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1.APOCALIPSIS
Lo que veas escríbelo en un libro
El Apocalipsis es un libro difícil. Para entenderlo hay que tener en cuenta algunas claves. En primer lugar, la presencia actual de Jesús en la historia. Jesús de Nazaret es “el que vive”: “estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1,18). Es “el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”, “viene acompañado de nubes: todo ojo lo verá, hasta los que le traspasaron” (1,7).
Se cumple lo que dijo Jesús a Caifás: “Desde ahora veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo” (Mt 26, 59). El hijo del hombre, sacrificado por poderes bestiales, viene sobre las nubes del cielo a juzgar la historia. El reino de Dios está en sus manos. Su presencia actual es percibida por los creyentes: “El mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis” (Jn 14,19).
El Apocalipsis es el libro de los perseguidos: “andan errantes por desiertos y montes, por cavernas y antros de la tierra” (Hb 11,38). Es “el libro del testimonio cristiano” (González Ruiz). Su autor, Juan, no es guerrillero violento contra el imperio, es resistente, militante del reino (Jn 18,36), «profeta» (Ap 10,11; 22,6.9). En el siglo IV, con la “conversión” de los emperadores, la situación cambia radicalmente. Entonces el Apocalipsis pierde interés e, incluso, es recibido con sospecha y encuentra dificultades para entrar en el canon cristiano.
Apocalipsis significa “revelación”, “profecía” (Ap 1,3; 22,19), palabra de Dios sobre el sentido de la historia. Es un género literario que emplean los profetas, se desarrolla en los dos últimos siglos anteriores a Cristo y aparece también en el Nuevo Testamento. Lo encontramos en Isaías (Is 24-27), Ezequiel (Ez 40-48), Zacarías (Za 9-14), Daniel (Dn 7), en Mateo (Mt 24-25), Marcos (Mc 13), Lucas (Lc 21), Pedro (2 P 3,10-13), Pablo (1 Ts 4,15-1; 2 Ts 2,1-12; 1 Co 15,20-28; 2 Co 5,1-10).
Algunas dificultades
Las citas o alusiones bíblicas son muchas, más de 500, y remiten a los correspondientes pasajes dispersos en toda la Escritura. Los símbolos son constantes y hay que interpretarlos. El lenguaje usado en época de persecución es clandestino (el que lo lea, lo entienda). Los textos del Antiguo Testamento han de ser leídos en el espíritu del Evangelio. Un libro profético, como es el Apocalipsis, ha de ser entendido en contexto profético. Por tanto, hay que escuchar la palabra de Dios que juzga la historia. vivido hoy. Es preciso recuperar el fondo histórico del Apocalipsis, lo que vivió Juan. Sobre esta base, nos planteamos lo que el Apocalipsis significa hoy. Esto puede hacerse en una comunidad viva que escucha la palabra de Dios en los acontecimientos de la historia.
Hay que reconocer a Jesús como Señor de la historia. Frente a las diversas manipulaciones, es fundamental el enfoque adecuado. En el fondo, el Apocalipsis indica dónde estamos. No es por el imperio hacia Dios, sino al contrario, Dios juzga al imperio.
El Apocalipsis acumula símbolos y, además, pasa de unos a otros. Es preciso interpretarlos adecuadamente. Así, por ejemplo, Cristo es «el león de la tribu de Judá» (Ap 5,5), es decir, tiene «todo poder, riqueza, sabiduría, fuerza» (5,12). El cordero está «de pie, aunque parecía degollado; tenía siete cuernos y siete ojos» (5,6), es decir, Cristo está resucitado a pesar de la muerte y tiene la totalidad (siete) del poder y de la sabiduría. El cielo es la morada de Dios y la tierra, la morada del hombre. El cuerno simboliza el poder. La siega y la vendimia, el juicio de Dios. El monte Sión o Jerusalén es el lugar donde se realiza la salvación. Las convulsiones cósmicas simbolizan la conmoción de los cimientos. Las trompetas, la acción de Dios. Los animales (cordero, león, caballos, langostas, escorpiones, dragón, bestias) son en cada caso realidades a identificar. El número siete (o cualquiera de sus múltiplos) indica la totalidad. Sin embargo, la mitad de siete, tres y medio, las fracciones o un tercio indican una parte, algo limitado. Entre los colores, el blanco simboliza la divinidad, la resurrección; el negro, la muerte; el rojo, la dignidad imperial, también la sangre, etc.
Juan, hermano y compañero
El autor se presenta así: «Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la resistencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (1,9). Teniendo en cuenta la organización frecuente en las comunidades cristianas, que sigue el modelo sinagogal, no es de extrañar que tanto Pedro como Juan se presenten en sus cartas como “presbíteros”, “ancianos” (1 P 5,1; 2 Jn 1; 3 Jn 1).
Una tradición, representada ya por Justino y ampliamente difundida a fines del siglo II (Ireneo, Clemente de Alejandría, Tertuliano, el Canon de Muratori) reconoce al apóstol Juan como autor. Ireneo (hacia 140-202) identifica a Juan con el discípulo amado (Adv. Haereses, III,1,2), uno de los apóstoles (II,33,3); en su niñez, escuchó a Policarpo (69-155), obispo de Esmirna, y le oyó hablar de sus contactos con “Juan, el discípulo del Señor» (III,3,4; Eusebio, HE V,20,5-6).
Según Eusebio, en tiempo de Domiciano «el apóstol y evangelista Juan, que aún vivía, por haber dado testimonio de la palabra de Dios, fue desterrado a la isla de Patmos» (HE III, 18,1), «después que murió el tirano, Juan se trasladó de la isla de Patmos a Éfeso. De aquí solía partir, cuando lo llamaban, hacia las regiones vecinas», vivió «hasta los tiempos de Trajano» (98-117; HE III, 23,3-6).
Ahora bien, si Jesús murió en el año 30. ¿qué años tenía Juan tenía Juan a la muerte del emperador Domiciano en el año 96? Por otro lado, una «presunta tradición» sitúa la muerte del apóstol Juan antes de la persecución de Nerón (HE III, 23,1, nota).
El Apocalipsis se escribe en tiempo de persecución. Como veremos, todo encaja mejor en la persecución de Nerón, que estalla en el año 64, pero que se prepara antes con la ley de “lesa majestad” (año 62). Las «diversas pruebas» que sufren los destinatarios de la carta de Pedro son como «fuego» que prende en las provincias (1 P 1,1-7; 4,12): «Os calumnian como malhechores» (2,12).
El culto imperial
El conflicto entre los primeros cristianos y el Imperio surge por el rechazo del culto imperial. Pieza clave de la unidad del imperio, el culto imperial estaba ya firmemente establecido. Empieza a la muerte de Julio César (44 a.C.). En el lugar donde había sido quemado su cuerpo, se levantó un altar y luego un templo en su honor. En el año 42 a.C. el Senado le divinizó con el nombre de “Divus Iulius”. Esto se convirtió en costumbre. Desde entonces todos los emperadores son divinizados tras su muerte.
El culto imperial se desarrolla sobre todo a partir de Octavio (+ 14 d.C.), llamado Augusto, que significa “sagrado”, “majestuoso”, “venerable” y subraya la divinidad de la persona del emperador. Augusto llega a ser «sumo pontífice» y se hace llamar «hijo de dios» (divi filius). La apoteosis formal de Augusto sólo se realizó tras su muerte, ya que ello no hubiera gustado a la nobleza romana en vida del emperador.
El Imperio romano es el sucesor de las monarquías mundiales que buscan la justificación de su poder en símbolos religiosos. La divinización del monarca-emperador surge en Oriente. En el 29, las provincias de Asia y Bitinia obtienen el permiso para construir un templo a Augusto o, mejor, “a Roma y Augusto”.
Según Suetonio, Augusto no permitió que se dedicasen templos a su persona y se limitó a permitir que su nombre se asociase al de la diosa Roma (Aug. 52). En Oriente y en Grecia Augusto fue venerado como una divinidad: es “el salvador”, “el fundador”, “el liberador”, “el benefactor”. En la inscripción de Priene se usa la palabra “evangelia” (buena noticia) con el sentido religioso que después pasa al cristianismo. Algo parecido sucede en la inscripción de Halicarnaso. Las palabras “paz en la tierra, entre los hombres del beneplácito” (Lc 2,14) suenan como una fórmula religiosa de los tiempos de Augusto.
Domiciano (del 81 al 96) se hizo llamar «señor y dios nuestro». Puso en medio del foro romano su propia imagen ecuestre. Sentía pasión por las ceremonias espectaculares. Cada cuatro años se celebraban costosos «juegos capitolinos». Organizó procesiones grandiosas (con túnicas blancas y coronas de laurel) con ocasión de su entrada triunfal en las ciudades. Sus condenas a muerte iban precedidas por la fórmula: «Ha sido del agrado del señor, nuestro dios»…
Un emperador divino, o mejor, un emperador-dios no puede equivocarse, él es la última instancia del complejo sistema de poder que supone el Imperio. Los judíos eran “una etnia sin apenas pretensiones de proselitismo”. Se les permitía la práctica de su religión con tal de que rogaran por el emperador y pagaran el “impuesto de la libertad”, el “fiscus iudaicus”. Había de hecho un pacto de colaboración, de modo que los judíos no suponían un peligro para el Imperio. Ellos no sacrificaban al emperador, pero no hacían alarde de ello, ni denunciaban esa situación. Por ello, el judaísmo era una “religión licita”.
La situación cambia cuando a los ojos de la autoridad romana aparece la distinción del cristianismo con respecto al judaísmo. El cristianismo aparece como “una religión ecuménica”, no adscrita a ningún pueblo ni a ninguna etnia: “para colmo, tenía la pretensión de denunciar el abuso de autoridad, realizado por un hombre que, para justificar su libre arbitrio político, se hacía considerar como dios”.
Otros aspectos: «En el imperio romano, la desaparición prodigiosa del emperador era considerada como un requisito para su divinización y, al mismo tiempo, resultaba un buen instrumento de propaganda con finalidad política. Sólo se divinizaba a un emperador si el senado romano lograba encontrar testigos que declarasen haberlo visto subir al cielo. Así sucedió con Augusto, Claudio y Drusila; los testigos juraron haber visto con sus propios ojos cómo subían al cielo de entre las llamas de la gran pira crematoria».
«Desde luego que todas estas descripciones, ya desde los primeros tiempos del Imperio, no eran aceptadas sin más, sobre todo por la gente culta, como trigo limpio. Lo vemos claramente en las numerosas parodias a que dieron lugar. Pero aun sin creer en los detalles de toda esta escenografía, muchos elementos continuaban usándose por su alto valor simbólico. Se los consideraba como un lenguaje apropiado para expresar la convicción de la inmortalidad de una persona, su entrada en el ámbito divino y su permanente influjo en el curso de la historia» (J. Roloff, Hechos de los Apóstoles, Cristiandad, Madrid, 1984, 51-52).
El Apocalipsis es un mensaje de esperanza en medio de las dificultades que los creyentes encuentran ante el imperio romano y ante Nerón, simbolizado en «la bestia» (Ap 13,18). Es una invitación a mantener el testimonio cristiano ante el escándalo de la persecución. Para realizar su plan, Juan vuelve sobre los grandes temas proféticos, especialmente sobre el «día del Señor» (Am 5,18). Los creyentes, sometidos bajo el imperio de turno (egipcio, asirio, caldeo, griego) y dispersados por la persecución, esperan el día en que Dios vendrá a liberar a su pueblo.
El Apocalipsis es una «profecía», revelación de Jesús, el Cristo: «se la concedió Dios para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto; y envió a su ángel para dársela a conocer a su siervo Juan, el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesús» (1,1-2). Al final se dice también: «El Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado a su ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto» (22,6). Según Justino (hacia 100-168), Jesús «es llamado ángel, porque él anuncia a los hombres cualquier cosa que el Creador de todo, sobre quien no hay otro Dios, desea decirles a ellos» (Diálogo con Trifón, LVI).
Jesús es mesías (ungido de Dios, rey, cristo) bajo la figura del siervo (Is 42, 1-7). Se identifica como profeta (Lc 4,24). Su reino “no es de este mundo” (Jn 18, 36). No es, como esperan en Qumrán, un mesías que se impone por la fuerza: “Se acabará el dominio de los kittim (los opresores), siendo abatida la impiedad sin que quede un resto”, “en el día en que caigan los kittim habrá un combate” (4Q496 I, 6-9). Los esenios sitúan ese día en el año 70 a.C., “unos cuarenta años” después de la muerte del Maestro de Justicia (CD-B XX, 13-17; ver XIX, 33-XX, 1). Luego reconocen su error y, en virtud de una nueva interpretación, determinan que la victoria mesiánica llegaría en el año 70 d.C. Precisamente ese año, en plena guerra judía, lo que llega es el desastre nacional, lo que Jesús había anunciado. Del templo “no quedará piedra sobre piedra” (Mt 24,2 y 15-20). Jesús avisa a los discípulos: “Mirad que no os engañe nadie”, “vendrán muchos usurpando mi nombre” (24, 4), “si os dicen: Está en el desierto, no salgáis” (24, 26). La tentación de Jesús fue allí (4,1-2).
Al final del libro aparecen dos testimonios, como si fueran dos firmas: «Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo oí y vi, caí a los pies del ángel que me había mostrado todo esto para adorarle. Pero él me dijo: No, cuidado; yo soy un siervo como tú y tus hermanos los profetas… A Dios tienes que adorar» (22,8-9; Tb 12). Y también: «Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio de lo referente a las Iglesias. Yo soy el retoño y el descendiente de David» (22,16; Is 11,1).
Mensaje a las iglesias
Juan saluda a «las siete iglesias de Asia», es decir, a la totalidad de las iglesias, «de parte de Aquel que es, que era y que va a venir» (Dios, Ex 3,14), «de parte de los siete espíritus que están ante su trono» (plenitud del espíritu, dones, Is 11,2-4) y «de parte de Jesús, el Cristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra» (Sal 89), «al que nos ama y nos ha lavado… y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos». El Señor resucitado viene a juzgar. «Mirad, viene acompañado de nubes». Y, como firmándolo todo, se dice: «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios» (Ap 1,4-7; ver Dn 7,13; Za 12,10; Mt 26,64 y Jn 19,37).
En la isla de Patmos, un domingo, leyendo pasajes de Daniel y de Ezequiel, Juan tiene una visión, una revelación (1 Co 14,26): «Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mi una gran voz, como de trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias», «me volví a ver qué voz era la que me hablaba y, al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro, como el sol cuando brilla con toda su fuerza», «las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros las siete iglesias» (Ap 1,10-20; Dn 7,13 y 10,5-6; Ez 2,9 y 43,2).
El hijo del hombre, sacrificado por poderes bestiales, aparece en medio de las iglesias. Sus atributos están descritos por medio de símbolos: sacerdocio (túnica talar), realeza (ceñidor de oro), eternidad (cabellos blancos), sabiduría (ojos llameantes), estabilidad (pies de bronce), poder (mano derecha), juicio (palabra), majestad (sol). Es el Cristo de la transfiguración: «Caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mi diciendo: «No temas, soy yo, el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos…Escribe lo que has visto: lo que ya es y lo que va a suceder más tarde» (Ap 1,17-19).
El Apocalipsis va destinado a las iglesias para que sea leído en la reunión de la comunidad: «Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen las palabras de esta profecía» (1,3; 22,7). La comunidad, si está viva, ha de escuchar el «misterio de Dios» (10,7) y el misterio de la Bestia (17,5.7), ha de descubrir el sentido de la historia a la luz de la palabra de Dios.
* Diálogo: ¿El Apocalipsis es actual? ¿Qué dificultades encontramos?

