En el principio era la palabra
 

-HECHOS DE LOS APÓSTOLES Pedro y Pablo, los dos testigos En su primer libro, el evangelio, Lucas relata los hechos y dichos de Jesús, “lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que… fue arrebatado” (Hch 1,1-2; 2 R 2,1). En el segundo, relata los hechos de los apóstoles, que se llaman así a finales del siglo II. Ambos libros narran una sola historia: “los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros” (Lc 1,1), “el desarrollo del plan de Dios” que trae “la salvación en toda su plenitud a todo el mundo” (Green, 77), no sólo a los judíos sino también a los gentiles. La figura de Pedro ocupa la primera parte de los Hechos (1-12); la de Pablo, la segunda (13-28). De una forma especial, son los dos testigos. Sorprende que no se diga nada de la muerte de ambos. En la foto, medallón de bronce de Pedro y Pablo, hacia el año 200 (Vaticano).

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COMUNIDAD DE AYALA, 50 AÑOS Volviendo a las fuentes   Al celebrar los 50 años de la Comunidad de Ayala,  parece oportuno recordar algunos acontecimientos más importantes de su historia, así como también algunos antecedentes que la han hecho posible. Lo dijo Pablo VI: En el fondo ¿hay otra forma de anunciar el Evangelio que no sea el comunicar la propia experiencia de fe? (EN 46). Además, "es bueno dar gracias al Señor y cantar a su nombre, publicar su amor por la mañana y su lealtad por las noches" (Sal 92). Muchos lo intentaron. Por aproximaciones sucesivas, hemos ido buscando la comunidad perdida de los Hechos de los Apóstoles. Por ahí era posible la renovación profunda de una Iglesia, que -siendo vieja y estéril como Sara (Rm 4,19)- podía volver a ser fecunda. En realidad, para eso fue convocado el Concilio, “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII, 13 de noviembre 1960). En la foto, pintura mural, comida eucarística, Catacumbas de San Calixto, Roma (Cordon...

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INFORME SECRETO  Decisiones de Juan Pablo I En mayo del 89, la llamada "persona de Roma" envió a Camilo Bassotto (en la foto), periodista veneciano y amigo de Juan Pablo I, una carta con unos apuntes. En realidad, era un informe secreto. Este informe recoge decisiones importantes y arriesgadas, que Juan Pablo I había tomado. Se lo había comunicado al cardenal Villot, Secretario de Estado. Pero también se lo comunicó a la persona de Roma. Fue una medida prudente. De este modo nos hemos enterado. Juan Pablo I había decidido destituir al presidente del IOR (Instituto para Obras de Religión, el banco vaticano), reformar íntegramente el IOR, hacer frente a la masonería (cubierta o descubierta) y a la mafia. Es decir, había decidido  terminar con los negocios vaticanos, echar a los mercaderes del templo.  El informe debía ser publicado, pero sin firma. El autor del mismo no podía hacerlo, pues, así decía, "el puesto que ocupo no me lo permite, al menos por ahora". Camilo lo publicó en su libro "Il mio cuore è ancora a Venezia" (1990).  

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ALBINO LUCIANI EN LA JUNQUERA.
Pasó de incógnito, cuando volvía de Fátima
 
eduardo vivasLuisa Vannini, una de las organizadoras del viaje a Fátima de Albino Luciani, nos lo había contado. Tras el encuentro con sor Lucía en Coimbra, Luciani salió impactado: "El cardenal llegó con mucho retraso al restaurante donde estaban los vénetos. Yo estaba sentada casi frente a él. Dijo poquísimas palabras, bromeó sobre el coloquio con sor Lucía, comió poco y deprisa. Noté una fuerte palidez y una viva emoción en su cara. En Fátima me había prometido que me concedería un breve coloquio. Quería hablarle de mi vida. Se disculpó diciendo: 'Ahora no puedo, vaya a Venecia, debo volver a Fátima, quiero hablar con la Virgen', dijo justamente, hablar. 'Sor Lucía me ha dejado un grave pensamiento en el corazón. Ahora no podré nunca olvidar Fátima'. Éstas son las palabras que me dijo, las recuerdo muy bien, mientras salía del restaurante para subirse al coche que la señora De Cadaval le había puesto a su disposición para volver a Lisboa” (Bassotto, 114-116).
Lo que no sabíamos es lo que pasó después. Lo sabemos gracias al testimonio del sacerdote de Gerona Eduardo Vivas Llorens, que fue durante más de 50 años párroco de Santa María de La Junquera. Albino Luciani "pasó de incógnito por la frontera", cuando volvía de Fátima. Mosén Eduardo (en la foto) vive ahora en la residencia sacerdotal "Monestir" de Bañolas. Tenemos dos relatos suyos de lo que para él es "el recuerdo más singular".
* Un relato más breve aparece en una entrevista que se le hace en "Catalunya Cristiana" (10-2-2011).
"Un buen día se presenta un presbítero italiano, con sotana, para oficiar la misa. Lo dispuse todo y, al finalizar la celebración, dialogando me informa que ejerce su ministerio en Venecia y me invita a su casa. Le pido la dirección y me dice que es una parroquia del centro y que todo el mundo lo conoce. Me doy cuenta que lleva anillo episcopal. Era el patriarca Albino Luciani, que en pocos meses sería elegido papa Juan Pablo I. Viajaba solo y totalmente discreto. Mi felicitación y un pequeño obsequio llegarían al Vaticano cuando ya estaba en el cielo ... Vivencias de frontera" ...
* Un relato más amplio se encuentra en su libro titulado "La perfecta oyente de la palabra de Dios" (Ed. Balmes, Barcelona, 1978, pp. 232-235).
"Un día llamó a la puerta de la Casa Rectoral de la Junquera sobre las 9'15 de la mañana. Salí a abrir la puerta y me pidió amablemente que le dejase celebrar la misa; le invité a entrar en el despacho por si quería descansar unos momentos, pero lo rehusó. Iba solo y sin ningún distintivo de modo que lo tomé por un simple cura. Enseguida fuimos a la Iglesia; encendí las dos velas del altar mayor, puse una casulla normal, saqué un alba cualquiera sin estar recién planchada, yo mismo le serví las vinagreras y todo fue normal.
Después en la sacristía estuvimos un rato hablando de pie con la cordialidad propia de dos colegas. Cuando me dio las gracias, le respondí:
- Es un deber del sacerdote que está en la frontera, no sólo ejercer el cargo de Párroco, sino atender a todos cuantos pasan por aquí. De modo que no hago sino cumplir con mi obligación.
Iniciado el diálogo, me interesé por su viaje, pero no era éste el tema que deseaba tratar. Llevaba dentro algo, una inquietud por la Iglesia que quiso compartir...Recuerdo que coincidíamos en los puntos de vista y la conversación resultaba sumamente agradable...
El detalle final de la conversación me cautivó, si bien su bondad parecía el perfume que se respiraba desde el momento que le abrí la puerta. Me dijo:
- Si Ud. alguna vez va por Venecia, venga a mi casa.
- Es difícil que vaya, pues no tengo motivo específico de tipo pastoral para ir, repuse yo.
- Pero quizá yendo a Roma con algún grupo, se prolongue la excursión hasta Venecia...Entonces, venga.
- Muy agradecido; lo tendré en cuenta. ¿Puede darme su nombre y dirección?
- No precisa, pues cualquiera se la indicará; a mí me conocen todos.
Yo creía que hablaba con un párroco veneciano, pero al alargarme su mano vi el anillo episcopal...En tono de sorpresa le dije:
- ¡Perdóneme, no creía que fuese Ud. el señor Obispo! No le he atendido como su jerarquía merece...
- De ningún modo - me decía con cálida sonrisa, mientras me apretaba efusivamente las dos manos-. ¡Lo ha hecho como yo deseaba!
Quedé amilanado y me sacó a flote.
- Ahora, pues, venga a desayunar a mi casa, repuse.
- No, mire: Ud. ya ha estado conmigo bastante tiempo y tiene que volver a sus obligaciones.
- Permítame pues que le acompañe hasta el hotel, o a su coche...
- No, ha interrumpido su trabajo; una vez ha cumplido conmigo, vuelva a lo que estaba haciendo.
Nos despedimos y se alejó solo, de la misma forma que había venido. Así pasó Albino Luciani por La Junquera".
Eduardo Vivas tiene en su habitación un cuadro de Luciani, pintado al óleo por un pintor barcelonés. El cuadro recuerda el acontecimiento, el paso del cardenal por la frontera, de incógnito, solo, cuando volvía de Fátima, probablemente en el coche que la señora De Cadaval le había puesto a su disposición para volver a Lisboa.
Olga de Cadaval, "de la nobleza veneciana", "ayuda desde hace varios años a sor Lucía en las traducciones de la correspondencia que llega de todo el mundo". Sin embargo, es algo más que traductora suya, es una "mujer de gran sensibilidad, profunda cultura y piedad", "una preciosa colaboradora suya". Quizá no se ha valorado suficientemente la mediación de la señora De Cadaval en el encuentro de Luciani con sor Lucía.
Lo sabía bien su familia, su hermano Eduardo y su cuñada Antonia. Impactado por la conversación con sor Lucía, Luciani evitaba preguntas al respecto. Cambiando de plan, Luciani adelantó su viaje de vuelta: "Con pesar el patriarca nos abandonó por compromisos que tenía ya programados", dice Ugo Padoan (Humilitas, octubre 2005,11). Sin embargo, según Luisa Vannini, "alguien avanzó la idea de que había preferido adelantar su vuelta para evitar que le fueran dirigidas preguntas agobiantes sobre la conversación con sor Lucía". Con la perspectiva que tenemos ahora, parece claro. El testimonio de Eduardo Vivas, que revela detalles del viaje de vuelta, nos lo confirma. El cuadro de Luciani lo recuerda.
El sacerdote de Gerona se ha puesto en contacto conmigo tras leer "Juan Pablo I. Caso abierto": "Así era Luciani", dice. Reconoce "el mérito extraordinario por haber escrito la biografía del eximio papa Juan Pablo I, cuyos pasos sigue el actual Sumo Pontífice Francisco". Le agradecemos cordialmente su valioso testimonio, su profunda amistad y su precioso libro sobre sor Teresa de Jesús, "la perfecta oyente de la palabra de Dios".


Jesús López Sáez