- PEDRO Y PABLO. Los dos testigos

Creado en Jueves, 25 Octubre 2018 Última actualización en Domingo, 04 Noviembre 2018

PEDRO Y PABLO

Los dos testigos

1.     Con el paso del tiempo, el río de la tradición va dispersando los recuerdos y, a veces, deformándolos. Hay que revisarlos. La figura de Pedro ocupa la primera parte de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1-12); la figura de Pablo, la segunda (13-28). Sorprende que no se diga nada de la muerte de ambos. Algunos interrogantes: ¿Qué sabemos de la muerte de ambos? ¿Sus tumbas lo son de verdad o son un engaño? ¿Sufrieron una muerte degradante, sin sepultura? ¿Recordamos su testimonio? En la foto, medallón de bronce de Pedro y Pablo, hacia el año 200, Vaticano (Holzner, grabado 36).

2.       Datos de Pedro. Su nombre es Simón. En los Hechos (Hch 10,5; 15,14) se utiliza tanto la forma griega (Simón), como la forma hebrea (Simeón). El nombre remite a uno de los hijos de Jacob (Gn 35,23), pero también al héroe de la revuelta macabea (1 Mc 13 y 14). Pedroes de Betsaida (Jn 1, 44), que significa “lugar de pesca”. Los dos hermanos, Pedro y Andrés, son “pescadores”. Andrés es discípulo de Juan (Jn 1, 18). Pedro tiene barca (Lc 5,3), también espada (Mt 26,39). Betsaida está junto al mar de Galilea, al otro lado del Jordán. Es un pueblo que rechaza a Jesús (Lc 10, 13-14). Se convierte en ciudad (con el nombre de Julias) en torno al año 30. Pedro pasa de la ceguera nacionalista a la visión del Evangelio. Para curarle, Jesús le aparta físicamente del pueblo (Mc 8, 22-26). Pedro se instala en Cafarnaún (1, 29). Es un hombre “sin instrucción” (Hch 4, 13). Sin embargo, siendo Betsaida una ciudad greco-romana, “parece razonable suponer que Pedro hablaría un griego aceptable desde su infancia” (Bockmuehl, 243), es el lenguaje de la cultura dominante. Los nombres de Andrés y Felipe son griegos (Jn 1, 40-44). Felipe y Andrés son el punto de contacto para los griegos que quieren ver a Jesús (12, 21-22). 

3.       Desde 1998 un equipo de arqueólogos realiza excavaciones sobre un amplio montículo rocoso de unos 25 metros de alto. Es el yacimiento conocido como Tell-Bethsaida, “a poco más de 500 m del este del Jordán y a unos 2’5 km al norte del lago”. Los arqueólogos  identifican una pequeña aldea con una población de “varios cientos de habitantes en tiempos de Jesús”, un templo romano dedicado a la diosa Julia Livia de seis metros por veinte, un puñado de monedas del siglo I d.C. Hay restos animales de reses, caballos, burros, mulos, ovejas, cabras y cerdos. Otro yacimiento, conocido como El-Araj, “se halla en el extremo de una pista de tierra que lleva al lago”. Se encuentran piedras talladas y sin tallar. Otros autores, desde el siglo XIX hasta comienzos de la década de 1990, insisten en la existencia de restos grecorromanos en El-Araj: un gran mosaico, un acueducto, diversos restos arquitectónicos y una vía romana que conecta este yacimiento con el anterior, es decir, conecta la ciudad y el puerto (Bockmuehl, 247-251).

4.       De Pedro recordamos su respuesta a la llamada de Jesús (Mc 1,16-18), su confesión de Jesús como “el Cristo”, con dificultades (8,29-33), su función de “roca”, en arameo “cefas” (Jn 1,42; Mt 16,18), acompaña a Jesús en el monte de la transfiguración (Mc 9,2-8), en Getsemaní (14,32-42), recordamos sus negaciones, el canto del gallo (14,66-72), su función de confirmar a los hermanos (Lc 22,31-32), su condición de testigo de la resurrección (24,34), su proclamación del mensaje cristiano (Hch 2,14-41), su apertura a los gentiles (Hch 10), su evangelización de los judíos (Ga 2,7). Hay que recuperar su figura. Como se ha dicho acertadamente, “la importancia histórica y teológica del pescador de Galilea ha sido en general minusvalorada” (M. Hengel), “Pedro fue probablemente, de hecho y en sus efectos, el puente que hizo más que ningún otro por cohesionar la diversidad del cristianismo del siglo I” (J. Dunn).

5.       Lo que supone Pedro para Pablo.Tres años después de su experiencia en el camino de Damasco, Pablo sube a Jerusalén “para conocer a Cefas”, permanece “quince días en su compañía”, ve también a Santiago, “el hermano del Señor” (Ga 1,18-19). Catorce años después, sube de nuevo a Jerusalén con Bernabé y Tito, expone el evangelio que proclama ante los gentiles “para saber si corría o había corrido en vano”, “reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión”; sin embargo, “cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión” (2,1-14). En Corinto algunos citan a Pedro y a Apolo como rivales de Pablo: son “siervos de Cristo y administradores de los misterios de Dios” igual que él (1 Co 4,1-2). Pablo presenta a Cefas acompañado por su mujer (9,5), también como testigo de la resurrección (15,5).

6.       Pedro en Roma. En su primera carta, escrita hacia el año 61, habla de interrogatorios oficiales (3,15), calumnias y difamaciones (1 P 2,13; 3,16), diversas pruebas (1,7; 4,12), el acusador de los hermanos (el diablo) como león rugiente “busca a quien devorar” (5,8). Pedro está en Roma, le acompaña Marcos, su hijo en la fe: “Os saluda la (comunidad) que está en Babilonia (Roma), elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos” (5, 13). ¿Qué supone Pablo para Pedro? En su segunda carta, Pedro le llama “nuestro querido hermano”, reconoce “la sabiduría que le fue otorgada”, conoce todas sus cartas, “hay en ellas cosas difíciles de entender” (2 P 3,14-18). Ambos intercambian colaboradores: por ejemplo, Marcos (2 Tm 4,11) y Silvano (1 P 5,12).

7.       Pablo en Roma. Llega a Roma en la primavera del año 61. Se le permite “permanecer en casa particular con un soldado que le custodiaba” (Hch 28, 16). El texto occidental de los Hechos aporta esta variante: “Cuando entramos en Roma el oficial romano confió a Pablo al comandante del campamento. Y se le permitió a Pablo alojarse fuera del campamento militar” (28, 16). El libro de los Hechos termina así: “Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesús con toda valentía, sin estorbo alguno” (28, 30-31). Aproximadamente en la primavera del año 63, en su última carta, Pablo escribe a Timoteo: “El único que está conmigo es Lucas” (2 Tm 4,11). ¿Murió Lucas con él? Según una antigua tradición, Lucas murió mártir en Roma.

8.       Según una antigua tradición que se halla escrita en el siglo II en la Pasión de Pedro y Pablo,  “Pablo tuvo su albergue (hospitium) en la orilla izquierda del Tíber en el distrito 11 (ad Arenulam) en las cercanías de la isla del Tíber, y predicó en un almacén de trigo que estaba vacío, no lejos de la Porta Ostiensis (horreum extra urbem) y tuvo por oyentes incluso a soldados. En el lugar de su último albergue hay una antiquísima iglesia, San Paolo alla Regola. El oratorio de esta iglesia ha conservado hasta el día de hoy el atractivo de una antigua tradición, y las más recientes excavaciones (1936) han dado por resultado las huellas de una antigua casa de comercio” (Holzner, 493).

9.       Pablo espera el día del Señor, pero no es inminente: “Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío”, “vosotros sabéis qué es lo que le retiene”, “entonces se manifestará el impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca” (2 Ts 2, 3-8; ver Mc 13, 14). Veamos algunos datos. En el año 40 el emperador romano Cayo Calígula ordena la erección y culto de su propia estatua en el templo de Jerusalén, pero le retiene Agripa I, que le convence de no hacerlo. Del 54 al 62,  a Nerón le retienen sus asesores Burro y Séneca. Del 62 al 68, ya sin ellos, se manifiesta como “el hombre impío”, realmente bestial. En el año 62 promulga la ley de “lesa majestad”. En el mismo año el sumo sacerdote Anás, aprovechando el vacío de poder que deja la sustitución del procurador Festo por Albino, manda lapidar a “Santiago, hermano de Jesús llamado Cristo, y a algunos otros, acusándoles de haber faltado contra la Ley” (F. Josefo, Antigüedades judías, XX, 200). Tras la muerte violenta de Santiago, es “ya un hecho patente la separación entre el naciente cristianismo y el judaísmo” (Schwank, 19). Con ello, el cristianismo pierde la protección del judaísmo como “religión licita” dentro del imperio.

10.   Para Pablo eldía del Señor es día de juicio: “Es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulaciones a los que os atribulan”. Esto sucederá “cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en medio de una llama de fuego, y tome venganza de los que no conocen a Dios” (2 Ts 1,6-8). Las palabras de Pablo son “en extremo cautas y están veladas”, “se ha supuesto que se trata de un secreto con fondo político, que el apóstol no podía mencionar en una carta sin exponerse a peligros” (Holzner, 258-259).

11.   En la segunda carta a Timoteo, escrita aproximadamente en la primavera del 63, Pablo presiente su muerte inminente: “Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente” (2 Tm 4, 6). En Roma las cosas no van bien:“En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles” (4, 16-17).

12.   El Apocalipsis relata lo que falta en los Hechos. Lo hace de forma críptica, pero precisa. Veamos: “dos testigos” (Pedro y Pablo) profetizan “durante mil doscientos sesenta días” (tres años y medio), “si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca”, la bestia (Nerón) “los vencerá y los matará". Gentes de todas partes contemplan sus cadáveres “tres días y medio” en la plaza de la gran ciudad (Roma), “no está permitido sepultar sus cadáveres”,  “los habitantes de la tierra se alegran y regocijan por causa de ellos”, celebran con escarnio su muerte degradante (sin sepultura). Pero “pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie”, “subieron al cielo en la nube”, “en aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la gran ciudad se derrumbó” (Ap 11,3-13).

13.   Algunas claves. Los dos testigos: “Se ha pensado muchas veces en Pedro y Pablo, martirizados en Roma bajo Nerón” (BJ, nota). Se habla de “terremoto”,  también de “fuego”.  El incendio de Roma se produce en la noche del 18 al 19 de julio del año 64. La bestia es Nerón: “su cifra es 666” (Ap 13, 18). En hebreo, el valor numérico de las letras nrwn qsr (Nerón César) da esa cifra: n50 + r200 + w6 + n50 + q100 + s60 + r200 = 666. Los dos testigos mueren de forma degradante (el 15 de julio). Pero, “tres días y medio” después, resucitan: “se ponen en pie”, “suben al cielo”, “sale fuego de su boca”.

14.   Según el historiador romano Tácito, de catorce distritos que tenía la ciudad, diez  quedaron arrasados, más que “la décima parte”. Fue “un desastre”, “no se sabe si por obra del azar o por maquinación del emperador (pues una y otra versión tuvieron autoridad), pero sí el más grave y espantoso de cuantos acontecieron a esta ciudad por violencia del fuego”, “nadie se atrevía a atajar el incendio, pues había fuertes grupos de hombres que, con repetidas amenazas, prohibían apagarlo, a lo que se añadía que otros, a cara descubierta, lanzaban tizones y a gritos proclamaban estar autorizados para ello”, “de las catorce regiones en que se divide Roma, sólo cuatro quedaban intactas y tres estaban totalmente arrasadas; de las siete restantes, sólo quedan rastros de los techos destrozados y medio abrasados”, “Nerón se inventó unos culpables, y ejecutó con refinadísimos tormentos a los que, aborrecidos por sus infamias, llamaba el vulgo  cristianos”, “toda una ingente muchedumbre quedaron convictos, no tanto del crimen de incendio, cuanto de odio al género humano. Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces, eran quemados al caer el día, a guisa de luminarias nocturnas” (Tácito, Anales, XV, 38-44; ver Ruiz Bueno, 215 y 223;  catequesis La gran ramera). El historiador romano Tácito afirma que “los condenados a muerte, además de la confiscación de sus bienes, eran privados de sepultura” (Anales,VI, 35).

15.   En la muerte de Pedro y de Pablo se cumple el salmo 79: “Han entregado el cadáver de tus siervos por comida a los pájaros del cielo, la carne de tus amigos a las bestias de la tierra”, “nos hemos hecho la irrisión de los vecinos, burla y escarnio de nuestros circundantes”, “que se conozca entre las gentes”.

16.   El incendio de Roma es “el juicio de la gran ramera” (Ap 17,1), “la gran ciudad” (17,18), la gran Babilonia” (18,2). Con la ayuda de diez reyes, que lo serán “sólo por una hora” (17, 9-12), la bestia destruye la ciudad: “la consumiránpor el fuego; porque Dios les ha inspirado la resolución de su propio plan” (17,16-17). La bestia “camina hacia su destrucción” (17,8). En el año 68 Nerón se suicida: es el juicio de la bestia. En la guerra judía (67-70) el templo es destruido (Mc 13,2) y Jerusalénarrasada. (13, 14-19; Lc 21,20). Es el juicio del templo y de Jerusalén, que no recibió el mensaje de paz (Lc 19,41-44).

17.   Clemente de Roma, a finales del s. I, afirma en su Carta a los Corintios: “Por rencor y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, quien por inicuo resentimiento hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más trabajos. Y después de dar su testimonio marchó al lugar que le era debido”. En cuanto a Pablo: “siete veces entre cadenas, desterrado, apedreado. Heraldo en Oriente y Occidente, cosechó la magnífica gloria de su fe. Predicó la justicia a todo el mundo, penetró hasta los confines de Occidente y dio testimonio ante los potentados: así partió del mundo y llegó al lugar santo” (cap. 5). Ignacio de Antioquía, a comienzos del s. II, escribe a los romanos: “Yo no os mando como Pedro y Pablo” (4,3). Dionisio de Corinto (+hacia 178) afirma que “después de enseñar también en Italia en el mismo lugar, los dos sufrieron el martirio en la misma ocasión” (Eusebio, HE II, 25). Según Tertuliano (+220), “Pedro igualó la pasión del Señor”, “Pablo fue coronado con la muerte de Juan Bautista” (De praescriptione, 36,1-3).

18.   El eclesiástico Cayo afirma a finales del s. II: “Si quieres ir al Vaticano o al camino de Ostia, encontrarás los trofeos de los que fundaron esta iglesia”  (HE II, 25). De suyo, trofeo significa monumento, insignia o señal de victoria, pero no tumba, como se ha interpretado. Hacia el año 260, había en las catacumbas de San Sebastián un lugar de culto de los dos apóstoles. Allí estuvo un tiempo la inscripción de Dámaso (366-384): “Tú, que preguntas por los nombres de Pedro y Pablo, / sabe que aquí moraron los santos tiempo atrás. /El Oriente nos envió a los apóstoles, lo cual confesamos libremente. / Pero por causa de un martirio cruento…/ Roma ha obtenido el derecho / de reclamarlos como conciudadanos suyos”.  La palabra “moraron” no significa “estuvieron sepultados”, como se ha interpretado. Sin embargo, “la existencia de dos lugares (Vaticano, catacumbas de San Sebastián) en los que se pensaba tener la tumba de Pedro demostraría que, a partir del siglo III, la iglesia de Roma no sabía ya a ciencia cierta donde estaba realmente sepultado Pedro” (Jedin I, 191).

19.   Entre 1939 y 1949 un equipo de arqueólogos dirigido por Ludwig Kaas encontró en las grutas vaticanas una necrópolis bajo un relleno de tierra sobre el que se construyó la antigua basílica constantiniana. El equipo encontró restos en una tumba. Según el profesor de Antropología Venerato Correnti, “los huesos encontrados pertenecen a la misma persona, un ser robusto, de sexo varón (posiblemente setenta años) y del primer siglo”, pero esto no significa que sean los huesos de Pedro. En 1952 Margarita Guarducci descubre unos grafitos anteriores a Constantino: “Pedro, ruega por nosotros los cristianos que estamos enterrados junto a tu cuerpo”, “Pedro está aquí”, pero estos grafitos sólo muestran la creencia de los fieles. Si Constantino hubiera tenido la tumba de Pedro, la habría puesto en lugar de honor dentro de su basílica. En 1965 Margarita publica su libro “Las reliquias de San Pedro”. El 28 de junio de 1978, Pablo VI afirma que “la prueba histórica no sólo de la tumba, sino además de los veneradísimos restos mortales, ha sido lograda”. ¿Es esto así?

20.   Según publicó Aciprensa (17-2-2005), “un sarcófago que podría contener los restos de San Pablo fue identificado exactamente bajo el epígrafe: Paolo apostolo mart”, que significa: “Para Pablo apóstol mártir”. Pero esto no significa que sea la tumba del apóstol. El emperador Constantino construyó una pequeña basílica sobre un edículo que había en su memoria: ´”cincuenta años más tarde los emperadores Valentiniano II, Arcadio y Honorio en vez de la pequeña iglesia constantiniana edificaron la célebre basílica de San Pablo, que se terminó el año 395”. Un “estremecedor incendio”, acaecido en 1823 a la misma hora en que moría el papa Pío VII, “destruyó esta única y notabilísima basílica principal de Roma” (Holzner, 499). Fue, exactamente, en la noche del 15 al 16 de julio, aniversario del martirio de Pedro y Pablo. Ciertamente, llama la atención (ver El día de la cuenta, 482-487).