LA REFORMA CATÓLICA. Contrarreforma

LA REFORMA CATÓLICA 

Contrarreforma

La reacción papal ante el reto de Lutero fue tardía y disciplinar.No respondió a las exigencias de convocar un concilio que venían no sólo del bando reformado, sino también de reformistas  de la Iglesia, como Erasmo de Rotterdam. Cien años antes que Lutero, el concilio de Constanza (1414-1418) había reclamado la reforma que acabara con las grandes lacras de la Iglesia: la simonía, el nepotismo y el concubinato. La principal resistencia procedía de los papas. León X, Adriano VI y Clemente VII temían que un concilio con presencia luterana pudiera poner en peligro su poder sobre la Iglesia. Finalmente, vino el concilio de Trento (1545-1563) “para extirpar las herejías y reformar las costumbres” (Denzinger, Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum, 782; en adelante, citado así: Dz). Es la reforma católica o contrarreforma.

El papa Paulo III (1534-1549), Alejandro Farnesio, tomó la decisión de convocar el concilio en Mantua el 2 de junio de 1536. Hijo de noble familia, a los veinticinco años Alejandro VI le hizo cardenal “no por sus méritos, sino en atención a ser hermano de Julia (llamada La Bella), que gozaba de gran favor ante el papa”, “Farnesio no llevaba una vida mejor que tantos otros en la corte papal. Tenía una amante, y de ella un hijo, Pedro Luis”, al cual “le dio el ducado de Parma, que desde los tiempos de Julio II formaba parte de los Estados de la Iglesia, por lo que se vio implicado en peligrosas querellas políticas”, “Paulo III empezó la reforma por el punto de donde había venido todo el mal, o sea, el colegio cardenalicio. Sus nombramientos de cardenales causaron sensación. Ya en 1535 hizo cardenal a Juan Fisher, que aguardaba en la cárcel el momento de subir al cadalso” (L. Hertling, Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona, 1981, 330-331). Alejandro Farnesio tuvo un nieto del mismo nombre, que fue cardenal y era hijo de Pedro Luis.

Paulo III llamó a Roma al nuncio apostólico en Viena, Pier Paolo Vergerio, para que le informase sobre la situación en Alemania. Una vez el papa se hubo informado, envió al nuncio a visitar a los príncipes alemanes para invitarles al concilio, que debía celebrarse en Mantua. Vergerio fue a Berlín, donde se entrevistó con un príncipe elector, que aún no se había pasado abiertamente al luteranismo; luego se trasladó a Wittenberg, para ver a Lutero: “El nuncio le halló arrogante, casi demoníaco, pero obtuvo de él la promesa de presentarse en Mantua”, “es posible que la promesa de Lutero de asistir al concilio hubiese sido hecha en serio”. Sin embargo, “los príncipes de la Liga de Esmalcalda decidieron ya entonces no acudir al concilio, ni siquiera reconocerlo. Los afianzó en su actitud Enrique VIII, que había ya roto con la Iglesia, y también Francisco I, que, aunque católico, deseaba el fracaso del concilio, porque temía que su celebración redundara en un aumento de poder para su antiguo enemigo Carlos V”.

El duque de Mantua puso tales condiciones para celebrar el concilio en su ciudad que el papa tuvo que buscar otra. Ésta debía ser fácilmente accesible a los alemanes, pero sin encontrarse en territorio imperial ni dentro de los Estados de la Iglesia. Paulo se decidió por Vicenza, que pertenecía a Venecia: “Los legados papales entraron solemnemente en Vicenza, pero apenas compareció nadie más, y el papa tuvo que suspender el concilio antes de que pudiera inaugurarse” el 1 de mayo de 1538.

En el año 1542 Paulo III, que quería celebrar el concilio a toda costa, dio un nuevo paso para acercarse a los alemanes: “trasladó el concilio a territorio imperial, a Trento”, pero “sólo se presentaron unos pocos prelados”, “el papa tuvo que suspender una vez más el concilio” (Hertling, 332-334).

1. El concilio de Trento

Finalmente, en el año 1544 Carlos V y Francisco I resolvieron sus diferencias: “Ambos se decidieron entonces en favor del concilio, y así el 13 de diciembre de 1545, más de diez años después de la primera convocatoria, pudo inaugurarse solemnemente”. Al principio “sólo asistían veinticinco obispos, además de cinco generales de órdenes”.

La cuestión de método: “El papa deseaba que ante todo se dictaran definiciones dogmáticas para poner en claro los puntos doctrinales discutidos. Carlos V quería dejar para más tarde las cuestiones teológicas, para no excitar a los protestantes, y proponía que se aprobaran primero los decretos de reforma, para demostrar ante los protestantes la buena voluntad de la Iglesia. Al fin se convino que en cada sesión se adoptaran contemporáneamente decretos dogmáticos y de reforma”.

En el año 1546 se celebraron dos sesiones: “En la primera, que es contada como la cuarta del concilio, se promulgó el decreto sobre el canon de la Sagrada Escritura, y en la quinta el decreto sobre la doctrina del pecado original. El tiempo intermedio entre las dos se llenó con deliberaciones teológicas. Había aumentado el número de obispos asistentes, muchos de los cuales habían traído sus asesores teológicos. Al año siguiente, se presentaron también los enviados del rey de Francia. En la sexta sesión se aprobó el decreto sobre la justificación, que era el punto central de toda la polémica doctrinal”, “en la séptima sesión se decidió la doctrina católica sobre los sacramentos en general y sobre el bautismo en particular. Entonces se produjo una interrupción”.

Hubo un grave conflicto entre el papa y el emperador: “A Paulo III le hubiera gustado hacer duque de Milán a su hijo Pedro Luis, que era ya señor de Parma y Piacenza. Gonzaga, el gobernante imperial de Milán, creyó prestar un buen servicio al emperador haciendo asesinar a Pedro Luis Farnesio. Paulo III, herido en lo más vivo por el crimen y sospechando, no sin motivo, que éste no se había perpetrado sin connivencia del emperador, cansado además, y ya de antes, de la excesiva presión que Carlos V ejercía en Trento, trasladó el concilio a Bolonia, o sea, a territorio de la Iglesia. Esto irritó sobremanera al emperador, el cual se retiró del concilio, en el preciso momento en que infligía en Mühlberg una decisiva derrota a la Liga de Esmalcalda. Antes de que pudiera llegarse a una reconciliación entre el emperador y el papa, murió Paulo III” (Hertling, 334-335).

* Escritura y Tradición. El profesor Gervais Dumeige (1913-1996), que en su libro “La fe católica” hace una selección de textos del Magisterio, comenta al respecto: “La Tradición había sido unánimemente descartada por los protestantes como verdadera fuente de la fe. Por medio de un trabajo laborioso el concilio se esforzó para precisar su noción. Las tradiciones externas, costumbres acerca del ayuno, de la disciplina penitencial, de ritos, etc., fueron completamente excluidas por no tener importancia inmediata para la vida de fe. El decreto ni las menciona. Se trata únicamente de las tradiciones doctrinales en sentido estricto, que atestiguan que una verdad de fe forma parte del tesoro de la Iglesia desde la época apostólica. Estas tradiciones han podido ser transmitidas oralmente o por escrito gracias a las obras de los Padres de la Iglesia. Deliberadamente, el concilio renunció a dar un catálogo de las verdades así transmitidas, pero, a partir de la sesión siguiente, para la doctrina del pecado original, recurrió a esta Tradición”, “el concilio se esfuerza en poner fin a los abusos en el uso de la Sagrada Escritura. El texto estaba con frecuencia corrompido, lecciones divergentes eran utilizadas por el hecho de no existir una edición oficial. Los libros litúrgicos, en particular, contenían a menudo textos muy defectuosos. Por otra parte, en la explicación de la Escritura y en la predicación reinaba con frecuencia la mayor arbitrariedad. Se tenía poco cuidado en obtener la aprobación de la Iglesia para las ediciones y los comentarios” (G. Dumeige, La fe católica, Estela, Barcelona, 1965, 73).

Los protestantes no incluyen en la Biblia los libros llamados “deuterocanónicos”, pues los consideran “apócrifos”. Estos libros aparecen en la traducción griega de los Setenta,  pero no en los manuscritos judíos más antiguos. Son los siguientes: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, Macabeos y adiciones griegas a los libros de Ester y Daniel.

Dice el concilio: “El santo concilio…tiene siempre presente el designio de conservar en la Iglesia, por la supresión de los errores, la pureza del Evangelio”, “viendo claramente que esta verdad y esta regla están contenidas en los libros escritos y en las tradiciones no escritas que, recibidas por los Apóstoles de la boca misma de Cristo o transmitidas como de mano en mano por los Apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros, el santo concilio, siguiendo el ejemplo de los Padres ortodoxos, recibe y venera con el mismo sentimiento de piedad y con el mismo respeto todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, puesto que Dios es el único autor de ambos, y también las tradiciones que conciernen, ya sea a la fe, ya sea a las costumbres, como venidas de la boca misma de Cristo o dictadas por el Espíritu Santo y conservadas en la Iglesia católica por una sucesión continua” (Dz 783).

“Además, el santo concilio considera que será de no poca utilidad para la Iglesia saber, de entre todas las ediciones latinas de los Libros Sagrados que están en circulación, cuál haya de ser tenida por auténtica. Decide y declara que la antigua edición de la Vulgata, aprobada por la Iglesia por el largo uso de tantos siglos, debe ser tenida por auténtica en las públicas lecciones, discusiones, predicaciones y explicaciones, y que nadie tenga la audacia o la presunción de rechazarla, por no importa qué pretexto” (Dz 785).

“Además, para reprimir ciertos ingenios indóciles, decreta que en las materias de fe o de costumbres que formen parte del edificio de la doctrina cristiana, nadie, apoyado en su propio juicio, ose desviar la sagrada escritura hacia su propio sentir, contra aquel sentido que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien pertenece juzgar del sentido o interpretación verdaderos de las Sagradas Escrituras, o también interpretar esta Sagrada Escritura contra el consentimiento unánime de los Padres, aun cuando tales interpretaciones no deban nunca ser publicadas” (Dz 786).

El monje de Monserrat Evangelista Vilanova (1927-2005), en la presentación del libro de Dumeige, llamó la atención sobre el dualismo que se introduce en la teología católica de la Contrarreforma a partir del concilio de Trento: “El concilio dice que tanto la Escritura como la Tradición son normas de fe y como tales deben ser respetadas por igual, dejando sin determinar el modo como se relacionan entre sí. La cuestión quedaba abierta. Y la teología católica de la Contrarreforma divulgó la noción de las dos fuentes de la fe”, “a partir de este momento la teología católica ha hecho de la escritura una fuente parcial de la fe, completada por la Tradición. En consecuencia, la Tradición se ha considerado como una fuente parcial que cobraba tanto o más importancia que la misma Escritura”.

Entonces Escritura y Tradición se han considerado simplemente como “repertorios de los que se sacaban los argumentos a favor de las tesis antiprotestantes.  Para convencernos de ello basta con examinar algunos de los manuales contrarreformistas, cuya vigencia todavía hemos comprobado. Con razón se ha podido decir que el 20 de noviembre de 1962, fecha en la que fue retirado el esquema sobre las fuentes de la revelación (que se hacía eco de esta posición dualista) será reconocida en la historia de la Iglesia como la fecha que marca la clausura definitiva de la Contrarreforma, pues, por un voto mayoritario, los Padres conciliares rechazaron un documento que estaba demasiado inspirado por un catolicismo antiprotestante”.

El voto conciliar del 20 de noviembre de 1962 favorecía la posición de los teólogos “según la cual no se puede hablar más que de una sola fuente de la revelación. El P. Rahner, por ejemplo, lo explica diciendo que la Escritura contiene el depósito de la fe, pero este depósito es transmitido y atestiguado autoritativamente por la Iglesia que tiene la autoridad de explicarlo”, “esta posición es solidaria, al decir del P. Congar, de muchas de las ideas que presiden la renovación de nuestra teología. Cita ante todo el descubrimiento del desarrollo que ha puesto la teología de la Tradición eclesiástica en mejor continuidad con la Escritura, como se ve en Möhler y Newman. Y después se refiere al movimiento bíblico y al litúrgico con la renovación que ha provocado. ¿Podemos hablar hoy como en aquella época, en que a menudo se consideraba prohibida la lectura de la Biblia?”.

Escritura y Tradición (las dos fuentes) constituyen “el depósito de la fe puesto por Cristo en manos del Magisterio, como un tesoro que debe guardarse y hacerse fructificar”. Esta es, resumida, la doctrina divulgada por el cardenal austriaco Franzelin (1816-1886) el siglo pasado y recogida en 1950 por Pío XII en la Encíclica Humani Generis: “De la Escritura y la Tradición, pues, el Magisterio es el guardián y el doctor Franzelin formuló esta doctrina presentando la Escritura o la Tradición como constitutivas de la regla remota de fe, mientras que el Magisterio era la regla próxima. Esta formulación que tuvo gran éxito no satisfizo a todo el mundo. Muchos de los teólogos contemporáneos critican la categoría de ‘regla remota’ de la fe y atribuyen exclusivamente al Magisterio la calidad de regla de fe. Esta posición lleva a convertir al Magisterio en el único lugar teológico, en la única fuente de verdad” (Dumeige, XXI-XXIII).

Se ha consumado el proceso. Para Jesús, “no puede fallar la Escritura” (Jn 10,35). En la Contrarreforma no puede fallar el Magisterio. El concilio Vaticano I (1870) define la infalibilidad del papa como “dogma divinamente revelado”, cuando habla “ex catedra”, es decir, ejerciendo su cargo de pastor y doctor de todos los fieles, y define “una doctrina de fe y costumbres”.  Esta infalibilidad el Concilio Vaticano II “la propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles” (LG 18). También dice: “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendada sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio” (DV 10).

* El pecado original: “La ocasión próxima de tratar del pecado original en el concilio de Trento fue el error de Lutero. Este pecado, según él, consiste en la concupiscencia mala que persiste invenciblemente en el hombre sin ser extinguida por el bautismo: el hombre sigue siendo pecador, simplemente el pecado ya no le es imputado” (Dumeige, 139).

Dice el concilio: “Si alguno no confiesa que Adán, el primer hombre, después de haber transgredido el mandamiento de Dios en el Paraíso, perdió inmediatamente la santidad y la justicia en la que había sido establecido, e incurrió por la resultante de esta prevaricación, en la ira y la indignación de Dios…y que por la ofensa de aquella prevaricación, Adán entero, en su cuerpo y en su alma, fue mudado en peor, sea anatema” (Dz 788).

“Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo y no a su descendencia…sea anatema” (Dz 789).

“Si alguno niega que los niños recién nacidos, aun cuando procedan de padres bautizados, hayan de ser bautizados…sea anatema” (Dz 791).

“Si alguno niega que, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo conferida en el bautismo, sea remitida la pena del pecado original, o también si afirma que no es quitado todo aquello que tenga verdadero y propio carácter de pecado, sino que es simplemente raído o no imputado, sea anatema. Pues nada odia Dios en los renacidos”, “ahora bien, que la concupiscencia o fuego (del pecado) permanece en los bautizados, el santo concilio lo confiesa y experimenta” (Dz 792).

* La justificación. “Este decreto, dice Dumeige, es uno de los más importantes del concilio de Trento. Exigió al menos una preparación de siete meses. No se trataba únicamente de rechazar la herejía luterana, que reside principalmente en su doctrina de la justificación, sino de dar una vista de conjunto sobre la gracia”, “no se trata la cuestión de los niños, que reciben la justificación únicamente por el bautismo sin cooperar a la gracia. Se trata sólo la justificación de los adultos”  (Dumeige, 266).

Según el concilio, por el pecado original el hombre se encuentra en una situación de la que, por sí mismo, no puede salir. El concilio declara la impotencia de la naturaleza y de la Ley para justificar a los hombres: “No sólo los paganos por la fuerza de la naturaleza, mas ni siquiera los judíos por la misma letra de la Ley de Moisés podían librarse o levantarse de tal estado, si bien en ellos no estaba extinguido el libre albedrío, aunque sí atenuado y desviado en sus fuerzas” (Dz 793).

Dice el concilio: “El inicio de la justificación en los adultos ha de buscarse en la gracia previa de Dios por Jesucristo, es decir, en la vocación por la que son llamados sin que exista mérito alguno de su parte” (Dz 797), “excitados y ayudados por la gracia, recibiendo la fe por el oído (Rm 10,17), se mueven libremente hacia Dios creyendo que es verdad todo lo prometido y revelado por Dios y, en primer lugar, que Dios justifica al pecador por medio de su gracia, por medio de la redención que está en Cristo Jesús (Rm 3,21); cuando, sintiéndose pecadores pasan del temor de la justicia divina, por el que saludablemente son sacudidos, a la consideración de la misericordia de Dios, renacen a la esperanza confiando que Dios les será propicio a causa de Cristo y empiezan a amarle como fuente de toda justicia, moviéndose por esta razón contra los pecados por algún odio y detestación, es decir, por la penitencia que han de hacer antes del bautismo (Hch 2,38); cuando, en fin, se proponen recibir el bautismo, empezar nueva vida y observar los divinos mandamientos” (Dz 798).

“Por esta razón se dice con toda verdad que la fe sin las obras es fe muerta (St 2,17), e inútil, y en Jesucristo ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino la fe que obra por la caridad (Gal 5,6; 6,15). Esta es la fe que antes de recibir el bautismo los catecúmenos piden a la Iglesia, según la tradición de los Apóstoles, la fe que da la vida eterna, la cual no puede otorgar la fe sin la esperanza y la caridad. En seguida, pues, oyen la palabra de Cristo: Si quieres entrar en la vida, observa los mandamientos (Mt 19,17; Dz 800), “la fe es el principio de la salvación humana, fundamento y raíz de toda justificación, sin la cual es imposible agradar a Dios (Hb 11,6; Dz 801), “Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas: Sus mandamientos no son pesados (1 Jn 5,3), su yugo es suave y su carga ligera (Mt 11,30; Dz 804).

La Federación Luterana Mundial y la Iglesia católica firmaron en 1999 una Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. En ella se habla del camino hacia “plena comunión eclesial” y hacia una “unidad en la diversidad”, en la que “las restantes diferencias podrían ser reconciliadas y no tendrían más una fuerza separadora” (ver W. Kasper, Caminos hacia la unidad, Sal terrae, Santander, 2014, 91).

* Los sacramentos. “Después de haber tratado de la justificación, dice Dumeige, el concilio presenta la doctrina de los sacramentos. Empieza por los cánones que tratan  de los sacramentos en general. El canon 1, que mantiene expresamente los siete sacramentos, se opone a Lutero, quien había reducido su número a tres y después a dos; condena la Confesión de Augsburgo, que atribuía a los Apóstoles la institución de la confirmación y la extremaunción, precisa que Cristo ha instituido todos los sacramentos” (Dumeige, 295).

Dice el concilio: “Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva Ley no fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo o bien que son más o menos que siete, a saber, el bautismo, la confirmación, la eucaristía, la penitencia, la extremaunción, el orden y el matrimonio; o bien que alguno de estos siete no es verdadera y propiamente sacramento, sea anatema” (Dz 844).

* El bautismo. “El concilio de Trento, dice Dumeige, no elaboró una exposición dogmática sobre el bautismo. Se contentó con condenar las herejías en curso, lo cual no impide que los cánones siguientes tengan una importancia decisiva para la doctrina católica del bautismo” (Dumeige, 305).

“Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria para el bautismo y desvía, por tanto, a una especie de metáfora aquellas palabras de nuestro Señor Jesucristo: Si uno no vuelve a nacer del agua y del Espíritu Santo (Jn 3,5), sea anatema” (Dz 858).

“Si alguno dijere que el bautismo también dado por los herejes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es verdadero bautismo, sea anatema” (Dz 860).

“Si alguno dijere que nadie debe ser bautizado sino en la edad en que Cristo se bautizó, o bien en el artículo mismo de la muerte, sea anatema” (Dz 868).

“Si alguno dijere que los párvulos, por el hecho de que no tienen el acto de fe, no han de ser contados entre los fieles después del bautismo y que, por tanto, han de ser rebautizados una vez llegados a la edad de discreción, o bien que es mejor omitir su bautismo que bautizarlos en la sola fe de la Iglesia por ser incapaces de un acto de fe personal, sea anatema” (Dz 869).

“Si alguno dijere que tales párvulos bautizados, cuando hubieren crecido, han de ser interrogados si quieren ratificar lo que sus padrinos prometieron en su nombre al ser  bautizados, y que si responden que no quieren han de ser dejados a su arbitrio sin obligación entretanto por ninguna otra pena a la vida cristiana, excepto el rehusarles la recepción de la eucaristía y de los otros sacramentos hasta que se arrepientan, sea anatema” (Dz 870).

El papa pretende trasladar el concilio a Bolonia para sustraerlo a la influencia del emperador, pero los obispos súbditos de Carlos V se niegan a ello. El concilio queda en suspenso en 1547 hasta que Paulo III da oficialmente por terminada esta etapa en 1549.

El nombre de Paulo III va ligado a la creación de nuevas órdenes de clérigos regulares, como los teatinos, los somascos, los barnabitas, pero la orden de clérigos regulares que más difusión había de alcanzar fue la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola y aprobada por Paulo III en 1540.

2. Segunda etapa

El cónclave que sigue a la muerte de Paulo III constituye una decepción para los reformistas, pues resultó elegido papa Julio III (1550-1555): “El cardenal Monte, que después de una encarnizada pugna de los partidos políticos, el imperial y el francés, fue elegido como candidato de transacción, no era ninguna figura ideal, sino un hombre mundano”, “ya desde el comienzo provocó un gran escándalo al nombrar cardenal a un licencioso muchacho de diecisiete años de su servidumbre, llamado Inocencio del Monte, lo cual dio lugar a las peores murmuraciones. Los paladines de la reforma, Carafa, Pole y otros, protestaron enérgicamente, pero en vano”.

Sin embargo, Julio III comprendió que debía seguir por el camino desbrozado por Paulo III. Sus demás nombramientos de cardenales fueron acertados y consiguió vencer las dificultades que se oponían a la continuación del concilio: “En dos sesiones fueron aprobados los importantes decretos dogmáticos sobre la eucaristía y el sacramento de la penitencia”, pero la asamblea tuvo que ser disuelta de nuevo, al surgir un conflicto entre el emperador y el rey de Francia, provocado por la rebelión del elector de Sajonia (Hertling, 341).

Julio III, cercano al emperador, vuelve a convocar el concilio en Trento, inaugurando así la segunda etapa (1551-1552), que sólo conseguirá aprobar los decretos sobre la eucaristía, la penitencia y la extremaunción, porque esta vez los padres conciliares están a punto de caer en manos de las tropas de la Liga de Esmalcalda, iniciando así el periodo de suspensión más prolongado a causa del enfrentamiento entre los nuevos papas, más cercanos a la monarquía francesa, y los sucesores de Carlos V en el Imperio.

* La eucaristía. “Una de las doctrinas que el concilio de Trento deseaba vivamente proclamar en toda su pureza era la de la eucaristía. Las cuestiones más importantes fueron tratadas en las sesiones XIII, XXI y XXII. Se trató primeramente de la presencia real de Cristo, negada por los innovadores, sobre todo por Zwinglio y por Calvino. La doctrina de la Iglesia es expuesta en ocho capítulos seguidos de once cánones”, “Lutero no había negado la presencia real de Cristo, pero  enseñaba que persistían al mismo tiempo el pan y el vino. El concilio, al contrario, define un verdadero cambio de sustancia, que hace que del pan y del vino solamente persistan las apariencias exteriores. Declara, además, que es apropiada la expresión ‘transustanciación’ que en el lenguaje oficial de la Iglesia figuraba desde el concilio IV de Letrán” (Dumeige, 319-320).

“El santo concilio enseña y profesa abiertamente y con simplicidad que, una vez consagrados el pan y el vino, nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente verdadera, real y sustancialmente en el santo sacramento de la eucaristía bajo la apariencia de estas realidades sensibles” (Dz 874), “este cambio ha sido llamado de modo conveniente y propio transustanciación por la santa Iglesia católica” (Dz 877).

“Si alguno dijere que, después de la consagración, no están el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la eucaristía, sino sólo en el uso, al recibirlo, no antes ni después, y que en las hostias y partículas consagradas que se reservan o sobran después de la comunión no permanece el verdadero cuerpo del Señor, sea anatema” (Dz 886).

 “Si alguno dijere que no es lícito guardar en el sagrario la sagrada eucaristía, sino que después de la consagración debe ser necesariamente distribuida a los asistentes, o que no es lícito llevarla con honor a los enfermos, sea anatema” (Dz 889).

* La penitencia. “Aquí se precisa la doctrina de la penitencia para responder a los muchos errores que se habían difundido”, “la penitencia es un verdadero sacramento”, “los reformadores habían enseñado que toda remisión de pecados consiste en reanimar la gracia del bautismo por la fe” (Dumeige, 344).

Dice el concilio: “El Señor instituyó el sacramento de la penitencia sobre todo en aquella ocasión en que, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonareis los pecados, les quedan perdonados; a quienes los retuviereis, les serán retenidos” (Jn 20,22s; Dz 894).

“Si alguno negare que, para la total y perfecta remisión de los pecados, se requieren en el penitente tres actos como materia del sacramento de la penitencia, esto es, contrición, confesión y satisfacción, las tres partes de la confesión,… sea anatema” (Dz 914).

* La extremaunción. “El concilio de Trento expuso la doctrina de la unción de los enfermos relacionándola con el sacramento de la penitencia y en la misma sesión”, “siendo la unción de los enfermos, según la opinión de los teólogos, el sacramento de la consumación que no pudo ser conferido más que en la plenitud del Espíritu Santo, muchos teólogos de la Edad Media decían haber sido instituido por los Apóstoles. Mas todos los sacramentos son instituidos por Cristo; es Él quien determina los signos a través de los cuales quiere comunicar su gracia. Aquí, se enseña expresamente que este sacramento también fue instituido por Cristo, pero que su promulgación fue hecha por Santiago” (Dumeige, 368-369).

Dice el concilio: “Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente tal, insinuado ciertamente en San Mateo, pero recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor” (St 5,14ss; Dz 908).

3. Tercera etapa

A la muerte de Julio III, el 23 de marzo de 1555, “los cardenales del partido rigurosamente eclesiástico estaban firmemente decididos a no tolerar componenda alguna. El elegido había de ser el mejor”, “todos se inclinaron por Cervini”, “éste fue elegido en un cónclave muy breve, y adoptó el nombre de Marcelo II (+1555). La reforma parecía finalmente un hecho, cuando a las tres semanas murió el nuevo papa. La impresión fue abrumadora. Seripando opinó que Dios había querido dar a entender que la salvación de la Iglesia no podía obtenerse con medios humanos”. Su sepulcro está frente al de Juan Pablo I (+1978). El paralelismo entre ambos papas es evidente.

Tras la muerte de Marcelo II, es elegido el cardenal Juan Pedro Carafa como papa Paulo IV (1555-1559). Contaba setenta y nueve años. Tomó por secretario a su sobrino Carlos Carafa, “hombre taimado y sin escrúpulos, sin otro pensamiento que el de ganarse un principado para su familia”, “en la esfera eclesiástica, Paulo IV fue el riguroso partidario de la reforma que siempre había sido. Sus nombramientos de cardenales fueron todos hechos teniendo en vista este objetivo”. Sin embargo, “como papa, defraudó casi todas las esperanzas”. Le sucedió Juan Ángel Médici con el nombre de Pío IV (1559-1565), “personalmente algo mundano, inteligente y moderado, era la exacta contrapartida de su predecesor. Siguiendo la mala costumbre de los papas renacentistas, en cuanto fue elegido hizo venir a su corte una gran cantidad de parientes, a los que colmó de rentas, prebendas y títulos”. Entre ellos había uno que estaba destinado a ser su “ángel custodio”, Carlos Borromeo, “Pío IV le hizo cardenal y secretario de estado a los veintiún años”.

Pio IV continuó y llevó a su fin el concilio de Trento. El infatigable Borromeo tuvo que superar las más enfadosas dificultades diplomáticas, para que en 1562 pudieran reanudarse las sesiones. En la sesión 21 tomaron parte “más de doscientos prelados”, “en ella se promulgó el decreto sobre la comunión bajo las dos especies, que había sido uno de los puntos más discutidos. Se determinó que los laicos no estaban obligados a comulgar con los dos especies; bajo cualquiera de éstas se recibía el sacramento entero, y la Iglesia podía prescribir una determinada forma de recibirlo, que el individuo no podía cambiar a su capricho”. La sesión 22 “trajo el decreto dogmático sobre el sacrificio de la misa y decretos de reforma referentes a la celebración del culto”.  La sesión 23 “trató del orden sagrado y dictó decretos sobre la preparación de los futuros sacerdotes, especialmente mediante la fundación de seminarios”. En la sesión 24 “se decidió la doctrina relativa al sacramento del matrimonio, al tiempo que se atenuaban los impedimentos canónicos, simplificando el derecho matrimonial”. En la sesión 25 “se publicó la doctrina sobre el purgatorio, el culto de los santos y las indulgencias” (Hertling, 341-345).

“Si alguno dijere que la santa Iglesia católica no se dejó llevar por motivos y causas justas para conceder la comunión bajo una sola especie de pan a los laicos y a los clérigos que no celebran, y que en este punto cayó en error, sea anatema” (Dz 935).

El sacrificio de la misa: “Puesto que en el Antiguo Testamento, según el testimonio del Apóstol Pablo, debido a la impotencia del sacerdocio levítico no había sacrificio perfecto, fue necesario, por disposición de Dios, el Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec (Hb 7,11; Dz 938).

Misas en honor de los santos: “Aunque la Iglesia a veces acostumbra celebrar algunas misas en honor de los santos, con todo enseña, que no es a ellos a quienes el sacrificio es ofrecido, sino sólo a Dios, quien los coronó” (Dz 941).

Misa en latín: “Aun cuando la misa contenga una rica instrucción para el pueblo fiel, a los Padres no les ha parecido conveniente que sea celebrada indistintamente en lengua vulgar”, “el santo concilio ordena a todos los pastores y a todos los que tienen cura de almas, que expliquen a menudo en el curso de la celebración de la misa, o por mismos o por otros, algo de lo que se lee en la misa, y entre otras cosas declaren algún misterio de este santísimo sacrificio, señaladamente en los domingos y días festivos” (Dz 946).

Misas de difuntos: “Si alguno dijere que el sacrificio de la misa es solamente sacrificio de alabanza y acción de gracias, o una simple conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, mas no es propiciatorio, o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y no por los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema” (Dz 950).

* El orden sagrado. “Según opinión de los reformadores, no hay estado sacerdotal en el que uno es admitido por el sacramento del orden. Según ellos, la fe no se nos comunica por el magisterio visible, la Iglesia no es gobernada por una jerarquía instituida por Cristo, la gracia no se nos comunica recurriendo a signos exteriores, sino únicamente por la fe confiada. Así, no admitían que un orden haya sido instituido por Cristo para distribuir la gracia, puesto que no reconocían el santo sacrificio de la misa, no tenían necesidad ya de un orden sacerdotal que ofreciera el sacrificio” (Dumeige, 376).

Dice el concilio: “Sacrificio y sacerdocio han ido siempre tan unidos por la disposición de Dios que uno y otro han existido najo las dos Leyes. Si, en el Nuevo Testamento, la Iglesia católica ha recibido de la institución del Señor el santo sacrificio visible de la eucaristía, hay que reconocer en ella un sacerdocio nuevo, visible y exterior, en el que ha sido cambiado el sacerdocio antiguo (Hb 7,12). Este sacerdocio ha sido instituido por el mismo Señor nuestro Salvador, los Apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio han recibido el poder de consagrar, ofrecer y distribuir su cuerpo y su sangre, así como el de perdonar o retener los pecados; las Sagradas Escrituras lo demuestran y la Tradición de la Iglesia siempre lo ha enseñado” (Dz 957), “los obispos que sucedieron a los Apóstoles pertenecen más que cualquiera a este orden jerárquico, constituidos, como dice el Apóstol, por el Espíritu Santo para apacentar la Iglesia de Dios (Hch 20, 28); que son superiores a los sacerdotes, que confieren el sacramento de la confirmación, que ordenan los ministros de la Iglesia y pueden realizar muchos actos y funciones que los otros de orden inferior no tienen poder de realizar” (Dz 960).

“Si alguno dijere que en la Iglesia católica no hay una jerarquía instituida por disposición divina, compuesta de obispos, presbíteros y ministros, sea anatema” (Dz 966).

* El matrimonio. “Negando el séptimo sacramento, los reformadores habían puesto el matrimonio fuera del dominio sobrenatural y, consiguientemente, fuera de la competencia de la Iglesia en materia matrimonial. Por eso la revalorización del carácter sobrenatural del matrimonio como sacramento y de la competencia de la Iglesia sobre las causas matrimoniales es el principal cometido del concilio de Trento en su XXIV sesión” (Dumeige, 389).

Dice el concilio: “El vínculo perpetuo o indisoluble del matrimonio fue declarado por el primer padre de la humanidad bajo la inspiración del Espíritu Santo, cuando dijo: ‘Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne (Gn 2,23ss; Ef 5,31). Que este vínculo no una y junte más que a dos personas, Cristo nuestro Señor lo enseña claramente cuando, después de recordar estas palabras pronunciadas por Dios, dijo: De manera que ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)., e inmediatamente después confirmó con estas palabras la firmeza de este vínculo, que Adán había declarado mucho antes: Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19,6; Mc 10,9). La gracia que perfecciona este amor natural, que fortifica esta unidad indisoluble y santifica a los esposos, nos la mereció por su Pasión Cristo mismo” (Dz 969).

“Si alguno dijere que solamente los grados de consanguinidad y afinidad mencionados en el Levítico (18,6ss) pueden impedir que se contraiga matrimonio y hacer nulo el que está contraído, y que la Iglesia no puede dispensar en algunos de ellos o decidir que algunos otros puedan impedir o dirimir, sea anatema” (Dz 973).

“Si alguno dijere que la Iglesia no ha podido constituir los impedimentos que dirimen el matrimonio, o que se ha equivocado al hacerlo, sea anatema” (Dz 974).

“Si alguno dijere que los clérigos que han recibido órdenes sagradas o los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad pueden contraer matrimonio…sea anatema” (Dz 979).

* El purgatorio. “Desde 1547, el concilio de Trento había pensado tratar del purgatorio, atacado por los reformadores. Las afirmaciones del decreto fechado en 1563 renuevan las de Florencia” (Dumeige, 406).

Dice el concilio: “Puesto que la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, ha enseñado según las Sagradas Escrituras y la antigua Tradición de los Padres, en los santos concilios y recientemente en este concilio Ecuménico, que hay un purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el sacrificio propiciatorio del altar, manda el concilio a los obispos que con diligencia se esfuercen para que la sana doctrina sobre el purgatorio… sea creída por los fieles de Cristo, mantenida, enseñada y en todas partes predicada. En ambientes poco instruidos , sin embargo, exclúyanse de los sermones populares las cuestiones demasiado arduas o sutiles que no contribuyen a la edificación (1 Tm 1,4) y, las más de las veces, no producen acrecentamiento alguno de piedad” (Dz 983).

* Las indulgencias. “El poder de conceder las indulgencias fue otorgado por Cristo a la Iglesia y hasta en los tiempos más antiguos usó de este poder confiado por Dios (Mt 16,19; 18,18). El santo concilio enseña y ordena que el uso de las indulgencias, particularmente saludable al pueblo cristiano y aprobado por la autoridad de los santos concilios, sea conservado y condena con el anatema a los que afirman que las indulgencias son inútiles o niegan a la Iglesia el poder de concederlas” (Dz 989).

* El culto a los santos. ”El santo concilio manda a todos los obispos y a todos los que tienen la obligación y el cuidado de enseñar…instruyan diligentemente a los fieles particularmente sobre la intercesión de los santos, su invocación, el honor debido a sus reliquias y el uso legítimo de las imágenes” (Dz 984).

El 4 de diciembre de 1563 el presidente, cardenal Morone, declaró cerrado el concilio en una sesión solemne: “Al año siguiente Pío IV confirmó en una bula todos los decretos del concilio”, “para su interpretación auténtica se creó una comisión especial de cardenales” (Hertling, 346).

La aplicación de las decisiones conciliares quedó en manos de los papas Pío V (1566-1572), Gregorio XIII (1572-1585) y Sixto V (1585-1590). Pío V será el impulsor del catecismo (1566), el breviario (1568) y el misal (1570) romanos que pretendían unificar la liturgia y la enseñanza. Gregorio XIII creará en Roma los colegios nacionales, en los que el clero podía prepararse, lo que, de una forma especial, se hará en la Universidad Gregoriana. Este papa ordena también la revisión del calendario juliano, dando lugar al calendario gregoriano, que sigue vigente en la actualidad. Asimismo, crea el primer servicio diplomático a través de una red de nuncios que defienden los intereses de la Iglesia y del papa ante los monarcas. Sixto V establece la visita ad limina que obliga a todos los obispos a visitar al papa cada cinco años para rendir cuentas del estado de su diócesis. Esta vinculación generará una gran cantidad de documentación, lo que llevará, en 1588, a estructurar la curia en ocho congregaciones, tres tribunales y cuatro oficinas, que es la estructura básica que se ha mantenido hasta hoy.

Ignacio de Loyola(1491-1556) y los jesuitas fueron el brazo ejecutor de las decisiones conciliares. Los jesuitas aportan la novedad de un noviciado de dos años con un plan de estudios que garantiza la fidelidad a la institución y una fuerte centralización siguiendo el modelo militar, encabezado por un general cuyo cargo, a diferencia de las demás órdenes, será vitalicio. La introducción de un cuarto voto, que complementa los tres tradicionales, la obediencia al papa, les permite actuar con independencia de la jerarquía eclesiástica territorial. Su labor se centró sobre todo en la extensión de un sistema educativo que pudiera formar a los hijos de las élites. Con los jesuitas se inaugura una nueva modalidad de clérigo regular que, a pesar de vivir sometido a una regla, no se diferencia en su apariencia exterior de la de un clérigo secular, centrará su actividad en la acción pastoral y afirmará su espiritualidad mediante la repetición periódica de los ejercicios espirituales (Lorenzana,  199-202).

  • Diálogo: La reforma católica ¿fue reforma o contrarreforma?, ¿hemos de revisar la propia tradición a la luz de la Escritura?, ¿en qué aspectos?
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