Publicado el 3 diciembre, 2024 por Jesús López Sáez
Última actualización el 23 enero, 2025

JUAN DE LA CRUZ. Sin forma y figura

image_print

Loading

JUAN DE LA CRUZ

Sin forma y figura

La vida de fray Juan tiene tres grandes etapas: desde sus primeros años hasta que se encuentra con Teresa de Jesús y se hace carmelita descalzo (1542-1568); desde que comienza su tarea de formador y confesor de la reforma carmelitana hasta su encarcelamiento en Toledo (1568-1578); desde su estancia en la cárcel, donde comienza a escribir, hasta su muerte que acaece en medio de una obstinada y cruel persecución (1578-1591). Su experiencia de fe presenta unas claves profundas de valor permanente; por ejemplo, la soledad sonora, la luz en medio de la noche, la unión de amor con Dios, la cruz que le deja sin forma y figura. Revisamos aquí la catequesis Al encuentro de San Juan de la Cruz, publicada en el IV Centenario de su muerte (1991).

Algunas cuestiones. ¿Existe una verdadera biografía de fray Juan?, ¿se distingue entre historia y leyenda?, ¿se concede valor histórico a fuentes contaminadas?, ¿tiene fray Juan ascendencia judía?, ¿tiene ascendencia islámica?, ¿es clara su orientación sexual?, ¿sus locuciones y visiones son mensajes que recibe de Dios?, ¿son experiencia bíblica?, ¿cómo concibe la fe?, ¿cómo sufre la persecución?, ¿cómo escapa de la cárcel?, ¿coincide en su poesía con místicos musulmanes?, ¿cómo es su prosa?, Elías, camino del Horeb, vuelve a las fuentes ¿la reforma carmelitana lo hace también?, ¿volviendo a la Biblia, se supera la barrera dogmática de los siglos IV y V?, ¿cómo afronta la muerte?

Historia y leyenda. José Vicente Rodríguez lo recoge en su libro San Juan de la Cruz, La biografía (2016). El carmelita Teófanes Egido (1936-2024), que fue catedrático de Historia en la Universidad de Valladolid, lo repetía una y otra vez: “No existe la auténtica biografía” de fray Juan, “no se ha superado la fase o el nivel de la hagiografía, que nada tiene que ver con la historia estricta y rigurosa”, se presenta “la figura de un ser idealizado envuelto en lo portentoso y milagroso”, “para ello se han tergiversado y manipulado hechos y documentos o se ha concedido valor histórico a fuentes contaminadas” (Rodriguez, 37). Es un aviso. Conviene tenerlo en cuenta.

Juan de Yepes Álvarez, hijo de Gonzalo y Catalina, nace en Fontiveros (Ávila) el 24 de junio de 1542 según dice una inscripción colocada junto a la pila bautismal en 1689. Ahora bien, según su primer biógrafo fray Alonso, su nacimiento “se dice haber sido (a) fin del año de 1542” (Rodríguez, 80). Siendo a fin de año, pudo haber nacido el día 27, fiesta de San Juan Evangelista, y por eso le pusieron Juan. Son tres hermanos: Francisco, Luis y él. Sus padres son de Toledo. Su madre vive en Fontiveros en la casa de una noble viuda toledana en cuyo telar trabaja. Además, la viuda tiene una posada. De paso hacia las ferias de Medina del Campo, Gonzalo, que es agente de dos tíos suyos en sedas al por mayor, conoce a Catalina. A pesar de la oposición de los Yepes, se casan en 1529. Los tíos le desheredan. Entonces, trabaja también en el telar. Estando fray Juan en Granada, un clérigo le encuentra en la huerta y le dice: “Debe ser hijo de un labrador, pues tanto gusta de la huerta”. Le responde: “No soy tanto como eso”, “hijo soy de un pobre tejedor”. Los labradores eran tenidos por “cristianos viejos”; en cambio, los artesanos y mercaderes solían pertenecer a familias “conversas”, eran “cristianos nuevos”.

El rechazo de los Yepes. Según el archivero toledano José Carlos Gómez Menor, los que “figuran, en la nómina de habilitados de la villa de Torrijos, Gonzalo de Yepes y Elvira González, su mujer, son los abuelos paternos de Juan de Yepes”. Se llamaban “habilitados” a aquellos hijos y nietos de condenados por la Inquisición, que recuperaban ciertos derechos mediante una fuerte suma de dinero (Rodríguez, 75). José María Javierre en su libro Juan de la Cruz, un caso límite (1991) comenta que Gómez Menor ha investigado el linaje judío de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz: “Por línea paterna, Sánchez ella, y Yepes él, Teresa y Juan traen sangre judía en las venas”. Además, el archivero intuye que “por línea materna tuvo Juan de la Cruz ascendencia islámica”. No encuentra justificado el rechazo de los Yepes sólo porque Catalina fuera “desigual en linaje y hacienda”. Con la boda consideraban que la familia recibía “una gran deshonra”. Esto se entiende mejor “si Catalina fuera morisca”, “nadie que sepamos vino del clan Yepes a la boda” (Javierre, 14, 63-67 y 79). El apellido de Catalina es árabe: Álvarez viene de “al-baraz”, “el valiente”.

Muere su padre. Poco después de nacer Juan, muere su padre tras estar dos años enfermo; poco después debió morir también su hermano Luis. Su madre no tiene medios suficientes para salir adelante. Va “con sus dos niños” a pedir ayuda a los tíos paternos, que son ricos. En Torrijos el arcediano de la colegiata no quiere saber nada. En Gálvez el médico los acoge cariñosamente y se queda con Francisco. Catalina regresa a Fontiveros con Juan. Pasa un año. La mujer del médico no trata bien al niño. Preocupada su madre porque no tiene noticias de Francisco, se presenta en Gálvez y se lo lleva consigo. Tiene quince años y no sabe leer ni escribir. Le enseña a tejer en su taller.  Se traslada a Arévalo en busca de un jornal que le permita vivir. En 1551 se traslada a Medina del Campo.

Primeros estudios. En Medina ingresa en el Colegio de la Doctrina para niños pobres. Allí aprende las primeras letras. El colegio de “los doctrinos” está junto al convento de monjas agustinas de la Penitencia o de la Magdalena, fundado para recoger muchachas “de vida desordenada”. Ya adolescente, Juan se traslada al hospital de la Concepción, destinado a “curar pobres de bubas (sífilis) y males contagiosos”. Allí le encargan “que pidiese para los pobres”. Le permiten “oír lecciones de Gramática en el Colegio de la Compañía de Jesús”, “saliendo muy buen latino y retórico” (Rodríguez, 99-106).

Fray Juan de Santo Matía. A Juan se le ofrece ser capellán del hospital de la Concepción y diversos frailes le requieren para su orden. Según Jerónimo de San José, estaba un día Juan orando al Señor le encaminara al estado de vida que más le agradara. El Señor le dijo: “Servirme has en una religión cuya perfección antigua ayudarás a levantar”. Fuere como fuere, el caso es que un día muy secretamente salió Juan del hospital, entró en el convento de Santa Ana y pidió el hábito del Carmen. Los carmelitas no lo dudan. Le ponen el hábito marrón y la capa blanca con el nombre de fray Juan de Santo Matía. Fray Juan, “al borrar su apellido, borra también el perfume del origen judío de sus antepasados”. Va a la Universidad de Salamanca y reside en el Colegio de San Andrés: “es el único carmelita de Salamanca que no usa su apellido”. Estudia Artes o Filosofía durante tres cursos: 1564-1567. Es ordenado sacerdote en 1567. Estudia Teología sólo en el curso 1567-1568, pero “se pega a la lectura de la Biblia, hallamos en sus libros más de mil citas del antiguo testamento y quinientas del nuevo” (Javierre, 170 y 31).

Encuentro de Teresa con fray Juan. En el verano de 1567 Teresa y fray Juan se encuentran en Medina del Campo. Ella tiene 52 años; está en la plenitud de su misión reformadora. Él tiene 25. Previamente, muy en secreto ella expone su proyecto de reforma para los frailes al prior Antonio Heredia: “Él se alegró mucho cuando lo supo y me prometió que sería el primero”, “certificó que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más estrecha; y así tenía ya determinado irse a los cartujos”, “poco después acertó a venir allí un padre de poca edad (fray Juan), que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro compañero”, “hablándole, contentóme mucho y supe de él cómo se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio”, “él me dio la palabra de hacerlo con que no se tardase mucho” (Fundaciones, 3,16-17). En la foto, locutorio de carmelitas descalzas en Medina.

Formación intensiva. En la fundación de descalzas en Valladolid, dice Teresa, “estaba con nosotras… uno de los dos frailes que quería ser descalzo (fray Juan), que se informaba de nuestra manera de proceder en estas casas” (Fundaciones, 10,1-4). En efecto, “como estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas, que todo es con tanta moderación, que sólo sirve de entender allí las faltas de las hermanas y tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la regla” (13,5). Fue para fray Juan una formación intensiva.

Fray Juan de la Cruz. Un caballero abulense ofrece a Teresa una casa que tiene en Duruelo. Va a verla y comunica a fray Antonio Heredia y a fray Juan lo que va a ser el primer convento de Descalzos. Es una casa pequeña. Fray Juan va a preparar la casa antes de que surja algún contratiempo. Dice el primer biógrafo fray Alonso: “Quitado el hábito delgado de calzado, se puso el grosero de sayal, con los pies descalzos en el suelo. Y así con grande desnudez ofreció al mundo la figura del primer carmelita descalzo”. De forma sencilla, se inaugura la casa y los primeros carmelitas descalzos hacen profesión de la Regla primitiva: “Nos, fray Antonio de Jesús, fray Juan de la Cruz y fray José de Cristo comenzamos hoy, 28 de noviembre de 1568, a vivir la Regla primitiva”. En adelante, fray Juan es fray Juan de la Cruz. Teresa escribe al “caballero santo” abulense, Francisco Salcedo, sobre fray Juan: “Hable vuestra merced a este padre, suplícoselo y favorézcale en este negocio, que aunque es chico entiendo es grande en los ojos de Dios”, “aunque hemos tenido aquí algunas ocasiones en negocios (y yo que soy la misma ocasión, que me he enojado con él a ratos), jamás le hemos visto una imperfección” (6 julio 1568). En la cuaresma de 1570, fray Antonio es invitado a predicar en Mancera y don Luis de Toledo ofrece a los descalzos la iglesia que ha construido. Además, les labra “un monasterio conforme a su profesión, pequeño”. Se trasladan de Duruelo a Mancera.

Formador de descalzos.  Los napolitanos Mariano Azzaro y Juan Narduch, eremitas en Sierra Morena, ofrecen para convento descalzo una ermita que les ha cedido el príncipe Ruy Gómez cerca de Pastrana. Profesan como carmelitas el 11 de junio de 1569 con los nombres de Mariano de San Benito y Juan de la Miseria. Y el 13 de julio se celebra la fundación del nuevo convento en la ermita de San Pedro. Comienzan a llegar novicios. De Alcalá llegan estudiantes de la Universidad. Teresa de Jesús estima urgente la presencia de fray Juan, que se traslada a Pastrana y permanece aproximadamente un mes organizando el noviciado. Regresa a Mancera, donde recibe la visita de tres descalzas, que van de Ávila a Salamanca: Juana de Jesús, María de San Francisco y Ana de Jesús, a quien dedicará el comentario al Cántico Espiritual. En abril de 1571, fray Juan va como rector al Colegio de Alcalá. Allí algunas personas le piden que escriba la vida de los mártires Justo y Pastor, patronos de la ciudad. Él se excusa diciendo “que poniéndose a escribirlas había de hacer libro de devoción lo que pedía ser libro de historia”.

Confesor de la Encarnación. El 6 de octubre de 1571, Teresa de Jesús es nombrada priora de la Encarnación, el convento de carmelitas del que salió en 1562 para iniciar la reforma de la Orden en el convento de San José. En la Encarnación hay ciento treinta monjas. Teresa se acuerda de fray Juan y le pide que venga como confesor. Tan pronto como lo tiene seguro, se lo comunica a sus monjas: “Les traigo un padre que es santo por confesor”. No es el único descalzo ni el único confesor de las monjas. Teresa ha tenido la prudencia de no cerrar la puerta a los calzados, que han sido hasta ahora los confesores. Fray Juan y fray Germán, que vivían en el convento calzado de Ávila, se trasladan a unas casas junto a la Encarnación. Así tienen mayor autonomía. Un día, entre 1574 y 1577, está fray Juan orando en una tribuna que da al templo y le llega una visión de Cristo en la cruz. Toma una pluma y lo pinta en un papel. El dibujo se puede ver en Ávila, en el monasterio de la Encarnación (ver foto).

Ocasión muy urgente. Dice fray Juan Evangelista, compañero suyo: “Me contó una vez que una doncella le anduvo solicitando y persiguiendo algún tiempo, que estaba él por confesor de las monjas de Ávila, y viendo que no había orden con él, se le entró una noche por un corral que alindaba con el suyo de la casa donde estaba y se fue donde él estaba, convidándole e instándole con su persona”, “me decía muchas veces que jamás se había visto en ocasión más urgente. Porque ella era moza y de buen parecer y otras buenas cualidades que circunstancian la ocasión”. Da a entender que “no la echó de casa” sin más, sino que supo decirle tales cosas que la redujo a conocimiento de su culpa y del mal que hacía; y volviendo por donde había entrado, se fue a su casa” (Rodríguez, 248-249).

Problemas que desbordan. En el monasterio de Santa María de Gracia hay una monja agustina que emitió sus votos en 1563. Se dice que “habla todas las lenguas” y “conoce todas las ciencias”, sin haber estudiado. Teólogos de Salamanca consideran “ciencia infusa” lo de la monja. Los superiores no están tranquilos y requieren la intervención de fray Juan. Durante una hora, fray Juan habla y pregunta. La monja no abre la boca. Según Pedro de la Purificación, que le acompaña, dice fray Juan al salir: “No es espíritu de Dios el que tiene esta religiosa sino espíritu del diablo”. Y a ruego de los superiores, “comenzó a catequizar y conjurarla en presencia de este testigo muchas veces”. Fray Juan sube al convento una o dos veces por semana. La monja confiesa que “se ha entregado al demonio a la edad de seis años”. Se puede cuestionar lo que hay de historia real. Según Pedro de la Purificación, fray Juan hace un gran servicio en diversos monasterios “donde se padece mucho de melancólicas y endemoniadas”. Se puede cuestionar lo que hay de depresión y de “mal espíritu”. En Medina del Campo le presentan a fray Juan una monja. Le lee los evangelios y concluye: “Esta hermana tiene falta de juicio” (Rodríguez, 264-273).   

Descalzas en Segovia. La fundación se hizo en marzo de 1574. Escribe Teresa de Jesús: “El día de San José, que pusimos el Santísimo Sacramento, que, aunque había del obispo licencia y de la ciudad, no quise sino entrar la víspera secretamente de noche”. Teresa tenía licencia “de palabra” del obispo, que estaba ausente: “Como vino a noticia del provisor que estaba hecho el monasterio, vino luego muy enojado y no consintió decir más misa y quería llevar preso a quien la había dicho, que era un fraile descalzo”, Juan de la Cruz. Teresa encargó a algunas personas “que eran principales del lugar, para que hablasen al provisor y le dijesen cómo tenían licencia del obispo. Él lo sabía muy bien, según dijo después, sino que quisiera le diéramos parte, y creo yo que fuera muy peor” (Fundaciones, 21,5-8).

Se declara la guerra. Los descalzos, favorecidos por los “visitadores apostólicos” de la orden dominicana, han dado algunos pasos de espaldas a las disposiciones del general del Carmen, Juan Bautista Rubeo. Teresa de Jesús se lamenta de ello y le escribe: “No los puedo dejar de echar la culpa. Ya parece van entendiendo que fuera mejor haber ido por otro camino por no enojar a vuestra señoría” (18-6-1575). El visitador apostólico de Andalucía ha entregado a los descalzos el convento que los calzados tenían en San Juan del Puerto (Huelva), ha autorizado las fundaciones de Sevilla, Granada y La Peñuela, ha nombrado a Baltasar de Jesús y a Jerónimo Gracián, visitadores de calzados y descalzos en Andalucía. Rubeo solicitó del papa Gregorio XIII que el nombramiento de visitadores apostólicos recaiga en miembros de la Orden, lo que se concede en el Breve de 3 de agosto de 1574. Mientras tanto, el nuncio Nicolás Ormaneto, a quien se le ha comunicado la expedición del breve pontificio, usando de sus propias facultades, el 27 de septiembre de 1574 nombra “reformadores” a los visitadores destituidos con idéntica o mayor autoridad que la que antes tenían. Y el Papa confirma el nombramiento con fecha 27 de diciembre.  El Papa y el Rey se consideran “con pleno derecho en las casas de frailes y monjas” (Javierre, 444).

Jerónimo Tostado. En mayo de 1575, se celebra en Piacenza un capítulo general de la Orden del Carmen. Se lee el breve pontificio sobre la derogación del nombramiento de visitadores apostólicos y se toman estas decisiones: enviar un visitador de la Orden para calzados y descalzos; suprimir los conventos que éstos han fundado en Sevilla, Granada y La Peñuela; prohibición de fundar nuevas casas, tanto de frailes como de monjas; recluir a Teresa de Jesús en un convento por ella elegido, y prohibir que ninguna monja descalza pueda trasladarse de un convento a otro. Para hacer cumplir estas disposiciones, el capítulo manda que se recurra, si es preciso, al brazo secular. Mediado el año 1576, llega a España Jerónimo Tostado con el nombramiento de visitador de la Orden. Presenta sus patentes ante el rey y el nuncio, pero el Consejo Real le retiene los papeles, que no   concuerdan con las disposiciones pontificias que asisten al nuncio. Teresa escribe a la priora de Sevilla: “Nos ha librado Dios del Tostado” (7-9-1576).

Jerónimo Gracián. Jerónimo Gracián (1545-1614), superior provincial de los descalzos por nombramiento del nuncio, convoca un capítulo en Almodóvar en septiembre de 1576. Acuden los superiores de Mancera, Pastrana, Alcalá, Altomira, Granada, La Peñuela, Roda, Sevilla y Almodóvar. Fray Juan asiste como socio del prior de Mancera, de donde es capitular mientras está en Ávila. Gracián anuncia “una provincia y congregación” en la cual estén incorporadas todas las casas de descalzos y descalzas. El capítulo aborda las constituciones que deben regir en la reforma. El nuncio Ormaneto muere el 18 de junio de 1577. Los calzados se crecen. El nuevo nuncio, Felipe Sega, está de su parte. Fray Juan presiente que ha de venirle “un gran trabajo”.

Vejamen. Es una reprensión festiva. En el certamen que tuvo lugar en Ávila (1577) entre varios opositores sobre las palabras “Búscate en mí” comenta Teresa lo escrito por Julián de Ávila: “Comenzó bien y acabó mal”, “aquí no le piden que diga de la luz increada ni creada cómo se junta, sino que nos busquemos en Dios”, “yo le perdono sus yerros porque no fue tan largo como mi padre fray Juan de la Cruz”. Después comenta lo escrito por fray Juan: “Harto buena doctrina dice en su respuesta para quien quisiera hacer los ejercicios que hacen en la Compañía de Jesús mas no para nuestro propósito. Caro costaría si no pudiésemos buscar a Dios sino cuando estuviésemos muertos al mundo. No lo estaba la Magdalena ni la Samaritana ni la Cananea, cuando le hallaron. También trata mucho de hacerse una misma cosa con Dios en unión; y cuando esto viene a ser y Dios hace esa merced al alma, no dirá que le busquen pues ya le ha hallado”, “Dios me libre de gente tan espiritual que todo lo quieren hacer contemplación perfecta, dé do diere. Con todo les agradecemos el habernos dado a entender lo que no preguntamos. Por eso es bien hablar siempre de Dios, que de donde no pensamos nos viene el provecho”.

Fray Juan, encarcelado. En la noche del 2 de diciembre de 1577 llega un grupo compuesto de calzados, seglares y gente armada. Descerrajan la puerta y detienen a fray Juan y a su compañero Germán de San Matías. Fray Juan es llevado a Toledo. Germán, a San Pablo de la Moraleja. Al llegar a Toledo, fray Juan comparece ante el visitador general Jerónimo Tostado. El tribunal le declara rebelde y contumaz por no abandonar el proyecto de Reforma: “Lo metieron en un hueco de una pared, poco más o menos que una sepultura, pero mucho más alto, sin luz”. Hecho para excusado de la sala contigua, destinada a los huéspedes, tiene en lo alto una ventanilla de tres dedos de ancha, que da a un corredor. En el suelo, donde estuvo el servicio hasta ahora, se ponen unas tablas y dos mantas viejas. Esa será la cama del preso. No lleva consigo más que el breviario. Ahí pasará nueve meses.

Soledad sonora. A los seis meses se hace cargo de él un nuevo carcelero, que le trae túnica limpia, también tinta y papel. Así escribe la mayor parte del Cántico espiritual, los romances, el poema de La fonte que mana y corre, y probablemente las canciones de la Noche oscura. Cántico espiritual: “¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, /habiéndome herido, / salí tras ti clamando, ¡y eras ido!”, “mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura / y, yéndolos mirando, con sola su figura / vestidos los dejó de su hermosura”, “la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora”. Romance sobre la Trinidad: “En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía, / en quien su felicidad / infinita poseía. / El mismo Verbo Dios era, / que el principio se decía. / Él moraba en el principio, / y principio no tenía”, “tres personas y un amado / entre todos tres había, y un amor en todas ellas / y un amante les hacía”. La fonte: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, / aunque es de noche!”, “Su claridad nunca es oscurecida, / y sé que toda luz de ella es venida, / aunque es de noche”. Estando en la cárcel y comenzando a cantar aquella canción: «Adónde te escondiste, Amado” le pareció a fray Juan que le había hablado Dios y le había dicho: “Aquí estoy contigo. Yo te libraré de todo mal”. Esto le consoló tanto que “le parecía estaba en la gloria”.

Escapa de la cárcel. El nuevo carcelero “en acabando de comer le abría la puerta de la cárcel para que saliese a tomar el aire de una sala”. Le trajo también “recaudo para remendarse” el hábito: tijeras, aguja, hilo. Fray Juan “tomó dos mantas que tenía viejas y las midió de esquina a esquina, y vino a faltarle para llegar al suelo (trozo de la muralla adjunta) cosa de dos estados, que con el del cuerpo y tendidos los brazos podía echarse sin peligro”, “comienza a aflojar los tornillos del candado”, de modo que haciendo desde dentro “alguna fuerza en la puerta, saliesen los tornillos con el candado”. Una noche (seguramente, sin huéspedes en la sala), “sale de la sala al corredor y va derecho a la ventana de arco que da al Tajo”. La ventana venía a dar en una parte “tan peligrosa que, a no caer derecho o resbalar, caía en un despeñadero” (ver foto 1). Se descolgó “asiéndose con las manos y con entrambas rodillas”, “pesaba tan poco que las mantas no sufrieron detrimento”.

Escapa por arriba, por el trozo de muralla (ver foto 2): “sigue por lo alto de la muralla… hasta dar en un corralillo sin salida”, “está en el corral de las monjas de que le ha hablado alguna vez el carcelero”, “comenzó a arrimarse a una esquina del corral y asiéndose por unos agujeros, o mechinales que tenía, ya, casi sin pensar cómo, se vio encima. Da unos pasos y llega a un derrumbadero de la muralla y por él se dejó caer y sin daño ninguno se encontró en la calle” (Rodríguez, 326-330; Crisógono, 9, 165-166). Se queda en un zaguán. Al amanecer, va al convento de las descalzas.  Y esa noche el canónigo Pedro González de Mendoza, amigo de las monjas, se lo lleva al Hospital de Santa Cruz.

Fray Juan, excomulgado. Los descalzos inician capítulo en Almodóvar el 9 de octubre de 1578. A la reunión acude también fray Juan, acompañado por los criados del canónigo que le ha acogido en el Hospital de Santa Cruz. Se toman las siguientes decisiones: nombramiento de un procurador que vaya a Roma a pedir la necesaria autonomía de los descalzos, misión que se encomienda a Nicolás Doria, a quien acompañará Pedro de los Ángeles; nombramiento de fray Juan para sustituir a éste como prior del convento del Calvario. Terminado el capítulo, casi todos los participantes, menos fray Juan, se trasladan a Madrid para exponer al nuncio lo realizado. La respuesta es feroz. El nuncio Sega prorrumpe en insultos contra Teresa de Jesús y los descalzos, “dándoles apellidos indignísimos de sus personas”, declara nulo cuanto en el capítulo se ha hecho, lo califica como atentado a su autoridad, pone a los descalzos bajo la total autoridad de los calzados, decreta la prisión de los principales descalzos que tiene a mano y dicta sentencia de excomunión contra todos los que han participado en el capítulo de Almodóvar. Queda, pues, excomulgado fray Juan.

Prior del Calvario. Fray Juan va desde Almodóvar a Beas, donde hay un convento de descalzas fundado tres años antes por Teresa de Jesús. La priora del convento es Ana de Jesús (1545-1621), que fundará los conventos de Granada y de Madrid. Novicia aún en Ávila, pasó por Mancera camino de Salamanca en el otoño de 1570. En Beas fray Juan está unos días. Después, sigue su viaje hasta el Calvario, conocido así por las estaciones del viacrucis que le rodean. Allí viven treinta frailes entregados a una vida penitente. Fray Juan no la suprime, pero suaviza un poco su rigor. Todos los sábados va a Beas. Va a pie. Ya desde Ávila, fray Juan tiene la costumbre de dejar escritas en retazos de papel frases, dichos de luz y de amor, con los que completa la dirección espiritual.

Penas y amores. Estando fray Juan en Beas. Ana de Jesús le dice a Lucía de San José que entone algunas coplillas. La copla escogida decía así en su primera estrofa: “Quien no sabe de penas / en este valle de dolores, / no sabe de cosas buenas, / ni ha gustado de amores, / pues penas es el traje de amadores”. Según Francisca de la Madre de Dios, “le comenzaron los ojos a destilar muchas lágrimas”, “con la una mano se asió de la reja y con la otra hizo señal a esta testigo y a las demás religiosas que callasen y cesase el canto; y luego se asió fuertemente con ambas manos de la dicha reja y se quedó elevado y asido por una hora”. Luego dijo que “se afligía de ver qué pocas penas le daba (el Señor) a él para que supiera de buenas” (Rodríguez, 349). Obviamente, lo de la hora parece exagerado.

Rector en Baeza. El 13 de junio de 1579 llega fray Juan a Baeza, centro cultural por su floreciente universidad. Le acompañan tres frailes. Allí fundan el primer colegio de descalzos en Andalucía. Al colegio acuden catedráticos y alumnos a consultar al rector. Fray Juan les expone la Escritura, les habla de teología, de los misterios de la fe. Todo ello no le impide atender a los más pequeños menesteres de la casa. Hay un grupo de piadosas mujeres que viven bajo la dirección del rector de los descalzos. Fray Juan sigue ejerciendo la dirección espiritual con las descalzas de Beas. La distancia es diez veces mayor. En vez de cada ocho días, va cada quince o cada mes. En cambio, se detiene más tiempo. Le acompaña siempre un fraile.

Denunciado a la Inquisición. A fray Juan le tocó vivir el clima de exaltación religiosa que se vivía en Baeza, llamada “matriz de alumbrados”. Los autores del siglo XVI “distinguen abiertamente dejamiento o alumbramiento y recogimiento”. Los alumbrados son considerados erasmistas, protestantes: “Erasmo propicia la fe, caridad, acogimiento de la palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, voluntad decidida de sobrepasar las realidades materiales exteriores como ritos, ceremonias, ayunos, bulas, para pasar a la contemplación de las espirituales e invisibles” (Melquiades Andrés, 1981). Fray Juan fue denunciado a la Inquisición como “sospechoso de la herejía de los alumbrados”. No encontrando pruebas, los inquisidores suspendieron su expediente (Rodríguez, 398-399).

Muere su madre. Catalina muere en Medina del Campo, en 1580, víctima de un “catarro universal”. En 1679 se trasladan sus restos, que estaban en la iglesia vieja, al claustro del convento de las descalzas. En 1900 se hizo el entarimado del claustro y los restos se colocaron en la pared, en un arco del mismo claustro; se trasladó también la lápida de piedra con esta inscripción: AQUÍ YACE LA VENERABLE SEÑORA CATALINA ÁLVAREZ, MADRE DE NUESTRO PADRE SAN JUAN DE LA CRUZ (Rodríguez, 415-416; Crisógono,11,212-213). En la iglesia vieja y en el claustro, la tumba estaba en el suelo. Al colocarla en la pared del claustro, la tumba quedó en posición horizontal y la inscripción en posición vertical. En la foto, con el giro adecuado, la inscripción aparece en posición horizontal.

La gran noticia. Verano de 1580. Llega la noticia de que Gregorio XIII ha despachado con fecha 22 de junio el breve tan deseado de la separación de los descalzos en una provincia aparte. Comenta Teresa de Jesús: “Me dio a mí uno de los grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida, que más había de veinticinco años que los trabajos y persecuciones y aflicciones que había pasado sería largo de contar, y sólo Nuestro Señor lo puede entender” (Fundaciones, 29). Teresa piensa en “nuestro santo rey don Felipe, por cuyo medio lo había Dios traído a tan buen fin”.

Desterrado y solo por acá. El 3 de mayo de 1581 comienza en Alcalá el capítulo de los descalzos para fundar la “provincia descalza independiente”. Dura semana y media. El capítulo ordena celebrar asamblea general o capítulo cada dos años. Jerónimo Gracián es nombrado provincial y fray Juan consejero provincial. Se hacen las Constituciones para frailes y monjas. Terminado el capítulo, fray Juan vuelve a Baeza. Desde allí, escribe a Catalina de Jesús el 6 de julio de 1581: “Aunque no sé dónde está, la quiero escribir estos renglones, confiando se los enviará nuestra madre (Teresa), si no anda con ella; y, si es así que no anda, consuélese conmigo, que más desterrado estoy yo y solo por acá; que, después que me tragó aquella ballena (cárcel) y me vomitó en este extraño puerto, nunca más merecí verla ni a los santos de por allá. Dios lo hizo bien; pues, en fin, es lima el desamparo, y para gran luz padecer tinieblas”.

Último encuentro. En octubre de 1581 se dan los primeros pasos para la fundación de descalzas en Granada, pero Ana de Jesús, que ha cesado como priora de Beas, tiene sus recelos. Fray Juan aconseja que se pongan manos a la obra. El 28 de noviembre está en Ávila. Teresa de Jesús no puede ir a Granada: tiene que ir a Burgos. Es el último encuentro de Teresa y fray Juan. Esa mañana se había celebrado en el convento de San José la profesión de Ana de los Ángeles y había predicado don Pedro Castro, que después sería obispo. Por la tarde, ella escribe a don Pedro: “Hágame saber si fue cansado y cómo está, y no por letra; porque con todo lo que me alegro de ver la de vuestra merced, no querría cansarle sino lo menos que pudiese, que no dejará de ser harto. Yo lo estoy esta tarde con un padre de la Orden (fray Juan), aunque me ha quitado enviar mensajero a la marquesa, que va por Escalona”. Sorprende. No parece que este último encuentro le contentara a Teresa. Al parecer, la cansaba.

Fundación de descalzas en Granada.  El día 29 fray Juan, otro fraile y dos monjas salen de Ávila camino de Andalucía. Un mes largo tienen que esperar en Beas. Desde aquí salen siete monjas con fray Juan y otro fraile. Mientras comentan cómo conseguir la licencia del arzobispo que se niega a concederla, oyen “un trueno terribilísimo”: “A la mañana supimos que un rayo, cayendo en casa del arzobispo, le quemó parte de su librería, y bajando a la caballería le mató algunas mulas, y a él le aterrorizó, de manera que cayó en la cama” (Francisco de Santa María). Fue el 18 de enero. El día 19, el vicario provincial les dice que ni el arzobispo concede licencia ni el dueño de la casa la quiere dejar. No hay otra posibilidad que aposentarse provisionalmente en casa de Ana de Peñalosa, que se la ofrece. Unas horas después, tras una comunicación de Ana de Jesús al arzobispo dándole cuenta de su llegada y una respuesta benévola de su parte, se celebra la primera misa. Fray Juan es prior del convento de Los Mártires de Granada.

Periodo fecundo. Fray Juan tiene una celda muy pobre, “la más humilde del convento, no habiendo más en ella que una cruz, una Biblia y un breviario y una pobre cama” (Baltasar de Jesús). Como ambientándolo todo, “tenía en su celda unas letras que decían: ¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Es el versillo 25 del salmo 73” (Agustín de San José). En cuanto a los escritos de fray Juan, el periodo de Granada es el más fecundo. Allí escribió Subida del Monte Carmelo, comenzada en el Calvario y continuada en Baeza (incompleta); allí escribió Noche oscura (incompleta); allí completó, a instancias de Ana de Jesús, el Cántico espiritual, cuyas últimas estrofas había compuesto en Baeza; finalmente, allí escribió en quince días, siendo vicario provincial (1585-1587), Llama de amor viva.

Monte Carmelo. El monte Carmelo está situado en Israel. En ese monte el profeta Elías desafió a los sacerdotes de Baal (1 R 18). Inspirados por el profeta, durante el siglo XII, un grupo de ermitaños fundó la Orden de los Carmelitas. El biógrafo Crisógono de Jesús (1904-1945) en su libro Vida y obras de San Juan de la Cruz comenta el dibujo del Monte Carmelo (ver foto) realizado por fray Juan. Fuertes trazos rectos indican tres caminos: en el centro, la senda de la perfección, que sube recta hasta la cumbre. En ella ha escrito fray Juan: “Senda del Monte Carmelo: espíritu de perfección: nada, nada, nada, nada, nada, nada, y en el monte, nada”. A la izquierda, leemos: “Camino de espíritu de imperfección: del cielo gloria, gozo, saber, consuelo, descanso”. Y al lado está este versillo, escrito verticalmente: “Cuando ya no lo quería, téngolo todo sin querer”. A la derecha, leemos: “Camino de espíritu de imperfección: del suelo poseer, gozo, saber, consuelo, descanso”. Y al lado este versillo: “Cuando menos lo quería, téngolo todo sin querer”. Arriba, repartidos por toda la cima, ha colocado los frutos del Espíritu Santo: “Paz, gozo, alegría, deleite, piedad, caridad, fortaleza, justicia, sabiduría”; y en la cúspide misma, orlada por el texto bíblico: Os introduje en la tierra del Carmelo para que comáis sus excelentes frutos (Jr 2,7), este versillo: “Sólo mora en este monte honra y gloria de Dios”. A cada uno de sus lados, estas sentencias: “No me da gloria nada, no me da pena nada”. Finalmente, rematándolo todo, esta sentencia: “Ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley: él para sí se es ley”. Y abajo, como sirviendo de base y fundamento a todo, ha escrito con letra clara y menuda estos versillos: “Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada”.

Comentario. Sorprende que se considere “camino de espíritu de imperfección” buscar “del cielo gloria, gozo, saber, consuelo, descanso”. Leemos en las lecturas del día: El Señor “da fuerza al cansado” (Is 40,29), se dice en el salmo 103: “te colma de gracia y de ternura”, y en el evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, “encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28). Recordamos lo que escribe Teresa en Vejamen (1577): “Caro costaría si no pudiésemos buscar a Dios sino cuando estuviésemos muertos al mundo. No lo estaba la Magdalena ni la Samaritana ni la Cananea, cuando le hallaron”, “Dios me libre de gente tan espiritual que todo lo quieren hacer contemplación perfecta, dé do diere”.

La prosa de fray Juan. Es “discutible y discutida”: “para Aranguren, de baja calidad. Para Azorín, excelente”, “los adictos a fray Juan saborean su prosa, la encuentran atractiva”, “pero sólo si llevan tiempo, mucho tiempo, frecuentando su lectura. A quienes lo encaran por primera vez, los asusta. Párrafos difíciles, complejos; a veces, incomprensibles”, “desde luego, Cántico resulta más accesible. Subida y Noche oscura los acometió con intención sistemática, casi profesoral. Cántico le fue naciendo según explicaba canciones, hoy una, mañana otra” (Javierre, 881). El poeta Claudio Rodríguez comenta la prosa de fray Juan: “Lo leo por curación, para mejorar el espíritu, también como meditación. Es un poeta que me ayuda a vivir, que me alimenta el alma, que me acompaña espiritualmente. Con Santa Teresa siento lo mismo”.

Creer lo que no vimos. Fray Juan asume un concepto de fe que formulan los teólogos y que a nosotros nos llega en los viejos catecismos: “Fe es creer lo que no vimos”; de este modo, la fe es una venda que tapa los ojos: “La fe dicen los teólogos que es un hábito del alma cierto y oscuro. Y la razón de ser hábito oscuro es porque hace creer verdades reveladas por el mismo Dios, las cuales son sobre toda luz natural y exceden todo humano entendimiento sin alguna proporción”, “de esta manera es la fe para con el alma, que nos dice cosas que nunca vimos” (Subida, 3,1-3;4,7). Sin embargo, es una de las señales del Evangelio: “Los ciegos ven” (Mt 11, 5). La fe abre los ojos, es ver aquello que parece increíble: “En vuestros días voy a realizar una obra que no creeréis, aunque os la cuenten” (Hch 13,40). Fray Juan habla también de la luz de la fe: el alma “cegándose en sus potencias, ha de ver la luz, según lo que el Salvador dice en el Evangelio de esta manera: He venido a este mundo para juicio, de manera que los que no ven vean, y los que ven se hagan ciegos (Jn 9,39).

Luz en medio de la noche. Leemos en las canciones de Noche oscura: “En una noche oscura, / con ansias, en amores inflamada, / oh, dichosa ventura!, salí sin ser notada, / estando ya mi casa sosegada; a oscuras y segura / por la secreta escala disfrazada, / oh dichosa ventura!, / a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. / En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía. / Aquesta me guiaba / más cierto que la luz del mediodía / adonde me esperaba / quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía”.

Unión de amor con Dios. Siguen las canciones: “¡Oh noche que guiaste!, / oh noche amable más que la alborada! / oh noche que juntaste / Amado con amada, /amada en el Amado transformada! / En mi pecho florido, / que entero para él solo se guardaba, / allí quedó dormido, / y yo le regalaba, / y el ventalle de cedros aire daba. / El aire de la almena cuando yo sus cabellos esparcía, / con su mano serena / en mi cuello hería, / y todos mis sentidos suspendía. / Quedéme y olvídeme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”. He aquí la primera de las cuatro canciones de Llama de amor viva: “¡Oh, llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro; / pues ya no eres esquiva, / acaba ya, si quieres; / y rompe la tela de este dulce encuentro”.

Locuciones de Dios. Como Teresa, fray Juan habla también de locuciones de Dios: «Y son de tanto momento y precio, que le son al alma vida y virtud y bien incomparable, porque le hace más bien una palabra de estas que cuanto el alma ha hecho en toda su vida. Acerca de éstas, no tiene el alma qué hacer (ni qué querer, ni qué no querer, ni qué desechar, ni qué temer)”, “dichoso el alma a quien Dios le hablare. Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 R 3,10). Es obvio, siempre es preciso discernir.: “Nos podemos engañar acerca de ellas” (Subida del monte Carmelo, 31 y 19). Es el hecho fundamental de que Dios habla de muchas maneras en la vida humana. Lo percibimos en las señales. Las señales son el lenguaje materno de Dios.

Prólogo del Cántico. Se declaran “algunos puntos y efectos de oración” a petición de Ana de Jesús (1584), “Sería ignorancia pensar que los dichos de amor en inteligencia mística (cuales son los de las presentes Canciones) con alguna manera de palabras se pueden explicar”, “se escriben aquí algunos puntos de teología escolástica acerca del trato interior del alma con su Dios”, “aunque a V. R. le falte el ejercicio de teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística, que se sabe por amor”.  Fray Juan hace una interpretación espiritual del Cantar de los Cantares, que canta el amor soñado por Dios para marido y mujer.

Prólogo de Llama de amor viva. Se declaran las canciones que tratan de la “unión y transformación del alma en Dios” a petición de Ana de Peñalosa (1584): “Alguna repugnancia he tenido, muy noble y devota señora, en declarar estas cuatro canciones que Vuestra Merced me ha pedido, por ser de cosas tan interiores y espirituales para las cuales comúnmente falta lenguaje (porque lo espiritual excede al sentido)”, “no hay que maravillar que haga Dios tan altas y extrañas mercedes a las almas que Él da en regalar”, “pues Él dijo que en el que le amase vendrían el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y harían morada en él” (Jn 14,23). Como sucede también con Teresa, llama la atención la interpretación trinitaria del pasaje que hace fray Juan al hablar de lo que el Hijo de Dios prometió: “que, si alguno le amase, vendría la Santísima Trinidad en él, y moraría de asiento en él” (Llama, 1,15).

La barrera dogmática. Comentando la canción: “¡Oh cauterio suave! / ¡Oh regalada llaga! / ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!”, dice fray Juan: “en esta canción da a entender el alma cómo las tres personas de la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son las que hacen en ella esta divina obra de unión; así la mano y el cauterio y el toque, en sustancia son una misma cosa”, “el cauterio es el Espíritu Santo, la mano es el Padre, y el toque el Hijo” (Llama, 2,1). La comparación resulta un tanto forzada. Asimismo, como hemos visto, fray Juan habla del “gran Dios nuestro humillado y crucificado” y escribe un romance sobre la Trinidad, al que (se comprende) no hace comentario. En realidad, lo que el Señor dice es esto: “El que me ama guardará mi palabra, y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y también: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (17,3). Volviendo a las fuentes, hay que superar la barrera dogmática de los siglos IV y V, hay que revisar la tradición a la luz de la Escritura.

A vida eterna sabe. Comentando la frase “rompe la tela de este dulce encuentro”, fray Juan recoge lo que dice san Pablo: Sabemos que, si esta nuestra casa terrestre se desata, tenemos habitación de Dios en los cielos (2 Co 5,1). Fray Juan recuerda lo que se dice en el Apocalipsis: “que se daría al que venciese un nombre escrito, que ninguno le sabe sino el que le recibe (Ap 2,17); y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que, aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque, por ser toque de Dios, a vida eterna sabe”. Comentando la frase “muerte en vida la has trocado”, escribe: “La muerte no es otra cosa que la privación de la vida”, “dos maneras hay de vida: una es beatífica, que consiste en ver a Dios, y ésta se ha de alcanzar por muerte corporal y natural”, “la otra es vida espiritual perfecta”, “en la cual no podrá vivir el alma perfectamente si no muere también perfectamente el hombre viejo, como el Apóstol lo amonesta, diciendo que desnuden el hombre viejo y se vistan el hombre nuevo, que según Dios es criado en justicia y santidad (Ef 4,22-24)”. Es la “vida nueva” (Llama, 1,29;2,2;2,32-33).

Místicos musulmanes. ¿Se dan coincidencias en la poesía de fray Juan con místicos musulmanes? En todas las religiones encontramos símbolos semejantes: la luz, el fuego, la oscuridad. Sin embargo, dice la profesora de Puerto Rico Luce López Baralt (2006), en el caso de fray Juan no es una coincidencia casual: “En la literatura mística musulmana, tras numerosos siglos de uso, se lexicaliza la equivalencia del vino entendido invariablemente como éxtasis místico”. Fray Juan advierte en su “adobado vino” una “merced muy mayor que Dios hace a las almas aprovechadas, que las embriaga del Espíritu Santo con un vino de amor suave” (Cántico, 16,7); en otros versos, “en la interior bodega de mi Amado bebí”, estamos de nuevo ante el éxtasis místico: “Es ya hecha la unión perfecta con Dios que llaman matrimonio espiritual”, “el alma se transforma en Dios” (17,4-5). En el Cantar de los Cantares se hace patente: “Mejores son que el vino tus amores” (Cc 1,2; 4,10), “te daría a beber vino aromado, el licor de mis granadas” (8,7).

El vino y la embriaguez. Según el filósofo musulmán murciano Ibn Arabí (1165-1240), la manifestación de Dios se da en cuatro niveles: gusto o sabor, bebida, extinción de la sed, embriaguez. Por su parte, escribe Rumi (1207-1273), poeta persa musulmán: “El ardor del vino encendió mi pecho e inundó mis venas”. Fray Juan parece seguirlo al pie de la letra: “Así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma” (Cántico, 17,5). Los místicos musulmanes destacan “las emisiones o emanaciones que recibe el místico de Dios y que alteran el alma”. Fray Juan dice: “Al toque de centella, / al adobado vino, / emisiones de bálsamo divino”; son “dos mercedes y visitas interiores que el Amado les hace, a las cuales llama aquí toque de centella y adobado vino”; de este divino toque dice la esposa en los Cantares: “Mi Amado puso su mano por la manera, y mi vientre se estremeció a su tocamiento” (Cc 5,4), “el tocamiento del Amado es el toque de amor que aquí decimos que hace al alma” (Cántico, 16,5-6). Fray Juan usa el “mosto de granadas” para el éxtasis místico: “Así como de muchos granos de las granadas un solo mosto sale, así de todas estas maravillas y grandezas de Dios conocidas sale y redunda una sola fruición y deleite de amor para el alma” (Cántico, 36,8). Precisamente la granada marca la cuarta etapa del camino místico musulmán y simboliza “la integración de la multiplicidad en la unidad”.

La noche oscura y la escala. Comenta la profesora Luce: “No es de extrañar que aún escuchemos entre los moriscos españoles del siglo XVI, culturalmente agonizantes, los últimos ecos de esta noche simbólica tan especial”. Veamos estos versos de un poema a Mahoma, cuya versión en aljamiado recogen Julián Ribera y Asín Palacios: “Quien quiera buena ventura / alcanzar grada de altura / proponga en la noche oscura / la escala de Mahommad”. Curiosamente, hasta los versos que riman con noche oscura parecen coincidir con los de fray Juan: “buena ventura”, “dichosa ventura”. Aunque se trate de un motivo bastante común, ¿hay ecos de la escala de Mahoma en la escala de fray Juan? Éste comenta: “Así como con la escala se sube y escalan los bienes y tesoros y cosas que hay en las fortalezas, así también, por esta secreta contemplación, sin saberse cómo, sube el alma a escalar, conocer y poseer los bienes y tesoros del cielo” (Noche, 18,1). Fray Juan explica “los diez grados de la escala mística de amor divino según san Bernardo y santo Tomás” (19,1). Aljamiado es la escritura con caracteres árabes de una lengua no árabe.

Levantes de la aurora. La profesora María Teresa Narváez (1977,2000) destaca los paralelos que existen entre Algacel (+1111), filósofo islámico de origen persa, y fray Juan. El filósofo llama “levantes” o “aurora” a los resplandores nacientes de la intuición divina, cuyo brillo, aunque exiguo, basta para apagar en el horizonte de la existencia las cosas que no son Dios al modo del Sol que con su todavía pálido resplandor apaga los de las estrellas. Dice fray Juan: “Así como los levantes de la mañana despiden la oscuridad de la noche y descubren la luz del día, así este espíritu sosegado y quieto en Dios es levantado de la tiniebla del conocimiento natural a la luz matinal del conocimiento sobrenatural de Dios no claro, sino (como dicho es) oscuro, como noche en par de los levantes de la aurora” (Cántico, 13-14,23).

Lámparas de fuego. Los místicos musulmanes reciben el nombre de “israquíes”, es decir, “iluminados”, “alumbrados”. El filósofo Algacel insiste en el resplandor de la “luz de la lámpara que arde en su corazón”. Ibn Arabí enseña que el corazón es la habitación de Dios y el sabio debe “alumbrarlo con las lámparas de las virtudes celestiales y divinas hasta que su luz penetre en todos los rincones”. Fray Juan escribe: “¡Oh lámparas de fuego, / en cuyos resplandores / las profundas cavernas del sentido, / que estaba oscuro y ciego, / con extraños primores / calor y luz dan junto a su querido”. Según fray Juan, el alma conoce bien la verdad de aquel dicho del Esposo: que “las lámparas del amor eran lámparas de fuego y de llamas” (Cc 8,6), el resplandor que le da esta lámpara del ser de Dios es “lámpara de omnipotencia”, “lámpara de sabiduría”, “lámpara de bondad”, “lámpara de justicia, y de fortaleza, y de misericordia”, “Dios está como el sol sobre las almas para comunicarse con ellas”, “ese oficio es sólo del Padre de las lumbres” (Sant 1,17); en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,3), “vino fuego del cielo, no quemando, sino resplandeciendo; no consumiendo, sino alumbrando” (Llama, 3,3-5 y 47; 2,3).

Alma y cuerpo, individuo y comunidad. Siguiendo la antigua tradición griega, fray Juan utiliza el dualismo alma-cuerpo. Además, parece privilegiar la relación del alma con Dios con menosprecio del cuerpo, que es considerado como una cárcel, y con olvido de la comunidad que es la nueva familia de los discípulos (Lc 8,21) y es el “cuerpo de Cristo” (1 Co 12,27): Cristo actúa a través de cada uno de sus miembros. Asimismo, parece olvidarse la relación de Dios con su pueblo, la esposa del Señor, de la que se dice en la Biblia: “Yo te desposaré conmigo para siempre” (Os 2, 21). Ciertamente, “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Ahora bien, en la última cena Jesús ora por sus discípulos: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17,15). La comunidad de discípulos está en medio del mundo, sin clausura conventual. En la vida conventual el individuo está sometido al superior: “el que obedece nunca se equivoca”. Sin embargo, en los Hechos de los apóstoles se dice: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Asimismo, del rey prometido se espera que “rija a su pueblo con justicia, a sus humildes con rectitud”, “defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre” (Sal 72). En el evangelio dice Jesús: “El Señor me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18).

Revolución copernicana. Fray Juan conoce el sistema heliocéntrico de Copérnico, defendido en las aulas salmantinas. En Llama de amor viva habla claramente del “movimiento de la tierra”: “Al modo que al movimiento de la tierra se mueven todas las cosas naturales que hay en ella como si no fuese nada, así es cuando se mueve (en el alma) este Príncipe (Cristo) que trae sobre sí su corte, y no la corte a él”. La tesis de Copérnico será condenada en el Índice de libros prohibidos. Los responsables de la edición de los escritos de fray Juan corrigieron esa frase “peligrosa”: “Al modo que si se moviese la tierra, se moverían todas las cosas que hay en ella” (Javierre, 914).

Clara reprensión. Teresa escribe desde Burgos a Ana de Jesús el 30 de mayo de 1582. Es una clara reprensión: “En gracia me cayó la baraúnda que tienen de quejarse de nuestro padre provincial y el descuido que han tenido en hacerle saber de sí desde la carta primera adonde le decían que habían fundado y conmigo han hecho lo mismo”, “vi por una carta de la priora de Sevilla en que le decían compraban la casa en doce mil ducados”, “allá se dan tan buena maña a no obedecer que no me ha dado poca pena esto postrero, por lo mal que ha de parecer en toda la orden y aun por la costumbre que puede quedar en tener libertad las prioras”. En relación a los señores que han cedido la casa, “ha sido gran indiscreción haber estado tantas”, “terrible descomedimiento estar tantas -en especial entiendo daban pesadumbre-“, “cierto me espanto de la paciencia que han tenido”, “para todo lo que toca a las descalzas tengo las veces de nuestro padre provincial”, “mando que lo más presto que pudieren tener acomodamiento de enviarlas se tornen a Beas las que de allá vinieron, salvo la madre priora Ana de Jesús”.

Principio de bandos. Sigue la reprensión: “Nunca me olvido de una carta que me enviaron de allí -cuando vuestra reverencia dejó el oficio- que no la escribiera una monja calzada. Es principio de bandos y de otras desventuras”, “yo verdaderamente que no sé quién son las que fueron, que bien secreto lo han tenido de mí y de nuestro padre, ni pensé vuestra reverencia llevara tantas de ahí; mas imagino que son las muy asidas a vuestra reverencia”, “me he afrentado que a cabo de rato miren ahora las descalzas en esas bajezas, y ya que miren lo pongan en plática y la madre María de Cristo (subpriora) haga tanto caso de ello: o con la pena se han tornado bobas o pone el demonio infernales principios en esta Orden. Y tras esto loa a vuestra reverencia de muy valerosa, como si eso le quitara el valor”. Esta carta “que la lea la madre subpriora y sus dos acompañantes y el padre fray Juan de la Cruz, que no tengo cabeza para escribir más”.    

Reunión en Almodóvar. El 1 de mayo de 1583 comienza en Almodóvar capítulo provincial. Asisten 26 capitulares. Elegidos los definidores o consejeros, se discute si conviene modificar el sistema de nombramiento de prior de cada convento, según el cual los frailes de cada casa eligen a su prior. Ahora se decide que la elección del prior la haga el capítulo. El capítulo confirma a todos los priores actuales. Por tanto, fray Juan sigue como prior de Granada. Gracián sigue como provincial. Doria, que ha dirigido contra Gracián una crítica feroz, parte para Italia para fundar en Génova.

Palacio del Gran Capitán. El 8 de noviembre de 1584 las descalzas de Granada pasan a ocupar el palacio de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Se lo compran a un nieto suyo. Les pide cinco mil ducados. Ana de Peñalosa aporta cuatrocientos. Sumando las dotes de monjas y algunas limosnas, Ana de Jesús consigue reunir cuatro mil cuatrocientos. Le parece “lo más a propósito y en el mejor puesto que hay en Granada”. Tras largas negociaciones, se hace la compra. Luego vendrán las reformas interiores. Mientras disponen de iglesia, utilizan un aposento conservado ahora como “el oratorio primitivo”: allí celebró fray Juan “con grande espíritu y reverencia, misa no larga ni breve, prudentísima y devota” (Javierre, 850-851). Contrasta el palacio de Granada con la casa pequeña de Duruelo.  

Vicario provincial. En la primavera de 1585 empieza fray Juan una época de gran actividad que dura hasta el verano de 1588. Se inicia con un viaje a Lisboa, donde participa en el capítulo convocado por Jerónimo Gracián. Asisten 30 capitulares. El 11 de mayo eligen cuatro definidores o consejeros: entre ellos, fray Juan. El prior de Lisboa le invita a visitar a la monja de las llagas, de un convento dominico. Le responde: “¿Para qué quiere ir a ver un embuste?”. Gracián propone como sucesor a Nicolás Doria, que es prior en Génova y obtiene 26 de los 30 votos. Doria convoca capítulo en Pastrana el 17 de octubre. Propone la división de la provincia en cinco distritos: Castilla la Vieja, Navarra, Castilla la Nueva, Andalucía y Portugal, al frente de los cuales se ponga un consejero que sea vicario provincial. Fray Juan deja de ser prior de Granada y es elegido vicario provincial de Andalucía. Doria levanta bandera de observancia “contra la blandura transigente del provincial anterior”.

Junta de consejeros. La convoca Doria en Madrid el 13 de agosto de 1586. Ni Gracián ni fray Juan llegan a tiempo. Se toman acuerdos importantes: se adopta el breviario romano en vez del jerosolimitano, la petición de un procurador general de España en Roma y la impresión de los libros de Teresa de Jesús. Sólo en el primer asunto hay disparidad de opiniones. Doria y fray Gregorio apoyan la adopción del breviario romano. Los demás prefieren seguir con el breviario jerosolimitano. Pero se impone el criterio del provincial, que argumenta la conveniencia del cambio para asegurar la independencia de la Reforma. El 4 de septiembre termina la junta.

Fundación de descalzas en Madrid.  En las puertas del verano de 1586, Doria reclama la presencia de Ana de Jesús: que elija monjas y venga a fundar convento en Madrid. Será el convento de San José, hoy parroquia. El 7 de septiembre llegan a Madrid las monjas que vienen de Granada. Fray Juan sale a su encuentro. Parte para Granada a presidir la elección de priora. De allí va a Málaga, luego a Caravaca, a Beas y Bujalance, donde recibe un aviso de Doria para que vaya inmediatamente a Madrid. Tienen que tratar asuntos importantes.  

Sesiones ásperas. A los pocos días fray Juan emprende viaje a Valladolid, al capítulo que se celebra el 18 de abril de 1587. Asisten 46 capitulares. Se hace balance de la provincia y se renueva el equipo de definidores. Las sesiones son ásperas. Gracián critica el sistema de Consulta que propone Doria: “Sería la destrucción de la Orden, se opone a la legislación eclesiástica y a las tradiciones monásticas”. Fray Juan cesa como definidor y vicario provincial de Andalucía. Se eligen nuevos priores en los conventos: fray Juan, prior de Granada. Es la tercera vez, pero allí está sólo un año. Doria remite a Gracián gravísimas insinuaciones: por el trato que tiene con las monjas “ha habido murmuración y nota en toda la provincia”. La defensa de Gracián queda sepultada en el secreto de la Consulta; sin embargo, “el pliego de cargos circula entre frailes y monjas” (Javierre, 972-974).

Callar y obrar. Desde Granada, el 22 de noviembre de 1587, escribe fray Juan a las monjas de Beas: “Lo que falta, si algo falta, no es el escribir o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar y obrar”, “no hay mejor remedio que padecer, hacer y callar”. Pone como destinatarias: “A Ana de Jesús y las demás hermanas carmelitas descalzas del convento de Beas” (Rodríguez, 580-581).

Prior en Segovia. El 18 de junio de 1588 se convoca en Madrid capítulo general para implantar el nuevo gobierno de la Consulta. Se lee el breve firmado el 10 de julio de 1587 por Sixto V en el que concede “independencia total a los descalzos”, “la provincia queda erigida en Congregación”. El capítulo elige como vicario general a Nicolás Doria con 32 votos de los 58 votantes. Se eligen seis consejeros. Fray Juan es nombrado consejero y prior en Segovia.  Desde ahora, el convento de Segovia es sede de la Consulta. Se hace imprescindible la ampliación de la casa. Fray Juan se hace cargo y, con la ayuda de Ana de Peñalosa, se hace la obra.

Un Breve a favor y otro en contra. El Breve firmado por Sixto V llega a Madrid en agosto: le acompaña un decreto pontificio que nombra ejecutores de la voluntad papal al arzobispo de Évora don Teutonio y a fray Luis de León, amigos de Gracián y de las descalzas. Ambos escriben a Doria para elegir “prelado” para las descalzas. Doria alega ante el rey que fray Luis “debe ser recusado”, pues “tiene íntima y muy familiar amistad de cuatro años a esta parte con Ana de Jesús”, “pocos días faltan que no esté en dicho monasterio cuatro y cinco horas con ella a solas, cerrado en la iglesia o locutorio, y teniendo la mula en la puerta”. El rey ordena que fray Luis abandone Madrid. Además, impide la ejecución del breve papal a favor de las descalzas y los agentes romanos de Doria consiguen un breve en contra. En 1586 el Consejo Real había encargado a fray Luis la edición de Los libros de la madre Teresa. En 1587 Ana de Jesús conoció al fraile agustino, a quien le entregó los escritos de Teresa para su publicación. Últimos días de 1589: la sede de la Consulta se traslada a Madrid.

Sin oficio. El 1 de junio de 1591 se reúne en Madrid el capítulo de los descalzos. Entre los consejeros está fray Juan. Al salir de Segovia, la priora de las descalzas le dice que todas esperan que en el capítulo le hagan prelado de las monjas. Fray Juan responde: “Estando en oración encomendando a Dios los sucesos de él, me pareció que me tomaban y me arrojaban a un rincón”. En el capítulo se establece que las descalzas “así en lo pequeño como en lo grande”, están sujetas a la Consulta; si Roma dice otra cosa, “la Orden alzará la mano”. Doria decreta “pena de excomunión” contra los frailes que defiendan a Gracián. Fray Juan lamenta la animosidad con que se lleva su proceso y, sobre todo, el intento de sacarlo a la plaza pública con el inevitable perjuicio para la Reforma. Fray Juan queda sin oficio. Doria le envía a Andalucía. Se queda en La Peñuela. Las Constituciones dejadas por Teresa de Jesús “cabían en 59 números”; las que Doria deja al morir suman 461. En tres años ha establecido 300 decretos. Fray Juan critica “estos agobios de una legislación minuciosa, que quita la paz” (Javierre, 1051).

Carta a Ana de Jesús. Se trata de Ana Jimena, monja de Segovia. Madrid, 6 de julio de 1591. Las cosas no han sucedido como ella deseaba: “Habiéndolo Su Majestad ordenado así, es lo que a todos más nos conviene”, “todavía temo si me han de hacer ir a Segovia y no dejarme tan libre del todo”, “mas, si no pudiera ser, tampoco se habrá librado la madre Ana de Jesús de mis manos, como ella piensa”, “doquiera y como quiera que sea, no la olvidaré ni quitaré de la cuenta que dice, porque de veras deseo su bien para siempre. Ahora, en tanto que Dios nos le da en el cielo, entreténgase ejercitando las virtudes de mortificación y paciencia, deseando hacerse en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y crucificado”.

Carta a Ana de Peñalosa. Escribe fray Juan desde La Peñuela, el 21 de septiembre de 1591: “Mañana me voy a Úbeda a curar de unas calenturillas”, “me dice que me guarde de andar con el padre fray Antonio (de Jesús), esté segura que de eso y de todo lo demás que pidiere cuidado me guardaré lo que pudiere”, “heme holgado mucho que el señor don Luis (su hermano) sea ya sacerdote del Señor”, “no me atrevo a pedirle que, algún día, cuando esté en el Sacrificio, se acuerde de mí; que yo, como el deudor, lo haré siempre; porque, aunque yo sea desacordado, por ser él tan conjunto a su hermana, a quien yo siempre tengo en mi memoria, no me podré dejar de acordar de él”.

Proceso difamatorio. El biógrafo Crisógono informa que algunos predicadores jóvenes -Diego Evangelista y Francisco Crisóstomo- destacan en el púlpito, pero “se pasan temporadas enteras fuera del convento”. Fray Juan les llama la atención y “quedan resentidos contra él”, “un resentimiento que les durará años, con esperanza de desquite, que lograrán años más tarde”: el primero, “iniciando un proceso difamatorio“; el segundo, “amargando cruelmente los últimos días del Reformador”. Fray Juan comenta: Los hijos de mi madre lucharon contra mí (Cc 1,6). Pasó por una “cañada oscura” (Sal 23). Pedro de la Purificación declara en 1601 que le hacían informaciones, “queriéndole probar había tenido ruines costumbres”. Según el primer biógrafo fray Alonso, el hecho de “que el padre vicario general supiese que el visitador hacía la tal información (…) le hace sospechoso al padre vicario general sobre haber habido de su parte alguna permisión” (Rodriguez, 828-836).

Sin forma y figura. Fray Juan comienza a sentir unas calenturas que nacen de la inflamación de la pierna derecha. Por ello, el 28 de septiembre va a Úbeda, pero el mal avanza de forma galopante. De poco sirven las dolorosas curas que se le hacen. Le dicen que su vida se va acabando. Fray Juan junta las manos ante el pecho y pronuncia estas palabras del salmo 122: Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor. La víspera de su muerte, el prior del convento comienza a leerle la recomendación del alma: “Dígame, padre, de los Cantares, que eso no es menester”, le dice fray Juan. Muere el 14 de diciembre de 1591: “Solo, sin forma y figura, / sin hallar arrimo y pie, / gustando allá un no sé qué / que se halla por ventura” (Glosa a lo divino). Muere con las palabras de Jesús en la cruz: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu (Sal 31). Fue canonizado por Benedicto XIII en 1726 y proclamado Doctor de la Iglesia por Pío XI en 1926.

Jesús López Sáez

Scroll al inicio