LA REFORMA LUTERANA

LA REFORMA LUTERANA

 

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, ciudad del ducado de Sajonia: “Mi padre fue Juan, mi madre Ana” (Egido, 427). Ambos descienden de familias campesinas, pero Juan no se conforma con la vida agrícola y se traslada con su familia a la ciudad minera de Mansfeld, donde se convierte en maestro fundidor.  Con 14 años Martín es enviado a la escuela catedralicia de Magdeburgo.

Un año después, en 1498, se traslada a Eisenach, de donde procede su madre. Allí estudia con los franciscanos. Se encuentra “el peor ejemplo de una estatua viviente”, “con piezas articuladas”, “bajando los párpados e interactuando con el creyente”. Lo recoge Lindal Roper, catedrática de Historia en la universidad de Oxford, en su libro Martín Lutero, renegado y profeta (Taurus, 2017). La autora recoge también el primer encuentro de Lutero con la Biblia. El joven lee “con gran alegría y placer” la historia de Samuel y su madre. Ana era estéril y, en respuesta a sus oraciones, concibió a su hijo. Lo llevó al sacerdote Elí porque quería que su hijo se dedicara al Señor. Dios llamó tres veces al joven Samuel hasta que al final replicó: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

En 1501 Lutero ingresa en la Universidad de Erfurt y se matricula en Derecho. De esta época nos interesan tres hechos: “en primer lugar, un compañero de estudios enfermó y murió”. Yendo desde Erfurt a casa, “se hirió a sí mismo de forma inexplicable con la espada y se cortó una arteria en el extremo superior de la pierna“, “lleno de terror, oró: ¡Oh, María ayúdame!”. Poco después, el 2 de julio de 1505, yendo desde casa a Erfurt, “se desató una gran tormenta”, “Lutero invocó a Santa Ana…y le prometió ingresar en un monasterio si salvaba su vida”. El 17 de julio entró en el convento agustino de Santa Ana. Comenta la autora: “Al igual que la vez anterior, Lutero no llamó a Jesús, sino a una santa mujer. Cuando contó la historia en 1539, también le dio un giro al relato”, eliminando “una vez más del relato la intercesión femenina” (Roper, 50-59).

Se dice en las Charlas de sobremesa: “Entró en el convento contra la voluntad de su padre. Cuando celebró la primera misa preguntó a su padre por la razón de haberle molestado lo hecho. Su padre respondió durante la comida: ¿Es que ignoras la Escritura, que dice: Honra a tu padre y a tu madre? Se excusó, y dijo que la tempestad le había llenado de tal pánico, que le obligó a hacerse fraile” (Egido, 428).

El superior del convento agustino, Juan Staupitz, le ordena estudiar en la recién creada Universidad de Wittenberg, de la que era rector. El joven emprende los estudios de Teología, que culminan con su ordenación sacerdotal en 1507. El mismo año obtiene el grado de bachiller en Estudios Bíblicos, empieza a enseñar ética en la misma universidad, vuelve como profesor a la Universidad de Erfurt y prepara su doctorado en Teología. Viaja a Roma con otro agustino para dirimir una cuestión entre dos ramas enfrentadas de la orden, conventuales y observantes. Él era de la estricta observancia. En 1511 regresa a Wittenberg. Al año siguiente obtiene el doctorado en Teología y empieza su labor como profesor de teología bíblica (Lorenzana, 64-70).

No deja de resultar irónico, comenta Lindal, que la universidad de Wittenberg se financiara gracias al comercio de reliquias. La colección de Federico, el duque de Sajonia, competía directamente con las indulgencias papales: “La pieza clave de la colección era una custodia que contenía una espina de la corona de Cristo y el cuerpo entero de uno de los santos inocentes”. La colección constaba de 117 relicarios y 19.013 fragmentos de huesos de santos”. Federico no permitía la venta de indulgencias en otros templos de su territorio, pues temía que los peregrinos dejaran de acudir a Wittenberg (Roper, 93-94).

Lutero reconoce al final de su vida en el prólogo a sus obras completas: “Sepa (el lector) que antaño fui monje y un papista del todo insensato”, “era entonces otro Saulo”, “a pesar de que mi vida monacal era irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con la conciencia turbada, y mis satisfacciones resultaban incapaces de darme la paz”, “cada vez aborrecía más al Dios justo que castiga a los pecadores. Contra este Dios; me indignaba, alimentando  en secreto, si no una blasfemia, sí al menos una violenta murmuración”.

Entonces Lutero tiene la experiencia de la torre, lugar del convento apto para el retiro:“En estas circunstancias estaba furioso, con la conciencia agitada y rabiosa”, “hasta que al fin, por piedad divina, y tras meditar noche y día, percibí la concatenación de los dos pasajes: ‘la justicia de Dios se revela en él’, ‘conforme está escrito: el justo vive de la fe’. Comencé a darme cuenta de que la justicia de Dios no es otra que aquella por la cual el justo vive el don de Dios, es decir, de la fe, y que el significado de la frase era el siguiente: por medio del evangelio se revela la justicia de Dios, o sea, la justicia pasiva, en virtud de la cual Dios misericordioso nos justifica por la fe, conforme está escrito: ‘el justo vive de la fe’. Me sentí entonces un hombre renacido y vi que se me habían franqueado las puertas del paraíso” (Egido, 365 y 370-371).

El pasaje de Rm 1,17 se convierte en el centro del pensamiento de Lutero, que se resume en estos dos principios: sola fe, sola gracia. El camino para llegar a Dios es Cristo. A Cristo se le conoce a través de la Biblia, de manera que el conocimiento de las Escrituras es un paso necesario. Así aparece el tercer principio de la Reforma: sola Escritura. Si las obras dejan de tener valor para garantizar la salvación y el mediador es Cristo, los santos y María dejan de tener cualquier función de mediación ante Dios (Lorenzana, 70-74). Dejando a un lado los excesos, en la Biblia existen mediadores, mensajeros. Jesús comparte su misión: los doce (Mt 10,1), los setenta y dos (Lc 10,1), las mujeres que le acompañan (8,1-3). Los discípulos comparten la misión de juzgar (Mt 19,28). El hijo del hombre viene a juzgar la historia acompañado de mensajeros, de santos (Mt 25,1).

En 1516, cuando Lutero se enteró de que el duque de Sajonia quería nombrar a Staupitz obispo, escribió al consejero del duque y se negó a tener nada que ver con el asunto. Para ser obispo, afirmaba, había que comportarse a la griega, sodomizar y vivir al modo romano” y amasar propiedades personales, “es decir, el insaciable infierno de la avaricia”. Staupitz recurría a la metáfora sexual para explicar la unión mística entre Dios y el hombre. Así, podía escribir de Cristo, el novio eterno, que se revelaba “a través de besos, abrazos o con aproximación del desnudo al desnudo”, sin atentar contra la castidad. En sus últimas cartas, escribió sobre el amor que profesaba a su antiguo protegido, “mucho mayor que el que experimentaba por las mujeres” (Roper, 162, 84 y 292).

El conflicto con el Papa. En 1517, el papa León X dispuso la concesión de indulgencias para aquellos fieles que, tras confesar y comulgar, entregaran una limosna para la construcción de la basílica de San Pedro. Entonces aparecen las 95 tesis de Lutero sobre las indulgencias, se clavaran o no en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg (Egido, 19). Veamos algunas: “En otros tiempos las penas canónicas se imponían no después, sino antes de la absolución, para excitar la contrición verdadera” (tesis 12), “se está engañando a la mayor parte del pueblo con esa promesa magnifica e indistinta de la remisión de la pena“ (tesis 24), “predican a los hombres que el alma vuela (al cielo) en el mismo instante en que la moneda suena en el cepillo” (tesis 27).

El documento pretendía abrir un debate académico para corregir los abusos que se daban con las indulgencias: “Por amor a la verdad y por el anhelo de alumbrarla, las tesis suscritas serán disputadas en Wittenberg, bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero, maestro en artes y en teología y lector ordinario de la misma en este lugar. Suplica, por tanto, que intervengan por escrito los que no puedan estar presentes a nuestro debate”. En su Tratado sobre la indulgencia y la gracia (1518) escribe Lutero: “No se puede probar a base de texto alguno que la justicia divina desee o exija al pecador cualquier pena o satisfacción, a no ser únicamente la contrición sincera de su corazón o la conversión, con el propósito firme de llevar en adelante la cruz de Cristo” (Egido, 2-65 y 71). Lo recordamos, Jesús denuncia el abuso de los que “devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones” (Mc 12,40)

En abril de 1518 en un capítulo de la orden tiene lugar la Controversia de Heildelberg.  Para esta ocasión Lutero prepara sus Paradojas teológicas “para que se vea con toda claridad si están o no en conformidad con san Pablo…y con san Agustín, su más fiel intérprete”. Son 28 tesis en las que frente a una “teología de la gloria” plantea una teología de la cruz.  El teólogo de la gloria, “al ignorar a Cristo, ignora al Dios que está escondido en sus sufrimientos. Prefiere así las obras a los sufrimientos, la gloria a la cruz, la sabiduría a la locura y, en general, el bien al mal. Son aquellos a quienes el apóstol califica de enemigos de la cruz de Cristo” (tesis 21), “no es justo quien obras muchas cosas, sino el que, sin obras, cree mucho en Cristo”, “en efecto, el justo vive por la fe” (Rm 1), y “creyendo de corazón es como se llega a la justicia (Rm 10). Por eso prefiero entender la expresión ‘sin obras’ no en el sentido de que el justo no haga nada”, “la fe y la gracia se infunden en nosotros sin obra por nuestra parte; una vez infundida la fe y la gracia es cuando se siguen las obras”. Se dice en Rm 3: “Nadie se justificará por las obras de la ley” (tesis 25; Egido, 82-84)

Dice Lutero en el prólogo a sus obras completas: “Se me acusó ante el papa, se me citó a Roma”, “esto ocurrió en 1518, en el momento de la dieta de Maximiliano en Augsburgo, donde el cardenal Cayetano actuaba como legado pontificio. El ilustre príncipe de Sajonia, el príncipe elector Federico, tomó la defensa de mi causa  e impetró que no se me obligase a acudir a Roma, que él mismo podría convocarme para ser oído y poner todo en orden”, “pobre de mí, marché a Augsburgo a pie, provisto por el príncipe Federico de viático y de cartas de recomendación para el senado de la ciudad y para algunos hombres honrados. Tres días pasaron antes de acudir al cardenal, puesto que aquellos bien intencionados varones querían disuadirme enérgicamente de este encuentro si no llevaba un salvoconducto del emperador”, “el mismo día comunicó el senado imperial al cardenal que se me había otorgado el salvoconducto del emperador, con la advertencia de que no se intentara nada demasiado severo contra mí” (Egido, 366-367).

Cayetano puso en aprieto a Lutero hasta hacerle admitir que no reconocía la autoridad papal y que apelaba a un concilio universal. La condena como hereje le llevaría a la hoguera “si no podía mantener el apoyo de su señor territorial” (Lorenzana, 74-80).

Dice Lutero en el prólogo citado anteriormente: “En febrero del año siguiente, 1519, murió Maximiliano, Federico quedó por derecho como vicario del imperio. Amainó entonces algo la tempestad y comenzó a insinuarse paulatinamente el menosprecio hacia la excomunión y hacia los rayos del papa” (Egido, 367). Roma llega a otorgar la Rosa de Oro al elector Federico ”con tal de que el príncipe estorbe la candidatura imperial de Carlos I de España”. Federico “no dio valor alguno ni a la Rosa que los romanistas llaman de Oro”, “al contrario, lo estimó como algo ridículo”, “los romanistas desesperaron de sus esfuerzos para engañar a un príncipe de tal capacidad” (Egido, 20 y 368). El 28 de junio es elegido Carlos I de España y V de Alemania. Entonces Roma reemprende la causa contra Lutero.

El mismo año se celebra la disputa de Leipzig en la que participan Andrés Karlstad, Lutero y Juan Eck: “Lutero y Karlstad negaban la existencia del libre albedrío”, “Eck afirmaba que esto conduciría al antinomismo, un estado de cosas en el que se rechazan las leyes” (Roper, 148). El adversario se centró en la autoridad del papa: “Obraba Eck así, dice Lutero, porque se dio cuenta de la gloria segura que le proporcionaría mi proposición de que el papa no era por derecho divino cabeza de la iglesia” (Egido, 368).

El 24 de junio de 1520 se publica la bula Exsurge Domine que condena la doctrina de Lutero y le dan 60 días desde la fecha de su recepción para retractarse. Si no lo hace, será excomulgado por “hereje notorio”. Los “zorros se han levantado e intentan destruir las viñas”, un jabalí trata de atacar al Papa, dice la bula. “León X firmó la bula el 2 de mayo de 1520, mientras contemplaba la caza de un jabalí en su castillo de Magliana, al sudoeste de Roma” (Roper, 161). Lutero responde con el escrito Contra la bula execrable del Anticristo: el papa y los cardenales, les dice, habéis de “renunciar a vuestra blasfemia diabólica e impiedad audaz y, si no cambiais, consideraremos vuestro lugar como poseído y oprimido por Satanás y como el asiento del Anticristo.

En agosto de 1520 Lutero publica su obra A la nobleza cristiana de la nación alemana: “Con gran habilidad los romanistas se rodearon de tres murallas, con las cuales se protegían hasta ahora, de modo que nadie ha podido reformarlos”: “Cuando uno quería obligarlos por el poder secular, establecían y manifestaban que el poder secular no tenía ningún derecho sobre ellos”; “si uno quería censurarlos mediante las Sagradas Escrituras, le objetaban que interpretar la Escritura no le correspondía a nadie sino al Papa”; “cuando uno los amenazaba con un concilio, inventaban que nadie puede convocar un concilio sino el Papa”. Entre los cristianos “no hay distingo, sino sólo a causa del ministerio, como Pablo dice que todos somos un cuerpo, pero que cada uno tiene su función”, “por el bautismo todos somos ordenados sacerdotes, como San Pedro dice: Vosotros sois un sacerdocio real”.

Aspectos de fondo. En octubre de 1520 Lutero publica su obra La cautividad babilónica de la iglesia: “Comenzaré por negar la existencia de siete sacramentos y, por el momento, propondré sólo tres: el bautismo, la penitencia y el pan. Todos ellos se han reducido por obra y gracia de la curia romana a una mísera cautividad, y la iglesia ha sido totalmente despojada de su libertad”. Veamos algunos aspectos:

* Sobre el bautismo: “Este es el sentido que entrañan las palabras que se te dirigen: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. No dice: Yo te bautizo en mi nombre”, “constituye un consuelo pletórico y una ayuda eficaz de la fe el saberse uno bautizado no por un hombre, sino por la misma trinidad, que se vale de un hombre para actuar. Con esto se desvanece la inútil contienda acerca de la forma del bautismo (o de las palabras mismas como ellos las llaman). Los griegos dicen: Sea bautizado el siervo de Cristo; los latinos: Yo te bautizo; otros, con riguroso bizantinismo, condenan la fórmula: Yo te bautizo en nombre de Jesucristo, rito que sabemos con certeza que fue usado por los apóstoles”.

* Sobre la cena: “Por más de mil doscientos años ha mantenido la iglesia su fe verdadera y nunca, ni en ningún sitio, se acordaron los santos padres de esa transubstanciación -¡sueño y vocablo portentoso!- , hasta que la engañosa filosofía de Aristóteles invadió a la iglesia en estos últimos trescientos años”.

* Sobre la penitencia: “Habría que retornar a la práctica de la iglesia primitiva, cuando la absolución se daba después de haber satisfecho la penitencia”. La penitencia no es más que una actualización del bautismo.

* Sobre el matrimonio: “El matrimonio existió desde el principio del mundo y tiene vigencia también entre los infieles; no hay razón alguna, por tanto, para afirmar que se trata de un sacramento de la nueva ley o exclusivo de la iglesia. No fueron menos santos los matrimonios de los padres que los nuestros ni son menos verdaderos los de los infieles que los de los creyentes”, “es horroroso contemplar la temeridad con que los tiranos de Roma dirimen matrimonios y los vuelven a declarar válidos al capricho de sus pasiones”, “circula por ahí, y con mucha aceptación, un libro que viene a ser la confusa recolección de la hez, la letrina de todas las tradiciones humanas; su título es Summa angelica, cuando en realidad es una suma más que diabólica”, “tiene que aliviarse ese rigor de impedimentos de afinidad, parentesco espiritual o legal, consanguinidad, y adaptarse a la Sagrada Escritura. En esta vemos que sólo se prohíbe la consanguinidad en segundo grado, como consta en el Levítico” (Lv 18,6-19).

De la misma manera tiene que desaparecer “ese parentesco espiritual”, “¿no hubiera podido Pablo casarse con una joven corintia, puesto que se gloría de haber engendrado para Cristo a todos los de Corinto?” (1 Co 4,15), “mucho más absurdo aún es el parentesco legal; sin embargo, lo han encumbrado por encima del derecho divino del matrimonio. Tampoco me mostraría de acuerdo con ese impedimento que llaman de disparidad de religión y que prohíbe la contracción de matrimonio con una mujer no bautizada”, “Patricio, siendo gentil, se casó con Mónica, madre de san Agustín, que era cristiana”, “también se considera como impedimento -que llaman de lazo- el que uno se encuentre ligado a otro por esponsales. Concluyen que si alguno ha tenido comercio carnal con otro caducan los esponsales en los que se había comprometido”.

“También es pura invención humana el impedimento de orden: cuando dicen que la ordenación invalida al matrimonio, aunque haya sido ya contraído, lo que están haciendo es subordinar los mandamientos divinos a sus tradiciones”, “Pablo preceptúa que el obispo sea marido de una sola mujer” (1 Tm 3,2), “lo mismo sucede con el impedimento de pública honestidad; es otra invención similar”, “¿cuál es la causa, por favor, de que ningún consanguíneo hasta el cuarto grado pueda tomar por mujer a la esposa del marido ya muerto?”. En la Biblia se ordena “que el pariente cercano tomase como mujer a la dejada por el pariente próximo fenecido” (Dt 25,5; Egido, 88, 95, 115, 132-133, 136-140). Lutero traduce bien el sexto mandamiento: “No cometerás adulterio” (Catecismo breve, Egido, 295). Sin embargo, para él, “si alguien cometía adulterio, no sólo había que disolver el matrimonio, sino también permitir a la parte inocente que se volviera a casar” (Roper, 311; ver PC IV, 39).

En noviembre de 1520 Lutero publica La libertad del cristiano: “El cristiano es un hombre libre, …no sometido a nadie; el cristiano es un siervo…a todos sometido” (Egido, 157). La obra apenas tiene 30 páginas.

El 10 de diciembre del mismo año termina el plazo que la bula papal le concedía para retractarse. ”. Lutero quema la bula y algunos volúmenes de derecho canónico en la plaza de Wittenberg. Escribe a Staupitz: “He quemado los libros del Papa y la bula, primero temblando y orando, pero ahora este acto de mi vida me complace más que cualquier otro, pues esos (libros) eran peores de lo que pensaba”. Melanchton había hecho un anuncio formal y lo había clavado en la puerta de la iglesia parroquial, invitando a todos los “amantes de la verdad evangélica” a reunirse en el lugar (Egido, 182-183).Lutero es excomulgado con la bula Decet Romanum Pontificem el 3 de enero de 1521.

En ese mes Carlos V convoca la Dieta de Worms, a la que Lutero acude con un salvoconducto imperial y ratifica sus escritos: “A menos que se me convenza por testimonio de la Escritura o por razones evidentes –puesto que no creo en el papa ni en los concilios sólo, ya que está claro que se han equivocado con frecuencia y se han contradicho-, estoy encadenado por los textos de la Escritura y mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios” (Egido, 175). Cuando salió Lutero, le siguió un gran grupo de españoles. Se les oyó decir: “¡Quemadlo, quemadlo!”. El emperador firmó el edicto de Worms, que ponía a Lutero fuera de la ley: “prohibía tanto que se le diera cobijo y comida como la venta, lectura y posesión de sus obras impresas” (Roper, 197 y 207).

El duque Federico recluye a Lutero bajo el pseudónimo de Juncker Görg en el castillo de Wartburg, junto a Eisenach,donde permanece diez meses. Con fecha 14 de mayo de 1521 escribe a Jorge Spalatino, consejero y capellán del duque: “Aquí me hallo, despojado de mi hábito, disfrazado de caballero, con barba y cabellos luengos” (Egido, 385). Allí emprende la traducción del Nuevo Testamento: “La tarea fue llevada con una celeridad sorprendente (poco más de diez semanas), y este hecho, junto a su no perfecto dominio del griego, indica que contó con buenos auxiliares: la Vulgata, la edición griega de Erasmo, las versiones alemanas preexistentes le facilitaron la labor y le ahorraron tiempo”. Fue el primer paso para la traducción de la Biblia al alemán: “En 1523 estaba impreso todo el Pentateuco, al año siguiente circularon ya los libros históricos, Job, Salterio, Cantar de los cantares, Sapienciales, es decir, la mayor parte”. Los libros restantes “tuvieron que esperar hasta 1534, año en que apareció la hermosa Biblia”, “con introducciones y notas de Lutero”, “se excluyen libros o pasajes bíblicos: Apocalipsis, Judas, Judit, Tobías, Macabeos, Hebreos, sectores de Ester, Pedro, etc” (Egido, 35-38; ver índice de La Biblia, Traducción interconfesional, 2008).

En su "desierto" o Patmos" del castillo de Wartfurt Lutero termina el Comentario al Magnificat: “Sin duda alguna no ha mentido ella misma cuando confiesa su indignidad y su nada, sobre las que Dios ha lanzado su mirada, no en virtud de sus méritos, sino por pura gracia”.

El 11 de noviembre de 1521 Lutero escribe al consejero Spalatino: “Yo estoy determinado a atacar los votos de los religiosos y liberar a los jóvenes de este infierno del celibato”  (Egido, 188 y 391). En la década de 1470 un renegado franciscano, Juan Hilten, había profetizado en Eisenach: “Vendrá otro hombre…que os destruirá, monjes”, “nada podréis contra él” (Roper, 54-55).

En mayo de 1522 la situación en Wittenberg llega a un deterioro que obliga a Federico a permitir que Lutero regrese a la ciudad: “Los evangélicos interrumpían los sermones, destruían altares, rompían misales, orinaban en los cálices y se mofaban del clero”, “al oponerse a una Reforma comunitaria y tomar partido por las autoridades, Lutero se distanciaba de lo que estaba ocurriendo en el resto del Imperio”, “se abolieron todos los rasgos distintivos de la misa de Wittenberg, como las ropas seglares de los sacerdotes o la posibilidad de que los fieles pudieran tocar el pan y el vino en vez de recibirlos del sacerdote”, “las iglesias debían tener imágenes”, “no tendrían nada en común con las paredes sin decorar de las sinagogas judías”  (Roper, 251, 249 y 268), lo que “no pudo revertir fue la oleada de abandono de monasterios y conventos por parte de monjes, frailes y monjas, que, siguiendo sus ideas, habían colgado los hábitos y habían regresado a la vida secular, y muchos de ellos y ellas se habían casado” (Lorenzana, 93).

Con fecha 17 de septiembre de 1523 escribe a Staupitz, ahora abad de San Pedro de la orden de los benedictinos en Salzburgo: “Es injusto tu silencio, y fácilmente puedes sospechar lo que de él opinamos”, “peor que haberte alejado de nosotros soportamos tus amigos y yo el que estés al servicio de ese monstruo famoso, tu cardenal” (Mateo Lang, arzobispo de Salzburgo), “milagro será que no estés en peligro de renegar de Cristo”, “por mi parte, no dejaré de orar para que se cumpla  mi deseo de que te alejes de tu cardenal y del papado, como alejado estoy yo y tú lo estuviste. Dios me oiga y te una a nosotros” (Egido, 395-396)

En septiembre de 1524 el humanista Erasmo publica su Discusión sobre el libre albedrío. Como gran conocedor de la Biblia, considera que no puede deducirse que el hombre sea malo por naturaleza, a pesar del pecado original, de manera que la “sola gracia” luterana, sin la colaboración humana, no puede aportar la salvación al creyente. Al año siguiente Lutero responde con su escrito Del albedrío esclavo, que significa la ruptura con Erasmo. En el fondo, comenta Roper, late la idea que hoy nos resulta familiar gracias al pensamiento psicoanalítico, de que todas nuestras acciones, incluso aquellas que creemos realizar por el más loable de los motivos, “derivan de aspectos psíquicos turbios como la ira, el orgullo o la envidia” (Roper, 148).

El 13 de junio de 1525 Lutero se casa con Catalina Bora, una monja exclaustrada. El matrimonio tuvo tres hijos y tres hijas. Además, “tuvieron que cuidar prácticamente de los once hijos de las hermanas de Lutero, fallecidas tempranamente”. El monasterio de Wittenberg, “tras el vaciado monacal, se repobló con nuevos moradores; a los huéspedes ocasionales frecuentes, y a los ya citados habitantes, hay que añadir los criados y criadas, algunas mujeres, estudiantes, residentes gratuitos” (Egido, 17). 

Tomás Münster, de orientación milenarista, organizó una Liga de los Elegidos y participó en la guerra de los campesinos (1524-1525). Lutero escribe su Exhortación a la paz: “Los campesinos, lanzados actualmente a la revuelta en el país de Suabia, han redactado doce artículos contra la autoridad, a causa de los intolerables gravámenes de que son víctima”, “lo que más me ha agradado es que…manifiesten su disposición de someterse a una sentencia superior”, “si la revuelta progresa y triunfa, no sobrevivirán ni el gobierno civil ni la palabra de Dios y se seguirá la destrucción eterna de toda Alemania” (Egido, 253). El capítulo 20 del Apocalipsis tiene retoques y modificaciones. El milenio es una vieja aspiración de grandes imperios (ver PC VI, La gran ramera).

Tras la “matanza de Weinsberg” del 16 de abril, en la que una banda de campesinos derrota y ejecuta a un grupo de caballeros, Lutero escribe Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos: “Están haciendo, ni más ni menos, algo diabólico y sobre todo ese archidiablo (Münster) es quien reina en Mülhausen, donde lo único que ocasiona es asesinatos, robos y derramamiento de sangre” (Egido, 273). La batalla de Frankenhausen acaba con la derrota de los campesinos y la detención de Münster, que es torturado y decapitado el 27 de mayo en Mühlhausen.

Tras la guerra de los campesinos “la Reforma dejará de ser un movimiento popular”, “de comunidades libres, con capacidad para elegir a sus párrocos, pastores o predicadores, se pasa sensiblemente a la iglesia luterana, regional y principesca” (Egido, 16). Cada señor tendrá el derecho a organizar la Iglesia visible en su territorio, aplicándose el principio: “cuius regio, eius religio”, “según la región, así la religión”. Lutero “negaba que los hombres fueran capaces de poner el bien común por encima de su propio interés, de ahí que no admitiera más forma de gobierno que la del príncipe autoritario” (Roper, 107).

En la Misa alemana (1526), dice Lutero, hay tres formas: una latina, otra alemana y otra que debiera tener “la genuina ordenación evangélica”, sería para “aquellos que con toda seriedad deseasen ser cristianos”, “deberían inscribirse nominalmente y reunirse por separado en una casa”, “se podría…corregir, expulsar o excomulgar a los que no se condujesen como cristianos” (Mt 18,15-17), “se podría imponer también aquí a los cristianos la limosna comunitaria, que se daría de buena voluntad y se repartiría entre los indigentes” (2 Co 9), “por el momento, no deseo organizar ni establecer semejante comunidad o asamblea, ya que todavía no dispongo de personas apropiadas y porque me doy cuenta de que no son muchos los que lo necesitan”, “en la misa verdadera entre cristianos sinceros no debería permanecer el altar, y el sacerdote tendría que estar siempre de cara al pueblo, como indudablemente hizo Cristo en la cena. Por ahora que esto espere hasta su momento oportuno”   (Egido, 33, 280-285).

El 6 de julio de 1527 Lutero tuvo un “colapso”, “se cayó y perdió la conciencia”. Luego lo describió “como un fuerte rumor en los oídos que provenía de dentro, no de fuera de su cabeza. Sentía que Satanás le castigaba con sus puños, una sensación que le recordaba a ciertas descripciones de san Pablo”, “puede que fuera una coincidencia que el texto bíblico que pensaba utilizar para predicar el día del ataque fuera Lucas 15, la parábola del hijo pródigo”, “hubo un tiempo en el que Lutero era el hijo pródigo; ahora era el padre y sus díscolos hijos no daban señales de querer volver a él” (Roper, 326-328).

Carlos V intentó jugar todas las cartas para mantener la unidad católica del imperio, pero la Dieta de Espira (1526) no tuvo el efecto deseado. En 1529 la dieta se vuelve a reunir en Espira con la intención de imponer el Edicto de Worms, pero los príncipes luteranos protestan. Desde ese momento, son conocidos como “protestantes”.

En su Instrucción para los visitadores de parroquias (1528) Lutero diseña una estructura eclesial integrada dentro del Estado, con unos visitadores nombrados por el señor territorial correspondiente. En 1529 redacta el catecismo que compendia la doctrina luterana: el Catecismo Mayor, destinado a los clérigos y a los adultos con formación, y el Catecismo Menor, destinado a los niños y personas sencillas (Lorenzana, 80-99).

En 1530 Carlos V convoca una dieta en Augsburgo con el fin de llegar a un acuerdo. Los príncipes protestantes encargan la redacción de un documento a Melanchton, más conciliador que Lutero. El resultado es la Confesión de Augsburgo, la primera exposición oficial de los principios del luteranismo. Sus 28 artículos tienen dos partes: Artículos de Fe  (del 1 al 21), como la Trinidad,  el pecado original, el bautismo, Cristo hijo de Dios, y Artículos de Discusión (del 22 al 28), como la comunión bajo las dos especies, el celibato, los votos monásticos, la fundamentación bíblica del protestantismo. El papa responde con la Refutatio Pontificia. Carlos V impone la aplicación del Edicto de Worms y los protestantes contestan con la formación de la Liga de Esmalcalda (1531), a la que poco después se unen Francia y Alemania. Para una reunión de la Liga Lutero escribe Los artículos de Esmalcalda (1537). Veamos algunos aspectos:

* Sobre la Trinidad: “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas y una sola esencia y naturaleza divina, son un solo Dios, que ha creado cielo y tierra”, “el Hijo se hizo hombre de esta manera: fue concebido por el Espíritu Santo, sin intervención de hombre, y nació de la pura y santa virgen María, etc” (Símbolo de los Apóstoles).

* Sobre la obra de Cristo: “Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin obras de la ley y por lo cual sólo Dios es justo y justifica al que cree en Cristo”.

* Sobre la misa: Es “la mayor y la más terrible abominación del papado”, “se afirma que la tal misa con su sacrificio y su obra, y aunque se celebre por un malvado, ayuda a quitar los pecados de los hombres en esta vida y, después de ella, en el purgatorio”.

* Sobre el purgatorio: “En relación con el purgatorio se ha establecido un tráfico a base de misas de difuntos, de vigilias, cabos de semana, mes y año, semana común, día de ánimas… hasta el extremo de que prácticamente la misa sólo se utiliza para los difuntos, cuando en realidad Cristo instituyó el sacramento para los vivos”, “quien quisiere participar en las indulgencias o jubileos debía arrepentirse, confesarse y largar el dinero”, “este arrepentimiento y la confesión suyos son algo inseguro y una hipocresía. Es más: nadie podía saber cuáles eran las almas que yacían en el purgatorio”.

* Sobre la invocación a los santos: “Es otro de los abusos del anticristo”, “reduce a la nada el conocimiento de Cristo. Tampoco está mandado ni aconsejado”.

* Sobre el papa: “No es por derecho divino, es decir, en virtud de la palabra de Dios, la cabeza de la cristiandad: esto pertenece sólo al que lleva por nombre Jesucristo”. Para Lutero, el último obispo de Roma fue Gregorio (590-604). Después vinieron los papas. El papa afirma que “sólo se salvará el que le obedezca”, “esto no lo podemos soportar”.

* Sobre el pecado: “como dice san Pablo (Rm 5), el pecado entró en el mundo por un solo hombre”, “los frutos de este pecado son las obras malas proscritas en el decálogo”, “este pecado original entraña una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza, que ninguna razón llegará a comprenderlo. Pero hay que creer en él (Sal 51; Rm 5; Ex 33; Gn 3). Es error y ceguedad lo que los escolásticos enseñan: “que el hombre por sus fuerzas naturales está capacitado para observar y cumplir los mandamientos” (Egido, 336-349).

* Sobre el bautismo de los niños: “Nuestra postura es que hay que bautizar a los niños, porque también ellos están incluidos en la promesa de la redención cumplida por Cristo”.

* Sobre la cena: “Sostenemos que en la cena el pan y el vino son el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo”, “aunque fuese cierto que bajo una sola especie se contiene lo mismo que en las dos, la especie única no representa la ordenación ni la institución completa, tal como por Cristo se fundó”, “maldecimos a quienes no sólo prescinden de la comunión con las dos especies, sino que también la prohíben” (Egido, 352).

* Sobre el matrimonio de los sacerdotes: “Han actuado contra todo derecho al prohibir el matrimonio y cargar el divino estado sacerdotal con la exigencia de una castidad perpetua”, “han acarreado con ello toda clase de pecados tremendos, abominables e incontables”, “no estamos dispuestos a aprobar ni tolerar su enojoso celibato; preferimos que el matrimonio siga siendo voluntario, tal como Dios lo ordenó e instituyó”.

* Sobre la justificación: “Dios desea tenernos por totalmente justificados a causa de Cristo nuestro mediador. Aunque el pecado no haya desaparecido del todo ni muerto en la carne, Dios no quiere tenerlo en cuenta ni darse por enterado. Las buenas obras son una consecuencia de esta fe”.

* Sobre los preceptos humanos. Según las palabras de Cristo (Mt 15,19), esa “colección de fantasías”, “dedicación de iglesias, bautismo de campanas”, “bendiciones de cirios, de ramos”, “no pueden llamarse bendiciones”, son “burlas e imposturas” (Egido, 355-357).

* Sobre la resurrección: El Espíritu santo “en el último día, me resucitará, a mí y a todos los muertos, y me dará una vida eterna” (Catecismo breve, Egido, 297).

En 1523 Lutero escribe Sobre la naturaleza hebrea de Jesucristo con la esperanza de la conversión de los judíos al cristianismo. Sin embargo, en 1543 escribe De los judíos y sus mentiras, una obra antisemita: son un pueblo “abyecto y despreciable”, dice, “seremos culpables de no destruirlos”. Son “120 volúmenes de cartas y 6 volúmenes de charlas de sobremesa” (Roper, 21). Caso de bigamia. Felipe de Hesse, casado con Cristina de Sajonia, quiere casarse con Margarethe “sin divorciarse ni pedir la nulidad del matrimonio con Cristina, siguiendo el ejemplo de los patriarcas del Antiguo Testamento” y pide a Lutero una “licencia de bigamia”. Éste accede “a condición de que el segundo matrimonio quedara en secreto”. Cuando se supo, estalló el escándalo. En su escrito Contra el papado de Roma, fundado por el diablo (1545) Lutero repite los lugares comunes contra el papado (Lorenzana, 104-116). Muere el 18 de febrero de 1546 en Eisleben, a los 62 años.

* Diálogo: ¿Conocemos mejor la reforma luterana?, ¿cada confesión ha de revisar la propia tradición a la luz de la Escritura?, ¿es posible la restauración de la unidad?

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