Publicado el 20 marzo, 2013 por Jesús López Sáez
Última actualización el 23 enero, 2025

58. EL VINO NUEVO. Odres nuevos

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58. EL VINO NUEVO
Odres nuevos
  1. La experiencia del Evangelio lo hace todo nuevo: nueva creación, nuevo nacimiento, nuevo pan, nuevo templo, nuevo sacerdocio. El vino también es nuevo. Tras la llamada de los primeros discípulos y tres días después del encuentro con Felipe y Natanael, Jesús asiste a una boda en Caná de Galilea (Jn 2). La boda se celebra según los usos y costumbres de la tradición judía. Es un asunto familiar y privado. No se celebra en la sinagoga. Sin embargo, como todo en Israel, tiene una dimensión religiosa que incluye oración y bendición (ver Gn 24 y Tb 7,9,10). Entre los invitados está la madre de Jesús y está también Jesús con sus discípulos. En aquella boda se sirve el vino nuevo del Evangelio. ¿Qué supone esto?
  2. El vino. El pasaje no se puede entender al pie de la letra. Su verdadero sentido está más hondo. Hay símbolos que hemos de interpretar, si no queremos tropezar con ellos. Y hay una señal del Evangelio que podemos vivir. Pues bien, en aquella boda faltaba algo importante: «Como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: No tienen vino». ¿Qué puede suponer? El vino es símbolo de fiesta (Is 25,6), de alegría (Sal 104,15), de amor. Dice la novia del Cantar de los Cantares: «Mejores son que el vino tus amores» (1,2), «te daría a beber vino aromado» (8,2). El vino es símbolo de la sabiduría de Dios: “El que me había creado estableció mi morada en Israel», “desde el principio antes de los siglos, me creó”, “como la vid he hecho germinar la gracia, y mis flores son frutos de gloria y riqueza» (Eclo 24,8-17; ver Jn 1,17). El vino es símbolo del Evangelio. Jesús ofrece el verdadero conocimiento de Dios, la experiencia de fe, «el don de Dios» (Jn 4,10).
  3. María percibe la necesidad: No tienen vino. «¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Jesús parece rechazar una petición que considera inoportuna. No ha llegado su hora (Jn 13,1), que él no quiere anticipar, no quiere ahora jugarse la vida. La novedad que anuncia Jesús tiene su riesgo. Sin embargo, su madre sigue adelante y dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». El problema se puede resolver, los sirvientes (servidores) han de colaborar con él.
  4. Las tinajas de la purificación. Aparecen en el centro del relato: «Estaban allí colocadas seis tinajas de piedra para la purificación de los judíos, de unos cien litros cada una». El número de seis simboliza la imperfección de la Ley, que no llega a unir al hombre con Dios. Las tinajas son, como la vieja tradición, prácticamente inamovibles, de piedra, como las tablas de la Ley (Ex 31,18), como los corazones insensibles (Ez 36,26). Su finalidad es la purificación de los judíos. Tienen una gran capacidad, pero están vacías. El aparatoso ritual, prescrito por la Ley, está vacío. Es todo un símbolo: “La necesidad continua de purificación procede de la conciencia de impureza, de indignidad, creada por la misma Ley. Esta obsesión con la indignidad del hombre ante Dios explica la posición central de este versículo en el episodio de la boda” (Mateos-Barreto, 151). Esta obsesión se encuentra, a veces, en la práctica de la confesión antes de la boda. El nuevo Ritual del Matrimonio (1990) recomienda a los novios que en la preparación reciban, si es necesario, el sacramento de la Penitencia (n.18).
  5. La verdadera purificación. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Al hacer llenar las tinajas, indica Jesús que él ofrece la verdadera purificación. Pero lo hace de otro modo, no con agua, que como la Ley se queda fuera, sino con vino que alegra el corazón. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Sorprendido por la calidad del vino e ignorando su origen, se dirige al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora». El maestresala reconoce que ahora el vino es bueno, pero no lo relaciona con la presencia de Jesús; piensa que procede de la bodega del novio y no entiende por qué no lo ha sacado antes.
  6. El maestresala. Es el encargado de la organización del banquete, pero no está al corriente de la falta de vino. El jefe del banquete representa a la clase dirigente, a “los judíos”: “Los jefes se despreocupan de la situación del pueblo. Es más, que Dios se encuentre alejado por la mediación de la Ley y no se experimente su amor les parece normal. Ellos dirigen el sistema religioso. Sólo el pueblo fiel percibe que la situación es insostenible” (Mateos-Barreto, 155).
  7. Los discípulos. Los discípulos perciben la señal, la primera que realiza Jesús: «Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos». Los discípulos perciben en aquella boda lo que aporta Jesús. La señal sigue siendo actual. Podemos celebrar una boda con el vino viejo de la tradición, que no es bueno y se acaba. Podemos vernos remitidos a las «tinajas de la purificación» que quizá están vacías. Finalmente, podemos ver la transformación del agua de la tradición en el vino del Evangelio.
  8. Denuncia frontal. Esta primera señal denuncia ya las viejas instituciones, que resultan incompatibles con el Evangelio. El vino nuevo del Evangelio tiene un efecto demoledor sobre ellas, revienta los odres viejos: «El vino nuevo debe echarse en odres nuevos» (Lc 5,38). Jesús cambia el agua de la tradición en el vino del Evangelio. En cierto modo, las viejas instituciones hacen lo contrario: cambian el vino del Evangelio en el agua de la tradición. En el fondo, un fraude, un escándalo.
  9. El viejo templo. No por casualidad, en el mismo capítulo está la purificación del templo, símbolo del viejo orden religioso. El viejo templo es denunciado: «No hagáis de la casa de mi padre una casa de mercado». Sus discípulos se acuerdan de que está escrito: «El celo de tu casa me devora» (Sal 69). Los judíos le dicen: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?». Es decir, ¿con qué autoridad haces esto? En realidad, el viejo templo no sólo es denunciado, el viejo templo es sustituido. El nuevo templo es el cuerpo de Jesús: «No quisiste sacrificios ni holocaustos, pero me has preparado un cuerpo…Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Sal 40). Jesús responde a los judíos: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Jesús habla del templo de su cuerpo. La denuncia del viejo templo tiene un precio. Destruirán el templo de su cuerpo, pero él lo levantará «en tres días»: «Cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús».
  10. Odres nuevos. El ayuno es un ejemplo más del viejo orden religioso. Cuando los fariseos y los escribas le acosan porque sus discípulos no ayunan, les dice Jesús: «¿Podéis hacer acaso ayunar a los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunarán» (Lc 5,34-35). Estamos invitados a un banquete de bodas y no lo entienden los aguafiestas. El Evangelio es un vestido nuevo, que no se puede utilizar para remendar el viejo. Es un vino nuevo que revienta los odres viejos: “A vino nuevo, odres nuevos”. Ahora bien, el vino nuevo del Evangelio no es del gusto de quienes beben el vino viejo de la Ley. Les parece mejor el viejo (5,36-39).
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