En el principio era la palabra
 

 LA MISION DE JUAN

Voz que clama

1. Habiendo abordado las tradiciones históricas y proféticas de Israel, la Ley y la profecía, abordamos la misión de Juan, la misión de Jesús y las primeras comunidades cristianas. En primer lugar, la misión de Juan, ciertamente “un hombre enviado por Dios” (Jn 1, 6). No es una bota que aplasta, ni un escriba elegantemente vestido, es una voz que clama. Su historia empieza con la experiencia de su padre “a la hora del incienso” (Lc 1,10-11). Es la experiencia de Daniel “a la hora de la oblación de la tarde”, cuando aquel hombre, Gabriel, le dice: “Setenta semanas están fijadas para tu pueblo” (Dn 9, 21-24). Entonces se revisa la situación: no setenta años, como dijo Jeremías (Jr 29,10) sino setenta semanas de años. Pero ahora es distinto: son setenta semanas justas: como para quedarse mudo.

2. Algunos interrogantes. Setenta años después del destierro, la vuelta a la tierra ¿no lo soluciona todo?, ¿se revisa la situación?  De modo semejante, sesenta años después del Concilio Vaticano II, ¿se revisa la situación? El Concilio ¿no lo soluciona todo? ¿Qué significan las setenta semanas? ¿Juan es un niño anunciado? ¿Dónde se forma? ¿Fue Jesús discípulo de Juan? ¿Juan le reconoce como ungido de Dios? ¿Cómo se explica su duda posterior? ¿Qué espera Juan? ¿En qué consiste su misión?  

3. Setenta semanas. Llama la atención: hay setenta semanas justas entre la concepción de Juan y la presentación de Jesús en el templo: 70 x 7 = 490 días. Contando 30 días por mes, desde la concepción de Juan a la concepción de Jesús, seis meses (180 días); el nacimiento de Juan, tres meses después (90 días); el nacimiento de Jesús, seis meses después (180 días); la presentación de Jesús en el templo, 40 días después. En total, 180+90+180+40=490. Lo canta Zacarías: “Bendito sea el Señor Dios de Israel”, “y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1, 67-77). Lo canta María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (1, 46-55). Lo canta el anciano Simeón: “Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación”, “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (2, 29-32).

4. Un niño anunciado. Un sacerdote, del turno de Abías (1 Cro 24, 10), escucha esta palabra: “No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá licor (Lv 10, 9); estará lleno del espíritu santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de la casa de los hijos de Israel les convertirá al Señor, su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver a los corazones de los padres hacia los hijos, y a los rebeldes  a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”. Al sexto mes, María va a visitar a Isabel: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”. Juan nace en un pueblo de Judá que la tradición identifica con Ain Karim (Fuente del viñedo), cerca de Jerusalén.

5. Estudio de la Ley. De forma escueta se nos dice: “El niño crecía y su espíritu se fortalecía, vivió en los desiertos” (Lc 1,80). No es posible que sus padres dejaran a Juan, sin más, “en los desiertos”. Todo indica que se formó con los esenios, en la comunidad del desierto, dedicada al estudio de la Ley. Después se separó de ellos. Dice el historiador judío Flavio Josefo (siglo I d. C) en La guerra de los judíos: “Los esenios manifiestan una disciplina más severa”, “desprecian el matrimonio y eligen a los hijos de los demás mientras todavía son dóciles y fáciles de enseñar, y los moldean según sus ideas”, “desdeñosos de las riquezas, comparten sus bienes” (GJ 2, 120).

6. Una voz que clama. Juan es de familia sacerdotal, pero se distancia del templo y aparece en el desierto: “Apareció Juan bautizando en el desierto, acudía a él gente de toda Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados” (Mc 1, 4-5). Se cumple lo que está escrito en el profeta Isaías: “Una voz clama: En el desierto preparad el camino del Señor” (Lc 3, 2-4; Is 40,3). La fe no se recibe por herencia biológica. Hay que cambiar. Josefo habla de una “gran región desértica” entre el lago de Galilea y el mar Muerto (GJ 3, 515). Juan bautiza “al otro lado del Jordán” (Jn 1,28).

7. Hay que empezar de nuevo. El lugar que elige Juan es simbólico. En ese lugar, frente a Jericó, Josué conduce al pueblo para entrar en la tierra prometida cruzando el Jordán (Jos 4,10-19). Hay que volver al principio, empezar de nuevo. Todo está corrompido. La crisis es profunda. Palestina es tierra de misión. Hace falta una nueva alianza, un nuevo pueblo. Con el bautismo de Juan se cumple lo que está escrito: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados”, “os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo”, “infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos”, “habitaréis la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 25-28). En ese lugar Elías fue arrebatado (2 R 2,1-18). Por ese lugar pasa una importante vía de comunicación. Juan viste como Elías: “manto de pelo y cinturón de cuero” (2 R 1.8), come lo que hay en la zona: “langostas y miel silvestre” (Mc 1,6). Juan remite al que viene después: “Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo”, “yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con espíritu santo (Mc 1,7-8). El discípulo viene detrás del maestro, pero pasa por delante (Jn 3,30).

8. Se le dirigió la palabra. En el año quince del imperio de Tiberio César (años 14-37), siendo Poncio Pilato procurador de Judea (20-36) y Herodes tetrarca de Galilea (del -4 al 39) “fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Lc 3, 1-3). Llama la atención: el perdón de Juan no está ligado al templo. Los sacerdotes de Jerusalén le piden el carné, le piden credenciales: ¿Tú quién eres?, ¿por qué bautizas? Responde Juan: “Yo soy una voz que clama: en el desierto preparad el camino del Señor”, “yo os bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí”, “yo no le conocía”, “he visto al espíritu que bajaba como una paloma y se quedaba sobre él” (Jn 1, 19-32). Era primo suyo y no le conocía. Han seguido trayectorias diferentes. Juan creció “en los desiertos”,  en la comunidad del desierto, dedicada al estudio de la Ley. Jesús trabajó en la construcción (Mc 6,3). En la foto, el Jordán (BIC).

9. Conversión. El bautismo de Juan supone conversión. Estaba anunciado. El Señor será “como fuego de fundidor y como lejía de lavandero”, “purificará a los hijos de Leví”. Dice el Señor: “Seré testigo diligente contra magos y adúlteros, contra los que juran en falso, contra los que roban el salario al trabajador, explotan a viudas, huérfanos y emigrantes” (Ml 3, 3-5). No es cuestión de herencia biológica. Hay que cambiar: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad frutos dignos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: tenemos por padre a Abraham, porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham”. Juan invita a la gente a compartir con el que no tiene, a los publicanos a no exigir más de lo fijado, a los soldados a no hacer extorsión a nadie (Lc 3, 7-17). Juan enseña “el camino de la justicia” (Mt 21,32).

10. El ungido de Dios. Es una experiencia que tiene Juan durante su misión: “Aquel sobre quien veas bajar el espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con espíritu santo” (Jn 1,33). Se cumple lo que está escrito sobre el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo: “Sobre él reposará el espíritu del Señor, espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11, 2).

11. Jesús, discípulo de Juan. Los evangelios lo dicen escuetamente: “Vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Mc 1,9). Por tanto, Jesús es discípulo de Juan, lo que supone un tiempo de aprendizaje. A los seguidores de Juan los llaman “preservadores”, en arameo “nazren” o -con artículo- nazráyya”, en griego “nazoraioi”. En la antigua tradición a Jesús se le conoce como “nazoreo”, discípulo de Juan. La palabra viene del hebreo nazir, consagrado. A veces, se confunde con su lugar de procedencia: “Será llamado nazareno” (Mt 2, 23), pero el griego dice “nazoreo” (Mt 26, 71; Hch 2,22). La conversión “preserva” de la ira inminente (Stegemann, 244), de la violencia que viene (Ez 33, 1-6). Los primeros discípulos de Jesús son discípulos de Juan: Pedro, Andrés, Santiago, Juan (Jn 1,35-42; Mc 1,16-20). En Éfeso Pablo bautiza a doce discípulos de Juan (Hch 19, 1-7). En Cesarea Pablo es presentado como “el jefe principal de la secta de los nazoreos” (24, 5). Llegado el momento, Jesús bautiza también: “Está bautizando y todos se van con él” (Jn 3,26), le dicen a Juan. Éste responde: “Es preciso que él crezca y que yo mengüe” (3, 30).

12. La pregunta de Juan. Estando en la cárcel, Juan oye hablar de las obras de Cristo. Entonces envía a sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?” Responde Jesús: "Id y decid a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la buena nueva y dichoso aquel que no se escandalice por mí" (Mt 11, 2-6). La pregunta de Juan es una duda. Lo había tenido claro, pero ahora, en la situación dura de la cárcel, duda: ¿Qué espera Juan?, ¿espera otra cosa?

13. El juicio de Dios. Juan es profeta y llama a la conversión. Es una voz que clama en el desierto. Él no espera una bota militar, como los esenios, como los zelotas, como los demás. Él espera la acción del Mesías, espera quizá lo que quiso hacer Jesús y no pudo: “¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido” (Mt 23,37). Juan espera el juicio de Dios: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”, “yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo”, “él os bautizará con viento y con fuego. En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Lc 3,9-17). Jesús remite a Juan a las señales esperadas, que se están cumpliendo. Y deja este aviso: “Dichoso aquél que no se escandalice por mí”, es decir, “dichoso aquel que no quede defraudado por mí”.

14. La pregunta de Jesús. Jesús pregunta a la gente acerca de Juan: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver a un profeta?” (Mt 11,7-9). La caña es una especie de junco, común en Palestina y a lo largo del Jordán. Sin embargo, la palabra griega “zelos” (celo), de la raíz hebrea “qana” designa el rubor que sube al rostro de un hombre apasionado, celoso, violento. De forma velada, Jesús parece aludir al “zelote”. Asimismo, en el hombre elegantemente vestido como los que viven en los palacios de los reyes, Jesús puede aludir al esenio, miembro de la comunidad de Qumrán, hombre vestido de lino, bien considerado en el palacio de Herodes. Entonces, la pregunta de Jesús sería así: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Un zelote? ¿Un esenio? ¿Un profeta? Dice Jesús: “Sí, os digo, y más que profeta. Éste es de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino ante ti. En verdad, os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista, pero el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan. Los profetas y la ley han profetizado hasta Juan, pero él es Elías, el que tenía que venir, si queréis aceptarlo. El que tenga oídos que oiga” (11,10-15). Juan fue arrebatado, como Elías (2 R 2,11). Juan actualiza la figura de Elías: “Elías vino ya, dice Jesús acerca de Juan, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron” (Mt 17, 12; Ml 3,23-24). 

15. La muerte de Juan. Juan denuncia el matrimonio de Herodes Antipas con Herodías, la mujer de su hermano. Juan le decía a Herodes: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano”. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, que era un hombre justo. En el cumpleaños de Herodes la hija de Herodías danzó y gustó mucho al rey, que dijo a la chica: “Te daré lo que quieras, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella le dijo: “La cabeza de Juan el Bautista”. El rey se entristeció, pero no quiso desairarla. Y mandó a uno de su guardia traer la cabeza de Juan: “Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura” (Mc 6,17-29). Según Flavio Josefo, Juan “fue un hombre de bien y exhortó a los judíos a llevar una vida virtuosa”. Herodes le ejecuta en su fortaleza de Maqueronte “por miedo a una revuelta” (AJ 18,116-119). El rey de los nabateos venga el repudio de su hija derrotando a Herodes (36-37).

 

* Diálogo: Setenta años después del destierro ¿se revisa la situación? La vuelta del destierro ¿no lo soluciona todo? De modo semejante, sesenta años después del Concilio Vaticano II, ¿se revisa la situación? El Concilio ¿no lo soluciona todo? ¿Qué significan las setenta semanas? ¿Juan es un niño anunciado? ¿Dónde se forma? ¿Fue Jesús discípulo de Juan? ¿Juan le reconoce como ungido de Dios? ¿Cómo se explica su duda posterior? ¿Qué espera Juan? ¿En qué consiste su misión?