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Teresa de Jesús
Solo Dios basta
La vida de Teresa de Jesús tiene tres grandes etapas: desde sus primeros años hasta que ingresa en el convento de la Encarnación (1515-1535); la etapa de “más de dieciocho años” en los que está con Dios y con el mundo (1535-1554); su etapa de fundadora y reformadora de la orden del Carmelo (1554-1582). Su experiencia de fe tiene unas claves profundas de valor permanente; por ejemplo, las locuciones de Dios, la compañía de quienes ya están glorificados, la confianza en cualquier situación: Solo Dios basta. Revisamos y actualizamos las catequesis publicadas con ocasión del IV Centenario teresiano: El sí de Teresa, Monja andariega, Mujer en la Iglesia (1981), también la catequesis Teresa de Ávila, Recuerdos y confidencias (2023), que salen de su puño y letra y se pueden confrontar con lo que a veces se dice.
Algunas cuestiones. ¿Cuál es su ambiente familiar?, ¿hay señales del despertar de su vocación?, ¿se ocultó su ascendencia judía?, ¿se la presentó como personificación de lo español y como santa de la raza?, ¿es clara su orientación sexual?, ¿qué papel tienen los letrados de su tiempo?, ¿sus locuciones y visiones son alucinaciones?, ¿son mensajes que recibe de Dios?, ¿son experiencia bíblica?, ¿qué formas de oración tiene?, ¿qué pretende con la reforma del Carmelo?, ¿qué fundaciones hace?, ¿qué significa como mujer en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo?, ¿cómo afronta el riesgo que la Inquisición supone para ella?
Primeros años. Teresa nace el 28 de marzo de 1515 en Ávila o, quizá, en Gotarrendura, aldea cercana donde vivía la abuela materna. Es bautizada en la parroquia de San Juan de Ávila poco después. Su padre es Alonso de Cepeda, de origen judío converso. Su madre, Beatriz de Ahumada, se casa con él al quedar viudo. Teresa elige el apellido de su madre. Se llama como su abuela. Ella comenta su ambiente familiar: “Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos, y aun con los criados”, “mi madre también tenía muchas virtudes, y pasó la vida con grandes enfermedades”, “cuando murió mi madre, quedé yo de edad de doce años”, “éramos tres hermanas y nueve hermanos”, “tenía uno casi de mi edad; juntábamonos entrambos a leer vidas de santos”, “como veía los martirios que por Dios las santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios, y deseaba yo mucho morir así”, “concertábamos irnos a tierras de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen”, “de que vi que era imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer ermitas”, “ahora me pone devoción ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa” (Vida,1,2-7).
Ascendencia judía. El abuelo paterno es Juan Sánchez, judío converso que, además, renegó, judaizó. Casado con Inés de Cepeda, también judía conversa, es un rico mercader toledano. En la primavera de 1485 la Inquisición asienta su tribunal en Toledo y promulga un “edicto de gracia”: las personas que hubieran apostatado o cometido algún delito contra la fe debían comparecer dentro de un corto plazo y confesarlo. El 22 de junio de ese año el abuelo Juan confiesa haber cometido “muchos y graves crímenes y delitos de herejía y apostasía contra nuestra santa fe católica”. El tribunal acepta su confesión y le impone como penitencia un “sambenito”, larga túnica con una cruz roja en el centro que debía llevar “siete viernes de iglesia en iglesia” (Javierre, Teresa de Jesús, 2014, 24-31).
Falsificación y engaño. Fue lamentable. Teófanes Egido en Perfil histórico de Santa Teresa (1981), denuncia el empeño en disimular la condición social de Teresa: “la ascendencia judeoconversa de Teresa de Ahumada”. Cuando en 1951 apareció el libro de Efrén «Tiempo y Vida de Santa Teresa“, el biógrafo “no hacía más que reproducir la gigantesca falsificación, que, lograda desde los primeros años del siglo XVI por ejecutores mentirosos de hidalguía y -era lo habitual- por evacuaciones de testigos comprados, se solidificó por el coro unánime de los procesos de beatificación y se transmitió, también al unísono, por biógrafos incapacitados para comprender -es seguro que ni para sospechar- mezcla de una de las ‘malditas razas’ en la heroína, que, forzosamente, debía tener la calidad de la limpieza de sangre y de la más notoria hidalguía. Es admirable la persistencia del engaño”. En dos obras, Año Teresiano de Antonio de San Joaquín (1733-1789) y La Mujer Grande de Manuel de Santo Tomás (1807), se presenta a Teresa como personificación de lo español y se la convierte en patrona de todos los españoles. El paso de lo español a la raza se da en otras dos obras: La Santa de la Raza de Gabriel de Jesús (1929-1935) y Santa Teresa de Jesús del biógrafo Silverio (1939).
Judíos reconciliados. El investigador Narciso Alonso Cortés (Pleitos de los Cepeda, 1946), en el archivo de la Chancillería de Valladolid hizo “el descubrimiento más sensacional y decisivo para la comprensión de la existencia de Teresa y la adscripción correcta a su grupo social, que no era precisamente el de la notoria hidalguía”. En efecto, “el abuelo y el padre -con los tíos paternos de Teresa- eran judíos reconciliados”, “tuvieron que debatirse en el trágico denuedo por hacer olvidar su extracción y por integrarse en el (modelo) mayoritario y dominante”, “hoy ni se puede cuestionar que Teresa estuvo informada de sus orígenes y que éstos fueron perfectamente asumidos y sublimados por los de ser hija de la Iglesia”. Así se explica que “en los primeros textos legales de la Reforma no haya lugar para la introducción de los estatutos de limpieza de sangre incorporados a las constituciones de las otras órdenes religiosas casi en su totalidad”. Teresa muestra una “simpatía confesada hacia comerciantes, médicos, banqueros, secretarios, eclesiásticos medios, contadores, a los que no se recata en ocasiones de presentar como ‘mis amigos’. Son éstos precisamente los que mejor comprenden su obra” (Teófanes Egido, 14-27). El biógrafo Efrén lo reconoce en su libro Teresa de Jesús (1981): el abuelo paterno de la santa “era de estirpe judía”, y “judaizó, apostatando de la religión católica que había abrazado” (Efrén, 3).
Livianos tratos. Teresa tenía unos primos hermanos: “Eran casi de mi edad, poco mayores que yo; andábamos siempre juntos”, “oía sucesos de sus aficiones y niñerías nada buenas”, “tomé todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Era de tan livianos tratos que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en casa”, “con ella era mi conversación”, “me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo que yo quería, y aun me ponía en ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades. Hasta que traté con ella, que fue de edad de catorce años, y creo que más, …no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni perdido el temor de Dios, aunque le tenía mayor de la honra; éste tuvo fuerza para no la perder del todo” (2,2-4), “una cosa tenía que me parece ser alguna disculpa, …era el trato con quien por vía de casamiento me parecía podía acabar en bien” (2,9). En la foto iglesia de La Santa en Ávila, levantada sobre el solar de la casa familiar.
Internado. En julio de 1531 ingresa en el internado de Santa María de Gracia donde permanece año y medio: “No me parece había tres meses que andaba en estas vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este lugar, donde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como yo”, “no parecía novedad: porque haberse mi hermana casado, y quedar sola sin madre, no era bien”, “los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que tuve se había entendido la vanidad mía”, “en ocho días -y aun creo menos- estaba muy más contenta que en casa de mi padre. Todas lo estaban conmigo, porque en esto me daba el Señor gracia, en dar contento adondequiera que estuviere, y así era muy querida” (2,6-8).
Una gran amiga. Se llama Juana Suárez y es monja carmelita en el convento de la Encarnación: “Tenía yo una grande amiga en otro monasterio, y esto me era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino adonde ella estaba; miraba más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo bien que me estaba a mi alma” (3,2).
Gran enfermedad. Por este motivo vuelve a casa de su padre y, luego, va a casa de su hermana María, que vivía en Castellanos de la Cañada: “Diome una gran enfermedad, que hube de tornar a casa de mi padre. En estando buena, lleváronme en casa de mi hermana -que residía en una aldea- para verla, que era extremo el amor que me tenía”, “habíanme dado con unas calenturas unos grandes desmayos” (3,3-7).
Monja carmelita. El 2 de noviembre de 1535 ingresa en el convento de la Encarnación. Su padre se opone: “Después de sus días haría lo que quisiese” (3,7). Sin embargo, con su hermano Antonio, dice, “concertamos entrambos irnos un día, muy de mañana, al monasterio adonde estaba aquella mi amiga, que era a la que yo tenía mucha afición”. En tomando el hábito, “dábanme deleite todas las cosas de la religión” (4,1-2). No obstante, “en el año del noviciado pasé grandes desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo; mas culpábanme sin tener culpa hartas veces. Yo lo llevaba con harta pena e imperfección, aunque con el gran contento que tenía de ser monja, todo lo pasaba” (5,1).
Mal de corazón. Vuelven los desmayos: “Comenzáronme a crecer los desmayos, y diome un mal de corazón tan grandísimo que ponía espanto a quien lo veía”, “y así pasé el primer año con harta mala salud”. En abril de 1539 su padre la lleva a Becedas, “un lugar adonde había mucha fama de que sanaban allí otras enfermedades”, “estuve casi un año por allá, y los tres meses de él padeciendo tan grandísimo tormento en las curas”, “no sé cómo las pude sufrir”, “había de comenzar la cura en el principio del verano, y yo fui en el principio del invierno. Todo este tiempo estuve en casa de la hermana que he dicho que estaba en la aldea”. Pasando por Hortigosa, un tío suyo le da el libro de Francisco de Osuna, Tercer Abecedario, que “trata de enseñar oración de recogimiento” (4,4-6).
El cura de la aldea. En Becedas está acompañada: “Mi padre y hermana, y aquella monja mi amiga que había salido conmigo”. Comenzó a confesarse con el cura: “Él se aficionó en extremo a mí”, “no fue la afición de este mala, mas de demasiada afición venía a no ser buena”. Sin embargo, “con la gran voluntad que me tenía, comenzó a declararme su perdición. Y no era poca, porque había casi siete años que estaba en muy peligroso estado con afición y trato con una mujer del mismo lugar; y con esto decía misa. Era cosa tan pública, que tenía perdida la honra y la fama”, “dejó del todo de verla, y no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle dado luz” (5,3-5).
Los letrados. Los aprecia mucho: “Es gran cosa (saber) letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz, y llegados a verdades de la Sagrada Escritura hacemos lo que debemos; de devociones a bobas nos libre Dios”. No vale “decir que letrados sin oración no son para quien la tiene (yo he tratado hartos …y siempre fui amiga de ellos), que aunque algunos no tienen experiencia, no aborrecen el espíritu ni le ignoran; porque en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan las verdades del buen espíritu” (13,16-18), “buen letrado nunca me engañó. Otros tampoco me debían de querer engañar, sino que no sabían más”, “lo que era pecado venial decíanme que no era ninguno, lo que era gravísimo mortal, que era venial”, “duré en esta ceguedad creo más de diecisiete años, hasta que un padre dominico, gran letrado, me desengañó” (5, 3). Al parecer, el letrado enseña a Teresa la moral propia de la época, una moral rigorista en materia sexual, donde -así se decía- “no hay parvedad de materia”. Donde el Decálogo dice: “No cometerás adulterio” (Dt 5,18), se dice: “No cometerás actos impuros”. No es lo mismo.
La dieron por muerta. Las curas duraron tres meses: “A los dos meses, a poder de medicinas, me tenía casi acabada la vida”. A mediados de julio de 1539, su padre la lleva de nuevo a Ávila: “Me tornó a traer mi padre adonde tornaron a verme médicos. Todos me desahuciaron”, “decían estaba tísica”, “ahora me espanto y tengo por gran merced la paciencia que Su Majestad me dio”, “mucho me aprovechó para tenerla haber leído la historia de Job”. En la fiesta de Nuestra Señora de Agosto le dio por la noche “un paroxismo” y la dieron por muerta: “Hasta la cera me hallé después en los ojos” (Vida, 5,7-9). En abril de 1542 se siente curada por intercesión de San José.
Muerte del padre. Fue el 24 de diciembre de 1543: “En este tiempo dio a mi padre la enfermedad de la que murió, que duró algunos días. Le fui yo a curar, estando más enferma en el alma que él en el cuerpo, en muchas vanidades”, “estuvo tres días muy falto el sentido; el día que murió se le tornó el Señor tan entero que nos espantábamos, y le tuvo hasta que a la mitad del credo, diciéndole él mismo, expiró. Quedó como un ángel” (7,14-16).
Con Dios y con el mundo. En esta lucha pasó “más de dieciocho años”(8,3): “Aunque os dejase yo a Vos, no me dejaste Vos a mí tan del todo que no me tornase a levantar, con darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería” (6,10). Le parecía mejor “andar como los muchos”, “y rezar lo que estaba obligada, y vocalmente, que no tener oración mental y tanto trato con Dios”, “como me veían tan moza y, en tantas ocasiones, apartarme muchas veces a soledad a rezar y leer mucho, …me daban tanta y más libertad que a las muy antiguas”, “a mí me hizo harto daño no estar en monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas podían tener con bondad (porque no debían más, que no se prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios el Señor no me hubiera sacado de este peligro” (7,1-3).
Mal de frailes y monjas. Lo lamenta: “¡Oh, grandísimo mal de religiosos -no digo ahora más mujeres que hombres- adonde no se guarda religión! Adonde en un monasterio hay dos caminos: de virtud y religión y falta de religión”, “más ha de temer el fraile y la monja que ha de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los mismos de su casa que a todos los demonios”, “no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes, tienen tan barrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron” (7,5).
Un gran sapo. Dice Teresa: “Estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad”, “ha esto más de veintiséis años, y me parece lo tengo presente”, “estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros -y otras personas que estaban allí también lo vieron- una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar”, “la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio; y tampoco esto se me olvidó jamás”, “tenía allí una monja, que era mi parienta, antigua y gran sierva de Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba algunas veces; y no sólo no la creía, mas disgustábame con ella y parecíame se escandalizaba sin tener por qué” (7,6-8). Al parecer, la persona en cuestión era un fraile.
Toma y lee. En la cuaresma de 1554 Teresa lee las Confesiones de san Agustín: “Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón; estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas” (9,8). No es simple meditación, es la experiencia bíblica fundamental: Dios habla hoy. En mayo de 1556 “no estaba aún mi alma nada fuerte, sino muy tierna, en especial en dejar algunas amistades que tenía; aunque no ofendía a Dios con ellas, era mucha afición, y parecíame a mí era ingratitud dejarlas”. El jesuita Juan de Prádanos le dijo que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno Veni Creator. Estando un día en oración, comenzó el himno: “Vínome un arrebatamiento tan súbito que casi me sacó de mí”, “fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamiento. Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (24,6-7).
El agua viva. Le gustaba mucho el pasaje de la samaritana: “¡Oh, qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la samaritana!, y así soy muy aficionada a aquel evangelio. Y es así, cierto, que sin entender como ahora este bien, desde muy niña lo era y suplicaba muchas veces al Señor me diese aquel agua, y la tenía dibujada adonde estaba siempre con este letrero, cuando el Señor llegó al pozo: Señor, dame agua” (30,19).
Las locuciones. Son palabras que recibe de Dios.La oración es diálogo, conversación con Él. Dice Santa Teresa: «Podemos tener conversación no menos que con Dios» (1 Moradas, 1,6), «entre los pucheros anda Dios» (Fundaciones, 5,8), “¿pensáis que está callando? Aunque no le oímos bien, habla al corazón” (Camino de perfección, 40,4; Cuentas de conciencia, 24,5), ”son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no se oyen” (Vida, 25,1), “muy en el espíritu”, dejan “gran consuelo” (24,7), llegan “tan de presto” (25,6), “no se puede olvidar” (25,7), con “palabras y obras” (“sus palabras son obras” (25,4), “habla sin hablar” (27,6), siempre “conforme a la Sagrada Escritura” (25,13), “debía aguardar a que el Señor obrase” (24,9), “cuando es de Dios, tengo muy probado en muchas cosas que se me decían dos y tres años antes y todas se han cumplido” (25,2). La experiencia bíblica es evidente. En el fondo, se nota su ascendencia judía. La mística es experiencia del misterio, experiencia de Dios: “A vosotros se os ha comunicado el misterio del reino de Dios” (Mc 4, 11). La experiencia es una toma de conciencia.
Dios de vivos. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob“no es Dios de muertos, sino de vivos”(Mt 22,32). Teresa se siente acompañada por ellos, pierde el miedo a la muerte: “Estando una noche tan mala que quería excusarme de tener oración, tomé un rosario por ocuparme vocalmente”, “estuve así bien poco, y vínome un arrebatamiento de espíritu con tanto ímpetu que no hubo poder resistirle. Parecíame estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi, fue a mi padre y madre”, “quedóme también poco miedo a la muerte, a quien siempre temía mucho. Acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven, y parecerme aquellos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace compañía” (38,1-6). Fray Pedro de Alcántara murió en Arenas de San Pedro el 18 de octubre de 1562: “Como vio ya se acababa, dijo el salmo: Qué alegría cuando me dijeron”, “hele visto muchas veces con grandísima gloria” (27,16-19).
Cristo resucitado. Estando un día en oración, el Señor le muestra “solas las manos”. Pocos días después, “vi también aquel divino rostro que del todo me parece me dejó absorta”. Teresa habla de los cuerpos glorificados: “Solo digo que, cuando otra cosa no hubiese en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo”, “nunca la vi con los ojos corporales”, sino “con los ojos del alma” (28,1-3). Los muertos resucitan como Jesús, “según el modelo de su cuerpo glorioso” (Flp 3,21), “se siembra en miseria, se resucita en gloria”, “se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Co 15,43-44). Teresa sigue al apóstol: “Por vuestra misericordia podría decir lo que san Pablo -aunque no con esa perfección- que no vivo yo ya, sino que Vos vivís en mí” (Vida, 6,9), “otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice san Pablo, que todo se puede en Dios” (13,3).
Los confesores. Rechazan las visiones: “Temía que no había de haber con quien me confesar”, “no sabía qué hacer sino alzar los ojos al Señor; porque contradicción de buenos a una mujercilla ruin y flaca como yo y temerosa, no parece nada así dicho, y con haber pasado en la vida grandísimos trabajos, es este uno de los mayores” (28,14-18). En 1560 la mandan “dar higas” a las visiones, despreciarlas, burlarse de ellas. Y así lo hacía, a veces. Le suplicaba al Señor “me perdonase pues yo lo hacía por obedecer al que tenía en su lugar”, “decíame que no se me diese nada, que bien hacía en obedecer, mas que Él haría que se entendiese la verdad. Cuando me quitaron la oración, me pareció que se había enojado; díjome que les dijese que ya aquello era tiranía” (29,5-6).
Metida en el infierno. En 1558 Teresa tuvo esta visión: “Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas mercedes que he dicho y otras muy grandes, estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado y yo merecido por mis pecados” (32,1). La visión del infierno, literal y local, responde a la mentalidad de la época. En realidad, el “fuego” es una imagen del juicio: “En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Lc 3,17). Otra imagen: “el llanto y el rechinar de dientes” (Lc 13,28) se aplica a quienes quedan fuera del reino de Dios.
Índice de libros prohibidos. Lo publica en 1559 el inquisidor Fernando de Valdés: “Cuando se quitaron muchos libros de romance que no se leyesen, yo (lo) sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos”, “me dijo el Señor: No tengas pena, que yo te daré libro vivo” (26,6). Teresa no tuvo acceso a la Biblia, pues estaba en latín. Sin embargo, en sus escritos aparecen “unas quinientas referencias a la Biblia”, dice Ana María López en su libro Experiencia de fe en Teresa de Jesús (1981), ”unos doscientos (textos) del Antiguo Testamento y trescientos del Nuevo”, “la palabra de Dios le llega a través de los Padres, de los libros litúrgicos y de los sermones” (A.M. López, 163 y 98).
El dardo del amor de Dios. Fue en abril de 1560. Esta visión se llama “transverberación”, según la cual el corazón de Teresa es traspasado por el dardo del amor de Dios. Es una imagen. El amor de Dios aparece como flechazo: “Veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal”, “veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego; éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas; al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos grandes quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que con Dios. No es un dolor corporal, sino espiritual” (Vida, 29, 13).
Discernimiento. Las visiones son cosa de Dios. El jesuita Diego de Cetina le “dijo ser espíritu de Dios”, “qué sabía si por mis medios quería el Señor hacer bien a muchas personas” (23,16). Francisco de Borja “después que me hubo oído, díjome que era espíritu de Dios” (24, 4). Fray Pedro de Alcántara “dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios”, “era espíritu suyo”, “dejóme con grandísimo consuelo y contento” (30, 2-7).
Convento de San José. Escribe Teresa: “Ofrecióse una vez estando con una persona (María de Ocampo), decirme a mí y a otras personas si no seríamos para ser monjas de la manera de las descalzas, que aun posible era poder hacer un monasterio. Yo, como andaba en estos deseos, comencélo a tratar con aquella señora mi compañera viuda (Guiomar de Ulloa), que tenía el mismo deseo” (32,10), “habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José”, “sería una estrella que diese de sí gran resplandor” (32,11), “yo sentí grandísima pena, porque en parte se me representaron los grandes desasosiegos y trabajos que me había de costar” (32,12), “no se hubo comenzado a saber por el lugar, cuando no se podía escribir en breve la gran persecución que vino sobre nosotras: los dichos, las risas, el decir que era disparate”, “díjome (Su Majestad) que aquí vería lo que habían pasado los santos que habían fundado las religiones, que mucha más persecución tenía por pasar” (32,14), “concertamos se tratase con todo secreto, y así procuré que una hermana mía (Juana) que vivía fuera de aquí, comprase la casa y la labrase como que era para sí” (33,11). Por mandato del provincial fue a Toledo a casa de Luisa de la Cerda, que había quedado viuda. Al volver a Ávila, “llega nuestro despacho para el monasterio y Breve de Roma”, “hallé aquí al obispo y al santo fray Pedro de Alcántara y a otro caballero muy siervo de Dios”, “entrambos a dos acabaron con el obispo admitiese el monasterio” (36,1-2), “fue el Señor servido que, día de san Bartolomé, tomaron hábito algunas y se puso el Santísimo Sacramento, y con toda autoridad y fuerza quedó hecho nuestro monasterio del gloriosísimo padre nuestro san José, año de mil y quinientos y sesenta y dos” (36,5). El alboroto en la ciudad fue grande: “Juntáronse algunos de los regidores y corregidor y del cabildo, y todos juntos dijeron que en ninguna manera se había de consentir” (36,15), “un muy siervo de Dios, sacerdote (Gaspar Daza), que siempre me había ayudado, amigo de toda perfección, fue a la Corte”, “y en fin los aplacó” (36,18).
La reforma del Carmelo. El convento de San José “lo hice sin ninguna blanca y el Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me proveyó” (33,12), Desde entonces Teresa de Ahumada se llama Teresa de Jesús. Algunos detalles: “Una beata de nuestra Orden”, María de Jesús Yepes, “acertó a venir”, “habíala el Señor movido el mismo año y mes que a mí a hacer otro monasterio de esta Orden”, “mostróme los despachos que traía de Roma, y en quince días que estuvo conmigo dimos orden en cómo debíamos hacer estos monasterios. Y hasta que yo la hablé, no había venido a mí noticia que nuestra Regla -antes que se relajase- mandaba no se tuviese propio” (35,1-2), “guardamos la Regla de nuestra Señora del Carmen”, “sin relajación” (36,27). ¿Quiénes? “Las que a solas quisieren gozar de su esposo Cristo”. En principio, “no ser más de trece” (36,30). Escribe a su hermano Lorenzo: “A todos los que vuestra merced envía dineros los vino a tan buen tiempo, que para mí ha sido harta consolación”, “los cuarenta pesos que añadió vuestra merced me hacían grandísima falta” (23-12-1561). Con la reforma, dice Teresa, “determiné hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo” (Camino de perfección, 1,2). En las ermitas de la huerta imitan a los ermitaños que, durante el siglo XII, en el monte Carmelo siguen las huellas del profeta Elías. Recordamos los primeros años de Teresa: “Ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer ermitas”. Fue el despertar de su vocación.
Patentes de fundadora. Nunca había ocurrido. Vino a España el general de la Orden, Juan Bautista Rubeo: “Yo, cuando lo supe, paréceme que me pesó”, “en la fundación de San José, no estaba aquella casa sujeta a los frailes por la causa dicha; temí dos cosas: la una que se había de enojar conmigo, y no sabiendo las cosas cómo pasaban, tenía razón; la otra, si me había de tornar al monasterio de la Encarnación”, “pues llegado a Ávila, yo procuré fuese a San José, y el obispo tuvo por bien se le hiciese toda la cabida que a su misma persona. Yo le di cuenta con toda verdad y llaneza”, “él me consoló mucho y aseguró que no me mandaría salir de allí. Alegróse de ver la manera de vivir”, “cómo la regla primera se guardaba en todo rigor”, “y con la voluntad que tenía de que fuese muy adelante este principio, dióme muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiese ir a la mano”, “pasados algunos días, considerando yo cuán necesario era, si se hacían monasterios de monjas, que hubiese frailes de la misma regla… escribí a nuestro padre general una carta suplicándoselo lo mejor que yo supe”, “esta carta llegó a su poder estando en Valencia, y desde allí me envió licencia para que se fundasen dos monasterios” (Fundaciones, 2,1-5).
Descalzas en Medina. María Suárez, señora de Fuente el Sol, “tenía una casa que se le había caído toda, salvo un cuarto, y era muy buen puesto”, “llegadas a la casa entramos en un patio. Las paredes harto caídas me parecieron, mas no tanto como cuando fue de día se pareció”, “nos dimos tan buena prisa, que cuando amanecía estaba puesto el altar y la campanilla en un corredor, y luego se dijo la misa. Esto bastaba para tomar la posesión”, “como se acabó la misa, llegué por un poquito de una ventana a mirar el patio y vi todas las paredes por algunas partes en el suelo, que para remediarlo era menester muchos días”, “ya después de ocho días, viendo un mercader (Blas de Medina) la necesidad (que posaba en una muy buena casa), díjonos fuésemos a lo alto de ella, que podíamos estar como en casa propia”, “ya con esto comencé a tener sosiego, porque adonde nos fuimos, estábamos con todo encerramiento”, “en la casa se daba el buen prior (Antonio Heredia) mucha prisa, que pasó harto trabajo. Con todo, tardaría dos meses; mas púsose de manera que pudimos estar algunos años razonablemente. Después lo ha ido nuestro Señor mejorando” (Fundaciones, 3,3-15). Se fundó el 15 de agosto de 1567.

Encuentro con fray Juan. En el verano de 1567 Teresa se encuentra con fray Juan (1542-1591) en Medina del Campo. Ella tiene 52 años; está en la madurez de su misión reformadora. Él tiene 25. Previamente, muy en secreto ella expone su proyecto de reforma de frailes al prior de allí, Antonio Heredia: “Él se alegró mucho cuando lo supo y me prometió que sería el primero”, “certificó que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más estrecha; y así tenía ya determinado irse a los cartujos”, “poco después acertó a venir allí un padre de poca edad (fray Juan), que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro compañero”, “hablándole, contentóme mucho y supe de él cómo se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio”, “él me dio la palabra de hacerlo con que no se tardase mucho” (Fundaciones, 3,16-17). En la foto, locutorio de carmelitas descalzas en Medina.
Descalzos en Duruelo. “Un caballero de Ávila”, escribe Teresa,, “vino a entender que se quería hacer un monasterio de descalzos, y vínome a ofrecer que me daría una casa que tenía en un lugarcillo de hartos pocos vecinos”, en Duruelo. Va a ver la casa y comunica a fray Antonio Heredia y a fray Juan lo que va a ser el primer convento de descalzos: “Tenía un portal razonable, y una cámara doblada con su desván y una cocinilla” (Fundaciones, 13, 2-3), “ordenamos que el padre fray Juan de la Cruz fuese a la casa y lo acomodara”, “tardóse poco en aderezar la casa, porque no había dinero, aunque quisieran hacer mucho”. El “primero o segundo domingo de Adviento de este año de 1568… se dijo la primera misa en aquel portalito de Belén”, “el coro era el desván”, “tenían a los dos rincones, hacia la iglesia, dos ermitillas, adonde no podían estar sino echados o sentados”. En la cuaresma de 1570, fray Antonio es invitado a predicar en Mancera y don Luis de Toledo ofrece a los descalzos la iglesia que ha construido. Fray Antonio “aceptó pasar allí el monasterio” y don Luis les labró “un monasterio conforme a su profesión” (14,1-9). Teresa escribe al “caballero santo” abulense, Francisco Salcedo, sobre fray Juan: “Hable vuestra merced a este padre, suplícoselo y favorézcale en este negocio, que aunque es chico entiendo es grande en los ojos de Dios”, “aunque hemos tenido aquí algunas ocasiones en negocios (y yo que soy la misma ocasión, que me he enojado con él a ratos), jamás le hemos visto una imperfección” (6 julio 1568).
Escritora de libros. Los años 1562-1567 que vive Teresa en el convento de San José son años de gran intensidad como escritora. De estos años son la Vida que describe su itinerario de maduración hasta los cincuenta años, y el Camino de perfección, que es la mejor síntesis sobre el carisma del Carmelo teresiano. El relato de los últimos años lo encontramos en las Fundaciones, que puede considerarse como continuación de la Vida. Las Cuentas de conciencia son su “biografía interna”. La primera colección fue publicada por fray Luis de León a continuación del libro de la Vida: “Con los originales de este libro vinieron a mis manos unos papeles escritos por las de la santa madre”. Las Moradas serán un libro nuevo. En él hay un progreso en la presentación del propio itinerario, en el uso de los símbolos para la transmisión del mensaje y en la referencia a la palabra bíblica.
Mujer en la Iglesia y en la sociedad. Su ascendencia paterna (de origen judío converso) le permitió conocer los condicionamientos sociales y las presiones de que fueron objeto los grupos marginados por cuestiones de raza y de creencia: exilio, cambios de domicilio y de apellidos, sambenitos penitenciales. Pero también pesaba (y mucho) la discriminación por razón de sexo. Francisco de Osuna, uno de los mentores de la época, expresa sin recato alguno su posición frente a la mujer: “Desque vieres a tu mujer andar muchas estaciones y darse a devoterías y que presume de santa, ciérrale la puerta, y si esto no bastare, quiébrale la pierna si es moza, que coja podrá ir al paraíso desde su casa, sin andar buscando santidades sospechosas. Bástale a la mujer oír un sermón y hacer, si más quiere, que le lean un libro mientras hila y asentarse so la mano de su marido” (Norte de Estado, 10,160).
Clima de prevención. Teresa sufre el clima de prevención que existe frente a la mujer: “Basta ser mujer para caérseme las alas” (Vida, 10,8). La mujer es particularmente sospechosa de herejía y engaño; además, “no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”. Teresa defiende el derecho de la mujer a la práctica de una oración viva, sin hacer caso de los dichos que corren: “hay peligros”, “fulana por aquí se perdió”, “el otro se engañó”, “el otro, que rezaba mucho, cayó”, “hacen daño a la virtud”, “no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones”, “mejor será que hilen”, “no han menester esas delicadezas”, “basta el Paternoster y el Avemaría” (C. 21,2; CE. 35,2): “Quien os dijere que esto es peligro tenedle a él por el mismo peligro y huid de él; y no se os olvide, que por ventura habéis menester este consejo. Peligro será no tener humildad y las otras virtudes, más, camino de oración camino de peligro, nunca Dios tal quiera. El demonio parece haber inventado poner estos miedos” (C. 21,7).
Nos tiene el mundo acorraladas. Escribe Teresa: “No sois Vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo daréis menos de lo que os suplican, sino mucho más; ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor”. Sigue este texto ilegible, borrado, censurado: “y más fe que en los hombres. No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas, que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y en fin todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa” (Camino de perfección, 4,1).
Sobre los Cantares. Entre 1566 y 1567, en el convento de San José de Ávila, Teresa escribe por primera vez el libro Meditaciones sobre los Cantares. Ella lo llama “mis meditaciones” (1,9). Dice en el prólogo: “Ha como dos años -poco más o menos- que me parece me da el Señor para mi propósito a entender algo del sentido de algunas palabras; y paréceme serán para consolación de las hermanas que nuestro Señor lleva para este camino”, “ahora, con parecer de personas a quien yo estoy obligada a obedecer, escribiré alguna cosa de lo que el Señor me da a entender”. Lo escribió por segunda vez, también en San José, hacia el año 1574. El original fue dividido en siete capítulos por Gracián, que lo editó en Bruselas el año 1611 con el título Conceptos del Amor de Dios.
Béseme con beso de su boca. “Oh, Señor mío y Dios mío, y qué palabra esta para que la diga un gusano a su Criador”, “es cosa que espanta, y aquí espantará decir yo que la diga nadie. Dirán que soy una necia, que no quiere decir esto”, “¿qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento? Y aun pensaba yo si pedía la esposa esta merced que Cristo después nos hizo. También he pensado si pedía aquel ayuntamiento tan grande, como fue hacerse Dios hombre, aquella amistad que hizo con el género humano. Porque claro está que el beso es señal de paz y amistad grande entre dos personas”, “¿qué mejor cosa podemos pedir que lo que yo os pido, Señor mío, que me deis esta paz con beso de vuestra boca?” (1,11-12). Como vemos, Teresa llama Creador a Cristo y depende de la dogmática tradicional (Dios hombre), que hay que revisar a la luz de la Escritura.
Más valen tus pechos que el vino. “Dan de sí fragancia de muy buenos olores”, “como si le echasen en los tuétanos una unción suavísima, a manera de un gran olor”, “y esto es lo que dice aquí la esposa a mi propósito, que dan de sí los pechos del Esposo olor más que los ungüentos muy buenos”, “en esta amistad (que ya el Señor muestra aquí al alma, que la quiere tan particular con ella, que no haya cosa partida entrambos) se le comunican grandes verdades”, “una manera de borrachez divina”, “cuando despierta de aquel sueño y de aquella embriaguez celestial, queda como espantada y embobada y con un santo desatino”, “¡oh, Jesús mío, quién pudiese dar a entender la ganancia que hay de arrojarnos en los brazos de este Señor nuestro y hacer un concierto con Su Majestad: que mire yo a mi amado y mi amado a mí, y que mire Él por mis cosas y yo por las suyas!” (4,2-6).
Metióme el Rey en la bodega. “Dice la esposa: Metióme el Rey. Y ¡qué bien hinche este nombre, Rey poderoso, que no tiene superior, ni acabará su reinar para sin fin! El alma que está así, a buen seguro que no faltase para conocer mucho de la grandeza de este Rey, que todo lo que es, es imposible en esta vida mortal”, “dice que la metió en la bodega del vino; ordenó en mí la caridad (Cc 2,4). Entiendo yo de aquí que es grande la grandeza de esta merced. Porque puede ser dar a beber más o menos y de un vino bueno y otro mejor, y embriagar y emborrachar a uno más o menos”, “mas lo que dice la esposa es mucho junto. Métela en la bodega, para que allí más sin tasa pueda salir rica. No parece que el Rey quiere dejarle nada por dar, sino que beba conforme a su deseo y se embriague bien, bebiendo de todos los vinos que hay en la despensa de Dios” (6,2-3).
Mal de amores. “Sostenedme con flores y acompañadme con manzanas, porque desfallezco del mal de amores” (Cc 2,5), “¡oh, qué lenguaje este tan divino para mi propósito! ¿Cómo, esposa santa, mátaos la suavidad? Porque -según he sabido- algunas veces parece que es tan excesiva, que deshace el alma de manera que no parece ya que la hay para vivir, y pedir flores. ¿Qué flores serán éstas? Porque éste no es remedio, salvo si no le pedís para acabar ya de morir, que, a la verdad, no se desea cosa más cuando el alma llega aquí. Mas no viene bien; porque dice: sostenedme con flores; y el sostener no me parece que es pedir la muerte, sino con la vida querer servir en algo a quien tanto ve que debe” (7,1). Teresa hace una interpretación espiritual del Cantar de los cantares: el alma se une en amor con Cristo. En la Biblia el Cantar presenta el amor soñado por Dios para marido y mujer.
Fundación en Malagón. “Estando en San José de Medina del Campo, con harto consuelo de ver cómo aquellas hermanas iban por los mismos pasos que las de San José de Ávila”, una señora que estaba en Toledo, Luisa de la Cerda, “comenzóme mucho a importunarme hiciese uno en una villa suya llamada Malagón”, “día de Ramos, año de 1568, yendo la procesión del lugar por nosotras, con los velos delante del rostro y capas blancas, fuimos a la iglesia del lugar, adonde se predicó, y desde allí se llevó el Santísimo Sacramento a nuestro monasterio. Hizo mucha devoción a todos” (Fundaciones, 9,1-5).
En Valladolid. Cuatro o cinco meses antes de fundar en Malagón, un caballero principal, Bernardino de Mendoza, “me dijo que si quería hacer monasterio en Valladolid, que él daría una casa que tenía con una huerta muy buena y grande”, “yo la tomé, aunque no estaba muy determinada a fundarle allí, porque estaba casi un cuarto de legua del lugar”, “aunque era de gran recreación, por ser la huerta tan deleitosa, no podía dejar de ser enfermo, que estaba cabe el río”. Con todo, “hice muy secretamente venir oficiales y comenzar a hacer tapias para lo que tocara al recogimiento y lo que era menester. Estaba con nosotras… uno de los dos frailes que quería ser descalzo (fray Juan), que se informaba de nuestra manera de proceder en estas casas” (Fundaciones, 10,1-4). En efecto, “como estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas, que todo es con tanta moderación, que sólo sirve de entender allí las faltas de las hermanas y tomar un poco de alivio para llevar el rigor de la regla” (13,5).
En Toledo. En esta ciudad “un hombre honrado y siervo de Dios, mercader”, Martín Ramírez, “allegaba su hacienda con intento de hacer de ella una obra que fuese muy agradable al Señor”. Él estaba ya tan malo que “dejólo todo en las manos de un hermano que tenía, llamado Alonso Álvarez Ramírez, y con esto le llevó Dios”, “llegué a Toledo víspera de nuestra Señora de la Encarnación y fuime en casa de la señora doña Luisa, que es adonde había estado otras veces”. Alonso y un yerno suyo “comenzáronme a pedir muchas condiciones, que yo no me parecía convenía otorgar”, “yo tampoco podía acabar con el gobernador que me diese la licencia”, “no sabía qué me hacer, porque no había venido a otra cosa, y veía que había de ser mucha nota irme sin fundar”, “así me determiné de hablar al gobernador”, “díjele que era recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisieran estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor”, “antes que me quitase de con él, me dio la licencia”. Con la licencia en la mano, necesitaba alguien “que me buscase una casa alquilada”. Un mancebo, llamado Andrade, la encontró: “Me dijo que ya tenía la casa, que allí traía las llaves, que cerca estaba, que la fuésemos a ver, y así lo hicimos, y era tan buena que estuvimos en ella un año casi”. Fue en 1569. En 1570, con la ayuda de Alonso “compramos en la que ahora están, que es de las buenas de Toledo, que costó doce mil ducados” (Fundaciones, 15,1-17).
Falso problema. El mercader que dio su dinero era judeoconverso y, para algunos, suponía un problema enterrar en el monasterio a quien no fuese noble: “Estando en el monasterio de Toledo y aconsejándome algunos que no diese el enterramiento de él a quien no fuese caballero, díjome el Señor: Mucho te desatinará, hija, si miras las leyes del mundo. Pon los ojos en mí, pobre y despreciado de él. ¿Por ventura serán los grandes del mundo, grandes delante de mí? O ¿habéis vosotras de ser estimadas por linajes, o por virtudes?” (Cuentas de conciencia, 5).
En Pastrana. En mayo de1569, “me vienen a decir que está allí un criado de la princesa de Éboli, mujer de Ruy Gómez de Silva”, “mandaba por mí, porque había mucho que estaba tratado entre ella y yo de fundar un monasterio en Pastrana”, “fuimonos a posar mis compañeras y yo a un monasterio de franciscas con una señora que le hizo y estaba en él”, “esta señora me dijo que se holgaba viniese a tal tiempo, porque estaba allí un ermitaño que me deseaba mucho conocer”, era Mariano de San Benito, “él posaba en un aposento que esta señora le tenía dado, con otro hermano mancebo, llamado fray Juan de la Miseria”, “como me dijo la manera de su vida, yo le mostré nuestra regla primitiva y le dije que sin tanto trabajo podía guardar todo aquello, pues era lo mismo”, “me dijo que pensaría en ello aquella noche”, “díjome cómo Ruy Gómez en Pastrana… le había dado una ermita y sitio para hacer allí asiento de ermitaños, y que él quería hacerla de esta Orden y tomar el hábito”, “fundados ambos monasterios, y venido el padre fray Antonio de Jesús, comenzaron a entrar novicios”. En lo que toca a las monjas, cuando murió el príncipe Ruy Gómez, “entró la princesa allí monja”, pero “la priora no podía dar las libertades que quería”, “yo procuré… que quitasen de allí el monasterio, fundándose uno en Segovia” (Fundaciones, 17,2-16).
En Salamanca. Teresa volvió a Toledo en julio de 1569. En esto, “me escribió un rector de la Compañía de Jesús de Salamanca, diciéndome que estaría allí muy bien un monasterio de éstos”, “yéndome desde Toledo a Ávila, procuré desde allí la licencia del obispo que era entonces”, “luego procuré alquilar una casa que me hizo haber una señora que yo conocía”, “habida la licencia y teniendo cierta la casa… me partí para allá, llevando sola una compañera” (Juana Suárez), “llegamos víspera de Todos los Santos”, “no se trabajó poco aquella noche. Otro día por la mañana se dijo la primera misa y procuré que fuesen por más monjas que habían de venir de Medina del Campo”, “estuvo el monasterio en esta casa cerca de tres años, y aun no recuerdo si cuatro, que había poca memoria de él, porque me mandaron ir a la Encarnación de Ávila”, “sentí harto lo que estas hermanas padecieron aquí, aunque no de falta de mantenimiento… sino de poca salud y porque era húmeda y muy fría”, “visto el perlado su perfección y el trabajo que pasaban, movido de lástima, me mandó venir de la Encarnación. Ellas se habían ya concertado con un caballero de allí que les diese una”, “era tal que fue menester gastar más de mil ducados para entrar en ella” (Fundaciones, 18, 1-3; 19,3-7).
En Alba de Tormes. “No hacía dos meses que se había tomado la posesión el día de Todos los Santos en la casa de Salamanca, cuando de parte del contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada que en aquella villa hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo había mucha gana, a causa que por ser lugar pequeño, era menester que tuviese renta, que mi inclinación era a que ninguna tuviese”, “el padre maestro fray Domingo Báñez -que era mi confesor-… me riñó, y dijo que, pues el Concilio daba licencia para tener renta, que no sería bien dejase de hacer un monasterio por eso”, “harto trabajo se pasó en concertarnos”, “en fin, vinieron a poner en razón y dar bastante renta para el número, y lo que les tuve en mucho, dejaron su propia casa para darnos y se fueron a otra harto ruin. Púsose el Santísimo Sacramento e hízose la fundación día de la Conversión de San Pablo, año de 1571” (Fundaciones, 20,1-14)
Priora de la Encarnación. En junio de 1571 el visitador apostólico fray Pedro Fernández nombra a Teresa priora de la Encarnación: “Me mandaron ir a la Encarnación de Ávila” (Fundaciones, 19,6). Escribe a doña Luisa de la Cerda el 7 de noviembre: “¡Oh, señora!, quien se ha visto en el sosiego de nuestras casas y se ve ahora en esta baraúnda, no sé cómo se puede vivir, que de todas maneras hay en que padecer. Con todo, gloria a Dios, hay paz -que no es poco- yendo quitándoles sus entretenimientos y libertad; que aunque son tan buenas -que cierto hay mucha virtud en esta casa-, mudar costumbre es muerte, como dicen. Llévanlo bien y tiénenme mucho respeto. Mas adonde hay ciento y treinta, ya entenderá vuestra señoría el cuidado que será menester para poner las cosas en razón”. A mediados de septiembre de 1572, dice a sus monjas: “Les traigo un padre que es santo por confesor”. Es fray Juan de la Cruz. Esto no quiere decir que fray Juan fuera su confesor. El 13 de noviembre de 1573 ella escribe: “Con el padre Lárez me confieso”, Antonio Lárez, rector del Colegio jesuita de San Gil.
Matrimonio espiritual. Ávila, 18 de noviembre 1572. Estando comulgando, dice Teresa, fray Juan partió la Forma: “Yo pensé que no era (por) falta de Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas”. Le dijo el Señor: “No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí”, dando a entender que no importaba. Entonces se le representó por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior: “Me dio su mano derecha, y me dijo: Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy”. Beas, 1575: “Estando un día en el convento de Beas, me dijo nuestro Señor que, pues era su esposa, que le pidiese… Y por señas me dio un anillo hermoso, con una piedra a modo de amatista, mas con un resplandor muy diferente de acá, y me lo puso en el dedo” (Cuentas de conciencia, 25 y 28).
Las Fundaciones. Teresa comienza a escribir el libro de las Fundaciones en 1573: “Comencé a escribir estas fundaciones por mandato del padre maestro Ripalda, de la Compañía de Jesús, que era entonces el rector del colegio de Salamanca, con quien yo entonces me confesaba. Estando en el monasterio del glorioso San José que está allí, año de 1573, escribí algunas de ellas” (Fundaciones, 27,22). Jerónimo Ripalda es el autor del viejo catecismo que con el de Gaspar Astete llega hasta nosotros. Ambos desaparecen con la renovación del Concilio Vaticano II.
Oración vocal y mental. Dice a sus monjas: “Para vosotras lo uno y lo otro” (Camino de perfección, 36,3). Oración mental: “No me estéis hablando con Dios y pensando en otras cosas, que esto es lo que hace no entender qué es oración mental” (38,2), “es muy posible que rezando el Paternoster os ponga Dios en contemplación perfecta si le rezáis bien; que por estas vías muestra que oye al que le habla, y le habla Su Majestad suspendiéndole el entendimiento y atajándole el pensamiento, y tomándole -como dicen- la palabra de la boca” (41,1). Recogimiento: “Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios”, “allí metida consigo misma puede pensar toda la Pasión” (47,1), “siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios” (35,4). Oración de quietud: “Es un ponerse el alma en paz o ponerla el Señor con su presencia” (53,2). Una caricatura de los “recogidos” eran los “dejados”, conocidos como “alumbrados”. Todos estos grupos contaban con judíos conversos o hijos de conversos. Sin embargo, no lo olvidemos: más allá de la oración vocal o mental,: la oración es diálogo, “conversación con Dios” (1 Moradas, 1,6), conversamos con Dios que habla con nosotros.
Es como un ángel. Jerónimo Gracián (1545-1614) es hijo de Diego, secretario del rey. Siendo ya sacerdote, profesa como carmelita descalzo en Pastrana el 25 de abril de 1573. Estando en Beas, dice Teresa, “vino a verme”, “hombre de muchas letras y entendimiento y modestia” (Fundaciones, 23, 1). Es vicario provincial de Andalucía. Escribe Teresa en sus Cartas publicadas en sus Obras completas: “Ha estado aquí más de veinte días”, “él es cabal a mis ojos” (12 mayo 1575), “es como un ángel” (18 junio 1575), “me tiene una amistad que ninguna cosa se traba” (28 agosto 1575). Le escribe desde Sevilla: “Con serme tan penosa la ausencia de vuestra paternidad, a trueco de que se remediara la Encarnación, gustara se detuviera un mes más” (27 septiembre 1575). Desde Malagón le echa de menos: “Cuando considero cuán de tarde en tarde he de saber de vuestra paternidad, no sé cómo se ha de llevar” (15 junio 1576). Desde Toledo, usando pseudónimos: “Después que vio a Paulo (Gracián) con ninguno tenía alivio ni contento su alma”, “en estando sin Paulo, ni nada le satisface de lo que hace ni le parece que acertaba ni aunque quería sujetarse a otro (confesor) no podía”, “la tiene Dios desterrada de todo lo que ama” (5 septiembre 1576). Juana, madre de Gracián, “tiene muy creído que vuestra paternidad hace lo que yo le suplico”, “yo pensando cuál querría más vuestra paternidad de las dos, hallo que la señora doña Juana tiene marido y otros hijos que querer, y la pobre Lorenza (Teresa) no tiene cosa en la tierra sino este padre” (20 septiembre 1576); le pide “hacerme la merced de no leer en público las cartas que le escribo” (18 diciembre 1576); dice Ángela (Teresa) “que le quisiera besar muchas veces las manos y que le diga a vuestra paternidad que bien puede estar sin pena, que el casamentero fue tal y dio el nudo tan apretado que sólo la vida le quitará, y aun después de muerta estará más firme” (9 enero 1577). ¿Quién fue el casamentero? Lo vemos a continuación.
El esposo del Cantar. Beas, 1575. Estando un día comiendo, tuvo Teresa esta visión: “Me pareció que estaba junto a mí nuestro Señor Jesucristo, de la forma que Su Majestad se me suele representar, y hacia el lado derecho estaba el mismo maestro Gracián y yo al izquierdo. Nos tomó el Señor las manos derechas y las juntó, y me dijo que éste quería tomase en su lugar mientras viviese, y que entrambos nos conformásemos en todo, porque convenía así”. Sevilla, 9 de agosto de 1575: “Súbitamente me vino un recogimiento con una luz tan grande interior, que me parece estaba en otro mundo, y hallóse el espíritu dentro de sí en una floresta y huerta muy deleitosa, tanto que me hizo acordar de lo que se dice en los Cantares: Vino mi amado a su huerto. Vi allí a mi Eliseo (Gracián), …con una gran hermosura extraña; encima de la cabeza tenía como una guirnalda, que no corona, de gran pedrería, y muchas doncellas que andaban allí delante de él con ramos en las manos, todas en cánticos de alabanzas a Dios” (Cuentas de conciencia, 29 y 34).
Comentario. Llama la atención. El biógrafo Efrén omite los textos del “casamentero” y textos afines. Javierre los presenta “sin disimulos”, pero los suaviza: Teresa “se enamora de un fraile”, “cumple en Beas los sesenta años”, “es una mujer madura”, “para la media correspondiente al siglo XVI es anciana”, estaría mejor afirmar que es el fraile quien “la enamora” a causa de sus preciosas cualidades, será más discreto decir que Teresa “se prendó” del nuevo conocido (Javierre, 500-503, 537-539). La “teología espiritual” al uso, “según lo que comúnmente sucede”, no recomienda la amistad entre personas de distinto sexo: como suele decirse, “entre santa y santo, pared de cal y canto”. Pero esa “teología espiritual” debe ser cuestionada. Hay que volver a las fuentes: san Pedro estaba casado, tenía suegra (Mt 8,19); san Pablo estaba soltero, renuncia al derecho de llevar consigo “una mujer hermana como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas” (1 Co 9,5). Es una opción “por causa del Evangelio” (9,23). Como dice Jesús, “el que pueda entender, entienda” (Mt 19,12).
Algún escrúpulo. “Como vuestra merced (Gracián) se fue ayer tan presto y yo veo las muchas ocupaciones que tiene para poderme yo consolar con él aun lo necesario, porque veo son más necesarias las ocupaciones de vuestra merced, quedé un rato con pena y tristeza. Como yo tenía la soledad que he dicho, ayudaba; y como criatura de la tierra no me parece me tiene asida, dióme algún escrúpulo, temiendo no comenzase a perder esta libertad. Esto era anoche. Y respondióme hoy nuestro Señor a ello y díjome que no me maravillase, que así como los mortales desean compañía para comunicar sus contentos sensuales, así el alma la desea -cuando haya quien le entienda- comunicar sus gozos y penas, y se entristece no tener con quién” (Cuentas de conciencia, 13, 7-8).
Descalzas en Segovia. La fundación se hizo en marzo de 1574: “El día de San José, que pusimos el Santísimo Sacramento, que, aunque había del obispo licencia y de la ciudad, no quise sino entrar la víspera secretamente de noche”. Teresa tenía licencia “de palabra” del obispo, que estaba ausente: “Como vino a noticia del provisor que estaba hecho el monasterio, vino luego muy enojado y no consintió decir más misa y quería llevar preso a quien la había dicho, que era un fraile descalzo”, Juan de la Cruz. Teresa encargó a algunas personas “que eran principales del lugar, para que hablasen al provisor y le dijesen cómo tenían licencia del obispo. Él lo sabía muy bien, según dijo después, sino que quisiera le diéramos parte, y creo yo que fuera muy peor” (Fundaciones, 21,5-8).
De Pastrana a Segovia. En mayo de 1574, Teresa se lleva a sus monjas de Pastrana a Segovia para no permitir a la princesa de Éboli vivir a su antojo en el convento de su propiedad. Entonces la princesa denuncia el libro de la Vida a la Inquisición. El inquisidor mayor es Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo. Escribe Teresa: “De mis papeles hay buenas nuevas. El inquisidor mayor mismo los lee”, “dijo a doña Luisa (de la Cerda) que no había allí cosa que ellos tuviesen que hacer en ella, que antes había bien que mal” (Ávila, 27-2-1577).
Fundación en Beas. “En el tiempo que tengo dicho, que me mandaron ir a Salamanca desde la Encarnación, estando allí vino un mensajero de la villa de Beas con cartas para mí de una señora de aquel lugar y del beneficiado de él y de otras personas, pidiéndome fuese a fundar un monasterio, porque ya tenían casa para él, que no faltaba sino irle a fundar”, “así vinieron las monjas al principio de cuaresma año de 1575”, “fundóse el monasterio llamado San José del Salvador esta misma cuaresma, día de Santo Matía” (Fundaciones, 22,1-19).

Fundación en Sevilla. Le pareció a Jerónimo Gracián, vicario provincial y visitador apostólico de Andalucía, “que sería gran servicio de Dios fundar en Sevilla, que le pareció muy fácil, porque se lo habían pedido algunas personas que podían y tenían muy bien para dar luego casa”, “y así se concertó que la priora y monjas que llevaba para Caravaca fuese para Sevilla”, “fue Dios servido que viniese entonces de las Indias un hermano mío que había de treinta y cuatro años que estaba allá, llamado Lorenzo de Cepeda, que aún tomaba peor que yo en que las monjas quedasen sin casa propia”, “el mismo que la vendía -con ganar mucho en ello- puso inconveniente para hacer las escrituras cuando había quedado”. Un sacerdote, llamado Garciálvarez, que les decía la misa cada día, “como sabía bien la casa, parecíale gran desatino dar tanto por ella”, “fueron él y mi hermano a ver en la que ahora están. Vinieron tan aficionados y con razón, y nuestro Señor que lo quería, que en dos o tres días se hicieron las escrituras”. El día 3 de junio de 1575 “el arzobispo puso el Santísimo Sacramento” (Fundaciones, 24,4;25,3-12). En la foto, sepulcro de Lorenzo en el convento de San José de Ávila.
Grandes persecuciones. “Acabada la fundación de Sevilla, cesaron las fundaciones por más de cuatro años. La causa fue que comenzaron grandes persecuciones muy de golpe a los descalzos y descalzas, que aunque ya había habido hartas, no en tanto extremo, que estuvo a punto de acabarse todo”, “murió un nuncio santo, que favorecía mucho la virtud, y así estimaba a los descalzos. Vino otro, que parecía le había enviado Dios para ejercitarnos en padecer” (Fundaciones, 28,1-3).
Se declara la guerra. Los descalzos, favorecidos por los “visitadores apostólicos” de la orden dominicana, han dado algunos pasos de espaldas a las disposiciones del general del Carmen, Juan Bautista Rubeo. Teresa de Jesús se lamenta de ello y le escribe: “No los puedo dejar de echar la culpa. Ya parece van entendiendo que fuera mejor haber ido por otro camino por no enojar a vuestra señoría” (18-6-1575). El visitador apostólico de Andalucía ha entregado a los descalzos el convento que los calzados tenían en San Juan del Puerto (Huelva), ha autorizado las fundaciones de Sevilla, Granada y La Peñuela, ha nombrado a Baltasar de Jesús y a Jerónimo Gracián, visitadores de calzados y descalzos en Andalucía. Y esto en oposición a las disposiciones del general Rubeo. Éste solicitó del papa Gregorio XIII que el nombramiento de visitadores apostólicos recaiga en miembros de la Orden, lo que se concede en el Breve de 3 de agosto de 1574, que el general no lo da a conocer hasta mayo del año siguiente. Mientras tanto, el nuncio Nicolás Ormaneto, a quien se le ha comunicado la expedición del breve pontificio, usando de sus propias facultades, el 27 de septiembre de 1574 nombra “reformadores” a los visitadores destituidos, con idéntica o mayor autoridad que la que antes tenían. Y el Papa confirma el nombramiento con fecha 27 de diciembre.
En defensa de la Reforma. Teresa ve en peligro la Reforma y con estos temores escribe a Felipe II: “Ha cuarenta años que yo vivo entre ellos (los calzados), y miradas todas las cosas, conozco claramente que, si no se hace provincia aparte de descalzos -y con brevedad-, que se hace mucho daño y tengo por imposible que puedan ir adelante” (19-7-1575).
La barrera dogmática. En 1575, estando en oración después de comulgar “comenzó a inflamarse mi alma, pareciéndome que claramente entendía tener presente a toda la Santísima Trinidad en visión intelectual”, “entendía aquellas palabras que dice el Señor, que estarán con el alma que está en gracia las tres divinas personas (Jn 14,23), porque las veía dentro de mí por la manera dicha” (Cuentas de Conciencia, 14,1). Sin embargo, “como yo estaba mostrada a traer sólo a Jesucristo, siempre parece me hacía algún impedimento ver tres Personas -aunque entiendo es un solo Dios- y díjome hoy el Señor, pensando yo en esto: que erraba en imaginar las cosas del alma con la representación que las del cuerpo, que entendiese que era muy diferente” (15,1; ver Moradas VII, 1,7). Un impedimento había. Lo que el Señor dice es esto: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Además, en el Evangelio, el Esposo es el Señor (Mt 25,1-13; Jn 3,29).
Algunas dificultades. “A las personas ignorantes parécenos que las Personas de la Santísima Trinidad todas tres están -como lo vemos pintado- en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros; y así nos espanta tanto, que parece cosa imposible y que no hay quien ose pensar en ello, porque el entendimiento se embaraza y teme no quede dudoso de esta verdad, y quita una gran ganancia. Lo que a mí se representó son tres Personas distintas, que cada una se puede mirar y hablar por sí”, “pues si cada una es por sí, ¿cómo decimos que todas tres son una esencia? Y lo creemos, y es muy gran verdad y por ella moriría yo mil muertes”, “¿podrá el Padre estar sin el Hijo y sin el Espíritu Santo? No, porque es una esencia, y adonde está el uno están todas tres, que no se pueden dividir. Pues ¿cómo vemos que están divisos tres Personas, y cómo tomó carne humana el Hijo y no el Padre ni el Espíritu Santo? Esto no lo entiendo yo; los teólogos lo saben bien. Sé yo que en aquella obra tan maravillosa, que estaban todas tres, y no me ocupo en pensar mucho esto”, ”mientras menos lo entiendo, más lo creo y me hace mayor devoción” (Cuentas de conciencia, 60, 2-5). Teresa habla de “esencia”, no de “sustancia”. En cualquier caso, hay que revisar la tradición a la luz de la Escritura.
Tiento y recato. Escribe Teresa a Gracián: “En forma, aunque me ha dado harta pena, por otra parte me hace gran devoción como sé con el tiento que vuestra paternidad ha ido, y tantas infamias”, “en lo que toca a esa doncella o dueña, mucho se me ha asentado que no es tanto melancolía como demonio”, “es menester andar con gran recato en este negocio y no ir vuestra paternidad a su casa en ninguna manera, no le acaezca lo que a santa Marina (creo era), que decían era suyo un niño y padeció mucho” (Toledo, noviembre 1576).
Una gran lagartija. Estando en una venta, escribe Teresa desde Malagón, “qué desastre me aconteció”, “se me entra una gran salamandra o lagartija entre la túnica y la carne en el brazo, y fue misericordia de Dios no ser en otra parte, que creo que muriera”. El hecho recuerda lo del sapo: “Todas son mozas, y créame, padre mío, que lo más seguro es que no traten con frailes. Ninguna otra cosa he tanto miedo en estos monasterios como esto; porque, aunque ahora es todo santo, sé en lo que vendrá a parar” (15 junio 1576).
Las Moradas. En 1577 escribe las Moradas del castillo interior. El alma es “como un castillo”, donde hay “muchos aposentos”, “como en el cielo hay muchas moradas” (Jn 14,2). En el centro de todas “tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (Moradas I, 1,1-3). Estas cosas “quedan grabadas y jamás se olvidan”, “como hizo Jacob cuando vio la escala” (Gn 28,12; VI, 4,6). En las primeras moradas “aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y alguna vez, aunque de tarde en tarde, se encomiendan a nuestro Señor”, “entran en las primeras piezas de las bajas” (I, 1,8). En las segundas “su Majestad es muy buen vecino y tanta su misericordia y bondad que aun estándonos en nuestros pasatiempos… una y otra vez no nos deja de llamar para que nos acerquemos a Él” (II, 1,2). En las terceras el amor “no ha de ser fabricado por nuestra imaginación, sino probado por obras” (III, 1,7). En las cuartas moradas “como buen pastor, con un silbo tan suave que aun casi ellos mismos no entienden, hace que conozcan su voz” (IV, 3,3). En las quintas “paréceme a mí que la unión no llega a desposorio espiritual, sino como por acá cuando se han de desposar dos, se trata de si son conformes” (V, 4,4). En las sextas “el alma ya queda herida del amor del Esposo”, pero el Esposo “aún quiere que lo desee más” (VI,1,1). En las séptimas “se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres Personas”, “y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor, que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma (Jn 14,23)”. Es el “matrimonio espiritual”. Dice san Pablo: El que se arrima y allega a Dios se hace un espíritu con Él (1 Co 6,17), y también dice: Para mí vivir es Cristo y una ganancia el morir (Fil 1,21; VII, 1,7 y 2,2-6). Lo recordamos, lo que el Señor dice es esto: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Además, en el Evangelio, el Esposo es el Señor (Mt 25,1-13; Jn 3,29).
La Inquisición. Dice Teresa:“Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”, “dije que de eso no temiesen, que harto mal sería para mi alma si en ella hubiese cosa que fuese de suerte que yo temiese a la Inquisición, que si pensase que había para qué, yo me la iría a buscar, y que si era levantado, que el Señor me libraría y quedaría con ganancia” (Vida, 33,5).
Las visiones. En 1576 la Inquisición examina en Sevilla el espíritu de Teresa. Ella escribe dos relaciones hablando en tercera persona. En una de ellas dice: “Jamás hizo cosa por lo que entendía en la oración; antes cuando le decían sus confesores que hiciese lo contrario, lo hacía sin ninguna pesadumbre, y siempre les daba parte de todo”. Sobre las visiones: “Nunca con los ojos del cuerpo vio nada, como ya está dicho, sino con una delicadeza y cosa tan intelectual, que algunas veces pensaba a los principios si se le había antojado; otras no lo podía pensar” (Cuentas de conciencia, 53, 15-21). Las visiones son una visión interior. No son alucinaciones.
El Tostado. En las cartas Teresa alude una y otra vez al inquisidor Jerónimo Tostado. El Tostadotrae un Breve del Papa que “no hay más que pedir para el propósito de los calzados” (Sevilla, 9-5-1576), “nos ha librado Dios del Tostado” (Toledo, 7-9-1576), al Tostado, “servirle y obedecerle; mas no en esto, que sería destruirnos del todo” (Toledo, 6-2-1577), “todavía tenemos miedo a este Tostado, que torna ahora a la Corte, encomiéndelo a Dios” (Toledo, 19-2-1577), “por orden del Tostado vino aquí el provincial de los calzados a hacer la elección -ha hoy quince días- y traía grandes censuras y descomuniones para las que me diesen a mí voto” (Ávila, 22-10-1577), “a las monjas de la Encarnación las han absuelto después de haber estado casi dos meses descomulgadas”, “mandó el rey que el nuncio las mandase absolver” (Ávila, 10-12-1577).
Fray Juan, encarcelado. Por mandato del Tostado, “ha más de un mes que prendieron los dos descalzos que las confesaban”. Uno de ellos es fray Juan, “todos le tienen por santo”, “témese que los tienen apretados, y temo algún desmán”. El Tostado “está admitido ya por vicario en ese reino, y sería recia cosa caer en sus manos, en especial yo” (Ávila, 16-1-1578). Teresa lamenta “lo que han hecho con fray Juan”, “nueve meses estuvo en una carcelilla” (Ávila, 28-8-1578). Teme lo que pueda suceder en Roma: “Todos estamos acá en que no vayan frailes a Roma”, “cuando acá no pudimos remediar a fray Juan, ¿qué será allá?” (Ávila, 15-10-1578), “procure vuestra paternidad que lo regalen en Almodóvar”, “quedan pocos a vuestra paternidad como él, si se muere” (Ávila, octubre 1578).
Fray Juan, excomulgado. Los descalzos inician capítulo en Almodóvar el 9 de octubre de 1578. A la reunión acude también fray Juan de la Cruz, acompañado por los criados del canónigo que le ha acogido en el Hospital de Santa Cruz. Se toman las siguientes decisiones: nombramiento de un procurador que vaya a Roma a pedir la necesaria autonomía de los descalzos, misión que se encomienda a Nicolás Doria, a quien acompañará Pedro de los Ángeles; nombramiento de fray Juan de la Cruz para sustituir a éste como prior del convento del Calvario. Terminado el capítulo, casi todos los participantes, menos fray Juan, se trasladan a Madrid para exponer al nuncio lo realizado. La respuesta es feroz. El nuncio Felipe Sega prorrumpe en insultos contra Teresa de Jesús y los descalzos, “dándoles apellidos indignísimos de sus personas”, declara nulo cuanto en el capítulo se ha hecho, lo califica como atentado a su autoridad, pone a los descalzos bajo la total autoridad de los calzados, decreta la prisión de los principales descalzos que tiene a mano y dicta sentencia de excomunión contra todos los que han participado en el capítulo de Almodóvar. Queda, pues, excomulgado fray Juan.
Un gran tesoro. Fray Juan desde Almodóvar va como prior al Calvario, donde viven treinta frailes. Desde allí atiende al convento de descalzas de Beas, donde es priora Ana de Jesús, a quien escribe Teresa a mediados de noviembre de 1578: “En gracia me ha caído, hija, cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino. Pues yo le digo a mi hija que después que se fue allá no he hallado en toda Castilla otro como él”, “no creerá la soledad que me causa su falta. Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en este santo”.
Fundación en Villanueva de la Jara. “Llegamos el domingo primero de la cuaresma… año de 1580, a Villanueva de la Jara. Este mismo día se puso el Santísimo Sacramento en la iglesia de la gloriosa Santa Ana”, “nosotras con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, íbamos en mitad cabe el Santísimo Sacramento, y junto a nosotras nuestros frailes descalzos, que fueron hartos del monasterio“, es decir, del convento de Nuestra Señora del Socorro en La Roda (Fundaciones, 28,37).
En Palencia. Llegaron a Palencia el 28 de diciembre de 1580. El canónigo Jerónimo Reinoso “lo hizo todo tan bien que no sólo desembarazó la casa, mas teníamos camas y muchos regalos harto cumplidamente; y habíamoslo menester, porque el frío era mucho y el día antes había sido trabajoso, con una gran niebla que casi no nos veíamos”. El obispo era don Álvaro de Mendoza: “Como había dejado el obispado de Ávila y pasádose a Palencia, púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada Orden”, “mucho ayudó saber que lo quería el obispo, por ser allí muy amado, mas toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto” (Fundaciones, 29,1-11).
En Soria. “Estando yo en Palencia… me trajeron una carta del obispo de Osma, llamado el doctor Velázquez, a quien siendo él canónigo y catedrático en la iglesia mayor de Toledo, y andando todavía en algunos temores, procuré tratar”, “esta carta me escribía desde Soria, adonde estaba él presente. Decíame cómo una señora que allí confesaba le había tratado de una fundación de monasterio de monjas nuestras que le parecía bien; que él había dicho acabaría conmigo que fuese allá a fundarla”, esta señora “tenía en Soria una casa buena, fuerte, en harto buen puesto; y dijo que nos daría aquella con todo lo que fuese menester para fundar”, “el obispo se ofreció a dar una iglesia harto buena, toda de bóveda, que era de una parroquia que estaba cerca, que con un pasadizo nos ha podido aprovechar” (Fundaciones, 30,1-4).
En Burgos. “El año de 1580, estando yo en Valladolid, pasó por allí el arzobispo de Burgos, que habían dádole entonces el obispado, que lo era antes de Canarias”, “supliqué al obispo de Palencia… y muy de buena gana dijo se la pediría”, “le pidió la licencia para que yo fundase el monasterio. Él dijo la daría de muy buena gana, porque aun había querido en Canarias y deseado procurar tener un monasterio de éstos”, “el obispo túvolo por hecho”, “mas a mí me pareció entender alguna falta de ánimo en el arzobispo y escribíle agradeciendo la merced que me hacía”, “el arzobispo miraba por todos los inconvenientes que podía haber”, “había en esta ciudad de Burgos una santa viuda, llamada Catalina de Tolosa”, “había metido dos hijas monjas en el monasterio de nuestra Orden… en Valladolid”, “y en Palencia metió otras dos”. Tenía ella dos vecinas, madre e hija: “La madre se llamaba doña María Manrique. Tenía un hijo regidor, llamado don Alonso”, “la hija se llamaba doña Catalina. Entrambas lo trataron con él para que lo pidiera en el ayuntamiento, el cual habló a Catalina de Tolosa diciendo que qué fundamento diría que teníamos, porque no lo darían sin alguno. Ella dijo que se obligaría -y así lo hizo- de darnos una casa si nos faltase, y de comer, y con esto dio una petición firmada de su nombre. Don Alonso se dio tan buena maña que la alcanzó de todos los regidores y el arzobispo, y llevó la licencia por escrito” (Fundaciones, 31,2-13).
Provincia independiente. La gran noticia: “Estando en Palencia, fue Dios servido que se hizo el apartamiento de los descalzos y calzados, haciendo provincia por sí, que era todo lo que deseábamos para nuestra paz y sosiego. Trájose -por petición de nuestro católico rey don Felipe- de Roma un breve muy copioso para esto”, “me dio a mí uno de los más grandes gozos y contentos que podía recibir en esta vida”, “verlo así acabado, si no es quien sabe los trabajos que se ha padecido, no puede entender el gozo que vino a mi corazón”. En Alcalá, el mes de marzo de 1581, se celebró el capítulo de los descalzos como provincia independiente: “Hizose capítulo en Alcalá”, “eligieron por provincial al padre maestro fray Jerónimo Gracián” (Fundaciones, 29,30-31).
Ya no les soy de provecho. En marzo de 1581, en una carta desde Palencia a María de San José, escribe: “Ahora, mi hija, puedo decir lo que el santo Simeón, pues he visto en la Orden de la Virgen Nuestra Señora lo que deseaba; y así les pido y les ruego no rueguen ni pidan mi vida, sino que me vaya a descansar, pues ya no les soy de provecho”.
En el convento de San José. En septiembre de 1581 se vio obligada a aceptar ser priora del convento de San José de Ávila para remediar la situación de desconcierto económico y el peligro de relajación en materia de pobreza en el que se encontraba. Teresa escribe a María de San José: “Por aquí hay hartas (necesidades) en especial en esta casa de San José de Ávila, adonde me han hecho ahora priora por pura hambre; mire para mis años y ocupaciones cómo se ha de poder llevar” (8-11-1581).
Último encuentro. Fue el 28 de noviembre de 1581. Fray Juan de la Cruz, que ocupaba el cargo de prior en Granada, llegó a Ávila con credenciales para llevarse a Teresa a fundar un convento de descalzas, pero no puede: tiene que ir a Burgos. Fray Juan se despidió así de la fundadora; ya no se verían más. Esa mañana se había celebrado en el convento de San José la profesión de Ana de los Ángeles y había predicado don Pedro Castro, que después sería obispo. Por la tarde, ella le escribe: “Hágame saber si fue cansado y cómo está, y no por letra; porque con todo lo que me alegro de ver la de vuestra merced, no querría cansarle sino lo menos que pudiese, que no dejará de ser harto. Yo lo estoy esta tarde con un padre de la Orden, aunque me ha quitado enviar mensajero a la marquesa, que va por Escalona”. Sorprende. No parece que este último encuentro le contentara a Teresa. Al parecer, la cansaba.
Clara reprensión. Teresa escribe desde Burgos a Ana de Jesús el 30 de mayo de 1582. Es una clara reprensión: “En gracia me cayó la baraúnda que tienen de quejarse de nuestro padre provincial y el descuido que han tenido en hacerle saber de sí desde la carta primera adonde le decían que habían fundado y conmigo han hecho lo mismo”, “vi por una carta de la priora de Sevilla en que le decían compraban la casa en doce mil ducados”, “allá se dan tan buena maña a no obedecer que no me ha dado poca pena esto postrero, por lo mal que ha de parecer en toda la orden y aun por la costumbre que puede quedar en tener libertad las prioras”. En relación a los señores que han cedido la casa, “ha sido gran indiscreción haber estado tantas”, “terrible descomedimiento estar tantas -en especial entiendo daban pesadumbre-“, “cierto me espanto de la paciencia que han tenido”, “para todo lo que toca a las descalzas tengo las veces de nuestro padre provincial”, “mando que lo más presto que pudieren tener acomodamiento de enviarlas se tornen a Beas las que de allá vinieron, salvo la madre priora Ana de Jesús”.
Principio de bandos. Sigue la reprensión: “Nunca me olvido de una carta que me enviaron de allí -cuando vuestra reverencia dejó el oficio- que no la escribiera una monja calzada. Es principio de bandos y de otras desventuras”, “yo verdaderamente que no sé quién son las que fueron, que bien secreto lo han tenido de mí y de nuestro padre, ni pensé vuestra reverencia llevara tantas de ahí; mas imagino que son las muy asidas a vuestra reverencia”, “me he afrentado que a cabo de rato miren ahora las descalzas en esas bajezas, y ya que miren lo pongan en plática y la madre María de Cristo (subpriora) haga tanto caso de ello: o con la pena se han tornado bobas o pone el demonio infernales principios en esta Orden. Y tras esto loa a vuestra reverencia de muy valerosa, como si eso le quitara el valor”. Esta carta “que la lea la madre subpriora y sus dos acompañantes y el padre fray Juan de la Cruz, que no tengo cabeza para escribir más”.
Problema familiar. El 1 de septiembre, desde Valladolid, escribe a Gracián: “Aquí he pasado harto con la suegra de don Francisco (hijo de Lorenzo), que es extraña y estaba muy puesta en poner pleito para que no valga el testamento, y aunque no tiene justicia tiene mucho favor y algunos la dicen que sí, y me han aconsejado que, para que don Francisco no se pierda del todo y nosotras no gastemos, que haya concierto”.
En Alba de Tormes. Desde Palencia escribe Teresa el 9 de agosto: “Nuestro padre (Gracián… querría fuese a Alba y a Salamanca antes que a Ávila”. El 20 de septiembre llegó a Alba: “la hicieron acostar”. Al día siguiente, “con dificultad se pudo levantar a misa y a comulgar, por agravársele la enfermedad que fue principalmente un flujo de sangre”, debido, según parece, a un carcinoma (Efrén, 237-239).
Solo Dios basta. El 4 de octubre de 1582 Teresa muere repitiendo estas palabras: “En fin, Señor, soy hija de la Iglesia”. Escribe Albino Luciani en la carta que le dirige: “Lo repetiste con voz apagada en el mismo lecho de muerte. Y durante tu vida trabajaste incansablemente para la Iglesia y con la Iglesia, ¡aceptando, incluso, el sufrir algo de la Iglesia!” (Ilustrísimos señores, 1978). En medio de los “trabajos y persecuciones” (Vida, 33,4), Teresa mantiene la paz, la calma, la confianza en Dios. Su profunda fe se expresa claramente en el poema que escribe de su puño y letra: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda, / la paciencia / todo lo alcanza, / quien a Dios tiene / nada le falta, / solo Dios basta”. El entierro se celebró al día siguiente. No era, sin embargo, día 5, sino día 15, debido al ajuste del calendario ordenado por Gregorio XIII. El poeta Lope de Vega (1562-1635) escribió esta glosa: “Con asombro del profundo, / Teresa, ilustre mujer, / nace en Alba para ser / sol de España y luz del mundo” (Efrén, 245-246). En 1622 Gregorio XV la canoniza. En 1970 Pablo VI la reconoce como Doctora de la Iglesia.
Concierto final. No podíamos terminar mejor estas catequesis. El día anterior nos vimos acompañados por el salmo propio del día: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Es la confesión de Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta”. Nos acompañó también el concierto sobre Las fundaciones de Santa Teresa, que encaja perfectamente con el salmo que hoy se lee en todas las iglesias: un salmo especial, un salmo orquesta, un salmo concierto. Es una invitación a alabar al Señor “por sus obras magníficas”, “por su inmensa grandeza”: “Alabadlo tocando trompetas, alabadlo con arpas y cítaras, alabadlo con tambores y danzas, alabadlo con trompas y flautas. Alabadlo con platillos sonoros, alabadlo con platillos vibrantes”. Tenemos la letra, tenemos los instrumentos y tenemos la música. Ciertamente, es un gran regalo, un salmo concierto, hermoso final.
Jesús López Sáez

