- LA MISION DE JUAN. Voz que clama

 LA MISION DE JUAN

Voz que clama

 

1. Lo recordamos: “Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan” (Jn 1,6). No son tópicos, son señales. Es la experiencia de Zacarías “a la hora del incienso” (Lc 1, 10-1). Se cumple la palabra del profeta Daniel “a la hora de la oblación de la tarde”: “Setenta semanas están fijadas sobre tu pueblo” (Dn 9, 21-24). Hay setenta semanas entre la concepción de Juan y la presentación de Jesús en el templo: 70 x 7 = 490 días. Contando según el uso convencional 30 días por mes, desde la concepción de Juan a la concepción de Jesús, seis meses (180 días); el nacimiento de Juan, tres meses después (90 días); el nacimiento de Jesús, seis meses después (180 días); la presentación de Jesús en el templo, a los 40 días.

En total, 180+90+180+40=490. Lo canta Zacarías: “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos” (Lc 1,76). Lo canta Simeón: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación” (2,29-30). María lo guarda en el corazón (2,51).

2. Juan nace en una ciudad de Judá (Lc 1,39), que la tradición identifica con Ain Karim. Su padre es “un sacerdote, llamado Zacarías, del turno de Abías (1 Cro 24,10), casado con una mujer descendiente de Aarón, llamada Isabel”. El niño “no beberá vino ni licor”, es una norma sacerdotal (Lv 10,9), “estará lleno de espíritu santo ya desde el seno de su madre”, “en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”, “el niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos” (Lc 1,5-80).

3. Juan es de familia sacerdotal, pero se distancia del templo, aparece en el desierto: “Apareció Juan bautizando en el desierto, acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados” (Mc 1,4-5). Se cumple lo que está escrito en el profeta Isaías: “Una voz clama: En el desierto  preparad el camino del Señor” (Lc 3,2-4; Is 40,3). Josefo habla de una “gran región desértica” entre el lago de Galilea y el mar Muerto (GJ 3,515). Juan pudo educarse en la comunidad de Qumrán, pero bautiza “al otro lado del Jordán” (Jn 1,28).

4. La comunidad de Qumrán se separa “de los hombres para marchar al desierto” y “abrir allí el camino de Aquel, como está escrito”. Este camino es “el estudio de la ley, que ordenó Dios por mano de Moisés” (1QS VIII, 13-16). Quienes ingresan en la comunidad reciben el baño de purificación (1QS V, 13-14), son “hijos de la luz”, confiesan sus pecados que son los del pueblo del que forman parte. Si no los denuncian, se hacen cómplices: “Hemos actuado impíamente, nosotros y nuestros padres antes que nosotros, en cuanto que marchamos contrariamente a los preceptos de verdad y justicia” (1QS I, 24-II, 1; ver Dn 9,5-6). En la comunidad no se toma vino, sino mosto (1QS VI, 4-5). Según Josefo, el que desea entrar “no es admitido inmediatamente, sino que ha de vivir fuera por espacio de un año”, después “es sometido a prueba durante dos años más” (GJ 2,137-142).

5. El lugar que elige Juan es simbólico. En ese lugar, frente a Jericó, Josué conduce al pueblo para entrar en la tierra prometida cruzando el Jordán (Jos 4,13.19). Hay que volver al principio, empezar de nuevo. Todo está corrompido. La crisis es profunda. Palestina es tierra de misión. Hace falta una nueva alianza, un nuevo pueblo. Con el bautismo de Juan se cumple lo que está escrito: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo”, “infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos”, “habitaréis la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 25-28). En ese lugar Elías es arrebatado (2 R 2,1-18). Por ese lugar pasa una importante vía de comunicación. Juan viste como Elías: “manto de pelo y cinturón de cuero” (2 R 1,8), come lo que hay en la zona: “langostas y miel silvestre” (Mc 1,6).

6. A Juan se le dirige la palabra y comienza su misión: “En el año quince del imperio de Tiberio César (14-37), siendo Poncio Pilato procurador de Judea (26-36) y Herodes tetrarca de Galilea (del -4 al 39)…fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Lc 3,1-3). El perdón de Juan no está ligado al templo. Los sacerdotes de Jerusalén le piden credenciales: ¿Tú quién eres? ¿Por qué bautizas? Responde Juan: “Yo soy una voz que clama: en el desierto preparad el camino del Señor”, “yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí”, “yo no le conocía”, “he visto al espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él” (Jn 1,19-32).

7. El bautismo de Juan supone purificación y conversión:“Purificará a los hijos de Leví”, “seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira, contra los que oprimen al jornalero, a la viuda y al huérfano, contra los que hacen agravio al forastero” (Ml 3,3-5). No es cuestión de herencia biológica: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad frutos dignos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: Tenemos por padre a Abraham, porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”, “yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo”, “él os bautizará con viento y con fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga”. Juan invita a la gente a compartir, a los publicanos a no exigir más de lo fijado, a los soldados a no hacer extorsióna nadie (Lc 3,7-17).

8. “Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán” (Mc 1,9). Por tanto, Jesús es discípulo de Juan, lo que supone un tiempo de aprendizaje. Llegado el momento, Jesús bautiza también: “Está bautizando y todos se van con él” (Jn 3,26), le dicen a Juan. Éste responde: “Es preciso que él crezca y que yo mengüe” (3,30). A los seguidores de Juan los llaman “preservadores”, en arameo “nazrén” o –con artículo- “nazráyya”, en griego “nazarenoi” o “nazoraioi”. Por eso a Jesús le llaman “el nazareno” (Mc 1,24) o “el nazoreo” (Mt 26,71; Hch 2, 22), que originalmente no significa “de Nazaret”, sino del grupo de Juan. La conversión “preserva” de la ira inminente (Stegemann, 244), de la violencia que viene (Ez 33, 1-6). En Éfeso Pablo bautiza a doce discípulos de Juan (Hch 19,1-7) y en Cesarea es presentado como “el jefe principal de la secta de los nazoreos” (24, 5).

9. “Después de que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea, y proclamaba la buena nueva de Dios” (Mc 1,14), “tenía unos treinta años” (Lc 3,23). Juan, que en la cárcel había oído hablar de la obras de Cristo, envía a sus discípulos a preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Responde Jesús: “Id y decid a Juan lo que estás viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena nueva, y dichoso aquél que no halle escándalo en mí” (Mt 11,2-6). Juan denuncia el matrimonio de Herodes Antipas con Herodías, la mujer de su hermano. La denuncia le supone la cárcel y la muerte (14,3-12). Según Josefo (AJ 18,116-119), Herodes ejecuta a Juan en su fortaleza de Maqueronte por miedo a una “revuelta”. El rey de los nabateos venga el repudio de su hija derrotando a Herodes (36-37). Juan actualiza la figura de Elías: “Elías vino ya, dice Jesús acerca de Juan, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron” (Mt 17,12; ver Ml 3,23-24).

10. Jesús pregunta a la gente: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver a un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que prepare por delante tu camino. En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Mt 11,7-11; Ml 3,1; Ex 23,20). La caña, en hebreo “qane”, es una especie de junco común a lo largo del Jordán. Sin embargo, la palabra griega “zelos” (celo), de la raíz hebrea “qana”, designa el rubor que sube al rostro de un hombre apasionado, celoso, violento. De forma velada, mediante un juego de palabras, Jesús parece aludir al “zelote” (ver Lc 6,15). En el hombre elegantemente vestido parece aludir al esenio (piadoso) de la comunidad de Qumrán, vestido de lino. Entonces, la pregunta de Jesús sería: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Un zelote? ¿Un esenio? ¿Un profeta?

* Diálogo: ¿Qué vemos en la figura de Juan? ¿Su llamada sigue siendo necesaria?

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