En el principio era la palabra
 

 

¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

Y los que vienen

En la tensión emocionada de aquella cena les dijo aquel campesino galileo, Yeshúa de Nazaret, que, cuando Él no estuviera, en memoria suya repitieran eso que él hizo.

Han pasado desde entonces veinte siglos desde que dejó de caminar por Galilea y sus alrededores ese tal Yeshúa, —en nuestra lengua Jesús—, una de las personas que intentaron dar un cambio a este mundo, pero cambio de verdad.

«¡Pues claro! —me dirán ustedes— eso es lo que ahora intentamos también nosotros, hacer lo que hizo Jesús el nazareno».

Permítanme que me ría... ¿están seguros, los que hoy se consideran se- guidores de aquel hombre, ese a quien sus parientes llamaban loco? ¿Es- tamos seguros todos de que seguimos haciendo y viviendo como Él vivió?

Parece ser que, después de los tres primeros siglos, en que los entusias- tas seguidores de ese tal Jesús intentaron pensar, hablar y actuar igual que Él... se nos fue pasando el entusiasmo primitivo.

Parece que hubo gente —gente poderosa— que primero persiguió a muerte a los seguidores del profeta.

Ellos tuvieron que reunirse a escondidas en las profundas cuevas que usaban como cementerios.

Hasta que hacia el año 313 uno de los emperadores pensó: «Mejor que perseguirlos, vamos a atraerlos a nuestro bando. Que apoyen nuestro imperio».

...Y parece que lo consiguieron.

Fue un tal Constantino quien puso la miel en los labios de los antes per- seguidos y todo cambió.

Les quiero hablar de un antes y un después

Aquellos tiempos de antes (como unos trescientos años) y después, cuando las cosas poco a poco fueron dejando de ser «como en aquellos primeros tiempos».

DEJEN QUE PRIMERO LES HABLE de cómo eran aquellos tiempos. Desde cerca del año 30 de nuestro calendario «cristiano» hasta los alrededores del año 313.

Empecemos, pues, con AQUELLOS TIEMPOS.

Me refiero a la época en que Jesús de Nazaret, que parecía en la cumbre de la popularidad, atrayendo a multitudes en la región de Galilea, al sur de Siria, atrayéndolas por las palabras que decía, sobre todo cuando hablaba de cambiar este mundo dominado por reyes y reyezuelos dominantes y hacer otro mundo nuevo, el reino de su Padre celestial con felicidad para toda la pobre gente.

Atrayéndolas también por lo que hacía: corría la voz de que curaba a los enfermos y poseídos por el demonio (los tras- tornados, loquitos de entonces)... y hasta se decía que había resucitado muertos.

Y atrayendo sobre todo por el cariño que mostraba con los más pobres y despreciados de aquella sociedad: mendigos, enfermos, pecadores, co- bradores de impuestos al servicio de los invasores romanos...

Pero esa atracción de Jesús sobre los pobres chocaba con la antipatía de la «gente bien», rica y poderosa, los sacerdotes y servidores del templo, los fariseos piadosos (hoy los llamaríamos beatos, cachurecos, cumplido- res de detalles de la ley, pero no interesados de lo que para Jesús era lo principal: los pobres, enfermos, marginados, la «mala gente».

Para los sacerdotes del templo y los sabios que estudiaban la ley... ese predicador popular de Galilea no era religioso, era rebelde contra las normas importantes de la ley. Para ellos lo importante era no trabajar los sábados, no comer carne prohibida (cerdos...), ponerse vestidos sagrados... vivir a costa de las limosnas conseguidas en el templo. Ese Jesús les irritaba, había que hacerlo desaparecer.

Jesús, cuando vio que las cosas se ponían mal, que buscaban cómo quitarlo de en medio, invitó a una cena a sus amigos. Para él el comer juntos era una señal importante de amistad, de compartir. La cena sonó a despedida, sobre todo cuando partió el pan y compartió el vino diciéndoles que era su cuerpo y sangre, y cuando, aunque era su rabí (maestro), se arrodilló a lavarles los pies.

Conviene recordar algunos detalles de la pascua judía. Se celebra en el marco de una cena. En el fondo, es una cena con lecturas y salmos. El pan ácimo (como las hierbas amargas) es símbolo de las dificultades pasadas. Es el pan de los perseguidos, el pan de la miseria y de la prisa, el pan que hubo que llevar y cocer antes de que fermentara. En el marco de esa cena, cada uno relata su historia y todos juntos celebran la historia común. Dios abre en la historia un camino de liberación al oprimido. El creyente, agradecido y esperanzado, levanta la copa.

Después de aquella cena, fueron al huerto de los olivos, cerca de las mu- rallas. Allí vino la tragedia.

No se lo cuento, es lo que más conoce la gente sobre Jesús, ya saben: Lo juzgaron, lo torturaron, lo mataron.

Lo desconcertante fue que no terminó todo allí.

Lo lógico hubiera sido que aquel grupito de amigos que ni siquiera lo acompañaron en su muerte, sino que escaparon como conejos y lo dejaron solo en la cruz...

Sólo quedaron por allí, cerca del crucificado, algunas mujeres. Valientes…

Lo lógico hubiera sido que, después del fracaso, aquellos cobardes hubieran vuelto cada uno a su trabajo: la pesca, la oficina de tributos, el campo de trigo o las viñas...

Otros amigos y amigas fueron quienes pidieron su cuerpo al gobernador y lo llevaron a enterrar.

Pues lo desconcertante fue que algo raro sucedió de modo que sus discípulos empezaron a sentir que aquel muerto, crucificado, había vuelto.

Especialmente las mujeres de su grupo lo encontraron vivo, se lo dijeron a los discípulos aún escondidos... y el ¡Jesús vive! empezó a resonar por Jerusalén y por Galilea, donde sobre todo había vivido y predicado.

Aquella frase que les dijo al fin de la cena: hagan esto en memoria mía fue para ellos una consigna… se reunían, cenaban, partían y compartían el pan y el vino con una cena sencilla en su memoria. ¡En su memoria! Allí hacían lo que les estuvo diciendo y el bien que estuvo haciendo. Se les juntó más gente que iban a esas reuniones donde les hablaban de él y a las comidas, muchas veces a escondidas, clandestinas. Los que se juntaban al primer grupo de apóstoles y apóstolas, hombres y mujeres, se iban enterando de las noticias buenas, lo que Jesús había predicado y practicado.

En griego eu = buena, angelion = noticia, hoy decimos en español evangelio, pero al principio no existían los libros. Se transmitían las buenas noticias de viva voz y algunos las escribían en hojitas de unas plantas (no había papel), papiros las llamaban.

Los que empezaron a convencerse de que sí, de que de algún modo estaba vivo, se fueron reuniendo en grupos y recordando que algo tenían que hacer en memoria suya.

En un libro pequeño, de rollos de papiro que no son los evangelios, sino que cuenta lo que empezaron a hacer los antes asustados discípulos, cuando perdieron el miedo, en ese libro se cuenta que, como el número 12 era para ellos importante (por las 12 tribus de Israel), y ellos eran 11 porque Judas, avergonzado y desesperado, desapareció y ya no estaba con ellos (cuentan que se suicidó), eligieron a un tal Matías como el número 12 en la alineación del equipo de apóstoles.

Pero pronto se dieron cuenta de que ese número 12 se les quedaba pequeño. Que junto con ellos estaba María, la madre de Jesús, y otras mujeres, que aquel grupo no era solo cosa de hombres, y las mujeres como María de Magdala y otras más habían sido las más valientes en los momentos trágicos de la muerte del líder. Ellos no tenían derecho a dejarlas fuera.

Nota de actualidad. Aún hoy, dos mil años después, los sucesores de los apóstoles todavía andan dudando si las mujeres pueden proclamar en las asambleas el evangelio y partir para todos el pan. Fíjense cómo andamos, qué avanzados somos veintiún siglos después.

Pero volvamos a los tiempos aquellos.

Se fueron dando cuenta los doce y las mujeres que, en cuanto predicaban dos palabras sobre Yeshúa, se les iban juntando cientos de gente.

Dejen que les copie unas frases de ese libro, los Hechos de los apóstoles o, mejor, de los primeros seguidores. Todos ellos (apóstoles, apóstolas y quienes se les iban juntando) fíjense como vivían según cuenta ese libro:

«Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo con entusiasmo, partían el pan en sus casas y compartían sus comidas con alegría y con gran sencillez de corazón. Alababan a Dios y se ganaban la simpatía de todo el pueblo».

Cuando se habla de partir el pan se está tratando de lo que hoy llamamos misa, pero fíjense qué diferencia con nuestras misas de hoy:

  1. Entonces, «en aquellos tiempos», no tenían templos donde celebrarla. Se juntaban aquellas pequeñas comunidades en casas particulares.
  2. Para aquella comida llevaba cada uno lo que tenía. Lo que hoy se llama humorísticamente, comida de traje. O sea: «yo traje esto», «yo traje esto otro», «yo no pude traer nada»... «pues no importa, todos compartimos lo que hay».
  3. En aquellas reuniones podían participar Lo dice San Pablo:

«Podéis profetizar todos uno a uno, para que todos aprendan y se animen». No es como ahora, que sólo habla el cura. La palabra «homilía» significa «conversación», no «sermón».

Sin embargo, los seguidores de Jesús también eran seres humanos y tenían sus defectos, sus problemas de egoísmo. Como protesta, San Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto, donde les echa una buena reprimenda, así les dice:

«Siguiendo con mis advertencias, no los puedo alabar por sus reuniones, pues son más para mal que para bien. En primer lugar, según me dicen, cuando se reúnen, se notan divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Incluso tendrá que haber facciones, para que así se destaquen las personas auténticas. Ustedes, pues, se reúnen, pero ya no es comer la Cena del Señor, pues cada uno empieza sin más a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se embriaga. ¿No tienen sus casas para comer y beber? ¿O es que desprecian a la asamblea de Dios y quieren avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué les diré?

¿Tendré que aprobarlos? En esto no.

Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía». De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía».

Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo, es decir, por no reconocer su presencia...

«En resumen, hermanos, cuando se reúnan para la Cena, espérense unos a otros; y, si alguien tiene hambre, que coma en su casa».

O sea, partir el pan, la fracción del pan o la cena del Señor (que hoy llamamos misa), esa comida compartida, a la vez banquete de amigos, iguales y celebración sagrada en torno a una mesa, compartiendo el pan

y el vino con otros alimentos. No es que el pan se convierta en Jesús, es que Jesús es el pan vivo que alimenta a la comunidad, su presencia nos alimenta. En la última Cena, Jesús entrega su cuerpo y su sangre, entrega su vida, para la vida de la gente.

Los que comparten, comiendo y bebiendo en común, sienten que todos son uno. Hacen comunidad: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo», dijo San Pablo a los cristianos de Corinto.

Eso que hoy se llama misa se llamaba en aquellos tiempos la cena del Se- ñor, se partía el pan sobre la mesa (que no era altar, como se dice hoy).

El pan era normal. En la cena de Emaús tomaron pan normal. La comida de pan y pescado que el Señor da a los siete discípulos junto al lago apare- ce en el arte primitivo como comida eucarística. En la foto, pintura mural de la comida eucarística en las Catacumbas de San Calixto, de Roma (Cordon Press). La Iglesia ortodoxa usa pan normal. La Iglesia católica usa pan ácimo. Lo mandó el Concilio de Florencia (en el año 1439).

Esa fracción del pan se solía hacer una vez a la semana, el día del Señor (de ahí viene dominica = domingo). Era la reunión de la comunidad. No se hacía todos los días, ni hacía falta templo ni altar, sino una sala y una mesa, donde todos se sentaban alrededor, juntaban lo espiritual con lo material.

Y en aquellos tiempos, fíjense, no tenían sacerdotes... Esa palabra so- naba mal. Recordaban que los sacerdotes del templo de Jerusalén eran quienes habían llevado a la muerte a Jesús. Ni había padres ni madres. Todos eran hermanos y hermanas.

Quien presidía la cena del Señor, quien partía el pan, era la persona más digna; si había algún apóstol o mujer que había estado cerca de Jesús o de sus seguidores, presidía esa celebración ¡qué tiempos aquellos!

A mediados del siglo II, escribe el autor de la Carta a Diogneto:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su lengua ni por sus costumbres... Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria es tierra extraña. Se casan como todos; como todos, engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes» (V,1-10).

En la Iglesia antigua, cada comunidad participa en la elección de sus dirigentes. San Cipriano (+ 258 d.C.) reclama este derecho incluso frente al papa Esteban: «Que no se le imponga al pueblo un obispo que no desee». Dice San León Magno (+ 461 d.C.): «Aquel que debe presidirlos a todos debe ser elegido por todos». Y también: «No se debe ordenar obispo a na- die contra el deseo de los cristianos y sin haberlos consultado expresamente al respecto». En la cristiandad primitiva no se conocían las parroquias. Cada comunidad tenía su obispo y cada obispo tenía su comunidad.

Hoy que está desapareciendo el sacerdote «normal», o sea, varón y sol- tero (el concilio de Trento, en el siglo XVI, enmendó la plana al mismo Jesús), conviene recordarlo: San Pedro estaba casado, era presbítero (anciano), San Pablo estaba soltero y la diaconisa Febe dirigía la comunidad que se reunía en su casa. Entonces presbítero (anciano), obispo (supervisor) y diácono (servidor) eran lo mismo: dirigentes de comunidades. La dirección era grupal, compartida. Pedro es dirigente con otros. Por ello, dice: «Yo presbítero con ellos», cuando exhorta a los otros a pastorear el rebaño de Dios. Después vino el escalafón jerárquico, pero al principio no era así. Lo que dijo Jesús es esto: «El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro servidor».

 La vida de los cristianos no era ir todos los días a misa. No había gente «de comunión diaria». Ni siquiera se llamaban «cristianos». Se les llamaba los del camino, porque les consideraban como judíos que proponían un camino distinto, el camino que enseñó Jesús.

Jesús no propuso una religión distinta. No dejó su religión para anunciar el Evangelio. Él era un buen judío. Que daba importancia a lo importante, a querer a la gente, a cuidar a los enfermos y a los pobres, a proteger a los niños, a hacer iguales en respeto a mujeres y hombres, a vivir la felicidad, lo que hoy llamamos bienaventuranzas.

Y si no iban a misa todos los días, qué hacían. Ya lo dijimos antes:

«Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno. Alababan a Dios y se ganaban la simpatía de todo el pueblo».

Trabajaban para que el país tuviera una vida mejor. Por eso, aquel apóstol Santiago, al que llamaban hermano de Jesús, machaca en la única carta que escribió:

«Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe? Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer, y ustedes les dicen: «Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense», sin darles lo necesario para el cuerpo, ¿de qué les sirve eso?

Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, es que está muerta. Y sería fácil decirle a uno: «Tú tienes fe, pero yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras.

¿Será necesario demostrarte, si no lo sabes todavía, que la fe sin obras no tiene sentido?

Entiendan, pues, que uno llega a ser justo a través de las obras y no sólo por la fe. Porque, así como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe que no produce obras está muerta».

Pues eso es lo que está pasando muchas veces en estos tiempos que no son aquellos. Que nos quedamos en cosas religiosas, ceremonias, procesiones, rezos a veces cuanto más largos mejor, pero nos olvidamos de lo que nos dice nuestro líder en el capítulo 25 de Mateo:

«Vengan benditos porque tuve hambre, estuve desnudo, enfermo, en la cárcel, sin país donde vivir, sin trabajo, techo, y ustedes vinieron a ayudarme.

Pero, Jesús, ¿cuándo te vimos con hambre, emigrante, sin casa...?

Cuando lo hicieron con cualquiera de esa pobre gente, lo hicieron conmigo».

Y ustedes exclamarán:

¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

Pero se quedarán en los tiempos de hoy diciendo que siempre se ha hecho así y ¿no habrá quien les mueva?

PUES AHORA VAMOS A LOS TIEMPOS DE JESÚS QUE AHORA TENDREMOS QUE LLAMAR TIEMPOS FRANCISCANOS (el estilo de Francisco de Asís y de Francisco, papa Bergoglio) FIELES A JESÚS DE NAZARET.

Reflexión final: EL FUTURO QUE VIENE

 No podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que tomar conciencia de lo que está pasando.

Desde hace 60 años se está produciendo un acontecimiento lento, progresivo, inexorable: la crisis que el Concilio Vaticano II detectó, los cambios profundos y acelerados del mundo contemporáneo.

En el fondo, es la sacudida del terremoto, como dijo el profeta Amós.

La pieza clave del sistema de cristiandad, el cura tridentino, varón y célibe, está desapareciendo.

El Concilio de Trento fundó los seminarios, o sea, la fábrica de curas, pero la fábrica no funciona. El envejecimiento del clero es cada vez mayor. La sangría es evidente.

Por ejemplo, en España: «La Iglesia española sufre una reducción drástica de curas y monjas en siete años», «la Iglesia católica ha perdido en España 2.387 sacerdotes, el 12,3% del total que tenía en 2012», «según datos recopilados de la Conferencia Episcopal, el número de sacerdotes en España en 2019 era 16.960, que tenían que atender a 22.993 parroquias» (EFE, 20-3-2022), «en 2021 se ordenaron 125 sacerdotes diocesanos y 19 seminaristas menores pasaron al seminario mayor» (Aleteia, 5-5-2022).

El número de seminaristas baja cada año. En 2019 ingresaron «236 alumnos, 46 menos que hace un año», «atrás quedan los años sesenta, donde más de 8.000 hombres se formaban en los seminarios españoles y unos 24.500 oficiaban misa», «la escasez de seminaristas puede originar la falta de relevo generacional en miles de parroquias, especialmente en la España rural, donde en la actualidad ya hay sacerdotes que gestionan hasta una decena de pueblos por falta de curas» (El País, 9-5-2019), «el número de sacerdotes que se ordena cada año en España desciende de forma progresiva desde 2001», «con una media de 65 años por sacerdote, el relevo generacional es ya una necesidad perentoria en el seno de la Iglesia» (El Confidencial, 3-1-2017).

En la situación de cristiandad, el reclutamiento vocacional funcionaba. La Iglesia controlaba la sociedad, había familias numerosas, las condiciones de vida eran precarias. Ser cura suponía una promoción social. Ese viejo mundo ha pasado. En esta situación de crisis, no por casualidad, llegó el Concilio. La culpa no la tuvo el Concilio, como piensan algunos. En esta situación, ¿qué se puede hacer?, ¿por dónde va el futuro de la Iglesia?

Una de las grandes orientaciones conciliares es la vuelta a los orígenes, a la experiencia de las primeras comunidades. El concilio Vaticano II fue convocado para esto: «La obra del nuevo Concilio Ecuménico tiende toda ella verdaderamente a hacer brillar en el rostro de la Iglesia de Jesús los rasgos más sencillos y puros de su origen» (Juan XXIII, Un Señor, una fe, un bautismo, 13-11-1960).

Siendo comunidad, la Iglesia es luz de las gentes, signo levantado en medio de las naciones. No es el individuo, sino la comunidad quien pue- de evangelizar. No es el individuo, sino la comunidad quien renueva profundamente a la Iglesia. No es el individuo, sino la comunidad quien puede realizar una contestación efectiva de la sociedad presente, tal y como está configurada. No es el individuo, sino la comunidad, quien puede vivir hoy las señales del Evangelio.

En los primeros tiempos no había seminarios, pero había comunidades, en las que se daban diversos carismas, también el de presidencia. En la foto, Jesús López, en la eucaristía de la Comunidad de Ayala, cuyo 50 aniversario se celebra el próximo año.

Uno de los objetivos del Concilio es la restauración de la unidad. Se recoge en el libro La reforma pendiente: «Llevamos más de un siglo rezando por la unidad de las Iglesias cristianas. También se ha dialogado y se han hecho declaraciones conjuntas. Pero con eso no basta. Para que se cumpla la oración de Jesús: ‘Que todos sean uno’, hay que moverse, desinstalarse, cambiar. Es cuestión de renovación y de reforma».

Hay que volver al Evangelio, a los Hechos de los Apóstoles, a la experiencia de las primeras comunidades cristianas, dialogar con el mundo de hoy, descubrir las señales del tiempo presente, vivir hoy las señales del Evangelio. No se trata de hacer arqueología, sino de responder a los retos del presente y, de este modo, preparar el futuro.