha conjeturado que pudieron deberse a las medidas antierasmistas o al establecimiento del estatuto de limpieza de sangre en el curso 1532-1533. En todo caso, se marchó a Sevilla sin haber obtenido ningún grado universitario” (RAH). Por entonces la ciudad andaluza se había convertido en el foco principal del protestantismo en España, pues algunos teólogos simpatizaban con el protestantismo y, también, un monasterio de monjes jerónimos.

En 1533 Constantino es nombrado predicador de la catedral. En 1548 recibe el cargo de predicador de la corte imperial. Acompaña al príncipe Felipe en su viaje a Italia, Flandes, Alemania e Inglaterra. En 1555 estuvo presente en la abdicación de Carlos I. En 1557 vuelve a Sevilla, donde es nombrado canónigo magistral. Su obra principal es la Suma de la Doctrina Cristiana, editada probablemente en 1544. El Catecismo Cristiano (1547) es un resumen de la Suma pensado para niños. En 1557 se prohíben varias obras del doctor Constantino (así se le llama). Las obras prohibidas fueron: Exposición del primer salmo de David, Catecismo Cristiano y Confesión de un pecador.

Tras los primeros interrogatorios de los inquisidores, el doctor Constantino comenta con humor: “Quisiéranme quemar estos señores, pero me hallan muy verde”. Los censores de su obra señalan que el autor “parece querer decir” y “apunta querer sentir” doctrinas de los alumbrados y del estilo que “encarescen los herejes”. Estas doctrinas se referían a temas candentes de la época: la justificación, la fe sola, las ceremonias, el mérito, las obras y el beneficio de Cristo.

Sin embargo, el doctor afirma que “la fe sin obras es fe muerta, la verdadera fe es la que engendra las obras” (Suma, 29). En el aviso Al lector cristiano, que precede a la Suma, escribe: “Esta doctrina (…) es la que la Iglesia Católica en su principio enseñó, con grandísimo cuidado, a sus hijos. Esta era la predicación de entonces. Y lo que en las públicas y particulares Congregaciones se trataba, del negocio de Jesucristo, Redentor y Señor del mundo. Aquí está sumado, y recogido, todo lo que está sembrado en las Escrituras Divinas (…). El demonio introdujo doctrinas falsas, adversidades vinieron por estos pecados” (Hoja IV), “siempre le es cosa áspera, y escandalosa (al mundo), decirle que vuelva a la virtud antigua” (Hoja V).

Sobre la Iglesia: “Llamamos a esta Iglesia, Santa, porque por su fe y sus obras, son todos los miembros de ella, aceptos a Dios, y juntados con Él, en grandísima amistad. Llámase Católica, porque donde quiera que estén los tales miembros, son miembros de un mismo cuerpo místico, y espiritual, cuya cabeza es Cristo, nuestro Redentor. Con el cual (…) están unidos con una misma fe y una misma caridad, sin que error, ni herejía, los divida entre sí” (Catecismo Cristiano). En esta obra se trata “sino de los más principales” sacramentos: bautismo, penitencia y comunión.

Frutos de la fe: “Con la fe hemos de oír su palabra, con ésta hemos de entrar en conocimiento, con ésta  deben recibir noticias de sus maravillas, , con ésta hemos de seguir sus promesas, con ésta hemos de comparecer ante su acatamiento, proponiendo nuestras necesidades y pidiendo remedio para todas ellas; con ésta le hemos de dar gloria por quien Él es, con ésta hemos de tomar gusto y sabor a sus obras, alegría en nuestros trabajos, esperanza en nuestros caminos, alivio en nuestras tristezas, firmeza y seguridad en seguirle y en cumplir su voluntad, sin congoja y sin recelo que nos podemos perder si de él no nos apartamos” (Doctrina cristiana).

En agosto de 1558 el doctor es encarcelado en el castillo de Triana. Tras pasar casi dos años en la cárcel de la Inquisición, muere. No se sabe exactamente la fecha, ni cómo. Sus amigos dicen que la causa fue “el tormento”, la tortura. Sus enemigos dicen que se suicidó con un cuchillo o con un trozo de vidrio. Cuando terminó su proceso, fue condenado por “delitos de herejía y apostasía”. Quisieron “quitar y raer cualquier título si lo tuviese puesto sobre su sepultura; por manera que no quede memoria del dicho Constantino sobre la haz de la tierra”. Desenterraron sus restos y le quemaron tras el auto de fe de 22 de diciembre de 1560. El doctor Constantino fue sacrificado por “la unidad política y religiosa”, por la “limpieza étnica de España”, al “dios nacional”, que no es el Dios de Jesús.

* Casiodoro de Reina nació (probablemente) en la villa de Reina, cerca de Montemolín (Badajoz), en 1520. Era de ascendencia morisca: “morisco granadino” (Menéndez Pelayo). Moriscos son los que, tras la Reconquista, se quedan en España y se bautizan. En su juventud ingresa en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo de Santiponce (Sevilla), estudiando allí la Biblia y contactando con las ideas luteranas. Por el investigador británico Arthur Gordon Kinder (1927-1997), autor de la mejor biografía de Reina, “sabemos sobre sus estudios en la Universidad hispalense, su vocación religiosa y su incorporación como monje profeso al monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en las inmediaciones de Sevilla. Mejor conocidas son las circunstancias que determinaron la penetración y arraigo de doctrinas protestantes en el expresado cenobio hasta convertirlo en foco de irradiación luterana en la ciudad y en la comarca, episodio cerrado en 1557 con la fuga de doce de los monjes, entre ellos Reina y la plana mayor del monasterio, el prior incluido” (RAH; Kinder, Upsa, 1975, 18 y ss).

En efecto, en otoño de 1557, tras la distribución clandestina del Nuevo Testamento traducido por Juan Pérez de Pineda y el descubrimiento del grupo de Sevilla por parte de la Inquisición, Casiodoro de Reina y otros, como Cipriano de Valera, huyeron a Ginebra, “principal centro calvinista de Europa”. Lo que Casiodoro vio allí no le gustó. En 1553 Calvino había ejecutado a Miguel Servet. Esto era una ofensa al testimonio de Jesús y no podía aceptar que se condenase a alguien por sus creencias. Asimismo, frente a la opinión dominante, los anabaptistas pacíficos debían ser considerados “como hermanos”. Chocó con Calvino. La rigidez imperante le hizo decir que “Ginebra se había convertido en una nueva Roma”. En 1558 decidió marchar a Frankfurt.

Un año más tarde, tras la coronación de Isabel I de Inglaterra, Casiodoro marchó a Londres, siendo elegido pastor de la congregación de habla hispana. En 1562 solicita a la reina que se les conceda el uso de la iglesia de Santa María. Durante su estancia en Inglaterra comienza la traducción de la Biblia al castellano que se conoce como la Biblia del Oso, porque figura un oso en la portada. La biblia políglota de Cisneros se había traducido sólo al latín a partir de los originales hebreo, arameo y griego. Estaba prohibida la traducción al castellano.

Mientras tanto, el 16 de abril de 1562 la Inquisición celebra en Sevilla un auto de fe en el que Casiodoro fue condenado y quemado en efigie. En Sevilla hubo otros dos autos de fe en septiembre de 1559 y en diciembre de 1560, y dos más en abril y octubre de 1562, con un total de 218 condenados, de los cuales 50 fueron quemados.

En aquel momento, “Sevilla era una ciudad con notables minorías judías y moriscas, y un gran centro comercial abierto al tráfico de todas las naciones, por lo que era un lugar idóneo para la presencia y difusión de ideologías no católicas, en particular la luterana”. Los autos de fe que se celebraban en Sevilla tuvieron lugar en las gradas de la catedral y, más tarde, en las iglesias de San Francisco, de Santa Ana, de San Marcos y en el convento dominico de San Pablo. Alonso Sánchez Gordillo, abad de la clerecía sevillana y cronista, afirma en 1612 que los inquisidores celebraban en el convento “los autos y ejemplares castigos que en los herejes y tornadizos convenían que se hiciesen, y en su iglesia ponían los sambenitos, y aún es fama constante que cerca del convento hicieron sus cárceles y ejecutaban las penas de fuego que imponían”. El Tribunal tuvo que trasladarse al Castillo de Triana, a orillas del Guadalquivir: “Aquí residió durante todo el siglo XVI, aunque no todas las dependencias del Tribunal residían en él, por ser pequeño, dado el extraordinario desarrollo que fue alcanzando en el transcurso del tiempo”.

Otros detalles: “La condena tenía lugar donde se celebraba el  auto y el suplicio en otro sitio; los primeros, que llegaron a tener carácter de fiesta y regocijo público, se celebraban en las gradas de la catedral, el lugar más concurrido de la época. El cadalso se colocaba a las espaldas del Sagrario Viejo y el tablado para los convidados en los portales”. El azote público solía celebrarse en la Puerta del Perdón y la hoguera en el quemadero de Tablada.

El más importante de los celebrados en las gradas de la catedral fue el del año 1546, que por iniciativa del inquisidor don Fernando Valdés tuvo gran solemnidad: “Salieron condenados en el auto setenta personas: veintiuno para el quemadero, siete mujeres y catorce hombres; y condenados a retractaciones y cárcel perpetua, dieciséis. La casa de uno de los reos se arrasó y se sembró de sal”. El auto empezó a las diez de la mañana y terminó al anochecer: “el Santo Oficio fue el instrumento más poderoso que tuvo la Corona para lograr la unidad política y religiosa de sus reinos, contribuyendo de manera decisiva a lo que hoy llamaríamos limpieza étnica de España” (Alma Mater Hispalense). 

* El Gran Inquisidor. La escena pasa en la Sevilla del siglo XVI, en los tiempos más pavorosos de la Inquisición, “donde la víspera, en presencia del rey, de cortesanos, de caballeros, de cardenales, de hermosísimas damas de la corte, ante la numerosa población de toda Sevilla, el cardenal Gran Inquisidor había hecho quemar poco menos de un centenar de herejes ad maiorem gloriam Dei. Aparece Él, sin pregonarlo, imperceptiblemente, pero he aquí que todos –es raro- le reconocen”.

El rostro se le ensombrece al cardenal: “Frunce sus pobladas cejas canosas y su mirada centellea con siniestro fuego. Extiende su índice y manda a su guardia que lo detengan”, “la guardia conduce al Prisionero al viejo caserón del Santo Oficio, y lo encierra en un estrecho calabozo abovedado. Pasa el día, llega la noche de Sevilla, oscura, calurosa, sin aliento. El aire despide aromas de laurel y limonero. Entre las profundas tinieblas, se abre de pronto la puerta de hierro del calabozo y el viejo Gran Inquisidor en persona entra lentamente con un candil en la mano. Va solo. Tras él la puerta se cierra al instante. Se detiene pasado el umbral y le contempla el rostro largo rato, un minuto, quizá dos. Por fin se le acerca con lento paso, deja el candil sobre la mesa y le dice:

- ¿Eres tú? ¿Tú? - Pero, como no recibe respuesta, añade rápidamente: No contestes, calla. Además, ¿qué podrías decir? Sé demasiado lo que dirías. No tienes derecho a añadir nada a lo que antes dijiste. ¿Por qué has venido a estorbarnos? Pues tú has venido a estorbarnos y lo sabes. Pero ¿sabes lo que pasará mañana? No sé quién eres ni quiero saberlo: si eres tú o sólo una semejanza suya; pero mañana te condenaré y te haré quemar en la hoguera como al más vil de los herejes; el mismo pueblo que hoy te ha besado los pies, mañana mismo, a una señal mía, se lanzará a avivar las brasas de tu hoguera, ¿lo sabes?”.

“Lo has pasado todo al Papa; por tanto, ahora se encuentra todo en manos del Papa y es mejor que tú no vengas, no nos estorbes, por lo menos hasta la hora señalada”, “ Te advirtieron (le dice), no te faltaron advertencias e indicaciones, pero no hiciste caso a las advertencias, rechazaste el único camino por el que se podía hacer felices a los hombres; mas, por suerte, al marcharte, pusiste tu obra en nuestras manos”, “en vez de dominar la libertad de las gentes, ¡tú se la hiciste aún mayor!”, “en vez de apoderarte de la libertad humana, la multiplicaste, y gravaste así, con los tormentos que provoca, el reino anímico de los hombres por los siglos de los siglos”, “quizá lo que tú quieres es escucharlo precisamente de mis labios, pues escucha: nosotros no estamos contigo, sino con él, ¡ese es nuestro secreto! Hace mucho tiempo que estamos con él y no contigo, hace ya ocho siglos. Hace exactamente ocho siglos que aceptamos de él lo que tú rechazaste indignado, el último don que te ofreció al mostrarte todos los reinos de la tierra”.

A los hombres “les daremos permiso para que pequen, pues son criaturas débiles e impotentes, y nos amarán como niños porque les permitimos pecar. Les diremos que todo pecado puede ser redimido, si se ha cometido con nuestro consentimiento”, “no tendrán secreto alguno para nosotros. Les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres y amantes, tener o no tener hijos, según sea su obediencia, y ellos se nos someterán con satisfacción y alegría. Nos comunicarán los secretos más atormentadores de sus conciencias, todo, todo lo pondrán en nuestro conocimiento, y todo se lo resolveremos nosotros”

“Has de saber que no te temo. Has de saber que también yo he estado en el desierto, que también yo me he nutrido de langostas y raíces, que también yo he bendecido la libertad, con la que tú bendijiste a las gentes, y que me preparaba para ingresar en el número de los elegidos”, “pero abrí los ojos y no quise ponerme al servicio de la insensatez. Me volví y me adherí al puñado de los que rectificaban la obra tuya”. Dicho de otra forma. Hemos tenido que corregirte.

“Cuando el Inquisidor termina, espera un rato a que el Prisionero le responda. El silencio que el Cautivo guarda le resulta penoso. Mientras él había hablado, el Prisionero se había limitado a escucharle atenta y mansamente, mirándole a los ojos, por lo visto sin desear contestarle nada. El viejo quería que el otro le dijera algo, aunque fuera amargo y terrible. Pero Él, de pronto, sin decir una palabra, se le acerca y le besa dulcemente los exangües labios nonagenarios. Ésta es toda su respuesta. El viejo se estremece. Algo tiembla en los extremos de sus labios: se dirige a la puerta, la abre y dice: Vete y no vuelvas más…no vuelvas nunca…¡Nunca, nunca! Y le deja salir a las oscuras plazas y calles de la ciudad. El Prisionero se va. - ¿Y el viejo? -  El beso le quema el corazón, pero el viejo persiste en su idea” (Fedor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov, Ed. Bruguera, Barcelona, 1983, 306-323).

* Ataque difamatorio. Según afirma el investigador británico Arthur Gordon Kinder en su estudio sobre los reformadores españoles, Casiodoro de Reina fue víctima de un ataque difamatorio maquinado por la embajada española para desacreditarlo moral y doctrinalmente: “Las acusaciones incluían sospechas de unitarismo, adulterio y sodomía con miembros de su propia familia. Como al menos la última acusación era motivo de horca, huyó”, “primero se ocultó en Amberes”, “a pesar de la gran dificultad completó la traducción de su versión de toda la Biblia mientras vivía ya en Estrasburgo, ya en Basilea” (Kinder, Upsa, 169).

El rey Felipe II ejerció presiones para que Casiodoro fuera extraditado a España. Entonces se trasladó a Amberes (Bélgica). En la nochebuena del año 1563 el monje jerónimo Antonio del Corro, desde Teobon (Francia), escribe una carta a Casiodoro, consultándole su parecer sobre el misterio que encierra la naturaleza divina de Cristo y sobre el misterio de la Trinidad; en especial, sobre el versículo 21 del capítulo 17 de San Juan: “que todos sean uno, como tú padre en mí, y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (ver Silvina Mondragón-Verónica Barragán, Cuadernos medievales, 2019). No consta que hubiera respuesta. 

Tras un breve periodo en Amberes, Casiodoro vuelve a Frankfurt, donde en 1567 termina la traducción del Antiguo Testamento. En Basilea traduce el Nuevo e imprime la Biblia en 1569. Es la primera traducción de la Biblia al castellano a partir del hebreo y del griego. Dice Casiodoro en la Introducción a la Biblia: “La obra nos ha durado entre las manos enteros doce años. Sacado el tiempo que nos ha llevado o enfermedades, o viajes, u otras ocupaciones necesarias en nuestro destierro y pobreza, podemos afirmar que han sido bien los nueve, que no hemos soltado la pluma de la mano”. Los ejemplares “viajaron escondidos en cuatro toneles de vino, sin que figurara el nombre del traductor ni del impresor, con una tapa en la que sobresalía el dibujo de un oso parado en dos patas sacando miel de un panal”.

En 1573 obtiene la ciudadanía en Frankfurt, donde se establece con su mujer e hijos. Allí muere en 1594. Creemos que se cumple en él la palabra de Jesús: “Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (Mt 5, 11).

* Cipriano de Valera nace hacia 1532 en el terreno conocido como Valera la Vieja, a pocos kilómetros de Fregenal de la Sierra (Badajoz). Estudia durante seis años Dialéctica y Filosofía en la Universidad de Sevilla. Ingresa en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. En su Exhortación al cristiano lector que encabeza su revisión de la Biblia de Reina nos dice: “Yo siendo de 50 años comencé esta obra: y en este año de 1602 en que ha placido a mi Dios sacarla a la luz, soy de 70 años”. El Índice señala a Valera como “el hereje español”, “sin duda porque publicó desde Inglaterra gran número de panfletos y de libros anti-papales” (Kinder, 166).

En 1602 Cipriano de Valera publica una revisión de la Biblia del Oso en Amsterdam que se conoce como la Biblia del Cántaro, porque figura un cántaro en la portada. La ilustración de la portada representa a dos personajes a ambos lados de un árbol. Uno de ellos, con una rodilla en el suelo, sostiene un plantón y otro lo riega con el agua de un cántaro.

En 1865 las Sociedades Bíblicas Unidas tomaron como base la Biblia de Valera para publicar una versión de la Biblia en castellano, que se conoce como la versión Reina-Valera y que en la actualidad es la más utilizada por los protestantes españoles. La versión Reina-Valera suprime los libros deuterocanónicos, traducidos por Reina y colocados como apéndices en la versión de Valera, a la manera de la Biblia de Lutero. El protestantismo no volverá a arraigar en España hasta el siglo XIX como consecuencia del esfuerzo misionero de las denominaciones protestantes (Lorenzana, 215-219).

* Comentario. A gran escala, lo que hay en España es Contrarreforma. La Reforma española es una reforma marginal, perseguida, soterrada. Es una historia que es preciso recuperar, desenterrar. A la luz de la palabra de Dios se realiza el juicio de la historia: “Los poderosos serán poderosamente examinados” (Sb 6,6). En tiempos del concilio de Trento, se prohíbe la Biblia y se permite la tradición. Se defiende la fe por la fuerza, con mentalidad de cruzada, una fe fanática y violenta. Nadie debe ser perseguido por sus creencias. Intentaron que no quedase memoria del doctor Constantino sobre la haz de la tierra, hoy la palabra de Dios (el salmo 1) nos recuerda su libro sobre el primer salmo de David. Constantino fue sacrificado por “la unidad política y religiosa”, por la “limpieza étnica de España”, fue sacrificado al “dios nacional”, pero ése no es el Dios de Jesús. Casiodoro y Cipriano se vieron desterrados “por causa de la palabra y del testimonio de Jesús” (Ap 1,9). Por la fe, ellos fueron torturados, muertos, anduvieron errantes, faltos de todo, oprimidos y maltratados, “hombres de los que no era digno este mundo” (Hb 11,37-38). En ellos se cumple la palabra de Jesús: “Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”, “de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 11-12).

* Biblias en castellano. En primer lugar, nos encontramos con la Biblia alfonsina (1260-1280), traducción de la Vulgata al castellano, patrocinada por Alfonso X el Sabio. La Vulgata es la traducción de la Biblia al latín, realizada desde el hebreo y el griego por San Jerónimo a finales del siglo IV.

La Biblia del Oso (1569), primera traducción castellana completa, directa y literal, del hebreo, arameo y griego, realizada por Casiodoro de Reina. Contiene todos los libros incluidos en la Vulgata, siguiendo el orden católico habitual (orden alejandrino).

La Biblia del Cántaro (1602) es una revisión de la traducción de Reina, realizada por Cipriano de Valera para adaptarla a la ortodoxia ginebrina. Los libros deuterocanónicos figuran entre el Antiguo y el Nuevo Testamento en una sección de Apócrifos. La Reina-Valera ha sido revisada en varias ocasiones (1867, 1869, 1909, 1960, 1995, 2009-2011).

La Biblia de Scío (1793) es una traducción de la Vulgata al castellano, realizada por el escolapio español Felipe Scío de San Miguel y anotada conforme al sentido de los santos padres y autores católicos.

La Biblia de Torres Amat (1825) es una traducción de la Vulgata al castellano realizada por el jesuita José Miguel Petisco y por el ilustre eclesiástico Félix Torres Amat, a quien Carlos IV y Fernando VII encomendaron el proyecto de traducir la Biblia al castellano.

La Biblia de Nácar-Colunga (1944), primera traducción católica al castellano, directa y literal, del hebreo, arameo y griego, realizada por el sacerdote Eloíno Nácar y el dominico Alberto Colunga, publicada por la BAC.

La Biblia Bover-Cantera (1947) es una traducción al castellano, directa y literal, realizada por el jesuita José María Bover y por el humanista Francisco Cantera. Está considerada como una de las primeras Biblias críticas católicas.

La Santa Biblia (1964) es una traducción realizada por un equipo de La Casa de la Biblia dirigido por el sacerdote Evaristo Martín Nieto y editada por Editorial San Pablo.

La Biblia de Jerusalén (1967) es una traducción realizada por la escuela Bíblica de Jerusalén y editada por Desclée De Brouwer. Ha sido revisada en 1975, 1998, 2009 y 2018.

La Biblia Latinoamericana (1972) es una traducción directa, pero libre, del hebreo, arameo y griego, con notas sencillas, y editada por Ed. San Pablo y Verbo Divino. 

La Nueva Biblia Española (1975) es una traducción al castellano directa, pero libre, del hebreo, arameo y griego, realizada bajo la dirección de los jesuitas Luis Alonso Schökel y Juan Mateos y editada por Ed. Cristiandad.

La Biblia(1992) es una traducción al castellano del hebreo y griego, realizada por un equipo dirigido por Santiago Guijarro y Miguel Salvador y hecha por encargo de La Casa de la Biblia. Es una revisión de la primera edición (1964).

La Biblia del Peregrino (1993) es una revisión de la Nueva Biblia Española.

La Biblia de estudio, Dios habla hoy(2002) es, en versión popular, una traducción interconfesional del hebreo, arameo y griego, editada por las Sociedades Bíblicas Unidas y la Editorial Claret, con el beneplácito del Episcopado Latinoamericano.

La Biblia Interconfesional (2006) es una traducción ecuménica realizada bajo los auspicios de la BAC, Ed. Verbo Divino, la Sociedad Bíblica de España y las Sociedades Bíblicas Unidas.

La Sagrada Biblia (2010) es la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, elaborada para uso litúrgico y catequético.

* Diálogo: ¿En qué medida puede hablarse de reforma española?, ¿cabía la Reforma en la España que formaron los Reyes Católicos?, ¿la obra de Cisneros es reforma o contrarreforma?, ¿hay que recuperar la memoria de los reformadores españoles (los Cazalla, Carranza, Constantino Ponce, Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera)? La reprensión insolente que el Gran Inquisidor le hace a Cristo: Hemos tenido que corregirte ¿sigue siendo actual?

 

Visto: 648