En el principio era la palabra
 

HACED ESTO EN MEMORIA MÍA

¿Y qué es lo que hacemos?

 Martín Valmaseda-Jesús López Sáez

  

A lo largo de la historia...

La eucaristía recibe diversos nombres, según el aspecto que en cada momento se destaca: fracción del pan, cena del Señor, eucaristía, misa, santo sacrificio de la misa. Ahora vuelve a llamarse eucaristía y se toma conciencia de que la eucaristía es la reunión de la comunidadSiguiendo el concilio Vaticano II, estamos volviendo a las fuentes, lo cual supone renovación eclesial y tiene trascendencia ecuménica. En la última cena dice Jesús: "Haced esto en memoria mía". Pero ¿qué es esto?, ¿es un rito que se ejecuta según las rúbricas o una tradición viva que procede del Señor?, ¿qué hacemos nosotros?

Las dos partes

Además, hay un problema secular de relación entre las dos partes de la eucaristía: la escucha de la palabra y la oración eucarística. Dice el Concilio: “Las dos partes de que consta la Misa, a saber: la liturgia de la palabra y la eucarística, están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto”. Por ello, el Concilio exhorta vehementemente a los pastores “para que en la catequesis instruyan cuidadosamente a los fieles acerca de la participación en toda la Misa” (SC 56; ver SC 14). El problema lo recoge Benedicto XVI en su exhortación El sacramento de la caridad (2007): “Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en la celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito”. 

Ahora bien, una parte es variable y la otra es fija e intocable (SC 22), ¿cómo evitar la yuxtaposición?


Origen de la eucaristía

La eucaristía tiene su origen en la última cena de Jesús: “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, cena con sus discípulos (Jn 13,1-2), celebra la pascua (Lc 22, 15), “la fiesta de los ázimos, llamada pascua” (22,1). La cena tiene carácter pascual: la casa y los preparativos para comer el cordero de pascua (Mc 14,12), las abluciones y el lavatorio (Jn 13,5), el pan mojado en la salsa (13,26), la copa después de cenar (Lc 22,20), los salmos (Mt 26,30), la conversación amplia (Jn 13-17) en la que Jesús revela el sentido de aquella última cena. Nada se nos dice de fórmulas. Jesús bendice, da gracias. Según Lucas y Pablo, sencillamente da gracias. Eso significa “eucaristía”, acción de gracias.


Lo cuentan los evangelios

Con pequeñas diferencias, los evangelios presentan el origen de la eucaristía: 

MARCOS: “Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio y bebieron todos de ella, y les dijo: Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos. Yo os aseguro que no beberé del producto de la vid hasta el día aquél en que lo beba nuevo en el reino de Dios” (Mc 14, 22-25).

MATEO: “Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el reino de Dios” (Mt 26,26-29).

LUCAS: “Tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,19-20).


Llama la atención que Juan...

Juan no incluye el relato del origen de la eucaristía. Sin embargo, incluye la catequesis del pan de vida: “El pan que voy a dar es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). Después de la multiplicación del pan, Jesús anuncia otro pan, “que permanece para la vida eterna” (6,27). No sólo multiplica el pan, es “el pan de vida” (6,35). La gente se pregunta: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús se refiere a su muerte en beneficio de muchos: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (6,55). Da una clave fundamental para entender la eucaristía, la inhabitación mutua, bajo otra forma de presencia más allá de la muerte: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (6,56), “tiene vida eterna” (6,47), vive “para siempre” (6,51).


La pascua judía

Es una cena con lecturas y salmos. Por ejemplo, el relato del éxodo y los salmos 113-118 (ver Mc 14,26). El pan ácimo (como las hierbas amargas) es símbolo de las dificultades pasadas, el pan de los perseguidos, el pan que hubo que llevar y cocer antes de que fermentara. Así lo dice el ritual judío de la Pascua: He aquí el pan de miseria que nuestros antepasados han comido en Egipto, que aquel que esté necesitado venga a celebrar la pascua”.

La pascua celebra como actual la experiencia del éxodo: el Dios vivo, que actúa en la historia, abre un camino de liberación. El creyente levanta la copa de la salvación (Sal 116; Lc 22,20).
En el marco de la Pascua, cada uno relata su historia y todos juntos celebran la historia común.


En la última cena

Jesús celebra su paso de este mundo al Padre (Jn 13,1). Dios pasa salvando en la pascua de Jesús, que no es abandonado en la muerte (Sal 16), sino que se presenta vivo entre nosotros, de una forma especial, en la reunión de la comunidad. La presencia real de Jesús en la eucaristía no es algo automático, mágico o rutinario. Es siempre don de Dios.

Por ello pedimos al Padre (invocación) que haga vivas las palabras de Jesús en la última cena. La eucaristía es memorial de lo que hizo Jesús.


El primer día de la semana

La eucaristía es celebrada en la Iglesia primitiva el “primer día de la semana” o “día del Señor” (Hch 20,7; Ap 1,10). Desde el primer momento, queda desligada de la pascua judía. El primer día de la semana (Lc 24,1.13), los discípulos de Emaús reconocen a Jesús al partir el pan (24,35). En la foto, La cena del Señor, de Maximino Cerezo.

El nombre más antiguo

La “fracción del pan” es el nombre más antiguo de la eucaristía. La expresión designa no sólo el hecho de partir el pan, sino la comida entera. Es una cena. Veamos esta descripción de la celebración de Tróade, en el Asia Menor: “El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, alargó la charla hasta la media noche. Había abundantes lámparas en la estancia superior donde estábamos reunidos... partió el pan y comió, después conversó largo tiempo hasta el amanecer” (Hch 20,7-11).


En realidad, “homilía” significa conversación. No es sermón y monólogo, sino diálogo y conversación en la reunión de la comunidad que escucha la palabra de Dios. Por eso dice Pablo: “Podéis profetizar todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados" (1 Co 14,31). 

Justino, a mediados del siglo II, nos indica cómo se escucha la palabra en la comunidad de Roma: “Se leen, mientras el tiempo lo permite, las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas” (Apología I, 67). El Concilio Vaticano II inculca la necesidad de promover; la participación plena, consciente y activa del pueblo cristiano (SC 14).

Oración compartida

Como la homilía, la oración de los fieles está abierta a la participación de todos. Podemos  revisar si esa oración tiene relación con la palabra escuchada; si la oración (como la escucha de  la palabra de Dios) tiene relación con lo que estamos viviendo, con los acontecimientos  personales, sociales o eclesiales; podemos revisar si nuestra oración es católica, es decir, universal; si nuestra oración es invocación, acción de gracias, petición; si oramos sin muchas palabras (Mt 6,7), en el espíritu de Jesús (Lc 11,2-4); si cumplimos lo que dice el salmo: “Dad gracias al Señor, invocad su nombre, proclamad sus hazañas a los pueblos” (Sal 105).


En el marco de una comida

La expresión “fracción del pan” permanece en uso mientras la eucaristía se celebra en el marco de una comida. Se llama también cena del Señor (1 Co 11,20). La eucaristía supone participar de la mesa del Señor (10,21). En ese marco, dice Pablo, “no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y por la oración” (1 Tm 4,4-5). La comida de pan y pescado que el Señor resucitado da a los siete discípulos (Jn 21,13) aparece en el arte cristiano primitivo con significado eucarístico. En la foto, pintura mural, comida eucarística, Catacumbas de San Calixto, Roma, mediados del siglo III.


Pablo denuncia malas prácticas

Pablo escribe a los corintios sobre el buen orden en las asambleas. Está preocupado por el desorden: “Vuestras reuniones son más para mal que para bien. Pues ante todo oigo que, al reuniros en la asamblea, hay divisiones entre vosotros, y lo creo en parte. Desde luego, tiene que haber entre vosotros también disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son de probada virtud entre vosotros; eso ya no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen?” (1Co 11,17-22). Así pues, cuando os reunís para la cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro. Lo demás lo dispondré cuando vaya” (11,33-34). En la foto, Panes y pez, Catacumbas de San Calixto, Roma, siglo II.

 

Una tradición viva

Pablo ha recibido una tradición que procede del Señor: “la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”. Asimismo, tomó la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (11,23-26). Hasta que vuelva ¿cuándo?, ¿al final de la historia? No, ahora ya. Es el otro aspecto del misterio pascual de Jesús. Se va, pero vuelve: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis” (Jn 14,19). Pablo lo vive en su propio cuerpo: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Co 4,10).


Es fundamental discernir el cuerpo del Señor 

Es decir, su presencia: “Quien coma el pan y beba la copa del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual...pues quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propio castigo”. Se puede estar en la eucaristía “de cuerpo presente”, como muertos: “hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos (1 Co 11,27-30). Pero ¿cómo discernir el cuerpo de Cristo? En primer lugar, nadie puede decir: ¡Jesús es Señor! sino en el espíritu santo (12,3). Esto supuesto, dice Pablo: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte” (12,27). Cristo actúa a través de cada miembro de la comunidad: “Hay diversidad de carismas, pero el espíritu es el mismo, diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo, diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos” (12,4), “del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante, su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo” (12,12). En la Didajé, obra escrita en Siria en la segunda mitad del siglo I, se compara el pan partido, que antes estaba disperso, y la comunidad reunida: “Como este pan partido estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino” (n.9). Lo mismo se puede decir del vino.


Lo principal, el amor fraterno

 Al propio tiempo, es fundamental el amor fraterno:  Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, ...nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no se jacta, no se engríe, es decoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no acaba nunca” (1 Co 13,18). Se dice en la Didajé: “Todo aquel que tenga contienda con su compañero, no se junte con vosotros hasta tanto no se hayan reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio” (n.14; ver Mt 5,23-24).


Cómo son las reuniones

Elementos de la reunión. Dice Pablo a la comunidad de Corito: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lenguas, una interpretación, pero que todo sea para edificación” (14,26), “Dios no es un Dios de confusión sino de paz, hágase todo con decoro y orden” (14,33.40). Una observación: las referencias a la sumisión de la mujer, al velo (11,3-5), al silencio de las mujeres en las asambleas (14,34) parecen interpolaciones posteriores, realizadas (además) por adversarios de Pablo. El mensaje de Pablo es éste: “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Ga 3,28). Por tanto, se supera el muro religioso, el muro social y el muro de género.


Diversos aspectos 

Sobre la presidencia de la eucaristía dice Ignacio de Antioquía (+107): Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo la presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello (Ad Smyrn.8,1). En el epitafio de Abercio (en Hierápolis, Asia Menor, hacia el 180) la comida de los cristianos es descrita como pez, pan y vino (Rouët de Journel,Enchiridion patristicum, Herder, 1969, 187). Sin embargo, cada vez más, el acento se pone en la acción de gracias. Este alimento, dice San Justino hacia el 155 d.C., se llama entre nosotros eucaristía. La eucaristía se separa de la cena y se traslada a la mañana (San Justino, Apología I,66-67). Desde el siglo IV se destaca con gran frecuencia que la eucaristía es un sacrificio, en cuanto que actualiza el sacrificio de la cruz. Desde el siglo IX la eucaristía se llama misa (del latín: “oblatio missa”, ofrenda enviada).

 

Otros problemas

Se yuxtaponen las dos partes de la eucaristía. Comenta el teólogo alemán M. Schmaus: “En el período posterior a los apóstoles, la eucaristía se celebró durante largo tiempo con una oración de acción de gracias libremente formulada, la cual empalmaba con las palabras de bendición pronunciadas por Jesús”, “en el siglo XIII se impuso totalmente la persuasión de que la auténtica forma consagrante está en las palabras del Señor. La evolución de la Iglesia oriental siguió otro curso; la Iglesia griega usa pan con levadura. En la Iglesia latina está preceptuado el pan ácimo (Concilio de Florencia, 1439). El primer testigo indiscutible del uso del pan ácimo en la Iglesia occidental es Rábano Mauro (m.850); “en general, hasta el siglo XIII la   comunión fue recibida bajo las dos especies” (El credo de la Iglesia católica, II, 343-345 y 364).


Se complica más la celebración Entre los siglos XI y XIV se difunden ciertas prácticas de devoción relacionadas con la eucaristía: genuflexión, incensación, adoración, comunión fuera de la misa, oración ante el sagrario. El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa (Catecismo de la Iglesia Católica, n.1379). El craso realismo medieval (con historias de hostias que sangran) va demasiado lejos. Sea lo que sea, eso no es la sangre de Cristo, dice Tomás de Aquino (ST, III, q.76, a.8, c y ad 2). Cristo no está encerrado en el sagrario; allí están las especies sacramentales (ST III, q.76, a.7, c; ver Hch 7,48-50). El concilio de Trento (1551) utiliza la palabra transustanciación (D 877) para explicar la presencia real de Cristo en la eucaristía. Sin embargo, esta presencia no está ligada a categorías filosóficas (en este caso, aristotélicas). Más aún, el aristotelismo aplicado a la eucaristía es una modificación radical del auténtico aristotelismo que no toleraba tal separación entre la sustancia y los accidentes (Schillebeeckx).

El humorista tuvo el acierto de mostrar el desacierto de esa costumbre medieval de presentar el pan que repartió Jesús, el pan de los perseguidos, como objeto de exposición, metiéndolo entre cristales, metales ricos y joyería en una cárcel que llaman custodia. En la Edad Media el pueblo se consideraba indigno y no se atrevía a comulgar. Lo podía ver, pero no tocar. De ahí la costumbre. Parece más seguro meter a Cristo entre cristales que dejarle andar por ahí diciendo cosas que suenan mal y que son políticamente incorrectas como “Felices los que son pobres” o “¡ay de ustedes los ricos”. Por cosas así lo condenaron. El pan ácimo, el pan de los perseguidos, con el que se identifica Jesús en la última cena, se ha transformado en objeto de exposición y de procesión. Hay que volver a las fuentes.

 

El concilio Vaticano II lo arregla un poco

 Con el Concilio se recupera uno de los nombres antiguos: eucaristía. ¿Qué había antes del Concilio? Dice el obispo Luciani: “Una especie de subalimentación religiosa en muchas partes; se nos contentaba con una religiosidad popular, que se nutría de prácticas y costumbres religiosas tradicionales, no vivificadas por el contacto con la liturgia y la palabra de Dios, no situadas dentro de una instrucción religiosa profunda. En la misma liturgia los laicos asistían  pasivamente, como objeto y no como sujeto de los ritos santos, espectadores, no autores: en la medida en que el celebrante se distanció de la comunidad, siguiendo al altar situado cada vez  más hacia el fondo del ábside, el pueblo no habló más y no pudo seguir las lecturas hechas por   un lector que le volvía la espalda; el corazón de la misa, el canon, fue leído por el celebrante en  voz baja, mientras, individualmente, cada cual decía una plegaria por cuenta propia sin mirar a  los demás; la liturgia renovada lleva al sentido de la familia, a la oración comunitaria” (Opera Omnia 4, 138-139).

La presencia real de Cristo en la eucaristía es don del espíritu

Según el Concilio Vaticano II, se trata de una presencia especial de Cristo en la Iglesia (SC 7). Cristo se hace presente de muchas maneras: donde dos o tres se reúnen en su nombre, en la escucha de su palabra, en el bautismo, en los pobres y en los que sufren. Pero en la eucaristía está presente de modo especial. La eucaristía es la reunión de la comunidad; la actualización de la presencia de Cristo en medio de la comunidad y hasta lo profundo de todo corazón; (Von Balthasar), el Resucitado está en el corazón de las pequeñas cosas que forman la vida de la tierra (Rahner).

La comunidad lo percibe y lo celebra. La comunidad es el medio más sensible que tenemos para escuchar la palabra de Dios, reconocer la presencia de Cristo, acoger el don del espíritu. La presencia real de Cristo en la eucaristía transfigura la reunión de la comunidad en la cena del Señor.


La eucaristía, reunión de la comunidad

La eucaristía es la reunión de la comunidad. No es un mero cumplimiento legal, es una experiencia de gracia. Se cumple el Evangelio: No sólo guardarás el sábado (Dt 5,12-15), sino que serás alimentado con el pan de vida (Jn 6,35-51), el pan que alimenta a la comunidad. En cierto modo, no es la comunidad quien guarda el sábado, es el sábado quien guarda a la comunidad.
La comunidad es el cuerpo de Cristo. No es una reunión parcial, sino total. En ella acudimos a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones; a las señales, a la comunicación de bienes (Hch 2,42-47); en ella está la función de atar y desatar (Mt 18,18), en ella podemos vivir hoy las señales del evangelio (11,5). En la foto, Comunidad de Ayala.

 

ROMANCE FINAL

NO LE ENMENDEMOS LA PLANA

 

No le enmendemos la plana

al que empezó un mundo nuevo,

al que vino sin poder,

con su palabra y sus hechos,

y comunicó en la paz

de otra realidad sus sueños,

pero su voz rechazaron

los sacerdotes del templo:

“Duras son estas palabras.

Nosotros no lo entendemos”,

aunque sí entendieron bien

que les fundía su invento,

derribaba sus negocios,

denunciaba el viejo templo.

Y por eso lo mataron

los poderes de aquel tiempo,

sus enemigos unidos:

el sacerdocio, el imperio.

Sus amigos, los que antes

la buena nueva acogieron,

sus palabras, sus acciones

y su mesa compartieron,

se hundieron en el fracaso

al ver a su líder muerto.

Mas, contra toda esperanza,

con vida nueva lo vieron.

Él se lo había pedido,

a Galilea volvieron.

Sin templo, sin sacerdotes,

continuaron transmitiendo

el mensaje salvador

que del Maestro aprendieron:

el reino de Dios se implanta

viviendo el amor fraterno,

partiendo el pan con los pobres

y curando a los enfermos,

levantando nuestra copa

por Dios, que pasa de nuevo,

y por Cristo, es su cena,

en su memoria lo hacemos.

Han pasado veinte siglos

y este mundo marcha mal,

dividido en el abismo

de la gran desigualdad.

Los amigos de Jesús

se van volviendo hacia atrás,

dominados en la iglesia

por la casta clerical,

el sacerdocio, el imperio,

se imponen una vez más,

haciendo que la enseñanza

de Jesús no vuelva más

y los fieles desconozcan

su mensaje original:

en vez de mesas, altares,

misa sin partir el pan,

no celebran en las casas

sino en templo o catedral.

Y, lo peor, olvidaron

algo que es fundamental:

Jesús no fue sacerdote,

hoy no hay misa si no está

algún clérigo ordenado,

presidiendo en el altar.

¡Qué insolencia!, a Jesús mismo

le llegaron a enmendar

lo que dijo y lo que hizo.

Tendremos que denunciar

la estafa que dura siglos

y oculta la novedad

que Jesús trajo a la tierra.

Cuando quieren reformar

reuniéndose en concilios

la vida en la cristiandad

en su intento los obispos

no saben cómo actuar:

unos van hacia delante,

otros vuelven hacia atrás,

los cristianos se dividen.

El concilio de Letrán

y el de Trento echaron freno:

contrarreforma total.

El Vaticano Segundo

Intentó recuperar

lo que enseñó el mismo Cristo,

pero han logrado apagar

los impulsos del espíritu:

reforma superficial.

Ahora está el papa Francisco

en campaña sinodal

enfrentado a cardenales

que no quieren avanzar

y nosotros a su lado

no dejamos de gritar:

Lo que empezó Jesucristo

¿nadie lo puede arreglar?