En el principio era la palabra
 

14. LA TRADICIÓN DE DANIEL

Sabiduría y revelación

  1. Con el enmudecimiento de la profecía, la experiencia religiosa en Israel se manifiesta de forma sapiencial en el género apocalíptico, que arraiga en la tradición de Daniel (siglos VI-II a.C.). Ezequiel cita a Daniel junto a Noé y a Job “por su proceder justo” (Ez 14, 14-20). Apocalipsis significa “revelación”: es un mensaje de esperanza en medio de las dificultades del tiempo presente, revela el destino del mundo como un combate entre Dios y los poderes del mal. En cualquier caso, la última palabra la tiene  Dios. En la foto, mapa de Babilonia.
  2. Algunos datos. Daniel, que significa “juicio de Dios”, es “uno de los deportados de Judea” (Dn 6, 14). Se forma en la corte. El rey ordena al jefe de los eunucos seleccionar algunos israelitas “de sangre real y de la nobleza, jóvenes, perfectamente sanos, de buen tipo, bien formados en la sabiduría, cultos e inteligentes y aptos para servir en el palacio real”, “cada día el rey les pasaba una ración de comida y de vino de la mesa real. Su educación duraría tres años, al cabo de los cuales entrarían al servicio del rey”. Entre ellos hay unos judíos: Daniel, Ananías, Misac y Azarías, a quienes se les cambia los nombres: Baltasar; Sidrac; Misac y Abdénego (1,3-7).
  3. Tradición de la sabiduría. El género apocalíptico está enraizado en la tradición de la sabiduría, donde figuran Daniel y Esdras junto a los antiguos Enoc, José y Salomón. El legendario Enoc es descendiente de Set y padre de Matusalén (Gn 5, 6-24). “Enoc aprendió todos los secretos” (4, 21), se dice en el Libro de los Jubileos, un texto apócrifo escrito probablemente en el siglo II a.C. por un fariseo. De la versión hebrea sólo se conservan los fragmentos encontrados entre los manuscritos del Mar Muerto; la versión mejor conservada es la etíope. Hacia el siglo XVIII a.C., le dijo el faraón a José: “No hay nadie tan sabio y prudente como tú” (Gn 41, 39). De una forma especial, es sabio el rey Salomón (siglo X a.C.): “Invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría”, “Él me concedió la verdadera ciencia de los seres, para conocer la estructura del cosmos y las propiedades de los elementos, el principio, el fin y el medio de los tiempos, la alternancia de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y el instinto de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las fuerzas de las raíces” (Sb 7, 7-20). La sabiduría de Salomón “superaba a la de todos los hijos de Oriente” (1 R 5, 10). Daniel (siglo VI a. C.) es “hombre dotado de espíritu profético” (Dn 3, 5). Esdras (480-440 a.C.) es un ”escriba de la ciencia del Altísimo” (Esd 7, 12).
  4. Revelación. A veces se considera a la apocalíptica como la continuación de la profecía: “la hija de la profecía”. Sin embargo, sus promotores hablan del letargo de la profecía: “Los profetas se han echado a dormir”. El lector moderno tiene la impresión de que los autores apocalípticos son un tanto extraños, percibe en ellos una disposición anímica tétrica y pesimista, pero ¿no se le escapa lo más importante? Con la irrupción del aspecto escatológico (ésjaton significa fin), la apocalíptica se esfuerza por alcanzar una sabiduría universal que alcanza hasta el trono de Dios, es decir, pretende desvelar los últimos secretos del mundo, busca una “interpretación”: “Dios no hace nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas” (Am 3, 7). Esa sabiduría es una “revelación” y una misión confiada por Dios. Esto va más allá de las pretensiones de la sabiduría humana y reclama la correspondiente acreditación: “el hombre, de un sentido muy profundo, se pregunta y se responde por el sentido de las cosas”1.
  5. No es una filosofía. La apocalíptica no es una filosofía, no es una “gnosis”. Como el misterio de Cristo, “trasciende todo conocimiento” (Ef 3, 19). “Gnosis”, que significa “conocimiento”, es un movimiento espiritual fruto de elementos diversos: iraníes, mesopotámicos y judíos. Con el nacimiento del cristianismo, penetra en su seno configurándose como una serie de sectas (valentinianos, docetas, etc.). Aunque difieren entre sí, cuentan con elementos comunes; por ejemplo, niegan que Jesús vino “en carne” (1 Jn 4, 3), desprecian la creación, no aceptan el canon completo de las Escrituras, rechazan la moral.
  6. El libro de Daniel. Se escribió parte en arameo, la lengua hablada, y parte en hebreo, la lengua sagrada. Ni el judaísmo ni el protestantismo reconocen como canónicas las partes añadidas después. El judaísmo sitúa la obra entre los “escritos”. El libro tiene introducción (cap. 1), primera parte (2-7), segunda (8-12) y tercera (13-14). En la primera parte los relatos están enmarcados en dos sueños, el de Nabucodonosor (cap. 2) y el de Daniel (cap. 7). Reflejan la forma de vida de la diáspora judía y los problemas que surgen. Dan un mensaje de esperanza en medio de las dificultades del tiempo presente. Un trozo escrito en griego fue añadido después (3, 24-90). En la segunda parte hay tres visiones: el carnero y el macho cabrío, las setenta semanas y el hombre vestido de lino. Escrita en hebreo, domina en ella la perspectiva histórica de la persecución de Antíoco. La primera visión (cap. 8) describe la lucha entre Darío y Alejandro; después, el poderío creciente de Antíoco y su derrota “sin intervención humana”. La segunda visión (cap. 9) se centra en el destino de Jerusalén fijado en la profecía de las setenta semanas. En la tercera visión (cap. 10-12) el hombre vestido de lino, tras luchas continuas entre tolomeos y seléucidas, anuncia la victoria final de “los inscritos en el libro”. Se anuncia la fe en la resurrección (12,2) y el valor del martirio (11,33.35; 12, 10). En la tercera parte encontramos relatos populares que se han transmitido en lengua griega: Susana y los dos viejos (cap. 13), los sacerdotes y la mentira oficial (14, 1-22), el dragón que revienta (14, 23-32).
  7. José y Daniel. El ascenso de un israelita en una corte extranjera aparece ya en los relatos de José (Gn 37-50). José llega como esclavo a Egipto, Daniel como cautivo de guerra. José supera la prueba de la seducción, Daniel supera la prueba de la dieta. José triunfa sobre la sabiduría local, también Daniel. José ocupa un cargo importante, también Daniel. José salva a sus hermanos, también Daniel. La dieta se había convertido en tiempos del redactor definitivo del libro (165 a.C.) en observancia religiosa, en señal de identidad, que provocaba la extrañeza por parte de la cultura griega. Muchos judíos hicieron de tal observancia una cuestión fundamental (2 Mac 6-7). Daniel y sus compañeros hacen de la dieta una señal de su fe. Sin embargo, el rey de Babilonia “sacó de la cárcel” al rey judío Jeconías y “lo hizo comer a su mesa por el resto de sus días” (2 R 25, 27-29). Al parecer, el rey judío no tuvo escrúpulos con la comida real de su liberador.
  8. La prueba de la dieta. Como se ha dicho, el jefe de los eunucos seleccionó algunos jóvenes judíos para entrar al servicio del rey: “Cada día el rey les pasaba una ración de comida y de vino de la mesa real” (Dn 1, 5). Daniel pidió al jefe que “les dispensase de aquella contaminación” (1,8). El jefe temía que el rey los viera más flacos que a sus compañeros, pero aceptó una prueba de diez días. Después de la prueba, “estaban más robustos que cualquiera de los jóvenes que comían de la mesa real” (1, 15). El jefe les retiró la ración de la mesa real. La dieta judía se demostraba mejor que la babilonia: “Daniel estuvo en palacio hasta el año primero del reinado de Ciro” (1, 21). Jesús dirá que lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón (Mc 7, 15).
  9. La prueba del saber. Los judíos se enfrentan a magos y adivinos, como hizo José, como hicieron Moisés y Aarón (Ex 6-11). En otro tiempo, la reina de Saba planteó cuestiones a Salomón y el rey las resolvió todas (1 R 10, 1-3). Superada la prueba del aspecto físico, se entabla ante el rey la prueba del saber. Dios les concedió a los cuatro jóvenes judíos “inteligencia, comprensión de cualquier escritura y sabiduría”, Además, Daniel sabía “interpretar visiones y sueños”. La visión es menos frecuente; se produce en estado de conciencia y, a veces, antes o después del sueño. En todas las cuestiones y problemas que el rey les propuso, “los encontró diez veces superiores al resto de los magos y adivinos de todo su reino” (Dn 1, 17-20),
  10. El sueño de la estatua. El año segundo de su reinado, Nabucodonosor tuvo un sueño y no podía dormir. Vio “una estatua enorme”, “tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies de hierro mezclado con barro”. Mientras estaba mirando, “una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua, y los hizo pedazos. Se hicieron pedazos a la vez el hierro y el barro, el bronce, la plata y el oro, triturados como tamo de una era en verano, el viento los arrebató y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que había deshecho la estatua creció hasta hacerse una montaña enorme que ocupaba toda la tierra” (Dn 2,31-35).
  11. Interpretación. La estatua muestra una serie de imperios, en poderío descendente. Cada imperio nuevo participa de una decadencia. Ésta concluye con un derrumbamiento instantáneo. Los imperios son cuatro: babilonio, medo, persa, macedonio, que se divide en dos (tolomeos y seléucidas). Los pies y los dedos de hierro mezclado con barro “representan un reino dividido”, “a la vez poderoso y débil”, “no se puede fundir el hierro con el barro”. La piedra que se desprende del monte “sin intervención humana” y lo pulveriza todo (el hierro, el bronce, la plata y el oro), significa “lo que Dios ha revelado al rey acerca del tiempo futuro”, la piedra se convierte en montaña, “un reino que nunca será destruido” (2, 41-45).
  12. La estatua de oro. El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro, treinta metros de alta, por tres de ancha. El heraldo proclamó: “El que no se postre en adoración será al punto arrojado dentro de un horno encendido”. Todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron ante la estatua de oro que Nabucodonosor había erigido. Entonces unos caldeos presentaron al rey la siguiente denuncia: “Hay unos judíos, Sidrac, Misac y Abdénego, -a quienes has encomendado el gobierno de la provincia de babilonia-, que no obedecen la orden real, ni veneran a tus dioses, ni adoran la estatua que has erigido”. El rey los llamó y los amenazó. Ellos contestaron: “El Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido y nos librará de tus manos. Y aunque no lo haga, conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido”. El rey mandó que los echasen en el horno. Sucedió que las llamas abrasaron a los que lo hicieron, mientras los tres caían atados en el horno (Dn 3, 1-23).
  13. En medio del horno. El texto es griego (3, 24-45): “Paseaban por las llamas alabando y dando gracias a Dios. Azarías se detuvo a orar”. Azarías ora en nombre de toda la comunidad: “Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres”, “lo que has hecho con nosotros está justificado”, “no tenemos ya ni príncipe, ni jefe, ni profeta”, “pero tenemos un corazón quebrantado y un espíritu humillado”, “trátanos según tu piedad y tu gran misericordia, líbranos, como tú lo haces”. El autor griego añade: “Un ángel del Señor bajó donde estaban Azarías y sus compañeros, echó las llamas fuera del horno, metió dentro un viento húmedo que silbaba, y el fuego no los atormentó, ni los hirió, ni siquiera los tocó”, “entonces los tres al unísono, cantaban himnos y bendecías a Dios” (3, 49-51).
  14. Comentario. La opresión de Egipto se compara con un horno de fundición de hierro: “A vosotros os tomó el Señor y os sacó del horno de hierro de Egipto” (Dt 4, 20), “son tu pueblo y tu heredad, los que sacaste de Egipto, del crisol de hierro” (1 R 8, 51), a vuestros antepasados “los saqué de Egipto, del horno de hierro” (Jr 11, 4). La destrucción de Jerusalén se presenta como un horno de fundición: “Como se funde la plata en el hormo, así seréis fundidos en la ciudad” (Ez 22, 22). El día del Señor se compara a un horno: “He aquí que llega el día ardiente como un horno” (Mal 3, 19). De modo semejante, puede compararse el destierro a un horno: “Los tres jóvenes en el horno pueden representar a la comunidad judía del destierro, fiel al Señor”, “frente a la línea macabea, que se apoya en la propia inocencia y proclama la rebelión armada, Azarías proclama la propia culpa y habla como testigo pacífico de su Dios”2.
  15. El sueño del árbol y la bestia. El rey Nabucodonosor tuvo un sueño que le asustó y se lo contó a Daniel, “hombre dotado de espíritu profético”: “Vi un árbol gigantesco en medio del orbe: el árbol se hacía corpulento, su copa tocaba el cielo”, “de sus frutos copiosos se alimentaban todos, bajo él se guarecían las fieras salvajes y en su ramaje anidaban las aves del cielo”, “vi bajar del cielo un guardián sagrado que gritó con fuerte voz: Derribad el árbol, tronchad su ramaje”, “que huyan de su sombra las fieras y las aves de su ramaje”, “dejad en tierra solo el tocón con las raíces. Encadenado con hierro y bronce pacerá la hierba; mojado de relente, compartirá con las fieras los pastos del suelo. Perderá el instinto de hombre y adquirirá instintos de fiera y pasará en ese estado siete años. Los han decretado los guardianes, lo han anunciado los santos”. Por un rato Daniel quedó perplejo, turbado por sus pensamientos. El rey le dijo: “No te asustes de mi sueño ni de su sentido”. Daniel replicó: “Vaya el sueño por tus enemigos y su interpretación por tus rivales” (Dn 4, 1-16).
  16. Interpretación. El árbol gigantesco “eres tú mismo, majestad”. Lo que dice el guardián sagrado “es el decreto del Altísimo pronunciado contra el rey”, “te apartarán de los hombres, vivirás con las fieras, pacerás hierba como los toros, te mojará el relente, y así pasarás siete años, hasta que reconozcas que el Altísimo es dueño de los reinos humanos y da el poder a quien quiere. Mandaron dejar el tocón con las raíces porque volverás a reinar cuando reconozcas que Dios es soberano. Por tanto, majestad, acepta mi consejo: expía tus pecados con limosnas, tus delitos socorriendo a los pobres, para que dure tu tranquilidad” (4, 17-24). En el momento en que suenan las cadenas se abandona la imagen del árbol y aparece la figura humana reducida a condición bestial. Se pierde el corazón humano y dominan los instintos bestiales.
  17. La cena de Baltasar. “El rey Baltasar ofreció un banquete a mil nobles del reino”, “mandó traer los vasos que su padre, Nabucodonosor, había cogido en el templo de Jerusalén”, “brindaron con ellos el rey y sus nobles, sus mujeres y concubinas”, “alababan a los dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y de madera. De repente aparecieron unos dedos de mano humana escribiendo sobre el muro de palacio, frente al candelabro, y el rey veía cómo escribían los dedos. Entonces su rostro palideció”. Dijo a los sabios de Babilonia: “El que lea y me interprete ese escrito se vestirá de púrpura”. Acudieron los sabios del reino, pero no pudieron leer lo escrito. La reina dijo al rey: “No te turbes ni palidezcas. En el reino hay un hombre a quien Dios ha concedido espíritu de profecía”. Trajeron a Daniel ante el rey (5, 1- 24).
  18. Interpretación. “Lo que está escrito es: Contado, Pesado, Dividido. La interpretación es ésta. Contado: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el límite. Pesado: Te ha pesado en la balanza y te falta peso. Dividido: Tu reino se ha dividido y se lo entregan a medos y persas”, “Baltasar, rey de los caldeos fue asesinado aquella misma noche, y Darío, el medo, le sucedió en el trono a la edad de sesenta y dos años” (5, 25-6,1). Al parecer se juega con palabras relacionadas con tres monedas. La primera es mina, de la raíz “mny”, que significa contar. La segunda es teqel (peso), de la raíz “tql”, que significa pesar. La tercera es peres (céntimos), de la raíz “prs”, que significa dividir. “Daniel ve en la pared los nombres o signos de las tres monedas, los lee y los traduce en términos políticos de teología de la historia”3.
  19. Comentario. Nabonido, casado con una hija de Nabucodonosor II, fue el último rey del imperio babilonio (556-539 a. C.). Su reinado finalizó con la caída de Babilonia ante el rey persa Ciro. El rey estaba ausente del reino en el oasis de Taima, en la actual Arabia, a 400 kilómetros de Medina. Su hijo Belsasar (Baltasar) había quedado como regente. Darío, el medo, fue rey en Babilonia tras la conquista de la ciudad por los persas. Se le sitúa entre el regente babilonio Belsasar y el persa Ciro, quizá como regente temporal.
  20. En el foso de los leones. Darío decidió nombrar sátrapas que gobernaran el reino y, sobre ellos, tres ministros. Uno de ellos era Daniel, que sobresalía entre todos. Colegas suyos buscaron algo de qué acusarle y acordaron que se promulgara un decreto real, según el cual, durante treinta días, todo el que hiciera oración a cualquier dios u hombre fuera del rey, sería arrojado al foso de los leones. El rey Darío firmó el decreto. Daniel “rezaba y daba gracias a Dios como solía hacerlo antes”. Sus adversarios dijeron al rey: “Daniel, uno de los deportados de Judea, no te obedece a ti, majestad, ni acata el edicto que has firmado, sino que hace su oración tres veces al día”. Al oírlo el rey, se puso a pensar cómo salvar a Daniel, pero aquellos hombres le urgían: “Todo decreto real es válido e irrevocable”. El rey mandó traer a Daniel y arrojarlo al foso de los leones, pero aquella noche no pudo dormir. Al rayar el día, fue corriendo al foso de los leones y encontró vivo a Daniel: “Mi Dios envió a su ángel a cerrar las fauces de los leones”. El rey se alegró mucho y mandó que lo sacaran del foso. Mandó traer a sus acusadores y ordenó que los arrojasen al foso. Daniel prospero “en el reino de Darío y en el de Ciro el persa” (6, 2-29).
  21. El sueño de Daniel. El año primero de Baltasar, rey de Babilonia, Daniel tuvo un sueño: “Al punto escribí lo que había soñado. Tuve una visión nocturna: los cuatro vientos agitaban el océano. Cuatro bestias gigantescas salían del mar, las cuatro distintas. La primera era como un león con alas de águila; mientras yo miraba, le arrancaron las alas, la alzaron del suelo, la pusieron en pie como un hombre y le dieron mente humana. La segunda era como un oso medio erguido, con tres costillas en la boca, entre los dientes. Le dijeron: ¡Arriba!, come carne en abundancia. Después vi otras bestias como un leopardo, con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas. Y le dieron el poder. Después tuve otra visión nocturna: una cuarta bestia, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las anteriores, porque tenía diez cuernos. Miré atentamente los cuernos y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias. Durante la visión vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó”, “su vestido era blanco como la nieve”, “su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas”, “miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes”. Comenzó la sesión y se abrieron los libros: “yo seguía mirando, atraído por las insolencias que profería aquel cuerno; hasta que mataron a la bestia, la descuartizaron y la echaron al fuego. A las otras les quitaron el poder, dejándolas vivas un tiempo”, “en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo una figura humana, que se acercó al anciano”, “le dieron poder real y dominio”, “su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Dn 7, 1-14).
  22. Interpretación. Uno de los servidores se lo explica a Daniel: “Esas cuatro bestias gigantescas representan cuatro reinos que surgirán en el mundo. Pero los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán por los siglos de los siglos” (7, 15-18). El león alado es Nabucodonosor, rey de Babilonia. Su humanización concuerda con las actitudes más benévolas del rey. Es una clara alusión al sueño del árbol y la bestia (cap. 4). El oso medio alzado, dispuesto a atacar en medio de su voracidad, es el imperio medo (Jr 51, 11). El leopardo con cuatro alas y cuatro cabezas es el imperio persa (5,6), atento a las cuatro direcciones y capaz de trasladarse rápidamente. La cuarta bestia es Alejandro y el imperio macedonio. La “figura humana” no desciende, sino asciende. En sentido colectivo se ha aplicado al pueblo escogido (judaísmo). En sentido individual se ha aplicado a Cristo (cristianismo). Jesús se identifica con el Hijo del hombre, sacrificado por poderes bestiales, que viene a juzgar la historia. Lo dice ante Caifás (Mc 14, 62). Los “santos”, miembros de las comunidades cristianas, “juzgarán al mundo” (1 Co 6, 2). No es un imperio más: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36), dice Jesús. Es la instauración de un modo de vivir según el reino de Dios, que garantiza el auténtico humanismo. Quienes se unen a Cristo “recobran su auténtica figura humana, que es semejanza de Dios”4.
  23. Añadido. Lo que sigue a la cuarta bestia, en la visión y en la interpretación, parece un añadido posterior, aplicado al caso de Antíoco Epífanes: “Yo quise saber lo que significaba la cuarta bestia, diversa de las demás”, “lo que significaban los diez cuernos de su cabeza y el otro cuerno que salía y eliminaba a los otros tres, que tenía ojos y una boca que profería insolencias”, “la cuarta bestia es un cuarto reino que habrá en la tierra, diverso de todos los demás; devorará toda la tierra, la trillará y triturará. Sus diez cuernos son diez reyes que habrá en aquel reino; después vendrá otro, diverso de los precedentes, que destronará a los tres reyes; blasfemará contra el Excelso, perseguirá a los santos del Altísimo e intentará cambiar el calendario y la ley. Dejarán en su poder a los santos durante un año y otro año y medio. Pero cuando se siente el tribunal para juzgar, le quitará el poder y será destruido y aniquilado totalmente. El poder real y el dominio sobre todos los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo” (7, 19-28). Es un retrato robot de Antíoco.
  24. El carnero y el macho cabrío. El año tercero del rey Baltasar Daniel tuvo una visión: “Contemplaba en una visión que me encontraba en Susa, capital de la provincia de Elam”, “junto al río Ulay”, “alcé la vista y vi junto al río, en pie, un carnero de altos cuernos, uno más alto y detrás del otro. Vi que el carnero embestía a poniente, a norte y a sur, y no había bestia que le resistiera”, “apareció un macho cabrío, que venía de poniente, atravesando toda la tierra sin tocar el suelo; tenía un cuerno entre los ojos. Se acercó al carnero de los dos cuernos”, “lo derribó en tierra y lo pateó, sin que nadie librase al carnero de su poder”, “pero al crecer su poderío, se le rompió el cuerno grande y le salieron en su lugar otros cuatro orientados hacia los cuatro puntos cardenales. De uno de ellos salió otro cuerno pequeño que creció mucho, apuntando hacia el sur, hacia el este, hacia La Perla. Creció hasta alcanzar el ejército del cielo, derribó al suelo algunas estrellas de ese ejército y las pisoteó. Creció hasta alcanzar al general del ejército, le arrebató el sacrificio cotidiano y socavó los cimientos del templo. Le entregaron el ejército y el sacrificio expiatorio; la lealtad cayó por los suelos, mientras él actuaba con gran éxito. Entonces oí a dos santos que hablaban entre sí. Uno preguntaba: ¿Cuánto tiempo abarca la visión de los sacrificios cotidiano y expiatorio, de la desolación del santuario y del ejército pisoteado? El otro contestaba: Dos mil trescientas tardes y mañanas; después el santuario será reivindicado” (8, 1-14).
  25. Interpretación. Entonces una figura humana gritó: “Gabriel, explícale a éste la visión”. El carnero de dos cuernos “representa los reyes de Media y Persia. El macho cabrío es el rey de Grecia; el cuerno grande entre sus ojos es el jefe de la dinastía. Los cuatro cuernos son “cuatro reyes de su estirpe, pero no de su fuerza”, “en el colmo de sus crímenes se alzará un rey osado, experto en enigmas, de fuerza indomable”, “destruirá a poderosos, a un pueblo de santos”, “se atreverá con el Príncipe de príncipes, pero sin intervención humana fracasará” (8, 15-25).
  26. Comentario. El vidente se ve trasladado a Susa, capital del futuro imperio persa: “El imperio medo-persa es doble, con preponderancia del grupo persa. En la perspectiva del autor, los persas ocupan la región oriental, por eso su expansión se realiza en tres direcciones solamente. No vence a una sola bestia, los babilonios, sino a una serie de reinos que intentaban resistir”. Alejandro, rey de Grecia, “salió de Macedonia, derrotó y suplantó a Darío, rey de Persia y Media, entabló numerosos combates, ocupó fortalezas, asesinó a reyes, llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones”, “a los doce años de reinado, Alejandro murió, y sus generales se hicieron cargo del gobierno, cada cual en su territorio”. Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, “había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete de la era seléucida” (1 Mac 1, 1-10). Su audacia le lleva a pisotear La Perla, Jerusalén y Judá, “la perla de las naciones” (Jr 3, 19). Atenta contra el “Príncipe de príncipes”, es decir, contra Dios: “Los príncipes conspiran contra el Señor” (Sal 2). Antíoco murió de “una enfermedad incurable”: “se apoderó de sus entrañas un dolor insufrible, con agudas punzadas internas” (2 Mac 9, 5). “Según la ficción, estamos en tiempos de Daniel, un par de siglos antes de Antíoco”5. Un autor anónimo se encargó de hacer los añadidos correspondientes.
  27. Helenismo. En nuestra civilización es el primer totalitarismo. Los sucesores de Alejandro Magno quieren unificar a todos los pueblos del Próximo Oriente con la imposición de un culto único, “una divinidad sincretista, mezcla de Baal sirio y Zeus griego, de la que, naturalmente, el rey era el representante inmediato”. Promotor decidido de esta idea es Antioco IV, por sobre nombre Epífanes, que reina desde el 175 al 164 a. C. Hombre culto, pero “loco furioso” (Epímanes le llaman), era un ambicioso que ha usurpado el reino seléucida. Partiendo de su capital, Antioquía, se propone dominar a Egipto. Para ello tiene que apoderarse primero de Palestina. El proyecto parece fácil, ya que cuenta con la complicidad de ciertos sacerdotes judíos seducidos por la nueva cultura: “De hecho, encontró resistencia. Su respuesta fue la persecución”. Al principio, los “Hasidim”, hombres piadosos que se organizan en hermandades, se unen a la resistencia de los Macabeos. Pero pronto el movimiento se divide. Los Macabeos buscan la liberación religiosa y política por medio de las armas. Los Hasidim renuncian a la lucha armada y oponen una resistencia pacífica. En nuestro tiempo muchos países se han encontrado o se encuentran bajo el dominio de regímenes totalitarios. ¿Qué hacer en tales situaciones? ¿Oponer una resistencia violenta? ¿Oponer una resistencia pacífica que desgaste poco a poco al adversario?6.
  28. Setenta años. Jeremías había dicho: “Toda esta tierra quedará desolada, y las naciones vecinas estarán sometidas al rey de Babilonia durante setenta años” (Jr 25, 12), “cuando se cumplan setenta años, me ocuparé de vosotros y os cumpliré mis promesas trayéndoos de nuevo a este lugar” (Jr 29, 10). Esto lo mantuvo frente a profetas como Ananías, que anunciaba la liberación para “antes de dos años” (28, 11).Con relación al edicto de Ciro, el número de setenta resulta simbólico o aproximado: “las fechas son: primera deportación, 397; segunda, 586; edicto de Ciro, 538. Podríamos acercarnos tomando la destrucción del templo, 586, y la nueva dedicación, 515”. El autor anónimo “considera pendiente el cumplimiento del plazo aun en tiempo de Darío y transforma la duración reemplazando años con septenios”7, es decir, en setenta semanas de años.
  29. Setenta semanas de años. El año primero de Darío, medo de linaje y rey de los caldeos “yo, Daniel, leía atentamente en el libro de las profecías de Jeremías el número de años que Jerusalén había de quedar en ruinas: eran setenta años. Después me dirigí al Señor Dios implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, sayal y ceniza”, “escucha, Señor; perdona, Señor”, “actúa sin tardanza, ¡Dios mío, por tu honor! Por tu ciudad y tu pueblo, que llevan tu nombre”, “aún estaba pronunciando mi súplica, cuando aquel Gabriel que había visto en la visión llegó volando hacia mí, a la hora de la ofrenda vespertina”, “al llegar me habló así”, “setenta semanas están decretadas para tu pueblo y tu ciudad santa”, “para traer una justicia perenne, para sellar la visión y al profeta y ungir el lugar santísimo”, “desde que se decretó la vuelta y la reconstrucción de Jerusalén hasta un Príncipe ungido pasarán siete semanas; durante sesenta y dos semanas estará reconstruida con calles y fosos, en tiempos difíciles. Pasadas las sesenta y dos semanas matarán al ungido inocente; vendrá un príncipe con su tropa y arrasará la ciudad y el templo, “firmará una alianza con muchos durante una semana, durante media semana hará cesar ofrendas y sacrificios y pondrá sobre el ala el ídolo abominable hasta que el fin decretado le llegue al destructor” (9, 1-27).
  30. Comentario. En la perspectiva del autor anónimo que se presenta como Daniel, “la vuelta de Zorobabel y de Esdras no son la liberación esperada, pues continúa el tiempo de los imperios opresores; por tanto, el oráculo de Jeremías tiene que ser interpretado”. No setenta años, sino setenta semanas de años, 490 años. El autor divide esa cifra en tres etapas: “hasta la vuelta de Babilonia, siete semanas de años; dominio persa y griego, sesenta y dos semanas de años; dominio de Antíoco, una semana de años dividida en dos mitades. Pero las cuentas no salen. Les sucedía a los historiadores antiguos, incluso bien informados, como Flavio Josefo. En el libro de Enoc se calculan desde la destrucción del templo hasta la era macabea setenta semanas de años repartidas así: destierro, 12; era persa, 23; era tolomea, 23; era seléucida, 12. Como con la muerte de Antioco no vino la era del dominio judío en el mundo, por más que quisieran creerlo algunos círculos macabeos, la profecía se prestaba a una lectura simbólica: “Jesús se niega a entrar en cronologías exactas; siempre hay que estar alertas y preparados”. Sellar visión y profecía es una expresión extraña. Ezequiel menciona el sello como la consumación de la profecía. La palabra de Dios es “una palabra que se cumple” (Ez 12, 28). El ungido inocente es el sumo sacerdote Onías, asesinado por denunciar el robo de algunos objetos de oro del templo (2 Mac 4, 30- 34). El ídolo abominable es “la abominación de la desolación” (1 Mac 1, 54-59), la profanación del templo con su dedicación a Zeus Olímpico (2 Mac 6, 2). Jesús anuncia la “abominación de la desolación” que viene (Mt 24, 15)8.
  31. El hombre vestido de lino. “El año tercero de Ciro, rey de Persia”, “yo, Daniel, estaba cumpliendo un luto de tres semanas”, “junto al río grande”, “alcé la vista y vi aparecer un hombre vestido de lino con un cinturón de oro; su cuerpo era como crisólito, su rostro como un relámpago, sus ojos como antorchas, sus brazos y piernas como destellos de bronce bruñido, sus palabras resonaban como una multitud. Yo solo veía la visión; la gente que estaba conmigo, aunque no veía la visión, quedó sobrecogida de terror y corrió a esconderse. Así quedé solo; al ver aquella magnífica visión me sentí desfallecer”, “una mano me tocó”, “me dijo: No temas, Daniel. Desde el día aquel en que intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de Dios, fueron escuchadas tus palabras y yo he venido a causa de ellas. El príncipe del reino de Persia me opuso resistencia durante veintiún días; Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi auxilio; por eso me detuve allí junto a los reyes de Persia. Pero ahora he vendo a explicarte lo que ha de suceder a tu pueblo en los últimos días. Porque la visión va para largo”, “mientras me hablaba así, caí de bruces y enmudecí”, “de nuevo una figura humana me tocó y me fortaleció”, “ahora tengo que volver a luchar con el príncipe de Persia; cuando termine, vendrá el príncipe de Grecia”, “nadie me ayuda en mis luchas si no es vuestro príncipe Miguel” (Dn 10, 1-21).
  32. Comentario. La figura de Miguel significa: ¿Quién como Dios? En medio de las dificultades del tiempo presente siempre hay alguien que levanta la voz en nombre de Dios. Durante cuarenta años, la figura de Miguel “alterca con el diablo, disputándose el cuerpo” (Jds 9) de Juan Pablo I, que murió precisamente el día de San Miguel. El río grande es el Tigris. El “luto de tres semanas” coincide con los veintiún días de resistencia que opuso el príncipe de Persia a Miguel. Respecto al hombre vestido de lino, en la comunidad de Qumrán visten atuendos sacerdotales: son hombres elegantemente vestidos (Mt 11, 8), el Mesías “será denominado Hijo de Dios, y le llamarán Hijo del Altísimo” (4Q246), vencerá a los opresores (Kittim): “en el día en que caigan los Kittim habrá un combate” (4Q496 I, 9). La traducción de la frase: “desde el día aquel en que te dedicaste a estudiar (la Ley)”, parece favorecer la dedicación de los miembros de Qumrán. Sin embargo, en el Evangelio, Jesús viene bajo la figura mesiánica del siervo: el hijo del hombre “matado  y resucitado” (Mc 8, 31), que “viene sobre las nubes de cielo“ a juzgar la historia (Mc 13, 26).
  33. La abominación de la desolación. “Yo, por mi parte, durante el año primero de Darío, el medo, le ayudé y le reforcé a él”, “Persia todavía tendrá tres reyes. El cuarto los superará en riquezas; pero cuando por las riquezas crezca su poderío, provocará a todo el reino griego. Surgirá un rey batallador, que tendrá grandes dominios y un poder absoluto. Cuando se afirme su reino será dividido hacia los cuatro puntos cardinales. No lo heredarán sus descendientes ni será tan poderoso; su reino pasará a manos ajenas”, “entonces de sus raíces se alzará un retoño que le sucederá, saldrá a luchar, penetrará en la fortaleza del rey de norte y los tratará como vencedor”, “vendrá el rey del norte, hará un talud y conquistará la ciudad fortificada. Las tropas del sur no resistirán”, “se establecerá en la Perla de la Tierra”, “pero un jefe pondrá fin a su insolencia”, “le sucederá un plebeyo sin títulos reales. Se abrirá paso suavemente, y con intrigas se hará dueño del reino”, “algunos destacamentos suyos se presentarán a profanar el santuario y la ciudadela, abolirán el sacrificio cotidiano e instalarán un ídolo abominable. Pervertirá con halagos a los que quebrantan la alianza, pero los que reconocen a su Dios se decidirán a actuar. Los maestros del pueblo instruirán a los demás, aunque por un tiempo tengan que arrostrar la espada, el fuego, la cautividad y la confiscación de bienes”, “el rey actuará a su arbitrio, se engreirá desafiando a todos los dioses y hablará con arrogancia contra el Dios de los dioses”, “al final, el rey del sur embestirá contra él; el rey del norte se lanzará en torbellino con carros, jinetes y muchas naves. Invadirá y aniquilará países como una inundación”, “penetrará en la Perla de la Tierra. Caerán a millares”, “plantará su pabellón entre el mar y la Perla de la Santa Montaña. Se aproxima su fin y nadie lo defenderá” (Dn 11,1-45).
  34. Comentario. El autor anónimo es contemporáneo de Antíoco. Sin embargo, “faltan nombres propios, fechas exactas, porque la apocalíptica quiere hechos borrosos”. Los cuatro reyes pueden ser: Darío, Ciro, Jerjes, Artajerjes. El rey griego es Alejandro. Su reino se divide en cuatro partes: Macedonia, Asia Menor con Tracia, Siria con Asia, Egipto. La arrogancia de Antíoco se manifiesta en su propia exaltación como Dios Manifiesto, documentada en sus monedas, y en la supresión del culto de Apolo y Tammuz en favor de Zeus Capitolino. Sintiéndose seguro al este y al sur, Antíoco dirige su expansión hacia occidente, hacia los territorios que en el reparto habían correspondido a Macedonia. Se sentía “el heredero de Alejandro”, pero esa expansión no la podía tolerar Roma: por medio de su cónsul Lucio Cornelio Escipión “le infligió la derrota definitiva de Magnesia (190). Desafiar a Roma en aquel momento era una insolencia intolerable”9. Murió “en el más lamentable infortunio”: “se cayó de su carro, que corría velozmente”, en su cuerpo “pululaban los gusanos, caían a pedazos sus carnes, aun estando con vida” (2 Mac 9, 7-28).
  35. La figura de Miguel. “Entonces se levantará Miguel”, “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los maestros brillarán como brilla el firmamento y los que convierten a los demás, como estrellas, perpetuamente”, “tú Daniel, guarda estas palabras y sella el libro hasta el momento final. Muchos lo repasarán y aumentarán su saber”, “yo, Daniel, vi a otros hombres en pie a ambos lados del río. Y pregunté al hombre vestido de lino, que se cernía sobre el agua del río: ¿Cuándo acabarán estos prodigios?”. El hombre vestido de lino “alzó ambas manos al cielo y le oí jurar por el que vive eternamente: Un año y dos años y medio. Cuando acabe la opresión del pueblo santo, se cumplirá todo esto”, “yo oí sin entender y pregunté: Señor, ¿cuál será el desenlace? Me respondió: Ve, Daniel. Las palabras están guardadas y selladas hasta el momento final. Muchos se purificarán y acendrarán y blanquearán; los malvados seguirán en su maldad, sin entender; los maestros comprenderán. Desde que se suprima el sacrificio cotidiano y coloquen el ídolo abominable pasarán mil doscientos noventa días. Dichoso el que aguarde hasta que pasen mil trescientos treinta y cinco días. Tú vete y descansa. Te alzarás a recibir el destino al final de los días” (Dn 12, 1-13).
  36. Comentario. Se introduce un nuevo elemento, la resurrección de los muertos como aspecto del juicio. Hay un grupo destacado entre los salvados: no son los guerreros (macabeos y secuaces), sino “un grupo de maestros que predican con éxito la conversión. En un tiempo esa era tarea de profetas y de predicadores”. Ahora les suceden los maestros, “de estirpe sapiencial”. Aquí termina el libro de Daniel, propiamente dicho. Otros autores añadieron algunas páginas al libro: “Es costumbre recoger al final tres breves relatos”10.
  37. Susana y los dos viejos. “Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana”, “mujer muy bella y religiosa”. Sus padres la habían educado “según la Ley de Moisés”. La escena sucede en una comunidad israelita, dirigida por sus jefes locales. Según el modelo sinagogal, los ancianos son dirigentes. Pues bien, dos ancianos desean a Susana y solicitan sus favores, pero ella no responde. Entonces recurren a la amenaza. Un día, en el parque de su casa, estaban escondidos y acechándola: “Consiente y acuéstate con nosotros. Si te niegas, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo”. Susana dijo: “No tengo salida: si hago eso, seré rea de muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar contra Dios”. La acusaron. Como los viejos eran dirigentes, la asamblea les creyó y condenó a muerte a Susana. Entonces intervino Daniel diciendo: “Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar”. Llamó a uno y le dijo: “Dime debajo de qué árbol los viste abrazados”. Él respondió: “Debajo de una acacia”. Después preguntó al otro y dijo: “Debajo de una encina”. Toda la asamblea se puso a bendecir a Dios, que salva a los que esperan en Él (Dn 13, 15-60). La adúltera tenía pena de muerte (Lv 20, 10); hacían falta dos testigos (Dt 19, 15).
  38. Los sacerdotes y la mentira oficial. Daniel vivía con el rey Ciro. Tenían los babilonios un ídolo llamado Bel. La gente lo veneraba y le llevaban cada día comida y vino. Pero Daniel no hacía ni lo uno ni lo otro. El rey le preguntó: “¿Por qué no adoras a Bel?, ¿no crees que Bel es un dios vivo?, ¿no ves todo lo que come y bebe a diario?”. Daniel respondió: “No te engañes, majestad. Ese es de barro por dentro y de bronce por fuera y jamás ha comido ni bebido”. El rey se enfadó y llamó a los sacerdotes, que “eran setenta sin contar las mujeres y los niños”. Estos le dijeron al rey: “Nosotros saldremos fuera. Tú, majestad, trae la comida, mezcla el vino y acércalo, después cierra la puerta y séllala con tu anillo. Mañana temprano volverás; si descubres que Bel no ha consumido todo, moriremos nosotros; en caso contrario, morirá Daniel por habernos calumniado”. Cuando salieron ellos, el rey acercó la comida a Bel. Daniel mandó a sus criados que trajeran ceniza y la esparcieran por todo el templo. El rey madrugó y lo mismo hizo Daniel. Al abrir la puerta, el rey miró a la mesa y había desaparecido la comida. Daniel le dijo al rey: “Mira al suelo y averigua de quién son esas huellas”. El rey dijo: “Estoy viendo huellas de hombres, mujeres y niños”. Hizo arrestar a los sacerdotes, que “le enseñaron la puerta secreta por donde entraban a comer lo que había en la mesa. El rey los hizo ajusticiar y entregó Bel a Daniel, el cual lo destruyó con su templo” (Dn 14, 1-22).
  39. El dragón que revienta. Había también un dragón enorme, al que veneraban los babilonios. El rey dijo a Daniel: “No dirás que éste es de bronce; está vivo, come y bebe; no puedes negar que es un dios vivo. Adóralo”. Dijo Daniel: “Yo adoro al Señor, mi Dios, que es el Dios vivo. Dame permiso, majestad, y mataré al dragón”. El rey se lo concedió. Entonces Daniel hizo un preparado indigesto que echó en la boca del dragón y reventó. Los babilonios se amotinaron ante el rey y dijeron: “Un judío se ha hecho rey; ha destrozado a Bel, ha matado al dragón y ha degollado a los sacerdotes. Viendo el rey que lo apremiaban con violencia, les entregó a Daniel a la fuerza. Ellos lo arrojaron al foso de los leones, donde pasó seis días. En Judea vivía el profeta Habacuc. Aquel día había guisado un cocido. El ángel del Señor ordenó a Habacuc: “Ese almuerzo llévaselo a Daniel, que está en Babilonia, en el foso de los leones”. El ángel lo llevó hasta Babilonia y lo puso frente al foso. Habacuc gritó: “Daniel, toma el almuerzo que te envía Dios”. Al séptimo día vino el rey para llorar a Daniel. Se acercó al foso, miró dentro y allí estaba Daniel sentado. Lo hizo sacar y a los culpables los hizo arrojar al foso, y al instante fueron devorados en su presencia (Dn 14, 23-42).