Publicado el 27 febrero, 2025 por Jesús López Sáez
Última actualización el 3 junio, 2025

MANUEL GARCÍA MORENTE. Experiencia de fe

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MANUEL GARCÍA MORENTE

Experiencia de fe

Manuel García Morente nace en Arjonilla (Jaén) en 1886. Su padre, Gumersindo, es médico y vive alejado de la fe. Su madre, Casiana, es profundamente creyente. Con solo nueve años pierde a su madre. En 1894, su padre le envía a estudiar el bachillerato en el Liceo de Bayona. En París inicia sus estudios de Filosofía que completa en Alemania. En 1911 hace el doctorado en Madrid y, unos meses más tarde, obtiene la cátedra de Ética en la Universidad. En 1930 es nombrado subsecretario de Instrucción Pública y en 1931 es decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Al estallar la guerra civil, se ve forzado a salir de España. En París recupera la fe al vivir un hecho extraordinario. Entonces decide hacerse sacerdote. En septiembre de 1940 entrega al director espiritual del seminario de Madrid José María García Lahiguera su Memorial donde narra los hechos vividos. Muere en Madrid el 7 de diciembre de 1942. Publica su relato el jesuita Mauricio Iriarte en su libro El profesor García Morente, sacerdote (1953). Juan Martín Velasco lo comenta en su libro La experiencia cristiana de Dios (1995). Un documental (RTVE, 1968) recoge su biografía. 

Asesinato del yerno. Ernesto, marido de su hija María Josefa, fue asesinado en Toledo el 28 de agosto de 1936: “Recibí la noticia de su muerte estando yo en la Universidad, en el acto de entregar el decanato -del que fui destituido por el Gobierno rojo- a mi sucesor, señor Besteiro”, “la impresión que la noticia me produjo fue tal, que caí desvanecido al suelo”, “cuando volví en mí, pedí al señor Besteiro que interpusiera toda su influencia para lograr el rápido y seguro traslado de mi hija y nietos de Toledo a Madrid”, “el señor Besteiro, muy noblemente, consiguió que un auto oficial, con escolta de dos guardias, fuera a recoger a mi hija y nietos”, “el 26 de septiembre, al mes escaso del asesinato de mi yerno, recibí por la mañana temprano el aviso confidencialísimo que urgía me ausentara de casa y, si era posible, de España, pues se había acordado por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras darme muerte”, “pude obtener un salvoconducto por medio de un ministro que era amigo mío, y con el pasaporte, aún válido, que me había servido para ir a Poitiers a primeros de julio, salí para Barcelona y Francia”.

Exilio en París. “Llegué a París el 2 de octubre. Tenía setenta y cinco francos en el bolsillo”, “con el alma transida de angustia y de dolor y, además, corroída por preocupaciones de índole moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas (María Josefa y Carmen) y ponerme egoístamente a salvo?”. Ezequiel Selgas, “un buenísimo amigo, español, que tenía -y tiene- un pisito en París, puso a mi disposición un cuarto con una cama y un armario. Una buenísima señora francesa, viuda de antiguo compañero mío de estudios de la Sorbona (madame Malavoy),…me brindó caritativamente la mesa de su hogar”, “recibía con regularidad carta de Madrid -por tercera persona interpuesta- que me tranquilizaba sobre el estado de salud y dinero de los míos, a quienes había dejado una cantidad no despreciable”, “a finales de enero de 1937, un golpe de suerte modificó un tanto mi situación. Recibí una carta de la Editorial Garnier rogándome que me pasara por sus oficinas”, “el señor Garnier me propuso la confección de un diccionario francés-español y español-francés”, “a finales de febrero, pude sentir la inmensa satisfacción de cobrar mil francos, fruto de mi trabajo”, “a mediados de marzo, otro golpe de teatro. Recibo un cablegrama de Buenos Aires, firmado por mi antiguo amigo el profesor Alberini, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, en el que me ofrece la cátedra de Filosofía en la Universidad de Tucumán (Argentina). Respuesta pagada. Medité cinco minutos y contesté aceptando, pero condicionando mi ida a la Argentina a la salida de mis hijas y nietos de España”.

Señales de su esposa. Así lo parecen. Su esposa, Carmen, murió joven, tenía 35 años: “Después me sucedió un acontecimiento por lo menos extraño. Iba yo con cierta frecuencia a la casa que habitaba en Auteil don José Ortega y Gasset. Para ir allá tenía que tomar el metro y descender en la estación de la avenue Mozart, desde donde, a pie, iba por la rue de l’Assomption hasta la casa de mi buen amigo”, “asaltóme el recuerdo de mi buenísima esposa en el preciso instante en que, levantando la vista, claváronse mis ojos sobre la placa Rue de l’Assomption. Agolpáronse entonces en mi mente una porción de recuerdos y de pensamientos. Esta calle -pensé- se llama de la Asunción porque, sin duda, en ella está o estuvo el convento de la Asunción, donde mi mujer se educó en Málaga. ¡Claro! ¡Como que la casa madre fue establecida en Auteil! Y en Auteil estoy. Luego por aquí debe estar o debió estar el primitivo convento de las monjas que educaron a mi buena esposa y a mis hijas. Vamos a ver. Y caminando despacio, me iba fijando en todos los edificios que veía. No tardé en descubrir el convento. Ahí está todavía”, “durante buen rato contemplé la fachada del convento, actualmente casa de retiro y reposo para señoras y madres enfermas. La calle que hace esquina al convento actual se llama Rue Meillert de Brou, que es el nombre de mundo de María Eugenia, fundadora de la Asunción. Muchísimas veces había yo pasado por allí en aquellos meses, y nunca había visto en realidad ni la calle ni el convento”.

Providencia. “Llegué pensativo y preocupado a casa de don José Ortega y Gasset. Y he aquí que ese día encontré en la sala de don José a un catedrático de Madrid, que estaba allí de visita, y a quien yo conocía mucho y trataba con intimidad y cariño. Este señor no era ni es rojo. Pero tenía el pobre la desgracia enorme de tener a sus hijos -varones todos y ya mayores- divididos en la cuestión española. Uno de ellos estaba sirviendo como teniente de Ingenieros (voluntario) en el ejército de Franco. El otro, en cambio, médico, era secretario particular del doctor Negrín. Durante la conversación salió a relucir la proposición que yo había recibido de una cátedra de la Argentina, la respuesta que le había dado y el vivísimo deseo y aun necesidad que sentía de sacar a mi familia para llevármela conmigo a América. Entonces aquel señor catedrático dijo que su hijo, el secretario particular de Negrín, llegaba al día siguiente en avión de Valencia, que él le hablaría de mi deseo, que me proporcionaría alguna entrevista con el muchacho y que quizá se pudiera hacer algo. Yo me quedé pasmado”, “alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida”, “por tercera vez la idea de Providencia se me clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia”, “orgullo intelectual”.  

Algunas dificultades. “Me entrevisté con el hijo del catedrático, que llegó a París, de Valencia, en avión al día siguiente. Le expuse mi deseo. Le dije que Negrín me conocía bien. Le rogué que procurase la salida de mis hijas y nietos”, “el hijo del catedrático me prometió hacer todo cuanto estuviera de su parte para satisfacer mis deseos. Quedé bien impresionado, lleno de optimismo y de esperanza. Escribí a mis hijas una carta bien meditada”, “el día 2 de abril recibí un telegrama de Valencia en que me anunciaban su llegada a la capital levantina”, “pasaron tres días”, “recibí una carta de Valencia”, “mis hijas me decían que las dificultades burocráticas entorpecían la cosa”, “hacia el 20 de abril recibí otra carta de Valencia que veladamente me daba a entender existían algunas dificultades para el proyectado viaje”, “el 27 de abril recibí un telegrama que decía: Imposible viaje. Dinos si regresamos a Madrid o vamos a Barcelona”, “contesté al telegrama aconsejando la marcha a Barcelona, en donde tenemos parientes muy próximos y queridos, en cuya compañía pensaba yo que mis hijas sobrellevarían mejor la situación tanto moral como materialmente”.

Hecho extraordinario. Fue en la noche del 29 al 30 de abril de 1937: “El 28 marchó mi amigo Selgas a Biarritz y quedé solo en el piso por unos días”, “cada vez que descubría o rememoraba algún argumento en contra del determinismo natural, alegrábase mi corazón, que evidentemente estaba con las objeciones”, “una objeción, sobre todo, me inundó de gozo: la idea de que esta vida mía, que yo no hago, sino que recibo, se compone de hechos plenos de sentido”, “al llegar la noche, había sufrido una pequeña crisis en mi dispositivo intelectual”, “la idea de una Providencia divina que hace nuestra vida y nos la da, y atribuye, estaba profundamente grabada en mi espíritu”, “experimenté un gran consuelo”, “se me ocurrió poner en marcha la radio”, “estaban radiando música francesa: final de una sinfonía, de César Franck; luego, al piano, la Pavane pour une infante défunte de Ravel; luego, en orquesta, un trozo de Berlioz intitulado L’enfance de Jésus“, “cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido y por mi mente comenzaron a desfilar, sin que yo pudiera oponerles resistencia, imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Vile en la imaginación caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a san José y a María. Seguí representándome otros períodos de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando con sus cabellos los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la cruz, las santas mujeres al pie de la cruz. Y así, poco a poco, fuese agrandando en mi alma la visión de Cristo hombre clavado en la cruz en una eminencia dominando un paisaje de inmensidad, una infinita llanura pululante de hombres, mujeres y niños sobre los cuales se extendían los brazos de Nuestro Señor crucificado. Y los brazos de Cristo crecían, crecían y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor. Y la cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito todo y tras ella también subían muchos, muchos hombres, mujeres y niños. Subían todos, ninguno se quedaba atrás, sólo yo clavado en el suelo veía desaparecer en lo alto a Cristo rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con él. Sólo se me veía a mí mismo en aquel paisaje ya desierto arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita que se alejaba de mí”, “no me cabe la menor duda que esta especie de visión no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz, pero tuvo un efecto fulminante en mi alma: Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo, esa es la Providencia viva, me dije a mí mismo. Ese es Dios que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho carne en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear”, “pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ese sí que lo entiendo y ese sí que me entiende. A ese sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ese sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro”.

Señales de su madre. Así lo parecen: “Permanecí de rodillas un gran rato ofreciéndome mentalmente a nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente. Recordé mi niñez, recordé a mi madre a quien perdí cuando yo contaba nueve años de edad, me representé claramente su cara, el regazo en el que recostaba estando de rodillas para rezar con ella. Lentamente, con paciencia fui recordando trozos del Padrenuestro, algunos se me ocurrieron en francés, pero al traducirlos restituí fielmente el texto español. Al cabo de una hora de esfuerzo logré restablecer íntegro el texto sagrado y lo escribí en un libro de notas. También pude restablecer el Avemaría. Pero de aquí no pude pasar. El Credo se me resistió por completo, así como la Salve y el Señor mío Jesucristo. Tuve que contentarme con el Padrenuestro que leía en mi papel, no atreviéndome a fiar en un recuerdo tan difícilmente restaurado y el Avemaría que repetí innumerables veces hasta que las dos oraciones se me quedaron ya perfectamente grabadas en la memoria. Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo”, “sea lo que fuere, el hecho es que me veía a mí mismo hecho otro hombre”, “me senté en un sillón delante de la ventana, por donde a través del cristal veía a todo París”, “la vida y los hechos de la vida que Dios providente hace y produce, Dios también nos los da y atribuye. Pero nosotros los aceptamos, los recibimos libremente, y por eso son nuestros tanto como suyos”, “¡querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Y postrado de rodillas, perdida la mirada en el lejano horizonte del caserío de París, recité con íntimo fervor una vez más el Padrenuestro”.

Presencia de Cristo. “En el relojito de pared sonaron las doce de la noche. La noche estaba serena y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Aquí hay un hueco en mis recuerdos tan minuciosos. Debí quedarme dormido. Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que me despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable que iba a suceder ya mismo, en ese mismo momento, sin tardar. Me puse de pie todo tembloroso y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él, yo no lo veía, no lo oía, no lo tocaba, pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada, no tenía la menor sensación, pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía. Percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras negro sobre blanco, que estoy trazando, pero no tenía ninguna sensación ni en la vista ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente con entera claridad y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensación. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé, pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar, ni tocar nada le percibía con absoluta e indiscutible evidencia. Si se me demuestra que no era Él o que yo deliraba podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo surgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque lo he percibido. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente”.

Algo parecido. “Hace poco tiempo leí un pasaje de Santa Teresa en donde se describe algo parecido. Está en el capítulo XXVII de la Vida, y dice así: ‘Estando un día del glorioso San Pedro en oración, vi cabe mí, o sentí, por mejor decir, que con los ojos del cuerpo ni del alma no vi nada, mas parecíame estaba junto cabe mí Cristo y veía ser Él el que me hablaba, a mi parecer’. La terminología de Santa Teresa carece de rigor psicológico; ello explica la aparente contradicción en su texto, cuando dice que no le veía y pocas líneas después que lo veía claro. Porque cuando dice que no le veía, quiere decir que no tenía sensación visual, y cuando dice que veía claro y sentía, quiere decir que lo percibía o intuía sin sensaciones. El hecho aquí descrito por la Santa es, pues, justamente el que yo viví: una percepción sin sensaciones”. “una percepción puramente espiritual” “durante un año y medio después de sucedido, deseaba a veces que algo más o menos parecido se repitiera en mí, y a veces, aunque pocas, se lo pedí a Dios”, “mi petición constante es que Nuestro Señor me conserve la fe, en la que desde entonces no he flaqueado un momento, ni aun cuando comencé el estudio -tan peligroso para mí- de la teología dogmática”, “al día siguiente del Hecho tomé ya la resolución de consagrarme a Dios y abrazar el estado sacerdotal”.

Circunstancias posteriores. “El día 3 de mayo recibí carta de mis hijas, que ya se habían trasladado a Barcelona”. Además, “en la primera quincena de mayo, había caído el Gobierno Largo Caballero, siendo sustituido por el Gabinete presidido por el doctor Negrín. En este nuevo Gobierno no figuraba Galarza, principal autor de la negativa a permitir la salida de mis hijas”, “escribí directamente a Negrín una carta, que permaneció sin respuesta”; sin embargo, “recibí un telegrama de Barcelona, anunciándome que mis hijas salían para Francia”, “el 9 de junio tuve la alegría inmensa de abrazar a mis hijas y nietos”, “en pocos días quedó arreglado el viaje a Buenos Aires”, “el 10 de julio llegamos a Buenos Aires. El 17, a Tucumán. Y empecé inmediatamente mis conferencias y clases”, “procuré -creo que con buen éxito- dar a mis cursos en la Universidad de Tucumán un carácter anodino en lo que toca a los problemas coincidentes con la Santa Religión. Guardé mi secreto tan cuidadosamente que ni mis hijas pudieron descubrirlo”.

Recelo en Tucumán.  Comenta María Josefa: “Parece que el Obispo, la Acción Católica y demás ramas derechistas de la ciudad veían venir a mi padre con el natural resquemor”, “luego, allí en Tucumán, la realidad de los hechos, las clases de mi padre, nuestra actuación religiosa, piadosa, el pertenecer nosotras a la Acción Católica Española y, en fin, el ambiente de nuestra familia, disipó en seguida y plenamente -por lo que al elemento seglar se refiere- toda animosidad y frialdad” (Iriarte, 39-40).

Regreso a España. “A los once meses de haber llegado a Tucumán, o sea, en mayo de 1938 me despedí de la Universidad”, “embarcamos en Buenos Aires el 3 de junio. Arribamos a Lisboa el 24. Llegamos a Vigo el 27 por la noche. Ya durante el viaje había comunicado a mis hijas mi nuevo ser de cristiano y aun de futuro sacerdote”. Lo recoge Juan Carlos Infante Gómez en su libro: El 27 de junio, dicen las hijas, “justamente ese día hacía quince años de la muerte de nuestra madre” (Infante, 463).

Comentario. En realidad, no es sólo un hecho extraordinario, sino varios, una historia. Se cumple lo que dice Pablo: “En vuestros días voy a realizar una obra que no creeréis, aunque os la cuenten” (Hch 13,41). Se cumple lo que dice Jesús: “Los muertos resucitan”, Dios “no es un Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos viven” (Lc 20,37-38). Es una señal del Evangelio: “los muertos resucitan” (Mt 11,5). La experiencia de fe hace de Manuel “otro hombre”, un “hombre nuevo” (Ef 4,24). Como se canta en el coro final de la sinfonía de Berlioz, hace lo que quedaba por hacer: “quebrar tu orgullo ante tal misterio”. Esa música le sumerge en un “estado de deliciosa paz”. Entonces puede querer libremente lo que Dios quiere: “Hágase tu voluntad”. Se cumple lo que dice el salmo: “Tu voluntad es mi delicia” (Sal 119).

Conversión sincera y auténtica. Cabe la pregunta. Su conversión ¿fue auténtica?, ¿fue sincera? La respuesta nos la da el principio formulado por el mismo Jesús en el Evangelio: Por sus frutos los conoceréis. Y aquí los frutos son evidentes: “Sin una sinceridad y autenticidad inequívocas de la conversión, ¿cómo explicar los hechos subsiguientes, la vida ejemplar, afirmada en los sacrificios, del Profesor en el restante curso de su vida hasta la muerte?” (Iriarte, 91).

La barrera dogmática. Manuel toma conciencia de la acción de Dios (Providencia), pero no parece distinguir entre Dios y Cristo. Como dice Pedro, “Dios le resucitó” (Hch 2,24). Como suele suceder, parece condicionado por una “teología dogmática”, cuyo estudio resultaba “tan peligroso” para él. Una vez más, hay que revisar la tradición dogmática a la luz de la Escritura, que -dice Jesús- “no puede fallar” (Jn 10,35). Asimismo, él toma conciencia de la presencia de Cristo, pero no parece percibir las señales de su esposa y de su madre.

Experiencia de fe. Es admirable la ayuda que en aquellas circunstancias se da entre adversarios políticos. Se cumple la palabra de Jesús: “Amad a vuestros enemigos” (Lc 6,27). Sobre las visiones dice Santa Teresa que “nunca con los ojos del cuerpo vio nada, como ya está dicho, sino con una delicadeza y cosa tan intelectual, que algunas veces pensaba a los principios si se le había antojado; otras, no lo podía pensar” (Cuentas de conciencia, 53, 15-21). Finalmente, con el relato detallado de su experiencia de fe, Manuel hace un gran servicio al Evangelio. Como dijo Pablo VI, en el fondo ¿hay otra forma de anunciar el Evangelio que no sea el comunicar a otro la propia experiencia de fe? (EN 46).

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