En el principio era la palabra
 

- EL EVANGELIO DE JUAN Hemos visto su gloria Volviendo a las fuentes, abordamos el evangelio de Juan. Detrás de cada evangelio (Marcos, Mateo, Lucas, Juan) hay un apóstol y hay una comunidad o una red de comunidades, las comunidades de Pedro, Santiago, Pablo, Juan. El evangelio de Juan es distinto, pero transmite la misma confesión de fe que los demás: “Jesús es el Cristo, el hijo de Dios” (Jn 20,31). El discípulo siente la ausencia de Jesús, pero vive su misteriosa presencia. Con él su comunidad lo atestigua: Hemos visto su gloria (1,14). En la foto, papiro 52, hacia el año 125 (Biblioteca John Rylands, Manchester). Es el testimonio más antiguo del evangelio de Juan (Jn 18,31-33 y 37-38). Algunos interrogantes. De entrada, nos encontramos con un problema. La mayoría de los comentaristas dudan que alguno de los cuatro evangelios haya sido escrito por un testigo ocular de la misión de Jesús. ¿Es esto así?, ¿quién es el autor del evangelio de Juan?, ¿cuándo lo compuso?, ¿dónde?, ¿quién es el otro discípulo que aparece en el evangelio?, ¿quién es el discípulo amado?...

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COMUNIDAD DE AYALA, 50 AÑOS Volviendo a las fuentes   Al celebrar los 50 años de la Comunidad de Ayala,  parece oportuno recordar algunos acontecimientos más importantes de su historia, así como también algunos antecedentes que la han hecho posible. Lo dijo Pablo VI: En el fondo ¿hay otra forma de anunciar el Evangelio que no sea el comunicar la propia experiencia de fe? (EN 46). Además, "es bueno dar gracias al Señor y cantar a su nombre, publicar su amor por la mañana y su lealtad por las noches" (Sal 92). Muchos lo intentaron. Por aproximaciones sucesivas, hemos ido buscando la comunidad perdida de los Hechos de los Apóstoles. Por ahí era posible la renovación profunda de una Iglesia, que -siendo vieja y estéril como Sara (Rm 4,19)- podía volver a ser fecunda. En realidad, para eso fue convocado el Concilio, “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII, 13 de noviembre 1960). En la foto, pintura mural, comida eucarística, Catacumbas de San Calixto, Roma (Cordon...

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INFORME SECRETO  Decisiones de Juan Pablo I En mayo del 89, la llamada "persona de Roma" envió a Camilo Bassotto (en la foto), periodista veneciano y amigo de Juan Pablo I, una carta con unos apuntes. En realidad, era un informe secreto. Este informe recoge decisiones importantes y arriesgadas, que Juan Pablo I había tomado. Se lo había comunicado al cardenal Villot, Secretario de Estado. Pero también se lo comunicó a la persona de Roma. Fue una medida prudente. De este modo nos hemos enterado. Juan Pablo I había decidido destituir al presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión, el banco vaticano), reformar íntegramente el IOR, hacer frente a la masonería (cubierta o descubierta) y a la mafia. Es decir, había decidido  terminar con los negocios vaticanos, echar a los mercaderes del templo.  El informe debía ser publicado, pero sin firma. El autor del mismo no podía hacerlo, pues, así decía, "el puesto que ocupo no me lo permite, al menos por ahora". Camilo lo publicó en su libro "Il mio cuore è ancora a Venezia" (1990).  

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- EL EVANGELIO DE JUAN

Hemos visto su gloria

  1. Volviendo a las fuentes, abordamos el evangelio de Juan. Detrás de cada evangelio (Marcos, Mateo, Lucas, Juan) hay un apóstol y hay una comunidad o una red de comunidades, las comunidades de Pedro, Santiago, Pablo, Juan. El evangelio de Juan es distinto, pero transmite la misma confesión de fe que los demás: “Jesús es el Cristo, el hijo de Dios” (Jn 20,31). El discípulo siente la ausencia de Jesús, pero vive su misteriosa presencia. Con él su comunidad lo atestigua: Hemos visto su gloria (1,14). En la foto, papiro 52, hacia el año 125 (Biblioteca John Rylands, Manchester). Es el testimonio más antiguo del evangelio de Juan (Jn 18,31-33 y 37-38).
  2. Algunos interrogantes. De entrada, nos encontramos con un problema. La mayoría de los comentaristas dudan que alguno de los cuatro evangelios haya sido escrito por un testigo ocular de la misión de Jesús. ¿Es esto así?, ¿quién es el autor del evangelio de Juan?, ¿cuándo lo compuso?, ¿dónde?, ¿quién es el otro discípulo que aparece en el evangelio?, ¿quién es el discípulo amado?, ¿qué revela el prólogo?, ¿qué implican las señales?, ¿qué explican los diálogos?, ¿qué significa la hora final?, ¿creemos que Jesús es el Cristo?, ¿hemos visto su gloria?, ¿se ha corrompido la confesión de fe?
  3. El otro discípulo. En el evangelio de Juan los dos primeros discípulos de Jesús son Andrés y otro discípulo que no se nombra: ¿Quién es? Los dos son discípulos de Juan Bautista: “Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He ahí el cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí, que quiere decir maestro, ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima”, las cuatro de la tarde (Jn 1,35-39). Entonces ¿quién es el discípulo que no se nombra? Es el autor del evangelio, uno de los cuatro primeros discípulos de Jesús. No se identifica a sí mismo, pero lo hacen los demás: “Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés”, “un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan” (Mc 1,16-20; ver Mt 4,18-22; Lc 5,1-11). El otro discípulo es Juan.
  4. El discípulo amado. Ese discípulo no es un cualquiera. Es con Santiago uno de los hijos de Zebedeo (Mc 1,19-20) y de Salomé (15,40; Mt 27,56). Jesús los llama “hijos del trueno” (Mc 3,17). Son “compañeros de Simón” (Lc 5,10). Como Simón y Andrés, son de Betsaida, una de las ciudades que rechazan a Jesús (Mt 11,21). Cuando Jesús los llamó, “estaban en la barca arreglando las redes”, “dejando a su padre en la barca con los jornaleros, se fueron con él” (Mc 1,19-20). Cuando una aldea de samaritanos no recibe a los discípulos porque van a Jerusalén, Santiago y Juan reaccionan de forma tremenda: ¿Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Jesús los corrige (Lc 9,54-55). Jesús se dirige a Jerusalén, la que mata a los profetas (Mt 23,37). Cuando anuncia su propio destino como Hijo del hombre, Santiago y Juan esperan todavía el éxito humano y tienen grandes aspiraciones. Jesús les dice: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” (Mc 10,35-40; Mt 20,20-23). Ellos y Pedro tienen especial confianza con Jesús (Mc 5,37; 9,2; 14,33). En la última cena, Juan está a su lado, es “el discípulo amado” (Jn 13, 20), permanece con él al pie de la cruz y acoge en su casa a la madre de Jesús (19,25-27); llega con Pedro al sepulcro; al entrar, “vio y creyó” (20,3-10). Pedro y Juan responden al sumo sacerdote que les prohíbe enseñar en nombre de Jesús: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,19). El año 44 Herodes Agripa “hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan” (Hch 12,2). Quizá entonces, como Pedro, Juan marcha “a otro lugar” (12,17). Juan participa en el encuentro de Jerusalén que acoge a los gentiles (Ga 2, 9). Es “el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,24), forma parte de un “nosotros” que ha acogido la palabra de Dios revelada en Jesús y afirma: “Hemos visto su gloria” (1,14).
  5. Antigua tradición. Ireneo (hacia 140-202), identifica al discípulo amado como Juan: “Esto lo atestigua también por escrito Papías, que fue oyente de Juan, compañero de Policarpo y varón de los antiguos en el libro cuarto de los escritos por él”. Cuando era un muchacho, Ireneo conoció a Policarpo, obispo de Esmirna. Dice Papías: “No vacilaré en ponerte ordenadamente con las interpretaciones todo cuanto un día aprendí muy bien de los presbíteros y que bien recuerdo”, “y si llegaba alguno que había seguido también a los presbíteros, yo procuraba discernir las palabras de los presbíteros: qué dijo Andrés o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Santiago, o Juan o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor, y qué dicen Aristión y el presbítero Juan, discípulos del Señor, porque yo pensaba que no me aprovecharía tanto lo que sacara de los libros como lo que proviene de una voz viva y durable” (Ireneo, Contra las herejías, 5,33,4; Eusebio, HE III, 39, 1-4). 6. Clemente de Alejandría (hacia 150-215) da este testimonio: “Después que murió el tirano, Juan se trasladó de la isla de Patmos a Éfeso. De aquí solía partir, cuando lo llamaban, hacia las vecinas regiones paganas”. El tirano es Nerón (+68), no Domiciano (+96). Se dice en el Apocalipsis: “Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia, estaba desterrado en la isla de Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (Ap 1,9). Se habla de “siete reyes”, son emperadores romanos: “cinco han caído, uno es, y el otro no ha llegado aún. Y cuando llegue, habrá de durar poco tiempo“ (17,9-10). Los emperadores romanos son: Augusto (+14), Tiberio (+37), Calígula (+41), Claudio (+54), Nerón (+68), Galba (+69), Otón (+69). Estamos en el año 69: ha caído Nerón, manda Galba y Otón no ha llegado aún.
  6. Dice también Clemente: “Mateo, que primero había predicado a los hebreos, cuando estaba a punto de marchar hacia otros, entregó por escrito su Evangelio, en su lengua materna”, “Marcos y Lucas habían ya publicado sus respectivos evangelios, mientras Juan se dice que en todo ese tiempo seguía usando de la predicación no escrita, pero que al fin llegó también a escribir, por el motivo siguiente. Los tres evangelios escritos anteriormente habían sido ya distribuidos a todos, incluso al mismo Juan, y se dice que este los aceptó y dio testimonio de su verdad, pero también que les faltaba únicamente la narración de lo que Cristo había obrado en los primeros tiempos y al comienzo de su predicación” (Eusebio, HE III, 23,1-6 y 24,6-79). Dionisio de Alejandría (+265) recoge la herejía de Cerinto: “el reino de Cristo será terreno” (HE VII, 25,1-4). Al parecer, este hereje fue adversario de Juan y creía en un reino de mil años que sería realizado en la tierra. Choca el texto del Apocalipsis que dice: “Reinarán con Cristo por mil años” (Ap 20,4). Este pasaje revela retoques y manipulaciones a pesar de las advertencias en sentido contrario (22,8-19). Un milenio es una vieja aspiración de grandes imperios.
  7. Confesión de fe. El evangelio se escribe con este fin: “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31), “es el Señor” (21,7). Es la confesión cristiana común que proclama Pedro: “A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros…vosotros le matasteis clavándole en la cruz por medio de los impíos; a éste, Dios le resucitó”, “sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús que vosotros habéis crucificado” (Hch 2,22-36). La redacción del evangelio puede situarse en Éfeso, antes del año 60. Las comunidades que viven el evangelio de Juan tienen una larga historia de rechazo por parte de la sinagoga. Además, la cultura dominante (gnosis, sabiduría) choca con el papel central de Cristo en medio de la creación y de la historia (Col 2,1-4). Dios le ha dado “el nombre sobre todo nombre” (Flp 2,10).
  8. El hijo de Dios. En la Biblia, esta expresión indica una relación especial con Dios. Es hijo de Dios el justo (Sb 2,18), el pueblo de Israel (Ex 4,22), el rey (2 Sa 7,24; Sal 89) y, sobre todo, el rey prometido (Sal 2,7). Son hijos de Dios los que reciben la palabra de Dios (Jn 1,12-13), los que trabajan por la paz (Mt 5,9), los que aman a sus enemigos (5,45), los que resucitan (Lc 20,36). Jesús es "el Cristo, el hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). “Hijo de Dios” es un título mesiánico. Jesús es "el hijo" (Mc 13,32), el mesías, el rey del reino de Dios. En el bautismo de Jesús (Mc 1,11) y en el pasaje de la transfiguración (9,7) Dios le llama "mi hijo amado". En la parábola de los viñadores homicidas (12,6) y en otros pasajes Jesús se presenta a sí mismo como "el hijo" (Mt 11,27; 24,36). La comunión de Jesús con Dios es total: "El padre y yo somos uno", dice Jesús (Jn 10,30; ver 5,16-18), dice también: "el padre es más que yo" (14,28). En el bautismo de Jesús se cumple el salmo 2: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". Es un salmo de entronización real. En la mentalidad griega, el hijo de Dios es Dios. En la mentalidad bíblica, el hijo de Dios es hombre.
  9. Los rollos del Mar Muerto. En las cuevas de Qumrán, próximas al Mar Muerto, se encontraron (entre 1947-1956) manuscritos del tiempo de Jesús y anteriores a él, de los esenios, una de las sectas judías. Comenta el profesor norteamericano Raymond E. Brown en su libro El evangelio y las cartas de Juan (2010): “La semejanza en el vocabulario y en el pensamiento, entre los manuscritos del Mar Muerto y el evangelio de Juan es verdaderamente sorprendente, y debería eliminar para siempre la idea de que Juan es en todo un producto del mundo no judío”. Por ejemplo, la lucha entre la luz y las tinieblas (Jn 3,19-11; 8,12; 1Jn 1,5-7), entre la verdad y la mentira (Jn 8,31-44; 1Jn 4,6; 2Jn 4; 3Jn 4). Estos paralelismos aparecen tanto en las tres cartas como en el evangelio de Juan, lo que induce a ver detrás “una misma fuente última”. Como el discípulo amado fue un discípulo del Bautista (Jn 1,35), éste pudo ser “el vehículo de influencia de Qumrán sobre Juan” (Brown, 24).
  10. El evangelio de Juan. Tal y como nos llega, el evangelio presenta este esquema. El prólogo (cap. 1) contiene un himno que proclama la inmensa aventura de la Palabra siguiendo estas grandes etapas: el mundo, el pueblo elegido, Cristo (Jn 1,1-18); contiene también un comienzo semejante al evangelio de Marcos (Mc 1,1-20): Juan el Bautista y los primeros discípulos atestiguan su encuentro con Cristo (Jn 1,19-51); el himno puede ser posterior. Las señales (cap. 2-12) son los hechos de Cristo: el agua en vino, el nuevo templo, curación del hijo del funcionario, el paralítico de Betesda, la multiplicación de panes, el ciego que ve la luz, la resurrección de Lázaro; los diálogos son los dichos que acompañan a los hechos y los explican. La hora final (cap. 13-20) es la pascua de Cristo, su paso de la muerte a la resurrección, su gloria. El epílogo (cap. 21) recoge la aparición del Resucitado en Galilea: la pesca abundante y la función de Pedro, “aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios” (21,19); el epílogo es posterior al año 64.
  11. En el principio era la palabra. Así comienza el prólogo. Juan remite al relato de la creación del mundo: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1,1). Como la sabiduría, la palabra es un atributo de Dios. Quien habla es Dios: “Dijo Dios: Exista la luz, y la luz existió”, “día primero” (Gn 1,3-5), “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, “día sexto” (1,26-31). Por tanto, “en el principio era la palabra y la palabra estaba en Dios y la palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,1-5). La frase “sin ella no se hizo nada de cuanto existe” está literalmente en los manuscritos del Mar Muerto (Brown, 36): “De su mano (de Dios) viene la perfección del camino, por su conocimiento existirá todo, y todo lo que existe es él quien lo asienta con sus cálculos, y nada se hace fuera de él” (1 QS 11,11). Según la tradición rabínica, en el principio era la Ley: "Siete cosas fueron creadas antes que el mundo lo fuera: la Ley, el Arrepentimiento, el Paraíso, la Gehenna, el Trono de Gloria, el Santuario y el Nombre del Mesías" (Pesahim 54; ver Jn 17,24). Juan va más allá de la Ley: “En el principio era la Palabra”. La Palabra es vida: “en ella estaba la vida”. Quienes se oponen a ella, crean la muerte. La vida es luz: “la vida era la luz de los hombres”. Quienes se oponen a ella, crean las tinieblas. Sin embargo, “la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron”. Son polos opuestos: vida-muerte, luz-tinieblas.
  12. Texto añadido. “Hubo un hombre enviado por Dios: se llamaba Juan Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1,6-8). Es un texto añadido al himno del prólogo: “Estos versículos en prosa interrumpen tanto el poema como el desarrollo lineal del pensamiento en los versículos 5 y 9” (Brown, 37).
  13. El mundo no la conoció. “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). Dios nos habla a través de la creación: “Los cielos cantan la gloria de Dios, el universo anuncia la obra de sus manos” (Sal 19). El mundo no es producto del azar ni está ciegamente orientado: “Todo lo dispusiste con medida, número y peso” (Sb 11,20). La sabiduría de Dios lo hizo todo: “Yo salí de la boca del Altísimo” (Eclo 24,3), “desde el principio, antes de los siglos me creó, y nunca jamás dejaré de existir” (24,9), “el Señor me creó al principio de sus tareas”, “yo estaba junto a él como arquitecto” (Pr 8,22-30). La Palabra “en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció” (Jn 1,10).
  14. La palabra rechazada en su casa. “Vino a su casa y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11). En medio de la indiferencia general, Dios elige un pueblo, al que pudiera hablar de manera más clara y familiar. Dios llama a todos: “¿No está llamando la sabiduría?”, “a vosotros, hombres, os llamo”, “escuchad: voy a decir cosas importantes” (Pr 8,1-6), “la sabiduría se ha edificado una casa”, “ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa” (9,1-2; ver Mt 22,1-14). Como sucede con la sabiduría de Dios, la palabra aparece personificada. Personificar significa atribuir vida o acciones de persona a quien no lo es. La sabiduría y la palabra son atributos de Dios. Quien llama, quien invita, quien habla es Dios. ¿Qué sucede si se olvida la “personificación” y se interpreta como “persona”? Un desastre: se corrompe la confesión de fe. Pues bien, en su conjunto, el pueblo elegido rechaza la palabra de Dios. Pero hubo y hay un resto: “A todos los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. Éstos “han nacido de Dios” (Jn 1,12-13). Es un nuevo nacimiento: “Tenéis que nacer de lo alto”, dice Jesús a Nicodemo (3,8).  En la foto, evangelio de Juan, papiro 66, hacia el año 200.
  15.  La palabra se hizo carne. “La palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del padre como hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Toda la creación es manifestación de Dios, pero Dios se manifiesta plenamente en un hombre, Jesús de Nazaret: “Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta. El padre que permanece en mí es el que realiza las obras” (14,10). El cuerpo de Cristo es la tienda del encuentro con Dios (Ex 40,34-35), el lugar de su presencia en medio de nosotros. De una forma especial, se cumple la palabra que dice:Pon tu tienda en Jacob” (Eclo 24,8). En el cuerpo de Cristo la palabra pone su tienda entre nosotros. La Iglesia es “cuerpo de Cristo” (1 Co 12,27; 3,16) y “templo de Dios” (Ef 4,12; 2,21). Cristo ofrece lo que la ley no puede dar, el verdadero conocimiento de Dios: “La ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos son dadas por medio de Cristo” (Jn 1,17). Es una alianza nueva: “Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón” (Jr 31,31-34), “os rociaré con un agua que os purificará”, “os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 36,25-28).
  16. Comentario. “El proyecto divino se ha realizado en una existencia humana, la plenitud de la vida brilla en un hombre, es visible, accesible, palpable” (Mateos-Barreto, 68). “Las palabras de Dios, los diez mandamientos, habían sido esculpidas en piedra sobre el Sinaí por Moisés”, “la Palabra de Dios es esculpida ahora en la carne de Jesús” (Brown, 40). Jesús nos ofrece la más profunda experiencia de Dios: “A Dios nadie le ha visto jamás: el hijo único, que está en el seno del padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Atención, diversas traducciones presentan una vieja interpolación: “Dios unigénito” en vez de “el hijo único” (Jn 1,18).
  17. Texto añadido. De nuevo tenemos un texto añadido del testimonio de Juan: “Este es de quien dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1,15). Comentario: “Se recoge una vez más el testimonio del Bautista”, “constituye un duplicado del versículo 30 (posterior) e interrumpe el nexo entre los versículos 14 y 16” (Brown, 40). Lo recordamos. Según la tradición rabínica, Dios creó el nombre del Mesías (en griego, Cristo) antes de la creación del mundo. El profesor inglés Charles Harold Dodd en su libro Interpretación del cuarto evangelio (1978) lo comenta así: “El nombre del Mesías estaba en la presencia de Dios antes de la creación del mundo, es decir, su venida era parte del designio originario de Dios para el universo que se proponía crear” (Dodd, 104). En Jesús brilla la gloria de Dios (Jn 17,1), en él se cumple el proyecto que Dios tiene desde el principio.
  18. Diversas interpretaciones. Según el docetismo de Serapión de Antioquía (+203), parece hombre, pero es Dios. Según el modalismo de Sabelio (hacia 215), Dios es un ser con tres modos de ser: Padre, Hijo, Espíritu. Según el concilio de Nicea (año 325), el Hijo es “consustancial” al Padre, es decir, un solo Dios con él. El teólogo alemán Michael Schmaus en su libro El Credo de la Iglesia Católica (1970) comenta: "Para exponer la fe, el Concilio usa como concepto clave el designado con la palabra homousios (consustancial), tomada de los gnósticos", “la lucha por imponer la doctrina conciliar llenó los siglos cuarto y quinto" (Schmaus I, 600). El concilio de Nicea introduce un cambio “sustancial” en la confesión de fe que el pueblo todavía recuerda cuando dice: “Se armó la de Dios es Cristo”.
  19. Testimonio de Juan. Encontramos aquí un comienzo semejante al evangelio de Marcos (Mc 1,1-20): Juan el Bautista y los primeros discípulos atestiguan su encuentro con Cristo (Jn 1,19-51). Juan responde escuetamente ante las preguntas de los fariseos. Niega ser el Mesías, ser Elías, ser “el profeta”. Es “la voz que clama en el desierto”, anunciada por el profeta Isaías. Tiene la misión de preparar el camino del que viene después de él y es mayor que él: “Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (1,28). En vez de Betania, otros manuscritos ponen Bethabara, “el lugar del cruce” (Brown, 41-42). El profeta es esperado también en la comunidad de Qumrán: “Serán gobernados por las ordenanzas primeras en las que los hombres de la comunidad comenzaron a ser instruidos, hasta que venga el profeta” (1 QS 9,10-11).
  20. El que viene después. Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”, “yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con espíritu santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el hijo de Dios” (Jn 1,26-34; ver 8,58). Una pregunta: ¿Es posible que Juan no conociera a Jesús? Siguieron trayectorias distintas. Juan “vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lc 1,80). En cualquier caso, Juan no conocía a Jesús como Mesías. Conocía la comunidad de Qumrán que esperaba un bautismo “con el espíritu de santidad”: “Entonces purificará Dios con su verdad todas las obras del hombre, y refinará para sí la estructura del hombre arrancando todo espíritu de injusticia del interior de su carne, y purificándolo con el espíritu de santidad de toda acción impía. Rociará sobre él el espíritu de verdad como aguas lustrales (para purificarlo) de todas las abominaciones de falsedad y de la contaminación del espíritu impuro” (1 QS 4,20-21). En la foto, papiro 75, contiene parte del evangelio de Lucas (Lc 3,18-24,53) y parte del evangelio de Juan (Jn 1-15). Es de principios del siglo III.
  21. Los primeros discípulos. Por el testimonio de Juan Bautista, dos discípulos suyos se hacen discípulos de Jesús. Uno de ellos es Andrés. El otro ya sabemos quién es. Andrés le dice a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Le lleva donde Jesús, que le dice: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir piedra” (1,41-42). Al día siguiente, Jesús llama a Felipe. Este se encuentra con Natanael y le dice: “Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado, Jesús, el hijo de José, el de Nazaret”. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Éste le dice: ¿De qué me conoces? Responde Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Él le dice: “Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contesta: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores”, “veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre” (1,43-51). Natanael, que significa “hombre que ve a Dios”, ha de ver “cosas mayores”. Es “como higo de higuera en sus primicias” (Os 9,10). Con distintas palabras, los primeros discípulos dicen lo mismo: Jesús es el Mesías, el profeta esperado, el hijo de Dios, el rey de Israel.
  22. Nueva creación. La misión de Jesús es una nueva creación que aparece en el marco de seis días: “la pascua de los judíos” (Jn 2,13), “una fiesta de los judíos” (5,1), “la pascua, la fiesta de los judíos” (6,4), “la fiesta judía de las tiendas” (7,2), “la fiesta de la dedicación del templo” (10,22), “la pascua de los judíos” (11,55). La primera y la última pascua están precedidas a su vez de seis días. Seis días hay al principio del evangelio: testimonio de Juan (1,19); al día siguiente (1,29), al día siguiente (1,35), al día siguiente (1,43), al tercer día (2,1). ¿Qué se pretende? Lo comentan los profesores J. Mateos y J. Barreto en su libro El evangelio de Juan (1979): Su objetivo “es hacer coincidir el anuncio y principio de la obra de Jesús con el día sexto, el de la creación del hombre; marca así el sentido y resultado de su obra: terminar esta creación” (Mateos-Barreto, 15). En efecto, “creó Dios al hombre a su imagen”, “el día sexto” (Gn 1,27-31). La obra de Jesús culminará con la muerte en cruz que tendrá lugar también el día sexto: “Seis días antes de la pascua, fue Jesús a Betania” (12,1), al día siguiente (12,12), antes de la pascua (13,1), preparación de la pascua (19,14.31.42). Las señales de Jesús manifiestan que la creación no ha terminado: “Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo” (5,17). Todo es nuevo: “Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Co 5,17), “hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
  23. Vino nuevo. Tras la llamada de los primeros discípulos, Jesús asiste a una boda en Caná de Galilea (Jn 2,1-12). La boda se celebra según los usos y costumbres de la tradición judía. Entre los invitados está la madre de Jesús. Está también Jesús con sus discípulos. Jesús transforma el agua de las purificaciones judías en el vino nuevo del Evangelio: “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria”. El Evangelio tiene un efecto demoledor en las viejas instituciones: “No se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino revienta los odres” (Mc 2,22). Jesús sustituye el agua de las purificaciones judías, es decir, “todo el sistema de la observancia ritual judía” (Dodd, 301).
  24. Nuevo templo. Jesús no sólo purifica el templo, sino que lo sustituye: “Se acercaba la pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi padre”. Sus discípulos se acordaron de que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Los judíos le preguntaron: ¿Qué signos nos muestras para obrar así? Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los judíos replicaron: Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,13-21), el nuevo templo. Jesús anuncia “la destrucción y la sustitución del sistema de observancia religiosa del que el templo era el centro”. Además, “realiza en la purificación del templo un signo de la destrucción y resurrección de su cuerpo” (Dodd, 303 y 385).
  25. 25. Nacimiento nuevo. En el diálogo de Jesús con Nicodemo la clave es ésta: “nacer de nuevo”. Nicodemo, representante del orden viejo, magistrado judío y maestro en Israel, va donde Jesús de noche y afirma: “Sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas, si Dios no está con él”. Jesús le dice: “El que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios”. ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?, pregunta Nicodemo. “Tenéis que nacer de nuevo”, responde Jesús, “el que no nazca del agua y del espíritu no puede entrar en el reino de Dios”, “el viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del espíritu”, “nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el hijo del hombre. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”, “Dios no ha enviado a su hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado, pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del hijo único de Dios” (Jn 3,1-21). Moisés levantó la serpiente en el desierto (Nm 21,9) ¿Qué significa esto? Remite a la tentación original que es preciso identificar (Gn 3,5), como es preciso identificar al hijo del hombre, crucificado y resucitado.
  26. Texto añadido. Tal y como nos llega, el evangelio dice: “Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea, y allí estaba con ellos y bautizaba” (Jn 3,22). Con una breve expresión, que sirve de transición, aparece de nuevo Juan el Bautista: “No hay una secuencia lógica entre los versículos 21 y 22. Jerusalén está en Judea, de modo que es difícil comprender cómo se puede decir que Jesús dejó Jerusalén para retirarse a la región de Judea” (Brown, 57). El evangelio añade: “Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salín, porque había allí mucha agua, y la gente acudía allí y se bautizaba. Pues todavía Juan no había sido metido en la cárcel. Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Fueron, pues, a Juan y le dijeron: Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él. Juan respondió: Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo”, “es preciso que él crezca y que yo disminuya” (3,23-30). Y también: “Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan -aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos-, abandonó Judea y volvió a Galilea” (4,1-3).
  27. Duplicado y desplazado. Pertenece al diálogo de Jesús con Nicodemo: “El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que resiste al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él” (Jn 3,31-36). Comentario: “Este discurso parece un duplicado de la conversación de Jesús con Nicodemo”, “casi cada uno de los versículos tiene allí su equivalente” (Brown, 58). Además, está desplazado.
  28. Agua nueva. En diálogo con la samaritana, Jesús le anuncia el agua viva: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”, “el que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,10-14). En la tradición rabínica el agua es un símbolo de la Ley. Como el agua, la ley purifica, apaga la sed y promueve la vida. En el diálogo con Jesús aparece la vida de la mujer, símbolo de su tierra, casada con cinco colonos (2 R 17,24): “Has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo”. La samaritana ve que Jesús es “profeta” (Jn 4,19), y le pregunta dónde hay que adorar. Tanto el templo de Jerusalén como el de Garizim pertenecen a “lo de abajo”: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad” (4,23). La samaritana espera al mesías: “Cuando venga, nos lo explicará todo”. Le dice Jesús: “Soy yo, el que está hablando contigo” (4,25-26). La mujer lo anuncia a los demás que reconocen a Jesús como ”el salvador del mundo” (4,42). Para ellos no es un mesías nacional, sino universal.
  29. El hijo del funcionario real. Un hombre, cuyo hijo está enfermo en Cafarnaúm, se enteró de que Jesús estaba en Galilea. Fue donde él y le rogó que bajase a curar a su hijo. Jesús le dijo: "Si no veis señales y prodigios, no creéis". El hombre insistió: "Señor, baja antes de que se muera mi hijo". Le dijo Jesús: "Vete, que tu hijo vive". Creyó el hombre en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos y le dijeron que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora se sintió mejor. Ellos contestaron: "Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre". El hombre comprobó que era la hora en que le dijo Jesús: "Tu hijo vive", y creyó él y toda su familia (Jn 4, 46-54).
  30. El paralítico de Betesda. Se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Junto a la puerta de las ovejas que eran llevadas al templo, está la piscina de Betesda, en hebreo “casa de la corriente”. Tiene cinco pórticos. Son "un símbolo de los cinco libros de la Ley", "la enseñanza oficial de la Ley" oprime al pueblo (Mateos-Barreto, 267). En los pórticos yace "una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua" (Jn 5,1-4). En la experiencia del Evangelio, la comunidad es piscina, comunidad que cura. La curación tiene lugar en sábado: “Los judíos perseguían a Jesús porque hacía estas cosas en sábado”. Jesús les dice: “Mi padre sigue trabajando, y yo también trabajo”. Los judíos le dicen que se endiosa. Jesús responde: “El hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al padre”, “el padre ama al hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta para vuestro asombro”. ¿Cuáles son esas obras mayores? En primer lugar, la resurrección de los muertos: “Como el padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el hijo da vida a los que quiere”. En segundo lugar, el juicio: “Todo juicio lo ha entregado al hijo”, “el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna, y no incurre en juicio”, “las obras que el padre me ha encomendado realizar, dan testimonio de mí”, también las Escrituras “dan testimonio de mí” (Jn 5,16-39).
  31. Nuevo pan. Jesús pone una mesa para cinco mil. Lo seguía mucha gente. Estaba cerca la pascua. La gente, al ver la señal que había hecho, decía: “Este es verdaderamente el profeta que tenía que venir al mundo”. Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo (Jn 6,1-15). Jesús evita la estrategia (nacionalista) de la multitud. Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar y, subiendo a una barca, se dirigían a Cafarnaúm: “Soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: Soy yo, no temáis”. En medio de la borrasca, Jesús abre un camino en medio de las aguas (Jn 6,16-21). En Cafarnaúm anuncia “el alimento que perdura para la vida eterna” (6,27). Más aún, se presenta como “el pan de vida” (6,35): “vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron“, “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. ¿Cómo? Jesús da una clave, la inhabitación: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (6,49-56). Muchos no entienden su lenguaje y le abandonan: “Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él” (6,66).
  32. El agua, la luz. En la fiesta de las tiendas se llevaba agua de la piscina de Siloé al templo y al templo se le iluminaba con antorchas. El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús puesto en pie gritó: “El que tenga sed, que venga a mí y beba”, “de su seno brotarán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Dijo también: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Le dijeron los judíos: “Tu das testimonio de ti mismo”. Les contestó: “En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo y, además, da testimonio de mí el que me ha enviado” (8,12-18). Durante algún tiempo se pensó que un mundo dividido en luz y tinieblas procedía del mundo griego. Sin embargo, “la semejanza, en el vocabulario y en el pensamiento, entre los manuscritos del Mar Muerto y el Evangelio de Juan es verdaderamente sorprendente, y debería eliminar para siempre la idea de que Juan es en todo un producto del mundo no judío“ (Brown, 24). Por Juan Bautista pudo pasar la influencia de Qumrán. No obstante, la contraposición entre luz y tinieblas pertenece a la experiencia profética.
  33. Choque frontal. Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Ellos respondieron: “Nosotros somos hijos de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie”. Jesús les dijo: “Si fuerais hijos de Abrahán, harías lo que hizo Abrahán”, “vosotros hacéis las obras de vuestro padre”. Le dijeron: “Nosotros no somos hijos de prostitución: tenemos un solo padre: Dios”. Jesús replicó: “Si Dios fuera vuestro padre, me amarías a mí, porque he salido y vengo de Dios, no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado” (Jn 8,31-41).
  34. El ciego de nacimiento. En la piscina de Siloé, que significa Enviado, un joven descubre la luz que se llama Cristo. Estaba anunciado: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te cogí de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos ciegos, para sacar de la cárcel al preso, de la prisión a los que viven en tinieblas” (Is 42, 6-7). La experiencia del Evangelio entraña un paso de la ceguera a la luz. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto aquí el proceso de todos aquellos que se encuentran con Cristo. La comunidad es piscina del Enviado, donde el ciego cura su ceguera original. Es una señal del Evangelio: “los ciegos ven” (Mt 11,5). “Ni él pecó ni sus padres”, dice Jesús. El juicio está en acción. Dice Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean, y los que ven, se queden ciegos”. Los fariseos le preguntan: “¿También nosotros estamos ciegos?”. Responde Jesús: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn 9,1-41). En la foto, piscina octogonal bajo la catedral de Milán. Data del año 335. En ella se bautizó San Agustín.
  35. El buen pastor. Jesús denuncia a los dirigentes del pueblo como malos pastores, ladrones y bandidos: “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ese es un ladrón y un bandido”, “yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí, son ladrones y bandidos”, “yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, “yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir el lobo y huye”, “también tengo otras ovejas que no son de este redil, también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,1-16), “yo y el padre somos uno” (10,30), y también: “el padre es más que yo” (14,28).
  36. Resurrección de Lázaro. En Betania (“casa de los pobres”, cerca de Jerusalén), Jesús anuncia la resurrección de Lázaro. La experiencia del Evangelio irrumpe aquí en una situación concreta, la de un hombre que muere en la plenitud de la vida: "Yo soy la resurrección”, dice Jesús, “el que cree en mí, aunque muera vivirá". Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Luego dijo a sus discípulos: “Vamos de nuevo a Judea”. Jesús resucita a Lázaro, arriesgando su vida. La tradición catecumenal y litúrgica de la Iglesia ha visto aquí el proceso de todos aquellos que se encuentran con Cristo y pasan de la muerte a la vida. Por encima de todo, es una señal del Evangelio: “Los muertos resucitan” (Mt 11,5). Es una de las obras mayores en la que podemos colaborar. Jesús dice: “Resucitad muertos” (Mt 10,8). Se acercaba la pascua. Los sumos sacerdotes convocaron consejo contra Jesús: “Si le dejamos que siga así, …vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Jn 11,1-57). Precisamente, cuarenta años después, los romanos destruyeron el templo y la nación. Jesús lo avisó: “No quedará piedra sobre piedra” (Mt 24,2).
  37. Unción de Betania. Seis días antes de la pascua, Jesús va a Betania, donde le ofrecen una cena. Lázaro estaba con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, “le ungió los pies” (Jn 12,3). Marcos dice: “Lo derramó sobre su cabeza” (Mc 14,3). Le ungió como Mesías: “Donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que hizo esta mujer” (14, 9). Judas preguntó: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”. Jesús contestó: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura”, “pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis”.
  38. Entrada mesiánica. Al día siguiente, la gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmeras y salieron a su encuentro gritando: “¡Hosanna!, ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, el rey de Israel” (Jn 12,4-13). Se cumple la Escritura que dice: “Llevando ramos verdes y palmas, entonaban himnos hacia aquel que había llevado a buen término la purificación del templo” (2 Mc 10,5). Jesús viene humildemente, pacíficamente: “No temas, hija de Sión, mira que viene tu rey, sentado sobre un pollino” (Jn 12,15; Za 9,9).
  39. El grano de trigo. Entre los que han venido a la pascua, hay algunos griegos que quieren ver a Jesús. Andrés y Felipe se lo dicen a Jesús. Él comenta: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”, “si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. El Resucitado es la primicia de una gran cosecha (1 Co 15,20). Jesús siente angustia ante la muerte: “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si para esta hora he venido, ¡Padre, glorifica tu nombre!”. Vino entonces una voz del cielo: ”Le he glorificado y le glorificaré”. Unos decían que había sido un trueno. Otros, que le había hablado un ángel. Jesús dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,23-32). La misión de Jesús termina con el rechazo general. Se cumple la palabra que dice: “Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio?”. No podían creer, porque dice el profeta: “Ha cegado sus ojos y ha endurecido su corazón, para que no vean con sus ojos y entiendan en su corazón y se conviertan y los cure”. Esto dijo Isaías cuando vio su gloria y habló acerca de él (Jn 12, 38-40; Is 53,1).
  40. La última cena. Jesús la celebra “antes de la fiesta de la pascua, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al padre” (Jn 13,1). La indicación es precisa: “El día judío empezaba por la tarde (el calendario judío era un calendario lunar, donde, obviamente, la noche -dominio de la luna- era el factor dominante para calcular el tiempo). Para Juan, la Pascua, en el día decimoquinto del mes de nisán, empezaba el viernes por la tarde, al ponerse el sol”. Por eso la cena del jueves y la crucifixión del viernes “forman parte del día 14 de nisán”, “pero durante la cena (la tarde antes de Pascua), Jesús realizó los gestos típicos del banquete pascual” (Brown, 114-115).
  41. Un mandamiento nuevo. En la última cena, Jesús lava los pies a los discípulos, “desciende al puesto más bajo de servicio”, de esa forma “los discípulos tienen parte con su maestro” (Dodd, 402; ver Flp 2,5-8): “Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,15), “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros”, “en esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros” (13,34-35). Jesús anuncia la traición de Judas: “Uno de vosotros me va a entregar” (13,21), “aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado” (13, 26). Le dice a Pedro: “No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces” (13, 38).
  42. Jesús se va, pero vuelve. En la cena de despedida, Jesús anima a los discípulos: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa del padre hay muchas moradas”, “cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo”. Jesús se va, pero vuelve: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él”, “yo pediré al padre y os dará otro abogado, para que esté con vosotros para siempre, el espíritu de la verdad” (Jn 14,1-16), “el espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena” (16,13). “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis”, “el que cumple mis mandamientos, me ama; y el que me ama, será amado de mi padre, y yo le amaré y me manifestaré a él”, “el espíritu santo, que el padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Os dejo la paz, mi paz os doy”, “me voy y vuelvo a vuestro lado”, “viene el príncipe de este mundo”, “levantaos, vámonos de aquí” (14,18-31). Al final de la cena seguía este texto: “Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto” (18,1). Los capítulos 15,16 y 17 se añadieron después. Marcos dice: “Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los olivos” (Mc 14,26).
  43. La vid y los sarmientos. “Yo soy la vid verdadera, y mi padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto”, “yo soy la vid, vosotros los sarmientos”, “este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros” (Jn 15,1-12). Jesús “se manifiesta como la vid del nuevo Israel”, “la verdadera vid que comunica la savia vital a los sarmientos” (Brown, 132). Oración por la vid: “Cuida la cepa que tu diestra plantó y al hijo del hombre que tú fortaleciste” (Sal 80).
  44. El juicio del mundo. Jesús avisa a los discípulos: “Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí primero” (Jn 15,18). El espíritu revisará el proceso de Jesús: “Convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio”, “el príncipe de este mundo está juzgado”. El espíritu “no hablará por su cuenta”, el padre “recibirá de lo mío y os lo anunciará” (16,6-15). Atención: “Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14,62) a juzgar la historia. Es una de las obras mayores en la que podemos colaborar: “Os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,8).
  45. Como un parto. Jesús anuncia su muerte como un parto. Nace el hombre nuevo, el hombre soñado por Dios, nace Cristo: “La mujer, cuando da a luz, se pone triste porque le ha llegado la hora, pero cuando da a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto, por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón”. Muy importante: “Lo que pidáis al padre en mi nombre os lo dará” (Jn 16,22-23). Oración “por el nombre de tu santo siervo Jesús”: “Concede a tus siervos predicar la palabra con toda valentía” (Hch 4,29-30).
  46. Oración de Jesús. Alzando los ojos al cielo, Jesús oró así: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu hijo, para que tu hijo te glorifique”, “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes de que el mundo existiese”, “cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sea uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me has dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición” (Jn 17,1-26).
  47. La gloria de la cruz. Judas llega al monte de los olivos “con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos” y prenden a Jesús. En el proceso que se le hace, dice Jesús a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido”. Pilato trataba de librarle, pero los judíos gritaron: “Si sueltas a ese, no eres amigo del César”, “entonces se lo entregó para que lo crucificaran” (Jn 18,3-19,16). Jesús muere la víspera de la pascua, el 14 de Nisán, a la hora en que se sacrifica el cordero pascual; según cálculos astronómicos, el 7 de abril del año 30. Juan percibe en el cumplimiento de la palabra la gloria de la cruz: “Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica”, “tengo sed”, “no le quebrarán hueso alguno”, “mirarán al que atravesaron” (19,24.28.36-37; ver Sal 22 y 34; Za 12,10). José de Arimatea sepulta a Jesús (Jn 19, 38-42).
  48. La gloria de la resurrección. La experiencia de los discípulos es desconcertante: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Pero hay huellas que nadie puede borrar: el Señor se aparece a María Magdalena, que es llamada por su nombre (20,16); a los discípulos, que reciben la señal de la paz y el soplo del espíritu (20,19-23); a Tomás, que reconoce la presencia de Jesús como Señor y la de Dios, que resucita a Jesús y le constituye como Señor, como Cristo: “Señor mío y Dios mío” (20,28); a siete discípulos, que descubren que el Señor pesca con ellos (21,7) y confirma a Pedro en su función (21,15-17). Es la gloria de la resurrección. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Fueron a pescar, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amanecía, estaba Jesús en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. La echaron y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces: ciento cincuenta y tres. El discípulo amado dice entonces a Pedro: “Es el Señor” (21,1-11).

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