En el principio era la palabra
 

- HECHOS DE LOS APÓSTOLES Pedro y Pablo, los dos testigos En su primer libro, el evangelio, Lucas relata los hechos y dichos de Jesús, “lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que… fue arrebatado” (Hch 1,1-2; 2 R 2,1). En el segundo, relata los hechos de los apóstoles, que se llaman así a finales del siglo II. Ambos libros narran una sola historia: “los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros” (Lc 1,1), “el desarrollo del plan de Dios” que trae “la salvación en toda su plenitud a todo el mundo” (Green, 77), no sólo a los judíos sino también a los gentiles. La figura de Pedro ocupa la primera parte de los Hechos (1-12); la de Pablo, la segunda (13-28). De una forma especial, son los dos testigos. Sorprende que no se diga nada de la muerte de ambos. En la foto, medallón de bronce de Pedro y Pablo, hacia el año 200 (Vaticano).

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COMUNIDAD DE AYALA, 50 AÑOS Volviendo a las fuentes   Al celebrar los 50 años de la Comunidad de Ayala,  parece oportuno recordar algunos acontecimientos más importantes de su historia, así como también algunos antecedentes que la han hecho posible. Lo dijo Pablo VI: En el fondo ¿hay otra forma de anunciar el Evangelio que no sea el comunicar la propia experiencia de fe? (EN 46). Además, "es bueno dar gracias al Señor y cantar a su nombre, publicar su amor por la mañana y su lealtad por las noches" (Sal 92). Muchos lo intentaron. Por aproximaciones sucesivas, hemos ido buscando la comunidad perdida de los Hechos de los Apóstoles. Por ahí era posible la renovación profunda de una Iglesia, que -siendo vieja y estéril como Sara (Rm 4,19)- podía volver a ser fecunda. En realidad, para eso fue convocado el Concilio, “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII, 13 de noviembre 1960). En la foto, pintura mural, comida eucarística, Catacumbas de San Calixto, Roma (Cordon...

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INFORME SECRETO  Decisiones de Juan Pablo I En mayo del 89, la llamada "persona de Roma" envió a Camilo Bassotto (en la foto), periodista veneciano y amigo de Juan Pablo I, una carta con unos apuntes. En realidad, era un informe secreto. Este informe recoge decisiones importantes y arriesgadas, que Juan Pablo I había tomado. Se lo había comunicado al cardenal Villot, Secretario de Estado. Pero también se lo comunicó a la persona de Roma. Fue una medida prudente. De este modo nos hemos enterado. Juan Pablo I había decidido destituir al presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión, el banco vaticano), reformar íntegramente el IOR, hacer frente a la masonería (cubierta o descubierta) y a la mafia. Es decir, había decidido  terminar con los negocios vaticanos, echar a los mercaderes del templo.  El informe debía ser publicado, pero sin firma. El autor del mismo no podía hacerlo, pues, así decía, "el puesto que ocupo no me lo permite, al menos por ahora". Camilo lo publicó en su libro "Il mio cuore è ancora a Venezia" (1990).  

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- HECHOS DE LOS APÓSTOLES

Pedro y Pablo, los dos testigos

  1. En su primer libro, el evangelio, Lucas relata los hechos y dichos de Jesús, “lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que… fue arrebatado” (Hch 1,1-2; 2 R 2,1). En el segundo, relata los hechos de los apóstoles, que se llaman así a finales del siglo II. Ambos libros narran una sola historia: “los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros” (Lc 1,1), “el desarrollo del plan de Dios” que trae “la salvación en toda su plenitud a todo el mundo” (Green, 77), no sólo a los judíos sino también a los gentiles. La figura de Pedro ocupa la primera parte de los Hechos (1-12); la de Pablo, la segunda (13-28). De una forma especial, son los dos testigos. Sorprende que no se diga nada de la muerte de ambos. En la foto, medallón de bronce de Pedro y Pablo, hacia el año 200 (Vaticano).
  2. Diversos interrogantes. ¿Qué relatan los Hechos de los Apóstoles? ¿En qué contexto se escriben? ¿De qué apóstoles se trata? ¿Qué datos tenemos de Pedro? ¿Qué datos tenemos de Pablo? ¿Cómo nace la primera comunidad cristiana? ¿Cuáles son sus rasgos más importantes? ¿Qué comunidades también aparecen? ¿Cómo se explica que en los Hechos no se diga nada de la muerte de Pedro y de Pablo? ¿Tuvieron una muerte degradante y sin sepultura? ¿Recordamos su testimonio? ¿Se encuentra en el Apocalipsis lo que falta en los Hechos? ¿Las tumbas que se muestran como de Pedro y de Pablo lo son realmente? ¿Se apartan los oídos de la verdad y se vuelven a las fábulas? ¿Para qué fue convocado el Concilio? ¿Hay que reconstruir el tejido comunitario de la Iglesia?
  3. Los dos libros. Los autores antiguos dividen sus obras extensas en libros. Cada uno de ellos se adapta a un rollo de papiro. La longitud máxima de un rollo de papiro alcanza algo más de diez metros y medio. Cada libro de Lucas habría requerido un rollo de papiro. El evangelio tiene “unas 19.400 palabras” y los Hechos “más o menos 18.400”. El periodo de tiempo que ocupa cada libro es “de treinta años, aproximadamente” (Green, 74-78). Ahora bien, el libro de los Hechos tiene unas 1.000 palabras menos. Parece incompleto. Recoge la muerte de Esteban (Hch 7,54-60), apedreado hacia el año 34, y la de Santiago, hermano de Juan (12,2), por la espada el año 44. Por tanto, sorprende que no se recoja la muerte de Pedro y de Pablo el año 64. Esto quiere decir que el libro de los Hechos se compuso antes. Tampoco se recoge la muerte de Santiago, el hermano del Señor, apedreado el año 62.
  4. Contexto. El jesuita alemán Josef Holzner (1875-1947) lo comenta en su libro San Pablo, heraldo de Cristo (2000). Pablo pasó dos años en la prisión de Cesarea: “el fruto principal de esta prisión” pudo ser la preparación y origen del evangelio de Lucas. Lucas pudo consultar a “muchos testigos oculares de la vida de Jesús” que aún vivían (Lc 1,1-4). Ciertamente, Lucas pudo consultar a muchos testigos oculares, pero el evangelio parece escrito antes: hacia los años 50-52 (ver Evangelio de Lucas, n. 8; “célebre en todas las iglesias a causa del evangelio”: 2 Co 8,18, hacia el 57). El libro de los Hechos puede deber su impulso y preparación a esa prisión: “Felipe, los cristianos de Cesarea y Joppe dieron abundante material para la más antigua historia de la joven Iglesia”. El procurador Félix, que tenía a Pablo como prisionero, fue depuesto de su cargo en el año 60: “es una de las fechas más ciertas que tenemos de la vida del Apóstol” (Holzner, 394-402). El uso de la primera persona del plural en los Hechos (16,10-17; 20,5-15; 21,1-18; 27,1-44; 28,1-16) supone que el autor, Lucas, acompaña a Pablo.
  5. Datos de Pedro. Su nombre es Simón. En los Hechos (10,5; 15,14) se utiliza tanto la forma griega (Simón), como la forma hebrea (Simeón). El nombre remite a uno de los hijos de Jacob (Gn 35,23), pero también al héroe de la revuelta macabea (1 Mc 13 y 14). Es de Betsaida (Jn 1, 44), que significa “lugar de pesca”. Él y su hermano Andrés son pescadores. Andrés es discípulo de Juan (Jn 1, 18). Pedro tiene barca (Lc 5,3), también espada (Mt 26,39). Jesús le llama “roca”, en arameo “cefas” (Jn 1,42; Mt 16,18), Betsaida está junto al mar de Galilea, al otro lado del Jordán. Es una ciudad que rechaza a Jesús (Lc 10, 13-14). Siendo una ciudad greco-romana, “parece razonable suponer que Pedro hablaría un griego aceptable desde su infancia” (Bockmuehl, 243). Los nombres de Andrés y Felipe son griegos (Jn 1, 40-44). Felipe y Andrés son el punto de contacto para los griegos que quieren ver a Jesús (12, 21-22). Pedro tiene ceguera nacionalista. Para curarle, Jesús le aparta físicamente del pueblo (Mc 8, 22-26). Pedro se instala en Cafarnaúm (1, 29). Es un hombre “sin instrucción” (Hch 4, 13). Pedro acompaña a Jesús en la transfiguración (Mc 9,2-8), en Getsemaní (14,32-42). Recordamos sus negaciones (14,66-72), su función de confirmar a los hermanos (Lc 22,31-32), su condición de testigo de la resurrección (24,34), su proclamación del mensaje cristiano (Hch 2,14-41), su apertura a los gentiles (Hch 10), su evangelización de los judíos (Ga 2,7; 1 P 1,1).
  6. Datos de Pablo. Nace en Tarso de Cilicia hacia el año 3 a. C. "Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable" (Flp 3,5-6). Hacia el año 34, en el camino de Damasco Pablo experimenta un cambio fulminante (Hch 9, 1-22; 22,3-16 y 26, 9-20). Tres años después, sube a Jerusalén “para conocer a Cefas”, permanece “quince días en su compañía”, ve también a Santiago, “el hermano del Señor” (Ga 1,18-19). Bernabé lo presenta a los apóstoles (Hch 9,26-30). Catorce años después, sube de nuevo a Jerusalén con Bernabé y Tito, y expone el evangelio que proclama ante los gentiles: “reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión”. Sin embargo, “cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión” (2,1-14). Pablo presenta a Cefas como testigo de la resurrección (1 Co 15,5). En Jerusalén, tras comparecer ante el sanedrín, los judíos se confabulan para matar a Pablo: “Eran más de cuarenta”, pero “el hijo de la hermana de Pablo se enteró de la celada”. Informado el tribuno, encargó a dos centuriones que preparara doscientos soldados para ir a Cesarea: “Llevadlo a salvo al procurador Félix” (Hch 23,12-24). En el año 60, “pasados dos años, Félix recibió como sucesor a Porcio Festo; y queriendo congraciarse con los judíos, dejó a Pablo como prisionero” (24,27). Pablo apela al César (25,11).
  7. Prólogo complicado. Se podría esperar un breve prólogo, como en el libro primero, concordante con lo que se dice al final del mismo, donde resurrección y ascensión suceden el mismo día, “el primer día de la semana” (Lc 24,1-51). Pero no es así. El teólogo alemán Jürgen Roloff, en su libro sobre los Hechos (1984), denuncia “algunas imprecisiones” que aparecen en el relato: “Sin previa preparación, nos encontramos de repente en medio del escenario de una comida (v. 4); y a continuación viene, sin más, el relato de la ascensión (v. 9)”, “una comida en común sólo es imaginable en una casa determinada, mientras que la ascensión, según la indicación que extrañamente se nos da después (v. 12), tuvo lugar en el monte de los Olivos”, “hasta bien entrado el siglo IV, los calendarios litúrgicos no mencionan para nada una fiesta de la ascensión que se celebrase 40 días después de Pascua” (Roloff, 45-46). El prólogo parece manipulado. Llama la atención: “dos hombres vestidos de blanco”, que aparecen al comienzo de Hechos (1,10), aparecen también al final del evangelio (Lc 24,4).
  8. La comunidad de discípulos. La comunidad es la nueva familia de los discípulos: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,34-35). Lucas presenta reunidos en oración a los apóstoles y a los familiares de Jesús: “Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos”, “subieron a la sala superior, donde vivían”. Se añade la lista de los apóstoles, semejante a la que aparece en el evangelio (Lc 6,14-16). Es la primera vez que aparece en la comunidad de discípulos la familia de Jesús: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1, 12-14).
  9. El grupo de los doce. Es el grupo que dirige la comunidad. Había que completar el número de doce, cubriendo la vacante que había dejado Judas: “Uno de aquellos días había reunidas unas ciento veinte personas”. Pedro se puso en pie y dijo: “Conviene que uno de los que nos acompañaron mientras vivía con nosotros el Señor Jesús, desde el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, se asocie con nosotros como testigo de su resurrección”. Propusieron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Habiendo orado, “echaron a suertes, le tocó a Matías, que quedó asociado al número de los doce apóstoles” (1,15-26).
  10. La fuerza de Dios. El día de Pentecostés, los discípulos están todos reunidos “en un mismo lugar”. Esperan el cumplimiento de la palabra de Jesús: “Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza que viene de lo alto” (Lc 24, 49). Pues bien, “de repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento fuerte, que llenó toda la casa en la que se encontraban”, “aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del espíritu santo“. El espíritu es como el viento: “El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo el que nace del espíritu” (Jn 3,8). El espíritu es como el fuego, símbolo de juicio: “Surgió el profeta Elías como fuego, su palabra quemaba como antorcha” (Eclo 48,1). Jesús bautiza “con viento y con fuego” (Mt 3,11-12). Pues bien, “al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados”, “decían: ¿No son galileos todos estos que están hablando?”. Venidos de todas partes, “los oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (Hch 2,2-11).
  11. Pentecostés es el contrapunto de Babel (Gn 11), nombre hebreo de Babilonia. Si la experiencia de Babel radica en la idolatría, la de Pentecostés radica en la experiencia de fe: se perciben "las maravillas de Dios". Si la experiencia de Babel conduce a la incomunicación (gentes de un mismo pueblo no se entienden), la experiencia de Pentecostés conduce a la comunicación (gentes venidas de todas partes se entienden, superan las barreras del propio idioma). Si la experiencia de Babel conduce a la dispersión, la experiencia de Pentecostés conduce a la comunión y a la comunidad: "El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar" (Hch 2,47; ver Proyecto Catecumenal, 26. La torre de Babel, el poder endiosado).
  12. El mensaje central. Pedro, presentándose con los once, proclama el mensaje central cristiano: “Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales... vosotros le matasteis clavándole en una cruz por medio de los impíos”, “a este Jesús, Dios le resucitó”, “pues no era posible que quedara bajo el dominio de la muerte” (Sal 16), “y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís”, “sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado(Hch 2,14-36). Al oír esto, dijeron con el corazón compungido: ¿Qué hemos de hacer, hermanos? Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesús, el Cristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del espíritu santo. Los que acogieron su palabra fueron bautizados”. El bautismo supone cambio, conversión, ruptura: “Salvaos de esta generación perversa”. Aquel día se les unieron “unas tres mil almas” (2,37-41). ). En la foto, regalo de Pablo VI con ocasión de la ordenación. Fue significativo: había que volver a los Hechos.
  13. La primera comunidad cristiana nace de la acogida del anuncio: Jesús es el Cristo. Veamos algunos rasgos. Es lugar de enseñanza, de comunión, de celebración y de oración: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2,42). En la comunidad se dan señales (2,45), que confirman la palabra anunciada (Mc 16,20). La comunión de corazones se traduce en una comunicación de bienes: "Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno". En principio, la relación con el templo es estrecha: “Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu”. Se reúnen en las casas: “Partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. La acogida es una dimensión de la comunidad, que está abierta a la incorporación de nuevos miembros: "El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar" (2,42-47)
  14. Pedro y Juan suben al templo para orar. Un hombre tullido, que estaba junto a la puerta hermosa del templo, les pide limosna. Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy, en nombre de Jesús, el Cristo, el Nazoreo, levántate y anda”. El hombre entró con ellos en el templo alabando a Dios. Al día siguiente, los sumos sacerdotes les preguntan: ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso? Pedro responde: “Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesús, el Cristo, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros” (Hch 4,1-10). Les prohíben enseñar en nombre de Jesús. Ellos contestan: “Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”. Ellos, después de amenazarles, los sueltan (4,13-22). Pedro y Juan oran en comunidad: “¿A qué esta agitación de las naciones”, “verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato contra tu santo siervo Jesús: Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús. Acabada la oración, retembló el lugar donde estaban reunidos” (4,23-31; salmo 2). Se viene abajo la autoridad del templo. Se conmueven sus cimientos.
  15. Prisión y liberación. El sumo sacerdote y los saduceos detienen a los apóstoles y los meten en la cárcel. Sin embargo, el “ángel del Señor”, por la noche, abre las puertas y les dice: “Decid al pueblo todo lo referente a esta vida”. Al amanecer, entran en el templo y se ponen a enseñar. Llevados ante el Sanedrín, el sumo sacerdote les dice: Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre. Los apóstoles responden: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos. Entonces intervino Gamaliel, doctor de la ley: “Si es cosa de hombres, se destruirá, pero si es de Dios, no conseguiréis nada”. Entonces llaman a los apóstoles y, después de azotarles, les mandan que no hablen en nombre de Jesús. Pero ellosno cesaban de enseñar la buena nueva de Cristo Jesús cada día en el templo y por las casas” (5, 14-42).
  16. Grupo de lengua griega. Al multiplicarse el número de los discípulos, hubo quejas del grupo de lengua griega, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia diaria. Los doce convocan la asamblea y dicen: “No parece bien que nosotros abandonemos la palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo, mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”, “pareció bien la propuesta a toda la asamblea y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de espíritu santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía”, “los presentaron a los apóstoles y habiendo hecho oración, les impusieron las manos”, “la palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe” (6,1-7).
  17. Muerte de Esteban. Miembros de la sinagoga llamada de los Libertos acusan a Esteban de hablar contra el templo y contra la ley de Moisés. Esteban alega que Moisés anunció al profeta que había de venir. En cuanto al templo, el Altísimo no habita en casas hechas por mano humana. “¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres?”. Le sacan de la ciudad y muere apedreado (hacia el año 34). Los falsos testigos “pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo”, nombre judío de Pablo, “Saulo aprobaba su muerte” (6,8-8,1).
  18. La buena nueva de la palabra. Una gran persecución se desata contra el grupo de lengua griega, que se dispersa por Judea y Samaría. Saulo se lleva por la fuerza a hombres y mujeres, y los mete en la cárcel. Los que se dispersaron “iban por todas partes anunciando la buena nueva de la palabra”. Felipe evangeliza una ciudad de Samaría. Pedro y Juan completan la misión (8,2-17). Felipe se encuentra con un funcionario etíope, que vuelve de peregrinar a Jerusalén, leyendo un pasaje de Isaías: “Como cordero llevado al matadero”. Partiendo de este texto de la Escritura, Felipe le anuncia la buena nueva de Jesús (8,26-40).
  19. Cambio fulminante. En el camino de Damasco, “de repente, una luz celeste relampagueó en torno a él. Cayó a tierra” (Hch 9, 3-4). Lo dice Pablo: “Hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo relampagueó en torno a mí, caí por tierra” (22,6-7), “a mediodía, vi una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que relampagueaba en torno mío y de mis compañeros de viaje. Caímos todos por tierra” (26, 13-14). Comenta el profesor Roloff: “Un relámpago fulgurante lo deslumbra y le hace caer al suelo” (Roloff, 203). Dice Pablo: “Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba” (22,9). En diálogo con Jesús, Pablo dice: ¿Qué he de hacer? El Señor le responde: “Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá” (22,10; ver Proyecto Catecumenal, 2. Pablo de Tarso, apóstol de Cristo). En la foto, puerta de la muralla de Damasco.
  20. Comunidad de Antioquía. Unos chipriotas y cirenenses, llegados a Antioquia, hablan a griegos y nace la comunidad de Antioquia, dirigida por cinco profetas y maestros (13,1). Bernabé y Saulo catequizan allí durante un año y llevan una colecta a la comunidad de Jerusalén. En Antioquía los discípulos reciben el nombre de cristianos (11,19-30).
  21. Muerte de Santiago. El año 44 el rey Herodes hace morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan, y detiene a Pedro. Liberado por un “ángel del Señor”, “aparece en casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchos reunidos en oración”, “llamó él a la puerta y salió a abrirle una sirvienta, llamada Rode”, “quedaron atónitos”, “él les contó cómo el Señor le había sacado de la prisión”. Y añadió: “Comunicad esto a Santiago y a los hermanos”. Pedro “salió y se marchó a otro lugar” (12,1-17). ¿Adónde? A su campo de misión: el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia (1 P 1,1). Pedro es “apóstol de los circuncisos” (Ga 2,8). Sus comunidades son judeo-cristianas.
  22. Judíos y gentiles. El Evangelio supera el muro religioso entre judíos y gentiles. En la sinagoga de Nazaret todo iba bien hasta que Jesús nombró a los extranjeros (Lc 4,21-28). Jesús declara puros todos los alimentos, lo que facilita la relación con los gentiles: “Lo que entra por la boca no contamina al hombre, sino lo que sale del corazón” (Mc 7,14-21). Pedro entra en casa del centurión Cornelio: “Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato”, “el espíritu santo cayó sobre todos los que escuchaban la palabra” (Hch 10,34-44). Pablo es “apóstol de los gentiles” (Ga 2,8): “Te he puesto como luz de los gentiles para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Hch 13,47). La acogida de los gentiles se aborda en el encuentro de Jerusalén. Se cumple la palabra: “Levantaré la tienda de David que está caída”, “para que el resto de los hombres busque al Señor y todas las naciones que han sido consagradas a su nombre” (15,15-18). Cargas indispensables: “abstenerse de la idolatría, de la sangre (homicidio) y de la inmoralidad (situaciones irregulares)” (15,29). Si se añade “y de lo sofocado” (animales estrangulados) tras “de la sangre”, cambia el sentido. Comenta Pablo: “Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan nos tendieron la mano en señal de comunión”, “solo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero” (Ga 2,9-10).
  23. Ricos y pobres. El Evangelio supera el muro social entre ricos y pobres. Jesús denuncia el abismo social (Lc 16,19-31). La primera comunidad cristiana comparte: “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-45), “nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común”, “no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas las vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa hijo de la consolación), levita y originario de Chipre, tenían un campo; lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles” (4,32-37).
  24. Hombres y mujeres. El Evangelio supera el muro religioso, el muro social y el muro de género: “No hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer” (Ga 3,28), “vosotros sois el cuerpo de Cristo” (1 Co 12,27). Cristo actúa a través de cada uno de sus miembros. En el Evangelio están las mujeres que acompañan a Jesús (Lc 8,1-3). En Filipos Pablo encuentra un grupo de mujeres: “Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo”. Lidia ofrece su casa. Dice Lucas: “Nos obligó a ir” (Hch 16,13-15). En Corinto Pablo se encuentra con Áquila y su mujer Priscila, que se hacen colaboradores suyos (18,1-3). Pablo recomienda a Febe, “nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia de Céncreas”, “ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo” (Rm 16,1-2), saluda a Rufo, “el escogido del Señor, y a su madre, que lo es también mía” (16,13).
  25. Comunidades gálatas. Las “iglesias de Galacia” (Ga 1,2), fueron fundadas por Pablo con ocasión de una enfermedad hacia el año 45: “Bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para evangelizaros por primera vez; y, a pesar de la prueba que suponía para vosotros mi cuerpo, no me mostrasteis desprecio ni repulsa, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús” (Ga 4,13). Las comunidades gálatas son las de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (Hch 13-14). Las comunidades están formadas por gentiles: “En otro tiempo no conocíais a Dios” (Ga 4,8), “para ser libres os liberó Cristo. Manteneos firmes”, “habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne” (5,1-13).
  26. Comunidad de Filipos. Hacia el año 50, Pablo funda en Filipos, “primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana” (Hch 16,12), la comunidad a la que llama “mi gozo y mi corona” (Flp 4,1). Atravesando Frigia y Galacia, llegan a Tróade. Allí Pablo tiene por la noche una visión. Un macedonio le suplica: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (16,9). Aquí Lucas, como parte del equipo, empieza a utilizar la primera persona del plural: “Nos hicimos a la mar en Tróade” (Hch 16,10).
  27. Comunidad de Tesalónica. Tesalónica es la capital de la provincia romana de Macedonia. La comunidad nace hacia el año 50. En Tesalónica “los judíos tenían una sinagoga. Pablo, según su costumbre se dirigió a ellos y durante tres sábados discutió con ellos basándose en las Escrituras, explicándolas y probando que Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos y que este Cristo es Jesús”, “algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas, así como una gran multitud de los que adoraban a Dios y de griegos y no pocas de las mujeres principales” (Hch 17,4). La comunidad está formada principalmente por gentiles.
  28. Comunidad de Corinto. A finales del año 50, Pablo llegó a Corinto, capital de la provincia romana de Acaya. Se encontró con un judío llamado Aquila, que acababa de llegar de Italia, y con su mujer Priscila, “por haber decretado Claudio que todos los judíos saliesen de Roma”. Pablo, “se quedó a vivir y a trabajar con ellos”, “cada sábado en la sinagoga discutía, y se esforzaba por convencer a judíos y a griegos”. Cuando llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, Pablo se dedicó enteramente a la palabra, dando testimonio a los judíos de que el Cristo es Jesús. Como ellos se oponían, Pablo sacudió sus vestidos y dijo: “Desde ahora me dirigiré a los gentiles”. Entonces entró en casa de un tal Justo: “permaneció allí un año y seis meses, enseñando entre ellos la palabra de Dios” (Hch 18,1-11).
  29. Comunidad de Éfeso. Quizá a finales de verano del año 52, Pablo llega a Éfeso, capital de la provincia romana de Asia, y tiene un primer contacto con la sinagoga: “Entró en la sinagoga y se puso a discutir con los judíos. Le rogaron que se quedase allí más tiempo, pero no accedió”, “volveré a vosotros otra vez, si Dios quiere” (Hch 18,18-23). Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo llega de nuevo a Éfeso: “Entró en la sinagoga y durante tres meses hablaba con valentía, discutiendo acerca del reino de Dios”. Como algunos se oponían, “rompió con ellos y formó grupo aparte con los discípulos; y diariamente les hablaba en la escuela de Tirano. Esto duró dos años” (19,1-10).
  30. Camino de Jerusalén. Pablo tomó la decisión de ir a Jerusalén pasando por Macedonia y Acaya, donde “tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén” (Rm 15,26), “después de estar allí he de visitar también Roma” (Hch 19,21). En Mileto se despide de los presbíteros de la iglesia de Éfeso: “Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el espíritu santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones” (20,22-23). En la carta a los romanos pide que recen por él: “para que me vea libre de los incrédulos de Judea y el socorro que llevo a Jerusalén sea bien recibido por los santos” (Rm 15,31).
  31. En casa de Santiago. Pablo se reúne con los presbíteros y les expone las cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio. Ellos, al oírle, glorifican a Dios. Le dicen: “Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son fieles partidarios de la ley. Y han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones” (21,20). Entones le sugieren que haga un voto en el templo: “Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto que cumplir. Tómalos y purifícate con ellos; y paga tú por ellos”, “así todos entenderán que no hay nada de lo que han oído decir de ti” (21,24). Nos preguntamos: ¿Se masificó la comunidad de Jerusalén?, ¿cayó en el legalismo judío?, ¿cabía Pablo dentro de ella?
  32. Pablo es arrestado. Los judíos que habían venido de Asia le acusaron de introducir a unos griegos en el templo: “Toda la ciudad se alborotó”, “el tribuno se acercó, le prendió y mandó que le atasen con dos cadenas; y empezó a preguntarle quién era y qué había hecho”, “mandó que le llevasen al cuartel” (21,30-34). Pablo declara ser ciudadano romano “por nacimiento”: “el tribuno temió al darse cuenta de que le había encadenado siendo ciudadano romano” (22,28-29). Al día siguiente, Pablo comparece ante el sanedrín (23,1-10). Tras una conjuración de los judíos, Pablo es trasladado a Cesarea, donde comparece ante el procurador Félix: “pasados dos años Félix recibió como sucesor a Porcio Festo, y queriendo congraciarse con los judíos, dejó a Pablo prisionero” (24,1-27).
  33. Pablo apela al César. Pablo comparece ante el nuevo procurador. Festo, queriendo congraciarse con los judíos, pregunta a Pablo si quiere subir a Jerusalén para ser juzgado allí en su presencia. Pablo contesta: “Estoy ante el tribunal del César, que es donde debo ser juzgado“, “apelo al César”. Festo responde: “Has apelado al César, al César irás” (25,9-12). Para defender su derecho, Pablo no tiene inconveniente en recurrir a los tribunales civiles.
  34. Pedro en Roma. En su primera carta, escrita en Roma hacia el año 61, habla de interrogatorios oficiales (3,15), calumnias y difamaciones (1 P 2,13; 3,16), diversas pruebas (1,7; 4,12), el acusador de los hermanos (el diablo) como león rugiente “busca a quien devorar” (5,8). A Pedro le acompaña Marcos, su hijo en la fe: “Os saluda la (comunidad) que está en Babilonia (Roma), elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos” (5, 13). En su segunda carta, Pedro le llama a Pablo “nuestro querido hermano”, reconoce “la sabiduría que le fue otorgada”, conoce todas sus cartas, “hay en ellas cosas difíciles de entender” (2 P 3,14-18). Ambos intercambian colaboradores: por ejemplo, Marcos (2 Tm 4,11) y Silvano (1 P 5,12).
  35. Pablo en Roma. Llega a Roma en la primavera del año 61. Se le permite “permanecer en casa particular con un soldado que le custodiaba” (Hch 28, 16). El texto occidental de los Hechos aporta esta variante: “Cuando entramos en Roma el oficial romano confió a Pablo al comandante del campamento. Y se le permitió a Pablo alojarse fuera del campamento militar” (28, 16). El libro de los Hechos termina así: “Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesús con toda valentía, sin estorbo alguno” (28, 30-31). Aproximadamente en la primavera del año 63, en su última carta, Pablo escribe a Timoteo: “El único que está conmigo es Lucas” (2 Tm 4,11). ¿Murió Lucas con él?
  36. Una gran muchedumbre. Recordamos lo que dice Clemente Romano en su Primera Carta a los Corintios a finales del siglo I: “Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran las mayores y justas columnas de la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles”, a Pedro y a Pablo, “a éstos vino a agregarse una gran muchedumbre de escogidos” (V-VI). Lo mismo dice el historiador romano Tácito (55-120): “Una gran muchedumbre quedaron convictos, no tanto del crimen de incendio, cuando de odio al género humano. Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces, eran quemados al caer el día, a guisa de luminarias nocturnas” (Anales, XV,44)
  37. Casa y almacén de trigo. Según una antigua tradición que se halla escrita en el siglo II en la Pasión de Pedro y Pablo, “Pablo tuvo su albergue (hospitium) en la orilla izquierda del Tíber en el distrito 11 (ad Arenulam) en las cercanías de la isla del Tíber, y predicó en un almacén de trigo que estaba vacío, no lejos de la Porta Ostiensis (horreum extra urbem) y tuvo por oyentes incluso a soldados. En el lugar de su último albergue hay una antiquísima iglesia (San Paolo alla Regola)”. Las excavaciones realizadas en 1936 dieron por resultado “las huellas de una antigua casa de comercio” (Holzner, 493).
  38. Tradición antigua. Clemente de Roma, a finales del s. I, afirma en su Carta a los Corintios: “Por rencor y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, quien por inicuo resentimiento hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más trabajos. Y después de dar su testimonio marchó al lugar que le era debido”. En cuanto a Pablo: “siete veces entre cadenas, desterrado, apedreado. Heraldo en Oriente y Occidente, cosechó la magnífica gloria de su fe. Predicó la justicia a todo el mundo, penetró hasta los confines de Occidente y dio testimonio ante los potentados: así partió del mundo y llegó al lugar santo” (cap. 5). Ignacio de Antioquía, a comienzos del s. II, escribe a los romanos: “Yo no os mando como Pedro y Pablo” (4,3).
  39. Dionisio de Corinto (+hacia 178) afirma que “después de enseñar también en Italia en el mismo lugar, los dos sufrieron el martirio en la misma ocasión” (Eusebio, HE II, 25). Según Tertuliano (+220), “Pedro igualó la pasión del Señor”, “Pablo fue coronado con la muerte de Juan Bautista” (De praescriptione, 36,1-3). El presbítero Cayo afirma a finales del s. II: “Si quieres ir al Vaticano o al camino de Ostia, encontrarás los trofeos de los que fundaron esta iglesia” (HE II, 25). De suyo, “trofeo” significa monumento, insignia o señal de victoria, pero no tumba. Hacia el año 260, había en las catacumbas de San Sebastián un lugar de culto de los dos apóstoles. Allí estuvo un tiempo esta inscripción de Dámaso (366-384): “Tú, que preguntas por los nombres de Pedro y Pablo, sabe que aquí moraron los santos tiempo atrás. El Oriente nos envió a los apóstoles, lo cual confesamos libremente. Pero por causa de un martirio cruento… Roma ha obtenido el derecho de reclamarlos como conciudadanos suyos”. La palabra “moraron” no significa “estuvieron sepultados”, como se ha interpretado. El historiador de la Iglesia Hubert Jedin (1900-1980) afirma: la existencia de dos lugares (Vaticano, catacumbas de San Sebastián) en los que se piensa tener la tumba de Pedro muestra que “a partir del siglo III, la iglesia de Roma no sabía ya a ciencia cierta donde estaba realmente sepultado Pedro” (Jedin I, 191). Lo mismo se diga de Pablo.
  40. El día del Señor. Es día de juicio: “Es propio de la justicia de Dios el pagar con tribulaciones a los que os atribulan”, sucederá “cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo con sus poderosos ángeles, en medio de una llama de fuego” (2 Ts 1,6-8). Pablo espera ese día, pero no es inminente: “Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío”, “vosotros sabéis qué es lo que le retiene”, “entonces se manifestará el impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca” (2 Ts 2, 3-8). Del 54 al 62, a Nerón le retienen sus asesores Burro y Séneca. Del 62 al 68, ya sin ellos, se manifiesta como “el hombre impío”, realmente bestial. En el año 62 promulga la ley de “lesa majestad”. En el mismo año el sumo sacerdote Anás, aprovechando el vacío de poder que deja la sustitución del procurador Festo por Albino, manda lapidar a “Santiago, hermano de Jesús llamado Cristo, y a algunos otros, acusándoles de haber faltado contra la Ley” (F. Josefo, Antigüedades judías, XX, 200). Tras la muerte de Santiago, es un hecho patente “la separación entre el naciente cristianismo y el judaísmo” (Schwank, 19). Con ello, el cristianismo pierde la protección del judaísmo como “religión licita” dentro del imperio.
  41. Muerte inminente. En la segunda carta a Timoteo, escrita aproximadamente en la primavera del 63, Pablo anuncia su muerte inminente: “Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente” (2 Tm 4, 6). En Roma las cosas no van bien: “En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles” (4, 16-17). Pablo avisa a Timoteo: “Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina”, “apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (4,4).
  42. Los dos testigos. El Apocalipsis recoge lo que falta en los Hechos. Lo hace de forma críptica, clandestina: “dos testigos” profetizan “durante mil doscientos sesenta días” (tres años y medio), “si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca”, la bestia “los vencerá y los matará". Gentes de todas partes contemplan sus cadáveres “tres días y medio” en la plaza de la gran ciudad, “no está permitido sepultar sus cadáveres”, “los habitantes de la tierra se alegran y regocijan por causa de ellos”, celebran con escarnio su muerte degradante (sin sepultura). Pero “pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie”, “subieron al cielo en la nube”, “en aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la gran ciudad se derrumbó” (Ap 11,3-13; Za 4,14). Los dos testigos son Pedro y Pablo. Se habla de “terremoto”, también de “fuego”. La gran ciudad es Roma. El incendio de Roma se produce en la noche del 18 al 19 de julio del año 64. La bestia es Nerón: “su cifra es 666” (Ap 13, 18). En hebreo, el valor numérico de las letras nrwn qsr (Nerón César) da esa cifra: n50 + r200 + w6 + n50 + q100 + s60 + r200 = 666. Los dos testigos mueren de forma degradante (el 15 de julio). Pero, “tres días y medio” después, resucitan: “se ponen en pie”, “suben al cielo”, “sale fuego de su boca”
  43. El incendio de Roma. Según el historiador romano Tácito, de catorce distritos que tenía la ciudad, diez quedaron arrasados, más que “la décima parte”. Fue “un desastre”, “no se sabe si por obra del azar o por maquinación del emperador (pues una y otra versión tuvieron autoridad), pero sí el más grave y espantoso de cuantos acontecieron a esta ciudad por violencia del fuego”, “nadie se atrevía a atajar el incendio, pues había fuertes grupos de hombres que, con repetidas amenazas, prohibían apagarlo, a lo que se añadía que otros, a cara descubierta, lanzaban tizones y a gritos proclamaban estar autorizados para ello”, “de las catorce regiones en que se divide Roma, sólo cuatro quedaban intactas y tres estaban totalmente arrasadas; de las siete restantes, sólo quedan rastros de los techos destrozados y medio abrasados”, “Nerón se inventó unos culpables, y ejecutó con refinadísimos tormentos a los que, aborrecidos por sus infamias, el vulgo llamaba cristianos” (Tácito, Anales, XV, 38-44; ver Ruiz Bueno, 215 y 223; catequesis La gran ramera). Según el historiador romano, “los condenados a muerte, además de la confiscación de sus bienes, eran privados de sepultura” (Anales, VI, 35).
  44. El juicio de Roma. El incendio de Roma es “el juicio de la gran ramera” (Ap 17,1), “la gran ciudad” (17,18), “la gran Babilonia” (18,2). Con la ayuda de diez reyes, que lo serán “sólo por una hora” (17, 9-12), la bestia destruye la ciudad: “la consumirán por el fuego; porque Dios les ha inspirado la resolución de su propio plan” (17,16-17). La bestia “camina hacia su destrucción” (17,8). En el Apocalipsis se habla de “siete reyes”, siete emperadores romanos: “Cinco han caído, uno es, y el otro no ha llegado aún. Y cuando llegue, habrá de durar poco tiempo“ (17, 9-10). Los emperadores romanos son: Augusto (+14), Tiberio (+37), Calígula (+41), Claudio (+54), Nerón (+68), Galba (+69), Otón (+69). Estamos en el año 69: ha caído Nerón, manda Galba y Otón no ha llegado aún.
  45. Fábulas. Entre 1939 y 1949 un grupo de arqueólogos dirigido por el sacerdote alemán Ludwig Kaas (1881-1952), asesor de Pío XII, encontró en las grutas vaticanas una necrópolis bajo un relleno de tierra sobre el que se construyó la antigua basílica constantiniana. Aparecieron restos en una tumba. Según el profesor Venerato Correnti, los huesos encontrados pertenecen a “un ser robusto, de sexo varón (posiblemente setenta años) y del primer siglo”. Sin embargo, esto no significa que sean los huesos de san Pedro. En 1952 Margherita Guarducci (1902-1999) descubrió unos grafitos anteriores a Constantino: “Pedro, ruega por nosotros los cristianos que estamos enterrados junto a tu cuerpo”, “Pedro está aquí”, pero los grafitos sólo muestran la creencia de esos fieles. Si Constantino hubiera tenido la tumba de Pedro, la habría puesto en lugar de honor dentro de su basílica. Lo mismo hubiera hecho con la tumba de Pablo. En la foto, uno de los grafitos.
  46. Estremecedor incendio. El emperador Constantino construyó una pequeña basílica sobre un edículo que había en memoria de Pablo: ”Cincuenta años más tarde los emperadores Valentiniano II, Arcadio y Honorio en vez de la pequeña iglesia constantiniana edificaron la célebre basílica de San Pablo, que se terminó el año 395”. Un “estremecedor incendio”, acaecido en 1823 a la misma hora en que moría el papa Pío VII, destruyó la basílica (Holzner, 499). Llama la atención. Fue en la noche del 15 al 16 de julio, aniversario del martirio de Pedro y Pablo. Lo que importa es el testimonio de ambos, no las fábulas que difunden y propalan las grandes basílicas. Como dice Jesús, “el que tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4,9).
  47. La Comunidad de Ayala nace en 1973. La insatisfacción por el cristianismo convencional se hacía sentir por todas partes. La crisis era profunda. Se palpaba. Desde entonces contemplamos la sacudida del terremoto, los “cambios profundos y acelerados” del mundo contemporáneo (GS 4). Había que volver a las fuentes. Las dificultades eran enormes: para muchos “todavía no había llegado la hora” (Ag 1,2). Por aproximaciones sucesivas, hemos ido buscando la comunidad perdida de los Hechos de los Apóstoles. Por ahí era posible la renovación profunda de una Iglesia, que -siendo vieja y estéril como Sara (Rm 4,19)- podía volver a ser fecunda. En realidad, para eso fue convocado el Concilio: “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII, 13-11-1960). Había que reconstruir el tejido comunitario de la Iglesia mediante la creación de comunidades vivas.

 

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