Publicado el 27 junio, 2025 por Jesús López Sáez
Última actualización el 23 julio, 2025

– HE RECIBIDO UNA TRADICIÓN. Tomad y comed

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– HE RECIBIDO UNA TRADICIÓN

Tomad y comed

  1. Lo dice Pablo a la comunidad de Corinto: “He recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido. Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (1 Co 11,23-24). Se dice en el Evangelio: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo” (Mt 26,26; ver Mc 14,22; Lc 22,19). O sea, tomad y comed. Veamos algunos aspectos de esta tradición y, también, algunas alteraciones de la misma que llegan hasta nosotros.
  2. El pan ácimo. En el marco de la última cena Jesús toma el pan ácimo. Como las hierbas amargas, es símbolo de las dificultades pasadas. Es el pan de los perseguidos, el pan de la miseria y de la prisa, el pan que hubo que llevar y cocer antes de que fermentara. Así lo dice el ritual judío de la pascua: «He aquí el pan de miseria que nuestros antepasados han comido en Egipto, que aquel que esté necesitado venga a celebrar la pascua». En el marco pascual de la última cena, Jesús se identifica con el pan de los perseguidos: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. «La Iglesia griega usa pan con levadura. En la Iglesia latina está preceptuado el pan ácimo (Concilio de Florencia, 1439). El primer testigo indiscutible del uso del pan ácimo en la Iglesia occidental es Rábano Mauro (m.850)» (Schmaus). La cuestión del pan (ácimo o normal) no es algo que deba dividir a los cristianos. Los caminantes de Emaús utilizan pan normal.
  3. El pan de Dios. Los judíos preguntan a Jesús: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer. Jesús les dice: «No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi padre el que os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Ciertamente, “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). La sabiduría de Dios invita a su mesa: «Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado» (Pr 9,5). Dice Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mi no tendrá nunca sed», «todo el que escucha al padre y aprende, viene a mi», «yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,22-51).
  4. El cordero de Dios. Los judíos no entienden, chocan con un burdo realismo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús anuncia veladamente su muerte violenta. Es «el Hijo del hombre» sacrificado por poderes bestiales (Dn 7). Jesús pasa del simbolismo del «pan de Dios» (Ex 16,4) al del cordero pascual, cuya sangre es derramada: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros» (24,8). Jesús es «el cordero de Dios» sacrificado el día de pascua: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Su presencia nueva más allá de la muerte es alimento, habitación mutua, nueva alianza: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mi y yo en él». El Señor resucitado está en nosotros y nosotros en él. La “vida eterna” a la que resucitan los muertos, es ya posesión de los vivos que creen en él: “El que come este pan vivirá para siempre”. Esto lo dijo Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm.
  5. Algunas alteraciones. Hemos recibido una tradición que ha olvidado el significado pascual del pan de los perseguidos, con el que cualquier creyente se puede identificar. En la Edad Media se interpretan las palabras del Señor: “Esto es mi cuerpo” como las palabras de la consagración. Hemos recibido una tradición que hay que revisar a la luz de la tradición original, a la luz de la Escritura.
  6. Figura y realidad. Para los padres de la Iglesia, la eucaristía es a la vez «figura y realidad». El cambio se realiza durante la plegaria eucarística tomada como un todo, que comprende las palabras de Jesús y la petición del espíritu. Dice San Cirilo de Jerusalén: «Pedimos a Dios, que ama a los hombres, que envíe al Espíritu Santo sobre la ofrenda y convierta el pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre; pues todo cuanto toca el Espíritu Santo queda santificado y transformado» (Catequesis mistagógicas, V,7). San Ambrosio influirá en la Iglesia de Occidente, insistiendo sobre todo en las palabras «del Señor Jesús» (De sacr., IV,14-15). Dice el teólogo M. Schmaus: «En el período posterior a los apóstoles, la Eucaristía se celebró durante largo tiempo con una oración de acción de gracias libremente formulada, la cual empalmaba con las palabras de bendición pronunciadas por Jesús… En el siglo XIII se impuso totalmente la persuasión de que la auténtica forma consagrante está en las palabras del Señor. La evolución de la Iglesia oriental siguió otro curso».
  7. Fórmula exagerada. Berengario de Tours (+1088), que se quedaba en el nivel simbólico, se verá obligado a firmar en 1059 una fórmula exagerada: «Nuestros dientes muerden el propio cuerpo de Cristo». Además, deberá firmar otra fórmula veinte años después: «El pan y el vino que se ponen en el altar, por el misterio de la sagrada oración y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten sustancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo Nuestro Señor» (D 355).
  8. Transustanciación. El concilio IV de Letrán, en 1215, quiere a la vez defender la realidad de la presencia de Cristo y el misterio sacramental de su presencia, «cuyo cuerpo y sangre se contiene verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies de pan y de vino, después de transustanciados, por virtud divina» (D 430). El concilio de Trento (1551) utiliza una fórmula semejante e introduce la palabra transustanciación: «Por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transustanciación» (D 877). El concilio de Trento quiere asegurar la significación que para la Iglesia tiene la presencia real de Cristo en la eucaristía. Sin embargo, esta presencia no está ligada a categorías filosóficas (en este caso, aristotélicas). Más aún, el aristotelismo aplicado a la eucaristía es una modificación radical del auténtico aristotelismo «que no toleraba tal separación entre la sustancia y los accidentes» (Schillebeeckx).
  9. Prácticas de devoción. Entre los siglos XI y XIV se difunden ciertas prácticas de devoción relacionadas con la eucaristía: genuflexión, incensación, adoración, comunión, oración ante el sagrario. «El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.1379).
  10. Craso realismo. El craso realismo medieval (con historias de hostias que sangran) va demasiado lejos. Sea lo que sea, eso no es la sangre de Cristo, dice Tomás de Aquino (ST, III, q.76, a.8, c y ad 2). Cristo no está «encerrado» en el sagrario; allí están las especies sacramentales (ST, III, q.76,a.7,c).
  11. La cena del Señor. La eucaristía entraña un misterio de comunión, una realidad que resplandece en una señal, un sacramento del cuerpo de Cristo. «El signo consiste en una comida. La comida incluye los alimentos, el acto de comer y de beber y el hablar, que forma parte de toda comunidad humana. El hecho de que se trate de una comida instituida por Cristo distingue la cena eucarística de todo banquete profano» (Schmaus).
  12. La comunidad, cuerpo de Cristo. Dice Pablo a los corintios: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” (1 Co 12,27). Cristo actúa a través de cada uno de sus miembros. La Eucaristía es la reunión de la comunidad. De una forma especial, percibimos en ella su presencia. La comunidad es la mejor custodia, donde mejor podemos percibir su misteriosa presencia: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe. Probaos a vosotros mismos. ¿No reconocéis que Jesucristo está entre vosotros?” (2 Co 13,5).
  13. La eucaristía, reunión de la comunidad. La eucaristía es «la actualización de la presencia de Cristo en medio de la comunidad y hasta lo profundo de todo corazón» (Von Balthasar), «el Resucitado está en el corazón de las pequeñas cosas que forman la vida de la tierra» (Rahner). La comunidad lo percibe y lo celebra. La presencia de Cristo transfigura la reunión de la comunidad en la cena del Señor. La comunidad es el medio más sensible que tenemos para escuchar la palabra de Dios, reconocer la presencia de Cristo, acoger el don del espíritu. De una forma especial, en la comunidad podemos vivir las señales del evangelio (Mt 11,5). Ver catequesis 56. Nuevo pan.
  14. La fiesta del Corpus. La fiesta del Corpus surge en la Edad Media. En 1208 la religiosa Juliana de Cornillon promueve la celebración de una fiesta en honor del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En 1246 el obispo de Lieja (Bélgica) Roberto de Torote ordena que celebre en su diócesis. En 1447 el papa Nicolás V celebra la fiesta por las calles de Roma. Tomás de Aquino prepara los textos de la fiesta que incluye himnos como Pange lingua (y su parte final, Tantum ergo), y Adoro te devote.
  15. Comunión ocular. En la Edad Media el pueblo no se siente digno de comulgar, si no se confiesa. Entonces se limita a mirar. Es la “comunión ocular” (Schillebeeckx): Mirad, no comed. Como dicen los viejos catecismos, se debe confesar y comulgar por pascua florida. El resto del año no se comulga.
  16. Con la lengua, no con la mano. Después del Concilio Vaticano II se ha generalizado la comunión en la mano. Sin embargo, durante siglos el pueblo se ve obligado a comulgar con la lengua, no con la mano: Comed, no tomad. Se considera que el fiel cristiano no debe tocar el cuerpo de Cristo. Es una alteración más.
  17. Adoración eucarística. La adoración eucarística es una práctica de devoción que hay que revisar a la luz de la Escritura. Adorar sólo se adora a Dios. Dice Jesús: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto” (Mt 4,10). Jesús proclama la confesión de Dios, el primer mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22,37).
  18. La confesión de Cristo. La proclama Pedro el día de Pentecostés: “A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales… vosotros le matasteis clavándole en una cruz por medio de los impíos”, “a éste Dios le resucitó”, “y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís”, “sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado(Hch 2,14-36).

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