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ALBINO LUCIANI. CASO ABIERTO

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A LOS 25 AÑOS DEL CONCILIO PROVINCIAL TARRACONENSE

A LOS 25 AÑOS DEL CONCILIO PROVINCIAL TARRACONENSE

Con fidelidad y con libertad

Acaba de salir el presente libro (Claret, 2020) con ocasión del 25 aniversario del Concilio Provincial Tarraconense (CPT). Los coordinadores del mismo, Montserrat Coll y Aurelio Ortín, preguntaron a los participantes que quedan (salvo error u omisión, 136) cómo lo vivieron, qué falta para su recepción completa y qué sugieren para el futuro de la Iglesia en Cataluña. Han respondido 67. Califican el Concilio de experiencia eclesial  valiosa y esperanzadora, pero lamentan el retraso del “reconocimiento” por parte de Roma y el que diversas resoluciones no se hayan llevado a la práctica. Piden una mejor coordinación inter-diocesana y una Iglesia más fiel al Evangelio.

El año 1992 la archidiócesis de Tarragona celebró el noveno centenario de su restauración. El  centenario comenzó en Vich como reconocimiento del obispo Berenguer Sunifred que, con la famosa Bula Inter primas Hispaniarum (1091), recibió del papa Urbano II el encargo de restaurar la metrópoli tarraconense. Dicho obispo fue nombrado arzobispo de la sede metropolitana.

Uno de los actos de aquel noveno centenario fue el encuentro del clero catalán, secular y regular, en Poblet el día 4 de mayo. Ramón Torrella, entonces arzobispo de Tarragona, comunicó verbalmente a los demás obispos de la Tarraconense su intención de convocar un Concilio Provincial, continuando la larga serie interrumpida el año 1758. Y él mismo, el 8 de septiembre de 1994, firmó el decreto de convocatoria.

El Concilio Provincial Tarraconense abordó cuatro documentos o temas que previamente fueron objeto de reflexión en las diversas diócesis catalanas: el anuncio del Evangelio a nuestra sociedad, la palabra de Dios y los sacramentos, la solicitud por los más pobres y marginados, la comunión eclesial y la coordinación de nuestras Iglesias. El Concilio comenzó en Tarragona el 21 de enero de 1995 y terminó, también en Tarragona, el 4 de junio del mismo año, fiesta de Pentecostés, tras haber celebrado treinta y dos sesiones en San Cugat del Vallés (Casal Borja) durante ocho fines de semana.

En el Concilio participaron quince arzobispos y obispos, de las diócesis de Tarragona, Barcelona, Gerona, Lérida, Solsona, Tortosa, Urgel y Vich; ciento ochenta y seis sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, laicos y laicas de estas diócesis y cuatro representantes de otras confesiones y religiones. Los arzobispos y obispos tenían voto deliberativo; los demás miembros tenían voto consultivo. En la preparación del Concilio participaron más de sesenta mil personas.

Veamos algunas respuestas. El cardenal Luis Martinez Sistach, arzobispo emérito de Barcelona, comenta lo que para él supuso el CPT: “Mucho más trabajo. Era Secretario de la Conferencia episcopal Tarraconense y quien convocaba y presidía el Concilio eran los obispos de Cataluña”, “significó encontrarnos con miembros de las ocho diócesis de Cataluña para orar, reflexionar y aprobar unas resoluciones pastorales que considerábamos importantes y necesarias para el bien pastoral de esta Iglesias, en su trabajo y en su testimonio conjunto al servicio también de la sociedad catalana”. El Concilio Provincial “pretendía contribuir en Cataluña a la aplicación aún más intensa y generosa del Concilio Vaticano II, a los 30 años de su clausura”. En cierto modo, añade el cardenal, la finalidad del CPT coincide con la reforma que el papa Francisco propone para toda la Iglesia: la evangelización.

Según el obispo emérito de Gerona, Carlos Soler, que fue secretario del CPT, “fue un intento noble y sincero de profundizar en los principios doctrinales y en las intuiciones y propuestas pastorales del Concilio Vaticano II para aplicarlas en los obispados con sede en Cataluña”. “No se han cumplido aún todas las resoluciones”, añade, ”ni todo lo que las 170 resoluciones señalaban y sugerían”. En realidad, “la Conferencia Episcopal Tarraconense fue la verdadera dificultad y prácticamente la única dificultad con la que topó el CPT en Roma y retrasó el reconocimiento un año”.

Juan-Enrique Vives, entonces obispo auxiliar de Barcelona y ahora obispo de Urgel, aporta estos detalles: “El liderazgo del arzobispo Ramón Torrella, la Secretaría del obispo Carlos Soler, las aportaciones, escuchar y callar, la síntesis a la que se llegaba con las ponencias, las reuniones de los obispos a puerta cerrada después de cada sesión…las deliberaciones no exentas de matices y alguna tensión por aprobar las resoluciones, todo fue una experiencia muy interesante y una manera de vivir el ser eclesial y la inspiración del Espíritu que estaba hablando a sus Iglesias”.

Como se dice, en los Concilios son importantes las resoluciones y también las aplicaciones: “Había que llevarlo a la práctica y no fue tarea fácil, sobre todo porque se necesitaba la complicidad de la Conferencia Episcopal Española en algunos temas más llamativos, y no todo el mundo lo veía de la misma forma. La partición de la diócesis de Lérida, el cambio de metropolitano, momentos dolorosos en Barcelona, y otros hechos relevantes marcaron aquella primera puesta en práctica del Concilio”, “ahora ya es historia, pero habrá que profundizar en aquellos años, que culminaron con la división de la archidiócesis de Barcelona en 2004, sólo nueve años después del Concilio. Muchas cosas habían cambiado”. .

El deán de la catedral de Tarragona, Miguel Barbará, ve el CPT como “una recepción del Concilio Vaticano II, al estilo de la mejor tradición de concilios de la Tarraconense, que ha hecho más de 160”, “creo que somos una nación, que formamos un sistema sociocultural diferencial. Este solo planteamiento ya nos obliga a pensar que hay cuestiones propias de este sistema que hemos de plantear juntos”. El deán destaca también el aspecto ecuménico: “En la mente del arzobispo Torrella, el Concilio debía ser también una experiencia sinodal que ayudase al ecumenismo. Él estaba convencido de ello desde que en Roma tuvo la responsabilidad (vicepresidente) del Secretariado para la Unidad de los Cristianos. Estaba seguro de que la Iglesia católica tenía que ser más sinodal para tratar con las Iglesias de Oriente”.  

Algunos frutos visibles: “los Directorios sobre el Arciprestazgo, sobre la Parroquia y sobre la pastoral sacramental”, “el trabajo hecho con los libros litúrgicos y con la música, claramente expresado en el Cantoral Litúrgico Básico. Y otras realidades pastorales de Delegaciones y Secretariados, como el Centro Catalán de Solidaridad”. Entre los aspectos negativos, el deán señala que el CPT fue un concilio “vigilado”. El cardenal Carles, con su “guardia pretoriana”, vigilaba el Concilio. Él mismo lo dijo: “Un día en que la discusión en el Aula había estado movida, uno le fue a mostrar su preocupación por lo que se había dicho. Él le dijo: Usted tranquilo, en Roma ya saben lo que se puede esperar de este Concilio. El arzobispo Torrella pensaba –santa inocencia- que sus amigos de la Curia romana le aprobarían en seguida las resoluciones conciliares”. Otro aspecto negativo: “la manera como Barcelona –que era un arzobispado dependiente de la Santa Sede- entró: con la condición de que podía marchar cuando quisiese. Esto se consideró como un desprecio para los otros obispados”.

Por su parte el abad emérito de Montserrat, Sebastián M. Bardolet, comenta que “no es fácil valorar todo lo que pudimos vivir aquellos días. Yo diría que una de las cosas más importantes fue encontrarte con una Iglesia viva, muy cercana, muy sincera”. El más negativo fue “el hecho que topabas con la repetida canción de que aquel tema que proponías no entraba en las competencias del Concilio, pero sí lo encontrabas constantemente en la vida de los cristianos”.

Para Monserrat Coll, representante del Consejo Pastoral de Tarragona, el CPT fue “una experiencia eclesial única, por la comunión con los demás miembros, por la responsabilidad de manifestar de manera solemne qué creía que el Espíritu decía a la Iglesia de Cataluña”.  Señala como negativo “que no se nos permitiese votar de ninguna manera, a los que ejercíamos el voto consultivo”, el llamado “cajón del Abad”, es decir, “todas aquellas propuestas que se podrían haber hecho llegar a Roma y que pedían cambios en la disciplina eclesiástica (exclusión de la mujer del servicio presbiteral, celibato obligatorio para los sacerdotes, marginación de divorciados vueltos a casar, etc)”. 

Juan Estruch, miembro del Consejo Pastoral de Barcelona, era católico desde hacía muchos años, pero el hecho de haber nacido y crecido en una familia protestante, le hacía diferente de los demás miembros del CPT. Para él, lo más positivo fue “el hecho mismo de su celebración y también el clima de confianza y de libertad con el que se desarrollaron las primeras sesiones”. Lo más negativo, “el hecho de que este clima de confianza se fue deteriorando a medida que el Concilio se acercaba a su conclusión, por el miedo de algunos obispos a dejar que el aula se expresase con plena libertad”.

Esto se hizo patente sobre todo en las discusiones en torno a la creación de una Conferencia Episcopal Catalana, “en un debate frustrado y frustrante”. Particularmente negativa fue “la intervención del nuncio Tagliaferri en la ceremonia de clausura”. También es negativo “el hecho de que, veinticinco años después, no se haya vuelto a convocar un nuevo Concilio”.  Ahora la crisis del catolicismo catalán es “más patente como para poder seguir escondiendo la cabeza debajo del ala”. Un par de ejemplos: ¿cuál es hoy la situación del clero catalán?, ¿cuál es la situación de las parroquias? “En ambos casos, gente mayor y desanimada, y sin perspectivas de que la situación mejore en un futuro próximo”.

José Gendrau, que comenzaba entonces su servicio como Provincial de los franciscanos de Cataluña, supuso “un estímulo para mejorar nuestra vida de comunión con todos: cardenal, arzobispos, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y laicos. Con todos los que forman la Iglesia en Cataluña”. Entre las resoluciones del CPT, cree que “aún no se ha llevado a término la opción por la comunidad; no ha llegado la revitalización esperada y la articulación de todas las comunidades”.

Según el canónigo emérito de la catedral de Barcelona, Juan Guiteras, “una cuestión de fondo fue, entre otras, querer conseguir una Conferencia Episcopal Catalana. Fuera de Cataluña, el Concilio Provincial era visto con cierto temor”, “son muchas las diversas vivencias que experimentamos”, “el mensaje del Concilio Provincial, proclamado en la Catedral Metropolitana de Tarragona, el 4 de junio, fiesta de Pentecostés, transmitía lo que los obispos quisieron decir en este encuentro conciliar”. Después de saludar a todos los cristianos de Cataluña y a sus gobernantes, decían: “Querríamos que a todos llegase este soplo de aire fresco que el Espíritu suscita en nuestras Iglesias”.

El sacerdote de la diócesis de Solsona, Antonio Guixé, comenta como lo más positivo del CPT “la relación amistosa con personas de parecido talante eclesial”. Lo más negativo “la desconfianza de la mayoría de los obispos de aquí y el vacío que encontró en la Conferencia Episcopal Española y en el Vaticano”, “no se ha llevado a término la vertebración jurídica de los obispados con sede en Cataluña (resolución n. 142).  Al contrario, se ha mutilado (segregación eclesiástica de la Franja de Poniente), y se ha debilitado con el reforzamiento de las dos provincias eclesiásticas. Por otro lado, los nuevos obispos están poco arraigados en el país”, “cada día será más tarde para aprovechar el pequeño calor que se va apagando de fe y de identidad en la Iglesia de Cataluña. Durante el Concilio constatamos que aún había muchas brasas bien encendidas. Ahora, el fuego está cada vez más amortiguado”.

Ana Eva Jarabo, entonces presidenta del Movimiento Universitario de Estudiantes Cristianos, considera lo más positivo “reunirse laicos, diáconos, monjes, sacerdotes, obispos y cardenales para reflexionar conjuntamente y debatir sobre los grandes aspectos de las diócesis”, “al principio del Concilio había mucha ilusión y esperanza. Todo era posible, todo estaba por hacer”, “después del Concilio, la sensación era de decepción, de cierta resignación, todo continuaba igual”.

Según el sacerdote de la diócesis de Vich, Juan Mir, lo más positivo fue el “clima de respeto y de escucha” entre los participantes. Lo más negativo es que “no hemos dado a conocer bastante ni el espíritu del Concilio ni su contenido”. Hay resoluciones que no se han cumplido. Por ejemplo, “en la resolución n. 7, vinculante y prioritaria, se pide que se redacte un catecismo de adultos, pero no se ha hecho, y esta fue una petición muy insistente que hicieron los miembros del Secretariado Interdiocesano de Catequesis”. En la resolución n. 142, también vinculante y prioritaria, se pide “una acción pastoral más coordinada” y “una Conferencia Episcopal propia”, pero no ha ido adelante.

Aurelio Ortín, diácono de Barcelona, que entonces eravicesecretario de la Conferencia Episcopal Tarraconense, valora así el CPT: “Participar en un Concilio Provincial, más de doscientos cincuenta años después de la celebración del último, era una oportunidad única”. El hecho de los obispos de Cataluña decidieran reunirse en Concilio, para tratar conjuntamente las cuestiones que afectaban a todas y cada una de las diócesis, acompañados de casi doscientas personas que podían expresar libremente su pensamiento “es un hecho luminoso que ha llenado de claridad nuestra Iglesia, y que aún tiene un gran potencial para el futuro”.En los años posteriores al CPT, “no se ha procurado bastante hacer visible la unidad pastoral de la Iglesia catalana”, habría que activar la resolución n. 47, vinculante y prioritaria, que dice: “Los obispos ofrecerán un plan de puesta al día y de formación permanente de todos los agentes de la pastoral, en el término de diez años”, “sería bueno publicarlas Actas y todas las intervenciones orales y escritas que se hicieron”.

Ramón Pascual, entonces miembro del Consejo Pastoral de Barcelona, comenta: “Poco habituado a relacionarme con la Iglesia institucional, la experiencia del CTP fue muy interesante y enriquecedora en todos los aspectos. Descubrí un mundo que desconocía”, “también descubrí que la Iglesia institucional es como un gran trasatlántico, con todas sus inercias”. “creo que una cosa que afectó negativamente los resultados del CPT fue el retraso con que se recibió el visto bueno del Vaticano, en junio de 1996, hecho difícil de entender si no fuese por cuestiones parcialmente políticas. A mí me dolió la intervención del nuncio en el acto de la catedral de Tarragona, el 4 de junio de 1995, hablando de nacionalismos exacerbados”.

El profesor de la Facultad de Teología de Cataluña, Ramón Prat, que fue relator del primer documento del CPT, afirma que aquél “fue y sigue siendo un momento cumbre” de su vida cristiana: “Lo más importante del CPT fue la recepción del Concilio Ecuménico Vaticano II en nuestra casa, aquella obra maestra eclesial iniciada por Juan XXIII y completada por Pablo VI”. Como aspectos negativos, señala “la falta de un compromiso personal de muchos de nosotros para abrirnos a una reconciliación generosa de grupos y tendencias dentro de la Iglesia, porque la propia ideología ha pesado más que la fe”, “el no haber asumido de corazón la plena participación del laicado en la vida de la Iglesia, a causa del clericalismo y la pasividad”, “no haber llevado a término la resolución n. 47, que  propuso un plan de formación de todos los cristianos, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos”.

Sobre el futuro de la Iglesia en el ámbito de las diez diócesis catalanas (las nuevas son Tarrasa y San Feliú de Llobregat), sugiere “continuar sin desfallecer el diálogo eclesial y con el mundo secular”, “fidelidad a un compromiso decidido en favor de los derechos humanos individuales, de los derechos sociales, especialmente de los más pobres del entorno, de retos sociales candentes como la igualdad mujer/hombre, las diferencias de género, la ecología, la justicia universal, los derechos de todos los pueblos a la autodeterminación”, “el anuncio gozoso del Cristo resucitado a quienes padecen y buscan”.

F. Javier Rius, entonces representante de Caritas de Tarragona,afirma que“lo más importante fue la puesta en común de todos los temas tratados, su debate y poder observar la riqueza de nuestra Iglesia en aquel momento. Lo más negativo, según mi opinión, es que, fuera de unos cuantos temas, que yo calificaría de menores, no hemos avanzado mucho en puntos clave del CPT. Y así nos encontramos ahora en la situación en que estamos”. Sobre el futuro de la Iglesia, comenta: “Algunos dicen que estamos en presencia de un moribundo que no tiene remedio. Yo también lo veo así, así que acompañaría este moribundo en la medida que sea posible, pero habría que trabajar por el nacimiento de una nueva Iglesia, mucho más fiel a Jesús y a su mensaje evangélico, despojada de tanto dogma y de tanta doctrina, actualizada en sus conceptos y en su lenguaje”.

ParaJuan Torra, nuevo decano de la Facultad de Teología de Cataluña, el CPT fue “una maravillosa experiencia de Iglesia” en la que tuvo el gozo de participar: “¡No daré nunca bastantes gracias a Dios! La pregunta clave de la convocatoria –Espíritu, ¿qué dices a las Iglesias de la Tarraconense?- es, de hecho, la pregunta de siempre. Las Iglesias de los entonces ocho obispados con sede en Cataluña pudieron constatar, desde la experiencia del trabajo conciliar, que formábamos una unidad, llamada pastoral, por el simple hecho de que teníamos la misión de dirigirnos a un pueblo con una serie de características comunes bien definidas y diferenciadas, con unas problemáticas incluso específicas por la lengua, la historia y la cultura propias”.

El decano repite con fuerza que en el texto del CPT, que de principio a fin no es más que el proceso de aplicación del Vaticano II, “tenemos el programa de futuro de nuestra Iglesia”. Sin embargo, “todos sabemos que su aplicación, en este tiempo posconciliar, ha sido muy desigual. Incluso parece que se podría haber debilitado aquella unidad tan intensamente vivida en el momento conciliar”, “me agradaría dejar constancia de que la división de obispados que hemos padecido no creo que haya ayudado mucho a la recepción del Concilio. Por lo demás, quedan cosas en el tintero, es claro. Pero creo que han cambiado tantas cosas, a tantos niveles, que lo mejor es reflexionar de cara al futuro”.

El decano añade: “Es cierto que el descenso numérico de sacerdotes en nuestras diócesis, parece no tocar fondo. Y no crece el número de vocaciones. También ha bajado el índice de participación dominical. Pero en cambio se mantienen otras formas de participación en la vida de la Iglesia, lo que hace que los servicios que se prestan sean, si no iguales, al menos equivalentes. Parece que se ha roto peligrosamente la cadena de transmisión de la fe, que sobre todo se produce en ámbitos familiares. La consiguiente incultura religiosa, que llega a la más pura ignorancia, lo hace patente, Se dan cada vez más nuevas iniciaciones a la fe de gente adulta, llevadas a cabo por procesos de catecumenado que ya se han institucionalizado en nuestras diócesis. No se puede mantener mucho más tiempo la estructura parroquial con la que la Iglesia ha funcionado hasta ahora; ha de cambiar la configuración de las parroquias y los arciprestazgos”.

Agradecemos a los coordinadores la oportunidad que nos dan de conocer mejor este acontecimiento clave de la Iglesia en Cataluña, el CPT y su memoria actual. En nuestra catequesis Nacionalismos absolutos y vías pacíficas procuramos distinguir lo que es relativo y lo que es opinable. Además, a veces se meten dentro del mismo saco problemas diversos como la ordenación sacerdotal de la mujer, el celibato obligatorio y la situación de los divorciados vueltos a casar. Mientras que los dos primeros tienen que ver con la disciplina eclesiástica que podría cambiar, el tercero remite a la posición de Jesús sobre el matrimonio (Mc 10, 11). Finalmente, en las iglesias de vieja cristiandad el sacerdote célibe es pieza clave. Si hay sacerdotes, la Iglesia no tiene problema. Pero, si faltan, ¿qué pasa? Lo dijimos hace 40 años: la vieja cristiandad “es un gigante con pies de barro” (Dn 2; Catéchèse 82, 103). El concilio Vaticano II fue convocado “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII). Es preciso volver a la experiencia de las primeras comunidades donde se dan diversos carismas y servicios (Ef 4,11-13). Es el futuro de la Iglesia.  

Jesús López Sáez

Mayo de 2020

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